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«Estrella Distante», Roberto BolaГ±o

Иллюстрация к книге

para Victoria Avalos y Lautaro BolaГ±o

ВїQuГ© estrella cae sin que nadie la mire?

William Faulkner

 

En el Гєltimo capГ­tulo de mi novela La literatura nazi en AmГ©rica se narraba tal vez demasiado esquemГЎticamente (no pasaba de las veinte pГЎginas) la historia del teniente RamГ­rez Hoffman, de la FACH. Esta historia me la contГі mi compatriota Arturo B, veterano de las guerras floridas y suicida en ГЃfrica, quien no quedГі satisfecho del resultado final. El Гєltimo capГ­tulo de La literatura nazi servГ­a como contrapunto, acaso como anticlГ­max del grotesco literario que lo precedГ­a, y Arturo deseaba una historia mГЎs larga, no espejo ni explosiГіn de otras historias sino espejo y explosiГіn en sГ­ misma. AsГ­ pues, nos encerramos durante un mes y medio en mi casa de Blanes y con el Гєltimo capГ­tulo en mano y al dictado de sus sueГ±os y pesadillas compusimos la novela que el lector tiene ahora ante sГ­. Mi funciГіn se redujo a preparar bebidas, consultar algunos libros, y discutir, con Г©l y con el fantasma cada dГ­a mГЎs vivo de Pierre Menard, la validez de muchos pГЎrrafos repetidos.

1

La primera vez que vi a Carlos Wieder fue en 1971 o tal vez en 1972, cuando Salvador Allende era presidente de Chile.

Entonces se hacГ­a llamar Alberto Ruiz-Tagle y a veces iba al taller de poesГ­a de Juan Stein, en ConcepciГіn, la llamada capital del Sur. No puedo decir que lo conociera bien. Lo veГ­a una vez a la semana, dos veces, cuando iba al taller. No hablaba demasiado. Yo sГ­. La mayorГ­a de los que Г­bamos hablГЎbamos mucho: no sГіlo de poesГ­a, sino de polГ­tica, de viajes (que por entonces ninguno imaginaba que iban a ser lo que despuГ©s fueron), de pintura, de arquitectura, de fotografГ­a, de revoluciГіn y lucha armada; la lucha armada que nos iba a traer una nueva vida y una nueva Г©poca, pero que para la mayorГ­a de nosotros era como un sueГ±o o, mГЎs apropiadamente, como la llave que nos abrirГ­a la puerta de los sueГ±os, los Гєnicos por los cuales merecГ­a la pena vivir. Y aunque vagamente sabГ­amos que los sueГ±os a menudo se convierten en pesadillas, eso no nos importaba. TenГ­amos entre diecisiete y veintitrГ©s aГ±os (yo tenГ­a dieciocho) y casi todos estudiГЎbamos en la Facultad de Letras, menos las hermanas Garmendia, que estudiaban sociologГ­a y psicologГ­a, y Alberto Ruiz-Tagle, que segГєn dijo en alguna ocasiГіn era autodidacta. Sobre ser autodidacta en Chile en los dГ­as previos a 1973 habrГ­a mucho que decir. La verdad era que no parecГ­a autodidacta. Quiero decir: exteriormente no parecГ­a un autodidacta. Г‰stos, en Chile, a principios de los setenta, en la ciudad de ConcepciГіn, no vestГ­an de la manera en que se vestГ­a Ruiz-Tagle. Los autodidactas eran pobres. Hablaba como un autodidacta, eso sГ­. Hablaba como supongo que hablamos ahora todos nosotros, los que aГєn estamos vivos (hablaba como si viviera en medio de una nube), pero se vestГ­a demasiado bien para no haber pisado nunca una universidad. No pretendo decir que fuera elegante -aunque a su manera sГ­ lo era- ni que vistiera de una forma determinada; sus gustos eran eclГ©cticos: a veces aparecГ­a con terno y corbata, otras veces con prendas deportivas, no desdeГ±aba los blue-jeans ni las camisetas. Pero fuera cual fuera el vestido Ruiz-Tagle siempre llevaba ropas caras, de marca. En una palabra, Ruiz-Tagle era elegante y yo por entonces no creГ­a que los autodidactas chilenos, siempre entre el manicomio y la desesperaciГіn, fueran elegantes. Alguna vez dijo que su padre o su abuelo habГ­a sido propietario de un fundo cerca de Puerto Montt. Г‰l, contaba, o se lo oГ­mos contar a VerГіnica Garmendia, decidiГі dejar de estudiar a los quince aГ±os para dedicarse a los trabajos del campo y a la lectura de la biblioteca paterna. Los que Г­bamos al taller de Juan Stein dГЎbamos por sentado que era un buen jinete. No sГ© por quГ© puesto que nunca lo vimos montar a caballo. En realidad, todas las suposiciones que podГ­amos hacer en torno a Ruiz-Tagle estaban predeterminadas por nuestros celos o tal vez nuestra envidia. Ruiz-Tagle era alto, delgado, pero fuerte y de facciones hermosas. SegГєn Bibiano O'Ryan, era un tipo de facciones demasiado frГ­as para ser hermosas, pero, claro, Bibiano afirmГі esto a posteriori y asГ­ no vale. ВїPor quГ© sentГ­amos celos de Ruiz-Tagle? El plural es excesivo. El que sentГ­a celos era yo. Tal vez Bibiano compartiera mis celos. El motivo, por supuesto, eran las hermanas Garmendia, gemelas monocigГіticas y estrellas indiscutibles del taller de poesГ­a. Tanto, que a veces tenГ­amos la impresiГіn (Bibiano y yo) de que Stein dirigГ­a el taller para beneficio exclusivo de ellas. Eran, lo admito, las mejores. VerГіnica y AngГ©lica Garmendia, tan iguales algunos dГ­as que era imposible distinguirlas y tan diferentes otros dГ­as (pero sobre todo otras noches) que parecГ­an mutuamente dos desconocidas cuando no dos enemigas. Stein las adoraba. Era, junto con Ruiz-Tagle, el Гєnico que siempre sabГ­a quiГ©n era VerГіnica y quiГ©n AngГ©lica. Yo sobre ellas apenas puedo hablar. A veces aparecen en mis pesadillas. Tienen mi misma edad, tal vez un aГ±o mГЎs, y son altas, delgadas, de piel morena y pelo negro muy largo, como creo que era la moda en aquella Г©poca.

Las hermanas Garmendia se hicieron amigas de Ruiz-Tagle casi de inmediato. Este se inscribiГі en el 71 o en el 72 en el taller de Stein. Nadie lo habГ­a visto antes, ni por la universidad ni por ninguna parte. Stein no le preguntГі de dГіnde venГ­a. Le pidiГі que leyera tres poemas y dijo que no estaban mal. (Stein sГіlo alababa abiertamente los poemas de las hermanas Garmendia.) Y se quedГі con nosotros. Al principio los demГЎs poco caso le hacГ­amos. Pero cuando vimos que las Garmendia se hacГ­an amigas de Г©l, nosotros tambiГ©n nos hicimos amigos de Ruiz-Tagle. Hasta entonces su actitud era de una cordialidad distante. SГіlo con las Garmendia (en esto se parecГ­a a Stein) era francamente simpГЎtico, lleno de delicadezas y atenciones. A los demГЎs, como ya he dicho, nos trataba con una В«cordialidad distanteВ», es decir, nos saludaba, nos sonreГ­a, cuando leГ­amos poemas era discreto y mesurado en su apreciaciГіn crГ­tica, jamГЎs defendГ­a sus textos de nuestros ataques (solГ­amos ser demoledores) y nos escuchaba, cuando le hablГЎbamos, con algo que hoy no me atreverГ­a jamГЎs a llamar atenciГіn pero que entonces nos lo parecГ­a.

Las diferencias entre Ruiz-Tagle y el resto eran notorias. Nosotros hablГЎbamos en argot o en una jerga marxista-mandrakista (la mayorГ­a Г©ramos miembros o simpatizantes del MIR o de partidos trotskistas, aunque alguno, creo, militaba en las Juventudes Socialistas o en el Partido Comunista o en uno de los partidos de izquierda catГіlica). Ruiz-Tagle hablaba en espaГ±ol. Ese espaГ±ol de ciertos lugares de Chile (lugares mГЎs mentales que fГ­sicos) en donde el tiempo parece no transcurrir. Nosotros vivГ­amos con nuestros padres (los que Г©ramos de ConcepciГіn) o en pobres pensiones de estudiantes. Ruiz-Tagle vivГ­a solo, en un departamento cercano al centro, de cuatro habitaciones con las cortinas permanentemente bajadas, que yo nunca visitГ© pero del que Bibiano y la Gorda Posadas me contaron cosas, muchos aГ±os despuГ©s (cosas influidas ya por la leyenda maldita de Wieder), y que no sГ© si creer o achacar a la imaginaciГіn de mi antiguo condiscГ­pulo. Nosotros casi nunca tenГ­amos plata (es divertido escribir ahora la palabra plata: brilla como un ojo en la noche); a Ruiz-Tagle nunca le faltГі el dinero.

ВїQuГ© me contГі Bibiano de la casa de Ruiz-Tagle? HablГі de su desnudez, sobre todo; tuvo la impresiГіn de que la casa estaba preparada. En una Гєnica ocasiГіn fue solo. Pasaba por allГ­ y decidiГі (asГ­ es Bibiano) invitar a Ruiz-Tagle al cine. Apenas lo conocГ­a y decidiГі invitarlo al cine. Daban una de Bergman, no recuerdo cuГЎl. Bibiano habГ­a ido un par de veces antes a la casa, siempre acompaГ±ando a alguna de las Garmendia, y en ambas ocasiones la visita era, por decirlo de alguna manera, esperada. Entonces, en aquellas visitas con las Garmendia, la casa le pareciГі preparada, dispuesta para el ojo de los que llegaban, demasiado vacГ­a, con espacios en donde claramente faltaba algo. En la carta donde me explicГі estas cosas (carta escrita muchos aГ±os despuГ©s) Bibiano decГ­a que se habГ­a sentido como Mia Farrow en El bebГ© de Rosemary, cuando va por primera vez, con John Cassavettes, a la casa de sus vecinos. Faltaba algo. En la casa de la pelГ­cula de Polanski lo que faltaba eran los cuadros, descolgados prudentemente para no espantar a Mia y a Cassavettes. En la casa de Ruiz-Tagle lo que faltaba era algo innombrable (o que Bibiano, aГ±os despuГ©s y ya al tanto de la historia o de buena parte de la historia, considerГі innombrable, pero presente, tangible), como si el anfitriГіn hubiera amputado trozos de su vivienda. O como si Г©sta fuese un mecano que se adaptaba a las expectativas y particularidades de cada visitante. Esta sensaciГіn se acentuГі cuando fue solo a la casa. Ruiz-Tagle, evidentemente, no lo esperaba. TardГі en abrir la puerta. Cuando lo hizo pareciГі no reconocer a Bibiano, aunque Г©ste me asegura que Ruiz-Tagle abriГі la puerta con una sonrisa y que en ningГєn momento dejГі de sonreГ­r. No habГ­a mucha luz, como Г©l mismo admite, asГ­ que no sГ© hasta quГ© punto mi amigo se acerca a la verdad. En cualquier caso, Ruiz-Tagle abriГі la puerta y tras un cruce de palabras mГЎs o menos incongruente (tardГі en entender que Bibiano estaba allГ­ para invitarlo al cine) volviГі a cerrar no sin antes decirle que esperara un momento, y tras unos segundos abriГі y esta vez lo invitГі a pasar. La casa estaba en penumbra. El olor era espeso, como si Ruiz-Tagle hubiera preparado la noche anterior una comida muy fuerte, llena de grasa y especias. Por un momento Bibiano creyГі oГ­r ruido en una de las habitaciones y pensГі que Ruiz-Tagle estaba con una mujer. Cuando iba a disculparse y a marcharse, Ruiz-Tagle le preguntГі quГ© pelГ­cula pensaba ir a ver. Bibiano dijo que una de Bergman, en el Teatro Lautaro. Ruiz-Tagle volviГі a sonreГ­r con esa sonrisa que a Bibiano le parecГ­a enigmГЎtica y que yo encontraba autosuficiente cuando no explГ­citamente sobrada. Se disculpГі, dijo que ya tenГ­a una cita con VerГіnica Garmendia y ademГЎs, explicГі, no le gustaba el cine de Bergman. Para entonces Bibiano estaba seguro que habГ­a otra persona en la casa, alguien inmГіvil y que escuchaba tras la puerta la conversaciГіn que sostenГ­a con Ruiz-Tagle. PensГі que, precisamente, debГ­a ser VerГіnica, pues de lo contrario cГіmo explicar el que Ruiz-Tagle, de comГєn tan discreto, la nombrara. Pero por mГЎs esfuerzos que hizo no pudo imaginarse a nuestra poeta en esa situaciГіn. Ni VerГіnica ni AngГ©lica Garmendia escuchaban tras las puertas. ВїQuiГ©n, entonces? Bibiano no lo sabe. En ese momento, probablemente, lo Гєnico que sabГ­a era que deseaba marcharse, decirle adiГіs a Ruiz-Tagle y no volver nunca mГЎs a aquella casa desnuda y sangrante. Son sus palabras. Aunque, tal como Г©l la describe, la casa no podГ­a ofrecer un aspecto mГЎs asГ©ptico. Las paredes limpias, los libros ordenados en una estanterГ­a metГЎlica, los sillones cubiertos con ponchos sureГ±os. Sobre una banqueta de madera la Leika de Ruiz-Tagle, la misma que una tarde utilizГі para sacarnos fotos a todos los miembros del taller de poesГ­a. La cocina, que Bibiano veГ­a a travГ©s de una puerta semientornada, de aspecto normal, sin el tГ­pico amontonamiento de ollas y platos sucios propio de la casa de un estudiante que vive solo (pero Ruiz-Tagle no era un estudiante). En fin, nada que se saliera de lo corriente, salvo el ruido que bien podГ­a haberse producido en el apartamento vecino. SegГєn Bibiano, mientras Ruiz-Tagle hablaba Г©l tuvo la impresiГіn de que Г©ste no querГ­a que se marchara, que hablaba, precisamente, para retenerlo allГ­. Esta impresiГіn, sin ningГєn fundamento objetivo, contribuyГі a aumentar el nerviosismo de mi amigo hasta unos niveles, segГєn Г©l, intolerables. Lo mГЎs curioso es que Ruiz-Tagle parecГ­a disfrutar con la situaciГіn: se daba cuenta de que Bibiano estaba cada vez mГЎs pГЎlido o mГЎs transpirado y seguГ­a hablando (de Bergman, supongo) y sonriendo. La casa permanecГ­a en un silencio que las palabras de Ruiz-Tagle sГіlo acentuaban, sin llegar jamГЎs a romperlo.

ВїDe quГ© hablaba?, se pregunta Bibiano. SerГ­a importante, escribe en su carta, que lo recordase, pero por mГЎs esfuerzos que hago es imposible. Lo cierto es que Bibiano aguantГі hasta donde pudo, luego dijo hasta luego de forma mГЎs bien atropellada y se marchГі. En la escalera, poco antes de salir a la calle, encontrГі a VerГіnica Garmendia. Г‰sta le preguntГі si le pasaba algo. ВїQuГ© me puede pasar?, dijo Bibiano. No lo sГ©, dijo VerГіnica, pero estГЎs blanco como el papel. Nunca olvidarГ© esas palabras, dice Bibiano en su carta: pГЎlido como una hoja de papel. Y el rostro de VerГіnica Garmendia. El rostro de una mujer enamorada.

Es triste reconocerlo, pero es asГ­. VerГіnica estaba enamorada de Ruiz-Tagle. E incluso puede que AngГ©lica tambiГ©n estuviera enamorada de Г©l. Una vez, Bibiano y yo hablamos sobre esto, hace mucho tiempo. Supongo que lo que nos dolГ­a era que ninguna de las Garmendia estuviera enamorada o al menos interesada en nosotros. A Bibiano le gustaba VerГіnica. A mГ­ me gustaba AngГ©lica. Nunca nos atrevimos a decirles ni una palabra al respecto, aunque creo que nuestro interГ©s por ellas era pГєblicamente notorio. Algo en lo que no nos distinguГ­amos del resto de miembros masculinos del taller, todos, quien mГЎs, quien menos, enamorados de las hermanas Garmendia. Pero ellas, o al menos una de ellas, quedaron prendadas del raro encanto del poeta autodidacta.

Autodidacta, sГ­, pero preocupado por aprender como decidimos Bibiano y yo cuando lo vimos aparecer por el taller de poesГ­a de Diego Soto, el otro taller puntero de la Universidad de ConcepciГіn, que rivalizaba digamos en la Г©tica y en la estГ©tica con el taller de Juan Stein, aunque Stein y Soto eran lo que entonces se llamaba, y supongo que aГєn se sigue llamando, amigos del alma. El taller de Soto estaba en la Facultad de Medicina, ignoro por quГ© razГіn, en un cuarto mal ventilado y mal amoblado, separado tan sГіlo por un pasillo del anfiteatro en donde los estudiantes despiezaban cadГЎveres en las clases de anatomГ­a. El anfiteatro, por supuesto, olГ­a a formol. El pasillo, en ocasiones, tambiГ©n olГ­a a formol. Y algunas noches, pues el taller de Soto funcionaba todos los viernes de ocho a diez, aunque generalmente solГ­a acabar pasadas las doce, el cuarto se impregnaba de olor a formol que nosotros intentГЎbamos vanamente disimular encendiendo un cigarrillo tras otro. Los asiduos al taller de Stein no iban al taller de Soto y viceversa, salvo Bibiano O'Ryan y yo, que en realidad compensГЎbamos nuestra inasistencia crГіnica a clases acudiendo no sГіlo a los talleres sino a cuanto recital o reuniГіn cultural y polГ­tica se hiciera en la ciudad. AsГ­ que ver aparecer una noche por allГ­ a Ruiz-Tagle fue una sorpresa. Su actitud fue mГЎs o menos la misma que mantenГ­a en el taller de Stein. Escuchaba, sus crГ­ticas eran ponderadas, breves y siempre en un tono amable y educado, leГ­a sus propios trabajos con desprendimiento y distancia y aceptaba sin rechistar incluso los peores comentarios, como si los poemas que sometГ­a a nuestra crГ­tica no fueran suyos. Esto no sГіlo lo notamos Bibiano y yo; una noche Diego Soto le dijo que escribГ­a con distancia y frialdad. No parecen poemas tuyos, le dijo. Ruiz-Tagle lo reconociГі sin inmutarse. Estoy buscando, respondiГі.

En el taller de la Facultad de Medicina Ruiz-Tagle conociГі a Carmen VillagrГЎn y se hicieron amigos. Carmen era una buena poeta, aunque no tan buena como las hermanas Garmendia. (Los mejores poetas o prospectos de poetas estaban en el taller de Juan Stein.) Y tambiГ©n conociГі y se hizo amigo de Marta Posadas, alias la Gorda Posadas, la Гєnica estudiante de medicina del taller de la Facultad de Medicina, una muchacha muy blanca, muy gorda y muy triste que escribГ­a poemas en prosa y que lo que de verdad querГ­a, al menos entonces, era convertirse en una especie de Marta Harnecker de la crГ­tica literaria.

Entre los hombres no hizo amigos. A Bibiano y a mГ­, cuando nos veГ­a, nos saludaba correctamente pero sin exteriorizar el menor signo de familiaridad, pese a que nos veГ­amos, entre el taller de Stein y el taller de Soto, unas ocho o nueve horas a la semana. Los hombres no parecГ­an importarle en lo mГЎs mГ­nimo. VivГ­a solo, en su casa habГ­a algo extraГ±o (segГєn Bibiano), carecГ­a del orgullo pueril que los demГЎs poetas solГ­an tener por su propia obra, era amigo no sГіlo de las muchachas mГЎs hermosas de mi Г©poca (las hermanas Garmendia) sino que tambiГ©n habГ­a conquistado a las dos mujeres del taller de Diego Soto, en una palabra era el blanco de la envidia de Bibiano O'Ryan y de la mГ­a propia, Y nadie lo conocГ­a.

Juan Stein y Diego Soto, que para mГ­ y para Bibiano eran las personas mГЎs inteligentes de ConcepciГіn, no se dieron cuenta de nada. Las hermanas Garmendia tampoco, al contrario, en dos ocasiones AngГ©lica alabГі delante de mГ­ las virtudes de Ruiz-Tagle: serio, formal, de mente ordenada, con una gran capacidad de escuchar a los demГЎs. Bibiano y yo lo odiГЎbamos, pero tampoco nos dimos cuenta de nada. SГіlo la Gorda Posadas captГі algo de lo que en realidad se movГ­a detrГЎs de Ruiz-Tagle. Recuerdo la noche en que hablamos. HabГ­amos ido al cine y tras la pelГ­cula nos metimos en un restaurant del centro. Bibiano llevaba una carpeta con textos de la gente del taller de Stein y del taller de Soto para su undГ©cima breve antologГ­a de jГіvenes poetas de ConcepciГіn que ningГєn periГіdico publicarГ­a. La Gorda Posadas y yo nos dedicamos a curiosear entre los papeles. ВїA quiГ©nes vas a antologar?, preguntГ© sabiendo que yo era uno de los seleccionados. (En caso contrario mi amistad con Bibiano se hubiera roto probablemente al dГ­a siguiente.) A ti, dijo Bibiano, a Martita (la Gorda), a VerГіnica y AngГ©lica, por supuesto, a Carmen, luego nombrГі a dos poetas, uno del taller de Stein y el otro del taller de Soto, y finalmente dijo el nombre de Ruiz-Tagle. Recuerdo que la Gorda se quedГі callada un momento mientras sus dedos (permanentemente manchados de tinta y con las uГ±as mГЎs bien sucias, cosa que parecГ­a extraГ±a en una estudiante de medicina, si bien la Gorda cuando hablaba de su carrera lo hacГ­a en tГ©rminos tan lГЎnguidos que a uno no le quedaban dudas de que jamГЎs obtendrГ­a el diploma) escudriГ±aban entre los papeles hasta dar con las tres cuartillas de Ruiz-Tagle. No lo incluyas, dijo de pronto. ВїA Ruiz-Tagle?, preguntГ© yo sin creer lo que oГ­a pues la Gorda era una devota admiradora suya. Bibiano, por el contrario, no dijo nada. Los tres poemas eran cortos, ninguno pasaba de los diez versos: uno hablaba de un paisaje, describГ­a un paisaje, ГЎrboles, un camino de tierra, una casa alejada del camino, cercados de madera, colinas, nubes; segГєn Bibiano era В«muy japonГ©sВ»; en mi opiniГіn era como si lo hubiera escrito Jorge Teillier despuГ©s de sufrir una conmociГіn cerebral. El segundo poema hablaba del aire (se llamaba Aire) que se colaba por las junturas de una casa de piedra. (En Г©ste era como si Teillier se hubiera quedado afГЎsico y persistiera en su empeГ±o literario, lo que no hubiera debido extraГ±arme pues ya entonces, en el 73, la mitad por lo menos de los hijos putativos de Teillier se habГ­an quedado afГЎsicos y persistГ­an.) El Гєltimo lo he olvidado completamente. SГіlo recuerdo que en algГєn momento aparecГ­a sin que viniera a cuento (o eso me pareciГі a mГ­) un cuchillo. ВїPor quГ© crees que no lo debo incluir?, preguntГі Bibiano con un brazo extendido sobre la mesa y la cabeza apoyada en Г©ste, como si el brazo fuera la almohada y la mesa la cama de su dormitorio. CreГ­ que eran ustedes amigos, dije yo. Y lo somos, dijo la Gorda, pero igual yo no lo meterГ­a. ВїPor quГ©?, dijo Bibiano. La Gorda se encogiГі de hombros. Es como si no fueran poemas suyos, dijo despuГ©s. Suyos de verdad, no sГ© si me explico. ExplГ­cate, dijo Bibiano. La Gorda me mirГі a los ojos (yo estaba frente a ella y Bibiano, a su lado, parecГ­a dormido) y dijo: Alberto es un buen poeta, pero aГєn no ha explotado. ВїQuieres decir que es virgen?, dijo Bibiano, pero ni la Gorda ni yo le hicimos caso. ВїTГє has leГ­do otras cosas de Г©l?, quise saber yo. ВїQuГ© escribe, cГіmo escribe? La Gorda se sonriГі para sus adentros, como si ella misma no creyera lo que a continuaciГіn iba a decirnos. Alberto, dijo, va a revolucionar la poesГ­a chilena. ВїPero tГє has leГ­do algo o estГЎs hablando de una intuiciГіn que tienes? La Gorda hizo un sonido con la nariz y se quedГі callada. El otro dГ­a, dijo de pronto, fui a su casa. No dijimos nada pero vi que Bibiano, recostado sobre la mesa, se sonreГ­a y la miraba con ternura. No era esperada, por supuesto, aclarГі la Gorda. Ya sГ© lo que quieres decir, dijo Bibiano. Alberto se sincerГі conmigo, dijo la Gorda. No me imagino a Ruiz-Tagle sincerГЎndose con nadie, dijo Bibiano. Todo el mundo cree que estГЎ enamorado de la VerГіnica Garmendia, dijo la Gorda, pero no es verdad. ВїTe lo dijo Г©l?, preguntГі Bibiano. La Gorda se sonriГі como si estuviera en posesiГіn de un gran secreto. No me gusta esta mujer, recuerdo que pensГ© entonces. TendrГЎ talento, serГЎ inteligente, es una compaГ±era, pero no me gusta. No, no me lo dijo Г©l, dijo la Gorda, aunque Г©l me cuenta cosas que a otros no les cuenta. QuerrГЎs decir a otras, dijo Bibiano. Eso, a las otras, dijo la Gorda. ВїY quГ© cosas te cuenta? La Gorda pensГі durante un rato antes de responder. De la nueva poesГ­a, pues, de quГ© otra cosa. ВїLa que Г©l piensa escribir?, dijo Bibiano con escepticismo. La que Г©l va a hacer, dijo la Gorda. ВїY saben por quГ© estoy tan segura? Por su voluntad. Durante un momento esperГі que le preguntГЎramos algo mГЎs. Tiene una voluntad de hierro, aГ±adiГі, ustedes no lo conocen. Era tarde. Bibiano mirГі a la Gorda y se levantГі para pagar. ВїSi tienes tanta fe en Г©l por quГ© no quieres que Bibiano lo meta en su antologГ­a?, preguntГ©. Nos pusimos las bufandas en el cuello (nunca he vuelto a usar bufandas tan largas como entonces) y salimos al frГ­o de la calle. Porque no son sus poemas, dijo la Gorda. ВїY


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