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«Casas muertas», Miguel Silva

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CapГ­tulo I. Un entierro

1

Esa maГ±ana enterraron a SebastiГЎn. El padre PernГ­a, que tanto afecto le profesГі, se habГ­a puesto la sotana menos zurcida, la de visitar al Obispo, y el manteo y el bonete de las grandes ocasiones. Un entierro no era un acontecimiento inusitado en Ortiz. Por el contrario, ya el tanto arrastrarse de las alpargatas habГ­a extinguido definitivamente la hierba del camino que conducГ­a al cementerio y los perros seguГ­an con rutinaria mansedumbre a quienes cargaban la urna o les precedГ­an seГ±alando la ruta mil veces transitada. Pero habГ­a muerto SebastiГЎn, cuya presencia fue un brioso pregГіn de vida en aquella aldea de muertos, y todos comprendГ­an que su caГ­da significaba la rendiciГіn plenaria del pueblo entero. Si no logrГі escapar de la muerte SebastiГЎn, joven como la madrugada, fuerte como el rГ­o en invierno, voluntarioso como el toro sin castrar, no quedaba a los otros habitantes de Ortiz sino la resignada espera del acabamiento.

Al frente del cortejo marchaba Nicanor, el monaguillo, sosteniendo el crucifijo en alto, entre dos muchachos mГЎs pequeГ±os y armados de elevados candelabros. Luego el padre PernГ­a, sudando bajo las telas del hГЎbito y el sol del Llano. En seguida los cuatro hombres que cargaban la urna y, finalmente, treinta o cuarenta vecinos de rostros terrosos. El ritmo pausado del entierro se adaptaba fielmente a su caminar de enfermos. AsГ­, paso a paso, arrastrando los pies, encorvando los hombros bajo la presiГіn de un peso inexistente, se les veГ­a transitar a diario por las calles del pueblo, por los campos medio sembrados, por los corredores de las casas.

Carmen Rosa estaba presente. Ya casi no lloraba. La muerte de SebastiГЎn era sabida por todos -ella misma no la ignoraba, SebastiГЎn mismo no la ignoraba- desde hacГ­a cuatro dГ­as. Entonces comenzГі el llanto para ella. Al principio luchГі por impedir que llegara hasta sus ojos esa lluvia que le estremecГ­a la garganta. SabГ­a que SebastiГЎn, como confirmaciГіn inapelable de su sentencia a muerte, sГіlo esperaba ver brotar sus lГЎgrimas. Observaba los angustiados ojos febriles espiГЎndole el llanto y ponГ­a toda su voluntad en contenerlo. Y lo lograba, merced a un esfuerzo violento y sostenido para deshacer el nudo que le enturbiaba la voz, mientras se hallaba en la larga sala encalada donde SebastiГЎn se morГ­a. Pero luego, al asomarse a los corredores en busca de una medicina o de un vaso de agua, el llanto le desbordaba los ojos y le corrГ­a libremente por el rostro. MГЎs tarde, en la noche, cuando caminaba hacia su casa por las calles penumbrosas y, mГЎs aГєn, cuando se tendГ­a en espera del sueГ±o, Carmen Rosa lloraba inacabablemente y el tanto llorar le serenaba los nervios, le convertГ­a la desesperaciГіn en un dolor intenso pero llevadero, casi dolor tierno despuГ©s, cuando el amanecer comenzaba a enredarse en la ramazГіn del cotoperГ­ y ella continuaba tendida, con los ojos abiertos y anegados, aguardando un sueГ±o que nunca llegaba.

Ahora marchaba sin lГЎgrimas, confundida entre la gente que asistГ­a al entierro. HabГ­an dejado a la espalda las dos Гєltimas casas y remontaban la leve cuesta que conducГ­a a la entrada del cementerio. Ella caminaba arrastrando los pies como todos, en la misma cadencia de todos, pero se sentГ­a tan lejana, tan ausente de aquel desfile cuyo sentido se negaba a aceptar, que a ratos parecГ­ale que ella y la que caminaba con su cuerpo eran dos personas distintas y que bien podГ­a la una seguir con pasos de autГіmata hasta el cementerio, en tanto que la otra regresaba a la casa en busca del llanto.

Dos mujeres la acompaГ±aban. A un lado su madre, doГ±a Carmelita, con el mohГ­n de niГ±o asustado que la vejez no habГ­a logrado borrar, llorando no tanto por SebastiГЎn muerto, como por el dolor que sobre Carmen Rosa pesaba, sintiГ©ndose infinitamente pequeГ±a y miserable por no haber podido evitarle a la hija aquel infortunio. A la izquierda iba Marta, la hermana, preГ±ada como el aГ±o pasado, heroicamente fatigada por aquella lenta marcha bajo el sol. Carmen Rosa advertГ­a en la atmГіsfera la fluencia del amor de las dos mujeres, la ternura de ambas sosteniГ©ndola para que no diera consigo en tierra.

En el trecho final cargaron la urna cuatro hombres jГіvenes como SebastiГЎn, aunque no vigorosos como lo fuera Г©l antes de caer. Eran cuatro perfiles en ocre, aguzados como la cabeza del gavilГЎn. Su juventud naufragaba en las miradas tardas, en los desfiladeros de los pГіmulos, en los pliegues que circundaban los ojos. Uno de ellos, primo hermano de SebastiГЎn, habГ­a venido en burro desde Parapara. Los otros tres eran de Ortiz y Carmen Rosa los conocГ­a desde niГ±os. HabГ­a corrido con ellos por las mГЎrgenes del Paya, habГ­a matado palomas montaГ±eras junto con ellos. El mГЎs alto, Celestino, sobre cuyos hombros caГ­a poco menos del peso total de la urna, habГ­a estado siempre enamorado de ella, desde que corrГ­an a la par del rГ­o y mataban pГЎjaros. Ahora cargaba el cadГЎver de SebastiГЎn, soportando el mayor peso por ser el mГЎs alto, y dos lГЎgrimas de hombre le bajaban por los pГіmulos angulosos.

Se divisaba ya la tapia del cementerio, su humilde puerta con cruz de hierro en el tope y festones encalados a los lados. Carmen Rosa recordaba el texto del cartelito, escrito en torpes trazos infantiles, que colgaba de esa puerta: В«No salte la tapia para entrar. Pida la llaveВ». La tapia era de tan escasa altura que bien podГ­a saltarse sin esfuerzo. Y no habГ­a a quien pedir la llave porque nadie cuidaba del cementerio desde que muriГі el viejo Lucio. El gamelote y la paja sabanera se hicieron dueГ±os de aquellas tierras sin guardiГЎn, campeaban entre las tumbas y por encima de ellas, ocultaban los nombres de los difuntos, asomaban por sobre de la tapia diminuta.

A escasa distancia de la puerta, la marcha del cortejo se tornГі lentГ­sima. Los cuatro hombres que llevaban la urna iniciaron, con gravedad de ceremonia ritual, un viraje de sus pasos destinado a hacer girar el ataГєd hasta situarlo de frente al portal del cementerio. Como en una conversiГіn de escuadra militar, pero incalculablemente mГЎs despacio, tres de los cargadores giraban alrededor de aquel que se mantenГ­a en el ГЎngulo delantero izquierdo. Este Гєltimo se limitaba a mover los pies, levantando humaredas de polvo seco, simulando pasos que no daba. Era una evoluciГіn muy semejante a la que cumplГ­an los cargadores de la imagen de Santa Rosa, cuando la procesiГіn doblaba la Гєltima esquina de la plaza y tomaba el rumbo de la iglesia. Cesaron los murmullos y los rezos, las mujeres acallaron el llanto por un instante, y sГіlo se oyГі el arrastrarse isГіcrono de los pies, un largo y patГ©tico chas-chas que encerraba para aquellos hombres una honda expresiГіn de despedida.

DespuГ©s lo enterraron. Eso no lo vio Carmen Rosa. CerrГі los ojos con desesperada fuerza, reclinГі la cabeza sobre el hombro de la madre, sintiГі en la garganta una sal de lГЎgrimas que ya no salГ­an y en el costado una herida casi fГ­sica, como de lanza. A sus oГ­dos llegaron confusamente los latinazos roncos del padre PernГ­a y la voz atiplada del monaguillo que decГ­a В«AmГ©nВ» pensando en otra cosa.

2

Regresaron por la misma ruta, ya sin la urna. Marchaban, tambiГ©n de vuelta, al paso lento y desgonzado de los que no quieren llegar a donde van. Tal vez era domingo. Sin duda era domingo, pero nadie pensaba en eso. Ninguna diferencia existГ­a entre un martes y un domingo para ellos. Ambos eran dГ­as para tiritar de fiebre, para mirarse la Гєlcera, para escuchar frases aciagas: В«La comadre Jacinta estГЎ con la perniciosaВ»; В«NaciГі muerto el muchachito de Petra MatuteВ»; В«A Rufo, el de la calle real, se lo llevГі la hematuriaВ». Apenas el padre PernГ­a se preocupaba por recordarles cuГЎndo era domingo, desatando la voz de las campanas para anunciar su misa. Pero aquel dГ­a, domingo o lo que fuera, el padre PernГ­a presenciГі la dura agonГ­a de SebastiГЎn, amaneciГі junto al cadГЎver y las campanas no llamaron a misa porque estaban doblando desde muy temprano.

Carmen Rosa volviГі a la casa, apoyada en el dГ©bil brazo de doГ±a Carmelita y seguida por un irresoluto tropel de hombres y mujeres que no se despedГ­an de ella porque no disponГ­an de ГЎnimo para hacerlo. Entraron todos por el portal de la casa, se agolparon largo rato en los corredores hablando a media voz o mirando a Carmen Rosa silenciosamente y se marcharon al fin, ya mucho despuГ©s del mediodГ­a, escurriГ©ndose por el ancho zaguГЎn que daba a la plaza.

El patio era el mГЎs hermoso de Ortiz, posiblemente el Гєnico patio hermoso de Ortiz. En sembrarlo, en cuidarlo, en hacerlo florecer habГ­a empecinado Carmen Rosa su fibra juvenil, tercamente afanada en construir algo mientras a su alrededor todo se destruГ­a. Tan sГіlo el tamarindo y el cotoperГ­, plantados allГ­ desde hacГ­a mucho tiempo, nada les debГ­an, salvo el riego y la ternura, a las manos de Carmen Rosa. Nacieron para soportar aquel sol, para endurecer sus troncos en la penuria, e igualmente erguidos se hallarГ­an en el patio aunque Carmen Rosa no hubiera nacido despuГ©s que ellos para regarlos y amarlos.

No asГ­ las otras plantas. Ni siquiera las aГ±osas trinitarias que trepaban a uno y otro extremo del corredor desde que el padre Tinedo, cuando fue cura del pueblo, las sembrГі para doГ±a Carmelita. Pero era Carmen Rosa quien las limpiaba de hojas secas, quien las podaba con las tijeras de la costura, quien las humedecГ­a con agua del rГ­o cuando el cielo negaba su lluvia. Y ellas retribuГ­an el esmero cubriГ©ndose de flores para Carmen Rosa, farolillos encarnados la de la izquierda, farolillos pГєrpura la de la derecha, y elevГЎndose ambas hasta el techo para servir de pГіrtico florido a todo el jardГ­n.


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