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Показать все книги автора/авторов: Saer Juan JosГ©
 

«Glosa», Juan Saer

Иллюстрация к книге

A Michel, Patrick, Pierre Gilles,

que practican tres ciencias verdaderas,

la gramГЎtica, la homeopatГ­a, la administraciГіn,

el autor les dedica, por las sobremesas de los domingos,

esta comedia:

but then time is your misfortune father said.

En uno que se morГ­a mi propia muerte no vi,

pero en fiebre y geometrГ­a se me fue pasando el dГ­a

y ahora me velan a mГ­

 

Las primeras siete cuadras

Es, si se quiere, octubre, octubre o noviembre, del sesenta o del sesenta y uno, octubre tal vez, el catorce o el diecisГ©is, o el veintidГіs o el veintitrГ©s tal vez, el veintitrГ©s de octubre de mil novecientos sesenta y uno pongamos -quГ© mГЎs da.

Leto -ГЃngel Leto, Вїno?-, Leto, decГ­a, ha bajado, hace unos segundos, del colectivo, en la esquina del bulevar, muchas cuadras antes de donde lo hace por lo general, movido por las ganas repentinas de caminar, de atravesar a pie San MartГ­n, la calle principal, y de dejarse envolver por la maГ±ana soleada en lugar de encerrarse en el entrepiso sombrГ­o de uno de esos negocios a los que, desde hace algunos meses, les viene llevando, con paciencia pero sin entusiasmo, los libros de contabilidad.

Ha, entonces, bajado, no sin entrechocarse en su apuro con algunos pasajeros que trataban de subir, generando en ellos una ola efГ­mera de protestas indecisas, ha esperado que el colectivo azul arranque y, metГЎlico, atraviese el bulevar en direcciГіn al centro, ha cruzado, atento, las dos manos del bulevar separadas por el cantero central, mitad jardГ­n y mitad embaldosado, sorteando los coches que corrГ­an, plГЎcidos y calientes, en ambas direcciones, ha llegado a la vereda opuesta, ha comprado en el quiosco de cigarrillos un paquete de Particulares y una caja de fГіsforos que se ha guardado en los bolsillos de su camisa de mangas cortas, ha recorrido los pocos metros que lo separaban de la esquina, a la que ahora acaba de llegar, doblando y comenzando, de cara al Sur, en la vereda Este, es decir, a esa hora, la de la sombra, a caminar por San MartГ­n o sea la calle principal, las dos veredas paralelas que, a medida que van llegando al centro, se van abarrotando de negocios, casas de discos, zapaterГ­as, tiendas, sederГ­as, confiterГ­as, librerГ­as, bancos, perfumerГ­as, joyerГ­as, iglesias, galerГ­as, cigarrerГ­as, y que, en los dos extremos, cuando el grumo de negocios se adelgaza y por fin se diluye, exhibe las fachadas pretenciosas y elegantes, incluso, algunas, por quГ© no, de las casas residenciales, no pocas de las cuales se ornan, a un costado de la puerta de entrada, con las chapas de bronce que anuncian la profesiГіn de sus ocupantes, mГ©dicos, abogados, escribanos, ingenieros, arquitectos, otorrinolaringГіlogos, radiГіlogos, odontГіlogos, contadores pГєblicos, bioquГ­micos, rematadores -en una palabra, en fin, o en dos mejor, para ser mГЎs exactos, todo eso.

El hombre que se levanta a la maГ±ana, que se da una ducha, que desayuna y sale, despuГ©s, al sol del centro, viene, sin duda, de mГЎs lejos que su cama, y de una oscuridad mГЎs grande y mГЎs espesa que la de su dormitorio: nada ni nadie en el mundo podrГ­a decir por quГ© Leto, esta maГ±ana, en lugar de ir, como todos los dГ­as, a su trabajo, estГЎ ahora caminando, indolente y tranquilo, bajo los ГЎrboles que refuerzan la sombra de la hilera de casas, por San MartГ­n hacia el Sur. El, que ha sufrido tanto, ha dicho, durante el desayuno, antes de irse a su vez para el trabajo, Isabel, su madre, y despuГ©s, al quedarse solo, Leto ha agarrado su segunda taza de cafГ© y ha ido a tomГЎrsela al patio trasero. Ese, El que sufriГі tanto, se ha borrado ya de sus representaciones, mientras se pasea por el patio florecido y exiguo, en cuyos rincones de sombra, pasto y plantas, macetas y canteros han seguido manteniendo la humedad del sereno, pero la totalidad de su cuerpo y sus prolongaciones impalpables conservan todavГ­a la repercusiГіn frГЎgil y distraГ­da. Es tal vez la sombra hГєmeda y reconcentrada que persiste al pie de las casas, en la calle principal, o esa mezcla de humedad y brillantez que muestra la fronda en primavera y que es visible en algunos jardines delanteros, lo que le hace presente otra vez a Leto la expresiГіn de su madre, en su doble acepciГіn de cara y de frase hecha. La humedad matinal que dura en el ardor creciente pero mitigado lo absorbe, por asociaciГіn, en la imagen persistente y bien recortada, aunque extraГ±a lo mismo que familiar, de su madre que, al darse vuelta desde las hornallas de la cocina a gas, trayendo la cafetera humeante en la mano, ha proferido en voz baja y pensativa, como para sГ­ misma, sin la menor relaciГіn con lo que venГ­a diciendo un poco antes, esa frase: Г©l, que sufriГі tanto. En la penumbra matinal de la cocina, las llamitas azules del gas, reunidas en coronas parejas y circulares, siguen ardiendo a sus espaldas despuГ©s que ella ha retirado el cafГ©, la leche, el agua, las tostadas, y se vuelve hacia la mesa con la cafetera humeante. Para Leto, la frase que acaba de resonar y de disiparse en la cocina tiene la ambigГјedad caracterГ­stica de muchas de las afirmaciones de su madre, de modo que le resulta difГ­cil darse cuenta de su sentido exacto; y cuando alza la cabeza, venciendo el pudor y tal vez la vergГјenza, y se pone a escrutar la expresiГіn de Isabel, sus sospechas de que esa ambigГјedad es deliberada no hacen mГЎs que aumentar, ya que, contra el fondo de llamitas azules, el cuerpo ya un poco espeso de Isabel avanza mudo, y los ojos bajos, que evitan su mirada, desarman toda indagaciГіn. Ha dejado caer, inesperada, su frase en la cocina, en medio del intercambio mecГЎnico del desayuno, en el que las frases, dichas para ostentar, por cortesГ­a, una presencia dudosa, no tienen mГЎs significado ni mГЎs extensiГіn que el sonido de platos y cubiertos al entrechocarse. Y Leto se ha puesto a pensar, mientras toma el primer trago de cafГ© negro y la ve sentarse, vagamente, del otro lado de la mesa: "Es, sin duda, la esperanza de borrar la humillaciГіn lo que la hace pretender que Г©l ha sufrido tanto"; pero, y la cabeza de Leto se levanta otra vez y los ojos se clavan en el rostro ya un poco espeso, aunque infantil todavГ­a, que, bajando los pГЎrpados, no deja pasar nada al exterior: "ВїLo sabe? Вїse da cuenta? Вїme estГЎ sondeando? Вїme pone a prueba?". Lo mГЎs difГ­cil, sin embargo, es, por lejos, saber quГ© contestar; Leto estarГ­a dispuesto, gentil, y, sobre todo, aliviado, a dar la respuesta que ella espera, si, desde luego, le fuese posible conocerla, pero, con una exigencia desesperada, ella pareciera querer que, por sГ­ solo, Г©l la adivine, y no le presta, por lo tanto, ninguna ayuda. Leto busca, vacila; y despuГ©s, inseguro, aunque no sin cierto rencor, como reacciona ante todas las frases de esa clase, no dice nada. Sigue un silencio algo hosco, molesto para ambos, en el que hay tal vez decepciГіn y no poco alivio, y que Isabel quiebra vaciando de un trago su taza de cafГ© con leche y masticando, ruidosa, su Гєltima tostada, y despuГ©s vuelven las frases opacas y habituales a las que Гєnicamente la entonaciГіn podrГ­a dotar de ambigГјedad pero que salen de entre los dientes neutras y distraГ­das. TambiГ©n esas frases vienen, sin duda, de mГЎs lejos, mГЎs atrГЎs, que la lengua, las cuerdas vocales, los pulmones, el cerebro, el aliento, del otro lado del depГіsito de experiencia nombrada y acumulada, del que, con manotazos de ciego, aunque creyendo sopesar, cada uno las retira y las expele. En el silencio que, todavГ­a, viene despuГ©s, incluso cuando, despuГ©s de rozarle la mejilla con los labios, cerrando tras de sГ­, con suavidad, dos o tres puertas, ella ha dejado al irse, antes que Г©l, para su trabajo, su imagen extraГ±a tanto como familiar, ha ido borrГЎndose de sus representaciones para diseminarse mГЎs bien por todo su cuerpo, como si, en su ir y venir, la sangre fuese capaz de reducir lo impalpable a su obstinaciГіn material, metabolizГЎndolo y distribuyГ©ndolo en cГ©lulas, tejidos, carne, huesos, mГєsculos. Con su segunda taza de cafГ© en la mano, mientras observa la humedad del sereno que no se borra en los rincones de sombra, Leto, aunque no su cuerpo, ya se ha olvidado de su madre y es esa misma sombra hГєmeda que persiste ahora, alrededor de las diez, en la calle principal, y que envuelve su cuerpo como una primera capa transparente de mundo que estГЎ a su vez envuelta en la maГ±ana soleada, lo que lo hace volver a recordarla, a proyectarla en la chapita mГіvil y cambiante de sus representaciones contra la que destella, por momentos, el reflector minГєsculo de la atenciГіn. A, como se dice, ciencia cierta, la misma razГіn que impulsa a Isabel a pronunciar sus frases., sorprendentes, y misteriosas, lo ha movido a Г©l, de golpe, a bajarse del colectivo, cruzar el bulevar, comprar los cigarrillos y ponerse a caminar, porque sГ­, en direcciГіn al Sur.

Cada quince metros, una tipa se levanta en el borde de la vereda, y sus ramas se tocan casi con las de la que, a la misma altura, se alza sobre el borde de la vereda de enfrente. Por entre los espacios que deja el ramaje no demasiado espeso, se divisan porciones de cielo azul, y en la calle y la vereda de enfrente son mГЎs los trechos soleados que los espacios de sombra. Pueriles, de todos colores, a velocidad constante, los autos ruedan en ambas direcciones: los que vienen hacia Leto bordeando la vereda por la que Г©l camina en direcciГіn contraria, y los que, justamente, llevan esa direcciГіn, bordeando la vereda de enfrente. Destellos y sombra de hojas y ramas alternan fugaces sobre el cromo de las carrocerГ­as, sobre la chapa pintada y los vidrios, a medida que se desplazan por la calle arbolada. Otros peatones -no muchos, a causa de la lejanГ­a del centro y de la hora tambiГ©n, relativamente temprana- andan, solitarios o en grupos, perdidos en sus pensamientos y en sus conversaciones, por las veredas. Unos treinta metros mГЎs de marcha regular, y Leto llegarГЎ a la esquina.

Es, como ya sabemos, la maГ±ana: aunque no tenga sentido decirlo, ya que es siempre la misma vez, una vez mГЎs el sol, como la tierra, al parecer, gira, ha dado la ilusiГіn de ir subiendo, desde esa direcciГіn a la que se le dice el Este, en la extensiГіn azul que llamamos cielo, y, poco a poco, despuГ©s del alba, de la aurora, ha llegado a estar lo bastante alto, en la mitad de su ascenso pongamos, como para que, por la intensidad de eso que llamamos luz, llamemos, al estado que resulta, la maГ±ana -una maГ±ana de primavera en la que, otra vez, aunque, como decГ­amos, es siempre la misma vez, la temperatura ha ido subiendo, las nubes se han ido disipando, y los ГЎrboles que, por alguna razГіn, habГ­an perdido poco a poco sus hojas, se han puesto a reverdecer, a dar flores otra vez, aunque, como decГ­amos, es siempre la misma, la Гєnica Vez y, como dicen, de equinoccio en solsticio, en la misma, Вїno?, como decГ­a, la llamamos "una", porque nos parece que ha habido muchas, a causa de los cambios que nos parece, a los que damos nombres, percibir-, una maГ±ana de primavera, luminosa, que ha venido formГЎndose desde tres o cuatro dГ­as atrГЎs, a partir de las Гєltimas lluvias de septiembre y octubre que han limpiado, en un cielo cada vez mГЎs tibio y transparente, los Гєltimos rastros del invierno. Leto no se siente ni mal ni bien: camina olvidado, en la maГ±ana, en el centro de un horizonte material que le manda, en ondas constantes, ruidos, texturas, brillos, olores. EstГЎ sumergido en ese horizonte y es, al mismo tiempo, su centro; si, de golpe, desapareciese, el centro cambiarГ­a de lugar.

Es por esa razГіn, para verificar que Г©l ha sufrido tanto, que unos tres meses antes ella se habГ­a descubierto la dureza en el seno derecho: como una bolillita de paraГ­so, se habГ­a puesto a temar. Charo, la prima maestra que, a falta de novio o marido ha adquirido, a los cuarenta y cinco aГ±os, un saber aproximativo sobre casi todas las enfermedades destinado a paliar las lagunas de alguna otra curiosidad o sed non satiata, la habГ­a obligado a pedir cita con un especialista -una eminencia, habГ­a sustantivado, ditirГЎmbica, la tГ­a Charo, que no era, en realidad, mГЎs que su prima segunda. Leto piensa: "No estuvo mal tampoco cuando se lo dijo a Charo; es como si uno le sugiriera a un proxeneta que le sobran unos pesos y que le gustarГ­a gastГЎrselos en coperas". A causa de sus congresos internacionales, de la cola de postulantes a cancerosos que hojeaban revistas viejas en la sala de espera de su consultorio, y de sus conferencias-cena en el Rotary, el especialista reciГ©n la habГ­a recibido un mes despuГ©s: y despuГ©s de observarla, de palparla, con cuidado y pericia, le habГ­a dicho, con jovialidad distraГ­da que, segГєn su modesta opiniГіn, no habГ­a por quГ© inquietarse, y que un examen mГЎs minucioso o una biopsia no se justificaban. La dureza, del tamaГ±o de una bolillita de paraГ­so segГєn Isabel o del de una bellota, segГєn Charo, que, quiГ©n sabe por quГ© razones confusas, y desconocidas para ella, tambiГ©n la habГ­a palpado, no delatГі su presencia para los dedos diestros del especialista que, por mГЎs que buscaron y rebuscaron no encontraron ninguna dureza excepcional en los senos por el contrario ya un poco blandos de Isabel -ni en el derecho ni en el izquierdo. El especialista se habГ­a ido a sentar ante su escritorio y se habГ­a puesto a llenar una ficha, y, mientras se vestГ­a, parada cerca de la camilla, Isabel habГ­a comenzado un sondeo lleno de sobreentendidos, al cual el especialista respondГ­a con monosГ­labos inciertos, cuyo sentido, como el de las manchas de un test psicolГіgico, dependГ­a de lo preexistente en el observador: segГєn Isabel, ya al verla entrar, el especialista le habГ­a lanzado miradas significativas, puesto que ella se habГ­a anunciado con su apellido de casada, y el caso de su marido, tan reciente, y tan fulminante tambiГ©n, como sucede a menudo con las personas jГіvenes, no debГ­a habГ©rsele olvidado. Como al entrar la habГ­an hecho llenar una ficha donde figuraba que habГ­a nacido en Rosario y que sin duda Г©l debГ­a haber venido a consultarlo desde Rosario, el especialista no podГ­a no haber establecido la relaciГіn. Desde luego, a causa del secreto profesional -sГ­, tienen esa deontologГ­a, habГ­a corroborado Charo- el especialista no podГ­a reconocer de plano que Г©l habГ­a venido a verlo durante sus frecuentes viajes a la ciudad y que, despuГ©s de examinarlo, le habГ­a encontrado ese mal incurable, pero sus respuestas, imprecisas adrede, eran sin embargo lo bastante significativas como para que las Гєltimas dudas que hubiesen podido quedarle se disiparan. "Pero no estГЎ muy segura de que le crean porque insiste demasiado", piensa Leto. Esa misma noche habГ­a llamado a Rosario para confirmГЎrselo a Lopecito quien, protector y escrupuloso, habГ­a interrumpido sus revelaciones con un firme No gastes. Yo te llamo, de modo que habГ­an cortado, y un minuto mГЎs tarde, cuando el telГ©fono empezГі a sonar desde Rosario, ella descolgГі, impaciente y satisfecha, transmitiГ©ndole, con lujo de detalles, la confirmaciГіn de sus sospechas que, de un modo discreto pero inequГ­voco, le habГ­a dado el especialista. Lopecito, que desde hacГ­a veinticinco aГ±os venГ­a haciГ©ndole, de un modo tГЎcito, la corte, que la habГ­a visto casarse con su mejor amigo, y que incluso habГ­a sido testigo en la ceremonia civil, que la habГ­a visto tener dos pГ©rdidas al segundo o tercer mes antes de quedar por fin embarazada de Leto y traerlo al sol de este mundo, que habГ­a sido el confidente impasible de los vaivenes conyugales de marido y mujer y que, el aГ±o anterior, la habГ­a visto por fin enviudar, quedando en la posiciГіn incГіmoda del eterno pretendiente y del amigo de infancia del marido a quien se le hace por fin el campo orГ©gano, Lopecito, Вїno?, que, entre su corretaje de dos o tres marcas de televisores y su cargo de vocal en la subcomisiГіn de fiestas de Rosario Central, habГ­a encontrado tiempo suficiente como para facilitarles la venida desde Rosario sin estar de acuerdo con la decisiГіn, la mudanza, los gastos, los habГ­a recomendado a ella como vendedora en una casa de artГ­culos para el hogar y a Leto como tenedor de libros en dos negocios del centro, le habГ­a gestionado a ella, gracias a sus relaciones en plaza, como Г©l decГ­a, la pensiГіn de su difunto marido, y venГ­a a visitarlos cada quince dГ­as desde Rosario, durmiendo en un hotel para que quedara bien claro que no eran ellos quienes ensuciarГ­an la memoria de un ser querido, sentГ­a tambiГ©n la suficiente devociГіn por Isabel como para aceptar, a pesar de representar ante los ojos del mundo la voz misma de la ponderaciГіn, todos sus puntos de vista, su extravagancia discreta, su lucha incesante por contrarrestar la evidencia de las cosas, sus interpretaciones repetitivas de las cuales la tesis del mal incurable "no es", piensa Leto llegando a la esquina, "la menos descabellada".

La esquina, en la que las dos hileras de autos que recorren San MartГ­n en ambas direcciones aminoran, tiene esta particularidad: como la calle transversal corre de Este a Oeste, la sombra de la hilera de casas desaparece, y como no hay nada que intercepte los rayos del sol que brilla en lo alto de la calle, calle y vereda estГЎn ahora llenas de luz, en tanto que la sombra de Leto, que ha aparecido de un modo sГєbito proyectГЎndose sobre las baldosas grises, tal vez un poco mГЎs corta que el cuerpo, se estira ahora hacia el Oeste. Cuando Leto estГЎ por bajar de la vereda gris a la calle empedrada, su sombra se quiebra en el filo del cordГіn y sigue proyectГЎndose sobre los adoquines parejos de la calle. La sombra se desliza hacia adelante, un poco oblicua al cuerpo, vuelve a quebrarse contra el filo del cordГіn en la vereda de enfrente y cuando los zapatos de Leto tocan las baldosas, sigue deslizГЎndose por la vereda hasta que Leto entra en la sombra de la hilera de casas y su propia sombra desaparece. La cuadra estГЎ desierta; no abandonada, sino desierta -vacГ­a, sin presencias humanas que, aparte de Leto, y como Г©l sean tambiГ©n el centro de un horizonte que, a medida que se desplazan, van desplazГЎndose con ellas. DespuГ©s de caminar unos metros bajo los ГЎrboles, ve aparecer, de pronto, en la esquina siguiente, un chico en bicicleta que ha doblado desde la transversal, avanzando hacia Г©l por la vereda. Progresa con esa especie de ondulaciГіn que tienen las bicicletas cuando no van demasiado rГЎpido, de la que el equilibrio, que el ciclista reconquista a cada pedaleada, no es la consecuencia principal sino la fase pasajera y frГЎgil de un movimiento mГЎs amplio y mГЎs complejo. El ciclista, de no mГЎs de nueve o diez aГ±os, las piernas estiradas al mГЎximo para alcanzar los pedales cuando se hallan en la posiciГіn mГЎs baja de su movimiento circular, se desplaza, a pesar de su lentitud, mucho mГЎs rГЎpido que Leto, cuyo paso, ni lento ni rГЎpido, no ha variado desde que atravesГі el bulevar y empezГі a caminar por San MartГ­n. A medida que va acercГЎndose -su velocidad, aunque constante, como acrecentada por el desplazamiento inverso de Leto-, Leto puede oГ­r, cada vez mГЎs nГ­tido, el complejo de ruidos que manda la bicicleta, chirridos metГЎlicos, rumor de gomas contra las baldosas, crujidos y golpeteos de cuero, pedales, rayos, caГ±os, que suenan en un orden invariable y que se repiten periГіdicos a causa de la uniformidad del movimiento. La bicicleta, pasa, entre Leto y la hilera de casas, y la serie de sonidos, que habГ­a alcanzado, al llegar junto a Leto, su intensidad mГЎxima, empieza a decrecer a sus espaldas hasta que por fin deja de oГ­rse. Leto ni se da vuelta y, en rigor de verdad, como se dice, Вїno?, apenas si se han mirado, desplazГЎndose en sentido inverso y llevГЎndose con ellos, en direcciГіn opuesta, cada uno su propio horizonte.

Al oГ­r el segundo chistido, Leto advierte que, distraГ­do, ha oГ­do tambiГ©n el primero y se da vuelta. Los brazotes, un poco separados del cuerpo, vienen boyando en el aire, y la cabeza, que se quiere elegante, y sin duda lo es, se bambolea un poco, ya que el MatemГЎtico, en la espalda meditabunda que se desplaza varios metros delante de Г©l, ha reconocido a Leto y se ha puesto a chistarle para que pare y lo espere. Al mismo tiempo que lo reconoce, Leto piensa: "Si acaba de doblar, lo que es muy probable, ya que vive en esa calle, debe haberse cruzado reciГ©n con la bicicleta puesto que, como no se lo ve, tambiГ©n el ciclista debe haber doblado la esquina". El MatemГЎtico, una cabeza mГЎs grande que Г©l, lo alcanza y le estrecha la mano. ВїQuГ© se cuenta?, dice. Sin mirarlo a los ojos, Leto responde con vaguedad. Y, dice, aquГ­ andamos.

El MatemГЎtico deja persistir una sonrisa indecisa. A Leto sus mocasines blancos, lo mismo que su bronceado, le parecen prematuros, pero sabe que acaba de volver de Europa, donde ha pasado tres meses recorriendo fГЎbricas, playas, museos y monumentos con el grupo anual de egresados de IngenierГ­a QuГ­mica. EstГЎn incontrolables desde que vieron La Dolce Vita, le ha oГ­do decir a Tomatis, con desdГ©n distraГ­do, la semana anterior. Y ha sido Tomatis, por otra parte, segГєn le ha oГ­do decir Leto ya no sabe a quiГ©n, el que ha empezado a llamarlo el MatemГЎtico. No es un mal tipo, no, dice a menudo, un poco snob a lo sumo, pero, francamente, no sГ© quГ© satisfacciГіn malsana le dan las ciencias exactas. ВїNo notaste el tonito con que te habla de la teorГ­a de la relatividad? Ya por su estatura tiene tendencia a mirar el mundo desde arriba pero, digo yo, Вїacaso uno tiene la culpa de que multiplicando la masa de un cuerpo por el cuadrado de la velocidad de la luz se obtenga la energГ­a que darГ­a la desintegraciГіn completa de ese cuerpo? Durante unos segundos, los dos hombres jГіvenes, uno bronceado, rubio, alto, vestido todo de blanco, incluso los mocasines que lleva puestos sin medias, corpulento y macizo, el otro mГЎs bien flaco, de anteojos, el pelo marrГіn abundante y bien peinado, la calidad de cuya vestimenta es a simple vista inferior a la del primero, a cincuenta centГ­metros uno del otro, permanecen silenciosos, sin hosquedad pero sin mucho que decirse tampoco, y sumido cada uno en sus propios pensamientos como en una ciГ©naga interna que contrasta con el exterior luminoso, de la que les estuviese costando un esfuerzo indescriptible emerger y en la que, por esa tendencia a considerar lo que nos es ajeno a salvo de nuestras imposibilidades, piensan a la vez que el otro nunca se empasta o se empastarГ­a. Sin darse cuenta, Leto, que, no sabiendo quГ© hacer, lleva la mano al bolsillo de su camisa para sacar los cigarrillos, siente que, por alguna razГіn, Г©l estГЎ excluido de muchos mundos que el MatemГЎtico frecuenta, que el MatemГЎtico es una especie de ente solar perteneciente a un sistema en el que todo es preciso y luminoso y que Г©l, en cambio, chapotea en una zona viscosa y nocturna, de la que rara vez puede salir, en tanto que el MatemГЎtico, a pesar de su cabeza elegante llena de recuerdos recientes y coloridos de Viena, Amsterdam, Cannes, MГЎlaga y Spoleto, siente haber estado desterrado en las tinieblas exteriores durante tres meses y que Leto, Tomatis, Barco, los mellizos Garay y todos los otros, han aprovechado su ausencia para darse la gran vida en la ciudad. Por fin, y concentrГЎndose en el acto de abrir su paquete de cigarrillos, de modo de no verse obligado a alzar la cabeza, Leto murmura: Y Europa, ВїquГ© tal?

– Lamento apelar a un lugar común -dice, orondo, el Matemático-, pero es una vieja madama decadente.

Leto no sospecha que, bajo el desinterГ©s aparente y la estimaciГіn generosa respecto de los que no han viajado, el MatemГЎtico teme que una apreciaciГіn demasiado admirativa lo descalifique. Y lo oye agregar: Justamente, salgo a distribuir a los diarios el comunicado de prensa de la asociaciГіn. Va de cajГіn que los puterГ­os no figuran en el balance. Sin advertir que el MatemГЎtico lleva la pipa apagada aferrГЎndola por el hornillo, en la mano derecha que pende contra la costura del pantalГіn, y que por eso, con un movimiento de la mano libre, lo rechaza, Leto, despuГ©s de golpear la base del paquete de cigarrillos para hacer salir tres o cuatro por la abertura que ha practicado en el borde superior, tiende el paquete hacia el MatemГЎtico ofreciГ©ndole uno. Para que la razГіn de su rechazo se haga evidente, el MatemГЎtico se lleva la pipa a la boca y la sostiene apretГЎndola entre sus dientes blanquГ­simos y regulares. "Para seguir tan bronceado y tan saludable", piensa Leto, "al dГ­a siguiente de su llegada debe haberse ido a remar". Mientras Leto enciende el cigarrillo, el MatemГЎtico, aprovechando su distracciГіn, lo induce, poniГ©ndose en marcha Г©l mismo, a seguir caminando. Avanzan -o sea van pasando-, gracias a la facultad que poseen no se sabe bien por quГ©, de un punto a otro en el espacio, ganando, por decirlo de algГєn modo, terreno, aunque esos puntos entre los que se desplazan estГ©n todos, con ellos dos adentro, en cada uno de los puntos, y en todos a la vez, en el mismo lugar. No, hablando en serio ahora, dice ahora el MatemГЎtico, es una experiencia que se debe hacer-y lo que Г©l llama experiencia son esos recuerdos que, aunque frescos y coloridos, no son mГЎs accesibles a su propio ser que un paquete de tarjetas postales de Amsterdam, de Viena, de Capri, de CadaquГ©s, de San Gimignano. Siena es una imagen rojiza, elevada en la bruma caliente del atardecer; ParГ­s, una lluvia inesperada; Londres, un problema de alojamiento y unos manuscritos en el Museo BritГЎnico. Mientras lo escucha, Leto va poniendo imГЎgenes en los nombres que resuenan en la maГ±ana tibia, y esas imГЎgenes, que forma con recuerdos heterogГ©neos salvados de experiencias dispares y sin relaciГіn real con los nombres que escucha, no son ni mГЎs ni menos pertinentes y satisfactorias que los recuerdos del MatemГЎtico, incapaces de volver mГЎs accesible la cosa aun cuando provengan de lo que el MatemГЎtico podrГ­a llamar su experiencia. Los nombres de ciudades van pasando como adosados a una sierra sin fin o a una calesita, de modo tal que, periГіdicos, a pesar de las variantes y de las nuevas inclusiones, tarde o temprano los mismos nombres reaparecen en la memoria del MatemГЎtico, que los hace resonar para los oГ­dos de Leto como a un instrumento: La Baule, a pesar de que era pleno verano el mar estaba helado; Praga, gran parte de la obra de Kafka se explica cuando uno llega; Brujas, pintaban lo que veГ­an; ParГ­s, una lluvia inesperada. De pronto, el MatemГЎtico, que viene caminando del lado de la pared, da un salto al costado empujando consigo a Leto que, manteniГ©ndose firme, trastabilla un poco pero sigue caminando: como estГЎn llegando a la esquina, el MatemГЎtico, concentrado en su relato, se ha sobresaltado al ver aparecer, brusco, aunque manteniendo siempre su pedaleo plГЎcido y ondulante, al chico de la bicicleta que, en el tiempo que ellos han puesto para recorrer la cuadra, ha dado la vuelta manzana. Un silencio colГ©rico, un poco ostentoso, interrumpe, despuГ©s del salto, la ristra de recuerdos del MatemГЎtico, que se para y se da vuelta y ve alejarse, por la vereda gris, bajo los ГЎrboles, la bicicleta lenta con sus ruidos metГЎlicos, discretos y complicados. Leto, que ha continuado su marcha, le saca algunos pasos de ventaja y se queda a esperarlo, mГЎs allГЎ del borde oblicuo de la sombra de las casas. El MatemГЎtico lo alcanza, sonriendo y sacudiendo la cabeza. Si te atropella, dice Leto, te engrasa los pantalones. Lo rompo a patadas, dice, mostrando con su tono jovial que de ningГєn modo lo harГ­a, el MatemГЎtico. Parece menos un ser de carne y hueso que uno de esos arquetipos que aparecen en los afiches publicitarios, de los que toda contingencia inherente a lo humano ha desaparecido. Su aspecto fГ­sico, perfeccionado por el bronceado europeo y por la blancura de su vestimenta, no es otra cosa que la consecuencia de sus perfecciones biogrГЎficas: a pesar de haber sido una de las estrellas del equipo de rugby del club Universitario tiene, segГєn la expresiГіn de Tomatis, algo un poco mГЎs denso en la cabeza que lo que suelen tener adentro, una vez infladas, las pelotas de rugby. Aun cuando no pocas hectГЎreas en el Norte de la provincia, cerca de Tostado, le pertenezcan, el padre del MatemГЎtico, yrigoyenista escrupuloso, abomina de oligarcas y militares y es uno de los viejos abogados liberales cuyo nombre figura al pie de los recursos de habeas corpus de casi todos los presos polГ­ticos de la ciudad; y el MatemГЎtico, a diferencia de su hermano mayor que es tambiГ©n abogado pero que ha aceptado cargos oficiales de casi todos los gobiernos, el MatemГЎtico, decГ­a, Вїno?, no solamente ha seguido la tradiciГіn liberal de su padre y de su abuelo materno sino que, en determinado momento, cuatro o cinco aГ±os atrГЎs, ha estado entre los miembros fundadores de esos grupos trotsquistas o de renovaciГіn socialista que, despuГ©s de 1955, empezaron a proliferar. Pero el MatemГЎtico es un pensador y no un activista; un contemplativo, no un organizador; y no un prГЎctico sino un teГіrico. Le gustan mГЎs los tratados que las reuniones de cГ©lula, y prefiere los manifiestos futuristas a los constructores de futuro. Sus estudios de ingenierГ­a son, sin duda, el resultado de alguna estrategia familiar destinada a afrontar, con el diploma correspondiente, el desarrollo nacional que obligarГЎ un dГ­a a los herederos a pasar de la propiedad pasiva de la tierra a la inversiГіn industrial. SerГЎn todo lo liberales que quieras, sabe comentar, malГ©volo, Tomatis, pero no dan puntada sin hilo. El MatemГЎtico, que tal vez presiente, en la reserva dicharachera de Tomatis, el escepticismo o la desconfianza, sigue impasible en el papel que se ha asignado: el de aportar, sin que, en verdad, nadie se lo haya pedido por no haber notado su ausencia, el rigor lГіgico en las discusiones y una exactitud en la informaciГіn que, por su insistencia, termina resultando molesta. En realidad, lo que Tomatis le reprocha es que el MatemГЎtico lo tome demasiado al pie de la letra. Si, por ejemplo, en medio de una discusiГіn Tomatis cita a un filГіsofo alemГЎn, a la semana siguiente el MatemГЎtico ha leГ­do ya todas sus obras y vuelve dispuesto a retomar el punto en que la discusiГіn ha quedado la semana anterior. Tomatis ha citado a ese filГіsofo debido al azar de sus asociaciones, no porque considere que es imprescindible perder la juventud y quemarse las pestaГ±as leyendo sus tratados, pero es demasiado vanidoso como para esquivar la discusiГіn. A causa de su credulidad, el MatemГЎtico tiene mГЎs informaciГіn que todos los otros, porque le basta oГ­r mencionar a un autor para ponerse a leer sus obras completas y aparecerse quince dГ­as mГЎs tarde, fresco y tranquilo, a conversar sobre ellas. "Bien mirado, hay pocos reproches que hacerle", piensa Leto. Porque ni siquiera es de los que quieren ganar a toda costa las discusiones; es amable, discreto y servicial. "Salvo", piensa Leto, "salvo cuando se vale, sin darse cuenta Г©l mismo, estoy seguro, de sus dichosos axiomas, postulados y definiciones. Entonces le aparece en la mirada algo semejante a lo que le venГ­a con la luna llena al hombre lobo o en presencia de las putas ajadas a Jack el Destripador".


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