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«El lugar», Mario Levrero

PRГ“LOGO CON DISCULPAS

Si algГєn sentido puede tener un prГіlogo, gГ©nero que personalmente aborrezco, quizГЎ sea el de servir de presentaciГіn en una lengua o un paГ­s a un autor desconocido. Solamente en ese caso puede estar justificado en mi opiniГіn que un tercero en discordia se entrometa entre el autor y sus lectores para tratar de explicar a Г©stos lo que van a leer a continuaciГіn.

AsГ­ que no caerГ© en tal injerencia y me limitarГ© a presentarles a Mario Levrero, autor de este libro y del que yo tampoco sabГ­a nada hasta hace poco, cuando, por sugerencia de Marcial Souto, su editor en Uruguay y Argentina y ahora aquГ­, lo leГ­ junto con La ciudad, su primera y Гєnica novela editada antes de Г©sta en EspaГ±a, con prГіlogo de Antonio MuГ±oz Molina. В«Como en las fГЎbulas de Kafka -escribГ­a Г©ste en su prГіlogo-, en La ciudad apenas hay asideros espaciales o temporales que delimiten la historia, y su narrador, su dudoso protagonista, que no tiene nombre, se mueve por una geografГ­a despojada de ellos, de modo que es una sorpresa, y casi una revelaciГіn, que muy cerca del final se aluda a un punto de destino localizable en los mapas: Montevideo.В» Lo cual, aparte de la sorpresa, no tiene nada de extraГ±o habida cuenta de que Montevideo es la ciudad en la que Mario Levrero vio la luz por vez primera hace ya 60 aГ±os y en la que continГєa mirГЎndola (poco, pues, segГєn parece ser, acostumbra a escribir de noche y a dormir durante el dГ­a) tras un largo periplo personal y literario.

Al lector, como a mГ­, le interesarГЎ saber que Jorge Mario Varlotta Levrero, que tal es su verdadero nombre, aunque lo haya escindido en dos: Mario Levrero para el escritor y Jorge Varlotta para el ciudadano, aparte de haber usado, como Pessoa, numerosos heterГіnimos segГєn sus distintas actividades, es un personaje extraГ±o que ha alternado en su vida y en su obra los oficios y registros mГЎs dispares. AsГ­, por ejemplo, en la vida real, Varlotta/Levrero ha sido humorista, creador de crucigramas, redactor de revistas mГ©dicas, cineasta, oficinista y hasta librero de viejo; diversidad que ha llevado a su otra vida, la de escritor, en la que ha cultivado gГ©neros tan dispares como la parapsicologГ­a, el cuento, la novela o el ensayo. En una entrevista imaginaria que Levrero se hizo a sГ­ mismo (Г©l, que no suele concederlas y que reniega de ellas tanto como el autor de este prГіlogo) decГ­a: В«Hay dos tipos de entrevistas: las periodГ­sticas y las acadГ©micas. Las primeras buscan lo novedoso, lo llamativo, algГєn detalle que pueda llamar la atenciГіn del lector comГєn; serГ­a mucho mГЎs interesante para ellas si, en vez de escribir, yo hubiera por ejemplo cometido algГєn asesinato. Las segundas tienen interГ©s en que yo me sitГєe exactamente en una especie de diagrama histГіrico-sociolГіgico, como si Г©se fuera un trabajo mГ­o y no del entrevistador.В» Y manifestaba: В«La cuestiГіn es dar a travГ©s de imГЎgenes, a su vez representadas por palabras, una idea de esa experiencia Г­ntima para la cual no existe un lenguaje preciso.В» Una experiencia Г­ntima que, en el caso de Levrero, estГЎ directamente relacionada con el mundo de los sueГ±os (В«En ellos, uno se vuelve sensible a cosas que habitualmente estГЎn cerradas por la concienciaВ») y con una visiГіn del mundo tan escГ©ptica como desesperanzada: В«No conozco ninguna verdad; creo que el mundo deberГ­a estarme agradecido por haber abandonado hace muchГ­simos aГ±os toda pretensiГіn de mejorarloВ», confesaba Levrero en la citada autoentrevista despuГ©s de reconocer tambiГ©n que aborrece los catГЎlogos, las interpretaciones y los anГЎlisis.

El lugar responde a todos esos principios (o finales, ВїquiГ©n lo sabe?) y trasluce al mismo tiempo las referencias constantes en la vida y en la obra de su autor: el humor, la fantasГ­a, un asfixiante clima kafkiano y esa especie de mueca permanente, como de extraГ±a inexpresividad, que obliga a pensar en Keaton y en cierto tipo de cine mudo, del que Mario Levrero confiesa ser devoto. Si, a todo eso, se aГ±aden unas gotas de acidez, las huellas de Freud y de Richard Lester, el aroma del mejor Chandler, la tristeza de Gardel y de los tangos, la inquietud de los insomnes y la imperturbabilidad de Onetti, uno tendrГЎ, aproximado, el retrato de este libro y de su autor, aunque seguramente no le servirГЎ de nada. De la literatura lo Гєnico que sirve finalmente es la lectura y Г©sta es distinta en cada lector. AsГ­ que pido disculpas por demorarla con este prГіlogo que, como dije al principio, no pretendГ­a ser otra cosa que una presentaciГіn: la de un autor que me ha sorprendido como hacГ­a mucho tiempo ya que no me ocurrГ­a.

 

Julio Llamazares

Madrid, marzo del aГ±o 2000

PRIMERA PARTE

1

En la oscuridad total, mis ojos buscaron una referencia y se volvieron a cerrar, sin haber encontrado las rayas horizontales, paralelas, que habitualmente dibujaba la luz elГ©ctrica de la calle, o el sol, al filtrarse por entre las tablillas de la persiana. No me podГ­a despertar; y aunque no recuerdo ninguna imagen, ningГєn sueГ±o, pienso en mГ­ mismo, ahora, como en un ser que vagaba sin rumbo, con los brazos colgando flojos, sepultado en el fondo de una materia densa y oscura, sin ansiedad, sin identidad, sin pensamientos.

Mucho mГЎs tarde, la orden de despertar; y el ser comenzaba a moverse con un asomo de inquietud, como si buscara una salida que no conocГ­a o que no recordaba.

La orden se hacГ­a mГЎs apremiante, y con ella la comprensiГіn de la necesidad imperiosa de salir; y hallaba el camino, hacia arriba, hacia una anhelada superficie. La materia tenГ­a varias capas, que se hacГ­an menos densas a medida que ascendГ­a, y la velocidad de mi ascenso se aceleraba progresivamente. Me proyectaba en forma oblicua hacia la superficie; y, por fin, como un nadador que saca la cabeza fuera del agua y respira una ansiosa bocanada de aire, despertГ© con un profundo suspiro.

Fue entonces cuando mis ojos se abrieron y, desconcertados, volvieron a cerrarse. Mi sueГ±o se hizo luego mГЎs liviano, hasta que volvГ­ a despertar, con una lucidez mayor.

AdvertГ­ varias cosas: que hacГ­a frГ­o, que ese lugar no era mi dormitorio, que estaba acostado sobre un piso de madera sin colchГіn ni cobijas, en una oscuridad total; y que tenГ­a puesta la ropa de calle.

La lucha contra la pereza fue en esta ocasiГіn necesariamente mГЎs breve que de costumbre; la incomodidad del piso desnudo no lo permitГ­a. Me incorporГ©, gruГ±endo malhumorado, y mi queja fue acompaГ±ada por crujidos de las articulaciones. Me frotГ© brazos y piernas y tosГ­; los bronquios silbaban al respirar el aire hГєmedo, y me dolГ­a la garganta.

Mientras buscaba a tientas algГєn elemento conocido, se me plantearon las preguntas de rigor: dГіnde estaba, cГіmo habГ­a llegado allГ­. En realidad esta segunda pregunta tardГі un poco mГЎs en formularse; aГєn no habГ­a aceptado el hecho de hallarme en un lugar no previsto, y forzaba la memoria, buscando entre las Гєltimas imГЎgenes de mi vigilia, con la certeza de que pronto todo habrГ­a de ajustarse con una explicaciГіn sencilla: la borrachera en una fiesta, la tormenta que me habГ­a sorprendido, en una casa ajena, la aventura inusual que me habГ­a llevado a dormir fuera de casa. Alguna vez, aunque no con frecuencia, me habГ­a sucedido despertar sin comprender dГіnde me hallaba; pero era suficiente reconocer la moldura del respaldo de la cama, o el color de una cortina, para hacerme enseguida una composiciГіn de lugar, para despertar sГєbitamente toda la memoria Гєltima. En este caso no habГ­a-ningГєn elemento desencadenante, y la misma carencia de elementos no tenГ­a para mГ­ ninguna significaciГіn.

Mi memoria se habГ­a detenido, empecinada, en un hecho trivial; y se negaba a ir mГЎs allГЎ: una tarde soleada, otoГ±al, y yo que cruzaba la calle en direcciГіn a una parada de Гіmnibus; habГ­a comprado cigarrillos en un kiosco, y daba algunas pitadas al Гєltimo de un paquete que acababa de tirar a la calle hecho una bola; llegaba a la esquina y me recostaba contra una pared gris. HabГ­a otras personas, dos o tres, esperando tambiГ©n el Гіmnibus. Pensaba que esa noche Ana y yo irГ­amos al cine. En este punto se detenГ­an los recuerdos.

Mis manos encontraron ahora una pared, y pegado a ella comencГ© a recorrer lentamente la habitaciГіn buscando una ventana o una llave de luz. Era una pared ГЎspera, pintada quizГЎ a la cal.

LleguГ© a un rincГіn sin haber hallado nada; seguГ­ mi bГєsqueda a lo largo de la nueva pared, y luego de cierto trecho mis dedos reconocieron el marco de madera de una puerta, luego la puerta misma, y finalmente su picaporte.


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