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«Los PГЎjaros De Bangkok», Manuel Montalban

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Aparentemente, Pepe Carvalho viaja a Bangkok para atender el SOS de una vieja amiga, Teresa Marsé. Pero en realidad el lector puede llegar a la conclusión de que huye de su mundo cotidiano, en el que la realidad le es insuficiente y le empuja a perseguir fantasmas, como el de Celia Mataix, asesinada con una botella de champán de marca desconocida, o el de su asesina, Marta Miguel, "self-made woman" de un pueblo de Salamanca. O quizá el motivo auténtico del viaje sea saber el nombre de los pájaros de Bangkok, o confirmar que la Tierra es redonda y que el desenlace real le espera a su regreso. Más que de viajes, novela de viaje de ida y vuelta, que entre otras posibles lecturas ofrece una versión directa de los escenarios de Conrad, Somerset Maugham o Graham Greene, radicalmente modificados en un tiempo en el que la aventura es casi… imposible.

 

El caso del pez "ceratia" -una especie de rape- es tal vez el mГЎs aberrante de todos. Unas quince o veinte veces mГЎs pequeГ±o que la hembra (que mide cerca de un metro de larga), el joven macho "ceratia" se fija en los flancos o en la frente de ella, la muerde, y esta mordedura va a decidir su porvenir. En adelante, como si hubiera caГ­do en una trampa, jamГЎs podrГЎ desprenderse de su compaГ±era, sus labios se habrГЎn soldado, injertado en la carne ajena. No se podrГЎ separar de ella, a no ser que arranque sus tejidos fusionados. Su boca, sus maxilares, sus dientes, su tubo digestivo, sus agallas, sus aletas y hasta su corazГіn van experimentando una degeneraciГіn progresiva. Reducido a una existencia parasitaria, no tardarГЎ en ser mГЎs que una especie de testГ­culo disfrazado de pez diminuto, cuyo funcionamiento incluso serГЎ regido por el estado hormonal de la hembra, quien se comunica con Г©l a travГ©s de los vasos sanguГ­neos.

Una hembra "ceratia" puede llevar encima hasta tres o cuatro de estos machos pigmeos.

"Bestiario de amor"

 

Y de pronto tuvo la sensaciГіn de que la otra le estorbaba. Deseaba quedarse sola, estirar el cuerpo sobre las sГЎbanas limpias, borrar el dolor que se extendГ­a por el interior de su cabeza como una salsa oscura, pensar en tres o cuatro cosas de lo que habГ­a ocurrido aquella noche, olvidar otras tantas que sin duda ocurrirГ­an maГ±ana. Tal vez si callo cuando ella termine de hablar. Tal vez interprete mi silencio como una invitaciГіn a que me deje sola, a que se vaya. Pero para crear esa sensaciГіn era paso previo conseguir que la otra le quitara el brazo de los hombros, que se retirara aquella mano reptil colgante que de vez en cuando le acariciaba el cuello o se dejaba caer sobre el abismo rozando, apenas, la punta del seno. El discurso continuaba. Ya no versaba sobre problemas ajenos, de otros protagonistas de la fiesta acabada, sino sobre problemas propios.

– Problemas de mujeres. Que sólo podemos entender las mujeres.

Dijo ella, ¿cómo se llama? Un lapsus estúpido, ¿cómo se llama? Y no podía interrumpirla para preguntarle: ¿cómo te llamas?, porque momentos antes le había rogado que se quedara, ella misma había provocado la situación sosteniéndole la mirada y musitando un: ¿quieres quedarte? que los otros habían escuchado, que había pronunciado para los otros, para que salieran de su casa cuchicheando, para que murmuraran a pleno pulmón en la calle, Celia ha pasado el Rubicón, tan mona y tan bollera, diría el frustrado Dalmases, o yo pensaba que su historia con la Donato había sido un juego, y la propia Rosa Donato, airada o desairada, mirando una y otra vez hacia las luces iluminadas del sobreático, imaginando lo que podía ocurrir entre Celia y… ¿cómo se llama? Aprovechó una pausa en el discurso de la otra para levantarse de un impulso, llevarse la mano a la boca y contener un grito.

– ¡Me he dejado una botella de champán en el congelador!

El correr de su cuerpo largo dejГі un tintineo de senos sueltos bajo el jersey y la estela dorada de una cabellera estrella fugaz. La mujer despegГі un tanto el culo del sofГЎ, pero se quedГі en un cuatro indeciso ante la rapidez de la huida. DudГі entre seguir a la fugitiva o dejarse caer en el sofГЎ e hizo lo segundo, al tiempo que suspiraba y el contento por la noche propicia esperada le hacГ­a remirar pared por pared, objeto por objeto, como reconociГ©ndoles un lugar en el paraГ­so de satisfacciГіn presentido. En cuanto entre he de impresionarla, he de acabar de desarmarla. MirГі el reloj, la hora adecuada, las dos y media, un poco mГЎs y la fatiga, un poco antes y la ansiedad, la hora justa para el amor, por fin, con el cuerpo tanto tiempo deseado a distancia. Ya tenГ­a la frase. Ya tenГ­a la pregunta para cuando el cuerpo dorado saliera de la cocina y se acercara con aquella languidez gimnГЎstica de cuerpo en flor, a pesar de que, sГ­, sin duda poca diferencia de edad hay entre ella y yo, pero hay cuerpos elegidos por la juventud y cuerpos que la tierra se queda, como se quedan las piedras o los matorrales. Le dirГ©. ВїPor quГ© me has elegido a mГ­ esta noche? Le dirГ©. Desde hace meses he esperado este momento, desde que te vi en el Palau de la MГєsica, cuando nos presentaron los SocГ­as. Aunque de hecho te recordaba desde hace aГ±os. Muchos. No te lo creerГ­as. Desde la Universidad. SГ­, desde la Universidad. TГє eras de un curso inferior, aГєn estaban juntos Derecho y Letras, creo que fue el Гєltimo aГ±o que estuvimos todos juntos en la vieja universidad. Yo te veГ­a desde el claustro de abajo y casi te olГ­a. No te rГ­as. Tienes uno de esos cuerpos que se huelen. Pero el diГЎlogo era imposible porque Celia no volvГ­a.

– ¿Celia? ¿Estás ahí? ¿Ha pasado algo?

Levanta el culo del asiento y avanza con las piernas abiertas, mientras con las manos trata de despegar los pantalones de sus ingles y sus glГєteos, demasiada carne y poco pantalГіn, pensГі, mientras buscaba una cierta soltura en el andar que la ayudara a entrar en la cocina con naturalidad. Se acodГі en el dintel para contemplar el espectГЎculo. Celia permanecГ­a sentada a una mesa del "office" y parecГ­a contemplar admirada la botella de champГЎn, nevada por el helor que se iba derritiendo bajo la luz de la lГЎmpara. Parte de la melena de Celia se habГ­a convertido en flequillo sobre la frente y la nariz y su mirada fija igual podГ­a dirigirse a la mutaciГіn de la botella como a sus cabellos, una sonrisa de ternura ablandГі las facciones de la mujer acodada en el dintel.

– ¿Te puedo ayudar en algo?

El sobresalto rompiГі la quietud de la figura dorada y los ojos de Celia se dirigieron crГ­ticos hacia la intrusa.

– Estoy cansada, eso es todo.

HabГ­a buscado el tono de voz mГЎs neutro posible para no ofenderla y al mismo tiempo dejar bien claro que la noche habГ­a terminado. Pero la otra siguiГі sonriendo, avanzГі hacia ella, se situГі a su espalda, le acariciГі los cabellos con unos dedos primero prudentes, despuГ©s autГ©nticos arados que abrГ­an surcos en la espesura de los cabellos, hasta encontrar cГ©reos caminos en el cuero cabelludo e insinuar en ellos la electricidad del deseo. Celia sacudiГі la cabeza para sacarse de encima la opresiГіn de los dedos.

– Por favor.

– ¿Te molesto?

– Me haces daño.

Y no volvГ­a la cabeza. Vete, vete, imbГ©cil, vete antes de que tenga que decГ­rtelo yo.

– Me has hecho muy feliz al pedirme que me quedara.

– La verdad es que no sé por qué lo he hecho. Estoy cansada.

– Durante toda la noche nos hemos dicho muchas cosas con los ojos.


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