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«QuizГЎ Nos Lleve El Viento Al Infinito», Gonzalo Ballester

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DEDICATORIA

Me quedan muchos amigos a los que dedicar libros, y me temo que el tiempo no me alcance a escribir los libros necesarios. Acudo, pues, al truco de reunir a unos cuantos, si bien con la explГ­cita advertencia de que este libro va entero para cada uno de ellos, o, con mГЎs precisiГіn, para cada pareja, pues a parejas de amigos les ha tocado el turno: Elena y Dalmiro, MarГ­a Teresa y JesГєs, Tereto e Isaac, Jacqueline y Rafael, Cristina y Luis, de Madrid; MarГ­a Rosa y JosГ©, Alicia y ГЃlvaro, de Barcelona; MarГ­a Teresa y JosГ© Fernando, TetГ© y Alfonso, Carmina y Pin, Margarina y Alfredo, Fina y Manolo, Kristina y Carlos, de Pontevedra; Mercedes y Tino, de La CoruГ±a; Lola y Manolo, de Segura de la Sierra; Enriqueta y JosГ© Luis, Nati y Pepe, Isabel y Eugenio, Pilar y Guillermo, MarГ­a Paz y Rafael, Julia y Juan, MarГ­a del Carmen y Juan AndrГ©s, MiГ±a y Manolo, MarГ­a y JesГєs, Esperanza y Juan Mari, MarГ­a Dolores y JosГ© MarГ­a, de Salamanca; Ela y Guillermo, de Londres, Marina y Paco, de Estocolmo.

Una vez, hace ya tiempo, en la Feria del Libro, pasaba yo por detrГЎs de las casetas, y se me acercГі una pareja jovencГ­sima, de Г©sas seguramente que sГіlo tienen el coche en que viven y el amor que les permite vivir. Ella se me acercГі, me dio un beso, y В«las gracias por mis librosВ». Si la gloria es una realidad, la mГ­a culminГі esa vez, entre pocas. A Г©stos tambiГ©n los incluyo.

Finalmente, Myriam y Rosanna tambiГ©n son parejas, aunque de hermanas. No quiero dejarlas fuera de este manojo de amigos queridos, cada uno de los cuales merecerГ­a por sГ­ solo una IlГ­ada.

 

GONZALO

LAS COSAS, CLARAS

Este relato es completamente inverosГ­mil, lo cual no quiere decir que sea falso. Todos los relatos de este gГ©nero, sin excepciГіn, son inverosГ­miles, lo que tampoco les obliga a ser verdaderos. Entre Г©ste y Г©sos existe, sin embargo, otro gГ©nero de diferencia: Г©ste confiesa su inverosimilitud y advierte de ella; los otros, no: es la razГіn por la cual la gente, a fin de cuentas, acabarГЎ prefiriГ©ndolos. AllГЎ ella.

Otra particularidad de este relato es su especial consistencia: nada acerca de nada escrito probablemente por nadie. Un dГ­a me llamГі mi amigo Miguel Roig, de Campos del Puerto, en Mallorca, y me dijo: В«Un sujeto raro que vivГ­a en La Colonia se marchГі ayer y me dejГі unos papeles que a lo mejor te interesan.В» Recogerlos me sirviГі de pretexto para ir a la Isla, lo que siempre me hace feliz. Los papeles estaban en francГ©s: me he limitado a traducirlos. CarecГ­an de tГ­tulo; les puse la Гєltima de sus frases escritas, porque me pareciГі la mГЎs adecuada.

Los especialistas ya saben que este relato se aproxima a la categorГ­a de В«manuscrito halladoВ», lo mismo que el В«QuijoteВ» y que ciertos mensajes que se arrojan a la mar dentro de una botella. Si el Nadie que lo escribiГі hubiera tenido a mano una vasija de cristal lo suficientemente grande como para contenerlo, habrГ­a arrojado el manuscrito a la mar en vez de entregГЎrselo a Miguel Roig. Entonces habrГ­a sido un В«manuscrito halladoВ» con mucha mГЎs propiedad, pero corrГ­a el riesgo de que la marea estrellase la botella contra las rocas de una cala y Nadie hallase el manuscrito. Este Гєltimo В«NadieВ» no debe confundirse con el primero: lo dejo bien sentado porque, despuГ©s, vienen los lГ­os.

 

G. T. B.

Ein Hauch um nichts.

Ein Wehn in Golt. Ein Wind.

(Un soplo en torno a nada.

Un vuelo en Dios. Un viento.)

R. M. RILKE, Die sonette

an Orpheus, 1.ВЄ - III.

No hay la vida ni la muerte;

sГіlo existen las metamorfosis.

MATA HARI

 

INTRODUCCIГ“N

1

Todos los que han leГ­do mis falsas Memorias pГіstumas -funcionarios, si acaso, de algГєn Servicio Secreto; a otros no pudieron llegar-, recordarГЎn aquella serie encadenada de metГЎforas, por llamar de algГєn modo medianamente inteligible a lo que sucediГі, al final de las cuales el CapitГЎn de NavГ­o De Blacas, en cuyas manos habГ­a puesto la NATO lo mГЎs delicado de su Servicio de Inteligencia, fue desplazado de su puesto y sustituido en Г©l por el CapitГЎn de NavГ­o De Blacas sin que ninguno de los caballeros con los que tenГ­a diaria relaciГіn de inquietud y de trabajo se percatase del fraude, o tal vez de la burla. Necesito aclarar que el responsable de las dificultades surgidas, de las situaciones obscenas, de los obstГЎculos finalmente solventados fui yo, a causa de mi empeГ±o en introducir algunas novedades en mi procedimiento usual de sustituciГіn. Entre el guiГ±apo y el gurruГ±o me inclinГ© transitoriamente por el primero, con lo que intento dar a entender que, por lo general, la persona sustituida quedaba hecha un gurruГ±o, y yo aspirГ© a que De Blacas, que bien se lo merecГ­a, se inmovilizase en el estadio de guiГ±apo, menos desagradable a la vista, menos conmovedor para mi corazГіn. Yo me encontraba entonces instalado en la personalidad del sargento Maxwell, de espГ­ritu poco delicado, y, aun asГ­, acabГ© por decidirme. Como el CapitГЎn de NavГ­o sustituyente era yo, al CapitГЎn de NavГ­o sustituido no le quedГі otro remedio que acomodarse, involuntaria, inconscientemente, a los hechos, que, por otra parte, nadie podГ­a evitar, ni Г©l mismo comprender. Su posterior condiciГіn aparente fue la de loco en coma profundo con efГ­meros resplandores oligofrГ©nicos de carГЎcter oscilante o de vaivГ©n -ignoro cГіmo llamarГЎn los psiquiatras a enfermedad tan atГ­pica- que habГ­an durado seguramente todo el tiempo que tardГ© en devolverle a su personalidad y a su legГ­tima funciГіn, lo cual, por otra parte, no creo que le hubiera convenido antes del tiempo en que lo hice, o en que los hechos encadenados me aconsejaron que lo hiciera: habrГ­a tenido que afrontar la imputaciГіn de propugnar, defender e imponer al Occidente, en cuya defensa con el peso de su talento participaba, el Sistema EstratГ©gico y TГЎctico elaborado por el Estado Mayor del Pacto de Varsovia con la colaboraciГіn de la KGB. Es evidente (para mГ­) que en la operaciГіn no le habГ­a cabido parte alguna, puesto que era yo quien la habГ­a conducido y realizado, pero lo es tambiГ©n que todas las apariencias, de las que yo era creador, le acusarГ­an en el caso de darse una voz de alarma que por fin no se dio, porque era a mГ­ a quien correspondГ­a darla, y ante la hipГіtesis de la resignaciГіn y el pavor de un De Blacas restituido a su condiciГіn de caballero donde los haya, no lo considerГ© indispensable. Antes, durante aquel poco tiempo en que el verdadero De Blacas se debatiГі ante y contra las habilidades, digamos sorprendentes por decirlo de alguna manera, del impostor, quiero decir de mГ­, yo habГ­a requerido, en la intimidad y con las precauciones necesarias, el testimonio de algunas personas de antiguo relacionadas con Г©l, como su hija y su amante, y lo cierto es que su hija, en un principio, se puso de la parte de su padre, a quien creГ­a tal y no se equivocaba, a pesar del aspecto lamentable y de la honda memez en que se habГ­a sumido; pero, despuГ©s de oГ­r a la amante y las razones por las que Г©sta aceptaba que el verdadero De Blacas fuera yo, la misma hija se mostrГі vacilante, y llegГі a admitir que los medios de identificaciГіn de que dispone una amante son superiores a los de una hija y mucho mГЎs de fiar, si bien, al conocer a fondo la verdadera situaciГіn mental en que su padre quedaba, y del peligro que hubiera corrido caso de ser acusado como responsable mГЎximo y Гєnico en el asunto del Sistema EstratГ©gico, declarГі que su padre era yo, pero que, por razones de humanidad elemental, se iba con el otro, de cuyo cuidado permanente urgГ­a hacerse cargo. Fue un momento curioso y, en cierto modo difГ­cil: la amante de De Blacas riГі un poco y se refiriГі a cierto juicio de SalomГіn que autores posteriores habГ­an utilizado, si bien con algunas variantes locales, y, sin transiciГіn, mencionГі veladamente la cantidad de dinero que necesitaba con alguna urgencia para adquirir una finca en las afueras de Bruselas, una verdadera ganga, que no precisamente por serlo, aunque acaso sГ­, le resolvГ­a varios aspectos de su situaciГіn futura. En mi respuesta, no aludГ­ al juicio de SalomГіn, ni mencionГ© para nada el dinero ni las facilidades o dificultades que la amante del verdadero De Blacas tuviera para agenciГЎrselo: me limitГ© a dejar encima de la mesa las fotocopias de unos documentos que probaban la complicidad de la amante de De Blacas en el asunto del mismo, y con una participaciГіn tan activa que se le podrГ­a acusar al mismo tiempo de inductora, de colaboradora y de beneficiaria. La buena chica pareciГі tener miedo, pero, en su ingenuidad, se atreviГі a preguntarme quГ© sucederГ­a si ella misma me denunciaba.

– Denunciarme, ¿a mí? ¿Es que sabe acaso quién soy yo?

– El Capitán de Navío De Blacas -respondió, vacilante.

Yo reГ­, entonces:

– Sí, en efecto. Denúncieme, y será como denunciarse a sí misma. A mí no me sucederá nada, y, a usted, la fusilarán.

Vio claramente la muchacha (era bonita, aunque algo insГ­pida): inclinГі la cabeza y murmurГі:

– Usted gana.

– ¡Oh, y usted también, por supuesto! Esa cantidad, que no le daré jamás en virtud de una amenaza, tengo mucho gusto en ofrecérsela en concepto de gasto de viaje.

– ¿Adonde?

– Al olvido.

Estas relaciones con terceros, este riesgo en que puse a la operaciГіn en su conjunto, sirviГі para refrenar mi ternura, remitirme a los viejos procedimientos y elegir, contra mi sentimiento mГЎs Г­ntimo y para las ocasiones futuras, el gurruГ±o en lugar del guiГ±apo. No me fue difГ­cil, sino mГЎs bien un juego, apartar al verdadero De Blacas de toda responsabilidad en el asunto, ya que en realidad no la tenГ­a, y lanzar la sospecha de que quien habГ­a intervenido como agente quizГЎ de la KGB, o acaso del mismГ­simo Pacto de Varsovia, fuera un tal M. Parquin que con frecuencia se hacГ­a llamar Mlle. Parquin, o una tal Mlle. Parquin que a veces se presentaba como M. Parquin. Esta ambigГјedad del personaje mantuvo, algunas horas, a las cabezas pensantes mГЎs ilustres de la NATO en la mГЎs angustiosa e incГіmoda perplejidad, de la que les redimГ­ con la propuesta de que se enviase contra el seГ±or o la seГ±orita Parquin, al mismo tiempo y sin que ninguno de ellos tuviese noticia del otro, al agente C29, que era un hombre, y al B37, que era una mujer, uno y otra con particularidades tales que, tanto en el caso de que Parquin fuese seГ±or, como en el de que fuese seГ±orita, resultaban, no ya indispensables, sino insustituibles. Por lo demГЎs, nadie, salvo yo, conocГ­a la verdadera identidad del o de la perseguida, el lugar en que se hallaba y la responsabilidad que le habГ­a cabido en el asunto (la de mero correo, pues Г©l o ella, a veces disfrazada de Г©l y a veces disfrazado de ella, habГ­a traГ­do, desde un lugar desconocido hasta ParГ­s aquel abrumador conjunto de folios que constituГ­an el Plan EstratГ©gico). En tanto que los sabuesos levantaban la caza, aconsejГ© que los diversos departamentos de la InstituciГіn se pusieran inmediatamente a trabajar, con el fin de sorprender al Pacto de Varsovia y a la KGB con un Plan EstratГ©gico paralelo al de los PaГ­ses de influencia soviГ©tica y de la URSS comprendida, realizado conforme a la doctrina de la NATO, y yo no sГ© si a causa de la superioridad de nuestro instrumental en su conjunto, o sГіlo a la de nuestras computadoras, el Plan resultГі tan perfecto que sus mismos autores se asombraron de su perfecciГіn, se asustaron ante la idea de que Rusia pudiera llegar a conocerlo, y despuГ©s de sucesivos cabildeos, de consultas a los gobiernos interesados y de repetidos sondeos y comprobaciones, acordaron la necesidad de su desapariciГіn, a ser posible con intervenciГіn del fuego, cuyas cenizas pueden ser fГЎcilmente aniquiladas; a lo que se procediГі con el heroГ­smo de quien destruye una obra maestra e irrepetible sГіlo porque su lectura puede ser perjudicial para los niГ±os. Pero, durante el tiempo de los dimes y diretes, yo me habГ­a procurado una copia clandestina, y cuando los montones de folios, los grandes mapas y toda la documentaciГіn adjunta ardГ­a con luminarias de esperanza en la gran chimenea del castillo de Leu, donde nos habГ­amos reunido, el Embajador de Rusia en ParГ­s hallaba encima de su mesa la nota en que se le daba cuenta del Plan y de las condiciones en que le serГ­a entregado un ejemplar, el Гєnico, para su envГ­o al Kremlin: salvo si el Kremlin disponГ­a de otros medios, quizГЎ melodramГЎticos, pero no mГЎs efectivos, de apropiГЎrselo. Es curioso: aquella misma tarde, casi en el momento en que abandonГЎbamos el castillo y justo cuando el seГ±or Embajador leГ­a, estremecido, el mensaje, se recibiГі la noticia de que el agente C29 habГ­a asesinado al B37 y se habГ­a suicidado despuГ©s o viceversa, o que, por lo menos, se habГ­an entrematado. De M. o Mlle. Parquin no decГ­a nada la noticia. En cuanto a mГ­, me desinteresГ© del asunto, porque algo mГЎs prГіximo y entretenido mantenГ­a mi atenciГіn puesta en la conducta del General en jefe, quien, aquella misma noche, encontrГі debajo de la almohada las pruebas de que era Г©l quien habГ­a hecho las copias y de que era Г©l quien las habГ­a puesto en circulaciГіn. SentГ­a curiosidad por asistir, lo mГЎs de cerca posible, al proceso que le conducirГ­a a la dimisiГіn o al suicidio. DimitiГі. Y tan rГЎpidamente lo hizo, tan sin trГЎmites dramГЎticos, aunque sГ­ secretos, que me hallГ© con mГЎs tiempo libre del que esperaba antes de dedicarme por entero a la recepciГіn de Eva Gradner, o quizГЎ Grudner, cuyos primeros sГ­ntomas de actuaciГіn esperaba de un dГ­a para otro. Por eso me fue posible entregarme holgadamente y sin premuras de tiempo, a lo del Plan EstratГ©gico.

2

Una maГ±ana me llamГі a su despacho el general segundo jefe: llamada que esperaba al menos desde el dГ­a anterior. Me recibiГі y saludГі con su habitual simpatГ­a, con su campechanГ­a de agricultor del Medio Oeste, de donde procedГ­a y, aproximando su boca a mi oГ­do derecho, me susurrГі algo asГ­ como esto: В«SГ­game sin decir palabra, sin la menor preguntaВ», y echГі a andar hacia la puerta de la terraza, adonde le seguГ­. PareciГі vacilar un instante; despuГ©s dijo: В«No pueden haber instalado micrГіfonos en todas las baldosasВ», y me encaminГі hacia la escalinata que conducГ­a al jardГ­n. Al seguirle, mi cara mostraba la mГЎs absoluta indiferencia compatible con la mГЎs rigurosa disciplina, pero, en mi interior, me divertГ­a con las congojas del seГ±or general segundo jefe, quien, de pronto se sacГі la pipa de la boca, se volviГі a mГ­, y me preguntГі:


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