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«Los Vagabundos Del Dharma», Jack Kerouac

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TГ­tulo de la ediciГіn original: The Dharma Bums Viking Press Nueva York, 1958

TraducciГіn de Mariano AntolГ­n Rato

Dedicado a Han Chan

 

1

Saltando a un mercancГ­as que iba a Los ГЃngeles un mediodГ­a de finales de septiembre de 1955, me instalГ© en un furgГіn y, tumbado con mi bolsa del ejГ©rcito bajo la cabeza y las piernas cruzadas, contemplГ© las nubes mientras rodГЎbamos hacia el norte, a Santa BГЎrbara. Era un tren de cercanГ­as y yo planeaba dormir aquella noche en la playa de Santa BГЎrbara v a la maГ±ana siguiente coger otro, de cercanГ­as tambiГ©n, hasta,San Luis Obispo, o si no el mercancГ­as de primera clase directo a San Francisco de las diecinueve. Cerca de Camarillo, donde Charlie Parker se habГ­a vuelto loco y recuperado la cordura, un viejo vagabundo delgado y bajo saltГі a mi furgГіn cuando nos dirigГ­amos a una vГ­a muerta para dejar paso a otro tren, y pareciГі sorprendido de verme. Se instalГі en el otro extremo del furgГіn y se tumbГі frente a mГ­, con la cabeza apoyada en su mГ­sero hatillo, y no dijo nada. Al rato pitaron, despuГ©s de que hubiera pasado el mercancГ­as en direcciГіn este dejando libre la vГ­a principal, y nos incorporamos porque el aire se habГ­a enfriado y la neblina se extendГ­a desde la mar cubriendo los valles mГЎs templados de la costa. Ambos, el vagabundo y yo, tras infructuosos intentos por arrebujarnos con nuestra ropa sobre el hierro frГ­o, nos levantamos y caminamos deprisa y saltamos y movimos los brazos, cada uno en su extremo del furgГіn. Poco despuГ©s enfilamos otra vГ­a muerta en una estaciГіn muy pequeГ±a y pensГ© que necesitaba un bocado y vino de Tokay para redondear la frГ­a noche camino de Santa BГЎrbara.

 

– ¿Podría echarle un vistazo a mi bolsa mientras bajo a conseguir una botella de vino?

 

– Pues claro.

 

Me apeГ© de un salto por uno de los lados y atravesГ© corriendo la autopista 101 hasta la tienda, y comprГ©, ademГЎs del vino, algo de pan y fruta. VolvГ­ corriendo a mi tren de mercancГ­as, que tenГ­a que esperar otro cuarto de hora en aquel sitio ahora soleado y caliente. Pero empezaba a caer la tarde y harГ­a frГ­o en seguida. El vagabundo estaba sentado en su extremo del furgГіn con las piernas cruzadas ante un mГ­sero refrigerio consistente en una lata de sardinas. Me dio pena y le dije:

 

– ¿Qué tal un trago de vino para entrar en calor? A lo mejor también quiere un poco de pan y queso para acompañar las sardinas.

 

– Pues claro.

 

Hablaba desde muy lejos, como desde el interior de una humilde laringe asustada o que no querГ­a hacerse oГ­r. Yo habГ­a comprado el queso tres dГ­as atrГЎs en Ciudad de MГ©xico, antes del largo y barato viaje en autobГєs por Zacatecas y Durango y Chihuahua, mГЎs de tres mil kilГіmetros hasta la frontera de El Paso. ComiГі el queso y el pan y bebiГі el vino con ganas y agradecimientos. Yo estaba encantado. RecordГ© aquel versГ­culo del Sutra del Diamante que dice:

 

"Practica la caridad sin tener en la mente idea alguna acerca de la caridad, pues la caridad, despuГ©s de todo, sГіlo es una palabra."

 

En aquellos días era muy devoto y practicaba mis devociones religiosas casi a la perfección. Desde entonces me he vuelto un tanto hipócrita con respecto a mi piedad de boca para afuera y algo cansado y cínico… Pero entonces creía de verdad en la caridad y amabilidad y humildad y celo y tranquilidad y sabiduría y éxtasis, y me creía un antiguo bikhu con ropa actual que erraba por el mundo (habitualmente por el inmenso arco triangular de Nueva York, Ciudad de México y San Francisco) con el fin de hacer girar la rueda del Significado Auténtico, o Dharma, y hacer méritos como un futuro Buda (Iluminado) y como un futuro Héroe en el Paraíso. Todavía no conocía a Japhy Ryder -lo conocería una semana después-, ni había oído hablar de los "Vagabundos del Dharma", aunque ya era un perfecto Vagabundo del Dharma y me consideraba un peregrino religioso. El vagabundo del furgón fortaleció todas mis creencias al entrar en calor con el vino y hablar y terminar por enseñarme un papelito que contenía una oración de Santa Teresita en la que anunciaba que después de su muerte volvería a la tierra y derramaría sobre ella rosas, para siempre, y para todos los seres vivos.

 

– ¿Dónde consiguió eso? -le pregunté.

 

– Bueno, lo recorté de una revista hace un par de años, en Los Ángeles. Siempre lo llevo conmigo.

 

– ¿Y se sienta en los furgones y lo lee? -Casi todos los días.

 

No hablГі mucho mГЎs del asunto, ni tampoco se extendiГі sobre Santa Teresita, y era muy humilde con respecto a su religiosidad y me hablГі poco de sus cuestiones personales. Era el tipo de vagabundo de poca estatura, delgado y tranquilo, al que nadie presta mucha atenciГіn ni siquiera en el barrio chino, por no hablar de la calle Mayor. Si un policГ­a lo echaba a empujones de algГєn sitio, no se resistГ­a y desaparecГ­a, y si los guardas jurados del ferrocarril andaban por allГ­ cerca cuando habГ­a un tren de mercancГ­as listo para salir, era prГЎcticamente imposible que vieran al hombrecillo escondido entre la maleza y saltando a un vagГіn desde la sombra. Cuando le contГ© que planeaba subir la noche siguiente al Silbador, el tren de mercancГ­as de primera clase, dijo:

 

– ¡Ah! ¿Quieres decir el Fantasma de Medianoche? -¿Llamáis así al Silbador?

 

– Al parecer, has trabajado en esa línea.

 

– Sí. Fui guardafrenos en la Southern Pacific.

 

– Bueno, nosotros, los vagabundos, lo llamamos el Fantasma de Medianoche porque se coge en Los Ángeles y nadie te ve hasta que llegas a San Francisco por la mañana. Va así de rápido.

 

– En los tramos rectos alcanza los ciento treinta kilómetros por hora, tío.

 

– Sí, pero hace un frío tremendo por la noche cuando enfila la costa norte de Gaviotv v sigue la línea de la rompiente.

 

– La rompiente, eso es, después vienen las montañas, una vez pasada Margarita.

 

– Margarita, eso es; he cogido ese Fantasma de Medianoche muchas más veces de las que puedo recordar.

 

– ¿Cuántos años hace que no va por casa?

 

– Más de los que puedo recordar. Vivía en Ohio.

 

Pero el tren se puso en marcha, el viento volviГі a enfriarse y cavГі la neblina otra vez, y pasamos la hora y media siguiente haciendo todo lo que podГ­amos y mГЎs para no congelarnos y dejar de castaГ±etear tanto. Yo estaba acurrucado en una esquina y meditaba sobre el calor, el calor de Dios, para combatir el frГ­o; despuГ©s di saltitos, movГ­ brazos y piernas y cantГ©. Sin embargo, el vagabundo tenГ­a mГЎs paciencia que yo y se mantenГ­a tumbado casi todo el rato, rumiando sus pensamientos y desamparado. Los dientes me castaГ±eteaban y tenГ­a los labios azules. Al oscurecer vimos aliviados la silueta de las montaГ±as familiares de Santa BГЎrbara y en seguida nos detuvimos y nos calentamos junto a las vГ­as bajo la tibia noche estrellada.


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