Размер шрифта:     
Гарнитура:GeorgiaVerdanaArial
Цвет фона:      
Режим чтения: F11  |  Добавить закладку: Ctrl+D
Следующая страница: Ctrl+→  |  Предыдущая страница: Ctrl+←
Показать все книги автора/авторов: Delibes Miguel
 

«Cinco horas con Mario», Miguel Delibes

Иллюстрация к книгеИллюстрация к книге

 

DespuГ©s de cerrar la puerta, tras la Гєltima visita, Carmen recuesta levemente la nuca en la pared hasta notar el contacto frГ­o de su superficie y parpadea varias veces como deslumbrada. Siente la mano derecha dolorida y los labios tumefactos de tanto besar. Y como no encuentra mejor cosa que decir, repite lo mismo que lleva diciendo desde la maГ±ana: "AГєn me parece mentira, Valen, fГ­jate; me es imposible hacerme a la idea". Valen la toma delicadamente de la mano y la arrastra, precediГ©ndola, sin que la otra oponga resistencia, pasillo adelante, hasta su habitaciГіn:

– Debes dormir un poco, Menchu. Me encanta verte tan entera y así, pero no te engañes, bobina, esto es completamente artificial. Pasa siempre. Los nervios no te dejan parar. Verás mañana.

Carmen se sienta en el borde de la gran cama y se descalza dГіcilmente, empujando el zapato del pie derecho con la punta del pie izquierdo y a la inversa. Valentina la ayuda a tenderse y, luego, dobla un triГЎngulo de colcha de manera que la cubra medio cuerpo, de la cintura a los pies. Dice Carmen antes de cerrar los ojos, sГєbitamente recelosa:

– Dormir, no, Valen, no quiero dormir; tengo que estar con él. Es la última noche. Tú lo sabes.

Valentina se muestra complaciente. Tanto su voz -el contenido y el volumen de su voz- como sus movimientos, recatan una eficacia inefable:

– No duermas si no quieres, pero relájate. Debes relajarte. Debes intentarlo por lo menos -mira el reloj-. Vicente no puede tardar.

Carmen se estira bajo la blanca colcha, cierra los ojos y, por si fuera insuficiente, se los protege con el antebrazo derecho desnudo, muy blanco, en contraste con la negra manga del jersey que la cubre hasta el codo. Dice:

– Me parece que hace un siglo desde que te llamé esta mañana. ¡Dios mío, qué de cosas han pasado! Y todavía me parece mentira, fíjate; me es imposible hacerme a la idea.

Aun con los ojos cerrados y preservados por el antebrazo, Carmen sigue viendo desfilar rostros inexpresivos como palos cuando no deliberadamente contristados: "Lo dicho"; "Mucha resignaciГіn"; "CuГ­date, Carmen, los pequeГ±os te necesitan"; "ВїA quГ© hora es maГ±ana la conducciГіn?" Y ella: "Gracias, Fulano", o "Gracias, Mengana" y ante las visitas eminentes: "ВЎCuГЎnto le hubiera alegrado al pobre Mario verle por aquГ­!" La gente nunca era la misma pero la densidad no decrecГ­a. Era como el caudal de un rГ­o. Al principio, todo resultГі burdamente convencional. Caras largas y silencios insidiosos. Fue Armando quien quebrГі la tirantez con su chiste: el de las monjitas. Г‰l habГ­a creГ­do que ella no le oГ­a, pero Carmen le oyГі, e independientemente de ella, Moyano, desde su palidez lechosa, con el rostro enmarcado por una negra y sedosa barba rabГ­nica, le censurГі con una acre mirada muda. Pero ya nada volviГі a ser tan tenso como antes. Las barbas de Moyano y su palidez de muerto hacГ­an bien en el velatorio. En cambio el mechГіn albino de Valen, detonaba. "Cuando me lo dijeron no podГ­a creerlo. Si le vi ayer". Carmen se inclinaba y la besaba en las dos mejillas. En realidad, no se besaban, cruzaban estudiadamente las cabezas, primero del lado izquierdo, luego del derecho, y besaban al aire, tal vez a algГєn cabello desmandado, de forma que una y otra sintieran los chasquidos de los besos pero no su efusiГіn. "Pero si yo misma. Anoche cenГі como si tal cosa y leyГі hasta las tantas. Y esta maГ±ana, ya ves. ВїCГіmo me iba a imaginar una cosa asГ­?" Las barbas de Moyano cuadraban perfectamente con el ambiente. Y su tez cerГєlea, demacrada, de hombre estudioso. Era lo Гєnico que Carmen podГ­a agradecerle. "ВїTe importa que pase a verlo?" "Al contrario, mujer". "Lo dicho, Carmen". Y las dos mujeres cruzaban las cabezas, primero del lado izquierdo, luego, del lado derecho, y besaban, al aire, al vacГ­o, tal vez a algГєn cabello suelto, de manera que ambas sintieran el efluvio de los besos pero no su calor. "Nunca vi un muerto semejante, te lo prometo. No ha perdido siquiera el color". Y Carmen experimentaba una oronda vanidad de muerto, como si lo hubiese fabricado con las propias manos. Como Mario, ninguno; era su muerto; ella misma lo habГ­a manufacturado. Pero Valen se resistГ­a: "Prefiero recordarle vivo, ya ves". "Te advierto que no impone lo mГЎs mГ­nimo". "Aunque asГ­ sea". Y lo mismo Menchu, pero ella era su hija y no tenГ­a otro remedio. Al regresar del Colegio, ayudada por la Doro, la habГ­a obligado a entrar y la habГ­a forzado a abrir los pГЎrpados que ella se obstinaba en cerrar. "Mujer, dГ©jala, si es aГєn una niГ±a". "Es su hija y va ahora mismo porque se lo mando yo". Una histГ©rica. Menchu se habГ­a comportado como una histГ©rica.

– Cría cuervos.

– Déjalo, Menchu; relájate, anda; haz lo posible por relajarte. No pienses en nada ahora.

La mayor parte eran bultos oscuros con unos ojos abultados, mimГ©ticos. Les unГ­a una difusa responsabilidad, un sentimentalismo acomodaticio y un goloso afГЎn por apresarla -a ella, a Carmen- con los dedos o con los labios. Llegaban perplejos con ganas de despachar pronto: "Cuando me lo dijeron no podГ­a creerlo, si le vi ayer". "Pobre Mario ВЎtan joven!". El mechГіn albino de Valentina detonaba como un trallazo. TambiГ©n detonaban los libros, tras el fГ©retro, con sus lomos brillantes, rojos, verdes y amarillos. Cuando los muchachos de CarГіn se fueron, ella les estuvo volviendo uno a uno, pacientemente, todos los de cubiertas chillonas que sobresalГ­an del crespГіn negro. Al concluir, se sintiГі extraГ±amente complacida y con los dedos llenos de polvo.

"Lo dicho"; "Salud para encomendarle a Dios". DespuГ©s de todo hizo bien en mandar a BertrГЎn a la cocina. Un bedel no debe estar nunca donde estГ©n los catedrГЎticos. Y luego, la escena. Antonio habГ­a pasado un mal trago por su culpa. ВїPor quГ© asistirГ­an los sordos a estas cosas? Antonio tan sГіlo dijo: "Se mueren los buenos y quedamos los malos", y, en realidad, no lo dijo; lo musitГі, pero BertrГЎn dijo: "ВїCГіmo dice?", y Antonio lo repitiГі otra vez, quedamente, mirando antes, suspicazmente, a los lados, y BertrГЎn levantГі los hombros y la voz y dijo: "si no le entiendo" y ponГ­a por testigos a la concurrencia y Antonio miraba al cadГЎver y, luego, al acompaГ±amiento, pero lo dijo otra vez y otra, alzando progresivamente la voz, mientras en los grupos se iba haciendo el silencio, de tal forma que cuando chillГі, "ВЎque quedamos los malos y se mueren los buenos!" y BertrГЎn respondiГі:

"ВЎAh, no le entendГ­a, perdone!", todo el mundo se dio por enterado.

Unos grupos llegaban y otros marchaban. Les unГ­a un difuso sentimiento de responsabilidad y unas pupilas hipГіcritas, estudiadamente atormentadas. Fue Bene, la mujer de Antonio, quien dijo, aprovechando un afectado silencio y tras un suspiro tan prolongado que pareciГі que se deshinchaba: "El corazГіn es muy traicionero, ya se sabe". Y fue como una liberaciГіn. Los ojos fueron perdiendo su expresiГіn atormentada y, poco a poco, los rostros se fueron redondeando. Se habГ­a hallado un culpable. Pero ella solamente le dijo a BertrГЎn: "BertrГЎn, pase usted a la cocina; aquГ­ no podemos ni rebullirnos".

– No puedes hacerte idea de cómo estaba la cocina, Valen. Un jubileo. Mario tenía entre la gente un poco así mucho cartel, desde luego.

– Sí, mona; ahora calla. No pienses en nada. Procura relajarte, te lo pido por favor.

– Me parece que hace un siglo desde que te llamé esta mañana, Valen.

La llamó a poco de descubrirlo. Y Valen acudió en seguida. Fue la primera. Carmen se había desahogado con ella durante hora y media. Era tarde para su costumbre, pero al abrir las contraventanas aún pensé que pudiera estar dormido. Me chocó su postura, sinceramente, porque Mario solía dormir de lado y con las piernas encogidas, que le sobraba la mitad de la cama, de larga, claro, que de ancha, a mí cohibida, imagina, pero él se hacía un ovillo, dice que de siempre, desde chiquitín, desde que tenía uso de razón, ya ves, pero esta mañana estaba boca arriba, normal, desde luego, sin inmutarse, que Luis dice que cuando da el ataque, instintivamente notan que se ahogan y se vuelven, por lo visto buscando aire, que yo me lo figuro como los peces cuando los sacas del agua, una cosa así, esas boqueadas, ¿comprendes?, pero de color y eso, como si nada, enteramente normal, ni de rígido, igualito que dormido… Pero cuando le tocó en el hombro y dijo "vamos, Mario, se te va a hacer tarde", Carmen retiró la mano como si se hubiese quemado. "El corazón es muy traicionero, ya se sabe". "¿A qué hora es mañana la conducción?" "Pero si yo misma. Anoche cenó como si tal cosa y leyó hasta las tantas… Y esta mañana, ya ves, ¿quién me iba a decir a mí una cosa así?" Y se lo preguntó a Valen (que con Valen tenía confianza): "¿Tú sabes, Valen, si Mario tiene el ilustrísimo señor? No es por vanidad mal entendida, entiéndeme, figúrate en estos momentos, pero por la esquela, ¿comprendes?, que una esquela así, sin tratamiento, a palo seco, parece como desairada". Valentina no respondía. "¿Me oyes?" Se hizo la ilusión de que Valen lloraba. "Pues no lo sé, fíjate -respondió Valen de repente- me dejas pegada. Espera un segundo que le pregunto a Vicente". Carmen oyó el golpe del auricular y los pasitos rítmicos de Valen, cada vez más imprecisos y fugaces, por el pasillo. Y al cabo: "Vicente dice que no, que el ilustrísimo es sólo para los directores. Lo siento, mona".


Еще несколько книг в жанре «Современная проза»

Лавка чудес, Жоржи Амаду Читать →

Жубиаба, Жоржи Амаду Читать →