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«Los cuervos del Zangre», Lois Bujold

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Una novela de Chalion

TГ­tulo original: The Curse of Chalion

TraducciГіn: Manuel de los Reyes

Agradecimientos

La autora querrГ­a expresar su agradecimiento al profesor William D. Phillips hijo, por Historia 3714, los cuatrocientos dГіlares y diez semanas mГЎs Гєtiles que he invertido jamГЎs en la escuela; a Pat "Ah, venga, ya verГЎs quГ© divertido" Wrede, por el intercambio de cartas que constituyГі el germen de un Cazaril aГєn ciego y tambaleante, que habrГ­a de surgir de las profundidades de mi cerebro a la luz del dГ­a; y, supongo, que a las empresas de servicios de Minneapolis por aquella ducha caliente de un frГ­o febrero, durante la que colisionaron inesperadamente en mi cabeza los dos primeros elementos que recrearГ­an un mundo nuevo y a todos sus habitantes.

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1

Cazaril oyГі a los jinetes en el camino antes de verlos. MirГі por encima del hombro. El desgastado sendero que serpenteaba a su espalda se enroscaba en un promontorio redondeado, que pasaba por colina en estas llanuras altas azotadas por el viento, antes de zambullirse de nuevo en el fango de finales de invierno que era la ГЎrida tierra de Baocia. A sus pies discurrГ­a un riachuelo, demasiado pequeГ±o e intermitente para merecerse un paso a travГ©s o un puente, teГ±ido de verde frente al sendero que circulaba entre pastos poblados de ovejas. El tamborileo de las pezuГ±as, el entrechocar de los jaeces, el tintineo de los cascabeles, el crujido de los arreos y el despreocupado eco de las voces se aproximaban a un ritmo demasiado veloz para tratarse de un campesino cauto acompaГ±ado de su cuadrilla, o de un grupo de parsimoniosos muleros. La cabalgata doblГі al trote la cara del promontorio, en fila de a dos, desplegando toda la panoplia de su orden, una docena aproximada de hombres. No eran bandidos. Cazaril dejГі de contener la respiraciГіn y tragГі saliva hasta apaciguar su soliviantado estГіmago. Como si tuviera algo que ofrecer a unos bandidos aparte de diversiГіn. Se hizo a un lado y se dispuso a observar cГіmo pasaba el desfile junto a Г©l.

Para sorpresa de Cazaril, el capitГЎn levantГі una mano cuando se acercaban a Г©l. La columna se detuvo en seco con estrГ©pito; el chapoteo y el pisoteo de las pezuГ±as se propagaron de un modo que hubiera conseguido que el viejo caballista del padre de Cazaril prorrumpiera en airados e ingeniosos insultos contra tal banda de mocosos. En fin, tanto daba.

– Saludos, viejo camarada -dijo el líder a Cazaril, por encima del arco del portaestandarte de su silla de montar. Cazaril, solo en la carretera, evitó a duras penas girar la cabeza para ver a quién iba dirigido el saludo. Lo habían confundido con algún patán de la localidad, camino de la plaza o embarcado en cualquier otro recado, y supuso que el error estaba justificado: botas raídas cubiertas de barro, una gruesa capa de prendas harapientas y desparejas para impedir que el gélido viento del sudeste le congelara los huesos. Daba gracias a todos los dioses del cambio de año por cada mugrienta costura de aquellas telas, je. Barba de dos semanas irritándole la barbilla. Camarada, nada menos. El capitán habría estado en su derecho si hubiera elegido cualquier otro apelativo más desdeñoso. Pero… ¿viejo?

El capitГЎn seГ±alГі hacia una intersecciГіn en la que otro sendero atravesaba el camino.

– ¿Es ésa la carretera a Valenda?

Hacía… Cazaril tuvo que pararse a contar mentalmente, y el total de la suma lo abrumó. Habían transcurrido diecisiete años desde que recorriera a caballo aquella senda con rumbo, no a ninguna ceremonia, sino a la guerra de verdad, en la comitiva del provincar de Baocia. Pese a la mortificación que le producía ir a lomos de un caballo castrado y no de una elegante bestia de guerra, se había sentido tan regio, joven, arrogante y orgulloso de su atuendo como los atusados bisoños que tenían ahora la vista clavada en él. Hoy, me conformaría con montar un asno, aunque tuviera que doblar las rodillas para no trazar surcos en el fango con los dedos de los pies. Cazaril sonrió a los hermanos soldados, plenamente consciente de los famélicos monederos que yacían abiertos y vacíos tras la mayoría de aquellas fachadas de riqueza.

Le apuntaban con sus narices como si pudieran olerlo a distancia. No era nadie a quien quisieran impresionar, ni lord ni lady que pudiera ser dadivoso con ellos del mismo modo que podrГ­an serlo ellos con Г©l; sin embargo, les servГ­a para practicar con alguien sus aires aristocrГЎticos. ConfundГ­an la mirada que les devolvГ­a con admiraciГіn, quizГЎ, o tal vez con simple estulticia.

ReprimiГі la tentaciГіn de indicarles el camino equivocado, en direcciГіn a algГєn establo de ovejas o dondequiera que desembocara aquella bifurcaciГіn de aspecto engaГ±osamente amplio. SerГ­a improcedente burlar a la propia guardia de la Hija en vГ­speras del DГ­a de la Hija. Y ademГЎs, los hombres que se alistaban en las santas Гіrdenes militares no destacaban por su sentido del humor, y puede que volviera a cruzarse con ellos, puesto que tenГ­an la misma ciudad por destino. Cazaril carraspeГі para aclararse la garganta, que no habГ­a utilizado para comunicarse con otro hombre desde el dГ­a anterior.

– No, capitán. El camino a Valenda está señalado por un hito real. -O lo estaba, hace tiempo-. A unos dos o tres kilómetros. No tiene pérdida.

SacГі una mano del cГЎlido refugio de los pliegues de su abrigo e hizo un gesto hacia delante. Le costaba enderezar los dedos, y se encontrГі agitando una zarpa. El frГ­o viento le laceraba las articulaciones hinchadas y se apresurГі a embutir de nuevo la mano en su madriguera de telas.

El capitán hizo una seña a su portaestandarte, un… camarada, ancho de hombros, que fijó el mástil de su pendón en el doblez de su codo y rebuscó en su bolsa. Tanteó, buscando sin duda una moneda cuya denominación fuera adecuadamente modesta. Sacó a la luz un par de piezas, sujetas entre los dedos, cuando se revolvió su caballo. Una moneda -un real de oro, no una vaida de cobre- escapó a su presa y cayó al lodo. Hizo ademán de ir tras ella, horrorizado, pero se contuvo. No podía desmontar delante de sus compañeros para escarbar en el fango y recuperarla. No era igual que el campesino por el que habían tomado a Cazaril: para consolarse, levantó la barbilla y esbozó una sonrisa agria, a la espera de que Cazaril se zambullera ansioso y ridículo en pos de aquel inesperado golpe de suerte.

En vez de complacerlo, Cazaril hizo una reverencia y entonГі:

– Quela Dama de la Primavera prodigue sus bendiciones sobre vos, joven señor, del mismo modo que habéis prodigado vos vuestra fortuna con un simple vagabundo, y con la misma disposición.


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