Размер шрифта:     
Гарнитура:GeorgiaVerdanaArial
Цвет фона:      
Режим чтения: F11  |  Добавить закладку: Ctrl+D
Следующая страница: Ctrl+→  |  Предыдущая страница: Ctrl+←
Показать все книги автора/авторов: Kesey Ken
 

«Alguien VolГі Sobre El Nido Del Cuco», Ken Kesey

Иллюстрация к книге

TГ­tulo original: One flew over the cuckoo's nest

TraducciГіn: Mireia Botill

A Vik Lovell

que, despuГ©s de haberme dicho que los dragones no existГ­an, me condujo a su guarida.

…one flew east, one flew west, one flew over the cuckoo's nest.

…uno voló al este, el otro hacia el oeste, sobre un nido de cucos voló éste.

Copla infantil

 

PRIMERA PARTE

EstГЎn ahГ­ fuera.

Chicos negros con trajes blancos se me han adelantado para cometer actos sexuales en el pasillo y luego limpiarlo antes de que consiga atraparlos.

EstГЎn fregando cuando salgo del dormitorio, los tres enfurruГ±ados y llenos de odio hacia todo: la hora que es, el lugar donde se encuentran, la gente con quien tienen que trabajar. Cuando estГЎn tan llenos de odio, mГЎs vale que no me deje ver. Me deslizo pegado a la pared, sin ruido, como el polvo sobre mis zapatillas de lona. Pero estГЎn equipados con un detector especialmente sensible que capta mi miedo y los tres levantan la vista, al mismo tiempo, con las caras negras de ojos relucientes, relucientes como las lГЎmparas de una vieja radio vista por detrГЎs.

– Ahí viene el Jefe. El Super Jefe, chicos. El Viejo Jefe Escoba. Qué tal, Jefe Escoba…

Me ponen una fregona en la mano y me indican el lugar que quieren que limpie hoy, y allГЎ voy. Uno me golpea las pantorrillas con el mango de una escoba para darme prisa.

– ¿Habéis visto cómo la agarra? Es tan grande que podría hacerme pedazos y me mira como un niño.

Se rГ­en y despuГ©s les oigo murmurar a mis espaldas, las cabezas muy juntas. Zumbido de maquinaria negra, que va zumbando odio y muerte y secretos del hospital. No se toman la molestia de bajar la voz para intercambiar sus secretos de odio cuando estoy cerca porque me creen sordomudo. Todos lo creen. He tenido la astucia de hacГ©rselo creer. Si de algo me ha servido ser mestizo en esta puerca vida, ha sido para enseГ±arme a actuar con astucia todos estos aГ±os.

Estoy fregando cerca de la puerta de la galerГ­a cuando del otro lado se oye una llave y sГ© que es la Gran Enfermera porque la cerradura cede rГЎpida, suave y familiarmente. ВЎLleva tanto tiempo rondando cerraduras! Se desliza a travГ©s de la puerta con un chorro de aire frГ­o y luego la cierra tras de sГ­ y veo cГіmo pasa los dedos sobre el acero pulido; la punta de cada dedo tiene el mismo color que sus labios. Curioso naranja. Como el extremo de un soldador. Un color tan caliente o tan frГ­o, que si ella te toca no puedes decir con cuГЎl.

Lleva su bolso de mimbre trenzado como los que la tribu Umpqua vende junto a la carretera en el caluroso mes de agosto, un bolso en forma de caja de herramientas con un asa de cáñamo. La he visto con él todos los años que llevo aquí. El tejido es de malla grande y puedo ver lo que lleva dentro; no hay polvera ni lápiz de labios ni cosas de mujeres, su bolso está lleno de miles de piezas que piensa utilizar hoy en sus tareas: ruedecillas y engranajes, ruedas dentadas pulidas hasta dejarlas relucientes, pastillitas que brillan como porcelana, agujas, fórceps, pinzas de relojero, rollos de alambre de cobre…

Cuando pasa a mi lado hace una inclinación de cabeza. Con mi escoba, me aplasto contra la pared y sonrío y procuro escabullirme al máximo de sus artilu-gios y hurtarle la mirada… no pueden adivinar tantas cosas cuando uno tiene los ojos cerrados.

En mis tinieblas oigo el eco de sus tacones de goma sobre las baldosas y el roce de su bolso de mimbre contra sus piernas se aleja de mГ­ por el pasillo. Camina muy tiesa. Cuando abro los ojos, estГЎ en el extremo del pasillo y se dispone a entrar en la encristalada Casilla de las Enfermeras donde pasarГЎ el resto del dГ­a sentada junto a su mesa, mirando por la ventana y tomando nota de lo que en las prГіximas ocho horas suceda ante sus ojos, en la sala de estar. Parece complacida y apaciguada con la idea.

Entonces… ve a los chicos negros. Todavía siguen allí, muy juntos, murmurándose cosas. Ahora advierten que los está mirando, pero ya es tarde. Ya deberían saber que no es muy buena idea formar grupos y murmurar cuando es su hora de llegar a la galería. Separan los rostros, confusos. Ella se agazapa y comienza a avanzar hacia el lugar donde los tres han quedado atrapados, apiñados en el extremo del pasillo. Sabe qué han estado diciendo y noto que está furiosa, que ha perdido completamente el control. Va a hacer pedazos a esos cochinos negros, tan furiosa está. Comienza a hincharse, se hincha y se hincha hasta desgarrar la espalda del blanco uniforme y despliega sus brazos y los extiende y alcanzan tal longitud que podrían dar cinco a seis vueltas en torno a los tres hombres. Mira a su alrededor con un rápido vaivén de la gran cabeza. Nadie a la vista, sólo allí al fondo el pobre Bromden Escoba, el mestizo, escondido detrás de su escoba, y ése no puede gritar para pedir ayuda. Conque ya no se contiene más y su sonrisa pintada se transforma, se despliega en un gran bufido, y ella se agranda, más cada vez, hasta parecer un gran tractor, tan grande que puedo oler el motor que lleva dentro, tal como huelen los motores sometidos a un esfuerzo demasiado grande. Contengo el aliento y me digo: ¡Dios mío, esta vez va en serio! ¡Van a hincharse de odio hasta los topes y van a hacerse pedazos unos a otros antes de que se den cuenta de lo que están haciendo!

Pero cuando ya empieza a enlazar a los negros con aquellos brazos extensibles y ellos están a punto de desgarrarle el vientre con los mangos de las escobas, todos los pacientes comienzan a salir de los dormitorios para ver qué alboroto es aquél, y ella tiene que transformarse de nuevo para que no descubran su verdadera y espantosa apariencia. Cuando por fin los pacientes se han frotado los ojos y logran vislumbrar, a medias, en qué consiste el tumulto, sólo ven a la enfermera jefe que, sonriente serena y fría como de costumbre, les dice a los muchachos que no deberían formar grupos y murmurar, porque es lunes por la mañana y hay muchas cosas que hacer… la primera mañana de la semana.

– … ya sabéis cómo son los lunes, muchachos…

– Sí, señorita Ratched…

– … y esta mañana tendremos muchas visitas, conque a lo mejor, si lo que estaban haciendo aquí los tres juntos no es demasiado urgente…

– ¿Siii?, señorita Ratched…

Se interrumpe y saluda con la cabeza a algunos de los pacientes que se han reunido a su alrededor y que miran con ojos enrojecidos e hinchados de sueГ±o. Los va saludando uno a uno. Un gesto preciso y automГЎtico. Tiene un rostro regular, calculado y construido con precisiГіn, como una muГ±eca de lujo, con la piel como esmalte color carne, una mezcla de blancos y cremas, y ojos azul cielo, nariz pequeГ±a, con diminutas ventanillas sonrosadas, todo bien armonizado, excepto el color de sus labios y de sus uГ±as, y el tamaГ±o de sus pechos. Fue todo un error de fabricaciГіn colocar esos grandes senos femeninos en la que, de otro modo hubiera resultado una obra perfecta, y salta a la vista lo mucho que eso le fastidia.

Los hombres siguen ahГ­ a la espera de averiguar quГ© iba a hacerles a los negros y ella recuerda haberme visto y dice:


Еще несколько книг в жанре «Современная проза»