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Показать все книги автора/авторов: Fogwill Rodolfo Enrique
 

«Cantos De Marineros En Las Pampas», Rodolfo Fogwill

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HablГі el que siempre repetГ­a la cantilena de la flota de mar:

– ¡Por el sol…! -Le sintieron decir.

Y si alguien mas lo oyГі tambiГ©n debiГі pensar que era la prImer cosa atinada de lo mucho que dijo durante todas esas semanas de marcha.

 

DГ­as malgastados y leguas descaminadas en esa pampa interminable, tolerando las serenatas de los payucas y dichos hasta peores y mas desquiciados que los del marino, cuidando parecer que seguГ­an creГ­dos de que tarde o temprano llegarГ­an al oeste y que alcanzarГ­an la sierra chica y mas atrГЎs el nacimiento del rГ­o que, corriente abajo, los llevarГ­a justo hasta El Lugar.

Llamaban El Lugar al sitio de encuentro de todos los que seguГ­an firmes en la idea de juntarse y volver a empezar. Se platicaba eso pero de los derroches de tiempo y del descaminar leguas y jornadas nadie en la tropa cometiГі la imprudencia de hablar.

Tropa: solo tanta arma y municiГіn encajonada demorГЎndose en las carretas justificaba llamar tropa a ese montГіn indisciplinado y desparejo que traГ­a semanas y semanas de marchar, montar, apearse, ensillar y volver a montar, solo para volver a juntarse y tratar de empezar otra vez.

 

ВїCuГЎntas semanas?

Si alguno tuvo voluntad de ir llevando la cuenta supo guardarse el nГєmero y ni cuando las conversaciones daban lugar para lucirse con la cifra y amargarle la noche a todos dejГі entrever que la sabГ­a y que no la decГ­a por respeto.

Se conversaba siempre en la comida de la noche. Se aprovechaba la poca luz de los fogones para platicar sin que alguien, por escudriГ±ador que fuese, pudiera descubrir de la cara del que iba hablando, o del que oГ­a, los pensamientos verdaderos que no se dicen en la conversaciГіn.

Y la hora del sueГ±o ayudaba: se podГ­a platicar confiado en que al momento de no querer oГ­r mas, o decir mas, estaba a mano el pretexto de caerse dormido y Dios Guarde que maГ±ana serГЎ otro dГ­a.

 

Volteaba el sueГ±o y todos se dejaban voltear y mas cuando se andaba cerca de la cuestiГіn de cuГЎntos eran y del tema de de con cuГЎntos mas serГ­a menester contar y el de cuГЎnto serГ­a que faltaba en meses o aГ±os, en tropa o armas, en caballos y en plata, o en voluntad y en muertos, para la hora de ganar, o para lo que cada uno pretendiera.

Ganar era lo que querГ­an los mas, que eran los mas ilusos. Los menos, ya desde antes de arrancar querГ­an ganar pero se contentaban con perder siempre que les dieran ocasiГіn de perder al modo propio y no al que elijan los favorecido por la fortuna de ganar.

Los cuГЎndo, cuГЎnto, y el ganar y perder eran los temas "que ni nombrar". TodavГ­a se dice de ese modo en muchas partes.

Y lo que "ni escuchar" era lo que agobiaba: hablar de las criaturas, las mujeres y las haciendas quedaron atrГЎs y de cosas parecidas que no conducen a nada. Tal esa cantilena del que venГ­an llamando El Marinero desde los primeros dГ­as de marcha.

 

Porque siempre repetГ­a lo mismo: que aГ±os y aГ±os revistГі en la flota de mar y que en la flota Г©sto o que en la flota aquello o que ellos en la flota de mar solГ­an hacer tal o cual otra cosa de tal o cual manera y nunca pudieron pasar dos noches sin que alguien tuviera que mandarle que pare de una vez de contar y de estorbar y que deje dormir la tropa.

De dГ­a, uno que por dormirse oyГ©ndola la voz del marinero se le habГ­a convertido en un mal sueГ±o, le rogaba por el Sacrosanto que la termine con la historia de que en el mar los que mas cantan son los mejores marineros y que se guarde para Г©l solo el cuento de que en la flota no es como en el campo y en los pueblos, que en la flota de mar se toma menos, y que entre los marinos el que mas canta nunca es el borracho, porque al revГ©s: mejor y mas dispuesto a bordo se muestra un personal mas canta y menos chupa y porque, igual que en todos lados, en el mar el tomador le esquiva el bulto a la pelea y en el peligro se ve bien que los que toman se achican primero que nadie.

Y de noche, a la hora de contar, le copiaban los dichos y hasta la manera medio goda de hablar con zetas para anoticiarlo de que ya todos se sabГ­an la cantilena de memoria.

 

En cuanto amenazaba empezar algГєn imitador le ganaba el turno y, poniendo voz de bastonero de circo, anticipaba:

– Para esta velada anunciamos a la digna concurrencia de damas, clero, nobiliario, gente de armas y chinas de culear que habremos el honor de oír a quien ha visto faluchos corsarios llenos de hindús y chinos iguales a los que la Britannia dio de escolta a San Martín, que mas semejan lazareto de leprosos o quilombo de remate de esclavos que a cosa de utilidad para la guerra y ha tripulado naves insignia con gavieros a proa que calzan botín de caucho y ostentan uniforme de -lana inglés bordado en hilos de oro y dará fe de que por igual en ambas barcas como en toda nave de mar cualquiera sea su enseña, mas canta el marinero, mejor marino es y mas se lo respeta a la hora en que a bordo se reclama personal que sirva…

 

Copiándolo, los imitadores agrandaban la boca cuando les tocaba decir la aés y la és, y tanto ceceaban que se sentía "abodo ze nejzezita pesoall que zirja…"


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