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«El Cielo De Los Leones», ГЃngeles Mastretta

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Para VerГіnica, mi hermana: testimonio del fuego

 

NO OIGO CANTAR A LAS RANAS

Hace tiempo que no oigo cantar a las ranas. El volcГЎn enciende su fuego diario y no puedo mirarlo. El mundo que no atestiguo estГЎ vivo sin mГ­, para pesar mГ­o. Mientras el campo revive en otras partes, yo amanezco en una ciudad hostil y peligrosa, desafiante y sin embargo entraГ±able.

ElegГ­ vivir aquГ­, en el ombligo de mi paГ­s, en esta tierra sucia que acoge la nobleza y los sueГ±os de seres extraordinarios. AquГ­ nacieron mis hijos, aquГ­ sueГ±a su padre, aquГ­ he encontrado amores y me cobijan amigos imprescindibles. AquГ­ he inventado las historias de las que vivo, he reinventado la ciudad en que nacГ­ y ahora empiezo a temer la vejez no por lo que entraГ±a de predecible decrepitud, sino por la amenaza que acarrea.

AquГ­, este aГ±o, voy a cumplir cincuenta y siento a veces que la vida se angosta mientras dentro de mГ­ crece a diario la ambiciГіn de vivir cien aГ±os para ver cГіmo sueГ±an los hombres en la mitad del siglo veintiuno, cГіmo lamentan o celebran su destino y cГіmo, de cualquier modo, se empeГ±an en trastocarlo. A mГ­ me gusta el mundo, por eso quiero estarme en Г©l cuanto tiempo sea posible, porque creo, como tantos, que sГіlo la vida existe, lo demГЎs lo inventamos.

Para inventar, como para el amor y los desfalcos, es necesario estar vivos. Sabemos esto tan bien como sabemos de la muerte. La muerte que es sГіlo asunto de los vivos, delirio de los vivos.

Yo temo perder los mares y la piel de los otros, temo que un dГ­a no estarГ© para maldecir el aire turbio de las maГ±anas en la ciudad de MГ©xico, temo por la luz que no verГ© en los ojos de mis nietos, temo olvidar los chocolates y los atardeceres, temo que no estarГ© para el temible dГ­a en que desaparezcan los libros, temo que no sabrГ© de quГ© color es Marte, ni si lloverГЎ en abril del dos mil sesenta. Por eso quiero cada minuto de mi vida y cada instante de las vidas ajenas que pesan en la mГ­a.

AГєn extraГ±o a mi padre, a veces me pregunto quГ© serГЎ de Г©l, aunque sГ© que una parte de la respuesta es mГ­a, porque cada memoria es responsable del buen vivir de sus muertos. ExtraГ±o tambiГ©n a mis otros amores que se han ido, me pregunto si alguna vez conseguirГ© que alguien invoque mi presencia y me reviva, como yo los revivo a ellos, cualquier tarde en que el polvo que fui alborote su imaginaciГіn.

ВїA quГ© viene todo esto? DirГЎn ustedes que ya tienen de sobra con el desacuerdo de los polГ­ticos, con las alzas y los malos augurios, como para que yo, que otra veces me propongo escribir en busca de un aire mejor, dГ© en usar este libro para exhibir un miedo tan poco original como el que sentimos por la muerte. Puede que tengan razГіn al molestarse, pero es que yo no he tenido otro remedio que traer a esta orilla mi zozobra.

 

Siempre que acaba un aГ±o nos morimos un poco, pero ademГЎs el mes pasado, una tarde cualquiera, en la casa dichosa de una mujer febril como tarde de mayo, estando entonces ella enferma y yo sana, no tuvo mi cuerpo mejor ocurrencia que acudir a un desmayo para convocar el interГ©s de lo que algunos llamarГ­an mi alma y otros, menos poetas, mi cerebro.

Como me gusta jugar a ser heroГ­na, me fui a un cuarto aislado para no dar molestias y ahГ­, sin mГЎs trГЎmite que la sensaciГіn de que el piso se abrГ­a a mis pies mientras el corazГіn se me ponГ­a en la boca, caГ­ cuan corta soy. Minutos despuГ©s, con la costilla como triturada, me arrastrГ© hasta un sillГіn y volvГ­ a morirme un rato. Hasta entonces las chismosas que conversaban en el piso de abajo tuvieron a bien preguntarse quГ© serГ­a de mГ­. Al subir me encontraron ida de su mundo, con los ojos en otra parte y no sГ© quГ© desconcierto entre los labios. Afligidas con mi aspecto agГіnico, me hablaron y jalonearon hasta que temblando volvГ­ del mundo raro en que me habГ­a perdido. Las mirГ© un instante a ellas y al aire, como por primera vez. Unirse asГ­, pero mГЎs largo, mГЎs para siempre, debГ­a ser morirse.

Empujada al doctor por la preocupaciГіn ajena, pero segura de que mi desmayo era muy parecido a cualquiera de esos que en las novelas se resuelven con encontrar las sales, hablГ© mГЎs de un hora con un experto en sГ­ncope. Tras revisarme, Г©l acordГі con la doctora Sauri, un personaje cuya propensiГіn mГ©dica no he podido sacar de mi entrecejo, que me hacГ­a falta descanso y una pastilla encargada de bloquear la adrenalina beta para mantener en orden el ritmo cardiaco. AdemГЎs, serГ­a bueno saberlo, siempre que sintiera venir la certeza de ir a caerme, tendrГ­a que acostarme sin mГЎs donde estuviera: la mitad de la calle, un baile, el teatro, la conferencia, los aviones. Al acostarme, el corazГіn rejego volverГ­a a enviarle sangre a mi cerebro y desaparecerГ­a el riesgo de perder la conciencia. No hay duda: todo lo bueno sucede al acostarse.

Con semejante receta y una "vida ordenada" que no pienso llevar, se evitan los desmayos y los sobresaltos, el cansancio injustificado y la propensiГіn a andar por la vida como si el girar del planeta dependiera de nuestras emociones. AsГ­ las cosas, llevo un tiempo esperando que la acciГіn de la pГ­ldora me cambie la personalidad y, me convierta en la mujer que muchas veces finjo ser: una dama incГіlume, activa, sonriente, juvenil y perspicaz, en lugar de la seГ±ora que se arrastra desde las sГЎbanas hasta los tenis lamentando siempre no haber dormido dos horas mГЎs, no tener quince aГ±os menos, no estar de humor para responder si sus personajes son simples mujeres inventadas por su delirio o feministas de los aГ±os setenta trasladadas a un contexto revolucionario y posrevolucionario mexicano. De momento, para quГ© presumir, todavГ­a soy la misma, todavГ­a me mareo en las maГ±anas y me urge una aspirina al mediodГ­a, aГєn vuelvo de la diaria caminata como si el Everest quedara en Chapultepec, y lloro como quien canta cuando una amiga me cuenta sus pesares. Sin embargo, lejos estoy de haberme muerto. Y celebro la vida, como si hubiera presentido su pГ©rdida. Es una maravilla estar de vuelta.

 

SГ© que un cГ©lebre historiador y analista polГ­tico por quien muchos sentimos reverencia me reprocha desde algГєn sitio en mi memoria que me haga cargo tan bien de la proclividad de los escritores a hablar de sГ­ mismos. Por eso me alegrГі reencontrar unas frases con las que Borges y su cerebro genial vinieron en mi ayuda. En ellas me amparo esta vez. Dicen asГ­: "Quiero dejar escrita una confesiГіn, que al mismo tiempo serГЎ Г­ntima y general, ya que las cosas que le ocurren a un hombre les ocurren a todos".

Pensemos que Borges quiso decir ser humano, que si le hubiera dado por ser polГ­ticamente correcto, cosa que bien sabemos le importГі un diablo, asГ­ hubiera dicho. PermГ­taseme entonces asumir que tambiГ©n las cosas que le ocurren a una mujer les ocurren a todas. De donde la intimidad de mi privadГ­simo desmayo, de esa extraГ±a sensaciГіn que es perderse la vida por un rato, puede dejar de ser sГіlo mГ­a, sГіlo mi muy particular sentir, mi propio miedo, y hacerse acompaГ±ar por el miedo de todos a perder este mundo que a ratos se ilumina y a veces tiene fuego en las entraГ±as, prende los volcanes, pinta de amarillo la luna, tiГ±e de rojo el mar y nos deslumbra.


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