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«Un Bel Morir», ГЃlvaro Mutis

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A Jorge Ruiz DueГ±as amigo ejemplar y avezado seguidor de los asuntos del

Gaviero

Un bel morir tutta una vita onora.

FRANCESCO PETRARCA

Todo irГЎ desvaneciГ©ndose en el olvido

y el grito de un mono,

el manar blancuzco de la savia

por la herida corteza del caucho,

el chapoteo de las aguas contra la quilla en viaje, serГЎn asunto mГЎs memorable que nuestros largos

abrazos.

Un bel morir…, ÁLVARO MUTIS, “Los trabajos perdidos”

Accumulons l'irrГ©parable!

RenchГ©rissons sur notre sort!

Tout n'en va pas moins Г  la Mort,

Y a pas de port.

Solo de Lune, JULES LAFORGUE

Todo hombre vive su vida como un animal acosado.

Escolios, NICOLГЃS GГ“MEZ DГЃVILA

 

Todo comenzГі cuando Maqroll se fue quedando en el puerto de La Plata y pospuso, por un tiempo indefinido, la continuaciГіn de su viaje rГ­o arriba. Se trataba, en esta navegaciГіn hacia las cabeceras del gran rГ­o, de encontrar alguna huella de vida de quienes compartieron, aГ±os atrГЎs, algunas de sus mirГ­ficas empresas. Desalentado por la ausencia de la menor noticia sobre sus antiguos compaГ±eros y con amargo sabor en el alma al ver cГіmo se agotaban las Гєltimas fuentes que nutrГ­an esa nostalgia que lo habГ­a traГ­do desde tan lejos, concluyГі que le daba igual quedarse allГ­, en el humilde caserГ­o, o seguir remontando la corriente, ya sin motivo alguno que lo moviera a hacerlo.

Buscando alojamiento en La Plata encontrГі una habitaciГіn disponible en casa de una mujer ciega, muy estimada en el lugar. Todo el mundo la conocГ­a como doГ±a Empera. DespuГ©s de convenir el precio del hospedaje y de otros servicios como las comidas y el arreglo de su escasa ropa, escogiГі un cuarto cuya ubicaciГіn era un tanto sorprendente. Para ganar espacio, la dueГ±a habГ­a hecho construir dos habitaciones que avanzaban sobre la corriente del rГ­o y se sostenГ­an sobre rieles de ferrocarril enterrados en la orilla en forma oblicua. La construcciГіn se mantenГ­a firme por uno de esos milagros de equilibrio que logran en esas tierras quienes saben aprovechar todas las posibilidades del grueso bambГє, allГ­ conocido como guadua, cuya ligereza y versatilidad para servir a los propГіsitos de la edificaciГіn, llegan a ser insuperables. Las paredes, levantadas con el mismo material, se completan y afirman con una arcilla de color rojizo que se encuentra en los acantilados que cava el rГ­o en los trayectos donde su curso se estrecha.

El cuarto parecГ­a mГЎs bien una jaula suspendida sobre el arrullador borboteo de las aguas color tabaco, de las que subГ­a un lenificante aroma a lodo fresco y a vegetales macerados por la siempre caprichosa e imprevisible corriente del rГ­o. Los demГЎs cuartos eran arrendados por doГ±a Empera a parejas ocasionales a las que sГіlo exigГ­a el pago por adelantado de los dГ­as que fueran a estar allГ­ y la conservaciГіn de un orden estricto en las pertenencias de los huГ©spedes. Ella misma se encargaba de arreglar las habitaciones y, en la forma mГЎs comedida, pero terminante, pedГ­a a sus clientes que, desde el primer dГ­a, le indicaran el lugar escogido para cada objeto. AsГ­ podГ­a limpiar la habitaciГіn siguiendo siempre el mismo orden. Cuando el Gaviero llegГі a la casa para preguntar por un cuarto disponible, la dueГ±a le contestГі sin vacilar:

– Yo a usted lo conozco, don. Ha pasado por La Plata varias veces pero nunca se ha quedado aquí. He oído hablar de usted. Por cierto que nadie consigue decirme cuál es su oficio o de qué vive. Pero eso no es lo que me extraña. Lo que me intriga es que, si las que lo mencionan son mujeres, nunca lo hacen con rencor, pero les noto en la voz un como miedo que no les permite hablar mucho.

– Siempre hablan de más, señora -comentó el Gaviero. Tres o cuatro veces había pasado por allí en busca de un lugar en donde detener sus pasos y las mujeres con las que había estado, hembras de ocasión, de rostro anónimo y ningún rasgo memorable de carácter, no merecían haber despertado la curiosidad de doña Empera-. Nunca les dejo mucho de qué hablar y tal vez por eso se quedan imaginando tonterías.

– Puede ser eso -repuso ella no muy convencida-. A mí lo que me importa es que usted es persona de fiar y merece mi confianza. El resto vaya el diablo y averigüe. Los ciegos sabemos más sobre la gente que los que tienen ojos para ver y no ven. Cuando nos engañan es porque queremos y dejamos que lo hagan. Usted, que ha vivido tanto, me comprenderá.

La dueГ±a se despidiГі y Maqroll se quedГі ordenando sus cosas e instalГЎndose en su habitaciГіn. Cuando terminГі de hacerlo, la mujer regresГі y Г©l fue indicГЎndole cada objeto y el lugar que ocupaba.

– No es mucho lo que trae -comentó la dueña con cierta curiosidad no exenta de compasión.

– Lo indispensable, señora, sólo lo indispensable -contestó el Gaviero tratando de dar fin al diálogo.

– Y esos libros ¿también son indispensables? -le preguntó doña Empera con esa sonrisa desvaída con la que los ciegos tratan de hacerse perdonar su curiosidad-. ¿Sobre qué son? -insistió con franco interés que no dejó de intrigar al Gaviero.

– Uno es la vida de san Francisco de Asís, escrita por un danés; ésta es la traducción francesa. El otro, en dos tomos, contiene las cartas, también en francés, del Príncipe de Ligne. En ellas se aprende mucho sobre la gente, en especial sobre las mujeres. -La curiosidad de la ciega merecía, exigía casi, esos detalles por parte del lector y dueño de los libros.

– Mi nieto -siguió diciendo la dueña- me leía mucho, sobre todo libros de historia. Los vendí cuando me lo mató la federal. Sospecharon que estaba en la guerrilla porque siempre andaba leyendo. Lo hacía sobre todo para distraerme. Pero esa gente no pregunta; entra matando. Siempre andan muertos de miedo.

– ¿Vienen mucho a La Plata? -preguntó el Gaviero interesado por esa mención de las fuerzas armadas con las que jamás, en parte alguna, había tenido buenas relaciones.

– No, señor. Hace mucho no bajan hasta aquí. Todo está ahora muy tranquilo. Pero eso no quiere decir nada. Nunca se sabe con ellos.


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