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«Leyendas de Guatemala», Miguel Asturias

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“¡Qué mezcla esta mezcla de naturaleza tórrida, de botánica confusa, de magia indígena, de teología de Salamanca, donde el Volcán, los frailes, el Hombre-Adormidera, el Mercader de joyas sin precio, las bandas de pericos dominicales, los maestros magos que van a las aldeas a enseñar la fabricación de los tejidos y el valor del Cero, componen el más delirante de los sueños!”

Paul Valery,en una carta a Francis de Miomandre,

traductor de Leyendas de Guatemala al francГ©s

A mi madre,

que me contaba cuentos

 

Guatemala

La carreta llega al pueblo rodando un paso hoy y otro maГ±ana. En el apeadero, donde se encuentran la calle y el camino, estГЎ la primera tienda. Sus dueГ±os son viejos, tienen gГјegГјecho [1], han visto espantos, andarines y aparecidos, cuentan milagros y cierran la puerta cuando pasan los hГєngaros: esos que roban niГ±os, comen caballo, hablan con el diablo y huyen de Dios. La calle se hunde como la hoja de una espada quebrada en el puГ±o de la plaza. La plaza no es grande. La estrecha el marco de sus portales viejos, muy nobles y muy viejos. Las familias principales viven en ella y en las calles contiguas, tienen amistad con el obispo y el alcalde y no se relacionan con los artesanos, salvo, el dГ­a del apГіstol Santiago, cuando, por sabido se calla, las seГ±oritas sirven el chocolate de los pobres en el Palacio Episcopal.

En verano, la arboleda se borra entre las bojas amarillas, los paisajes aparecen desnudos, con claridad de vino viejo, y en invierno, el rГ­o crece y se lleva el puente.

Como se cuenta en las historias que ahora nadie cree -ni las abuelas ni los niГ±os-, esta ciudad fue construida sobre ciudades enterradas en el centro de AmГ©rica. Para unir las piedras de sus muros la mezcla se amasГі con leche. Para seГ±alar su primera huella se enterraron envoltorios de tres dieces de plumas y tres dieces de caГ±utos de oro en polvo junto a la yerba-mala, atestigua un recio cronicГіn de linajes; en un palo podrido, saben otros, o bien bajo rimeros de leГ±a o en la montaГ±a de la que surgen fuentes.

Existe la creencia de que los ГЎrboles respiran el aliento de las personas que habitan las ciudades enterradas, y por eso, costumbre legendaria y familiar, a su sombra se aconsejan los que tienen que resolver casos de conciencia, los enamorados alivian su pena, se orientan los romeros perdidos del camino y reciben inspiraciГіn los poetas.

Los ГЎrboles hechizan la ciudad entera. La tela delgadГ­sima del sueГ±o se puebla de sombras que la hacen temblar. Ronda por Casa-Mata la Tatuana. El SombrerГіn recorre los portales de un extremo a otro; salta, rueda, es SatanГЎs de hule. Y asoma por las vegas el Cadejo, que roba mozas de trenzas largas y hace Г±udos en las crines de los caballos. Empero, ni una pestaГ±a se mueve en el fondo de la ciudad dormida, ni nada pasa realmente en la carne de las cosas sensibles.

El aliento de los ГЎrboles aleja las montaГ±as, donde el camino ondula como hilo de humo. Oscurece, sobrenadan naranjas, se percibe el menor eco, tan honda repercusiГіn tiene en el paisaje dormido una hoja que cae o un pГЎjaro que canta, y despierta en el alma el Cuco de los SueГ±os.

El Cuco de los SueГ±os hace ver una ciudad muy grande -pensamiento claro que todos llevamos dentro-, cien veces mГЎs grande que esta ciudad de casas pintaditas en medio de la Rosca de San Blas. Es una ciudad formada de ciudades enterradas, superpuestas, como los pisos de una casa de altos. Piso sobre piso. Ciudad sobre ciudad. ВЎLibro de estampas viejas, empastado en piedra con pГЎginas de oro de Indias, de pergaminos espaГ±oles y de papel republicano! ВЎCofre que encierra las figuras heladas de una quimera muerta, el oro de las minas y el tesoro de los cabellos blancos de la luna guardados en sortijas de plata! Dentro de esta ciudad de altos se conservan intactas las ciudades antiguas. Por las escaleras suben imГЎgenes de sueГ±o sin dejar huella, sin hacer ruido. De puerta en puerta van cambiando los siglos. En la luz de las ventanas parpadean las sombras. Los fantasmas son las palabras de la eternidad. El Cuco de los SueГ±os va hilando los cuentos.

En la ciudad de Palenque, sobre el cielo juvenil, se recortan las terrazas baГ±adas por el sol, simГ©tricas, sГіlidas y simples, y sobre los bajorrelieves de los muros, poco cincelados a pesar de su talladura, los pinos delinean sus figuras ingenuas. Dos princesas juegan alrededor de una jaula de burriones [2], y un viejo de barba niquelada sigue la estrella tutelar diciendo augurios. Las princesas juegan. Los burriones vuelan. El viejo predice. Y como en los cuentos, tres dГ­as duran los burriones, tres dГ­as duran las princesas.

En la ciudad de CopГЎn, el Rey pasea sus venados de piel de plata por los jardines de Palacio. Adorna el real hombro la enjoyada pluma del nahual. Lleva en el pecho conchas de embrujar, tejidas sobre hilos de oro. Guardan sus antebrazos brazaletes de caГ±a tan pulida que puede competir con el marfil mГЎs fino. Y en la frente lleva suelta, insigne pluma de garza. En el crepГєsculo romГЎntico, el Rey fuma tabaco en una caГ±a de bambГє. Los ГЎrboles de madre-cacao dejan caer las hojas. Una lluvia de corazones es bastante tributo para tan gran seГ±or. El Rey estГЎ enamorado y malo de bubas, la enfermedad del sol.

Es el tiempo viejo de las horas viejas. El Cuco de los SueГ±os va hilando los cuentos. La arquitectura pesada y suntuosa de QuiriguГЎ hace pensar en las ciudades orientales. El aire tropical deshoja la felicidad indefinible de los besos de amor. BГЎlsamos que desmayan. Bocas hГєmedas, anchas y calientes. Aguas tibias donde duermen los lagartos sobre las hembras vГ­rgenes. ВЎEl trГіpico es el sexo de la tierra!

En la ciudad de QuiriguГЎ, a la puerta del templo, esperan mujeres que llevan en las orejas perlas de ГЎmbar. El tatuaje dejo libres sus pechos. Hombres pintados de rojo, cuya nariz adorna un raro arete de obsidiana. Y doncellas teГ±idas con agua de barro sin quemar, que simboliza la virtud de la gracia.

El Sacerdote llega; la multitud se aparta. El sacerdote llama a la puerta del templo con su dedo de oro; la multitud se inclina. La multitud lame la tierra para bendecirla. El sacerdote sacrifica siete palomas blancas. Por las pestaГ±as de las vГ­rgenes pasan vuelos de agonГ­a, y la sangre que salpica el cuchillo de chay [3] del sacrificio, que tiene la forma del ГЃrbol de la Vida, nimba la testa de los dioses, indiferentes y sagrados. Algo vehemente trasciende de las manos de una reina muerta que en el sarcГіfago parece estar dormida. Los braseros de piedra rasgan nubes de humo olorosas a anГ­s silvestre, y la mГєsica de las flautas hace pensar en Dios. El sol peina la llovizna de la maГ±ana primaveral afuera, sobre el verdor del bosque y el amarillo sazГіn de los maizales.


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