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«El albergue de las mujeres tristes», Marcela Serrano

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Para Elisa y Margarita,

mis hijas

 

Primera parte: Desangrado son corazГіn

DГіnde esperaremos si el amor no llega.

Cubiertas de quГ© estas heridas.

Antonio Gil,

Los lugares habidos

 

1

El amor se ha vuelto un objeto esquivo: fue la Гєltima rГЎfaga en la mente de Floreana Fabres mientras leГ­a Bienvenidos en un largo letrero a todo lo ancho del camino. El destartalado autobГєs cruza la entrada del pueblo y ella mira por la ventanilla: la sorprende el brillo del azul. Floreana habГ­a olvidado completamente el cielo.

Desciende y estira las piernas. Sobre su cuerpo pesan demasiadas horas de carretera, sumadas al vaivén del trasbordador que la trajo desde Puerto Montt a la isla, y a los innumerables caminos de tierra por los que el bus ha debido internarse para llegar hasta el pueblo donde se encuentra el Albergue. Mide sus fuerzas con la maleta en una mano y la mochila sobre la espalda: sí, piensa, me la puedo todavía. Con los ojos busca la colina anunciada: de modo casi espectral se eleva el Albergue, recortado sobre el fondo del promontorio que mira al mar. El entusiasmo que el verde invernal le produce y las ansias por llegar la obligan a desentenderse del peso de su equipaje, y comienza animosamente el ascenso. Absorta, avanza por la senda polvorienta y apenas da una ojeada a la clásica iglesia de tejuelas, rodeada de casas y boliches. Identifica solamente los rótulos inevitables en la plaza de cualquier pueblo que merezca llamarse así, por muy dejado que esté de la mano de Dios: Municipalidad, Escuela, Bomberos, Policlínico, Retén de Carabineros…

Empinada es la ladera que deja atrГЎs el pueblo.

Atisba en la cima, en medio de una espesa arboleda, esa curiosa construcción de madera a la que su fantasía ha llegado mucho antes que ella, y la excitación le impide oír el llamado del mar, allá abajo…

Aparece de pronto un hombre, o una parodia de tal: su cuerpo encorvado se halla cubierto de sucias lanas blancas y sus pies desnudos saltan como los de un conejo. Con una enorme sonrisa desdentada balbucea algo incomprensible mientras alivia a Floreana del peso de su maleta. Ella lo sigue hasta la puerta misma del Albergue.

– Buenos días, soy Maruja -se presenta una mujer que la recibe allí-. Tenía que habernos avisado a qué hora llegaba… ¡Miren que subiendo sola esa maleta! Si el Curco se la traía en un dos por tres… Porque usted debe ser la señorita Floreana, ¿verdad?

La mujer no espera respuesta, le basta la sonrisa tГ­mida que Floreana le devuelve. Se limpia tres veces seguidas las manos en un delantal que no muestra huella alguna de suciedad.

– La estábamos esperando -continúa-. Bienvenida, bienvenida… Pase, le voy a avisar al tiro a la señora Elena.

Maruja, repite para sГ­ misma Floreana, observando la figura gruesa y oscura, plantada en la puerta con su impecable delantal. Y cuando una leve brisa le limpia la fatiga del rostro, ella le agradece y piensa que le habrГ­a gustado sentirse siempre asГ­. Y haber sido leve.

 

– Adelante, Floreana, aquí está tu casa -Elena abre la puerta de la cabaña tras cruzar un pequeño porche donde se acumula la leña.

Son cinco cabaГ±as, cada una equipada para cuatro habitantes. Voy a vivir por tres meses entre veinte mujeres, mГЎs Elena que equivale ella sola a unas diez, medita Floreana mientras curiosea a su alrededor, sintiendo que se la tragan el olor de la madera y la tibieza de una salamandra encendida en la pequeГ±a sala de estar. Al centro ve una mesa con cuatro sillas, y detrГЎs una pequeГ±a cocinilla adosada a la pared. Pero antes de fijarse en el escaso mobiliario, le llama la atenciГіn un libro abierto sobre la mesa del desayuno. Lo toma para leer su tГ­tulo: New Economics in the United States.

– ¡Por favor…! ¿Quién lee esto? -pregunta con el tono de las que nunca aprendieron matemáticas más allá de las cuatro operaciones básicas.

Elena se acerca con una calma que, Floreana sospecha, nunca la abandona.

– Constanza, no cabe duda.

– ¿Constanza?

– Sí, tu compañera de baño.

– ¿De baño o de dormitorio?

– No, cada pieza tiene una sola cama.

– ¿Y no has pensado aprovechar el espacio con dos camas por pieza?

– No, Floreana. Cualquier reparación posible pasa por dormir sola.

Mira a Elena sintiГ©ndose un poco idiota y no se le ocurre quГ© decir.

– Tenemos un baño cada dos dormitorios, pero cada una tiene acceso propio -Elena continúa en su papel de anfitriona-. Cuando tú lo ocupas, cierras por dentro el pestillo de la otra puerta.

Entra al baГ±o y hace la demostraciГіn. Floreana observa la cortina. ВїHabrГЎ una simple ducha ahГ­ detrГЎs? Respira tranquila al ver la tina: tengo todo lo que tenГ­a que tener, se dice recordando a Guillen. Como si le adivinara el pensamiento, Elena comenta:

– Tuviste suerte: no hay más que una tina por cabaña, el baño del frente sólo tiene ducha.


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