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«El Papa Verde», Miguel Asturias

Иллюстрация к книге

Primera parte

I

SacГі la cara -ВїquiГ©n iba a reconocer a Geo Maker Thompson?-, lo iluminaba de abajo arriba una luz de luciГ©rnaga hГєmeda -ВїquiГ©n iba a reconocerlo tiznado hasta el galillo?-, el sudor en gordas viruelas de cristal sobre la frente mantecosa de grasa de mГЎquina y los grandes cartГ­lagos de sus orejas friГ©ndose en aceite. Por las espinas de la barba subГ­a el dГ©bil claror de la lГЎmpara que tenГ­a a sus pies, sin pasar de sus pГЎrpados, los ojos en pozos negros, la frente en sombra y la nariz a filo.

Sacó la cara y fue todo humo su cabello, humo rojizo, humo de carbón con chispas de brasas visibles en la oscuridad de la noche caliente. No vio nada, pero estuvo con las narices fuera del rincón de la caldera hediendo a tablas hechas estropajo, herrumbre de fierro gastado por la sal y tufo de vapor de agua. Respirar… Respirar metiendo las narices en los pulmones del viento que acompañaba a pasto el crecer de las olas, animales de rabos espumosos.

Al erguirse, quebrado de la cintura, ansioso de respirar, de ver, de sacar la cara, cayГі a sus pies la llave maestra, postrer herramienta en la busca del fallГіn de caldera que llevaban, golpe en el tablero que hizo parpadear la luz que desde abajo le iluminaba la cara impГЎvida, ahora alumbrada por las luces de estribor, lagrimosas, chorreantes, rociadas por el oleaje.

AsomГі la cara momentos ante de estabilizarse el vaporcito, combatido, entre peines de lluvia, por el viento horas y horas, mГЎs horas que las que marcaban los relojes de los pasajeros, porque a medida que la noche empezГі a negrear sobre el charol enfurecido del Mar Caribe, el tiempo se detuvo en espera de que pasase algo que durarГ­a un parpadear de segundo y que ya no serГ­a de su reino sino de la eternidad, y se detuvo de tal suerte que nadie creГ­a ver amanecer cuando pintГі la luz del alba. Sobrevino la claridad de pronto, por sorpresa, por milagro, al entrar el vaporcito en la lГ­quida quietud de la bahГ­a, dejando atrГЎs el caГ±oneo de las olas en la Punta de Manabique, las montaГ±as de espuma en que estuvieron perdidos como en la cola de un cometa, y enfrentar la herradura de bosques flotantes en la costa dormida.

Bajo la cГЎscara de hollГ­n, sudor y aceite, su cara blanca de amplГ­sima frente, alargados ojos castaГ±os, barbas cobrizas de joven lobo de mar, dientes uniformes un poco cortos de encГ­as sanguГ­neas, recibiГі el frescor claro del ГЎmbito de muchas leguas de amanecer y mar engolfado, como el primer premio de la loterГ­a, mientras los pasajeros, lГ­vidos, magullados, con el mascГіn de la noche mГЎs terrible de sus pobres vidas en las ropas, iban adivinando a la distancia, ansiedad de llegar, al final de sГЎbanas de nГ­quel manso, las palmeras y los edificios del puerto recortados en celeste sobre fondo de cielo color membrillo.

¡Pasajeros!…

MГЎs parecГ­an nГЎufragos. Siempre terminaba en seminaufragio aquella travesГ­a de una noche que en este viaje se tornГі eterna, por la tormenta y la descompostura de la mГЎquina.

Los treinta hombres que llevaba el vaporcito agonizaron y revivieron muchas veces. El abismo los escupГ­a, ya para tragГЎrselos, asqueado de sus blasfemias, desechos de muchas cosas deshechas en el Canal de PanamГЎ. Sus blasfemias cavaban mГЎs hondo el mar.

La embarcaciГіn estallaba en oro, caja de fГіsforos incendiada a cada relГЎmpago, coincidiendo con el tranquear de la mГЎquina que la hacГ­a perder fuerza y quedar a merced de las olas, barrida ocГ©ano adentro por la lluvia o devuelta como cГЎscara hacia la costa retumbante por el tronar de la tempestad.

El encabritarse de la nave, al mermar el impulso de la mГЎquina, y su zangoloteo al reponerse y normalizar la marcha, alternaban el desesperar y la esperanza de los hombres, bien que su desesperar fuera cada vez mayor porque cada vez quedaba la nave mГЎs tiempo expuesta a los elementos desencadenados, enfurecidos, sin otro consuelo de capear el temporal que el timГіn en manos del prГЎctico, un trujillano que los salvГі casi por instinto.

Los pasajeros, antes de saltar al desembarcadero, obsequiaban monedas y joyas al trujillano, dábanle la mano, le decían mil veces: «¡Gracias! ¡Muchas gracias!», actitud contraria al rencor con que miraban al propietario del vaporcito, Geo Maker Thompson, que al final tuvo que sustituir al maquinista. «Bárbaro -ronroneaban-, bien pudo advertirnos que la caldera andaba mal, o no salir de noche, o detenerse ante el mal tiempo.» Los mareados bajaban a gatas, peor que borrachos, y los otros, en un temblor nervioso que los hacía sentirse en tierra inseguros, hamaqueándose. «¡Gringo más desalmado!»… «¡Yo con ganas le pegaba!»…«¡Ambicioso: exponernos por unos cuantos pesos!»… Sólo la derrota física en que estaban después de aquel viaje-naufragio les detenía para no reclamarle a lo macho, y el temor a un ojal en el pellejo hecho con plomo caliente. Maker Thompson, mientras desembarcaban, manoteaba la mancuerna de pistolas que le acompañaba siempre, una de cada lado para no andar desparejo estando el suelo terso.

MandГі al trujillano en busca de cierta persona que esperaba encontrar en el puerto y al quedar a solas -el maquinista y los grumetes desertaron sin la paga-, le largГі una gran patada a la mГЎquina. No sГіlo la gente y los animales son llevados por mal, tambiГ©n las mГЎquinas.

Y tras el puntapié, el mimo: le preguntaba cariñoso qué le dolía, como si entendiera, instándola a que se quejara, al ponerla en marcha, con algo más que ese soplidito de vapor agudo que no decía nada. Ni puntapiés ni mimos: al arrancar se paraba misteriosamente. Ajustó, limpió, sopló, limó… y el mismo pitido. Cansado, tendióse a dormitar. Después de la siesta vendría el turco. Le interesaba el barco. Pero así, descompuesto, ni que estuviera loco lo iba a comprar. Mal negocio venderlo, según el trujillano, pero peor negocio quedarse embarcado -¡ahí sí que embarcado!- en una calabaza descompuesta. Lo dejaría a la suerte. El trujillano debe volver de un momento a otro con la noticia de si encontró a esa persona. Si el turco viene antes y la máquina dispone andar, cierro el trato, y si no anda… Mejor dejarlo a la suerte. Los tiburones rodaban uno sobre otro en el cubilete azul del mar empozado bajo el desembarcadero. ¿Quién jugaba ante sus ojos con aquellos inmensos dados de sombras? Si esa persona viene y se vende el vaporcito, plantador de bananos. Si aquélla no aparece y el turco no cierra el trato, vuelta a piratear al mar.

Desde el muelle alguien preguntaba cuГЎndo salГ­a de regreso. ContestГі que no salГ­a. В«La maquinaria anda malВ» -dijo, como si hablara con las pilastras alquitranadas que sostenГ­an al interesado en lo alto del muelle, o con los tiburones.

El trujillano bajГі. Se le vieron los pies, las rodillas, el taparrabo, las faldas de la camisa, sus mangas, los hombros, la cabeza en el sombrero de hilama. TraГ­a una carta. No la pudo leer. Le pasГі rГЎpidamente los ojos. Ya se oГ­a el vozarrГіn del turco. VenГ­a acompaГ±ado de otros hombres.

– ¿Qué tiene la máquina? -le preguntó en inglés.


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