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«El Vuelo De La Reina», TomГЎs MartГ­nez

Иллюстрация к книге

A Mercedes Casanovas,

por su paciencia en este vuelo.

A Gabriela Esquivada,

que me enseГ±Гі a volar otra vez.

…la vida es paródica y necesita una interpretación.

AsГ­, el plomo es la parodia del oro.

El aire es la parodia del agua.

El cerebro es la parodia del ecuador.

El coito es la parodia del crimen…

GEORGES BATAILLE

L'anus rolaire

(El criminal no crea la belleza:

Г©l mismo es la belleza en estado puro.),

JEANPAUL SARTRE

SaintGenet, comГ©dien et martyr

В«La soberbia es, por asГ­ decirlo,

la abeja reina de todos los vicios y pecados.,

DENNIS HELMING

Encyclopedia of Catholic Doctrine

 

Uno

A eso de las once, como todas las noches, Camargo abre las cortinas de su cuarto en la calle Reconquista, dispone el sillГіn a un metro de distancia de la ventana para que la penumbra lo proteja, y espera a que la mujer entre en su ГЎngulo de mira. A veces la ve cruzar como una rГЎfaga por la ventana de enfrente y desaparecer en el baГ±o o en la cocina. Lo que a ella mГЎs le gusta, sin embargo, es detenerse ante el espejo del dormitorio y desvestirse con suprema lentitud. Camargo puede contemplarla entonces a su gusto. Muchos aГ±os atrГЎs, en un teatro de variedades de Osaka, vio a una bailarina japonesa despojarse del quimono de ceremonia hasta quedar desnuda por completo. La mujer de enfrente tiene la misma altiva elegancia de la japonesa y repite las mismas poses de fingido asombro, pero sus movimientos son aГєn mГЎs sensuales. Inclina la cabeza como si se le hubiera perdido algГєn recuerdo y, luego de pasarse la punta de los dedos por debajo de los pechos, los lame con delicadeza. Para no perder ningГєn detalle, Camargo la observa a travГ©s de un telescopio Bushnell de sesenta y siete centГ­metros que estГЎ montado sobre un trГ­pode.

Hace diez dГ­as alquilГі el departamento donde estГЎ ahora porque las ventanas del Гєnico ambiente se enfrentaban con las del dormitorio de la mujer como un espejo. Ella aparece siempre a la misma hora, lo que facilita la rutina del observador. Nadie podrГ­a decir que es una belleza. Tiene labios finos y tal vez demasiado estrechos, la nariz erguida hacia una punta redonda y gruesa, la barbilla enhiesta y desafiante. Cuando se rГ­e alza tanto el labio superior que la franja de las encГ­as queda a la vista. Los tobillos son gruesos y en las pantorrillas se le forman mГєsculos de futbolista. Los pechos, demasiado pequeГ±os, son sin embargo capaces de ondulaciones de medusa. Si se la cruzara en la calle, tal vez no se le ocurrirla detenerse a mirarla. Pero su imagen irradia, sobre todo cuando queda enmarcada por la ventana, una libertad de gata, una indiferencia inconquistable, algo mercurial que la coloca lejos de todo alcance.

Los domingos, ella se queda cabalgando hasta muy tarde y llega al departamento con ropa de montar. Lucha largo rato para quitarse las botas y, cuando al fin consigue liberar los pies menudos, Camargo siente una felicidad insuperable, porque la mujer, al apartarse del espejo, depende sГіlo de su mirada. Los edificios de alrededor estГЎn vacГ­os, ella podrГ­a morir sin que nadie lo supiera, y si por un instante Г©l la desprendiera de su atenciГіn, la dejarГ­a huГ©rfana en el ocГ©ano del mundo. En esas largas horas no se aparta jamГЎs del telescopio, observando los ligeros sobresaltos de la respiraciГіn y los temblores de los mГєsculos. En los otros rituales, los domingos son idГ©nticos a cualquier dГ­a: ella se quita la blusa por arriba de la cabeza, explorando los olores de las axilas. Camargo aprovecha entonces el intenso parГ©ntesis para observar en detalle la cicatriz que la mujer tiene debajo del ombligo, sobre el nacimiento del vello. Por lo que ha podido averiguar, es el vestigio de una operaciГіn de apendicitis mal suturada en la niГ±ez. Al menos, eso es lo que la mujer acostumbraba explicar. Pero Г©l sospecha que se debe a una secreta cesГЎrea.

La noche del 25 de julio, Camargo estГЎ adormecido oyendo el cuarteto en re mayor de CГ©sar Franck cuando la mujer entra en el departamento al terminar el scherzo, veinte minutos despuГ©s de las once. Parece ansiosa, desorientada, sin saber quГ© hacer con su alma. Lleva un abrigo largo, negro, y debajo un conjunto de paГ±o gris. Deja el abrigo sobre la cama con un ademГЎn rГЎpido, compulsivo y, al volverse hacia el espejo, descubre algo que parece sorprenderla. Durante dos o tres minutos estudia las ojeras, las ligeras arrugas de la frente y la hinchazГіn de una herida en los labios. La temperatura ha cambiado de un extremo a otro del termГіmetro, y la transiciГіn del frГ­o de la maГ±ana a la sГєbita calidez de la tarde pudo haberle abierto alguna grieta en los labios. Camargo recurre al telescopio y advierte que ella estГЎ pasГЎndose la lengua sobre un hilo muy ligero de sangre. La herida es reciente, por lo tanto, aunque la extraГ±eza con que se la mira pertenece a algГєn momento del pasado. Tal vez sea una herida del pasado que de pronto reaparece. Con las mujeres es siempre asГ­, ya lo sabe Camargo. No pierden nada de lo que han vivido. Llevan de un lugar a otro todo lo que les sucede y, cuando acumulan demasiado, lo que les sobra sale a la luz sin que ellas puedan evitarlo. A veces es un vestido o un perfume, otras veces es una herida como la que ahora tiene en los labios la mujer que estГЎ enfrente. Sin desvestirse, ella enciende la luz del velador, al lado de la cama y toma el tubo del telГ©fono. Vacila unos segundos, pulsa las teclas de algunos nГєmeros, y vuelve a colgar el tubo.

En ese momento, uno de los celulares de Camargo suena en el bolsillo de su abrigo. No hay telГ©fonos en el departamento de la calle Reconquista, pero Г©l siempre lleva consigo dos celulares para las emergencias. Uno le permite comunicarse con los editores del diario cuando estГЎ fuera de la ciudad o sucede algo inaplazable. El otro estГЎ reservado sГіlo para las hijas y para las personas de la mayor intimidad. Camargo es padre de mellizas. Ambas viven en Chicago y una de ellas estГЎ enferma de cГЎncer. La lejanГ­a de las hijas no lo aflige. Lo aflige la sensaciГіn de que su sangre sufre y brama y se pudre en otro lado, y esa tormenta distante viene tal vez a llover sobre su cuerpo. Pero esta vez quien llama es el editor nocturno. Camargo oye con decepciГіn la voz ГЎspera, sumisa, mientras la mujer, delante de la ventana, se quita la falda y se inclina, ГЎvida, sobre las piernas.

– ¿Doctor Camargo? -tantea la voz.

– Un momento -responde-. Voy a bajar el volumen de la música.

La mujer se acaricia la curva trasera de las rodillas y, volviГ©ndose hacia el espejo, explora con dificultad algo que ha llamado la atenciГіn de su tacto: tal vez la sГєbita erupciГіn de una verruga o la sombra de una vГЎrice. Ese gesto introduce una mudanza inesperada en la rutina, y Camargo no quiere perder el menor movimiento.

– ¿Es urgente? -dice. Con la mano libre, acerca el telescopio y observa.

– Tenemos una discusión por el título de tapa y queremos que usted decida cuál es mejor.

– ¿Es sólo eso? ¿Por qué no aprenden a equivocarse solos?

El editor se enreda en una disculpa confusa. El dГ­a anterior, dice, ya han abrumado a los lectores con dos tГ­tulos sobre aviaciГіn, y ahora tiene a cuatro columnas la foto del Concorde, que cae en llamas sobre un suburbio de Paris, mГЎs la noticia de que ciento trece personas han muerto en el accidente. Tal vez sea preferible destacar el fracaso de la cumbre entre palestinos e israelГ­es o llevar a tres columnas el acuerdo para congelar el precio de los medicamentos hasta fin de aГ±o.

Vencida por alguna impaciencia, la mujer estГЎ moviГ©ndose mГЎs rГЎpido ahora. Se ha quitado la falda y se estira para desprenderse el corpiГ±o. La suave curva del sexo se dibuja con claridad bajo la bombacha.

A Camargo le sorprende siempre que la mujer no tome ninguna precauciГіn cuando se desnuda. Como su departamento estГЎ aislado, en un Гєltimo piso, tal vez supone que nadie la mira. Ella sabe que delante, en el edificio que alquila Camargo, sГіlo hay oficinas que cierran temprano. Aun asГ­, a Г©l le parece que deberГ­a ser mГЎs cuidadosa.

– Deje arriba la noticia del avión. Y la foto. Léame el título.

– «Se estrelló un Concorde en Paris: 113 muertos.» Y abajo: «Cayó sobre un hotel. Iba a Nueva York. Es el primer accidente del avión supersónico».


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