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Показать все книги автора/авторов: Silva Lorenzo
 

«El misterio y la voz (inquisiciones sobre la novela)», Lorenzo Silva

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A la naturaleza le place ocultarse.

HERГЃCLITO

 

PALABRA PRELIMINAR

Cuando se me invitГі a dar las conferencias de las que proceden estas pГЎginas, alguien me sugiriГі que su tema podrГ­a ser algo asГ­ como mi obra. Al escuchar esta propuesta, sin duda bienintencionada, no pude reprimir un estremecimiento. Hace trece o catorce aГ±os que escribo novelas, y por tal o cual azar, tengo varias publicadas. TambiГ©n he publicado algunos cuentos, y hasta he enseГ±ado por ahГ­ algГєn poema. Pero de ahГ­ a sopesar seriamente la posibilidad de estafar a unas personas benГ©volas una hora de su tiempo, hablando nada mГЎs que de mi obra, media un abismo que confГ­o en no tener nunca el poco juicio de pretender abolir.

Con todo, y aun estando persuadido de que unas conferencias requieren preferiblemente algГєn asunto considerable e importante sobre el que versar, no podГ­a olvidar que se me invitaba a darlas en mi condiciГіn de escritor. AsГ­ que, a pesar de mis escrГєpulos, no debГ­a evitar absolutamente hablar sobre lo que hago y sobre lo que me interesa. En definitiva, quizГЎ sea Г©sa la Гєnica autoridad, por exigua que resulte, que he llegado a poseer.

De toda esta cavilaciГіn previa surgiГі una idea para aquellas conferencias, que es la que, ligeramente elaborada y ampliada, se desarrolla aquГ­. DecidГ­ hablar sobre mi concepciГіn de la novela: sobre lo que creo que es importante en ella y sobre lo que juzgo que debe perseguir. Pero para ello no quise referirme (o no directa o inicialmente) a mis libros, sino a algo que podГ­a venir mГЎs a propГіsito para desarrollar una conferencia: elegГ­ ocuparme de aquellos escritores donde aprendГ­ mi visiГіn como novelista.

Al llegar a este punto, sГіlo quedaba un escollo, cuya dificultad me cuidГ© mucho de menospreciar. ВїA quiГ©nes, entre todos los que escribieron novelas que me conmovieron, podГ­a designar como maestros? A nada que uno se aplique y tenga con la lectura una relaciГіn un poco intensa, siempre cabrГЎ recordar un cierto nГєmero de escritores cruciales, que nunca es demasiado alto, pero quizГЎ sГ­ demasiado alto para tratarlos a todos debidamente en un par de conferencias. Por eso se impuso la selecciГіn, y la selecciГіn la afrontГ© con ГЎnimo de escoger a los mГЎs decisivos entre los decisivos y de no escoger mГЎs que a tres. Sobre estas premisas, mi elecciГіn, aunque difГ­cil, fue clara, y seleccionГ© a Г©stos: Raymond Chandler, Marcel Proust y Franz Kafka.

No digo que sean los tres mejores novelistas de la literatura universal (a nadie impresionarГ­a que yo lo dijera). Pero sГ­ digo que probablemente son los tres que mГЎs han pesado en mi manera de hacer novelas. Eso, al menos, es una afirmaciГіn a mi alcance, aunque quizГЎ convenga igualmente atenuarla. Como es natural, tampoco es que siga en todo a esos tres escritores, ni mucho menos que deba considerГЎrseles a ellos responsables, siquiera mediatos, de mis desmanes. A mi modo de ver, cada uno es dueГ±o de sus actos y desbroza su propio camino. Pero tambiГ©n me parece quien no mira de vez en cuando (o constantemente) a otros que lo hicieron mejor, tiene pocas posibilidades de mejorar Г©l mismo. SГіlo en este sentido debe entenderse que me refiera a ellos, aunque no oculto que en mi apego por la literatura, que he llevado hasta el extremo acaso calenturiento de practicarla, estos autores tienen una influencia indiscutible.

 

Lo que sigue son, mejor o peor organizadas, las ideas que acertГ© a reunir en un apresurado ejercicio a propГіsito de cada uno de ellos. Nadie debe esperar un anГЎlisis acadГ©mico, ni un trabajo riguroso que signifique una aportaciГіn relevante respecto de la interpretaciГіn o el conocimiento de la obra de tres autores sobre los que ya se ha escrito mucho. Son unos apuntes al vuelo, que reГєno en esta forma Гєnicamente por si pudieran ser de utilidad para algГєn otro. Y sГіlo tengo una razГіn para confiar en tal posibilidad: el recuerdo claro y distinto de que fue leyendo lo que estos hombres habГ­an escrito como se despertГі y se construyГі mi deseo de hacer novelas. Novelas y no cualquier otra cosa (poemas, cuentos, teatro), que era lo que yo mismo habГ­a venido escribiendo antes de conocerlos.

En estas pГЎginas trato de explicar por quГ©, y se me antoja que eso podrГ­a interesar, en primer lugar, a esas pocas personas generosas que leen mis novelas. En segunda instancia, pienso en las muchas personas que leen novelas, en general, y le dan importancia (una importancia que no logra decrecer ante las aparatosas transformaciones de nuestro mundo) al hecho de leerlas, haciendo con ello posible que algunos mantengamos el impulso de escribirlas. Hasta me atrevo a esperar que alguno de los demГЎs miembros de la cofradГ­a novelesca, aunque no siempre resulte ser la cofradГ­a mГЎs solidaria del mundo, dГ© algГєn valor a mis ociosas reflexiones. Pero, puestos a desear, preferirГ­a ante todo interesar a los que aГєn no se han incorporado, a los que acogen en su alma la vocaciГіn todavГ­a no desarrollada y pueden recibir de estos tres novelistas un estГ­mulo que mi propia obra no es, sin duda, suficiente para producir. No soy un apГіstol de la actividad literaria, ni enturbian mi mente vanos sueГ±os de mejora de la humanidad. Simplemente opino que necesitamos seguir encontrando historias sГіlidas y bien construidas que nos ayuden a comprendernos y a aceptarnos, y estГЎ claro que para que esas historias existan es preciso que haya quien las escriba. Por eso tiene trascendencia el ejemplo de Raymond Chandler, Marcel Proust y Franz Kafka, y por eso me he autorizado la audacia de meditar acerca de ese ejemplo y de esforzarme por que esa meditaciГіn sea una contribuciГіn, incluso innecesaria (por intempestiva y por inexperta), para difundirlo.

Declarada la intenciГіn, tengo un reparo que debo confesar, porque afecta a la misma pertinencia de este libro. Siempre me ha dado la sensaciГіn de que entre la escritura de novelas y la crГ­tica literaria existe una suerte de incompatibilidad. No pretendo dotar a esta afirmaciГіn de validez universal, ni siquiera que valga como una vaga generalizaciГіn, porque a la vista hay numerosos ejemplos de novelistas admirables que supieron ser ademГЎs finos crГ­ticos. Sin embargo, por lo que a mГ­ respecta, siento que una vez que he optado por escribir novelas debo abstenerme de criticar las de otros. Desde luego, entre las novelas que leo unas pocas me cautivan, muchas me dejan frГ­o y otras me resultan aborrecibles. Como a cualquiera. Pero no me parece educado manifestar mis juicios fuera de un cГ­rculo de cierta intimidad, y con ello no insinГєo que los crГ­ticos novelistas sean unos groseros, sino que yo me sentirГ­a grosero o mГЎs bien improcedente si escribiera crГ­tica literaria. Como en cierta ocasiГіn le dijo Kafka a Gustav Janouch, avergonzГЎndose por emitir un juicio sobre los poemas que Janouch le habГ­a sometido, no soy juez, sino acusado, y me cuesta calificar ante la sala la conducta de otro acusado y pedir para Г©l la cГЎrcel o la absoluciГіn. Por eso me gustarГ­a dejar claro que los juicios que en estas pГЎginas vierto carecen por completo de pretensiones crГ­ticas y sГіlo atienden a entusiasmos personales.

Aun asГ­, he procurado hacer un examen mГЎs o menos fundado, con lo que quiero decir que no me abandono sin mГЎs a mi antojo, sino que procuro tener en cuenta la realidad sobre la que trato. Al final, no obstante, sГ­ que me he permitido alguna licencia notoria. En tal clave deberГЎn leerse (si no se prefiere prescindir de ellos) los apuntes sobre la ciudad y el protagonista y el breve epГ­logo que cierra el libro.

 

Getafe, Navidad de 1997

RAYMOND CHANDLER

Un hombre en una calle solitaria

El problema de lo que es literatura trascendente se lo dejo a pelmas gordos como Edmund Wilson, un hombre de muchos mГ©ritos, entre los que personalmente me inclino con mayor reverencia ante el de haber logrado (en las CrГіnicas de Hecate County) hacer de un coito algo tan aburrido como un horario de ferrocarriles.

RAYMOND CHANDLER

 

Raymond Chandler nació en Chicago en 1888. Su padre, alcohólico, abandonó el hogar cuando Raymond contaba pocos años. Su madre, que había nacido en Inglaterra, se lo llevó con ella a Europa, donde Chandler recibió su instrucción. Cursó sus primeros estudios en el Dulwich College, una institución británica de sólo moderado prestigio, pero de la que hasta el final de su vida le enorgullecería haber sido alumno, porque siempre tuvo el convencimiento de que su educación europea le situaba un escalón por encima de sus compatriotas. Su opinión sobre el sistema educativo americano era simple y contundente: “es el hazmerreír del mundo”, llegó a escribir. En el Dulwich College cursó las dos modalidades entonces existentes, el plan clásico y el plan moderno, lo que le permitió adquirir a temprana edad una cultura amplia y versátil. Después pasó una temporada en Francia y otra en Alemania, donde aprendió los dos idiomas lo suficientemente bien como para hablarlos y escribirlos (otro rasgo infrecuente de apertura mental entre los estadounidenses). Vivió con su madre hasta que ella murió, cuando él tenía 36 años y ya habían regresado a los Estados Unidos. Poco después se casó con una mujer 18 años mayor que él, Cissy, con quien vivió hasta la muerte de ésta, en 1954, y de quien siempre dependió estrechamente, hasta el extremo de intentar suicidarse cuando ella desapareció. Al final, había de sobrevivirla escasamente un lustro. Murió en 1959 en La Jolla, California, donde había pasado una gran parte de su vida.

Raymond Chandler empezó a escribir a edad relativamente tardía, a los 45 años. Antes de eso tuvo múltiples trabajos. Fue contable, auditor de cuentas (como quien esto escribe, por señalar una quizá fútil coincidencia) y ejecutivo de varias compañías de petróleos. De esta experiencia profesional siempre guardaría un recuerdo favorable, aunque tuviera su lado incómodo (como la experiencia de tener que contratar a varios abogados a la vez o asumir la responsabilidad de despedir a algún empleado, según propia confesión). Trabajar durante años en el mundo de los negocios le permitió conocer la realidad social y no caer en las ingenuidades en que, por desconocimiento, caían en su opinión muchos escritores cuando se referían a la forma en que estaba organizada la vida de su época. Otra experiencia vital que le marcó, y le salvó de ciertas abstracciones, fue su participación en la Primera Guerra Mundial, sirviendo en el ejército canadiense. “Cuando uno encabeza un pelotón y les ordena a sus hombres que se lancen contra el fuego de ametralladora, nada vuelve a ser lo mismo”, escribió en cierta ocasión.


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