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«La Velocidad De La Luz», Javier Cercas

Иллюстрация к книге

PARA RAÜL CERCAS Y MERCÉ CERCAS

El mal, no los errores, perdura,

lo perdonable estГЎ perdonado hace tiempo, Los

cortes de navaja se han curado tambiГ©n, sГіlo el corte que produce

el mal, Г©se no se cura, se reabre en la noche, cada noche.

Ingeborg Bachmann, В«Calle de la GloriaВ»

– Pero ¿ Y si nos envuelven?

No nos envolverГЎn.

– ¿Y si nos ahogamos?

– No nos ahogaremos.

Julio Verne, Viaje al centro de la Tierra

 

Todos los caminos

Ahora llevo una vida falsa, una vida apГіcrifa y clandestina e invisible aunque mГЎs verdadera que si fuera de verdad, pero yo todavГ­a era yo cuando conocГ­ a Rodney Falk. Fue hace mucho tiempo y fue en Urbana, una ciudad del Medio Oeste norteamericano en la que pasГ© dos aГ±os a finales de la dГ©cada de los ochenta. La verdad es que cada vez que me pregunto por quГ© fui a parar precisamente allГ­ me digo que fui a parar precisamente allГ­ como podГ­a haber ido a parar a cualquier otro sitio. ContarГ© por quГ© en vez de ir a parar a cualquier otro sitio fui a parar precisamente allГ­.

Fue por casualidad. Por entonces -de esto hace ahora diecisiete aГ±os- yo era muy joven, acababa de terminar mis estudios y compartГ­a con un amigo un piso oscuro e infecto en la calle Pujol, en Barcelona, muy cerca de la plaza Bonanova. Mi amigo se llamaba Marcos Luna, era de Gerona como yo y en realidad era mГЎs y menos que un amigo: habГ­amos crecido juntos, habГ­amos jugado juntos, habГ­amos ido juntos al colegio, tenГ­amos los mismos amigos. Desde siempre Marcos querГ­a ser pintor; yo no: yo querГ­a ser escritor. Pero habГ­amos estudiado dos carreras inГєtiles y no tenГ­amos trabajo y Г©ramos pobres como ratas, asГ­ que ni Marcos pintaba ni yo escribГ­a, o sГіlo lo hacГ­amos en los escasos ratos libres que nos dejaba la tarea casi excluyente de sobrevivir. Lo conseguГ­amos a duras penas. Г‰l impartГ­a clases en un colegio tan infecto como el piso en que vivГ­amos y yo trabajaba a destajo para una editorial de negreros (preparando originales, revisando traducciones, corrigiendo galeradas), pero como nuestros sueldos de miseria ni siquiera nos alcanzaban para pagar el alquiler del piso y la manutenciГіn aceptГЎbamos todos los encargos suplementarios que conseguГ­amos araГ±ar aquГ­ y allГЎ, por peregrinos que fuesen, desde proponer nombres a una agencia de publicidad para que Г©sta eligiese entre ellos el de una nueva compaГ±Г­a aГ©rea hasta ordenar los archivos del Hospital de la Vall d'Hebron, pasando por escribir letras de canciones, que nunca cobramos, para un mГєsico que boqueaba en dique seco. Por lo demГЎs, cuando no trabajГЎbamos m escribГ­amos o pintГЎbamos nos dedicГЎbamos a patearnos la ciudad, a fumar marihuana, a beber cerveza y a hablar de las obras maestras con las que algГєn dГ­a nos vengarГ­amos de un mundo que, a pesar de que aГєn no habГ­amos expuesto un solo cuadro ni publicado un solo cuento, considerГЎbamos que nos estaba ninguneando de forma flagrante. No conocГ­amos a pintores ni a escritores, no frecuentГЎbamos cГіcteles ni presentaciones de libros, pero es probable que nos gustara imaginarnos como dos bohemios en una Г©poca en la que ya no existГ­an los bohemios o como dos temibles kamikazes dispuestos a estrellarse alegremente contra la realidad; lo cierto es que no Г©ramos mГЎs que dos provincianos arrogantes perdidos en la capital, que estГЎbamos solos y furiosos y que el Гєnico sacrificio que por nada del mundo nos sentГ­amos capaces de realizar era el de volver a Gerona, porque eso equivalГ­a a renunciar a los sueГ±os de triunfo que habГ­amos acariciado desde siempre. Г‰ramos brutalmente ambiciosos. AspirГЎbamos a fracasar. Pero no a fracasar sin mГЎs ni mГЎs y de cualquier manera: aspirГЎbamos a fracasar de una forma total, radical y absoluta. Era nuestra forma de aspirar al Г©xito.

Una noche de la primavera de 1987 ocurriГі algo que no tardarГ­a en cambiarlo todo. Marcos y yo acabГЎbamos de salir de casa cuando, justo en el cruce de Muntaner y Arimon, nos topamos con Marcelo Cuartero. Cuartero era un catedrГЎtico de literatura en la Uni versidad AutГіnoma a cuyas ciases deslumbrantes yo habГ­a asistido con fervor, pese a haber sido un alumno mediocre. Era un cincuentГіn grueso, bajo, pelirrojo y descuidado en el vestir, con una cara grande de tortuga triste monopolizada por unas cejas de malvado y unos ojos sarcГЎsticos que amedrentaban un poco; tambiГ©n era uno de los primeros especialistas europeos en la novela decimonГіnica, habГ­a encabezado la agitaciГіn universitaria contra el franquismo en los aГ±os sesenta y setenta y, segГєn se decГ­a (aunque esto era difГ­cil deducirlo de la orientaciГіn de sus clases y la lectura de sus libros, escrupulosamente exentos de cualquier contenido polГ­tico), continuaba siendo un comunista de corazГіn, resignado e irredento. Cuartero y yo apenas habГ­amos intercambiado algГєn comentario de pasillo durante mis aГ±os de estudiante, pero aquella noche se detuvo a hablar conmigo y con Marcos, nos contГі que venГ­a de una tertulia literaria que se reunГ­a cada martes y cada viernes en el Oxford, un bar cercano y, como si la tertulia no hubiese satisfecho sus ganas de conversaciГіn, me preguntГі por lo que estaba leyendo y nos pusimos a hablar de literatura; luego nos invitГі a tomar una cerveza en El Yate, un bar de grandes ventanales y maderas bruГ±idas al que Marcos y yo no solГ­amos entrar, porque nos parecГ­a demasiado lujoso para nuestro exiguo presupuesto. Acodados a la barra, estuvimos hablando de libros durante un rato, al cabo del cual Cuartera me preguntГі de improviso en quГ© trabajaba; como Marcos estaba delante, no me animГ© a mentirle, pero hice todo lo posible por adornar la verdad. Г‰l, sin embargo, debiГі de adivinarla, porque fue entonces cuando me hablГі de Urbana. Cuartera dijo que tenГ­a un buen amigo allГ­, en la Universidad de Illinois, y que su amigo le habГ­a dicho que el curso siguiente el departamento de espaГ±ol ofrecГ­a vanas becas de profesor ayudante a licenciados espaГ±oles.

– No tengo ni idea de cómo es la ciudad -reconoció Marcelo-. Lo único que sé de ella lo sé por Con faldas y a lo loco.

– ¿ Con faldas y a lo loco? -preguntamos Marcos y yo al unísono.

– La película -contestó Marcelo-. Al principio Jack Lemmon y Tony Curtís tienen que dar un concierto en una ciudad helada del Medio Oeste, cerca de Chicago, pero por un lío con unos gánsters acaban largándose a escape hacía Florida disfrazados de coristas para correrse una juerga monumental. Bueno, pues Urbana es la ciudad helada a la que nunca llegan, de lo cual se deduce que Urbana no debe de ser una maravilla o que por lo menos debe de ser todo lo contrario de Florida, suponiendo que Florida sea una maravilla. En fin, eso es todo lo que sé. Pero la universidad es buena, y creo que el trabajo también. Te pagan un sueldo por dar clases de lengua, lo justo para vivir, y tienes que matricularte en el programa de doctorado. Nada muy exigente. Además, tú querías ser escritor, ¿no?

SentГ­ que se me incendiaban las mejillas. Sin atreverme a mirar a Marcos balbuceГ© algo, pero Cuartera me interrumpiГі:

– Pues un escritor tiene que viajar. Verás cosas distintas, conocerás a otra gente, leerás otros libros. Eso es saludable. En fin -concluyó-, si te interesa me llamas.

Cuartero se marchГі poco despuГ©s, pero Marcos y yo nos quedamos en El Yate, pedimos otra cerveza y estuvimos un rato bebiendo y fumando en silencio; los dos sabГ­amos lo que el otro estaba pensando, y los dos sabГ­amos que el otro lo sabГ­a. PensГЎbamos que Cuartero acababa de formular en cuatro palabras lo que hacГ­a mucho tiempo que pensГЎbamos sin formularlo: pensГЎbamos que, ademГЎs de leer todos los libros, un escritor debГ­a viajar y ver mundo y vivir con intensidad y acumular experiencias, y que Estados Unidos -cualquier lugar de Estados Unidos- era el lugar ideal para hacer todas esas cosas y convertirse en escritor; pensГЎbamos que un empleo estable y remunerado que dejaba tiempo para escribir era mucho mГЎs de lo que en aquel momento yo podГ­a soГ±ar con conseguir en Barcelona; demasiado jГіvenes o demasiado ilusos para saber quГ© significa que una vida se estГЎ yendo a la mierda, pensГЎbamos que nuestra vida en Barcelona se estaba yendo a la mierda.

– Bueno -dijo por fin Marcos y, sabiendo que la decisión ya estaba tomada, apuró de un solo trago su vaso-. ¿Otra cerveza?

AsГ­ fue como, seis meses despuГ©s de ese encuentro fortuito con Marcelo Cuartero, tras un viaje interminable en aviГіn con escalas en Londres y Nueva York, fui a parar a Urbana como podГ­a haber ido a parar a cualquier otro sitio. Recuerdo que en lo primero que pensГ© al llegar allГ­, mientras el autobГєs de la Greyhound que me traГ­a de Chicago penetraba por una desierta sucesiГіn de avenidas flanqueadas por casitas con porche, edificios de ladrillo rojizo y parterres meticulosos que reverberaban bajo el cielo candente de agosto, ruГ© en la suerte tremenda que habГ­an tenido Tony CurtГ­s y Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco, y en que escribirГ­a a Marcos para decirle que habГ­a hecho diez mil kilГіmetros en vano, porque Urbana -apenas un islote de ciento cincuenta mil almas flotando en medio de un mar de maizales que se extendГ­a sin interrupciГіn hasta los suburbios de Chicago- no era mucho mГЎs grande ni parecГ­a menos provinciana que Gerona. Por supuesto, no le dije nada de eso: para no desilusionarle con mi desilusiГіn, o para tratar de modificar un poco la verdad, lo que le dije fue que Marcelo Cuartero estaba equivocado y que Urbana era como Florida, o mГЎs bien como una mezcla en miniatura de Florida y Nueva York, una ciudad efervescente, soleada y cosmopolita donde prГЎcticamente las novelas me saldrГ­an solas. Pero, como por mucho que nos empeГ±emos las mentiras no alteran la verdad, no tardГ© en comprobar que mi primera impresiГіn compungida de la ciudad era exacta, y por eso durante los primeros dГ­as que pasГ© en Urbana me dejГ© dominar por la tristeza, incapaz como era de emanciparme de la nostalgia de lo que habГ­a dejado atrГЎs y de la certidumbre de que, antes que una ciudad, aquel horno sin alivio perdido en medio de ninguna parte era un cementerio en el que a no mucho tardar acabarГ­a convertido en un fantasma o un zombi.

Fue el amigo de Marcelo Cuartero quien me ayudГі a vadear esa depresiГіn inicial. Se llamaba John Borgheson y resultГі ser un inglГ©s americanizado o un americano que no habГ­a sabido dejar de ser inglГ©s (o todo lo contrario); quiero decir que, aunque su cultura y su educaciГіn eran americanas y la mayor parte de su vida y toda su carrera acadГ©mica habГ­an transcurrido en Estados Unidos, aГєn conservaba casi intacto su acento de Birmingham y no se habГ­a contagiado de los modales directos de los norteamericanos, de manera que a su modo seguГ­a siendo un britГЎnico de la vieja escuela, o le gustaba imaginar que lo era: un hombre tГ­mido, cortГ©s y reticente, que pugnaba en vano por ocultar al humorista de vocaciГіn que llevaba dentro. Borgheson, que rondaba los cuarenta aГ±os y hablaba ese castellano un tanto arcaico y pedregoso que hablan a menudo quienes lo han leГ­do mucho y lo han hablado poco, era la Гєnica persona que yo conocГ­a en la ciudad, y a mi llegada tuvo la deferencia inusitada de acogerme en su casa; luego me ayudГі a alquilar un apartamento cercano al campus y a instalarme en Г©l, me mostrГі la universidad y me guiГі por el laberinto de su burocracia. Durante esos primeros dГ­as no pude evitar la impresiГіn de que la amabilidad exagerada de Borgheson se debГ­a a que, a causa de algГєn malentendido, me consideraba un alumno predilecto de Marcelo Cuartero, lo que no dejaba de parecerme irГіnico, sobre todo porque por entonces yo ya empezaba a tener fundadas sospechas de que si Cuartero no me habГ­a enviado a un lugar mГЎs remoto e inhГіspito que Urbana era porque no conocГ­a un lugar *mГЎs inhГіspito y mГЎs remoto que Urbana. Borgheson tambiГ©n se apresurГі a presentarme a algunos de mis futuros compaГ±eros, discГ­pulos suyos y profesores ayudantes como yo en el departamento de espaГ±ol, y una noche de sГЎbado, pocos dГ­as despuГ©s de mi llegada, organizГі una cena con tres de ellos en el Courier CafГ©, un pequeГ±o restaurante situado en Race, muy cerca de Lmcoln Square.

Recuerdo la cena muy bien, entre otras razones porque mucho me temo que algunas de las cosas que allГ­ ocurrieron dan el tono exacto de lo que debieron de ser mis primeras semanas en Urbana. Los tres colegas que asistieron a ella tenГ­an mГЎs o menos mi misma edad; eran dos hombres y una mujer. Los dos hombres dirigГ­an una revista semestral titulada LГ­nea Plural: uno era un venezolano llamado Felipe Vieri, un tipo muy leГ­do, irГіnico, un poco altivo, que vestГ­a con una pulcritud no exenta de amaneramiento; el otro se llamaba Frank SolaГєn y era un norteamericano de origen cubano, fornido y entusiasta, de sonrisa radiante y pelo alisado con gomina. En cuanto a la mujer, su nombre era Laura Burns y, segГєn supe mГЎs tarde por el propio Borgheson, pertenecГ­a a una opulenta y aristocrГЎtica familia de San Juan de Puerto Rico (su padre era propietario del primer periГіdico del paГ­s), pero lo que en ella mГЎs me llamГі la atenciГіn aquella noche, aparte de su fГ­sico inequГ­voco de gringa -alta, sГіlida, rubia, muy pГЎlida de piel-, fue su intimidante propensiГіn al sarcasmo, a duras penas refrenada por el respeto que le inspiraba la presencia de Borgheson. Г‰ste, por lo demГЎs, impuso su jerarquГ­a con suavidad a lo largo de la cena, encauzando sin esfuerzo la conversaciГіn hacia temas que pudieran ser de mi interГ©s o de los que, segГєn imaginaba o deseaba Г©l, yo pudiera no sentirme excluido. AsГ­ que hablamos de mi viaje, de Urbana, de la universidad, del departamento; tambiГ©n hablamos de escritores y cineastas espaГ±oles, y pronto advertГ­ que Borgheson y sus discГ­pulos estaban mГЎs al dГ­a que yo de lo que ocurrГ­a en EspaГ±a, porque yo no habГ­a leГ­do los libros ni habГ­a visto las pelГ­culas de muchos de los cineastas y escritores que ellos mencionaban. Dudo que este hecho me humillara, porque por aquella Г©poca mГ­ resentimiento de escritor inГ©dito, ninguneado y prГЎcticamente ГЎgrafo me autorizaba a considerar pura cochambre todo cuanto se hacГ­a en EspaГ±a -y arte puro todo cuanto no se hacГ­a allГ­-, pero no descarto que explique en parte lo que ocurriГі a la altura de los cafГ©s. Para entonces Vieri y SolaГєn llevaban ya un rato hablando con devociГіn irrestricta del eme de Pedro AlmodГіvar; siempre solГ­cito, Borgheson aprovechГі una pausa de aquel dГєo entusiasta para preguntarme quГ© opiniГіn me merecГ­an las pelГ­culas del director manchego. Como a todo el mundo, creo que por entonces a mГ­ tambiГ©n me gustaban las pelГ­culas de AlmodГіvar, pero en aquel momento debГ­ de sentir una necesidad inaplazable de hacerme el interesante o de dejar bien clara mi vocaciГіn cosmopolita marcando distancias con aquellas historias de monjas drogadictas, travestГ­s castizos y asesinas de toreros, asГ­ que contestГ©:

– Francamente, me parecen una mariconada.

Una carcajada salvaje de Laura Burns saludГі el dictamen, y la satisfacciГіn que me produjo esa acogida de escГЎndalo me impidiГі advertir el silencio glacial de los demГЎs comensales, que Borgheson se apresurГі a romper con un comentario de urgencia. La cena concluyГі poco despuГ©s sin mГЎs incidentes y, al salir del Courier CafГ©, Vieri y SolaГєn propusieron tomar una copa. Borgheson y Laura Burns declinaron la propuesta; yo la aceptГ©.


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