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Показать все книги автора/авторов: Фортес Сусана
 

«El Amante AlbanГ©s», Susana Fortes

Иллюстрация к книге

I

La detonaciГіn sonГі a las seis menos cuarto de la madrugada, en medio del silencio de la casa. Todas las villas que hay entre el bulevar de los MГЎrtires y la carretera de Elbasan fueron construidas antes de la guerra y son de las escasГ­simas viviendas en Tirana que estГЎn rodeadas por jardines. HabГ­an pasado dos horas largas desde entonces, pero la atmГіsfera todavГ­a continuaba impregnada de un olor denso y opresivo, no a pГіlvora, sino a aire muy apretado. IsmaГ­l abriГі la ventana y aspirГі el relente de la maГ±ana, una especie de neblina gris que se elevaba por encima de los arcos del seto y sobre los montГ­culos de hojas rojas del otoГ±o apiladas en jaulas de rejilla. Dos policГ­as de uniforme permanecГ­an apostados junto a la verja principal, y un inspector de paisano observaba la mansiГіn y tomaba fotografГ­as desde distintos ГЎngulos. HabГ­a demasiadas ventanas que daban a ese lado del jardГ­n: las dos cristaleras abalconadas del primer piso, donde dormГ­a el viejo Zanum, como se conocГ­a en toda Albania al padre de IsmaГ­l; o la galerГ­a contigua que utilizaba como despacho y donde solГ­a encerrarse a trabajar desde muy temprano; a la derecha se encontraban las habitaciones que habГ­an tenido de niГ±os IsmaГ­l y su hermano Viktor. TambiГ©n estaban las cuatro ventanas de abajo, acabadas en arco, que correspondГ­an, las de] ala este, al salГіn y a la biblioteca, y las del oeste, a las antiguas dependencias del servicio. Eso sin contar con el mirador de la torre.

Sin embargo, habГ­a algo en aquel amanecer que no existГ­a antes, un ambiente de gravidez como el causado por esos sueГ±os de los que uno no es capaz de despertar. La estridencia del estampido habГ­a interrumpido de golpe el transcurso normal del tiempo. Cuando IsmaГ­l oyГі el disparo, no se incorporГі en seguida, sino que se quedГі durante unos instantes petrificado, sin atreverse siquiera a levantarse de la cama, dominado por una sensaciГіn de pesadez e inmovilidad. En esas dГ©cimas de segundo experimentГі una premoniciГіn que llegГі a su mente antes incluso que la propia conciencia del sonido.

SegГєn el primer informe, la muerte fue provocada por lesiГіn cardiaca mediante herida de bala. Un proyectil de revГіlver, uno sГіlo, y no dos, como se anduvo diciendo despuГ©s arriba y abajo. El cadГЎver habГ­a sido hallado en el lecho con un pijama de color beige, las sГЎbanas estaban algo revueltas, como arrugadas por un sueГ±o demasiado intranquilo o quizГЎ por la imposibilidad misma del sueГ±o; sin embargo, curiosamente, la mancha de sangre no era muy extensa. La bala, disparada con el caГ±Гіn del arma pegado a la piel, atravesГі el corazГіn y saliГі por la espalda con una leve inclinaciГіn, traspasГі tambiГ©n el colchГіn y rebotГі despuГ©s en los listones de madera del suelo. De ser cierta la versiГіn que mantenГ­an algunos sobre la existencia de dos impactos habrГ­a que reemplazar la hipГіtesis del suicidio por la de asesinato, pues quien se mata a sГ­ mismo no puede disparar dos veces.

Los cipreses comenzaron a oscilar levemente con sus puntas negras. Se avecinaba de nuevo un cambio de tiempo. IsmaГ­l continuaba bajo el efecto del OrplГ­adol que le habГ­an administrado y tenГ­a una percepciГіn ralentizada de la realidad. VeГ­a el cielo por encima del cristal como una cГєpula de florecimientos de yeso, sin embargo, su memoria permanecГ­a intacta. HabГ­a pasado la noche inquieto, se acordГі del silencio de la mujer y de su melena ondulada recogida con una cinta. Le habГ­a costado desatar el nudo de la nuca; despuГ©s, toda la cabellera quedГі esparcida sobre el almohadГіn del sofГЎ. Estaban en la biblioteca, medio desnudos, doblados en dos, con la luz apagada. La claridad nocturna entraba a travГ©s de los arcos del ventanal como en un templo. PodrГ­a haberse orientado por todo el cuarto Гєnicamente con la fosforescencia de la piel. Estaba tendido junto a ella, pero los ojos de la mujer continuaban cautelosos, como si estuviesen protegiendo algo. Sin embargo, Г©l intentaba abarcarlo todo con la mirada. Le rozГі con los dedos la barbilla y los labios. DespuГ©s bajГі la cabeza y pasГі su lengua despacio por cada una de las costillas, hasta el pecho. Sabor a sal.

RecorriГі centГ­metro a centГ­metro aquella piel erizada, dejando un rastro hГєmedo. Estaba inclinado. sobre el cuerpo de la mujer con la boca mojada, buscando a ciegas la manera de entrar. Pero fue ella quien levantГі las rodillas para conducirlo y acoplarse a sus caderas con un movimiento envolvente mientras lo miraba con una seriedad hipnГіtica. Le habГ­a cambiado la cara con el placer, se le hincharon los labios, sus facciones adquirieron una gravedad parecida al abandono, se quejaba con los ojos entornados. IsmaГ­l a duras penas podГ­a contenerse, la domaba a un ritmo cada vez mГЎs violento, como si la odiara, pero en realidad lo que odiaba era la incertidumbre. TenГ­a el rostro oculto entre el cabello de ella para ahogar los gemidos. Cuando sintiГі los primeros latidos impetuosos de la sangre en la ingle, pensГі que iba a desvanecerse.

No se movieron al final. Permanecieron asГ­, todavГ­a acoplados, sin querer desprenderse el uno del otro, respirando, recuperando poco a poco el aliento. Entonces les pareciГі oГ­r algo muy leve, como la carrera de un animal pequeГ±o en el jardГ­n. Fue sГіlo un momento. DespuГ©s, otra vez el silencio. IsmaГ­l se abrochГі los pantalones y se acercГі a la ventana. Los ГЎrboles parecГ­an rociados de escarcha por el relumbre lunar. Todo estaba en calma, como acolchado de silencio.

Al cabo de unos minutos saliГі al balcГіn todavГ­a con la camisa abierta, dio dos zancadas y se encaramГі como otras veces hasta la terraza de su cuarto. Aunque no pensarГЎ en ella, sabГ­a que podГ­a cerrar los ojos y evocar hasta el menor de sus gestos, el detalle mas pequeГ±o, un lunar detrГЎs del lГіbulo de la oreja izquierda, los dedos como estrellas de mar con las puntas rosas de las yemas, el peso leve de su muГ±eca cuando dejaba la mano olvidada sobre el sexo de Г©l. Tantas noches de insomnio, tendido en la oscuridad, mirando el techo, con la sensaciГіn imposible de estar al filo de algo, pero no ocurrГ­a nada, ni siquiera le asaltaba el sueГ±o, o sГіlo venГ­a cuando ya estaba amaneciendo. PresintiГі la entrada gradual de la luz a travГ©s de las rendijas de las persianas. Pero sГіlo supo que habГ­a llegado a dormirse cuando lo despertГі la detonaciГіn del disparo.

Ahora, un automГіvil oficial maniobraba delante de la mansiГіn, haciendo crujir la grava de la senda, suavemente curvada. IsmaГ­l continuГі inmГіvil, apoyado en el bordillo del alfГ©izar, respirando con aire ausente, como si nada de lo sucedido tuviese que ver con Г©l. Lo embargaba la sensaciГіn de haber permanecido inmerso en la vida de otros, en tramas que se remontaban mГЎs de veinte aГ±os atrГЎs. MirГі el cielo, que se anunciaba mГЎs oscuro hacia el este, y penso que de un momento a otro iba a llover.

II

La villa de los Radjik tenГ­a un aire de palacio tirolГ©s, sobre todo por el tejadillo de exГіtica silueta -cГіnico o hexagonal-, rematado en una cofa acristalada que coronaba la torre central y se elevaba por encima de los ГЎrboles como un faro. A lo lejos, Tirana y sus luces. La Rotonda, que era como llamaban todos al cuarto de la torre, era uno de esos espacios que se mantenГ­a al margen de la vida cotidiana, quizГЎ por la incomodidad de su acceso a travГ©s de una estrecha escalera de caracol, quizГЎ porque la instalaciГіn elГ©ctrica no llegaba hasta arriba o quiГ©n sabe si por alguna otra razГіn. En todas las casas antiguas suele haber un lugar asГ­.

IsmaГ­l solГ­a pasar allГ­ mucho tiempo, hasta que la oscuridad se le agolpaba en la ventana y entonces tenГ­a que encender una linterna pequeГ±a con acanaladuras cromadas que proyectaba un redondel de luz sobre la pared y acentuaba todavГ­a mГЎs el carГЎcter de cГ­rculo encantado que poseГ­a todo el recinto. Una grieta bajaba desde el techo en diagonal y cerca de la ventana se desgajaba en una red de pequeГ±os afluentes. Su trazado recordaba el curso del Drina, que rodea con su caudal negro toda Albania, hasta el lago de Ohrid. Del mismo modo que cualquier rГ­o contiene el rumor denso de la historia, acaso tambiГ©n aquella grieta escondiera el eco de otras voces anteriores a la suya. En una ocasiГіn, IsmaГ­l encontrГі sobre el suelo, junto al zГіcalo gris, un diminuto ovillo de membrillo seco, muy apretado, que quizГЎ alguien utilizГі alguna vez como mecha.

Como en todos los desvanes, en aquel altillo redondo se arrumbaban numerosos trastos inservibles, herramientas de jardinería, muebles viejos… Bajo la ventana había dos arcones en cuyo interior se almacenaban todo tipo de tejidos en desuso: mantas ucranianas muy pesadas, enaguas antiguas, un curioso abanico de madera de sándalo entreverado con incrustaciones de nácar, los pañuelos de seda estampada de Macedonia que el viejo Zanum había heredado de su madre y que después le había regalado a su mujer y hasta el echarpe azul de gasa que ésta llevaba puesto el día de su muerte.

El resto de las dependencias de la villa tambiГ©n estaban impregnadas de cierta memoria encostrada que se ocultaba en los recovecos de las habitaciones, unos recuerdos que se adherГ­an como hiedras a la fachada y crecГ­an igual que el verdГ­n sobre los muros demasiado hГєmedos y sedimentados por el rumor de inviernos muy lentos.

En las casas donde ha vivido gente tocada por la pasiГіn mГЎs fuerte, el aire queda profundamente alterado. Las paredes, los pasamanos, las puertas, los baГєles, todo estГЎ cargado de una aura imprecisa cuyo contenido nadie puede explicar.


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