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«El Imperio De Los Lobos», Jean-Christophe Grange

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Título original: L’empire del Loups

В© 2004, JosГ© Antonio Soriano por la traducciГіn

UNO

1

– Rojo.

Anna Heymes se sentГ­a cada vez mГЎs incГіmoda. El experimento no ofrecГ­a ningГєn peligro, pero la idea de que pudieran leerle la mente en esos momentos la turbaba profundamente.

– Azul.

Estaba tumbada en una mesa de acero inoxidable, en el centro de una sala sumida en la penumbra, con la cabeza en el orificio central de una mГЎquina cilГ­ndrica de color blanco. Justo encima de la cara tenГ­a un espejo inclinado sobre el que se proyectaban unos cuadraditos. Solo tenГ­a que nombrar en voz alta los colores que iban tomando.

– Amarillo.

El lГ­quido de un gotero penetraba lentamente en su brazo derecho. El doctor Eric Ackermann le habГ­a explicado brevemente que se trataba de un trazador diluido que permitirГ­a localizar los aflujos de sangre en su cerebro.

Los colores seguían sucediéndose. Verde. Naranja. Rosa… Luego, el espejo se apagó.

Anna permaneciГі inmГіvil, con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo, como en un sarcГіfago. A unos metros a su izquierda distinguГ­a la tenue claridad de acuario de la cabina de cristal en la que estaban el doctor Ackermann y Laurent, su marido. Se los imaginaba ante los monitores de observaciГіn, vigilando la actividad de sus neuronas. Se sentГ­a espiada, robada, casi violada en su intimidad mГЎs secreta.

La voz de Ackermann resonГі en el auricular fijado a su oГ­do:

– Muy bien, Anna. Ahora los cuadrados empezarán a moverse. Solo tienes que describir sus movimientos, utilizando una sola palabra: derecha, izquierda, arriba, abajo…

Los cuadraditos empezaron a desplazarse como un mosaico abigarrado, fluido y elГЎstico o un banco de minГєsculos peces de colores.

– Derecha -dijo Anna hacia el micrófono acoplado a los auriculares.

Los cuadraditos se movieron hacia el borde superior del espejo.

– Arriba.

La prueba durГі varios minutos. Anna respondГ­a con voz lenta y monГіtona, y sentГ­a una modorra que la invadГ­a poco a poco. El calor que despedГ­a el espejo no hacГ­a mГЎs que aumentar su somnolencia. A ese paso no tardarГ­a en quedarse dormida.

– Perfecto -dijo Ackermann-. Ahora oirás una historia, contada de varias maneras. Tienes que escucharlas todas con mucha atención.

– ¿Qué tengo que decir?

– Ni una palabra. Limítate a escuchar.

Al cabo de unos segundos, Anna oyГі una voz de mujer en el auricular. Hablaba en otro idioma; los sonidos parecГ­an asiГЎticos, tal vez orientales.

Una breve pausa, y vuelta a empezar, esta vez en francés. Pero saltándose la gramática a la torera: verbos en infinitivo, artículos mal concordados, desorden sintáctico…

Anna intentó descifrar aquel galimatías, pero la siguiente versión empezó de inmediato. Ahora las frases estaban salpicadas de palabros… ¿Qué significaba todo aquello? De pronto, el silencio llenó sus oídos y la oscuridad del cilindro se hizo aún más densa.

El mГ©dico tardГі unos instantes en hablar:

– Siguiente test. Ahora oirás nombres de países, y tienes que ir diciendo las capitales.

Anna iba a decir que lo habГ­a entendido, pero el primer nombre sonГі de inmediato:

– Suecia.

– Estocolmo -dijo sin pensárselo dos veces.

– Venezuela.

– Caracas.

– Nueva Zelanda.

– Auckland. No, Wellington.

– Senegal.

– Dakar.

Las capitales le acudГ­an a la mente automГЎticamente. Sus respuestas eran casi reflejas, pero el resultado la satisfizo. Su memoria era mejor de lo que pensaba. ВїQuГ© estarГ­an viendo Ackermann y Laurent en los monitores? ВїQuГ© zonas de su cerebro se estarГ­an activando?

– Ultimo test -le anunció el neurólogo-. Ahora verás unas caras. Identifícalas en voz alta tan deprisa como puedas.

Anna había leído en alguna parte que para desencadenar el mecanismo de la fobia bastaba un simple signo, una palabra, un gesto, un detalle visual; los psiquiatras lo llamaban la «señal de la angustia». Señal: el término perfecto. En su caso, la palabra «rostro» bastaba para provocarle malestar. Al instante, se ahogaba, se le hacía un nudo en el estómago, se le agarrotaban las extremidades… y era como si tuviera una especie de guijarro muy caliente en la garganta.


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