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«Luna caliente», Mempo Giardinelli

Иллюстрация к книге

Para Sergio Sinay, por la pasiГіn comГєn

por este gГ©nero y por el inmenso cariГ±o

de una amistad que, con los aГ±os,

pretendo acorazada.

Y para Osvaldo Soriano, por las mismas razones.

 

PRIMERA PARTE

La muerte es el hecho primero y mГЎs antiguo,

y casi me atreverГ­a a decir: el Гєnico hecho.

Tiene una edad monstruosa y es sempiternamente nueva.

ELГЌAS CANETTI

La conciencia de las palabras

 

I

SabГ­a que iba a pasar; lo supo en cuanto la vio. HacГ­a muchos aГ±os que no volvГ­a al Chaco y en medio de tantas emociones por los reencuentros, Araceli fue un deslumbramiento. TenГ­a el pelo negro, largo, grueso, y un flequillo altivo que enmarcaba perfectamente su cara delgada, modiglianesca, en la que resaltaban sus ojos oscurГ­simos, brillantes, de mirada lГЎnguida pero astuta. Flaca y de piernas muy largas, parecГ­a a la vez orgullosa y azorada por esos pechitos que empezaban a explotarle bajo la blusa blanca. Ramiro la mirГі y supo que habrГ­a problemas: Araceli no podГ­a tener mГЎs de trece aГ±os.

Durante la cena, sus miradas se cruzaron muchas veces, mientras Г©l hablaba de los aГ±os pasados, de sus estudios en Francia, de su casamiento, de su divorcio, de todo lo que habla una persona que los demГЎs suponen trashumante porque ha recorrido mundo y ha vivido lejos, cuando regresa a su tierra despuГ©s de ocho aГ±os y tiene apenas treinta y dos. Ramiro se sintiГі observado toda la noche por la insolencia de esa niГ±a, hija del ahora veterano mГ©dico de campaГ±a que fuera amigo de su padre, y que lo habГ­a invitado con tanta insistencia a su casa de Fontana, a unos veinte kilГіmetros de Resistencia.

La noche cayГі con grillos tras los Гєltimos cantos de las cigarras, y el calor se hizo hГєmedo y pesado y se prolongГі despuГ©s de la cena, rociada de vino cordobГ©s, dulzГіn como el aroma de las orquГ­deas silvestres que se abrazaban al viejo lapacho del fondo de la finca. Ramiro nunca sabrГ­a precisar en quГ© momento sintiГі miedo, pero probablemente sucediГі cuando descruzГі las piernas para levantarse, al cabo del segundo cafГ©, y bajo la mesa los pies frГ­os, desnudos, de Araceli le tocaron el tobillo, casi casualmente, aunque acaso no.

Cuando se pusieron de pie para ir al jardГ­n, porque el calor era sofocante, Ramiro la mirГі. Ella tenГ­a sus ojos clavados en Г©l; no parecГ­a turbada. Г‰l sГ­. Caminaron, con las copas en las manos, detrГЎs del mГ©dico, que ya estaba bastante achispado, y de su esposa, Carmen, quien no dejaba de hablar. Los mГЎs chicos se habГ­an acostado y Araceli, decГ­a su madre, era raro que estuviera despierta a esa hora. "Los chicos crecen', dijo el mГ©dico. Y Araceli hizo como que miraba algo, al costado, en un gesto que Ramiro interpretГі cargado de la intenciГіn de que Г©l viera su media sonrisa.

Charlaron y bebieron en el jardГ­n trasero, hasta las doce de la noche. Fue una velada que a Ramiro le resultГі inquietante porque no podГ­a dejar de mirar a Araceli, ni a su falda corta que parecГ­a remontarse sobre las piernas morenas, suavemente velludas, impregnadas de sol, que en ese momento brillaban a la luz de la luna. Era incapaz de apartar de su cabeza algunas excitantes fantasГ­as que parecГ­an querer metГ©rsele en la conversaciГіn, y que no sabГ­a reprimir. Araceli no dejГі de mirarlo ni un minuto, con una insistencia que lo turbaba y que Г©l imaginГі insinuante.

Al despedirse, cometiГі la torpeza de volcar un vaso sobre la muchacha. Ella se secГі la pollera, alzГЎndola un poco y mostrando las piernas, que Г©l mirГі mientras el mГ©dico y su esposa, bastante bebidos los dos, hacГ­an comentarios que pretendГ­an ser graciosos.

Cuando se adelantaron para abrir la puerta que daba al patio, a fin de atravesar la casa hasta la calle, Ramiro tomГі a Araceli de un brazo y se sintiГі estГєpido, desesperado, porque lo Гєnico que se le ocurriГі preguntar fue:

– ¿Te manchaste mucho?

Se miraron. Г‰l frunciГі el ceГ±o, dГЎndose cuenta de que temblaba a causa de su excitaciГіn. Araceli cruzГі los brazos por debajo de sus pechos, que parecieron saltar hacia adelante, y se encogiГі con un ligero estremecimiento.

– Está bien -dijo, sin bajar la mirada, que a Ramiro ya no le pareció lánguida.

Minutos despuГ©s, cuando cruzГі la carretera y entrГі al viejo Ford del 47 que le habГ­an prestado, Ramiro se dio cuenta de que tenГ­a las manos transpiradas, y que no era por el agobiante calor de la noche. Entonces fue que se le ocurriГі la idea, que no quiso pensar ni por un segundo: apretГі varias veces, violentamente, el acelerador, hasta que no dudГі que habГ­a ahogado el motor. Con rabia, y ahora sin apretar el pedal, hizo girar en vano el arranque. El motor se ahogГі mГЎs. RepitiГі la operaciГіn varias veces, empecinado, furioso, haciendo un ruido que se fue apagando junto con la baterГ­a.

– ¿No arranca, Ramiro? -preguntó el médico desde la casa. Ramiro pensó que ese hombre, ya borracho, era un estúpido por preguntar algo tan obvio. Con un gesto exagerado, y secándose el sudor de la frente, salió del coche y dio un portazo.

– No sé qué le pasa, doctor. Y me quedé sin batería. ¿No me daría un empujón?

– No, hombre, quedate a dormir y listo; mañana lo arreglamos. Además es tarde y hace demasiado calor. Y en el viaje a Resistencia se te puede descomponer de nuevo.

Y sin esperar respuesta caminГі hacia la casa y empezГі a ordenar a su mujer que le prepararan a Ramiro el dormitorio de Braulito, el mayor de sus hijos, que estudiaba en Corrientes.

Ramiro se dijo que acaso se iba a arrepentir de su propia locura. Se preguntГі quГ© estaba haciendo. DudГі un instante, petrificado sobre el camino de tierra. Pero capitulГі cuando vio a Araceli, en la ventana del primer piso, mirГЎndolo.

II


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