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«Las nubes», Juan Saer

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a Alberto E. DГ­az

Da espacio a tu deseo.

LA CELESTINA, Acto VI

 

EstГЎ viГ©ndose ya en la esquina, bajo el sol, cerca del puesto del vendedor de helados protegido por el toldo a rayas rojas y blancas, anchas. De antemano ha sentido, al cruzar la calle desde la vereda de sombra a la del sol, el asfalto, blando a causa del calor, bajo la suela de sus mocasines marrones. Y ahora, sobre la vereda gris que arde y reverbera en la siesta de verano, su sombra se proyecta a sus pies, encogida a causa de la posiciГіn del sol que no hace mucho ha empezado a bajar, lento, desde el cenit.

El cucurucho doble de crema y chocolate que se apresta a tomar serГЎ su Гєnico almuerzo, y si ha esperado hasta tan tarde -son casi las dos y media- para salir de su oficina a comprarlo, es porque ha decidido que el helado debe servirle para tirar sin comer hasta la hora de la cena. El calor es sin duda la causa principal de su frugalidad, pero una especie de estoicismo que podrГ­a considerarse como deportivo, producto no de una regla que aplica a su vida entera, sino del capricho del dГ­a, le da a esa estrategia fГ­sica una vaga coloraciГіn moral. De modo que se siente bien durante unos segundos, contento, leve, sano y, a pesar de no andar lejos ya de los cincuenta, cree poseer un porvenir -inmediato y lejano- claro, recto y vivaz, igual que una alfombra roja extendida desde la punta de sus pies hacia el infinito. Casi de inmediato, el rigor del verano, el tumulto de la calle, los gases negruzcos que despiden los coches y que envenenan el aire lo retrotraen a un poco mГЎs de realidad, a ese tГ©rmino medio del ГЎnimo que equidista de la angustia y de la euforia y que los que creen conocerlo mГЎs o menos bien, y Г©l mismo aun cuando por distracciГіn se deja convencer por ellos, llaman con certidumbre injustificada su temperamento.

La ola de calor cocina a la ciudad desde hace por lo menos una semana. Del cielo azul, sin una sola nube, el sol manda una luz omnipresente y ardua, que achicharra los ГЎrboles, enturbia la percepciГіn y embrutece el pensamiento. Гљnicamente de noche el calor afloja un poco, pero con la hora de verano, una decisiГіn administrativa que, como le gusta ironizar, hasta las gallinas reprueban, a esta altura del aГ±o no termina nunca de anochecer, y un poco despuГ©s de las tres de la maГ±ana, cuando a causa del calor uno todavГ­a no ha logrado dormirse, el alba rompe, lГ­vida, por el este, y el sol intolerable reaparece. En las orillas del rГ­o la gente se tuesta esperando la noche, la lluvia, las vacaciones, alguna brisa improbable, pero los que trabajan, cuando los observan, sudorosos, desde los muelles, desde algГєn puente, desde el colectivo, desde el metro aГ©reo que atraviesa el Sena, los consideran mГЎs con escepticismo que con envidia.

Es el seis de julio. El aГ±o pasado, despuГ©s de veinte de ausencia, con el pretexto de liquidar los Гєltimos bienes familiares, PichГіn ha visitado por algunas semanas su ciudad natal, de mediados de febrero a principios de abril A pesar de los aГ±os, de las decepciones y de la extraГ±eza, se ha traГ­do, de vuelta a ParГ­s, algunos buenos recuerdos, y la promesa de Tomatis de venir a visitarlo, pero pasГі un aГ±o entero sin que Tomatis se decidiese a viajar. De tanto en tanto, los domingos, se llamaban por telГ©fono, aunque nunca tenГ­an nada preciso que decirse, y como viven en hemisferios diferentes, de tal modo que cuando uno estГЎ en pleno verano el otro ve golpear los puГ±ados de lluvia helada contra la ventana, y como a causa de la diferencia horaria cuando en la ciudad es de maГ±ana en ParГ­s es de tarde, y cuando en la ciudad es de tarde en ParГ­s es ya de noche, el tiempo ocupaba una buena parte de sus conversaciones. Hasta que, menos de dos meses atrГЎs, un domingo de mayo en que hablaron un poco mГЎs que de costumbre del tiempo porque, a pesar de la diferencia de estaciГіn, de paГ­s, de continente y de hemisferio, las condiciones climГЎticas eran idГ©nticas (un dГ­a frГ­o y lluvioso), Tomatis le anunciГі por fin la buena noticia de que a principios de julio pasarГ­a unos dГ­as por ParГ­s.

Pero eso no fue todo: Tomatis le adelantГі tambiГ©n que Marcelo Soldi, ese muchacho de barba en la lancha de cuyo padre habГ­an ido un dГ­a con los chicos a visitar a la hija de Washington, Вїse acordaba?, tenia la intenciГіn de escribirle para mandarle algo que estaba preparando desde hacГ­a algunos meses, y, tal vez con el fin de avivar su interГ©s, Tomatis dejГі caer sin darle mayores explicaciones una frase enigmГЎtica: "SaliГі a buscar Troya y casi se topa con el Hades". Pero por cierto que no bromeaba porque, cosa de un mes mГЎs tarde, el envГ­o llegГі: era un sobre de tamaГ±o mediano, protegido por un forro interior de burbujas de plГЎstico, autoadhesivo, pero al que, por precauciГіn, Soldi habГ­a sellado con cinta adhesiva transparente, y que contenГ­a una carta bastante larga y una disquette de la computadora. Soldi masculinizaba la palabra y le ponГ­a un acento grave, lo que por escrito daba como resultado "el disket". En un pasaje de la carta decГ­a: "Aparte de las conversaciones con Tomatis, que a veces pueden exigir cierta dosis de paciencia, me distraen tambiГ©n los paseos en auto, al azar, por el campo, y hurgar viejos papeles que conservan, milagrosamente la mayor parte del tiempo, la memoria de este lugar, o de cualquier otro, si viviese en cualquier otro. Lo que es vГЎlido para un lugar es vГЎlido para el espacio entero, y ya sabemos que sГ­ el todo contiene a la parte, la parte a su vez contiene al todo. No lo hago con veleidades de historiador porque no tengo ninguna fe en la historia. No creo ni que pueda servir de modelo para el presente, ni que podamos recuperar de ella otra cosa que unos pocos vestigios materiales, lГЎpidas, imГЎgenes, objetos y papeles en los que, lo reconozco, lo que aparece escrito puede ser un poco mГЎs que materia. Lo que percibimos como verdadero del pasado no es la historia, sino nuestro propio presente que se proyecta a sГ­ mismo y se contempla en lo exterior".

Y en otra parte de la carta: "Tengo cierta ventaja sobre otros aficionados a los archivos: le caigo bien a las viejas. El texto que te mando en el dГ­sket me lo confiГі una seГ±ora nonagenaria que, me parece, nunca lo leyГі. Por suerte para ella, la pobre muriГі mientras yo lo estaba descifrando y pasando en limpio con total fidelidad, de modo que ya no estarГ© obligado a contarle vaguedades o a mentirle sobre el contenido de esos papeles, que, en razГіn de que su propietaria no tenГ­a herederos, depositГ© en el Archivo Provincial, donde pueden ser consultados, apenas terminГ© de copiarlos. Nos interesa mucho tu opiniГіn porque, contrariamente a lo que yo considero, Tomatis afirma que no se trata de un documento autГ©ntico sino de un texto de ficciГіn. Pero yo digo, pensГЎndolo bien, ВїquГ© otra cosa son los Anales, la Memoria sobre el calor de Lavoisier, el CГіdigo NapoleГіn, las muchedumbres, las ciudades, los soles, el universo?". Y por Гєltimo: "El manuscrito que me dio la anciana no tiene titulo, pero si entendГ­ bien ciertos pasajes, creo que a su autor no le parecerГ­a inadecuado que le pusiГ©ramos las nubes".

El sobre llegГі en el mes de junio, el veintiuno pura ser exactos, en la puerta del verano. Desde entonces, como estaba terminando el ano universitario, entre las reuniones, los exГЎmenes y los coloquios, a PichГіn le ha faltado tiempo para enterarse del contenido del misterioso "dГ­sket" que se ha estado cubriendo de polvo, abandonado entre libros, cuadernos y papeles sobre su escritorio. El dos de julio, su mujer y los chicos se fueron al mar y Г©l se quedГі en ParГ­s a causa de un par de reuniones que lo demoraron y porque Tomatis le habГ­a anunciado su llegada desde Madrid para el siete a la noche. Decidieron de comГєn acuerdo pasar dos o tres dГ­as solos en ParГ­s para charlar a sus anchas, y viajar despuГ©s a reunirse con Babette y los chicos en BretaГ±a.

Esta maГ±ana, a eso de las nueve y media, ha asistido a una reuniГіn en la facultad, y despuГ©s se ha quedado trabajando hasta las dos y media en su oficina, ha bajado a tomar un helado, y se ha vuelto a su casa a dormir la siesta. Como muchos habitantes de la ciudad ya se han ido y los turistas por alguna razГіn todavГ­a no han llegado -tal vez a causa del calor excesivo han preferido el mar o la montaГ±a- la ciudad estГЎ vacГ­a y como a causa del viaje de su familia tambiГ©n lo estГЎ su departamento, por momentos se establece entre el departamento y la ciudad una curiosa analogГ­a, y como las ventanas estГЎn siempre abiertas para aprovechar las corrientes de aire, existe entre la ciudad y la casa una especie de continuidad; por momentos, no se sabe bien cuГЎl de las dos contiene a la otra. Hay un silencio mayor que el de costumbre, y que crece todavГ­a mГЎs cuando llega la noche ardiente y pegajosa despuГ©s del dГ­a interminable. En short, con todas las luces apagadas, PichГіn suele acodarse en la ventana del segundo piso que da a la calle callada y vacГ­a, y mientras fuma cigarrillo tras cigarrillo, va auscultando, mГЎs que los detalles exteriores de la noche, las sensaciones que esos detalles despiertan en Г©l, y que lo retrotraen al pasado, a su infancia sobre todo, por momentos de un modo tan intenso y claro que el tiempo parece abolido, a punto de inducirlo a pensar que muchas sensaciones que Г©l ha creГ­do siempre propias de un lugar, eran en realidad propias del verano.

A eso de las siete, un poco atontado por el calor y por la siesta demasiado larga, sale a hacer algunas compras por el barrio, pero despuГ©s de pasar un rato en una vinerГ­a eligiendo algunas botellas de vino blanco para los dГ­as venideros, descansado, limpio y bastante feliz, atravesando el aire azul del anochecer, por las calles calientes, silenciosas y vacГ­as, vuelve a la casa vacГ­a. Apenas entra en ella se vuelve a duchar, se seca con suavidad, aplicando la toalla contra su piel y apretando un poco, casi sin frotar, como se aplica un secante sobre unos renglones de tinta fresca, y se pone, por toda vestimenta, un short limpio. Cena liviano -una tajada de jamГіn, unos tomates, un poco de queso, agua mineral-, pero cuando se sienta frente a la computadora, la pone en funcionamiento e introduce "el dГ­sket" para leer su contenido en la pantalla, lo piensa mejor y se dirige a la heladera. Vuelve con una gran taza de loza blanca llena de cerezas que deposita en el escritorio, al alcance de su mano izquierda, entre biromes, lГЎpices, encendedores, un par de paquetes de cigarrillos, y un pesado cenicero de vidrio verde oscuro, grueso. Cuando empieza a leer el texto haciГ©ndolo desfilar en la pantalla de la computadora, y aunque va llevГЎndose a la boca, una a una, sin mirarlas, las cerezas, el gusto, dulce y ГЎcido a la vez, lo hace representarse las esferitas de un rojo vivo igual que si las sensaciones tГЎctiles y gustativas que se van produciendo en el interior de la boca, diesen un rodeo por los ojos, o por la memoria, antes de llegar al cerebro. Grandes, carnosas, frГ­as, gloriosamente firmes y rojas, que, una vez obtenida, y aunque tantos pretendan lo contrario, por casualidad la primera, la materia se puso porque sГ­ a multiplicar, son sin embargo, porque corre el mes de julio, las Гєltimas del verano. Y nada asegura que, con la misma liviandad caprichosa con que salieron de la nada a la luz del dГ­a, despuГ©s del invierno interminable y negro, volverГЎn a aparecer.

 

RГ­os por demГЎs crecidos, un verano inesperado, y esa carga tan singular: asГ­ podrГ­an resumirse, con la perspectiva del tiempo y de la distancia, para explicar la dificultad paradГіjica de avanzar en lo llano, nuestras cien leguas de vicisitudes.

Ese viaje demasiado largo y dificultoso tuvo lugar -cГіmo podrГ­a olvidarlo- en agosto de mil ochocientos cuatro. El primero de ese mes salimos hacia Buenos Aires bajo una terrible helada, y los cascos de los caballos quebraban las lГЎminas, de un rosa azulado, de la escarcha en el amanecer, pero a los pocos dГ­as ya estГЎbamos enredados en un verano pegajoso y truculento. Yo habГ­a hecho el trayecto inverso de Buenos Aires a la ciudad, y aunque Г©ramos apenas cuatro jinetes, y por lo tanto progresГЎbamos, a pesar de los obstГЎculos innumerables, diez veces mГЎs rГЎpido que a la vuelta, aГєn a la hora en que el sol estaba mГЎs alto, el frГ­o nos atormentaba. AsГ­ que ese calor desmedido nos confundГ­a doblemente, primero por su rigor, que era grande, y tambiГ©n por su apariciГіn a destiempo, en contradicciГіn con las leyes naturales y el advenir natural de las estaciones. Lo poco en cuenta que la naturaleza tiene nuestros planes y hasta las leyes que le atribuimos parecГ­a demostrarlo con insolencia ese calor inusual en medio de uno de los inviernos mГЎs crudos que la regiГіn, segГєn numerosos testimonios, habГ­a padecido. El verano intempestivo, que en la misma semana hizo florecer y aniquilГі un simulacro de primavera, desencadenГі en menos de un mes una sucesiГіn anГіmala de estaciones que desfilaban precipitadas y en desorden. Pero Osuna, el baqueano que nos habГ­a guiado hasta la ciudad y nos llevaba, en convoy numeroso esta vez, de vuelta a Buenos Aires, decГ­a que, de tanto en tanto, en pleno agosto llegaba un verano asГ­ que iba preparando, para el dГ­a treinta, la tormenta de Santa Rosa. DemГЎs estГЎ decir que, como siempre, Osuna tenГ­a razГіn, y que el treinta justo, unos dГ­as antes de llegar a destino, la tormenta prevista, si bien contribuyГі a sacarnos de una situaciГіn mГЎs que delicada, coronГі el desfile de adversidades.

Pero me adelanto a los hechos y tal vez, por consideraciГіn hacia el posible lector en cuyas manos caiga algГєn dГ­a, en las dГ©cadas venideras, esta memoria, serГЎ mejor que me presente: soy el doctor Real, especialista de las enfermedades que desquician no el cuerpo sino el alma. Oriundo de la Bajada Grande del ParanГЎ, nacГ­ y crecГ­ en las colinas delicadas que ven llegar, desde el norte, la corriente incesante y rojiza del gran rГ­o. Con los franciscanos aprendГ­ las primeras letras, pero cuando llegГі la edad de profundizar mis estudios, Madrid les pareciГі a mis padres mГЎs aceptable que cualquier otro lugar como capital del saber, lo que puede explicarse por el hecho de que ellos mismos eran castellanos, y porque esperaban que hasta AlcalГЎ de Henares no llegarГ­a el tumulto que, partiendo de Francia, desde hacГ­a seis o siete aГ±os sacudГ­a a Europa. A diferencia de mis padres, a mГ­ era ese tumulto lo que me atraГ­a, y como ya habГ­a empezado a interesarme por las enfermedades del alma, cuando llegГі a mis oГ­dos que habГ­an liberado de sus cadenas a los locos en el hospital de la SalpetriГЁre, supe que era en el fervor de ParГ­s y no en los claustros soГ±olientos de AlcalГЎ donde proseguirГ­a mis estudios. Como todas las otras y en cualquier perГ­odo de la historia, la Гєltima dГ©cada del siglo pasado fue tumultuosa; como todos los padres, los mГ­os trataron de educarme al margen del tumulto; y, como todos los jГіvenes, era justamente en el tumulto donde a mГ­ me parecГ­a que empezaba la verdadera vida.

No me equivocaba. En los hospitales de ParГ­s descubrГ­ una ciencia nueva, y entre sus principales representantes, al doctor Weiss. Un puГ±ado de mГ©dicos que eran a la vez pensadores afirmaban que, de ciertas enfermedades del alma, como algunos filГіsofos de la antigГјedad lo habГ­an entrevisto, y aun cuando factores corporales podГ­an ser a veces determinantes, habГ­a que buscar la causa no en el cuerpo sino en el alma misma. El doctor Weiss habГ­a ido de Amsterdam a ParГ­s con el fin de confirmar esa observaciГіn; yo, mucho mГЎs joven, a enterarme de que tanto el sabio holandГ©s como esa observaciГіn existГ­an, y hasta podrГ­a decirse que formaban una entidad. Al tiempo de llegar, la idea se volviГі una evidencia apasionada, y el doctor Weiss mi amigo, mi maestro y mi mentor. De manera que cuando decidiГі instalarse en Buenos Aires para ejercer segГєn sus principios la nueva disciplina, me convertГ­ con toda naturalidad en su ayudante. DemГЎs estГЎ decir que antes de tomar su decisiГіn definitiva me interrogГі a fondo sobre la regiГіn y sus habitantes, pero como mi intenciГіn en esta memoria es respetar la verdad en forma escrupulosa, debo reconocer que instalarse en AmГ©rica habГ­a sido su proyecto desde mucho antes de conocerme, y que su interГ©s por mi insignificante persona se acrecentГі cuando supo por terceros que yo era originario del RГ­o de la Plata. Ya en aquel entonces, las colonias espaГ±olas de AmГ©rica atraГ­an a cientГ­ficos, comerciantes y aventureros; la empalizada con que la MetrГіpoli pretendГ­a aislarlas estaba agujereada por todos lados, de modo que era de lo mГЎs fГЎcil colarse por los huecos, y hasta los que habГ­an sido nombrados por Madrid para impedirlo se beneficiaban con la situaciГіn. Pero el doctor Weiss no era hombre de actuar de contrabando. Antes de cruzar el ocГ©ano y, debo decirlo, con mГЎs facilidad de lo que me costГі unos aГ±os mГЎs tarde atravesar un mar de tierra firme, pasamos por la Corte y unos meses despuГ©s ya habГ­amos obtenido la autorizaciГіn necesaria. AsГ­ que en abril de mil ochocientos dos, la Casa de Salud del doctor Weiss se inaugurГі a dos o tres leguas al norte de Buenos Aires, en un lugar llamado Las tres acacias, no lejos del rГ­o, pero en terreno alto para prevenir las inundaciones, con el triple beneplГЎcito, que no durГі mucho, de los notables locales, de las autoridades del RГ­o de la Plata y de la Corona. Los propГіsitos del doctor no eran filantrГіpicos, pero enriquecerse era para Г©l mГЎs bien un medio, que le permitirГ­a proseguir sus investigaciones y, de ser posible, recuperar una parte de su inversiГіn inicial, que le insumiГі la totalidad de la herencia familiar, en libros, viajes, influencias para obtener las autorizaciones necesarias, y sobre todo, en la construcciГіn y puesta en funcionamiento de la Casa de Salud propiamente dicha, un vasto edificio de varias alas, de espesas paredes blancas y techo de tejas, en las barrancas que dominan el rГ­o. La Casa se conformaba a un modelo que existГ­a ya en Europa, y sobre todo en ParГ­s, donde varias instituciones de ese tipo habГ­an sido fundadas en los Гєltimos aГ±os, pero la arquitectura se inspiraba en el convento, en el beguinage, en el retiro filosГіfico, con vagas reminiscencias de la Academia y del JardГ­n de Epicuro, rechazando las cadenas, la cГЎrcel, las mazmorras; un hospital ideal para dar reposo y cuidado que, por sus caracterГ­sticas, no podrГ­an por desgracia aprovechar mГЎs que los enfermos ricos. Pero la intenciГіn del doctor Weiss era la de ocuparse tambiГ©n, por otros medios y en algГєn otro lugar, de los pobres, que aun cuando le hubiesen resultado indiferentes, lo que por cierto no era el caso, sus intereses cientГ­ficos se lo exigГ­an, puesto que para Г©l las enfermedades del alma, si la mayor parte tenГ­a sus causas en el alma misma, podГ­an deberse en algunos casos a causas concomitantes que provenГ­an de diferentes partes del cuerpo, junto con otros motivos exteriores, originarios del mundo circundante, clima, familia, condiciГіn, raza, vicisitudes. Que Гєnicamente los ricos pudiesen pagarse el tratamiento da una idea de su complejidad minuciosa: cada enfermo era considerado como un caso Гєnico, con pertinencia y dulzura, en una cura de larga duraciГіn que exigГ­a, ademГЎs de tiempo, espacio, ciencia y trabajo. La Casa de Salud sustituГ­a el hogar que los enfermos habГ­an perdido y, consciente de que las familias ricas no sabГ­an quГ© hacer con sus locos, y que, por proteger su propia reputaciГіn, no se resignaban a dejarlos errar por las calles como hacen los pobres con los suyos, hubiesen deseado encontrar un lugar que pudiese acogerlos, el doctor tuvo la idea de abrir su Casa: fue tal vez la primera de ese gГ©nero en todo el territorio americano,


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