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«ArrГЎncame La Vida», ГЃngeles Mastretta

Иллюстрация к книге

Este libro es para HГ©ctor por cГіmplice

y para Mateo por boicoteador.

TambiГ©n para mi mamГЎ

y para mis amigas incluyendo a VerГіnica.

Por supuesto les pertenece a Catarina y a su papГЎ

que lo escribieron conmigo.

 

CAPГЌTULO I

Ese aГ±o pasaron muchas cosas en este paГ­s. Entre otras, AndrГ©s y yo nos casamos.

Lo conocГ­ en un cafГ© de los portales. En quГ© otra parte iba a ser si en Puebla todo pasaba en los portales: desde los noviazgos hasta los asesinatos, como si no hubiera otro lugar.

Entonces Г©l tenГ­a mГЎs de treinta aГ±os y yo menos de quince. Estaba con mis hermanas y sus novios cuando lo vimos acercarse. Dijo su nombre y se sentГі a conversar entre nosotros. Me gustГі. TenГ­a las manos grandes y unos labios que apretados daban miedo y, riГ©ndose, confianza. Como si tuviera dos bocas. El pelo despuГ©s de un rato de hablar se le alborotaba y le caГ­a sobre la frente con la misma insistencia con que Г©l lo empujaba hacia atrГЎs en un hГЎbito de toda la vida. No era lo que se dice un hombre guapo. TenГ­a los ojos demasiado chicos y la nariz demasiado grande, pero yo nunca habГ­a visto unos ojos tan vivos y no conocГ­a a nadie con su expresiГіn de certidumbre.

De repente me puso una mano en el hombro y preguntГі:

– ¿Verdad que son unos pendejos?

MirГ© alrededor sin saber quГ© decir:

– ¿Quiénes? -pregunté.

– Usted diga que sí, que en la cara se le nota que está de acuerdo -pidió riéndose.

Dije que sГ­ y volvГ­ a preguntar quiГ©nes. Entonces Г©l, que tenГ­a los ojos verdes, dijo cerrando uno:

– Los poblanos, chula. ¿Quiénes si no?

Claro que estaba yo de acuerdo. Para mГ­ los poblanos eran esos que caminaban y vivГ­an como si tuvieran la ciudad escriturada a su nombre desde hacГ­a siglos. No nosotras, las hijas de un campesino que dejГі de ordeГ±ar vacas porque aprendiГі a hacer quesos; no Г©l, AndrГ©s Ascencio, convertido en general gracias a todas las casualidades y todas las astucias menos la de haber heredado un apellido con escudo.

Quiso acompaГ±arnos hasta la casa y desde ese dГ­a empezГі a visitarla con frecuencia, a dilapidar sus coqueterГ­as conmigo y con toda la familia, incluyendo a mis papГЎs que estaban tan divertidos y halagados como yo.

AndrГ©s les contaba historias en las que siempre resultaba triunfante. No hubo batalla que Г©l no ganara, ni muerto que no matara por haber traicionado a la RevoluciГіn o al Jefe MГЎximo o a quien se ofreciera.

Se nos metiГі de golpe a todos. Hasta mis hermanas mayores, Teresa, que empezГі calificГЎndolo de viejo concupiscente, y BГЎrbara, que le tenГ­a un miedo atroz, acabaron divirtiГ©ndose con Г©l casi tanto como PГ­a la mГЎs chica. A mis hermanos los comprГі para siempre llevГЎndolos a dar una vuelta en su coche.

A veces traГ­a flores para mГ­ y chicles americanos para ellos. Las flores nunca me emocionaron, pero me sentГ­a importante arreglГЎndolas mientras Г©l fumaba un puro y conversaba con mi padre sobre la

 

Laboriosidad campesina o los principales jefes de la RevoluciГіn y los favores que cada uno le debГ­a.

DespuГ©s me sentaba a oГ­rlos y a dar opiniones con toda la contundencia que me facilitaban la cercanГ­a de mi padre y mi absoluta ignorancia.

Cuando se iba yo lo acompaГ±aba a la puerta y me dejaba besar un segundo, como si alguien nos espiara. Luego salГ­a corriendo tras mis hermanos.

Nos empezaron a llegar rumores: AndrГ©s Ascencio tenГ­a muchas mujeres, una en ZacatlГЎn y otra en Cholula, una en el barrio de La Luz y otras en MГ©xico. EngaГ±aba a las jovencitas, era un criminal, estaba loco, nos Г­bamos a arrepentir.

Nos arrepentimos, pero aГ±os despuГ©s. Entonces mi papГЎ hacГ­a bromas sobre mis ojeras y yo me ponГ­a a darle besos.

Me gustaba besar a mi papá y sentir que tenía ocho años, un agujero en el calcetín, zapatos rojos y un moño en cada trenza los domingos. Me gustaba pensar que era domingo y que aún era posible subirse en el burro que ese día no cargaba leche, caminar hasta el campo sembrado de alfalfa para quedar bien escondida y desde ahí gritar: «A que no me encuentras, papá.» Oír sus pasos cerca y su voz: «¿Dónde estará esta niña? ¿Dónde estará esta niña?», hasta fingir que se tropezaba conmigo, aquí está la niña, y tirarse cerca de mí, abrazarme las piernas y reírse:

– Ya no se puede ir la niña, la tiene atrapada un sapo que quiere que le dé un beso.


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