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«La Ciudad de las Bestias», Isabel Allende

Иллюстрация к книге

El Aguila Y El Jaguar – #1

Para Alejandro, Andrea y Nicole, que me pidieron esta historia

 

LA PESADILLA

Alexander Coid despertГі al amanecer sobresaltado por una pesadilla. SoГ±aba que un enorme pГЎjaro negro se estrellaba contra la ventana con un fragor de vidrios destrozados, se introducГ­a a la casa y se llevaba a su madre. En el sueГ±o Г©l observaba impotente cГіmo el gigantesco buitre cogГ­a a Lisa Coid por la ropa con sus garras amarillas, salГ­a por la misma ventana rota y se perdГ­a en un cielo cargado de densos nubarrones. Lo despertГі el ruido de la tormenta, el viento azotando los ГЎrboles, la lluvia sobre el techo, los relГЎmpagos y truenos. EncendiГі la luz con la sensaciГіn de ir en un barco a la deriva y se apretГі contra el bulto del gran perro que dormГ­a a su lado. CalculГі que a pocas cuadras de su casa el ocГ©ano PacГ­fico rugГ­a, desbordГЎndose en olas furiosas contra la cornisa. Se quedГі escuchando la tormenta y pensando en el pГЎjaro negro y en su madre, esperando que se calmaran los golpes de tambor que sentГ­a en el pecho. TodavГ­a estaba enredado en las imГЎgenes del mal sueГ±o.

El muchacho mirГі el reloj: seis y media, hora de levantarse. Afuera apenas empezaba a aclarar. DecidiГі que Г©se serГ­a un dГ­a fatal, uno de esos dГ­as en que mГЎs valГ­a quedarse en cama porque todo salГ­a mal. HabГ­a muchos dГ­as asГ­ desde que su madre se enfermГі; a veces el aire de la casa era pesado, como estar en el fondo del mar. En esos dГ­as el Гєnico alivio era escapar, salir a correr por la playa con Poncho hasta quedar sin aliento. Pero llovГ­a y llovГ­a desde hacГ­a una semana, un verdadero diluvio, y ademГЎs a Poncho lo habГ­a mordido un venado y no querГ­a moverse. Alex estaba convencido de que tenГ­a el perro mГЎs bobalicГіn de la historia, el Гєnico labrador de cuarenta kilos mordido por un venado. En sus cuatro aГ±os de vida, a Poncho lo habГ­an atacado mapaches, el gato del vecino y ahora un venado, sin contar las ocasiones en que lo rociaron los zorrillos y hubo que baГ±arlo en salsa de tomate para amortiguar el olor. Alex saliГі de la cama sin perturbar a Poncho y se vistiГі tiritando; la calefacciГіn se encendГ­a a las seis, pero todavГ­a no alcanzaba a entibiar su pieza, la Гєltima del pasillo.

A la hora del desayuno Alex estaba de mal humor y no tuvo ГЎnimo para celebrar el esfuerzo de su padre por hacer panqueques. John Coid no era exactamente buen cocinero: sГіlo sabГ­a hacer panqueques y le quedaban como tortillas mexicanas de caucho. Para no ofenderlo, sus hijos se los echaban a la boca, pero aprovechaban cualquier descuido para escupirlos en la basura. HabГ­an tratado en vano de entrenar a Poncho para que se los comiera: el perro era tonto, pero no tanto.

– ¿Cuándo se va a mejorar la mamá? -preguntó Nicole, procurando pinchar el gomoso panqueque con su tenedor.

– ¡Cállate, tonta! -replicó Alex, harto de oír la misma pregunta de su hermana menor varias veces por semana.

– La mamá se va a morir -comentó Andrea.

– ¡Mentirosa! ¡No se va a morir! -chilló Nicole.

– ¡Ustedes son unas mocosas, no saben lo que dicen! -exclamó Alex.

– Vamos, niños, cálmense. La mamá se pondrá bien… -interrumpió John Coid, sin convicción.

Alex sintiГі ira contra su padre, sus hermanas, Poncho, la vida en general y hasta contra su madre por haberse enfermado. SaliГі de la cocina a grandes trancos, dispuesto a partir sin desayuno, pero tropezГі con el perro en el pasillo y se cayГі de bruces.

– ¡Quítate de mi camino, tarado -le gritó y Poncho, alegre, le dio un sonoro lengüetazo en la cara, que le dejó los lentes llenos de saliva.

Si, definitivamente era uno de esos dГ­as nefastos. Minutos despuГ©s su padre descubriГі que tenГ­a una rueda de la camioneta pinchada y debiГі ayudar a cambiarla, pero de todos modos perdieron minutos preciosos y los tres niГ±os llegaron tarde a clase. En la precipitaciГіn de la salida a Alex se le quedГі la tarea de matemГЎticas, lo cual terminГі por deteriorar su relaciГіn con el profesor. Lo consideraba un hombrecito patГ©tico que se habГ­a propuesto arruinarle la existencia. Para colmo tambiГ©n se le quedГі la flauta y esa tarde tenГ­a ensayo con la orquesta de la escuela; Г©l era el solista y no podГ­a faltar. La flauta fue la razГіn por la cual Alex debiГі salir durante el recreo del mediodГ­a para ir a su casa. La tormenta habГ­a pasado, pero el mar todavГ­a estaba agitado y no pudo acortar camino por la playa, porque las olas reventaban por encima de la cornisa, inundando la calle. TomГі la ruta larga corriendo, porque sГіlo disponГ­a de cuarenta minutos.

En las Гєltimas semanas, desde que su madre se enfermГі, venГ­a una mujer a limpiar, pero ese dГ­a habГ­a avisado que no llegarГ­a a causa de la tormenta. De todos modos, no servГ­a de mucho, porque la casa estaba sucia. Aun desde afuera se notaba el deterioro, como si la propiedad estuviera triste. El aire de abandono empezaba en el jardГ­n y se extendГ­a por las habitaciones hasta el Гєltimo rincГіn.

Alex presentГ­a que su familia se estaba desintegrando. Su hermana Andrea, quien siempre fue algo diferente a las otras niГ±as, ahora andaba disfrazada y se perdГ­a durante horas en su mundo de fantasГ­a, donde habГ­a brujas acechando en los espejos y extraterrestres nadando en la sopa. Ya no tenГ­a edad para eso, a los doce aГ±os debiera estar interesada en los chicos o en perforarse las orejas, suponГ­a Г©l. Por su parte Nicole, la menor de la familia, estaba juntando un zoolГіgico, como si quisiera compensar la atenciГіn que su madre no podГ­a darle. Alimentaba varios mapaches y zorrillos que rondaban la casa; habГ­a adoptado seis gatitos huГ©rfanos y los mantenГ­a escondidos en el garaje; le salvГі la vida a un pajarraco con un ala rota y guardaba una culebra de un metro de largo dentro de una caja. Si su madre encontraba la culebra se morГ­a allГ­ mismo del susto, aunque no era probable que eso sucediera, porque, cuando no estaba en el hospital, Lisa Coid pasaba el dГ­a en la cama.

Salvo los panqueques de su padre y unos emparedados de atГєn con mayonesa, especialidad de Andrea, nadie cocinaba en la familia desde hacГ­a meses. En la nevera sГіlo habГ­a jugo de naranja, leche y helados; en la tarde pedГ­an por telГ©fono pizza o comida china. Al principio fue casi una fiesta, porque cada cual comГ­a a cualquier hora lo que le daba la gana, mГЎs que nada azГєcar, pero ya todos echaban de menos la dieta sana de los tiempos normales. Alex pudo medir en esos meses cuГЎn enorme habГ­a sido la presencia de su madre y cuГЎnto pesaba ahora su ausencia. Echaba de menos su risa fГЎcil y su cariГ±o, tanto como su severidad. Ella era mГЎs estricta que su padre y mГЎs astuta: resultaba imposible engaГ±arla porque tenГ­a un tercer ojo para ver lo invisible. Ya no se oГ­a su voz canturreando en italiano, no habГ­a mГєsica, ni flores, ni ese olor caracterГ­stico de galletas reciГ©n horneadas y pintura. Antes su madre se las arreglaba para trabajar varias horas en su taller, mantener la casa impecable y esperar a sus hijos con galletas; ahora apenas se levantaba por un rato y daba vueltas por las habitaciones con un aire desconcertado, como si no reconociera su entorno, demacrada, con los ojos hundidos y rodeados de sombras. Sus telas, que antes parecГ­an verdaderas explosiones de color, ahora permanecГ­an olvidadas en los atriles y el Гіleo se secaba en los tubos. Lisa Coid parecГ­a haberse achicado, era apenas un fantasma silencioso.

Alex ya no tenГ­a a quien pedirle que le rascara la espalda o le levantara el ГЎnimo cuando amanecГ­a sintiГ©ndose como un bicho. Su padre no era hombre de mimos. SalГ­an juntos a escalar montaГ±as, pero hablaban poco; ademГЎs, John Coid habГ­a cambiado, como todos en la familia. Ya no era la persona serena de antes, se irritaba con frecuencia, no sГіlo con los hijos, sino tambiГ©n con su mujer. A veces le reprochaba a gritos a Lisa que no comГ­a suficiente o no se tomaba sus medicamentos, pero enseguida se arrepentГ­a de su arrebato y le pedГ­a perdГіn, angustiado. Esas escenas dejaban a Alex temblando: no soportaba ver a su madre sin fuerzas y a su padre con los ojos llenos de lГЎgrimas.

Al llegar ese mediodГ­a a su casa le extraГ±Гі ver la camioneta de su padre, quien a esa hora siempre estaba trabajando en la clГ­nica. Entro por la puerta de la cocina, siempre sin llave, con la intenciГіn de comer algo, recoger su flauta y salir disparado de vuelta a la escuela. EchГі una mirada a su alrededor y sГіlo vio los restos fosilizados de la pizza de la noche anterior. Resignado a pasar hambre, se dirigiГі a la nevera en busca de un vaso de leche. En ese instante escuchГі el llanto. Al principio pensГі que eran los gatitos de Nicole en el garaje, pero enseguida se dio cuenta que el ruido provenГ­a de la habitaciГіn de sus padres. Sin ГЎnimo de espiar, en forma casi automГЎtica, se aproximГі y empujГі suavemente la puerta entreabierta Lo que vio lo dejГі paralizado.

Al centro de la pieza estaba su madre en camisa de dormir y descalza, sentada en un taburete, con la cara entre las manos, llorando. Su padre, de pie detrГЎs de ella, empuГ±aba una antigua navaja de afeitar, que habГ­a pertenecido al abuelo. Largos mechones de cabello negro cubrГ­an el suelo y los hombros frГЎgiles de su madre, mientras su crГЎneo pelado brillaba como mГЎrmol en la luz pГЎlida que se filtraba por la ventana.


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