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Показать все книги автора/авторов: Silva Lorenzo
 

«La flaqueza del bolchevique», Lorenzo Silva

Иллюстрация к книге

Para mis abuelos Lorenzo y Manuel,

in memoriam.

Oftheir sweet deaths are sweetest odours made.

Shakespeare, Sonnets, LIV.

Sooner murder an infant in its eradle than nurse unacted desires.

Blake, Proverbs offГ­ell.

 

Era lunes y como todos los lunes el alma me pesaba ahГ­ mismo, abajo del saquito de los cojones. Una tarde pensГ© que el alma era una tercera bola que llevaba ahГ­ colgando y que me servГ­a tan poco como me servГ­an las otras dos. Desde entonces, cuando es lunes y el alma me pesa, cuando es otro dГ­a y el alma me pesa, hasta cuando no sГ© quГ© dГ­a es y el alma me pesa, siento ese bulto y esa carga abajo del todo, peleando con la tela elГЎstica del slip.

Yo no fui siempre un tipo con el alma entre los cojones. Durante bastantes aГ±os ni siquiera decГ­a palabrotas, y hasta utilicГ© durante otros muchos un vocabulario abundante y selecto. Ahora he decidido que la vida no merece arriba de quinientas palabras y que las mГЎs a propГіsito son palabrotas, pero no es que nunca haya pasado de aquГ­, sino que he llegado aquГ­. Muchos capullos se atascan donde yo estoy ahora al poco de nacer y se quedan aquГ­ para siempre. Yo he venido hasta aquГ­ pasando por otros sitios antes, y algunos de ellos olГ­an bastante mejor, aunque nunca durГі demasiado. Puede parecer que mГЎs habrГ­a valido ser desde el principio uno de esos capullos que no ven mundo ni conocen otros sitios que huelen mejor. Y a mГ­ me lo parece. Si toda mi vida hubiera sido un capullo ahora estarГ­a contento, y no acordГЎndome de que aquel dГ­a era lunes y el alma me pesaba encima del slip.

El lunes del que me acuerdo empezaba con la misma mierda de todos los lunes. En la radio habГ­a cinco gilipollas que hablaban de lo que habГ­an dicho otros cinco gilipollas para que al dГ­a siguiente cinco gilipollas mГЎs (algunos de ellos los mismos del dГ­a antes) hablaran de lo que estos cinco gilipollas habГ­an dicho y asГ­ hasta el infinito, que es un batiburrillo de bandas de a cinco gilipollas. Como mi resistencia a las chorradas ha ido bajando con el tiempo, puse una cinta y resultГі ser una de aquellas en las que hace aГ±os tenГ­a grabado a ese pelma de Bach. Aunque he borrado todas, grabando encima otra mГєsica mГЎs apropiada, a veces salen trozos de sus apestosas cantatas que siempre tratan de lo mismo y suenan igual. AdelantГ© un poco la cinta y arrancГі Breaking the Law, de Judas Priest. Lo dejГ© ahГ­, y no porque me gusten los individuos de Judas, que creo que son un hatajo de macarras que en su vida han tenido un par de ocurrencias, sino porque armaban mucho ruido y eso me impedГ­a pensar. Ante todo, buscaba librarme de lo que hacГ­a que me pesara el alma y que era lo mismo de siempre: es lunes (un puto lunes), temprano (la puta de temprano), estoy en el coche (el puto coche), en un atasco (puto atasco), sin saber si pasar por encima o por debajo del cinturГіn de seguridad la corbata (el puto cinturГіn, la puta corbata); voy camino del trabajo, donde pudriendo los dГ­as me dan a cambio dinero para comprar de comer y pagar el apartamento y el coche y la corbata y la radio y los compactos de donde grabo las cintas de Judas (puto trabajo, putos dГ­as, puto dinero, puta comida, puto apartamento, etc.); y ahora va el guardia y como siempre corta en Cibeles para que circulen los que bajan por AlcalГЎ y nos jodamos los que venimos por el Prado (el puto guardia).

De lo que venГ­a pensando es fГЎcil acordarme, porque lo hago mucho y me lo he aprendido de memoria. Del guardia tambiГ©n, porque todas las maГ±anas hace lo mismo. De Bach y de Judas, y aquГ­ es donde empieza el asunto, me acuerdo porque fue al encontrar Breaking the Law cuando el coche que rodaba delante de mГ­ frenГі en seco y yo, que iba distraГ­do con el radiocasete, me lo comГ­ a unos veintidГіs por hora, que no es mucho para recorrer los diecisiete kilГіmetros que recorro cada maГ±ana pero sГ­ bastante para romper un coche contra otro.

En ese momento el infierno se me echГі encima, y el infierno era, por este orden: una zorra con trajecito chanel que se me baja del coche de delante y me empieza a llamar hijo de puta y maricГіn y yo quГ© sГ© cuГЎntas cosas mГЎs que no le iban nada con la blusa; el mamГіn del guardia que abre mucho los ojos y sin sacarse el pito de la boca se viene hacia el lugar del siniestro con ganas de marcha; los de detrГЎs que se ponen a darle al claxon a ver si consigo volverme loco de una vez; el cinturГіn que no obedece a mis intentos de separГЎrmelo del pecho para desabrocharlo porque debo de estar tirando un poco mГЎs de lo que el fabricante opina que se debe tirar; los de Judas que parecen empeГ±ados en cargarse la baterГ­a, el bajo y todas sus guitarras.

Cuando por fin conseguГ­ librarme del cinturГіn y salir del coche la zorra del trajecito chanel y el guardia ya se habГ­an aliado manifiestamente. El guardia me escupiГі apenas asomГ© el morro:

– Antes de nada retire el coche. ¿No ve que está estorbando?

– Ayudaría si lo quita primero ella -contesté, sin ninguna astucia-. Me he empotrado en su culo.

– ¿No le oye al muy cabrón? -trinó la mujer-. Te habrás empotrado en el culo de tu puta madre.

– Bueno, vale. Pero si usted no mueve el coche yo tampoco puedo moverlo y el guardia no va a poder despejar el tráfico, que es lo que a él le importa.

– Señora -terció el guardia-, haga el favor y a ver si podemos arreglar esto lo antes posible.

La mujer lo moviГі, yo lo movГ­ y mientras tanto el guardia desviaba a los malnacidos que pasaban riГ©ndose de la hostia que acababa de darme. BusquГ© los papeles del coche, el seguro, un bolГ­grafo, y lo encontrГ© todo menos el bolГ­grafo. No me hacГ­a maldita la gracia pedirle un bolГ­grafo a la mujer o al guardia, pero el parte amistoso y europeo de accidentes es autocopiativo y la Mont Blanc MeisterstГјck te la puedes meter donde te quepa cuando se trata de rellenarlo. Resignado, salГ­ a aguantar la que estaba cayendo. La mujer seguГ­a insultГЎndome y cuando me bajГ© se permitiГі dudar:

– ¿Has conseguido estafar a alguien para que te haga un seguro, imbécil?

– Si no estuviera el guardia no me llamaría eso.

– ¿Por qué? ¿Qué harías si no estuviera el guardia?

– Te pegaría quinientas patadas en el mismo cono, pensé, pero dije:

– Me parece que me largaría y la dejaría que chillara sola.

– Vaya bobada. Como que no iban a encontrarte.

– Claro. Pero no está herida. No iría a la cárcel. Le daría el número del seguro a la policía y me ahorraría hablar con usted.

En eso el guardia volviГі donde estГЎbamos y le dio por hacer una pregunta estГєpida:

– Vamos a ver. ¿Qué ha pasado?

– Yo iba tan tranquila, freno porque se cierra el semáforo y éste va y me embiste por detrás.

– No por gusto -me burlé-. Me he despistado con la radio. Si la hubiera visto no la habría embestido por detrás.

– Exijo que le prohíba a este retrasado que se ría. No creo que esto sea para reírse precisamente.

– Tengamos la fiesta en paz. Cálmense los dos.

– Yo estoy calmado, agente.

– Sólo faltaría, él que tiene la culpa.

– Pues claro que tengo la culpa. ¿Por qué no hacemos primero los papeles y luego me fusilan?

– Permiso de conducir y de circulación del coche.

Le di los permisos al guardia y Г©ste lamentГі no poder multarme porque yo me los hubiera olvidado en casa o hubiera olvidado renovar el carnГ©, que era lo mГЎximo que podГ­a haber conseguido con esa brillante comprobaciГіn. Mientras tanto Judas seguГ­a tronando desde mi coche.

– ¿Es que no puedes quitar esa mierda de música?


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