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«CrГ­menes ejemplares», Max Aub

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ConfesiГіn

No hay tantos crГ­menes como dicen, aunque sobran razones para cometerlos. Pero el hombre -como es sabido- es bueno, por ser natural, y no se atreve a tanto. De las reacciones de los mis difuntos nada digo, por ignorancia. Me bastaron -como autor- las de sus asesinos.

– ¡Ojalá se muriera! -se dice de fulano en un momento preciso por distintos motivos.

De ahГ­ que el tГ­tulo tenga, en cuanto al adjetivo, antecedentes que suenan al oГ­do menos pintado, y referente al sustantivo, el de mi primer drama, escrito a los dieciocho aГ±os. Mi mala, sangre por ahГ­ se revela. Otros antecedentes, aunque plantados al trebolillo, gozan de cierta unidad: Quevedo, GraciГЎn, Goya, GГіmez de la Serna. Disparates hicieron los dos Гєltimos. Reconozco la superioridad literaria del pintor. De los Disparates a los Desastres de la guerra no hay gran distancia. Las cosas han cambiado algo des-de mi primer Crimen, pero ni aquel dramoncillo ni este libelo tienen que ver con la polГ­tica y sГ­, tal vez, con la poesГ­a; con lo que me refuto, habiendo asegurado tantas veces que tienen raГ­z comГєn. A lo mejor, inconscientemente, Г©ste es un libro polГ­tico, pero no creo que pase de ser un homenaje a la confraternidad y a la filantropГ­a, sin salir del limbo. Me declaro culpable y no quiero ser perdonado. Estos textos -dejo constancia- no tienen segundas intenciones: puro sentimiento.

PrГіlogo

He aquГ­ material de primera mano. PasГі de la boca al papel rozando el oГ­do. Confesiones sin cuento: de plano, de canto, directas, sin mГЎs deseos que explicar el arrebato. Recogidas en EspaГ±a, en Francia y en MГ©xico, a travГ©s de mГЎs de veinte aГ±os, no iba -ahora- a aderezarlas: razГіn de su vulgaridad. HiciГ©ronlas intentando, sin duda, ponerse a bien con Dios, huyendo del pecado. Los hombres son como los hicieron y querer hacerlos responsables de lo que, de pronto, les empuja a salirse de sГ­ es orgullo que no comparto. Los aГ±os me han abierto a la comprensiГіn. Desembuchan escuetamente las razones nada oscuras que los llevГі al crimen, sin otro que dejarse arrastrar por su sentimiento. Ingenuamente dicen -a mi ver- verdades.

Por otra parte, se parecen. ВїA quiГ©n extraГ±arГЎ? Un siciliano, un albanГ©s mata por lo mismo que un dinamarquГ©s, un noruego o un guatemalteco. No digo que un norteamericano o un ruso, por no herir fuertes susceptibilidades. No hacen alarde, se quedan en lo que son. Se dan a conocer con llaneza.

Reconozco que, para hacerles hablar sin prejuicios, recurrimos -que no lo hice solo- a cierta droga hija de algunos hongos mexicanos, de la sierra de Oaxaca, para ser mГЎs preciso. Pero no publico sino lo que fui autorizado por quien podГ­a hacerlo. No doy nombres, pero los tengo. В«Da esfuerzo al corazГіn el vinoВ», se dice en una famosa novela espaГ±ola; no sГіlo al corazГіn. El hombre, a veces, no llega solo a sus lГ­mites. Grandes escritores he conocido que, como animales, necesitan de expedientes para llegar a lo mГЎs y vaciarse. Lo cual no sucede a pintores, ingenieros o arquitectos. Si es superioridad, lo ignoro. Nadie reconoce de buena gana sus faltas. ВїQuiГ©n no levanta sus ojos a Dios?

Esto que sigue no es sino murmullo -pedestre, pero murmullo. Murmullo de agua sobre musgo- como dijo, en francés cantarín, un empedernido pecador, con música adentro…

Posiblemente, como casi todo, no debГ­ publicarlo. ВїQuГ© aГ±ado? Nada. Y si no se aГ±ade algo a la historia, nada vale.

El hombre de nuestro tiempo sГіlo considera fracasos. El Гєltimo gran mito cae ya, no de viejo, sino por potente. La grandeza humana sГіlo se mide por lo que pudo ser. No vamos a ninguna parte, el gran ideal es, ahora, la mediocridad; vencer los impulsos. En la supuesta dignidad de castrarse han muerto muchos de los mejores. En su submundo estos humildes criminales se explican aquГ­ sin saber siquiera cГіmo; pero no creo que den lГЎstima. En eso son tan mediocres como nosotros, que no nos atrevemos a gritar en el enorme proceso de nuestro tiempo. Aceptamos lo que nos imponen con voluntad deliberada, no discrepamos, todos conformes. ВїCГіmo ganarle a la fortuna con la sola mano? Empleo, evidentemente, un tono absurdo para presentar estos ejemplos. Me falta aliento para hacerlo a la pata la llana, que la retГіrica tiene eso de bueno: muleta y muletas. ВїA quiГ©n no se le han caГ­do hoy las alas? Acobardados hasta los virtuosos, los que no alardean Вїa quГ© han venido? Nunca estuvimos mГЎs cerca de la tierra. Nos tragarГЎ sin rastro. No le echemos a nadie la culpa, se perdiГі la siembra, tal vez por el mal tiempo.

La sal de la sabidurГ­a no mueve a risa, como no sea a los sabios, que se muerden la cola tras haberse merendado a sus hijos. ВїQuГ© hemos labrado? ВїQuГ© hemos arado? SГіlo queda el juego, que depende del azar. Hay quien, feliz, no se cansa de jugar. Yo, sГ­. TambiГ©n estos que aquГ­ confiesan: el miope, el de la vista cansada, dГЎndose palos de ciego.

MГ©xico, 1956.

P. D. – En contra de lo que se pueda suponer, sólo dos confesiones vienen de boca de alienados. En general, los locos fueron decepcionantes.

No estГЎn ordenados los textos ni por asuntos ni por paГ­ses, aunque, a veces, para facilidad del lector, se dan en serie. Siempre que pude evitГ© asГ­ la monotonГ­a, que es otro crimen.

AГ±ado bastantes, otros quedan perdidos en cien libretas que no son de hojear con detenimiento, serГ­a no mГЎs perder tanto tiempo para tampoco (1968) [?].

CrГ­menes

– No lo hice adrede.

Yo tampoco. Es todo lo que se le ocurriГі repetir a aquella imbГ©cil, frente al jarro, hecho aГ±icos. ВЎY era el de mi santa madre, que en gloria estГ©! La hice pedazos. Lo juro que no que no pensГ©, un momento siquiera, en la ley del TaliГіn. Fue mГЎs fuerte que yo.

 

Lo matГ© porque hablГі mal de Juan ГЃlvarez, que es muy mi amigo y porque me consta que lo que decГ­a era una gran mentira.

 

Lo matГ© porque era de Vinaroz.

 

– ¡Antes muerta! -me dijo. ¡Y lo único que yo quería era darle gusto!

 

Es tan sencillo: Dios es la creaciГіn, a cada momento es lo que nace, lo que continГєa, y tambiГ©n lo que muere. Dios es la vida, lo que sigue, la energГ­a y tambiГ©n la muerte, que es fuerza y continuaciГіn y continuidad. ВїCristianos estos que dudan de la palabra de su Dios? ВїCristianos esos que temen a la muerte cuando les prometen la resurrecciГіn? Lo mejor es acabar con ellos de una vez. ВЎQue no quede rastro de creyentes tan miserables! EmponzoГ±an el aire. Los que temen morir no merecen vivir. Los que temen a la muerte no tienen fe. ВЎQue aprendan, de una vez, que existe el otro mundo! ВЎSГіlo AlГЎ es grande!


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