Размер шрифта:     
Гарнитура:GeorgiaVerdanaArial
Цвет фона:      
Режим чтения: F11  |  Добавить закладку: Ctrl+D
Следующая страница: Ctrl+→  |  Предыдущая страница: Ctrl+←
Показать все книги автора/авторов: MarsГ© Juan
 

«Rabos De Lagartija», Juan MarsГ©

Иллюстрация к книге

No comprendo para quГ© se necesita calumniar.

Si se quiere perjudicar a alguien lo Гєnico

que hace falta es decir de Г©l alguna verdad.

NlETZSCHE

El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente

que llega a fingir que es dolor

el dolor que de veras siente.

FERNANDO PESSOA

DifГ­cil es combatir con el corazГіn:

pues lo que se desea se paga con la vida.

HERГЃCLITO

Del tirano di todo, di mГЎs.

JOSÉ MARTÍ

 

CHISPA EN EL RECUERDO

Venga, chaval. Desembucha. Mis padres me engendraron hace muchos aГ±os, pero en este momento no tendrГ© mГЎs de tres o cuatro meses. Todo estГЎ ocurriendo como en un sueГ±o congelado en la placenta de la memoria, en un tiempo suspendido que engendrГі la caraba de mascaradas pГєblicas e infortunios privados, atropellos y desventuras, calabozos y hierros.

– ¿Qué pasa, se te ha comido la lengua el gato? -la voz intempestiva y ronca del hombre se abate de nuevo sobre mi hermano David, los dos enfrente de casa. Hace apenas media hora ha caído sobre el barrio una tormenta atronadora y sombría, y ahora, cuando la mañana vuelve a brillar esplendorosa y el aire y la luz se erizan acariciando la piel y los ojos, David se siente otra vez tan delicado y aparente que no le habría importado recibir el imperioso mandato de la autoridad vestido de Shirley Temple con sus tirabuzones rubios, sus hoyuelos en los mofletes y su vocecita de niña viciosilla:

– ¿Mande?

– Digo que lo sueltes ya, si es que tienes algo que contarme sobre tu madre…

– secretamente encelada, la voz se traba en su propia ronquera y su delirio, pero las palabras suenan sin acritud, en un tono tan poco apremiante e insidioso que, al oírlas, un chico menos maliciado que David Bartra habría tomado como un guiño que buscara su complicidad, y no como un desafío.

– ¿Me está provocando, sahib?

– ¿Qué es lo que sabes? -insiste el visitante-. Sea lo que sea, me interesa. Te escucho.

Lo estoy viendo como si ocurriera ahora mismo ante mis ojos. El hombre sigue plantado frente a la puerta de casa con su trinchera gris plegada al hombro, golpea calmosamente el extremo del cigarrillo sobre la uГ±a del pulgar, y espera. Pero David percibe la combustiГіn interna del rostro apagado, y, antes incluso de recibir la orden, ha visto reflejada fugazmente en sus ojos lГ­quidos y pesarosos la imagen femenina que le conturba; asГ­ que ahora guarda silencio, mirГЎndose hacia adentro sin decir lo que tambiГ©n Г©l estГЎ viendo, y por un instante, ambos, niГ±o y policГ­a, evocan a mamГЎ esperando el tranvГ­a en el mismo lugar y en idГ©ntica postura, apoyada en la misma farola de la Travesera con el libro abierto en las manos, el mismo ardiente sol en los cabellos y la misma ensoГ±aciГіn en los ojos. Muy bella en su espera ensimismada, nuestra pelirroja no tiene la mirada ni el pensamiento puestos en la pГЎgina del libro, sino en el humo azul del cigarrillo que sostiene entre los dedos, o tal vez mГЎs allГЎ del humo, en algГєn repliegue funesto de la luz, un sombrajo de mal presagio que sГіlo ella percibe en medio de la radiante maГ±ana de julio.

– ¿Y?

Mientras confГ­a en que mi hermano se decida a hablar, el inspector GalvГЎn ahueca la mano con parsimonia protegiendo la llama de un mechero que, medio oculto detrГЎs de los dedos largos y nervudos, David intuye dorado y de superficie acanalada. Luego, el pitillo encendido en los labios, repite la orden con aparente indolencia y deja las manos yertas a la altura del ombligo, como prestas a sofocar alguna previsible punzada en el hГ­gado o un puntual ardor de estГіmago. Vistas asГ­, sumisas y pГЎlidas, no parecen unas manos que hayan empuГ±ado jamГЎs una pistola, o que sean capaces de atizar puГ±etazos en los morros de alguien amarrado a una silla, aunque sГ­ parece que tengan la presteza solГ­cita y atenta como para haber sujetado a la pelirroja por la espalda tan oportunamente, evitando que cayera desfallecida sobre la acera. ВЎUna mujer fumando en la vГ­a pГєblica!, gruГ±e con mirada severa un transeГєnte, y el inspector le indica con la mano que se calme y circule, usted, circule. Pero no me engaГ±a su rebuscada mansedumbre, piensa David: son las manos de un tipo sin entraГ±as, un pedazo de cabrГіn. Te vigilo, guripa, te tengo controlado, no sabes con quiГ©n te estГЎs jugando los cuartos.

– ¿A qué esperas?

– Primero enséñeme usted la placa.

– Me conoces. Soy la persona que atendió a tu madre cuando se cayó en la calle.

– ¿En serio?

– Venga, no te hagas el listo.

Son las primeras escaramuzas de un funesto combate del que ambos saldrГЎn maltrechos, y que en realidad no fue inicialmente concertado por ninguno de los dos, sino por una simple cartulina guardada en los archivos del rencor y la delaciГіn. Pero Г©sa es otra historia.

– Ah, sí -admite David-. La seguía usted tan de cerca que se dio de morros con ella. Por eso pudo cogerla por los sobacos antes de que cayera junto al bordillo. Vaya chamba, ¿verdad, usted?

– Me encontraba allí por un casual.

– Y una mierda.

– No me hagas perder el tiempo, muchacho. Me has parado para contarme algo importante de la señora Bartra. Adelante, te escucho.

– No sé si es importante. Pero sé que a usted le interesa…

– A ver, de qué se trata. Venga.


Еще несколько книг в жанре «Современная проза»

Рассказ для Димы, Галина Щербакова Читать →

Вам и не снилось, Галина Щербакова Читать →