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«Soldados de Salamina», Javier Cercas

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Para Raul Cercas y MercГ© Mas

Los dioses han ocultado lo que hace vivir a

los hombres

HesГ­odo, Los trabajos y los dГ­as

 

NOTA DEL AUTOR

Este libro es fruto de numerosas lecturas y de largas conversaciones. Muchas de las personas con las que estoy en deuda aparecen en el texto con sus nombres y apellidos; de entre las que no lo hacen, quiero mencionar a Josep Clara, Jordi Gracia, Eliane y Jeanmarie Lavaud, JosГ©-Carlos Mainer, Josep MarГ­a Nadal y Carlos TrГ­as, pero especialmente a MГіnica Carbajosa, cuya tesis doctoral, titulada La prosa del 27: Rafael SГЎnchez Mazas, me ha sido de gran utilidad. A todos ellos gracias.

Primera parte. Los amigos del bosque

Fue en el verano de 1994, hace ahora mГЎs de seis aГ±os, cuando oГ­ hablar por primera vez del fusilamiento de Rafael SГЎnchez Mazas. Tres cosas acababan de ocurrir me por entonces: la primera es que mi padre habГ­a muerto; la segunda es que mi mujer me habГ­a abandonado; la tercera es que yo habГ­a abandonado mi carrera de escritor. Miento. La verdad es que, de esas tres cosas, las dos primeras son exactas, exactГ­simas; no asГ­ la tercera. En realidad, mi carrera de escritor no habГ­a acabado de arrancar nunca, asГ­ que difГ­cilmente podГ­a abandonarla. MГЎs justo serГ­a decir que la habГ­a abandonado apenas iniciada. En 1989 yo habГ­a publicado mi primera novela; como el conjunto de relatos aparecido dos aГ±os antes, el libro fue acogido con notoria indiferencia, pero la vanidad y una reseГ±a elogiosa de un amigo de aquella Г©poca se aliaron para convencerme de que podГ­a llegar a ser un novelista y de que, para serlo, lo mejor era dejar mi trabajo en la redacciГіn del periГіdico y dedicarme de lleno a escribir. El resultado de este cambio de vida fueron cinco aГ±os de angustia econГіmica, fГ­sica y metafГ­sica, tres novelas inacabadas y una depresiГіn espantosa que me tumbГі durante dos meses en una butaca, frente al televisor. Harto de pagar las facturas, incluida la del entierro de mi padre, y de verme mirar el televisor apagado y llorar, mi mujer se largГі de casa apenas empecГ© a recuperarme, y a mГ­ no me quedГі otro remedio que olvidar para siempre mis ambiciones literarias y pedir mi reincorporaciГіn al periГіdico.

Acababa de cumplir cuarenta aГ±os, pero por fortuna -o porque no soy un buen escritor, pero tampoco un mal periodista, o, mГЎs probablemente, porque en el periГіdico no contaban con nadie que quisiera hacer mi trabajo por un sueldo tan exiguo como el mГ­o- me aceptaron. Se me adscribiГі a la secciГіn de cultura, que es donde se adscribe a la gente a la que no se sabe dГіnde adscribir. Al principio, con el fin no declarado pero evidente de castigar mi deslealtad -puesto que, para algunos periodistas, un compaГ±ero que deja el periodismo para pasarse a la novela no deja de ser poco menos que un traidor-, se me obligГі a hacer de todo, salvo traerle cafГ©s al director desde el bar de la esquina, y sГіlo unos pocos compaГ±eros no incurrieron en sarcasmos o ironГ­as a mi costa. El tiempo debiГі de atenuar mi infidelidad: pronto empecГ© a redactar sueltos, a escribir artГ­culos, a hacer entrevistas. Fue asГ­ como en julio de 1994 entrevistГ© a Rafael SГЎnchez Ferlosio, que en aquel momento estaba pronunciando en la universidad un ciclo de conferencias. Yo sabГ­a que Ferlosio era reacio en extremo a hablar con periodistas, pero, gracias a un amigo (o mГЎs bien a una amiga de ese amigo, que era quien habГ­a organizado la estancia de Ferlosio en la ciudad), conseguГ­ que accediera a conversar un rato conmigo. Porque llamar a aquello entrevista serГ­a excesivo; si lo fue, fue tambiГ©n la mГЎs rara que he hecho en mi vida. Para empezar, Ferlosio apareciГі en la terraza del Bistrot envuelto en una nube de amigos, discГ­pulos, admiradores y turiferarios; este hecho, unido al descuido de su indumentaria y a un fГ­sico en el que inextricablemente se mezclaban el aire de un aristГіcrata castellano avergonzado de serlo y el de un viejo guerrero oriental -la cabeza poderosa, el pelo revuelto y entreverado de ceniza, el rostro duro, demacrado y difГ­cil, de nariz judГ­a y mejillas sombreadas de barba-, invitaba a que un observador desavisado lo tomara por un gurГє religioso rodeado de acГіlitos. Pero es que, ademГЎs, Ferlosio se negГі en redondo a contestar una sola de las preguntas que le formulГ©, alegando que en sus libros habГ­a dado las mejores respuestas de que era capaz. Esto no significa que no quisiera hablar conmigo; al contrario: como si buscara desmentir su fama de hombre huraГ±o (o quizГЎs es que Г©sta carecГ­a de fundamento), estuvo cordialГ­simo, y la tarde se nos fue charlando. El problema es que si yo, tratando de salvar mi entrevista, le preguntaba (digamos) por la diferencia entre personajes de carГЎcter y personajes de destino, Г©l se las arreglaba para contestarme con una disquisiciГіn sobre (digamos) las causas de la derrota de las naves persas en la batalla de Salamina, mientras que cuando yo trataba de extirparle su opiniГіn sobre (digamos) los fastos del quinto centenario de la conquista de AmГ©rica, Г©l me respondГ­a ilustrГЎndome con gran acopio de gesticulaciГіn y detalles acerca de (digamos) el uso correcto de la garlopa. Aquello fue un tira y afloja agotador, y no fue hasta la Гєltima cerveza de aquella tarde cuando Ferlosio contГі la historia del fusilamiento de su padre, la historia que me ha tenido en vilo durante los dos Гєltimos aГ±os. No recuerdo quiГ©n ni cГіmo sacГі a colaciГіn el nombre de Rafael SГЎnchez Mazas (quizГЎ fue uno de los amigos de Ferlosio, quizГЎs el propio Ferlosio). Recuerdo que Ferlosio contГі:

– Lo fusilaron muy cerca de aquí, en el santuario del Collell. -Me miró-. ¿Ha estado usted allí alguna vez? Yo tampoco, pero sé que está junto a Banyoles. Fue al final de la guerra. El 18 de julio le había sorprendido en Madrid, y tuvo que refugiarse en la embajada de Chile, donde pasó más de un año. Hacia finales del treinta y siete escapó de la embajada y salió de Madrid camuflado en un camión, quizá con el propósito de llegar hasta Francia. Sin embargo, lo detuvieron en Barcelona, y cuando las tropas de Franco llegaban a la ciudad se lo llevaron al Collell, muy cerca de la frontera. Allí lo fusilaron. Fue un fusilamiento en masa, probablemente caótico, porque la guerra ya estaba perdida y los republicanos huían en desbandada por los Pirineos, así que no creo que supieran que estaban fusilando a uno de los fundadores de Falange, amigo personal de José Antonio Primo de Rivera por más señas. Mi padre conservaba en casa la zamarra y el pantalón con que lo fusilaron, me los enseñó muchas veces, a lo mejor todavía andan por ahí; el pantalón estaba agujereado, porque las balas sólo lo rozaron y él aprovechó la confusión del momento para correr a esconderse en el bosque. Desde allí, refugiado en un agujero, oía los ladridos de los perros y los disparos y las voces de los milicianos, que lo buscaban sabiendo que no podían perder mucho tiempo buscándolo, porque los franquistas les pisaban los talones. En algún momento mi padre oyó un ruido de ramas a su espalda, se dio la vuelta y vio a un miliciano que le miraba. Entonces se oyó un grito: «¿Está por ahí?». Mi padre contaba que el miliciano se quedó mirándole unos segundos y que luego, sin dejar de mirarle, gritó: «¡Por aquí no hay nadie!», dio media vuelta y se fue.

Ferlosio hizo una pausa, y sus ojos se achicaron en una expresiГіn de inteligencia y de malicia infinitas, como los de un niГ±o que reprime la risa.

– Pasó varios días refugiado en el bosque, alimentándose de lo que encontraba o de lo que le daban en las masías. No conocía la zona, y además se le habían roto las gafas, de manera que apenas veía; por eso decía siempre que no hubiera sobrevivido de no ser porque encontró a unos muchachos de un pueblo cercano, Cornellá de Terri se llamaba o se llama, unos muchachos que le protegieron y le alimentaron hasta que llegaron los nacionales. Se hicieron muy amigos, y al terminar todo se quedó varios días en su casa. No creo que volviera a verlos, pero a mí me habló más de una vez de ellos. Me acuerdo de que siempre les llamaba con el nombre que se habían puesto: «Los amigos del bosque».

Г‰sa fue la primera vez que oГ­ contar la historia, y asГ­ la oГ­ contar. En cuanto a la entrevista con Ferlosio, conseguГ­ finalmente salvarla, o quizГЎs es que me la inventГ©: que yo recuerde, ni una sola vez se aludГ­a en ella a la batalla de Salamina (y sГ­ a la distinciГіn entre personajes de destino y personajes de carГЎcter), ni al uso exacto de la garlopa (y sГ­ a los fastos del quinto centenario del descubrimiento de AmГ©rica). Tampoco se mencionaba en la entrevista el fusilamiento del Collell ni a SГЎnchez Mazas. Del primero yo sГіlo sabГ­a lo que acababa de oГ­rle contar a Ferlosio; del segundo, poco mГЎs: en aquel tiempo no habГ­a leГ­do una sola lГ­nea de SГЎnchez Mazas, y su nombre no era para mГ­ mГЎs que el nombre brumoso de uno mГЎs de los muchos polГ­ticos y escritores falangistas que los Гєltimos aГ±os de la historia de EspaГ±a habГ­an enterrado aceleradamente, como si los enterradores temiesen que no estuvieran del todo muertos.

De hecho, no lo estaban. O por lo menos no lo estaban del todo. Como la historia del fusilamiento de SГЎnchez Mazas en el Collell y las circunstancias que lo rodearon me habГ­an impresionado mucho, tras la entrevista con Ferlosio empecГ© a sentir curiosidad por SГЎnchez Mazas; tambiГ©n por la guerra civil, de la que hasta aquel momento no sabГ­a mucho mГЎs que de la batalla de Salamina o del uso exacto de la garlopa, y por las historias tremendas que engendrГі, que siempre me habГ­an parecido excusas para la nostalgia de los viejos y carburante para la imaginaciГіn de los novelistas sin imaginaciГіn. Casualmente (o no tan casualmente), por entonces se puso de moda entre los escritores espaГ±oles vindicar a los escritores falangistas. La cosa, en realidad, venГ­a de antes, de cuando a mediados de los ochenta ciertas editoriales tan exquisitas como influyentes publicaron algГєn volumen de algГєn exquisito falangista olvidado, pero, para cuando yo empecГ© a interesarme por SГЎnchez Mazas, en determinados cГ­rculos literarios ya no sГіlo se vindicaba a los buenos escritores falangistas, sino tambiГ©n a los del montГіn e incluso a los malos. Algunos ingenuos, como algunos guardianes de la ortodoxia de izquierdas, y tambiГ©n algunos necios, denunciaron que vindicar a un escritor falangista era vindicar (o preparar el terreno para vindicar) el falangismo. La verdad era exactamente la contraria: vindicar a un escritor falangista era sГіlo vindicar a un escritor; o mГЎs exactamente: era vindicarse a sГ­ mismos como escritores vindicando a un buen escritor. Quiero decir que esa moda surgiГі, en los mejores casos (de los peores no merece la pena hablar), de la natural necesidad que todo escritor tiene de inventarse una tradiciГіn propia, de un cierto afГЎn de provocaciГіn, de la certidumbre problemГЎtica de que una cosa es la literatura y otra la vida y de que por tanto se puede ser un buen escritor siendo una pГ©sima persona (o una persona que apoya y fomenta causas pГ©simas), de la convicciГіn de que se estaba siendo literariamente injusto con ciertos escritores falangistas, quienes, por decirlo con la fГіrmula acuГ±ada por AndrГ©s Trapiello, habГ­an ganado la guerra, pero habГ­an perdido la historia de la literatura. Sea como fuere, SГЎnchez Mazas no escapГі a esta exhumaciГіn colectiva: en 1986 se publicaron por vez primera sus poesГ­as completas; en 1995se reeditГі en una colecciГіn muy popular la novela La vida nueva de Pedrito de AndГ­a; en 1996 se reeditГі tambiГ©n Rosa KrГјger, otra de sus novelas, que de hecho habГ­a permanecido inГ©dita hasta 1984. Por entonces leГ­ todos esos libros. Los leГ­ con curiosidad, con fruiciГіn incluso, pero no con entusiasmo: no necesitГ© frecuentarlos mucho para concluir que SГЎnchez Mazas era un buen escritor, pero no un gran escritor, aunque apuesto a que no hubiera sabido explicar con claridad quГ© diferencia a un gran escritor de un buen escritor. Recuerdo que en los meses o aГ±os que siguieron fui recogiendo tambiГ©n, al azar de mis lecturas, alguna noticia dispersa acerca de SГЎnchez Mazas e incluso alguna alusiГіn, muy sumaria e imprecisa, al episodio del Collell.

PasГі el tiempo. EmpecГ© a olvidar la historia. Un dГ­a de principios de febrero de 1999, el aГ±o del sesenta aniversario del final de la guerra civil, alguien del periГіdico sugiriГі la idea de escribir un artГ­culo conmemorativo del final tristГ­simo del poeta Antonio Machado, que en enero de 1939, en compaГ±Г­a de su madre, de su hermano JosГ© y de otros cientos de miles de espaГ±oles despavoridos, empujado por el avance de las tropas franquistas huyГі desde Barcelona hasta Collioure, al otro lado de la frontera francesa, donde muriГі poco despuГ©s. El episodio era muy conocido, y pensГ© con razГіn que no habrГ­a periГіdico catalГЎn (o no catalГЎn) que por esas fechas no acabara evocГЎndolo, asГ­ que ya me disponГ­a a escribir el consabido artГ­culo rutinario cuando me acordГ© de SГЎnchez Mazas y de que su frustrado fusilamiento habГ­a ocurrido mГЎs o menos al mismo tiempo que la muerte de Machado, sГіlo que del lado espaГ±ol de la frontera. ImaginГ© entonces que la simetrГ­a y el contraste entre esos dos hechos terribles -casi un quiasmo de la historia- quizГЎ no era casual y que, si conseguГ­a contarlos sin pГ©rdida en un mismo artГ­culo, su extraГ±o paralelismo acaso podГ­a dotarlos de un significado inГ©dito. Esta supersticiГіn se afianzГі cuando, al empezar a documentarme un poco, di por casualidad con la historia del viaje de Manuel Machado hasta Collioure, poco despuГ©s de la muerte de su hermano Antonio. Entonces me puse a escribir. El resultado fue un artГ­culo titulado В«Un secreto esencialВ». Como a su modo tambiГ©n es esencial para esta historia, lo copio a continuaciГіn:

«Se cumplen sesenta años de la muerte de Antonio Machado, en las postrimerías de la guerra civil. De todas las historias de aquella historia, sin duda la de Machado es una de las más tristes, porque termina mal. Se ha contado muchas veces. Procedente de Valencia, Machado llegó a Barcelona en abril de 1938, en compañía de su madre y de su hermano José, y se alojó primero en el Hotel Majestic y luego en la Torre de Castañer, un viejo palacete situado en el paseo de Sant Gervasi. Allí siguió haciendo lo mismo que había hecho desde el principio de la guerra: defender con sus escritos al gobierno legítimo de la República. Estaba viejo, fatigado y enfermo, y ya no creía en la derrota de Franco; escribió: "Esto es el final; cualquier día caerá Barcelona. Para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, todo está claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no estoy tan seguro… Quizá la hemos ganado". Quién sabe si acertó en esto último; sin duda lo hizo en lo primero. La noche del 22 de enero de 1939, cuatro días antes de que las tropas de Franco tomaran Barcelona, Machado y su familia partían en un convoy hacia la frontera francesa. En ese éxodo alucinado los acompañaban otros escritores, entre ellos Corpus Barga y Carles Riba. Hicieron paradas en Cerviá de Ter y en Mas Faixat, cerca de Figueres. Por fin, la noche del 27, después de caminar seiscientos metros bajo la lluvia, cruzaron la frontera. Se habían visto obligados a abandonar sus maletas; no tenían dinero. Gracias a la ayuda de Corpus Barga, consiguieron llegar a Collioure e instalarse en el hotel Bougnol Quintana. Menos de un mes más tarde moría el poeta; su madre le sobrevivió tres días. En el bolsillo del gabán de Antonio, su hermano José halló unas notas; una de ellas era un verso, quizás el primer verso de su último poema: "Estos días azules y este sol de la infancia".

В»La historia no acaba aquГ­. Poco despuГ©s de la muerte de Antonio, su hermano el poeta Manuel Machado, que vivГ­a en Burgos, se enterГі del hecho por la prensa extranjera. Manuel y Antonio no sГіlo eran hermanos: eran Г­ntimos. A Manuel la sublevaciГіn del 18 de julio le sorprendiГі en Burgos, zona rebelde; a Antonio, en Madrid, zona republicana. Es razonable suponer que, de haber estado en Madrid, Manuel hubiera sido fiel a la RepГєblica; tal vez sea ocioso preguntarse quГ© hubiera ocurrido si Antonio llega a estar en Burgos. Lo cierto es que, apenas conociГі la noticia de la muerte de su hermano, Manuel se hizo un salvoconducto y, tras viajar durante dГ­as por una EspaГ±a calcinada, llegГі a Collioure. En el hotel supo que tambiГ©n su madre habГ­a fallecido. Fue al cementerio. AllГ­, ante las tumbas de su madre y de su hermano Antonio, se encontrГі con su hermano JosГ©. Hablaron. Dos dГ­as mГЎs tarde Manuel regresГі a Burgos.


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