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«La Pesquisa», Juan Saer

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A Ricardo Piglia

 

AllГЎ, en cambio, en diciembre, la noche llega rГЎpido. Morvan lo sabГ­a. Y a causa de su temperamento y quizГЎs tambiГ©n de su oficio, casi inmediatamente despuГ©s de haber vuelto del almuerzo, desde el tercer piso del despacho especial en el bulevar Voltaire, escrutaba con inquietud las primeras seГ±ales de la noche a travГ©s de los vidrios helados de la ventana y de las ramas de los plГЎtanos, lustrosas y peladas en contradicciГіn con la promesa de los dioses, o sea que los plГЎtanos nunca perderГ­an las hojas, porque fue bajo un plГЎtano que en Creta el toro intolerablemente blanco, con las astas en forma de medialuna, despuГ©s de haberla raptado en una playa de Tiro o de SidГіn -para el caso es lo mismo- violГі, como es sabido, a la ninfa aterrada.

Morvan lo sabГ­a. Y sabГ­a tambiГ©n que era al anochecer, cuando la bola de fango arcaica y gastada, empecinada en girar, desplazaba el punto en el que se agitaban, Г©l y ese lugar llamado ParГ­s, alejГЎndolo del sol, privГЎndolo de su claridad desdeГ±osa, sabГ­a que era a esa hora cuando la sombra que venГ­a persiguiendo desde hacГ­a nueve meses, inmediata y sin embargo inasible igual que su propia sombra, acostumbraba a salir del desvГЎn polvoriento en el que dormitaba, disponiГ©ndose a golpear. Y ya lo habГ­a hecho -agГЎrrense bien- veintisiete veces.

AllГЎ la gente vive mГЎs que en cualquier otro lugar del planeta; se vive mГЎs tiempo si se es francГ©s o alemГЎn que africano y, si se es francГ©s, se vive mГЎs tiempo si se es, parece, hombre de la ciudad que agricultor por ejemplo, y si se es de la ciudad -siempre segГєn las estadГ­sticas- se vive mucho mГЎs tiempo si se es parisino que si se es de cualquier otra ciudad y, si se es parisino, se vive mucho mГЎs tiempo si se es mujer que si se es hombre -y algo debe haber de cierto en todo esto, porque en ParГ­s abundan las viejecitas: nobles, burguesas, pequeГ±oburguesas o proletarias, solteronas achicharradas o mujeres libres que envejecieron obstinГЎndose en no perder su independencia orgullosa, viudas de notarios o de mГ©dicos, de comerciantes o de conductores de subterrГЎneo, exverduleras o exprofesoras de dibujo o de canto, novelistas en plena actividad, emigradas rusas o californianas, viejas judГ­as sobrevivientes de la deportaciГіn, e incluso antiguas cocottes, obligadas a retirarse por un censor mГЎs severo que las buenas costumbres, quiero decir el tiempo: la luz del dГ­a las ve reaparecer cada maГ±ana, emperifolladas o casi en harapos, segГєn su condiciГіn, estudiando dubitativas los estantes multicolores de los supermercados, o, si hace buen tiempo, en los bancos verde oscuro de las plazas y de las avenidas, sentadas solas y tiesas o en conversaciГіn animada con algГєn otro ejemplar de su especie, o dГЎndole, en actitud ya inmortalizada por las postales, migas a las palomas; de maГ±ana, en primavera, se las puede divisar en salto de cama, el torso inclinado hacia el vacГ­o en la ventana de un quinto o sexto piso regando con aplicaciГіn malvones florecidos. En el interior de los edificios se las ve subir o bajar las escaleras, precavidas y lentas, con un bolso de provisiones o un caniche nervioso, pueril y un poco ridГ­culo que llevan en los brazos y del que hablan a veces con algГєn vecino empleando una terminologГ­a de anГЎlisis psicolГіgico que ningГєn psicГіlogo se atreverГ­a ya a aplicar a un ser humano. Cuando son demasiado viejas, el asilo o la muerte las escamotean, sin que sin embargo su nГєmero disminuya, porque nuevas promociones de viudas, de divorciadas y de solteronas, despuГ©s del lapso irreal y demasiado largo de lo que llaman vida activa, vienen a ocupar, habiendo ya enterrado a todos sus parientes y conocidos, inconcientes o resignadas, las vacantes.

La obstinaciГіn por durar, mГЎs misteriosa todavГ­a que el concurso de circunstancias que puso al mundo en funcionamiento y mГЎs tarde a ellas -y tambiГ©n a nosotros- en el mundo, las va depositando en sus departamentos exiguos, llenos de bГЎrtulos y de carpetitas, de manteles bordados antes de la segunda guerra y de alfombras gastadas, de muebles de familia y de baГєles, de botiquines repletos de remedios, de juegos de cubiertos que vienen del siglo pasado y de fotos amarillentas en las paredes y sobre el mГЎrmol de las cГіmodas. Algunas viven todavГ­a en familia, pero la mayorГ­a o bien no tiene ya mГЎs a nadie o prefiere vivir sola; las estadГ­sticas -quiero que sepan desde ya que este relato es verГ­dico- han demostrado por otra parte que, a cualquier edad, las mujeres en general soportan mejor la soledad y son mГЎs independientes que los hombres. El caso es que son innumerables, y aunque tambiГ©n las estadГ­sticas y tambiГ©n, desde luego, en general, demuestran que los ricos viven mГЎs que los pobres, las hay que pertenecen a todas las clases sociales, y si bien por la vestimenta y por los lugares donde habitan revelan sus orГ­genes y sus medios, todas tienen los rasgos comunes propios a su sexo y a su edad: el paso lento, las manos arrugadas y llenas de vetas oscuras, la dignidad ligeramente artrГ­tica de los gestos, la melancolГ­a evidente de los inconcebibles dГ­as finales, los Гіrganos parsimoniosos y los reflejos indecisos y seniles, para no hablar de las operaciones mГєltiples, cesГЎreas, extracciones de muelas y de cГЎlculos, ablaciones de senos, raspados y eliminaciГіn de quistes y de tumores, o de las deformaciones reumГЎticas, de los disturbios neurolГіgicos, la ceguera progresiva o la sordera total, los senos que se desinflan o se achicharran y las nalgas que se desmoronan, y por Гєltimo, de la hendidura legendaria que, literalmente, expele no solamente al hombre sino tambiГ©n al mundo, el tajo rosa que se reseca, se entrecierra y se adormece.

Y, sin embargo, si la noche se las traga, con el dГ­a, como decГ­a, reaparecen, y las que no se han dejado corroer por la desesperanza, la miseria, las ilusiones perdidas, la tristeza, florecen a media maГ±ana con sus sombreritos pasados de moda, sus tapados severos, sus pinceladas discretas de colorete, trotando a la par de sus caniches o bajando cinco o seis pisos de escaleras para ir a comprar la comida de los gatos, el alpiste del canario, o la revista semanal con los programas completos de televisiГіn, o tal vez, y por quГ© no, al restaurante del que saldrГЎn a principios de la tarde para ir a visitar a algГєn conocido al hospital, o mГЎs probablemente todavГ­a al cementerio para limpiar la tumba de algГєn pariente, vueltas ya casi, de materia que eran, sГ­mbolo, idea, metГЎfora o principio.

Por cierto que son un elemento propio de esa ciudad, un detalle del color local, como el museo del Louvre, el Arco de Triunfo o los malvones en los rebordes de las ventanas a cuya existencia, hay que reconocerlo, con sus regaderitas de plГЎstico o sus jarras de agua matinal, ellas contribuyen de todas maneras mГЎs que nadie. Como premio quizГЎs por el trabajo de preservar y aun de multiplicar hombre y mundo en la red de sus entraГ±as tan deseadas, o por pura casualidad, a causa de un ordenamiento aleatorio de tejidos, de sangre y de cartГ­lagos, les ha sido dado a muchas de ellas persistir un poco mГЎs que los otros, en las mГЎrgenes del tiempo, igual que esos remansos en los rГ­os en los que el agua parece detenida y lisa, debido a una fuerza invisible que frena la corriente horizontal, pero tira inexorable y vertical hacia el fondo.

Aunque en apariencia son inofensivas, a veces pueden ser irritantes, y tal vez la conciencia de su propia fragilidad, que de un modo paradГіjico las induce a creerse invulnerables, le da cierto desparpajo a sus opiniones, lo que puede convertirlas en la voz cantante de su Г©poca, de modo que en cierto sentido sus observaciones severas en la puerta de una panaderГ­a, sus anГЎlisis sociolГіgicos en los salones de tГ©, sus comentarios mecГЎnicos hechos a solas en voz alta ante las imГЎgenes del televisor, revelan mГЎs los trasfondos del presente que los discursos de los asГ­ llamados polГ­ticos, especialistas en ciencias humanas y periodistas. La conversaciГіn diaria de una anciana con su canario, mientras le limpia la jaula, es tal vez el Гєnico debate serio de los tiempos modernos, no los que tienen lugar en las cГЎmaras, en los tribunales o en la Sorbona: habiendo ganado, despuГ©s de haberlo perdido todo, el privilegio de no tener nada que perder, una sinceridad sin premeditaciГіn preside su estilo oratorio, que a veces ni siquiera se expresa con palabras, sino mГЎs bien con silencios y ademanes significativos, con sacudimientos de cabeza para nada explГ­citos, y con miradas en las que se confunden ardor y desapego. El tГ©rmino medio, bueno o malo, sale de entre sus labios arrugados, provocando a veces, en interlocutores menos satisfechos consigo mismos que ellas, la risa, el estupor, e incluso la indignaciГіn. Ya sabemos que la expresiГіn popular como dijo una vieja anuncia siempre algГєn dislate del que nos reГ­mos de antemano, y que en los cuentos y en las canciones populares las ancianas andan por lo general en conflictos de preeminencia con el diablo. Porque en definitiva, y aunque a menudo amenacen con ella a las criaturas, la malignidad de los viejos tiene para el resto del mundo cierta comicidad, igual que un lapsus verbal o un anacronismo.

Eximidas del delito de opiniГіn, otros peligros acechan a las ancianas. En la selva de las ciudades, lo mismo que en la literal, deseo y pГЎnico, accidente y necesidad, determinan el desenvolvimiento de las especies, y los manotazos de ciego que suele dar la expansiГіn tortuosa o recta, precipitada o lenta de las cosas, tambiГ©n alcanza a las viejecitas: puГ±etazos de drogados, descontrol nocturno de ladrones principiantes sorprendidos en pleno trabajo, argumentaciГіn envolvente de estafadores, e incluso adolescentes en patines sobre las veredas grises de la ciudad privada de horizonte, dejan su tendal de viejecitas despojadas, ensangrentadas y llorosas. Al galope del mundo -ya lo sabemos- no es el jinete sino el caballo el que lo dirige. Pero no era eso lo que le preocupaba a Morvan cuando escrutaba, esa tarde de diciembre, casi enseguida despuГ©s de haber vuelto del almuerzo, a travГ©s de las ramas peladas de los plГЎtanos, la caГ­da rГЎpida de la noche.

Faltaban dos o tres dГ­as para Navidad, de modo que era en el centro mismo del invierno que Morvan reflexionaba. El cielo blanco y que sin embargo no aclaraba la atmГіsfera anunciaba, como se dice, nieve. HabГ­a mucha gente por la calle. Mujeres cargadas de paquetes, de bolsos, de ramas de pino y de criaturas, cruzaban apuradas por las rayas blancas de los pasajes para peatones en todo el perГ­metro de la plaza LeГіn Blum del que Morvan, en el lugar en que estaba y por mucho que se inclinara hacia la ventana, no podГ­a ver mГЎs que una parte, aunque, de tanto haberlo recorrido en los Гєltimos meses, cuando la Brigada Criminal habГ­a decidido instalar el despacho especial, conocГ­a de memoria cada uno de sus tramos, el entrecruzamiento, no en forma de estrella sino mГЎs bien de asterisco, de la rue de la Roquette y el bulevar Voltaire, mГЎs la rue Godefroy Cavaignac, la rue Richard Lenoir, y las avenidas Ledru Rollin y Parmentier, que nacГ­an en diversos puntos de la plaza. En todo el perГ­metro, los supermercados, los bares y las florerГ­as, el Burger King de una de las esquinas, la plazoleta con la calesita en el cruce de la avenida Ledru Rollin con el tramo oeste de la rue de la Roquette, las zapaterГ­as, las pizzerГ­as y las farmacias, las verdulerГ­as y las rotiserГ­as, le tejГ­an una especie de corona clara y colorida al edificio sombrГ­o del municipio, al que los adornos luminosos que colgaban de su fachada, instalados especialmente para las fiestas, no conseguГ­an alegrar. A travГ©s del vidrio y desde el tercer piso, y sobre todo en esa atmГіsfera particular que precede siempre a una gran nevada, el ir y venir de la muchedumbre un poco fantasmal ocupada en sus diligencias de Navidad, le llegaba como un tumulto silencioso. La escena agitada pero blanda y lejana de los comercios iluminados, la municipalidad sombrГ­a, los autos que esperaban en los semГЎforos o cruzaban a paso de hombre las esquinas, la gente cargada de paquetes y bien envuelta en ropa de lana, las fachadas grises de las casas y los techos de pizarra, las ramas peladas de los plГЎtanos, en contradicciГіn con la promesa de los dioses, y el cielo blanco anunciando nieve inminente, el cuadro vivo que se movГ­a allГЎ abajo, privado durante unos segundos de sus explicaciones causales, tenГ­a la intensidad nГ­tida y al mismo tiempo extraГ±a de una visiГіn. El gran alrededor del mundo, claro y distante a la vez, le daba de golpe la impresiГіn de haberlo expelido a un exterior impensable de las cosas. Pero esa impresiГіn sГєbita pasГі en seguida y, mientras espiaba la llegada de la noche, Morvan siguiГі rumiando su preocupaciГіn principal.

Se sentГ­a amargo y lГєcido, confuso y alerta, cansado y decidido. En veinte aГ±os ejemplares en la policГ­a, el comisario Morvan no habГ­a tenido nunca la oportunidad de enfrentarse a una situaciГіn semejante: el hombre que buscaba le daba, sobre todo en los Гєltimos meses, una sensaciГіn de proximidad e incluso de familiaridad, lo que por momentos lo abatГ­a de un modo inexplicable y al mismo tiempo lo estimulaba a seguir buscando. Esa sensaciГіn tenГ­a sus razones objetivas, porque el espacio en el que se cometГ­an los crГ­menes venГ­a circunscribiГ©ndose a un radio cada vez mГЎs corto a partir del despacho especial de la Brigada, y en esa restricciГіn habГ­a sin duda un elemento significativo, del que era difГ­cil decidir si se trataba de un azar persistente o de un desafГ­o, una especie de regla que el asesino se imponГ­a, un capricho transformado en obligaciГіn igual a los que se someten la locura o el arte. Es verdad que en los meses transcurridos desde los primeros crГ­menes, el asesino nunca habГ­a actuado mГЎs que en los arrondissements dГ©cimo y undГ©cimo, y que en los Гєltimos meses se habГ­a limitado al undГ©cimo, lo que explicaba la instalaciГіn del despacho especial de la Brigada enfrente de la municipalidad, en el bulevar Voltaire, con Г©l, Morvan, como jefe de operaciones, pero la proximidad creciente de los crГ­menes respecto del despacho, le producГ­a a veces un malestar fugaz y angustioso, y cualquiera fuese la explicaciГіn, regla o casualidad, capricho compulsivo o desafГ­o temerario, le parecГ­a igualmente inquietante.

Era tal vez demasiado buen policГ­a. En todo caso, a veces lo pensaba de sГ­ mismo, y de tanto en tanto era a su profesiГіn, y al hecho de no haber tenido hijos -que de ningГєn modo lamentaba- lo que consideraba como las causas principales de su fracaso matrimonial. El Гєltimo aГ±o sobre todo, despuГ©s de la separaciГіn con Caroline, decidida de comГєn acuerdo pero a partir de un deseo de Morvan, el sentimiento de haber llegado a los cuarenta y tantos aГ±os para encontrarse en la soledad mГЎs absoluta venГ­a siempre acompaГ±ado de una sospecha y al mismo tiempo de una determinaciГіn: que era la profesiГіn de policГ­a la causa de sus trastornos afectivos, pero que de ningГєn modo podГ­a renunciar a ella. Su oficio era menos un trabajo o un deber que una pasiГіn, con todos los excesos contradictorios que una pasiГіn puede acarrear. No es que lo hubiesen tentado nunca el abuso de poder o la brutalidad o ni siquiera la venalidad frecuente entre sus colegas, no, nada de eso: era el mГЎs recto -tal vez un poco demasiado como podГ­a pensarlo a veces Г©l mismo con un poco de ironГ­a- y el mГЎs meticuloso desde el punto de la ley -tal vez un poco demasiado, como pensaban a veces sus colegas con un dejo de agobio y hasta de malhumor- de toda la Brigada Criminal; y podrГ­a haber llegado mucho mГЎs alto en la jerarquГ­a si, imitando a algunos compaГ±eros de promociГіn, le hubiese robado algunas horas a su trabajo para dedicГЎrselas, como se dice, a la polГ­tica. Pero aun los que lo habГ­an sobrepasado en grado y frecuentaban los corredores de los ministerios y de las embajadas, los palacetes de los emires y de los dictadores africanos, no ignoraban que una investigaciГіn difГ­cil, que exigiese imaginaciГіn y perseverancia, tiempo y razonamiento, flexibilidad y obstinaciГіn, una investigaciГіn de la que por otra parte a ellos no les hubiese interesado en absoluto ocuparse, Гєnicamente el comisario Morvan podГ­a llevarla hasta el final y extraer de ella, sean cuales fueren, hasta las Гєltimas consecuencias. Como en todo investigador autГ©ntico, cualquiera fuese el campo al que la aplicara, la pulsiГіn de verdad sobresalГ­a en Г©l del hervidero de sus otras pulsiones, adormiladas por la urgencia impasible del conocer, que en Г©l no tenГ­a mГЎs lГ­mite que la legalidad y que por esa razГіn era indiferente a la compasiГіn -que al margen de su oficio no le faltaba- e incluso a veces a la justicia.

HabГ­a tenido una vida no difГ­cil, pero sГ­ sombrГ­a -segГєn una versiГіn antigua, anterior a la experiencia y a la memoria, su madre habГ­a muerto durante el parto, y como su padre era ferroviario, conductor de locomotoras, y se ausentaba a menudo, se habГ­a criado en el campo, en la regiГіn del FinistГЁre, con la madre de su padre. Apenas se lo permitГ­a su trabajo, una o dos veces por mes, siempre cargado de caramelos y de regalos, el padre venГ­a para verlo y para descansar unos dГ­as en la casa materna que, desde la desapariciГіn de su mujer, era la Гєnica casa que tenГ­a. De tanto en tanto, durante las vacaciones escolares, el padre lo llevaba con Г©l en sus viajes, en la locomotora, y cuando lo traГ­a de vuelta, disponiГ©ndose a irse otra vez, tenГ­a la costumbre de abrazarlo largamente, bajo la mirada de la abuela que, por razones que Morvan comprenderГ­a muchos aГ±os mГЎs tarde, sacudГ­a la cabeza, con expresiГіn menos triste que contrariada o furiosa. A los dieciocho aГ±os se fue a estudiar abogacГ­a a ParГ­s, pero al aГ±o siguiente ya habГ­a entrado en la Escuela de PolicГ­a. El padre, viejo militante comunista que habГ­a luchado en la Resistencia, pero que lo estimaba demasiado como para enfurecerse, recibiГі la noticia con perplejidad, hasta que comprendiГі ese aspecto singular de su temperamento, la apetencia de lo claro, la inclinaciГіn por la verdad, mГЎs fuerte que la pasiГіn del placer, que la de sГ­ mismo y aГєn, como les decГ­a hace un momento, que la de la piedad o la justicia. Y despuГ©s de esa comprobaciГіn, de esa toma repentina de conciencia, el padre habГ­a empezado a sentirse vagamente el hijo de su propio hijo, ligado a Г©l, mГЎs allГЎ del amor seguro y sin dobleces, por el respeto un poco temeroso, la culpa y la vulnerabilidad. Morvan lo presentГ­a, pero reciГ©n el aГ±o anterior se habГ­a enterado de las causas.


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