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«La Biblia De Barro», Julia Navarro

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Para FermГ­n y Alex, siempre,

y para mis amigos, los mejores que se puedan soГ±ar

 

1

LlovГ­a sobre Roma cuando el taxi se detuvo en la plaza de San Pedro. Eran las diez de la maГ±ana.

El hombre pagГі la carrera y sin esperar el cambio, apretando bajo el brazo un periГіdico, se acercГі con paso muy vivo hasta el primer control en el que rutinariamente se comprobaba si los visitantes entraban en la basГ­lica correctamente vestidos. Nada de pantalones cortos, minifaldas, tops o bermudas.

Ya en el interior del templo, el hombre ni siquiera se detuvo ante la Piedad de Miguel ГЃngel, la Гєnica obra de arte que entre las muchas que atesora el Vaticano lograba conmoverle. DudГі unos segundos hasta orientarse y despuГ©s se dirigiГі hacia los confesionarios, donde a esa hora sacerdotes de distintos paГ­ses escuchaban en su lengua materna a fieles llegados de todas partes del mundo.

De pie, apoyado en una columna, aguardГі impaciente a que otro hombre acabara su confesiГіn. Cuando le vio levantarse, se dirigiГі hacia el confesionario. Un letrero informaba de que aquel sacerdote ejercГ­a su ministerio en italiano.

El sacerdote esbozГі una sonrisa al contemplar la figura enjuta de aquel hombre enfundado en un traje de buen corte; tenГ­a el cabello blanco cuidadosamente peinado hacia atrГЎs y el ademГЎn impaciente de quien estГЎ acostumbrado a mandar.

– Ave María Purísima.

– Sin pecado concebida.

– Padre, me acuso de que voy a matar a un hombre. ¡Que Dios me perdone!

Tras decir estas palabras, el anciano se incorporГі y, ante los ojos atГіnitos del sacerdote, se perdiГі veloz entre el enjambre de turistas que abarrotaban la basГ­lica. Junto al confesionario, tirado en el suelo, dejГі un periГіdico arrugado. El religioso tardГі unos minutos en recuperarse. Otro hombre se habГ­a arrodillado y le preguntaba impaciente:

– Padre, padre…, ¿se encuentra bien?

– Sí, sí… no, no… perdone…

Salió del confesionario y recogió el periódico. Recorrió con la mirada la página en la que estaba abierto: concierto de Rostropovich en Milán; éxito de taquilla de una película sobre dinosaurios; congreso en Roma de arqueología con la participación de reputados profesores y arqueólogos: Clonay, Miller, Smidt, Arzaga, Polonoski, Tannenberg, apareciendo este último nombre rodeado por un círculo rojo…

DoblГі el periГіdico y, con la mirada perdida, abandonГі el lugar, dejando con la palabra en la boca a aquel hombre que seguГ­a de rodillas esperando para confesar sus pecados y penas.

 

*  *  *

 

– Quiero hablar con la señora Barreda.

– ¿De parte de quién?

– Soy el doctor Cipriani.

– Un momento, doctor.

El anciano se pasó una mano por el cabello y sintió un ataque de claustrofobia. Respiró hondo intentando tranquilizarse, mientras dejaba vagar la mirada por aquellos objetos que le habían acompañado en los últimos cuarenta años. Su despacho olía a cuero y a tabaco de pipa. Sobre su mesa reposaba un marco con dos fotos, la de sus padres y la de sus tres hijos. Había colocado la de sus nietos sobre la repisa de la chimenea. Al fondo, un sofá y un par de sillones de oreja, una lámpara de pie con tulipa color crema; los estantes de caoba que recubrían las paredes y albergaban miles de libros, las alfombras persas… aquél era su despacho, estaba en su casa, tenía que tranquilizarse.

– ¡Carlo!

– Mercedes, ¡le hemos encontrado!

– Carlo, ¿qué dices?…

La voz de la mujer delataba mucha tensiГіn. ParecГ­a desear y temer, con igual intensidad, la explicaciГіn que estaba a punto de escuchar.

– Entra en internet, busca en la prensa italiana, en cualquier periódico, en las páginas de cultura, ahí está.

– ¿Estás seguro?

– Sí, Mercedes, estoy seguro.

– ¿Por qué en las páginas de cultura?

– ¿No recuerdas lo que se decía en el campo?

– Sí, claro, sí… Entonces él… Lo haremos. Dime que no te vas a echar atrás.

– No, no lo haré. Tú tampoco, ellos tampoco, les voy a llamar ahora. Tenemos que vernos.

– ¿Queréis venir a Barcelona? Tengo sitio para todos… -Da lo mismo dónde. Luego te llamo, ahora quiero hablar con Hans y con Bruno.

– Carlo, ¿de verdad es él? ¿Estás seguro? Debemos comprobarlo. Ponle bajo vigilancia, no puede volver a perderse, no importa lo que cueste. Si quieres te mando ahora mismo una transferencia, contrata a los mejores, que no se pierda…

– Ya lo he hecho. No le perderemos, descuida. Te volveré a llamar.

– Carlo, me voy al aeropuerto, cojo el primer avión que salga para Roma, no me puedo quedar aquí…

– Mercedes, no te muevas hasta que te llame, no podemos cometer errores. No escapará, confía en mí.

ColgГі el telГ©fono sintiendo la misma angustia que habГ­a notado en la mujer. ConociГ©ndola, no descartaba que en dos horas le llamara desde Fiumicino. Mercedes era incapaz de quedarse quieta y esperar, y en aquel momento menos que nunca.

MarcГі un nГєmero de telГ©fono de Bonn y esperГі impaciente a que alguien respondiera.

– ¿Quién es?


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