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«Carta Blanca», Lorenzo Silva

Иллюстрация к книге

Para Pablo, para que lo sepa y lo recuerde, y nunca

tenga que vivir nada semejante.

No te ofrezco ningГєn gozo, sino sГіlo la lucha.

L. M. PANERO

El que dice que nunca ha temido nada, no dice la

verdad. Cada hombre en determinados minutos

ha conocido el miedo. Pero el miedo es una especie

de preludio. DespuГ©s de Г©l ha de seguir una acciГіn.

AsГ­ que lo que cuenta es lo que el hombre haga

despuГ©s de sentir el miedo y a causa del miedo.

VILÉM KOSTKA, citado por JAROSLAV SEIFERT

El hambre da valor al chacal.

PROVERBIO MARROQUГЌ

 

ADVERTENCIA

Este libro es una obra literaria de ficciГіn. Aunque ocasionalmente aluda a determinados personajes, situaciones y hechos histГіricos, la peripecia narrada en Г©l es fruto de la invenciГіn de quien la cuenta. Sin perjuicio de lo anterior, el autor se ha tomado algunas molestias para procurar que nada de lo que aquГ­ se refiere resulte demasiado fantasioso. Por si hiciera falta, anotaremos que la realidad de la Г©poca en la que se sitГєa la acciГіn conociГі acontecimientos tan extremados como el que mГЎs pueda impresionar al lector en las pГЎginas que siguen.

PRIMERA PARTE. PRIMERA PARTE. ZELUГЃN-SEGANGAN-YEBEL HARCHA, OTOГ‘O DE 1921

1

Un par de aГ±os antes de convertirse en el pingajo que apareciГі ante los ojos de su hermano sobre la tierra amarilla de la alcazaba de ZeluГЎn, al cabo Rafael Bermejo le habГ­an saltado dos dientes de una sola hostia. Se la habГ­a dado un descomunal marinero griego, con el que en mala hora habГ­a coincidido frente a una taberna del puerto de MГЎlaga. Antonio Bermejo recordaba bien quГ© piezas habГ­an volado de las encГ­as de su hermano Rafaelito, por culpa del chiste que su poco seso le habГ­a llevado a hacer en el momento mГЎs inoportuno y a cuenta del sujeto menos a propГіsito. SГіlo gracias a aquel detalle, y a los deslucidos galones rojos que se sujetaban a la guerrera raГ­da, fue posible reconocer los despojos del cabo Rafael Bermejo entre las momias que se esparcГ­an por el recinto de la vieja alcazaba de ZeluГЎn- A algunos de los demГЎs tambiГ©n los habГ­an desdentado, pero a culatazos y pedradas, que solГ­an causar otros destrozos en las mandГ­bulas y desalojar de su sitio bastantes mГЎs dientes que los que le faltaban a aquel cadГЎver.

Cuando se abriГі paso en su cerebro, aturdido aГєn por el combate reciente, la certeza de haber encontrado todo lo que quedaba de aquella sangre de su sangre, Antonio Bermejo deseГі no haberlo buscado nunca. Y a la vez sintiГі que era el destino el que le abocaba a dar con Г©l, y le arrastraba a continuaciГіn, en secuencia inapelable, a procurarse un desquite que aГєn veГ­a borroso, pero que desde ese preciso instante empezaba a fraguarse en su ГЎnimo con un ardor febril.

Un par de horas antes habГ­a estado hurgando, sin Г©xito, entre los restos del aerГіdromo. AllГ­, segГєn las Гєltimas noticias que tenГ­a de Г©l, habГ­a estado destinado su hermano. En las abandonadas instalaciones habГ­an tratado de atrincherarse momentГЎneamente los rebeldes rifeГ±os, hasta que el empuje decidido de la ofensiva espaГ±ola les habГ­a aconsejado replegarse. Cuando las tropas entraron en el campo de aviaciГіn algunos muertos resecos descubrieron, porque raro era el rincГіn de aquella tierra que no albergaba restos del holocausto que en ella habГ­a tenido lugar dos meses atrГЎs; pero no tantos como habrГ­an debido hallar si toda la guarniciГіn hubiera quedado allГ­. SegГєn se suponГ­a, a partir de los testimonios mГЎs bien confusos que sobre el desastre de julio y agosto habГ­an dado los pocos supervivientes, alguna gente del aerГіdromo debГ­a de haberse acogido a los muros de la alcazaba, donde con el grueso de las fuerzas de la zona, mГЎs los soldados procedentes de puestos avanzados que hasta allГ­ llegaban huyendo, se habГ­a intentado ofrecer una improbable y a la postre fallida resistencia.

Por eso, cuando Antonio Bermejo atravesГі la puerta de la alcazaba de ZeluГЎn, y ante sus ojos se extendiГі aquel muerterГ­o calcinado por el sol de las muchas semanas que los cuerpos llevaban insepultos, a la garganta se le agarrГі una tenaza que iba mucho mГЎs allГЎ del nudo que a todos les producГ­a el olor de la pudriciГіn y el espanto de la masacre. Y ahora, mientras contemplaba el vientre abierto de su hermano, sus muГ±ecas ligadas con alambre de espino, y el piquete de alambrada clavado entre las piernas esqueletizadas, aquella angustia pugnaba por explotar y salir hecha grito a mezclarse con el aire envenenado de muerte y de odio. Pero sГіlo murmurГі, tan bajo y tan entre dientes que apenas pudo oГ­rlo el hombre que tenГ­a mГЎs cerca:

– Hijos de la grandísima puta. Putas bestias sarnosas.

Y un segundo despuГ©s, ahogando un sollozo:

– Rafaelito. Niño, coño, cómo te han…

Hizo memoria. HabГ­a tenido un mal barrunto, el ya a la sazГіn sargento del Tercio de Extranjeros Antonio Bermejo, cuando se habГ­a enterado de que al hermano pequeГ±o tambiГ©n lo mandaban a ГЃfrica. Porque Г©l sabГ­a lo que habГ­a, despuГ©s de tres aГ±os de campaГ±a: sabГ­a lo perra que era la vida, lo jodidos que eran los moros, lo cabrones que podГ­an ser los oficiales. Г‰l habГ­a encontrado allГ­ su sitio, y en cuanto se habГ­a enterado de la formaciГіn de una nueva unidad de choque, aquel Tercio cuyo uniforme ahora vestГ­a, se habГ­a apuntado para estar donde se daba leГ±a, porque el fuego y la mierda y hasta el miedo le calentaban la sangre y eso no le disgustaba. Pero nada de lo que habГ­a en ГЃfrica iba con Rafaelito, que era flojo, jacarero y un poco penco, y que siempre, desde chico, habГ­a metido el pie donde podГ­a torcГ©rselo y el dedo donde se le podГ­a quedar pillado. Que tenГ­a su chispa, con todo, y no era acoquinado ni indeciso, pero tambiГ©n, como demostraba el percance con el marinero griego, tendГ­a demasiado a decir la gracia cuando no debГ­a y a atreverse cuando tocaba tentarse la ropa.

Y al fin, allГ­ estaba. Seco y consumido sobre la tierra maldita del Rif, envuelto en uno de aquellos descoloridos harapos caquis que la jalonaban, convertidos en el sudario de la peor de las muertes. Abatido, exterminado, martirizado, como tantos otros miles de infelices: los pobres que habГ­an tenido la mala suerte de andar por allГ­ a finales de julio y comienzos de agosto, cuando lo que parecГ­a un ejГ©rcito se habГ­a desmoronado frente a aquellos demonios rifeГ±os que se habГ­an levantado, como un solo hombre, para expulsarlos de su tierra. A veces pensaba el sargento Bermejo en eso, en que era su tierra, la de los moros, lo que ellos, los extranjeros cristianos, querГ­an arrebatarles. Y por un momento entendГ­a que los otros no se aviniesen, entendГ­a que mordieran, y hasta se sentГ­a tentado de respetarlos, porque en la refriega los moros eran duros y sufridos y un combatiente siempre acaba admirando algo al adversario que no se arruga y le planta cara. Pero todo el respeto se le iba al carajo mirando aquello. Viendo los cuerpos torturados, mutilados, vejados de todas las formas concebibles. O al distinguir, de pronto, sobre el costillar que antes habГ­a sido el pecho de un hombre, el cagajГіn dejado a conciencia por uno de aquellos piojosos miserables y sanguinarios, que no habГ­a podido encontrar otro sitio donde aliviarse la tripa. Cuando se hacГ­a eso, ya no podГ­a esperarse respeto. Ninguna consideraciГіn, y ninguna piedad, estaba dispuesto el sargento Bermejo a tenerles en el futuro. Ni a ellos, ni a sus mujeres, ni a sus hijos, ni a sus hijas, ni a sus ancianos. SegГєn contaban los soldados demenciados que habГ­an logrado salvarse de la carnicerГ­a, todos, mujeres y chiquillos y viejos incluidos, se habГ­an ensaГ±ado con los moribundos, antes de rematarlos con sus sucias gumГ­as oxidadas. Y el resentido y colГ©rico sargento legionario iba a acordarse bien de todo el horror, toda la ignominia, todo el desprecio, todas las variantes del martirio infligido a sus hermanos. A su pobre, a su risueГ±o hermano Rafaelito.

Junto a Г©l, en aquella tarde emponzoГ±ada y amarga de ZeluГЎn, como en otros muchos instantes atroces de los Гєltimos tiempos (aunque ninguno pudiera compararse a aquГ©l en cuanto al dolor que Bermejo sentГ­a), estaban los hombres de su pelotГіn. Con ellos habГ­a desembarcado en Melilla, cuando los rifeГ±os envalentonados tenГ­an acogotada la ciudad. Con ellos habГ­a estado en la inmediata reconquista del territorio adyacente a la plaza, y despuГ©s entre las peГ±as del monte GurugГє, desalojГЎndolo del enemigo que aprovechando sus alturas los hostigaba con tiradores y piezas de artillerГ­a. HabГ­an asaltado trincheras, defendido blocaos, batido barrancos; habГ­an atravesado las lГ­neas enemigas para llevar el socorro a gente sitiada o sorprender por la espalda a los sitiadores. HabГ­an matado y habГ­an visto morir a los suyos, aparte de hartarse de recoger aquellos muertos descompuestos que infestaban las cunetas de todos los caminos. Pero en aquel instante, ante la piltrafa amojamada en que se habГ­a convertido el hermano del sargento, ante la desolaciГіn y el abatimiento de aquel hombre, por lo comГєn de pedernal, que los mandaba bajo el fuego, a alguno que otro se le saltaron las lГЎgrimas. Y no eran gente tierna, precisamente. AllГ­, junto a Bermejo, estaba Casals, rufiГЎn cosido a navaja mГЎs de una vez, en la cГЎrcel y en los tugurios del lumpen barcelonГ©s donde se habГ­a forjado una tenebrosa reputaciГіn; Balaguer, un mulato originario de La Habana, de donde habГ­a salido por razones que nadie habГ­a conseguido hacerle explicar; Klemper, antiguo suboficial del ejГ©rcito austrohГєngaro, que con treinta y cinco aГ±os, y despuГ©s de haber hecho y perdido una guerra, no habГ­a dudado en apuntarse a otra; LГіpez, que, pese al apellido, supuesto, como se estilaba entre los legionarios, era serbio y juraba haber sido oficial en su paГ­s (aunque los mГЎs suspicaces achacaban su previa instrucciГіn militar a la LegiГіn Francesa con la que habrГ­a zanjado su compromiso mediante el fulminante expediente de la deserciГіn); Navia, un asturiano picajoso y esquinado que segГєn su propia declaraciГіn se habГ­a cansado de comer polvo de carbГіn en la mina, aunque todos se maliciaban que otra cosa habГ­a tras la decisiГіn de alistarse; Gallardo, un gaditano de chiste fГЎcil y mano larga, de la que se jactaba sin especial remordimiento, aunque tambiГ©n le habГ­a costado presidio; y Faura, un valenciano taciturno que nunca habГ­a dicho ni una palabra, cierta o falsa, de por quГ© estaba allГ­, y que era el mГЎs joven pero a la vez el tirador mГЎs aplomado y certero del pelotГіn.

Aquellos hombres fueron quienes cavaron, antes de que oscureciera y se ordenara retirarse, la zanja para el cabo Rafael Bermejo, caГ­do en ZeluГЎn un abrasador dГ­a de agosto, despuГ©s de una vida corta y una muerte excesiva. Y lo hicieron con la solemnidad propia del caso, aunque no lo conocieran y aunque su oficio consistiera justamente en llenar las fosas y no en ahuecarlas. Aquellos hombres eran tambiГ©n quienes iban a acompaГ±ar al sargento Bermejo en la venganza que habГ­a de imponerse como una sacrosanta misiГіn para apaciguar el hervor de su sangre. Importa anotar que estuvieron allГ­, porque mientras hacГ­an lo que despuГ©s hicieron, siempre acudirГ­an, para enardecerse, a la imagen y el tacto del bulto quebradizo que depositaron al fondo del hoyo como una reliquia. Si no lo hubieran visto y tocado, acaso habrГ­an podido cavilar y obrar de otro modo. Pero en todo momento iba a pesarles, con una persistencia fatal, el recuerdo de aquel ser humano reducido a nada que habГ­a hecho estallar la compasiГіn y la rabia en sus pechos de fieras ya casi impedidas para cualquier sentimiento.

Por eso la historia comienza aquГ­. TambiГ©n para el silencioso legionario Faura, a quien aguardaba un viaje mГЎs largo y paradГіjico, hasta orillas que los otros no iban a conocer. En esta primera estampa, en este cuadro de hombres barbudos y mugrientos mirando la tumba de un muerto de cuya vida sГіlo uno habrГ­a podido dar testimonio, se sitГєa al fondo y al margen, apenas visible. Pero convendrГЎ empezar a decir que Г©sta, por encima de todo, es su historia.


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