Размер шрифта:     
Гарнитура:GeorgiaVerdanaArial
Цвет фона:      
Режим чтения: F11  |  Добавить закладку: Ctrl+D
Следующая страница: Ctrl+→  |  Предыдущая страница: Ctrl+←
Показать все книги автора/авторов: Aguinis Marcos
 

«El Combate Perpetuo», Marcos Aguinis

Иллюстрация к книге

…porque no puede ser ninguno poderoso por la tierra

si no lo es por el mar.

Cardenal Cisneros, 1516

A

HermГЎn,

Gerardo David,

Ileana Ethel y

Luciana Beatriz,

corales de mi mar.

 

PrГіlogo

Ignoraba cuГЎn novelesca habГ­a sido la vida del almirante Guillermo Brown. Explorarla y luego escribirla, fue un placer que renuevo al corregir con deleite esta versiГіn que ahora se brinda al pГєblico. Integra la galerГ­a de personajes cuya riqueza de aventuras hubiera entusiasmado a los mejores cultores del gГ©nero. Los documentos sobre sus vicisitudes no sГіlo proporcionan asombro, sino fantasГ­a. Parece inverosГ­mil cuГЎnto le sucediГі y cuГЎnto hizo. Es un personaje que deslumbra y enternece desde el principio al fin.

SГіlo la pГ©sima enseГ±anza de la historia y el reaccionario culto de los hГ©roes explica que haya sido tan poco y tan mal conocido. En otra ocasiГіn comentГ© que me atrevГ­ a describir sus peripecias en circunstancias penosas. Eran aГ±os de dictadura, de crГ­menes y corrupciГіn. HabГ­a decidido humanizarlo con un doble objetivo: por una parte contribuir a ablandar el enfrentamiento cГ­vico-militar y, por la otra, infligir una elГ­ptica crГ­tica a quienes, cubriГ©ndose con oropeles inmerecidos, pretendГ­an lucir como herederos del prГіcer. Era imperativo recuperar lo mejor de su conducta para lograr el doble resultado.

EntendГ­ que para ello bastaba mostrar sin encubrimientos idГіlatras sus conflictos de hombre, sus padecimientos, ambiciГіn, fatiga, rabia y locura. Su decencia. Sobre todo su decencia. Y recordar con fuerza su marcha dolorosa bajo el granizo de las injusticias, las mismas que muchos de sus corifeos aplicaban al resto de la ciudadanГ­a: persecuciones, tormentos, ofensas. Narrar las miserias que diezman a los mejores. Las cuotas de alucinaciГіn con las que se avanzГі hacia la libertad. El nivel de heroГ­smo, mezquindad y ambiciГіn con los que se amasaron las primeras dГ©cadas de vida emancipada como un modelo que aГєn no perdiГі su vigencia.

Este libro es tambiГ©n un homenaje a muchos escritores que animaron mi juventud y aГєn pueblan mis ensueГ±os: Stefan Zweig, Emilio Salgari, Joseph Conrad, Julio Verne, Herman Melville, Alejandro Dumas, Romain Rolland. A cualquiera de ellos -pese a sus estilos y preferencias disГ­miles- les hubiese conmovido el incansable luchador que fue Guillermo Brown. Lo hubieran amado por su intrepidez, generosidad, frustraciones, compulsiГіn y trastornos psГ­quicos. Por su humana complejidad y por las circunstancias excepcionales que le dieron marco.

Por su mensaje desde el ayer para el hoy tan confundido.

 

Marcos Aguinis

Buenos Aires, mayo de 1995

1

Corre el aГ±o 1818.

JosГ© de San MartГ­n ha librado la decisiva batalla de MaipГє y se dispone a culminar su campaГ±a emancipadora. El presidente Monroe de Estados Unidos adquiere tierras en la africana Liberia para la American Colonization Society. El general Bernadotte asume el trono de Suecia con el nombre de Carlos XIV. Brackenridge escribe su notable y pintoresco Viaje a la AmГ©rica del Sur. NapoleГіn sigue encadenado a la roca de Santa Elena y la yaga sospecha de su fuga hace palidecer a los nuevos amos de Europa. David Ricardo lanza los histГіricos Principios de economГ­a polГ­tica. Ludwig van Beethoven, despuГ©s de numerosas sonatas y ocho sinfonГ­as -abrumado por la sordera-, compone su vibrante Missa Solemnis. John Keats, rodeado de musas inspiradoras, redacta su fundamental Endymion. El severo Schopenhauer publica una obra cumbre: El mundo como voluntad y representaciГіn. SimГіn BolГ­var reorganiza sus fuerzas con obstinaciГіn genial, decidido a quebrar definitivamente el poder colonial en AmГ©rica.

En ese aГ±o de 1818 el coronel de marina Guillermo Brown, luego de liberar el AtlГЎntico sur y alborotar las costas del PacГ­fico -pero tambiГ©n herido por hondos desencantos-, regresa a Buenos Aires desde Londres.

Es que Brown ha decidido rendir cuentas de su escandalosa desobediencia al Gobierno de las Provincias Unidas, aunque sus detractores no lo creen capaz de ello y siguen insistiendo que la pasa demasiado bien en Londres para arriesgarse a un enfrentamiento de honor en Buenos Aires. Ni siquiera el Director Supremo lo estima verosГ­mil.

Parado junto a la borda del buque que lo trae de regreso, sus ojos azules contemplan la niebla del amanecer. Su cabello flota en las ondas del aire. Viste traje oscuro y tiene envuelto el cuello con una chalina de algodГіn. El RГ­o de la Plata, inmenso, limoso, suelta algunos brillos cuando rompen los oros de la aurora. Los vapores nocturnos empiezan a huir, espantados por el tajamar del barco. El velamen desplegado, redondo de brisa fresca, empuja hacia el oeste. Pronto emergerГЎ el caserГ­o de Buenos Aires con su escolta de barrancas: se levantarГЎ como una larga muralla de almenas irregulares. Y se irГЎ cribando de relieves, salpicando de manchas verdes y amarillas. AllГ­ lo aguardan, desea Brown. Ha escrito al Director Supremo anticipГЎndole su determinaciГіn de presentarse espontГЎneamente. Me asiste la justicia, se repite a sГ­ mismo como si la frase tuviese el poder de un talismГЎn. Las autoridades y el pueblo de la RepГєblica deben de recordar sus abnegados servicios. En Buenos Aires, cuando retornaba de los combates, era recibido por una muchedumbre delirante que lanzaba al cielo sombreros y banderas mientras los mГєsicos estremecГ­an la tierra y el agua, y las baterГ­as del Fuerte lo saludaban con el estampido de sus caГ±ones. La tripulaciГіn exhausta arrancaba fuerzas a la agonГ­a para rugir aclamaciones de jГєbilo. Brown no sГіlo habГ­a terminado en 1814 con el poder realista en el AtlГЎntico, sino que en 1815 habГ­a producido pГЎnico a la navegaciГіn y fortificaciones espaГ±olas en las costas del PacГ­fico. Bernardino Rivadavia, que ejercГ­a mucha influencia en la opiniГіn pГєblica, tambiГ©n le habГ­a aconsejado volver en una conceptuosa carta. Su sitio estaba en esta tierra chГєcara, adolescente.

Las olas oscuras se deshacen contra las maderas del buque. Brown las quisiera tocar: vienen de Buenos Aires. Han lamido sus radas interiores. Han sido agitadas por la legiГіn de lavanderas que todas las maГ±anas alborotan sus orillas. Sobre este rГ­o que parece mar, hace cuatro aГ±os una bala le fracturГі la pierna dejГЎndole rengo para toda la vida. El fogoso cirujano Bernardo Campbell lo asistiГі en cubierta, bajo un restallante tejido de proyectiles. Brown era un testarudo que no aceptaba ser descendido a su cГЎmara: continuarГ­a dirigiendo la lucha. Estaba negro de pГіlvora y paralizado de dolor. Campbell gruГ±Г­a y ordenaba a su asistente que mojase los labios del jefe con otro poco de ron. Le desinfectГі la herida, redujo la fractura y le aplicГі un vendaje ajustado. Brown no perdiГі el conocimiento ni los detalles del combate. El mГ©dico maldijo su trabajo para no maldecir a su obstinado paciente, y siguiГі atendiendo a las demГЎs vГ­ctimas que se amontonaban en los barcos. La refriega terminГі con una victoria espectacular. Apoyado en muletas, Brown recibiГі el afecto de una multitud ebria de agradecimiento. Le entregaron una medalla, la primera que decorГі su uniforme. JosГ© de San MartГ­n, por entonces autoconfinado en Mendoza, dijo que era el mayor triunfo obtenido hasta ese momento por la RevoluciГіn americana.

Su mano arrugada por la inclemencia de los mares acaricia la hГєmeda baranda. Empieza a definirse la lГ­nea irregular del caserГ­o porteГ±o. Ya distingue, tras la niebla opalescente, el mirador de la iglesia de San Ignacio que sobresale sobre los techos rojos y desordenados. Puede distinguir, tambiГ©n, el templo protestante de San Juan Bautista -otrora concurrido por su esposa-, y la iglesia de la Merced. En primer plano, los gruesos muros del Fuerte, con sus baterГ­as en acecho. Y mГЎs acГЎ, conteniendo al rГ­o, la espaciosa Alameda. PequeГ±os bultos avanzan dentro del agua: son carretas de ruedas enormes, tiradas por bueyes, hasta donde los pasajeros serГЎn llevados por botes. El buque navega con prudencia por los endiablados canales del RГ­o de la Plata esquivando los bancos de arena; cuando desaparece la profundidad, larga el ancla.

Buenos Aires todavГ­a estГЎ lejos., Las embarcaciones menores rodean los flancos del navГ­o. Brown ayuda a su mujer y luego a sus hijos, mientras indica a los bulliciosos maleteros algunos cuidados con los arcones de su equipaje. Los marineros tironean de las amarras mientras se realiza el trasbordo a los botes inestables. Luego un grito, una orden, y la pequeГ±a embarcaciГіn se suelta. Flota, ondula, se hunde, se eleva, el buque que los trajo de Europa se achica. Y el caserГ­o cada vez mГЎs prГіximo y real. Elisa, su hija mayor, sosteniГ©ndose con una mano el sombrero, seГ±ala las carretas. Otro trasbordo. Cuidado con engancharte el vestido. AgГЎrrense de los travesaГ±os. Los maleteros cargan el equipaje en otra carreta; son casi todos pardos y su piel brilla de sudor. Los bueyes bajan la cabeza y tiran con esfuerzo. Se siente el crujido de la arena sumergida bajo el peso de las ruedas. Los edificios junto a la Alameda chorrean luz. Ahora es necesario dar un sal tito hasta la pasarela y atravesar los controles de aduana.

A Brown no lo esperan. Entrega sus papeles que son leГ­dos con retaceado asombro. Enseguida lo invitan a entrar. Aguarde hasta que le entreguen su equipaje, le dicen. De pie, apoyado en su bastГіn, rodeado por su familia, parece un desconocido forastero. A su lado pasan marinos, policГ­as, changadores y hasta los mendigos que asaltan con la mano implorante. Le estremece la familiaridad del sitio, la lengua, el desorden. Un negro lo estГЎ mirando, porque su figura esbelta, sus ojos azules, su mentГіn abultado, sus labios entreabiertos le recuerdan algo excepcional. El negro retrocede un poco, toca el brazo de otro estibador, juntos se acercan, dudan, pero de repente se les abre un estallido de jГєbilo y gritan "ВЎViva la Patria, viva Brown!" El rostro del almirante se ilumina como si fuera un niГ±o. Elizabeth hunde los dedos en la cabellera de su hijo menor. Lo han reconocido, es la gente que lo acompaГ±Гі en la guerra.

Pero el grito metГЎlico no se repite: ha sonado en un desierto. Los pasajeros atienden con ansiedad el destino de sus maletas, los empleados se concentran en sus papeles. No hay carruajes oficiales, no hay comitivas del Gobierno. Ambos negros, tras una reverencia, retornan a su trabajo. Brown alquila una volanta y, en silencio, parte hacia su hogar.


Еще несколько книг в жанре «Историческая проза»