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«Cartas de un sexagenario voluptuoso», Miguel Delibes

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A la mala costumbre de hablar de sГ­ mismo y de

los propios defectos hay que aГ±adir, como

formando bloque con ella, ese otro hГЎbito de

denunciar en los caracteres de los demГЎs defectos

anГЎlogos a los nuestros.

MARCEL PROUST

 

25 de abril de 1979

 

Muy seГ±ora mГ­a:

 

Por puro azar tropecГ© ayer con su mensaje en La Correspondencia Sentimental cuando aguardaba turno en la antesala del doctor. Yo solamente hojeaba la revista por encima pero, al transitar por la pГЎgina que inserta su minuta, algo tirГі de mВЎ, se dirГ­a que aquellas lГ­neas estaban imantadas, cobraron de repente relieve y movimiento, de modo que no pude sustraerme a su llamada. La leГ­. LeГ­ su minuta varias veces como si aquellas sencillas palabras rescataran una segunda, profunda, arcana intenciГіn. Y ahora, de regreso a casa, sin prisas, antes de encender el televisor, me he decidido a escribirle estas letras.

Ante mГ­ tengo su mensaje, lacГіnico pero expresivo. He incurrido en una pequeГ±a fechorГ­a que nunca me creГ­ capaz de cometer: he arrancado la pГЎgina de la revista que lo insertaba. Han sido unos instantes tensos, durante los cuales me he sentido tan innoble como si estuviese cometiendo un crimen. Y, bien mirado, algo de crimen hay en este acto mГ­o de mutilar una publicaciГіn y reducir asГ­ el eco de su llamada, restarle la parte de resonancia que cabГ­a esperar del ejemplar del que yo, mediante malas artes, me he incautado. Dejando al margen esta indignidad, el efecto de su mensaje fue instantГЎneo; yo no dudГ© un segundo de que aquellas palabras me estuvieran destinadas.ВїPor quГ©?

No es sencillo explicarle esto. Su nota (referencia nВє 921) que tengo aquГ­, ante mis ojos, dice asГ­: В«SeГ±ora viuda, de Sevilla, cincuenta y seis aГ±os, aire juvenil, buena salud. Cincuenta y tres kilos de peso y un metro sesenta de estatura. Aficionada a mГєsica y viajes. Discreta cocinera. Con caballeros de hasta sesenta y cinco aГ±os, similares caracterГ­sticasВ». Bien mirado, nada de particular pero, como le digo, aquella nota, entre tantas, reclamГі mi atenciГіn, me hechizГі, hasta el extremo de no leer ninguna mГЎs. De modo que allГ­ me quedГ©, inmГіvil, sentado en la silla, junto a la puerta, la mirada fija en aquellos renglones, cuya tipografГ­a, en cursivas del 8, en nada se diferenciaba de la de los demГЎs; tampoco, en rigor, los conceptos que, mГЎs o menos, con variaciones de edad, sexo, estatura o residencia, eran los mismos y, sin embargo, algo habГ­a en ellos que tiraba de mГ­, que me inducГ­a a sentirme su destinatario. ВїLa alusiГіn al atractivo aire juvenil de usted? ВїLa proporcionada figura que se deduce de su estatura y peso? ВїSu buena salud? ВїLa seguridad en sГ­ misma que se desprende de la redacciГіn de la minuta o, tal vez, el orden en que usted enumera sus dotes personales elevГЎndose de lo mГЎs trivial a lo mГЎs noble, para terminar subrayando su don culinario como dando a entender que la mГєsica, cuando proceda, no le impide volar mГЎs a ras de tierra y encerrarse en la cocina a freГ­r unas patatas?

Soy un convencido de que uno de los síntomas más obvios de la decadencia de Occidente reside en el progresivo desdén por la cocina. A las muchachas de hoy no es infrecuente escucharlas que ellas no pierden el tiempo cocinando. ¿Cree usted, señora, que el tiempo que se emplea en la cocina es tiempo perdido? La cocina, hasta hace poco, ha sido uno de los pilares culturales que aún respetábamos pero de unos años a esta parte ¡qué degradación, señora mía! La sustitución de la cocina económica por el gas y la electricidad, las parrillas del alcohol, la olla a presión, ¡qué nefastos inventos! Y, por si fuera poco, la ceba artificial del ganado, el enlatado, la congelación… Pero lo grave del caso es que todo esto se nos presenta como un avance, como una conquista, cuando, en realidad, la salazón de carnes y pescados es un recurso tan viejo como el mundo. ¿Dónde estriba la novedad?, pregunto yo, ¿dónde el progreso?

Mi difunta hermana EloГ­na, que gloria haya, veinte aГ±os mayor que yo, guisaba primorosamente, pero a la antigua. Nunca utilizГі otro procedimiento que la cocina econГіmica. Mediante la leГ±a y el carbГіn y una sabia manipulaciГіn del tiro, conseguГ­a el punto de los alimentos. Г‰se era todo su secreto. Y no se piense usted, seГ±ora, que en nuestra casa se condimentaran selectos manjares, porque lo que hace de la cocina un arte es precisamente lo contrario, halagar el paladar con lo sencillo, darle un punto requerido a lo cotidiano: un cocido castellano, unas sopas o unas lentejas. ВЎQuГ© cocidos preparaba mi difunta hermana EloГ­na!

El jueves pasado, en casa de mi fiel amigo Baldomero CerviГ±o, compaГ±ero del periГіdico, me obsequiaron con un cocido y no voy a decirle a usted que estuviera malo pero allГ­ faltaba algo esencial y Вїsabe usted quГ© era?: el relleno. ВїConcibe usted, seГ±ora, un cocido castellano sin relleno? A mi entender, el relleno es la quintaesencia del cocido, el cocido mismo. Un relleno esponjoso, tierno, sabroso, empapado de la sustancia del guiso, es lo que nos da la medida de este plato. Otro error, muy frecuente en este punto: sustituir el repollo por coliflor. Costumbres, dirГЎ usted, pero eso no es un argumento; yo creo que hay que resistir contra estos atentados, los sucedГЎneos no deben prevalecer, no podemos permitirlo. En la cocina, no es lГ­cito saltarse a la torera la tradiciГіn como no es lГ­cito prescindir del punto. Ambos son indispensables; sin ellos no hay cocina. ВїAdmitirГ­a usted, seГ±ora, una paella del interior sin chorizo ni pimientos morrones?

PensarГЎ usted, a la vista de lo escrito, que su corresponsal es un glotГіn insaciable, un ser que solamente piensa en comer, cuando a mi la comida me agrada con mesura y discreciГіn. Aborrezco a los tragones, quizГЎ por despecho, porque desde joven tuve un estГіmago delicado, tal vez porque mi profesiГіn no haya sido la mГЎs indicada para gozar de los placeres gastronГіmicos. Desde niГ±o fui sobrio para comer, pero como hombre de paladar me gustan los alimentos sazonados y en su punto.

A pesar de todo, rechazo que fuese su alusiГіn a la cocina lo que me sedujo de su nota en La Correspondencia Sentimental. Posiblemente lo que me sedujo no estaba escrito allГ­, era, digamos, un valor entendido. Entre lГ­neas, vacilando entre la seguridad y la indecisiГіn, usted venГ­a a proclamar que necesitaba una voz amiga. Seguramente fue esto lo que me conmoviГі. El hecho es que me hallaba solo en la antesala del doctor y resolvГ­ arrancar la pГЎgina de La Correspondencia. ВЎQuГ© momento tan peliagudo! Nunca he tomado nada ajeno y mutilar una publicaciГіn, aunque se trate de un diario, me produce al mismo tiempo repugnancia y rubor. CabГ­a haber anotado en mi agenda su nГєmero de referencia y la direcciГіn de la revista pero no se me ocurriГі. ВїDigo verdad? ВїEs cierto que no se me ocurriГі o tal vez imaginГ© que llevГЎndome aquella pГЎgina hacia mГ­o algo de usted, me apropiaba del aquel SOS lanzado al azar? Imposible responderle. No puedo afirmar ni negar con certeza ninguno de los dos extremos. Soy hombre irresoluto y, a veces, pienso con amargura que me morirГ© sin conocerme. ВїSabe usted en todo momento a quГ© obedecen sus decisiones? ВїNunca se dejГі arrastrar por las circunstancias? ВїJamГЎs actГєa por intuiciГіn, indignaciГіn o temor?

Yo estaba sentado, como le digo, junto a la puerta, oyendo el runrГєn de la voz del doctor del otro lado del tabique, y, en el momento de arrancar la pГЎgina, me asaltГі el temor de que pudiese presentarse la enfermera de improviso. HabГ­a cogido la hoja por la parte superior, abarquillada bajo la palma de la mano, sintiendo el suave tacto de su superficie, y no me faltaba mГЎs que tirar, rasgarla por la lГ­nea de grapas, plegarla y guardarla en el bolsillo. La cosa era bien simple. No obstante me sentГ­ incapaz. Mis dedos se paralizaron, quedaron flГЎccidos, como sin fuerza, mientras mis ojos se volvГ­an hacia el picaporte. ВїQuГ© hubiese pensado la enfermera si me sorprende en este trance? ВїNo estaban aquellas publicaciones sobre la mesa para solaz de los pacientes, y yo, con mi actitud incivil, estaba truncando su objetivo? EscuchГ©. Aparte del runrГєn de la voz del doctor del otro lado del tabique, no se oГ­a nada, el silencio, y, entonces, me decidВЎ, tirГ© de la hoja y la arranquГ©, con tal premura y turbaciГіn que desgarrГ© parte de la hoja opuesta. ВЎQuГ© amargos momentos, amiga mГ­a! AllГ­ me verГ­a usted doblarla apresuradamente y ocultarla, con un movimiento desmanotado, en el bolsillo de la cartera. Durante cinco minutos estuve sintiendo los rudos golpes de mi corazГіn hasta que me calmГ©, pero cuando, al poco rato, se presentГі la enfermera, los golpes se reanudaron, en tanto yo miraba la revista que acababa de mutilar con aprensiГіn, como si la portada fuera transparente, y aquella muchacha pudiera darse cuenta del desaguisado de un vistazo.

AhГ­ tiene usted, seГ±ora mГ­a, de quГ© azarosa manera he establecido contacto con su mensaje de La Correspondencia Sentimental. ConfГ­o no haberla importunado con los renglones que anteceden. Mi nombre completo es Eugenio Sanz Vecilla y, si lo tiene a bien, puede usted contestarme a CГЎnovas, 16, 3.Вє, derecha.

Con respeto y amistad,

E.S.

 

2 de mayo

Muy seГ±ora mГ­a:

 

No le falta a usted razГіn. Por mi oficio y talante imaginativo soy proclive a andarme por las ramas, rara vez me centro, poso los pies en el suelo. TratarГ©, pues, de ir al grano: el pasado diciembre cumplГ­ sesenta y cinco aГ±os, soy periodista jubilado -reciГ©n jubilado, en febrero-, soltero, y mido, como usted, un metro sesenta, siquiera mi peso, ochenta y cinco kilos, no estГ© proporcionado a mi estatura, denote una inequГ­voca propensiГіn a la obesidad. Un viejo amigo, OnГ©simo Navas, habla de la curva de la felicidad, refiriГ©ndose a mi vientre voluminoso pero felicidad, lo que se dice felicidad, no la he conocido fuera de los aГ±os de la infancia. Eso sГ­, en mi profesiГіn he trabajado con denuedo y entusiasmo, he conocido algunos Г©xitos, he sufrido no pocos descalabros y he llegado al retiro en paz con Dios y con mi conciencia.

ВїEnfermo dice usted? No es exactamente el caso. El hecho de que hiciera antesala en casa del doctor obedecГ­a a otro mГ©dico. El doctor Hidalgo es mi mГ©dico del Seguro, un amigo que se aviene a refrendar las recetas que me prescribe otro amigo y contertulio, el doctor Romero. Es decir, esa tarde acudГ­ a casa de aquГ©l a recoger las recetas extendidas por el otro. QuizГЎ el procedimiento no sea ortodoxo, pero gracias a Г©l me ahorro unas pesetillas, nada despreciables al precio que se estГЎn poniendo las boticas con esto de los laboratorios multinacionales.


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