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«El limonero real», Juan Saer

Иллюстрация к книге

Augusto Roa Bastos

Oveja perdida ven

sobre mis hombros que soy

no sГіlo tu pastor soy

sino tu pasto tambiГ©n.

LUIS DE GГ“NGORA

 

AMANECE

Y YA ESTГЃ CON LOS OJOS ABIERTOS

Parece no escuchar el ladrido de los perros ni el canto agudo y largo de los gallos ni el de los pГЎjaros reunidos en el paraГ­so del patio delantero que suena interminable y rico, ni a los perros de la casa, el Negro y el Chiquito, que recorren el patio inquietos, ronroneando excitados por el alba, respondiendo con ladridos secos a los llamados intermitentes de perros lejanos que vienen desde la otra orilla del rГ­o. La voz de los gallos viene de muchas direcciones. Con los ojos abiertos, echado de espaldas, las manos cruzadas flojas sobre el abdomen, Wenceslao no oye nada salvo el tumulto oscuro del sueГ±o, que se retira de su mente como cuando una nube negra va deslizГЎndose en el cielo y deja ver el cГ­rculo brillante de la luna; no oye nada, porque cincuenta aГ±os de oГ­r en el amanecer la voz de los gallos, de los perros y de los pГЎjaros, la voz de los caballos, no le permiten en el presente escuchar otra cosa que no sea el silencio.

Al flexionar la pierna derecha, apoyando la planta del pie sobre la cama, la sГЎbana se eleva y arrastra el borde descubriendo un poco su pecho desnudo y el hombro de ella, que estГЎ echada boca abajo, tambiГ©n despierta aunque con los ojos cerrados. Ella gruГ±e, de un modo casi inaudible. Apenas abre los ojos Wenceslao sabe que estГЎ despierta -ha parecido, durante esos treinta aГ±os, despertar siempre una fracciГіn de segundo antes que Г©l- aunque no habla ni suspira ni se mueve. SuspirarГЎ despuГ©s, cuando Г©l se incorpore y salga de la cama. Mientras estГЎ acostado, moviendo una que otra vez el brazo o la pierna, rascГЎndose o suspirando, ella o bien simula dormir, o bien quiere creer que duerme todavГ­a, o bien cree de veras que sigue durmiendo y que todavГ­a no ha despertado y que reciГ©n despertarГЎ cuando Г©l se levante y salga de la cama.

Al flexionar la pierna, la vieja cama de hierro y bronce cruje en el elГЎstico y chirrea en las muescas de hierro donde el elГЎstico se apoya en el espaldar. En el interior del rancho apenas si alcanzan a divisarse los objetos mГЎs grandes: el ropero y su luna ovalada, alto y dГ©bil, el arcГіn a un costado de la cama, pegado a la pared de adobe, justo bajo el ventanuco de madera lleno de hendijas verticales por las que entra en el recinto la primera claridad gris del alba. Lo demГЎs se esfuma en una penumbra gris que se hace mГЎs densa y negra en los rincones y arriba, en la juntura del techo de paja de dos aguas. Es en esa oscuridad en la que Wenceslao fija cada amanecer la mirada cuando abre los ojos: la oscuridad de afuera confirma que la oscuridad de adentro se lia retirado y que por lo tanto estГЎ despierto.

Wenceslao alza la sГЎbana y sale de la cama. El calzoncillo blanco le llega hasta las rodillas, y como es demasiado holgado se sostiene gracias a la turgencia leve del abdomen y deja ver el ombligo. Wenceslao se viste con rapidez mientras ella, en la cama, suspira, bufa y se mueve, simulando no estar acabando de despertar, sino haber estado a punto de hacerlo, como si no supiera tambiГ©n ella que durante treinta aГ±os ha estado despertando cada amanecer una fracciГіn de segundo antes que Г©l. La luz continГєa creciendo y la claridad que se cuela por entre las hendijas verticales del ventanuco ya no es gris y destella. Wenceslao se pone la camisa, una camisa que ha perdido todo color despuГ©s de cincuenta lavadas -tiene apenas la virtud de sugerir el color original sin la fuerza suficiente como para hacer preguntarse cuГЎl ha sido en realidad ese color, aunque parezca saberse y despuГ©s el pantalГіn, levantando primero la pierna izquierda y despuГ©s la derecha, haciendo un equilibrio jovial que en un momento dado lo obliga a dar un salto hacia adelante, apoyado en una sola pierna, cuando la botamanga queda por un segundo enganchada en el talГіn. Mete los pies en las alpargatas sin calzГЎrselas, haciГ©ndolo sin pararse reciГ©n despuГ©s de atravesar la cortina de cretona ordinaria que separa el dormitorio del otro recinto que forma con el dormitorio el cuerpo total del rancho. A este recinto ellos lo llaman "el comedor", aunque nunca comen ahГ­, sino en la chocita alzada a un costado del rancho, a la que ellos llaman "la cocina", o bien en el patio, si es que hace calor; los dos ambientes estГЎn divididos por un tabique delgado de adobe que no llega hasta el techo de paja y que cubre tres cuartos de la habitaciГіn. A partir del borde del tabique no hay nada, salvo la cortina, que queda moviГ©ndose detrГЎs de Wenceslao cuando Г©ste penetra en el comedor y se calza las alpargatas. A travГ©s de las hendijas de la puerta de madera que da al patio, despareja lo mismo que el ventanuco, se cuelan unos destellos verticales y rectos de luz rojiza. En el comedor hay una vasta mesa rectangular y cuatro sillas de madera amarilla y asiento de paja. Wenceslao tose, abre la puerta alzando la traba de madera y sale al patio, arrimando la puerta detrГЎs suyo. Como salidos de la gran mancha roja del horizonte en el este, el Negro y el Chiquito rodean a Wenceslao sin ladrar, ronroneando. El Negro es tan alto que Wenceslao no necesita inclinarse para tocarle el lomo: y aparte de la altura, es tambiГ©n su pelambre negra, lisa y brillante, lo que impresiona, y los ojos negros saltones que emiten reflejos hГєmedos mientras su lengua rosa cuelga temblorosa y larga a un costado del hocico abierto por el que pueden verse las gruesas encГ­as rosas y los dientes blancos. Wenceslao repite dos o tres veces "Buenos dГ­as" -dice "buenosh dГ­ash" como si hablara con un niГ±o, empleando ese tono adecuado a las mentes inferiores que demuestra que las mentes inferiores tienen la superioridad suficiente como para reducir a las mentes superiores a su nivel-y avanza deteniГ©ndose a cada momento ante los saltos del Chiquito, que ronronea y trata de alcanzar su cara para lamГ©rsela. "Vamos, vamos, fuera, vГЎyase de aquГ­", dice Wenceslao, simulando una voz enГ©rgica, mezclada a una risa breve. Por fin se acuclilla en medio del patio delantero y acaricia el lomo del Chiquito, que queda inmГіvil, con las patas abiertas y la cabeza alzada, mirГЎndolo fijo. Wenceslao deja de reГ­rse y le acaricia el pelo blanco del lomo, salpicado de manchas negras, algunas chicas y otras mГЎs grandes, en especial la que le cubre la cabeza y termina confundiГ©ndose por delante con el hocico negro. Da la impresiГіn de que alguien le hubiese echado encima un baldazo de brea, un baldazo que en gran parte no ha hecho mГЎs que salpicarlo. El Negro ha apoyado sus patas delanteras en el muslo de Wenceslao y tambiГ©n lo mira. Wenceslao se queda un momento inmГіvil, en cuclillas, horadado por los ojos negros y por los ojos dorados, una mano apoyada quieta en el lomo manchado del Chiquito, la otra en la cabeza del Negro, frente al sol cuyo semicГ­rculo superior ha emergido entero del horizonte manchando a su alrededor el cielo de rojo. No sopla ningГєn viento. En el centro del patio delantero, el paraГ­so estГЎ quieto, lleno de pГЎjaros que saltan cantando. TodavГ­a no proyecta ninguna sombra, pero en la copa algunas hojas estГЎn nimbadas por resplandores dorados, como si la luz brotara de Г©l y no del sol, y un rayo de luz, inesperado y tambiГ©n como brotando del ГЎrbol mismo y no del sol, centellea en el centro de la fronda. En seguida el ГЎrbol proyectarГЎ de golpe una sombra larga, cubriendo la mesa apoyada en el tronco. La sombra decrecerГЎ gradual hasta mediodГ­a, para desaparecer por un momento, y reaparecer en seguida del lado opuesto a la mesa, estirГЎndose ahora lenta y gradual hasta que el sol se borre y no quede otra cosa que sombra. Es, para Wenceslao y para ella, en efecto, asГ­: "la mesa"; ahГ­ almuerzan y cenan de octubre a marzo, a no ser que llueva o sople viento del norte. En esos casos comen en "la mesita chica" dentro del rancho al que le dicen la cocina. La mesa de madera rodeada por las sillas amarillas se llama "la otra mesa". Nunca han comido en ella, salvo cuando Г©l muriГі, ya que lloviznaba y mucha gente se quedГі a comer, de modo que en la "mesita chica" no podГ­an caber todos, como tampoco en la cocina.

Wenceslao se para y el Negro se aleja, moviendo la cola, desapareciendo detrГЎs de la casa. El Chiquito se queda inmГіvil, mirando fijo el aire, la cabeza alzada, las orejas verticales y tensas, la cola arqueada hacia arriba, como si estuviese invadido por un recuerdo mГЎs que por un pensamiento. En el suelo por el que camina Wenceslao no crece una sola mata de pasto y es tan duro que las alpargatas no dejan en Г©l ninguna huella. Apenas si en algunas porciones del patio delantero la tierra parece mГЎs floja -los lugares menos transitados-, liberando una capa delgada de arena cuyos cristalitos producen un brillo seco. Todo alrededor del patio -separado del resto de la isla por un alambrado- crecen los ГЎrboles que nadie plantГі nunca, los algarrobos, los espinillos y los ceibos y los sauces, los yuyos de sapo, las amapolas salvajes y las verbenas del campo y las manzanillas y las plantas venenosas. Pero desde la puerta de alambre que separa el patio del campo, una puertita que tiene la altura del alambrado -un poco mГЎs de un metro- arranca el sendero angosto de tierra arenosa en el que los pies dejan una huella profunda y que se ensancha al llegar a la playa amarilla que bordea el rГ­o. En el patio no hay nada mГЎs que el frente del rancho, ГЎrido y dГ©bil como un telГіn pintado, el paraГ­so y "la mesa", y Wenceslao deja de avanzar hacia el paraГ­so y "la mesa" y rascГЎndose la coronilla de la cabeza veteada de gris se da vuelta y se dirige a la parte trasera de la casa pasando por entre el rancho y la cocina, a travГ©s de un espacio abierto entre los dos y cubierto por una angosta techumbre de troncos y pajabrava que ellos llaman "la galerГ­a". El Chiquito se ha echado en el suelo enroscГЎndose en sГ­ mismo, dormitando, como si el recuerdo del que ha estado haciendo memoria hubiese parecido tan digno de atenciГіn que solamente desentendiГ©ndose del cuerpo y de gran parte de la mente podrГ­a aprehenderlo a fondo. Antes de acabar de verlo, pasando junto a Г©l y despuГ©s bajo la galerГ­a, Wenceslao ve otra vez al Negro, que hurga y humea un tarro lleno de restos de pescado crudo que huele a podrido. El tarro estГЎ en la parte trasera, contra la esquina del rancho. Wenceslao tira una patada suave que el perro esquiva sin asustarse, haciГ©ndose rГЎpido a un lado y volviendo a hurgar el tarro con el hocico y la pata, inclinГЎndolo hasta casi volcarlo. Wenceslao estГЎ ya en el patio trasero, al que ellos le dicen "atrГЎs". El patio delantero es "adelante". "AtrГЎs" hay naranjos, mandarinos y limoneros plantados a tresbolillo, y paraГ­sos y una higuera, y debajo de uno de los paraГ­sos una chocita endeble que es el excusado. Sostenida por travesaГ±os y puntales de madera, una parra cargada de hojas y de racimos que ya negrean forma una techumbre apretada, adherida a todo lo largo de la pared trasera del rancho. Hay tantos ГЎrboles que desde el fondo del patio el rancho apenas si se verГ­a. Durante treinta aГ±os Wenceslao ha trabajado esa tierra con sus propias manos, ha cuidado los ГЎrboles, podГЎndolos y curГЎndolos de plagas y enfermedades, ha orientado paciente la parra con puntales y travesaГ±os para que forme cada verano esa techumbre entretejida de hojas y racimos, ha levantado los ranchos y eso a lo que le dicen la galerГ­a, y sin embargo, seis aГ±os atrГЎs, cuando Г©l muriГі, durante por lo menos dos aГ±os la tierra que Wenceslao ha ganado a ese ejГ©rcito sin origen de ceibos y de sauces y de espinillos y de verbenas del campo, estuvo visitada por araГ±as y por vГ­boras y se llenГі de plantas venenosas.

Amanece

y ya estГЎ con los ojos abiertos

Se ha levantado y se ha vestido y ha estado jugando un momento con los perros y ahora orina en el excusado, con la puerta abierta.

Ella viene desde el interior del rancho. Wenceslao oye cГіmo abre y cierra la puerta y el bisbiseo de sus chancletas arrastrГЎndose por el piso duro de tierra va haciГ©ndose cada vez mГЎs prГіximo y nГ­tido. Cuando sale del excusado, abrochГЎndose la bragueta, la ve doblar la esquina del rancho y dirigirse hacia Г©l bajo la parra. Tiene puesto el batГіn negro descolorido y escotado que le llega hasta mГЎs abajo de las rodillas, y camina con lentitud sobrellevando ese aire peculiar de modorra y distracciГіn que tienen las personas que han dormido demasiado bien o no han dormido en absoluto.

– Buen día -dice Wenceslao yendo para la bomba.

Su voz es rГЎpida y algo aguda. La de ella, en cambio, al responder "Buen dГ­a" pasando junto a Wenceslao y dirigiГ©ndose al excusado, es mГЎs bien grave y suena despuГ©s de un momento.

Cuando ella entra en el excusado Wenceslao se lava la cara. Primero cierra la canilla y despuГ©s bombea enГ©rgico y rГЎpido y despuГ©s se inclina sobre la boca de la canilla abriГ©ndola otra vez y recogiendo con el hueco de las manos juntas agua del chorro grueso que sale de la canilla. Se refriega la cara, el cabello, el cuello y la nuca. Tiene la piel tensa y quemada por el sol, y en lo alto de la frente una franja blanquecina que separa la frente del cabello y que es la huella dejada por el sombrero de paja. Wenceslao se moja una y otra vez la cara y despuГ©s, con los ojos cerrados, cierra tanteando la canilla y se da vuelta, los brazos extendidos para no tocarse la ropa con las manos mojadas, aunque en el pantalГіn, a la altura del muslo derecho, ha quedado una gran mancha hГєmeda. Tanteando, con los ojos cerrados, Wenceslao se dirige hacia la pared del rancho y saca una toalla que cuelga de un clavo entre un espejito redondo con un marco rojo de plГЎstico y una repisa de madera repleta de potes, frascos y peines. Wenceslao se seca la cara y la nuca y despuГ©s se peina, mirГЎndose en el espejo: tiene los ojos chicos, oscuros y brillantes, la piel ГЎspera y reseca, llena de arruguitas, sobre todo alrededor de los ojos y en la frente; de la base de la nariz, parten dos lГ­neas simГ©tricas, curvas, hundidas, que llegan hasta la comisura de los labios y separan la boca de las mejillas rasuradas.

El Negro tumba por fin el tarro lleno de pescado podrido y se sobresalta, haciГ©ndose a un lado. Wenceslao lo espanta simulando que va a correr hacia Г©l pero limitГЎndose a golpear el suelo con la planta del pie. El Negro desaparece detrГЎs del rancho, adelante, rГЎpido. Ella sale del excusado y se dirige a la bomba. Wenceslao va atrГЎs de ella y cuando ella abre la canilla y se inclina al chorro dГ©bil de agua que sale por la boca, Wenceslao comienza a bombear.

El chorro de agua se hace mГЎs denso -es blanco, ГЎrido y opaco ahora- y las partГ­culas transparentes en que se deshace al chocar contra sus manos brillan en los primeros rayos del sol que atraviesan el cielo horizontales y destellan en las hojas de los ГЎrboles y en las gotas que se deslizan por la piel flГЎcida de su cuello.

– Voy ir a saludar a Rogelio esta mañana -dice Wenceslao sin dejar de bombear.

Ella se pasa la yema de los dedos mojados por los pГЎrpados y despuГ©s toma un trago de agua. Se yergue, mirando a Wenceslao mientras hace un largo buche con el agua. Wenceslao deja de bombear y se queda mirГЎndola. Ella se da vuelta y escupe el agua.

– Llévale unos limones -dice, yendo hacia la pared y recogiendo la toalla. Se seca despacio.

– Eso pensaba -dice Wenceslao.

– Y unas brevas -dice ella.

– Si le llevo brevas -dice Wenceslao- y tienen gente en la casa, no van alcanzar para nadie.

– Rosa me pidió brevas -dice ella.

– Pasadas las fiestas -dice Wenceslao-, cuando estén solos otra vez, les llevamos brevas, cosa que puedan probarlas.

– Pasadas las fiestas no hay más brevas -dice ella.

– Bueno -dice Wenceslao.

Mira la cara redonda, la piel oscura y llena de arrugas.


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