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«El Paciente InglГ©s», Michael Ondaatje

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En memoria de Skip y Mary Dickinson.

Para Quintin y Griffin.

Y para Louise Dennys,

Con mi agradecimiento.

В«La mayorГ­a de ustedes recordarГЎn -estoy seguro- las trГЎgicas circunstancias de la muerte de Geoffrey Clifton en Gilf Kebir, a la que siguiГі, en 1939, la desapariciГіn de su esposa, Katharine Clifton, durante la expediciГіn por el desierto en busca de Zerzura.

В»No puedo por menos de comenzar la reuniГіn de esta noche expresando mi condolencia por aquellos trГЎgicos sucesos.

»La conferencia de esta noche…»

(Acta de la reunión celebrada, en noviembre de 194… por la Sociedad Geográfica de Londres.)

 

I. LA VILLA

Se puso de pie en el jardГ­n en el que habГ­a estado trabajando y mirГі a lo lejos. HabГ­a notado un cambio en el tiempo. Se habГ­a vuelto a levantar viento, voluta sonora en el aire, y los altos cipreses oscilaban. Se volviГі y subiГі la cuesta hacia la casa, trepГі una pared baja y sintiГі las primeras gotas de lluvia en sus desnudos brazos. CruzГі el pГіrtico y entrГі rГЎpida en la casa.

No se detuvo en la cocina, sino que la cruzГі y subiГі la escalera, a obscuras, y despuГ©s continuГі por el largo pasillo, a cuyo final se proyectaba la luz que pasaba por una puerta abierta.

GirГі y entrГі en la habitaciГіn, otro jardГ­n, de ГЎrboles y parras esta vez, pintado en sus paredes y techo. El hombre yacГ­a en la cama con el cuerpo expuesto a la brisa y, al oГ­rla entrar, volviГі ligeramente la cabeza hacia ella.

 

Cada cuatro dГ­as le lavaba su negro cuerpo, comenzando por los destrozados pies. Mojaba una manopla y, manteniГ©ndola en el aire, la estrujaba para que el agua le cayera en los tobillos. Al oГ­rlo murmurar, alzГі la vista y vio su sonrisa. Por encima de las espinillas, las quemaduras eran mГЎs graves, mГЎs que violГЎceas, hasta el hueso.

Llevaba meses cuidГЎndolo y conocГ­a el cuerpo bien: el pene, dormido como un hipocampo; las caderas, estrechas y duras. Los huesos de Cristo, pensГі. Era su santo desesperado. YacГ­a boca arriba, sin almohadГіn, mirando el follaje pintado en el techo, su baldaquГ­n de ramas y, encima, cielo azul.

Le puso tiras de calamina en el pecho, en los puntos en que estaba menos quemado, en que podГ­a tocarlo. Le gustaba la cavidad bajo la Гєltima vГ©rtebra, su farallГіn de piel. Al llegar a los hombros, le soplaba aire fresco en el cuello y Г©l murmuraba algo.

ВїQuГ©?, preguntГі ella, tras perder la concentraciГіn.

Cuando Г©l girГі su obscura cara de ojos grises hacia ella, se metiГі la mano en el bolsillo. PelГі la ciruela con los dientes, sacГі el hueso y le introdujo la pulpa en la boca.

Г‰l volviГі a murmurar y atrajo el atento corazГіn de la joven enfermera, que estaba a su lado, hasta sus pensamientos, hasta el pozo de recuerdos en el que no habГ­a cesado de sumergirse durante los meses anteriores a su muerte.

 

El hombre recitaba con voz queda historias que pasaban de un plano a otro del cuarto como un halcГіn. Se despertaba en el cenador pintado que lo envolvГ­a con su profusiГіn de flores inclinadas, brazos de grandes ГЎrboles. Recordaba giras, recordaba a una mujer que besaba partes de su cuerpo ahora quemadas y de color berenjena.

He pasado semanas en el desierto sin acordarme de mirar la luna, como un hombre casado puede pasar dГ­as sin mirar la cara de su esposa. No es que peque por omisiГіn, sino que estГЎ absorto en otra cosa.

Sus ojos se clavaron en el rostro de la joven. Si Г©sta apartaba la cabeza, la mirada de Г©l se proyectaba ante ella en la pared. La joven se inclinГі. ВїCГіmo te quemaste?

Estaba avanzada la tarde. Sus manos jugaban con la sГЎbana, la acariciaban con el dorso de los dedos.

CaГ­ en el desierto, envuelto en llamas.

Encontraron mi cuerpo, me hicieron una balsa con ramitas y me arrastraron por el desierto. EstГЎbamos en el mar de Arena y de vez en cuando cruzГЎbamos lechos de rГ­os secos. NГіmadas, verdad, beduinos. CaГ­ al suelo y la propia arena ardiГі. Me vieron salir desnudo del aparato, con el casco puesto y en llamas. Me ataron a un soporte, una armadura como de barca, y oГ­a los pesados pasos de los que me llevaban corriendo. HabГ­a perturbado la parsimonia del desierto.


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