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«Cuentos», Max Aub

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El que ganГі AlmerГ­a

– Y además no hables mal de Almería, porque no la conoces. A mí me gusta. Por lo menos me gustaba, ahora la habrán puesto a lo moderno. ¡Había unas casas de putas que daban gloria y el mejor cante de Andalucía!

El Cabezotas se rГ­e.

– ¿De qué te ríes?

– De que ni es Andalucía ni nada y que eso es de allí. Y me estaba acordando de Escobar [?], uno que era brigada al empezar la guerra: el que ganó Almería.

– Nunca la perdimos.

– Pero estuvimos a punto.

– A punto se está siempre.

– La verdad es que dependemos de bien poca cosa.

– Según se mire. Somos una combinación de voluntad y azar. Mitad y mitad.

– Pareces de Bilbao…

– Claro que si tu padre no hubiera conocido a tu madre…

– Tú lo has dicho: el padre, la voluntad; la madre, la casualidad.

– O al revés.

– Entonces no hay por qué preocuparse.

– Según; y nos fusilarán o no, según las ganas que tengan.

– Algo más que ganas será.

– A lo mejor el jefe del pelotón que te toque es de tu pueblo y te deja libre.

– Si lo crees así, la astrología te lo haga bueno.

– No hables de lo que no sabes.

– Te desafío que salgamos afuera una noche clara y mires durante diez minutos las estrellas. En el campo, claro está, y no te sientas confortado con el gran manto. Por lo menos a mí, el mirar las estrellas…

– Te hace recordar al Caudillo.

– ¿Quién te lo dijo, adivino?

– Me han hecho creer en ellas.

– No de la manera que lo dices. Pero me confortan, me reconfortan; es lo único que he sacado en claro de la guerra.

– Lo malo es que está lloviendo.

– Cerca del mar nunca se ven bien las estrellas.

– Pues aviados iban los marineros.

– No te he dicho en el mar sino en la costa. El mar, la alta mar, es tan buena como el campo en noche serena.

– Así que, a ti, ¿las estrellas te dan confianza?

– Sí. Allí hay algo. Algo más que en esta cochina tierra.

– ¿Cochina tierra, Alicante?

– Cuenta lo de Almería.

– Allí fue como en casi todas partes el 18 de julio del 36. El Gobernador Militar [?], al pairo, esperando. Comprometido, pero esperando. Dando seguridades de su lealtad a la República, al Gobernador Civil [?] y, por otra parte, esperando órdenes, en ese caso del Capitán General, es decir de Granada.

– ¿Y cuándo los de Granada se sublevaron?

– Intentó declarar el estado de guerra, detener al Gobernador, etc.

– ¿Y?

– El Gobernador se resistió [?], en general, como todos.

– ¿Qué tiene que ver ahí la suerte?

– El Gobernador, fundándose en nada, por chiripa, aseguró que el gobierno le enviaba refuerzos, que lo iba a fusilar si se atrevía a declarar el estado de guerra; y le llegaron los refuerzos de donde menos podía suponerlo: de Granada.

– Allí, en Armilla, que es donde está el campo de aviación de Granada, los aviadores fueron los únicos que permanecieron fieles a la República -hablo de cuerpo armado, así, en general. Los demás se cargaron al Capitán General y echaron la tropa a la calle. Los aviadores cogieron sus aparatos y se fueron a Los Alcázares, donde sabían que no había problemas. El problema era para los de a pie. Setenta. No cabían naturalmente en los aviones, ni había manera de que esperaran ahí, a que los cazaran. Los mandaba el brigada Escobar. Antes de echar a volar le dijeron: coge los camiones y procura llegar a Cartagena lo antes posible. Seis camiones con todo el armamento y parque que pudieron meter en ellos, y la ametralladora. Carretera adelante, llegaron a Adra. Allí los comités les cerraron el paso. No se fiaban. El alcalde dijo que tenía que hablar con el Gobernador de Almería. Lo hizo porque los de teléfonos seguían leales.

– Ves tú: si los teléfonos…

– Etcétera, etcétera.

– Déjale que siga.

– Habló el alcalde con el Gobernador, que estaba cercado en el Gobierno Civil. Bien dispuesto a morir, como un héroe de la República: sin hacer gran cosa. Cuando el alcalde de Adra le dijo de qué se trataba, el hombre vio el cielo abierto, pero como era republicano y naturalmente desconfiado, empezó a preguntarse que qué eran esos hombres que le caían del cielo. Ya había hablado por teléfono con Granada y la sabía perdida. Los republicanos, descreídos, no creen en milagros.

– Y así nos fue.

– Sólo se fían de la legalidad. Habló con Escobar, que estaba negro: «¡Quiero llegar a Cartagena! ¡Debo llegar a Cartagena!»

В«Un momento.В»

El Gobernador hablГі con Los AlcГЎzares. Le avalaron a Escobar. Pero en la mente legal del funcionario se alzГі una duda: ВїquiГ©n le respondГ­a del comandante de Los AlcГЎzares con el que acababa de hablar?

В«Un momento.В»


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