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«La reina sin espejo», Lorenzo Silva

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Para Laura, Pablo y MВЄ ГЃngeles

que me acompaГ±aron en el camino

 

ADVERTENCIA USUAL

La experiencia enseГ±a que conviene advertirlo, en esta ocasiГіn como en otras: aunque algunos de los lugares que aparecen en este libro estГЎn inspirados, siempre libremente, en lugares reales, los personajes, asГ­ como los hechos narrados, son por completo fruto de la invenciГіn.

Esta piedra es fallada en muchos logares,

et en muchas maneras. De natura es calient

et seca en el cuarto grado, et a en si muy

grand quemamiento. Et la estrella que es

delantera delas dos tenebrosas, que son

en el arco septentrional dela Corona, a poder

en esta piedra, et delta recibe la uertud.

Alfonso X,

Lapidario.

 

CAPГЌTULO 1 UNA IMAGEN TAN BRUTAL

Cuando el forense, con la sobrecogedora parsimonia de su oficio, comprobГі el funcionamiento de la sierra circular que se disponГ­a a aplicar sobre el crГЎneo de Neus Barutell, reparГ© en que aquГ©lla era la primera vez que presenciaba la autopsia de alguien a quien habГ­a tenido la oportunidad de ver con vida. TambiГ©n mi compaГ±era, la cabo Chamorro, que asistГ­a conmigo a la operaciГіn, guardaba alguna memoria del ser humano que ya no habitaba aquel cuerpo. PodГ­a, tanto como yo mismo, recordar el sonido de su voz, la expresiГіn de sus ojos, los movimientos que antaГ±o describieran aquellos miembros que ahora reposaban yertos y azulados sobre la mesa de autopsias. En situaciones de cierta intensidad suele suceder que sГіlo podemos pensar simplezas. La que yo cavilГ© en aquel momento fue que el espectГЎculo cambiaba radicalmente al conocer algo de la persona que habГ­a habido tras la carne que desmantelaban delante de uno. SГіlo el forense, que tampoco ignoraba quiГ©n era Neus Barutell, parecГ­a mantener cierta neutralidad ante la circunstancia, mientras concentraba toda su atenciГіn en la maniobra que iba a ejecutar. Pero en su mente, al menor descuido, debГ­an de abrirse paso reflexiones no muy distintas de las mГ­as.

– Vamos allá -dijo antes de proceder, con un afán por normalizar el acto que no hizo sino ratificar mi suposición.

Fue entonces, mientras miraba los cincuenta y pocos kilos de materia orgГЎnica inerte en que se habГ­a convertido aquella inquieta criatura humana, cuando recordГ© la primera vez que habГ­a visto el rostro de Neus Barutell. SobreponiГ©ndome al desasosiego que producГ­a la imagen del cuerpo frГ­o y desvalido, sobre el que los Гєtiles del forense trazaban ya las lГ­neas que permitirГ­an acceder a su triste secreto y ocultar luego a los parientes la ferocidad de la agresiГіn, retrocedГ­ una dГ©cada, a aquella otra Г©poca mucho mejor para ambos. Ella estaba a la sazГіn en su plenitud, y mi propia vida era un proyecto de satisfacciones y alegrГ­as aГєn no sometidas a la implacable rebaja que el tiempo, auxiliado por nuestras torpezas, se complace en aplicar a cualquier ensueГ±o redentor. Diez aГ±os antes de aquella tarde en que yacГ­a sin vida, Neus habГ­a alcanzado el estrellato como conductora de un programa de Г©xito en la televisiГіn catalana. En aquellos dГ­as yo estaba destinado en Barcelona, y solГ­a ver su programa y algunos otros para irle cogiendo mejor el aire al idioma local. Desde el principio, aquella presentadora me pareciГі una persona notable; sin duda ambiciosa, oportunista, vanidosa y a menudo tan superficial como todos los que le hacГ­an la competencia, pero con algo que la hacГ­a distinta, una capacidad de ser o parecer verdadera que me inclinaba a mirar su programa con cierto interГ©s, frente a lo que me sucedГ­a con los de otros, que sГіlo podГ­a soportar como el peaje indispensable para mi aprendizaje lingГјГ­stico. Quise recuperar del fondo de mi memoria el eco de esa Neus primera, quizГЎ en una tentativa paralela de recobrar el sabor perdido de aquella etapa barcelonesa y de la quebradiza felicidad de que habГ­a disfrutado mientras la vivГ­a. Hube de esforzarme, sin embargo, porque a cada momento se me imponГ­a la huella mГЎs reciente de la otra Neus: la que, despuГ©s de dar el salto a una cadena de televisiГіn nacional, se habГ­a convertido en una de las periodistas mГЎs populares e influyentes del paГ­s.

Eso era lo mГЎs desconcertante de aquella situaciГіn. A los que allГ­ estГЎbamos la difunta siempre se nos habГ­a aparecido como un ser luminoso e impecable. Ante las cГЎmaras, Neus vestГ­a exquisitamente, con prendas que cabГ­a suponer hechas a medida para ella por los modistas mГЎs cotizados. Gracias a la esmerada labor de peluquerГ­a y al pulquГ©rrimo maquillaje, su cabello resplandecГ­a como si la luz brotase de Г©l y su piel nunca dejaba de verse tersa, lozana y uniforme. Pero ahora, de pronto, era una muerta mГЎs. Con su olor acre, su lГіbrega desnudez, su piel llena de accidentes y despojada de cualquier aderezo favorecedor. Tuve otra idea estГєpida: cuГЎnto habrГ­an pagado las revistas, cuГЎnto habrГ­an suspirado tantos espectadores por poder echarse a la cara a Neus asГ­ como se exponГ­a ahora, sin ropa alguna. Con un sentimiento de culpa tal vez absurdo, porque no habГ­a mГЎs razones para experimentarlo con ella que con las otras muchas muertas que habГ­a tenido la ocasiГіn y el deber de examinar, me fijГ© en el pequeГ±o tatuaje en forma de dama de ajedrez que lucГ­a en cierto lugar Г­ntimo. Pero no me sentГ­ distinguido por la fortuna al acceder a aquel secreto vedado al resto de los mortales. No gratificaba los sentidos, ni la imaginaciГіn, verla tal y como la habГ­an dejado. Antes de abrir, el forense pudo contar hasta veintisiete puГ±aladas, en cuello, brazos, tГіrax y abdomen.

– El que fuera, le tenía ganas -apostilló, al completar la cuenta.

No dudaba de la saГ±a, desde luego, ni era por esclarecer eso por lo que habГ­amos decidido entrar a la autopsia, cosa que ni mucho menos hacemos en todos los casos, en general por la sencilla razГіn de que a los investigadores de la unidad central suelen pasarnos los muertos cuando ya llevan tiempo bajo tierra. La inspecciГіn del cadГЎver en el lugar del crimen, que esta vez sГ­ habГ­amos podido realizar, me habГ­a suscitado incertidumbres respecto de otros extremos de cierta importancia, que eran los que esperaba que el forense nos aclarase y los que me interesaba poder comprobar tambiГ©n de primera mano.

Las autopsias no son rГЎpidas: van por partes y en su orden, para no perjudicar la utilidad de sus resultados y para despuГ©s recomponer el cuerpo de la mejor manera posible. Pero el forense llegГі al fin a los dos puntos que me intrigaban. Tras examinar los pulmones, y sin titubear, formulГі la conclusiГіn que a mГ­ mismo, como profano en la ciencia mГ©dica, me sugerГ­a la experiencia de otros casos:

– Murió por asfixia. Si sumamos la trayectoria perpendicular de casi todas las puñaladas, y el volumen moderado de la hemorragia, tenemos razones para presumir que la acuchillaron post mortem.

El segundo detalle, el mГЎs desagradable y ominoso, el forense lo contrastГі y certificГі con la voz mГЎs frГ­a que se escuchГі aquella noche en aquella sala, que ya de por sГ­ transmitГ­a una gelidez insuperable:

– Semen en vagina y en recto.

TomГі varias muestras, tan ensimismado y metГіdico como si estuviera recogiendo cualquier fluido sin mayor interГ©s, y las fue depositando en los recipientes apropiados para remitirlas al anГЎlisis genГ©tico. MirГ© a Chamorro de reojo. PermanecГ­a impasible. Me entretuve en imaginar cuГЎl habrГ­a sido su reacciГіn varios aГ±os antes, cuando se iniciaba en el lГєgubre negocio que compartГ­amos. Le habrГ­a costado mucho impedir que sus emociones la traicionasen, mantener la mГЎscara impenetrable que la protegГ­a ahora. Le habrГ­a costado, tambiГ©n, no expresar en palabras, tan pronto como tuviera oportunidad, aquello que sentГ­a. Pero una vez acabada la autopsia, cuando salimos del tanatorio y nos encontramos de nuevo solos en el coche, su Гєnica observaciГіn fue:

– Por lo menos es un gilipollas que deja la firma.


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