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«Diablo Guardian», Xavier Velasco

Иллюстрация к книге

A la memoria de Celia Alcalde de la PeГ±a.

«¿Dónde estáis, ángeles míos, a los que nunca merecí?»

FIODOR DOSTOIEVSKI, Demonios

В«Desde el principio hasta el final no hay ni una sola cosa recta. Solamente es posible una pregunta: Вїjuegas?В»

DAVID GROSS, Chico Zigzag.

 

IntroducciГіn

No lo puedo creer. La Гєltima vez que hice esto tenГ­a un sacerdote enfrente. Y tenГ­a una maleta llenГ­sima de dГіlares, lista para salvarme del Infierno. ВїSabes, Diablo GuardiГЎn? Te sobra cola para sacerdote, y aun asГ­ tendrГ­a que mentirte para que me absolvieras. TГє, que eres un tramposo, Вїnunca sentiste como que se te agotaban las reservas de patraГ±as? Ya sГ© que me detestas por decirte mentiras, y mГЎs por esconderte las verdades. Por eso ahora me toca contarte la verdad. Enterita, Вїme entiendes? EscrГ­bela, revuГ©lvela, llГ©nala de calumnias, hazle lo que tГє quieras. No es mГЎs que la verdad, y verdades ya ves que siempre sobran. SeГ±orita Violetta, ВїpodrГ­a usted contarnos quГ© tanto hay de verdad en su cochina vida de mentiras? ВїQuГ© hay de cierto en la witch disfrazada de bitch, come on sugar darling let me scratch your itch? Puta madre, quГ© horror, no quiero confesarme.

Ave MarГ­a PurГ­sima: me acuso de ser yo por todas partes. O sea de querer siempre ser otra. Y hasta peor: conseguirlo, ВїajГЎ? Me acuso de bitchear, witchear y rascuachear, de ser barata como vino en tetrapak, y al mismo tiempo cara, como cualquier coatlicue traicionera. Me acuso de haber robado, no una ni dos veces sino a toda hora y en todo lugar, como chingado pacman cocainГіmano. Me acuso de acusar al confesor por mis pecados, y de haberlo nombrado Demonio de Mi Guarda sin siquiera explicarle la clase de alimaГ±a que estaba contrayendo. Porque a mujeres como yo no las conoces; las contraes. Como los matrimonios y las enfermedades y las deudas. Ay, mi Diablo GuardiГЎn: Dios te lo pague.

ВїQuiГ©n de ellos no era yo?

 

El Señor esté con vosotros… El sepelio es el fin de la primera persona. Una ocasión pomposa donde unos cuantos ellos despiden a otro yo de su nosotros, a la vez que lo envían a otro ellos, más hondo e insondable. Ellos: los que no están, ni van a estar. Los que, si un día estuvieran, nos harían correr despavoridos. ¿o no es así, despavoridos como dicen que corren los que huyen de los muertos? Lo más fácil, e incluso lo más lógico, sería que enterrásemos a nuestros difuntos en el jardín de la que fue su casa. Pero entonces ya nadie se sentiría en su casa, ni en su mundo, sino sólo en el de ellos.- los temibles difuntos-, a quienes conducimos al panteón para poner entre ellos y nosotros no sólo tierra, sino de preferencia un mundo de por medio. Por más que añoremos a nuestros muertos, no queremos estar ni un instante en su mundo. Ni respirar su aire, ni mirar su paisaje.

Desde la cripta de la familia Macotela, camuflado por el olvido de los vivos, Pig divide el paisaje de tumbas sobre tumbas sobre tumbas en dos: a izquierda y a derecha de la mole blanca: una grandilocuente cripta en condominio a cuyo borde abre las alas una gran paloma, entre chispas doradas que acusan la presencia de la Tercera Persona de la Trinidad. Son cinco pisos, con nueve bГіvedas en cada uno: cuarentaicinco departamentos, amparados por el titulo impreso entre el cuarto y el quinto piso:

“Hijos Predilectos del Espíritu Santo”

 

Ocho criptas vacГ­as: en ninguna cabrГ­a entero un muerto, pero sГ­ las cenizas de varios. Cuarentaicinco menos ocho igual a treintaisiete. ВїCuГЎntas urnas por cripta? Cuatro, tal vez. Cuatro por treintaisiete igual a ciento cuarentaiocho. Eso, claro, si las que estГЎn ocupadas tienen ya sus cuatro. Potencialmente, la cripta en condominio podrГ­a albergar hasta ciento ochenta inquilinos. Pig calcula: un metro de profundidad por diez de ancho. Diez metros cuadrados. Es decir, a dieciocho difuntos por metro cuadrado. La familia Macotela, en cambio, posee un espacio que Pig estima en cuando menos tres por cuatro: doce metros cuadrados, todos ellos en honor a los cuatro inquilinos que para siempre y a sus anchas reposan en el sГіtano, cada uno con tres metros cuadrados de terreno a su disposiciГіn, en dos cГіmodas plantas. Por ahГ­ de las cinco de la tarde de un lunes soleado que se mira sombrГ­o a travГ©s de los vidrios opacos de la cripta Macotela, Pig concluye que una mujer como Violetta jamГЎs tolerarГ­a -ni muerta, ni en cenizas- terminar sus dГ­as en ese palomar, soportando ademГЎs el tГЎcito desdГ©n de los seГ±ores Macotela, condenados a contemplar a perpetuidad el paisaje de la miseria encaramada sobre si misma. ВїQuiГ©n iba a convencer a Violetta de la predilecciГіn de la Tercera Persona del Verbo -quien es pero no es una paloma- por lo que a todas luces era un palomar? ВїTiene acaso mal gusto el EspГ­ritu Santo?

Pig sofoca una risa nerviosa, inoportuna, estГєpida. PodrГ­a andar por ahГ­ un enterrador, un aguador, un deudo: nadie quiere escuchar risas idiotas saliendo de las criptas. Con frecuencia se rГ­e de chistes malos, insulsos, como si todo el acto de reГ­rse fuese una suerte de certificaciГіn: Ah, ya entiendo. ВїQuГ© es lo que Pig entiende, en este caso? Concretamente, que no todos los fans de la Tercera Persona del Verbo tienen acceso a su camerino. Y entonces se le ocurre que Violetta no dudarГ­a en tachar hijos y escribir en su lugar siervos, ni en un rato despuГ©s volver para tachar siervos y escribir criados. Pero ВїquГ© no un cristiano de verdad humilde tendrГ­a que considerarse criado, antes que siervo?

Cuando los vio venir, Pig llevaba tres horas esperando. EntrГі poco antes de las dos de la tarde, aprovechando el vuelo bajo de un aviГіn para darle el jalГіn a la llave de cruz, y asГ­ probar el choque elГ©ctrico del miedo tras el estruendo sordo del pestillo al quebrarse. Se habГ­an roto las bisagras, ademГЎs. En todo caso desde afuera no se notaba. La puerta se abrГ­a sola, pero Pig la cerrГі a fuerza de atorarla con la misma oficiosa herramienta.

Pasada medianoche, habГ­a llamado a la casa de la familia. La madre se quejГі, pero apenas le mencionГі la palabra В«procuradurГ­aВ», su tono se hizo abruptamente dГіcil, y hasta obsequioso. Le dio todos los datos: el panteГіn, la secciГіn, la cripta, la hora del sepelio: cinco de la tarde. Suficiente para estar ahГ­ a tiempo, pero no todavГ­a para no ser visto: cosa difГ­cil un lunes por la tarde, cuando las tumbas estГЎn casi tan solas como de noche, y las raras visitas son mГЎs que notorias. Por eso Pig llegГі tres horas antes, y no bien hubo reventado la chapa se tendiГі sobre los primeros escalones que llevan hacia el sГіtano, tras los cristales convenientemente oscuros de Chez Macotela: una trinchera tГ©trica que lo obliga a mirar todo el tiempo hacia arriba y hacia afuera. Desde entonces ha dedicado los minutos a contar las cruces en ambos lados del paisaje, a calcular la cantidad de criptas necesarias para enterrar a todos los habitantes de la ciudad, a imaginar los mГЎs probables comentarios de Violetta, y entonces cada vez ha vuelto a los nГєmeros, como niГ±o perdido a las faldas de su abuela. Cuando uno se ha quedado solo entre los muertos, decidido a fisgar un entierro al que no fue invitado, las matemГЎticas acuden como legitimas enviadas del EspГ­ritu Santo.

Un entierro sin tierra, ni ataГєd, ni gusanos; un encierro, mГЎs bien. No querГ­a perderse los detalles, ni podГ­a correr el riesgo de que lo vieran. El Гєnico peligro inevitable era que un deudo de los Macotela -muertos hacia treinta, cuarenta aГ±os- tuviera la fatal ocurrencia de ir a visitarlos en la tarde del lunes. ВїSe es todavГ­a deudo luego de cuatro dГ©cadas del trГЎgico suceso? Con tan escasos momios en su contra, Pig terminГі por apreciar el privilegio de los Macotela sobre los Hijos Predilectos del EspГ­ritu Santo. Especialmente luego de verlos venir: dos, cuatro, ocho en total. La familia Rosas, mГЎs dos enterradores -o encerradores-, el sacerdote y su ayudante. Un cortejo discreto y breve.- dos calificativos que igual describen a un sepelio que al ГЎnimo de pronto amedrentado de quienes prefirieron asistir sin otras compaГ±Г­as al evento.

No podГ­a escucharlos. Se interponГ­an el cristal y los nueve o diez metros que alejaban al multifamiliar del mausoleo. A cambio, los miraba con una nitidez obscena, y en momentos dudaba si no lo habГ­an visto. El padre iba cargando la urna, la madre un oso de peluche rosa. AtrГЎs, los dos hermanos caminaban con las manos metidas en las bolsas de las chamarras: Miami Dolphins, Dallas Cowboys.

Pig volvГ­a a sentir las ganas de reГ­rse, porque quizГЎs con una carcajada histГ©rica y adolorida lograrГ­a vencer los agobios que oprimen a la primera persona del singular cuando lleva tres horas oculta entre los muertos, y acto seguido es invitada a presenciar una escena que seria insoportable si no fuera, antes que eso, patГ©tica. Ya Violetta se habГ­a cansado de acusarlos: rehenes permanentes de la opiniГіn ajena. Especialmente en ese trance, con sus caras de no soy yo el que estГЎ aquГ­ con el dolor vestido a tiempo de pudor, a su vez disfrazado, aunque jamГЎs a tiempo, de una dignidad meramente decorativa. Una dignidad rosa mexicano, con los ojos perpetuamente abiertos y el peluche radiante de los muГ±ecos que jamГЎs llegaron a las manos de un niГ±o. Porque el oso era nuevo, eso seguro. ВїQuiГ©n seria, sin embargo, lo suficientemente cГ­nico para indagar en el peluche del muГ±eco, cuando ya su presencia invita a quitarse el sombrero, persignarse, pensar, expropiar pesadumbre? (Pero Pig estГЎ allГ­ sin estar. Mira los movimientos y los gestos de los deudos como quien ve a travГ©s de un vidrio empaГ±ado: percibiendo figuras y colores inconexos, como sueГ±os espesos y enrarecidos, pero de rato en rato vuelve a enfocar el oso de peluche. Hasta que ve a la madre dar un paso hacia el hueco en la cripta y acomodar allГ­ el osito, recargado en la urna. Luego la ve sacar una caja negra y blanca -Вїun casete?- y pasarla lenta, pomposamente al otro lado de la urna.)


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