Размер шрифта:     
Гарнитура:GeorgiaVerdanaArial
Цвет фона:      
Режим чтения: F11  |  Добавить закладку: Ctrl+D
Следующая страница: Ctrl+→  |  Предыдущая страница: Ctrl+←
Показать все книги автора/авторов: AlarcГіn Pedro Antonio de
 

«El NiГ±o De La Bola», Pedro AlarcГіn

Иллюстрация к книге

Al Sr. D. Bruno Moreno, Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, y mГЎs poeta y literato que muchos que lo somos de oficio, dedica esta novela su fraternal amigo,

P. A. DE ALARCГ“N

 

LIBRO PRIMERO: EN LO ALTO DE LA SIERRA

I. SINFONГЌA

Entre la vetusta ciudad, cabeza de Obispado, en que ocurrieron los famosos lances de El sombrero de tres picos, y la insigne capital de aquella estacionaria provincia, donde hay todavГ­a muchos moros vestidos de cristianos, ГЎlzase, como muralla divisionaria de sus respectivos horizontes, un formidable contrafuerte de la Sierra mГЎs erguida y elegante de toda EspaГ±a.

Cerca de diez leguas de espesor (las mismas que la capital y la ciudad distan entre sГ­) tiene por la base aquel enorme estribo de la gran cordillera, mientras que su altura, graduada por tГ©rmino medio, serГЎ de seis o siete mil pies sobre el nivel del mar. Subir a tal elevaciГіn por retorcidas cuestas, y descender de allГ­ luego por otras cuestas no menos retorcidas, es la tarea comГєn de cuantos van o vienen de una a otra comarca; cosa que sГіlo podГ­a hacerse, a la fecha en que principia nuestra relaciГіn, por un mal camino de herradura, convertido poco despuГ©s en un mucho peor camino carretero.

Ahora bien, amigos lectores: el primer cuadro del drama romГЎntico de chaqueta y rigurosamente histГіrico, aunque no polГ­tico, que voy a contaros (tal y como aconteciГі, y yo lo presenciГ©, entre la extinciГіn de los frailes y la creaciГіn de la Guardia civil, entre el suicidio de Larra y la muerte de Espronceda, entre el abrazo de Vergara y el pronunciamiento del general Espartero, en 1840, para decirlo de una vez), tuvo por escenario la cumbre de esa montaГ±a, el promedio de ese camino, el trГЎnsito del uno al otro horizonte; punto crГ­tico y neutro, que dista cinco leguas de la ciudad y otras cinco de la capital, y en que, por ende, suelen encontrarse al mediodГ­a y decirse: ВЎA la faz de Dios, caballeros!, los viandantes que salieron al amanecer de cada una de ambas poblaciones.

Es aquГ©l un paraje rudo, ГЎspero y pedregoso, sin historia, nombre ni dueГ±o, guardado por esquivos gigantes de pizarra, donde la Naturaleza, virgen y tosca como saliГі de manos del Creador vive pobremente, y, por tanto, sin muchos cuidados, entregada a la dulce rutina de sus invariables quehaceres. Tan ГЎrida y escabrosa es aquella regiГіn, que nadie ha entrado nunca en codicia de disputar a los animales silvestres el pacГ­fico inmemorial disfrute de las escasas hierbas y atroces matorrales que festonean sus riscos; por lo que, ni siquiera hoy, despuГ©s de la desamortizaciГіn y venta de todo lo criado, figura tal arrabal del planeta en el catastro de la riqueza pГєblica. Sin embargo, no vivГ­an completamente a sus anchas, en la Г©poca de que va hecha menciГіn, los inciviles y sueltos moradores de aquella majestuosa soledad; pues, amГ©n de las importunidades ordinarias que a ciertas horas les ha acarreado siempre la vecindad del sendero humano, solГ­a acontecer por entonces, con demasiada frecuencia, que ladrones en cuadrilla, o no en cuadrilla, armados de terribles trabucos, acechaban allГ­ a los viajeros inofensivos, y aun a la misma Justicia del Estado, como en lugar muy a propГіsito, por lo estratГ©gico, para librar batalla a las leyes sociales.

El día de que tratamos (sábado y de abril), sería ya la una de la tarde, y aún no se había divisado alma viviente en aquel pavoroso recinto, cerrado a la vista por las ondulaciones de las montañas subalternas. Hallábanse, pues, solos y gustosísimos los pájaros, las bestiecillas montaraces y los reptiles e insectos que lo habitan; todos ellos doblemente regocijados y juguetones a la sazón, con motivo de haberse dignado subir a aquellas alturas, a pasar unos días en su compaña, la hermosa y galante primavera…

Allí estaba, sí, la pródiga deidad, y bien se conocía dondequier el mágico influjo de sus gracias y donosura. En todas partes había flores: en las solanas, en las umbrías, entre las peñas, en los mismos líquenes de las rocas, hasta en él tortuoso sendero frecuentado por el hombre, y, consiguientemente, en las cruces y lápidas conmemorativas de bárbaros asesinatos… Respirábase un aire cargado de aromas deleitosos. Los pajarillos se decían sus amores con breves y agudos píos, que turbaban, o hacían más notable y solemne, el hondo silencio del resto de la Creación… También se percibían de vez en cuando leves murmullos de arroyuelos que pugnaban por abrirse paso entre importunas guijas; pero muy luego cesaba el rumor, por haber hallado el agua más cómoda ruta. Pintadas mariposas revolaban de acá para allá, no menos lindas que las flores en que libaban, y más libres que ellas, mientras que tímidas alimañas y recelosas aves, codiciadas por los cazadores, retozaban descuidadamente aun en el odiado camino de herradura… ¡Todo, todo era paz, y amor, y delectación en la tierra y en el ambiente!… El mismo cielo sonreía, como un padre satisfecho de la ventura de sus hijos… Dijérase que el mundo acababa de ser criado… La infatigable Naturaleza parecía una doncella de quince abriles.

De pronto, todos los animales se avisparon y echaron a correr o a volar, apartándose del camino, y una nube de polvo empañó la transparencia de la atmósfera hacia la parte de la capital…

Era que venía el hombre…

Y pues que el hombre solГ­a pasar por allГ­, segГєn hemos dicho, dando el mal ejemplo de temer hallarse con sus prГіjimos, nada tuvo de particular ni de ofensivo para el soberano de la CreaciГіn el que los humildes irracionales se apresurasen tambiГ©n de aquel modo a evitar su real presencia.

II. NUESTRO HÉROE

La indicada nube de polvo traГ­a en su seno a un arrogante jinete, seguido de un arriero a pie y de tres soberbias mulas cargadas de equipaje.

El caballero, a juzgar por su figura y vestimenta y por el abigarrado aspecto de las tales cargas, parecГ­a juntamente un feriante, un contrabandista y un indiano. TambiГ©n hubiera sido fГЎcil suponerlo un capitГЎn de bandidos de primera clase, que regresara a su guarida con el rico botГ­n de alguna afortunada empresa.

Г‰rase como de veintisiete aГ±os de edad; fino y elegante, aunque vestГ­a de chaqueta (traje usado entonces en AndalucГ­a por personas muy principales), y tan airoso, nervudo y bien formado, que habrГ­a podido servir de modelo para la famosa estatua del Gladiador combatiente. La mencionada chaqueta, asГ­ como el chaleco y el pantalГіn, o mГЎs bien calzГіn de montar, que llevaba, eran de punto azul muy ceГ±ido al cuerpo, y concluГ­a por abajo su equipo en unos botines o polainas de gamuza gris, con sendas espuelas de plata labrada, dignas Г©stas de un CapitГЎn general. Gruesos botones de muletilla, tambiГ©n de plata, orlaban hasta cerca del codo las bocamangas de la chaqueta y servГ­an de botonadura al chaleco. Un paГ±uelo negro de crespГіn, anudado a la marinera, le servГ­a de corbata, y negro era asimismo el rico ceГ±idor de seda china que ajustaba a modo de faja su esbelta cintura. En los puГ±os y cuello de la camisa lucГ­a costosos brillantes; pero ninguno de tanto valor como el que radiaba en el dedo meГ±ique de su mano izquierda. Finalmente, el sombrero (que en aquel momento se acababa de quitar) era de finГ­sima paja de color de cafГ©, ancho de alas y muy alto y puntiagudo, como los usan muchas gentes de AmГ©rica y de las Dos Sicilias, a cuya forma se da en Granada el pintoresco nombre de sombrero de catite.

Tan singular personaje, a quien sentaba perfectamente aquel raro atavГ­o semiandaluz, semiexГіtico, llamaba la atenciГіn, mГЎs que por todo lo dicho, por la varonil hermosura de su cara. Que Г©sta habrГ­a sido de extraordinaria blancura, indicГЎbalo aГєn aquella parte de su despejada y altiva frente que el sombrero solГ­a proteger; pero en lo demГЎs habГ­ala quemado el sol por ral extremo, que su palidez marmГіrea reflejaba ya un tinte como de oro mate, cuyo tono igual y sosegado no carecГ­a de hechizo. Eran negros y muy rasgados y grandes sus africanos ojos, medio dormidos a la sombra de largas pestaГ±as; mas cuando sГєbitamente los abrГ­a del todo, excitado por cualquier idea o caso repentino, salГ­a de ellos tanta luz, tanto fuego, tanta energГ­a vital, que su mirada no podГ­a soportarse. Esta mirada reunГ­a a un mismo tiempo la temible majestad de la del leГіn, la fiereza de la del ГЎguila y la inocencia de la del niГ±o; sГіlo que era mГЎs triste que la del Гєltimo y mГЎs tierna en ocasiones que la de los citados reyes de las selvas y de los aires. Su abundante cabello, negro tambiГ©n y muy cortado por detrГЎs, orlaba ampliamente la parte superior de la cabeza, semejando una rizada pluma tendida del lado izquierdo al derecho, lo cual daba mayor realce a aquella fogosa fisonomГ­a. Completaban su peregrina belleza un perfil intachable, sirio mГЎs bien que griego; una boca escultural, clГЎsica, napoleГіnica, tan audaz como reflexiva, y, sobre todo, una barba negra, undosa, de sobrios aunque largos rizos, trasunto fiel de las nobles y celebradas barbas ГЎrabes y hebreas. En resumen, y para pintar con un solo rasgo tan interesante figura, diremos que, por su estilo oriental, por su selvГЎtica melancolГ­a, por su atlГ©tica complexiГіn, por la viril hermosura del semblante y por la grandeza del alma que resplandecГ­a en sus ardientes ojos, cualquier aficionado a estudios artГ­sticos hubiera comparado a nuestro hГ©roe (prescindiendo de su grotesco traje y de los accesorios profanos que lo rodeaban) al terrible San Juan Bautista cuando regresГі del desierto a la edad de veintinueve aГ±os.

Montaba el joven que tan minuciosamente hemos descrito un soberbio potro cordobés negro como la endrina, enjaezado con silla a la española, sobre cuyo arzón iba sujeto un angosto maletín de vaqueta, y sobre cuya grupa ostentaba vivos y múltiples colores una manta mejicana de gran mérito, o, mejor dicho, lo que allí se denomina un zarape. Armas… no llevaba en su persona ni en su cabalgadura, pero, hablando en verdad, de uno de los tres bagajes mencionados pendían juntas cuatro excelentes escopetas (dos de ellas con todos los honores de espingardas), que podían sacar de apuros a cualquier valiente.