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«El otoГ±o del patriarca», Gabriel MГЎrquez

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Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertГі de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza. SГіlo entonces nos atrevimos a entrar sin embestir los carcomidos muros de piedra fortificada, como querГ­an los mГЎs resueltos, ni desquiciar con yuntas de bueyes la entrada principal, como otros proponГ­an, pues bastГі con que alguien los empujara para que cedieran en sus goznes los portones blindados que en los tiempos heroicos de la casa habГ­an resistido a las lombardas de William Dampier. Fue como penetrar en el ГЎmbito de otra Г©poca, porque el aire era mГЎs tenue en los pozos de escombros de la vasta guarida del poder, y el silencio era mГЎs antiguo, y las cosas eran arduamente visibles en la luz decrГ©pita. A lo largo del primer patio, cuyas baldosas habГ­an cedido a la presiГіn subterrГЎnea de la maleza, vimos el retГ©n en desorden de la guardia fugitiva, las armas abandonadas en los armarios, el largo mesГіn de tablones bastos con los platos de sobras del almuerzo dominical interrumpido por el pГЎnico, vimos el galpГіn en penumbra donde estuvieron las oficinas civiles, los hongos de colores y los lirios pГЎlidos entre los memoriales sin resolver cuyo curso ordinario habГ­a sido mГЎs lento que las vidas mГЎs ГЎridas, vimos en el centro del patio la alberca bautismal donde fueron cristianizadas con sacramentos marciales mГЎs de cinco generaciones, vimos en el fondo la antigua caballeriza de los virreyes transformada en cochera, y vimos entre las camelias y las mariposas la berlina de los tiempos del ruido, el furgГіn de la peste, la carroza del aГ±o del cometa, el coche fГєnebre del progreso dentro del orden, la limusina sonГЎmbula del primer siglo de paz, todos en buen estado bajo la telaraГ±a polvorienta y todos pintados con los colores de la bandera. En el patio siguiente, detrГЎs de una verja de hierro, estaban los rosales nevados de polvo lunar a cuya sombra dormГ­an los leprosos en los tiempos grandes de la casa, y habГ­an proliferado tanto en el abandono que apenas si quedaba un resquicio sin olor en aquel aire de rosas revuelto con la pestilencia que nos llegaba del fondo del jardГ­n y el tufo de gallinero y la hedentina de boГ±igas y fermentos de orines de vacas y soldados de la basГ­lica colonial convertida en establo de ordeГ±o. AbriГ©ndonos paso a travГ©s del matorral asfixiante vimos la galerГ­a de arcadas con tiestos de claveles y frondas de astromelias y trinitarias donde estuvieron las barracas de las concubinas, y por la variedad de los residuos domГ©sticos y la cantidad de las mГЎquinas de coser nos pareciГі posible que allГ­ hubieran vivido mГЎs de mil mujeres con sus recuas de sietemesinos, vimos el desorden de guerra de las cocinas, la ropa podrida al sol en las albercas de lavar, la sentina abierta del cagadero comГєn de concubinas y soldados, y vimos en el fondo los sauces babilГіnicos que habГ­an sido transportados vivos desde el Asia Menor en gigantescos invernaderos de mar, con su propio suelo, su savia y su llovizna, y al fondo de los sauces vimos la casa civil, inmensa y triste, por cuyas celosГ­as desportilladas seguГ­an metiГ©ndose los gallinazos. No tuvimos que forzar la entrada, como habГ­amos pensado, pues la puerta central pareciГі abrirse al solo impulso de la voz, de modo que subimos a la planta principal por una escalera de piedra viva cuyas alfombras de Гіpera habГ­an sido trituradas por las pezuГ±as de las vacas, y desde el primer vestГ­bulo hasta los dormitorios privados vimos las oficinas y las salas oficiales en ruinas por donde andaban las vacas impГЎvidas comiГ©ndose las cortinas de terciopelo y mordisqueando el raso de los sillones, vimos cuadros heroicos de santos y militares tirados por el suelo entre muebles rotos y plastas recientes de boГ±iga de vaca, vimos un comedor comido por las vacas, la sala de mГєsica profanada por estropicios de vacas, las mesitas de dominГі destruidas y las praderas de las mesas de billar esquilmadas por las vacas, vimos abandonada en un rincГіn la mГЎquina del viento, la que falsificaba cualquier fenГіmeno de los cuatro cuadrantes de la rosa nГЎutica para que la gente de la casa soportara la nostalgia del mar que se fue, vimos jaulas de pГЎjaros colgadas por todas partes y todavГ­a cubiertas con los trapos de dormir de alguna noche de la semana anterior, y vimos por las ventanas numerosas el extenso animal dormido de la ciudad todavГ­a inocente del lunes histГіrico que empezaba a vivir, y mГЎs allГЎ de la ciudad, hasta el horizonte, vimos los crГЎteres muertos de ГЎsperas cenizas de luna de la llanura sin tГ©rmino donde habГ­a estado el mar. En aquel recinto prohibido que muy pocas gentes de privilegio habГ­an logrado conocer, sentimos por primera vez el olor de carnaza de los gallinazos, percibimos su asma milenaria, su instinto premonitorio, y guiГЎndonos por el viento de putrefacciГіn de sus aletazos encontramos en la sala de audiencias los cascarones agusanados de las vacas, sus cuartos traseros de animal femenino varias veces repetidos en los espejos de cuerpo entero, y entonces empujamos una puerta lateral que daba a una oficina disimulada en el muro, y allГ­ lo vimos a Г©l, con el uniforme de lienzo sin insignias, las polainas, la espuela de oro en el talГіn izquierdo, mГЎs viejo que todos los hombres y todos los animales viejos de la tierra y del agua, y estaba tirado en el suelo, bocabajo, con el brazo derecho doblado bajo la cabeza para que le sirviera de almohada, como habГ­a dormido noche tras noche durante todas las noches de su larguГ­sima vida de dГ©spota solitario. SГіlo cuando lo volteamos para verle la cara comprendimos que era imposible reconocerlo aunque no hubiera estado carcomido de gallinazos, porque ninguno de nosotros lo habГ­a visto nunca, y aunque su perfil estaba en ambos lados de las monedas, en las estampillas de correo, en las etiquetas de los depurativos, en los bragueros y los escapularios, y aunque su litografГ­a enmarcada con la bandera en el pecho y el dragГіn de la patria estaba expuesta a todas horas en todas partes, sabГ­amos que eran copias de copias de retratos que ya se consideraban infieles en los tiempos del cometa, cuando nuestros propios padres sabГ­an quiГ©n era Г©l porque se lo habГ­an oГ­do contar a los suyos, como Г©stos a los suyos, y desde niГ±os nos acostumbraron a creer que Г©l estaba vivo en la casa del poder porque alguien habГ­a visto encenderse los globos de luz una noche de fiesta, alguien habГ­a contado que vi los ojos tristes, los labios pГЎlidos, la mano pensativa que iba diciendo adioses de nadie a travГ©s de los ornamentos de misa del coche presidencial, porque un domingo de hacГ­a muchos aГ±os se habГ­an llevado al ciego callejero que por cinco centavos recitaba los versos del olvidado poeta RubГ©n DarГ­o y habГ­a vuelto feliz con una morrocota legГ­tima con que le pagaron un recital que habГ­a hecho sГіlo para Г©l, aunque no lo habГ­a visto, por supuesto, no porque fuera ciego sino porque ningГєn mortal lo habГ­a visto desde los tiempos del vГіmito negro, y sin embargo sabГ­amos que Г©l estaba ahГ­, lo sabГ­amos porque el mundo seguГ­a, la vida seguГ­a, el correo llegaba, la banda municipal tocaba la retreta de valses bobos de los sГЎbados bajo las palmeras polvorientas y los faroles mustios de la Plaza de Armas, y otros mГєsicos viejos reemplazaban en la banda a los mГєsicos muertos. En los Гєltimos aГ±os, cuando no se volvieron a oГ­r ruidos humanos ni cantos de pГЎjaros en el interior y se cerraron para siempre los portones blindados, sabГ­amos que habГ­a alguien en la casa civil porque de noche se veГ­an luces que parecГ­an de navegaciГіn a travГ©s de las ventanas del lado del mar, y quienes se atrevieron a acercarse oyeron desastres de pezuГ±as y suspiros de animal grande detrГЎs de las paredes fortificadas, y una tarde de enero habГ­amos visto una vaca contemplando el crepГєsculo desde el balcГіn presidencial, imagГ­nese, una vaca en el balcГіn de la patria, quГ© cosa mГЎs inicua, quГ© paГ­s de mierda, pero se hicieron tantas conjeturas de cГіmo era posible que una vaca llegara hasta un balcГіn si todo el mundo sabГ­a que las vacas no se trepaban por las escaleras, y menos si eran de piedra, y mucho menos si estaban alfombradas, que al final no supimos si en realidad la vimos o si era que pasamos una tarde por la Plaza de Armas y habГ­amos soГ±ado caminando que habГ­amos visto una vaca en un balcГіn presidencial donde nada se habГ­a visto ni habГ­a de verse otra vez en muchos aГ±os hasta el amanecer del Гєltimo viernes cuando empezaron a llegar los primeros gallinazos que se alzaron de donde estaban siempre adormilados en la cornisa del hospital de pobres, vinieron mГЎs de tierra adentro, vinieron en oleadas sucesivas desde el horizonte del mar de polvo donde estuvo el mar, volaron todo un dГ­a en cГ­rculos lentos sobre la casa del poder hasta que un rey con plumas de novia y golilla encarnada impartiГі una orden silenciosa y empezГі aquel estropicio de vidrios, aquel viento de muerto grande, aquel entrar y salir de gallinazos por las ventanas como sГіlo era concebible en una casa sin autoridad, de modo que tambiГ©n nosotros nos atrevimos a entrar y encontramos en el santuario desierto los escombros de la grandeza, el cuerpo picoteado, las manos lisas de doncella con el anillo del poder en el hueso anular, y tenГ­a todo el cuerpo retoГ±ado de liqГєenes minГєsculos y animales parasitarios de fondo de mar, sobre todo en las axilas y en las ingles, y tenГ­a el braguero de lona en el testГ­culo herniado que era lo Гєnico que habГ­an eludido los gallinazos a pesar de ser tan grande como un riГ±Гіn de buey, pero ni siquiera entonces nos atrevimos a creer en su muerte porque era la segunda vez que lo encontraban en aquella oficina, solo y vestido, y muerto al parecer de muerte natural durante el sueГ±o, como estaba anunciado desde hacГ­a muchos aГ±os en las aguas premonitorias de los lebrillos de las pitonisas. La primera vez que lo encontraron, en el principio de su otoГ±o, la naciГіn estaba todavГ­a bastante viva como para que Г©l se sintiera amenazado de muerte hasta en la soledad de su dormitorio, y sin embargo gobernaba como si se supiera predestinado a no morirse jamГЎs, pues aquello no parecГ­a entonces una casa presidencial sino un mercado donde habГ­a que abrirse paso por entre ordenanzas descalzos que descargaban burros de hortalizas y huacales de gallinas en los corredores, saltando por encima de comadres con ahijados famГ©licos que dormГ­an apelotonadas en las escaleras para esperar el milagro de la caridad oficial, habГ­a que eludir las corrientes de agua sucia de las concubinas deslenguadas que cambiaban por flores nuevas las flores nocturnas de los floreros y trapeaban los pisos y cantaban canciones de amores ilusorios al compГЎs de las ramas secas con que venteaban las alfombras en los balcones, y todo aquello entre el escГЎndalo de los funcionarios vitalicios que encontraban gallinas poniendo en las gavetas de los escritorios, y trГЎficos de putas y soldados en los retretes, y alborotos de pГЎjaros, y peleas de perros callejeros en medio de las audiencias, porque nadie sabГ­a quiГ©n era quiГ©n ni de parte de quiГ©n en aquel palacio de puertas abiertas dentro de cuyo desorden descomunal era imposible establecer dГіnde estaba el gobierno. El hombre de la casa no sГіlo participaba de aquel desastre de feria sino que Г©l mismo lo promovГ­a y comandaba, pues tan pronto como se encendГ­an las luces de su dormitorio, antes de que empezaran a cantar los gallos, la diana de la guardia presidencial mandaba el aviso del nuevo dГ­a al cercano cuartel del Conde, y Г©ste lo repetГ­a para la base de San JerГіnimo, y Г©sta para la fortaleza del puerto, y Г©sta volvГ­a a repetirlo para las seis dianas sucesivas que despertaban primero a la ciudad y luego a todo el paГ­s, mientras Г©l meditaba en el excusado portГЎtil tratando de apagar con las manos el zumbido de sus oГ­dos, que entonces empezaba a manifestarse, y viendo pasar la luz de los buques por el voluble mar de topacio que en aquellos tiempos de gloria estaba todavГ­a frente a su ventana. Todos los dГ­as, desde que tomГі posesiГіn de la casa, habГ­a vigilado el ordeГ±o en los establos para medir con su mano la cantidad de leche que habГ­an de llevar las tres carretas presidenciales a los cuarteles de la ciudad, tomaba en la cocina un tazГіn de cafГ© negro con cazabe sin saber muy bien para dГіnde lo arrastraban las ventoleras de la nueva jornada, atento siempre al cotorreo de la servidumbre que era la gente de la casa con quien hablaba el mismo lenguaje, cuyos halagos serios estimaba mГЎs y cuyos corazones descifraba mejor, y un poco antes de las nueve tomaba un baГ±o lento de aguas de hojas hervidas en la alberca de granito construida a la sombra de los almendros de su patio privado, y sГіlo despuГ©s de las once conseguГ­a sobreponerse a la zozobra del amanecer y se enfrentaba a los azares de la realidad. Antes, durante la ocupaciГіn de los infantes de marina, se encerraba en la oficina para decidir el destino de la patria con el comandante de las tropas de desembarco y firmaba toda clase de leyes y mandatos con la huella del pulgar, pues entonces no sabГ­a leer ni escribir, pero cuando lo dejaron solo otra vez con su patria y su poder no volviГі a emponzoГ±arse la sangre con la conduerma de la ley escrita sino que gobernaba de viva voz y de cuerpo presente a toda hora y en todas partes con una parsimonia rupestre pero tambiГ©n con una diligencia inconcebible a su edad, asediado por una muchedumbre de leprosos, ciegos y paralГ­ticos que suplicaban de sus manos la sal de la salud, y polГ­ticos de letras y aduladores impГЎvidos que lo proclamaban corregidor de los terremotos, los eclipses, los aГ±os bisiestos y otros errores de Dios, arrastrando por toda la casa sus grandes patas de elefante en la nieve mientras resolvГ­a problemas de estado y asuntos domГ©sticos con la misma simplicidad con que ordenaba que me quiten esta puerta de aquГ­ y me la pongan allГЎ, la quitaban, que me la vuelvan a poner, la ponГ­an, que el reloj de la torre no diera las doce a las doce sino a las dos para que la vida pareciera mГЎs larga, se cumplГ­a, sin un instante de vacilaciГіn, sin una pausa, salvo a la hora mortal de la siesta en que se refugiaba en la penumbra de las concubinas, elegГ­a una por asalto, sin desvestirla ni desvestirse, sin cerrar la puerta, y en el ГЎmbito de la casa se escuchaba entonces su resuello sin alma de marido urgente, el retintГ­n anhelante de la espuela de oro, su llantito de perro, el espanto de la mujer que malgastaba su tiempo de amor tratando de quitarse de encima la mirada escuГЎlida de los sietemesinos, sus gritos de lГЎrguense de aquГ­, vГЎyanse a jugar en el patio que esto no lo pueden ver los niГ±os, y era como si un ГЎngel atravesara el cielo de la patria, se apagaban las voces, se parГі la vida, todo el mundo quedГі petrificado con el Г­ndice en los labios, sin respirar, silencio, el general estГЎ tirando, pero quienes mejor lo conocieron no confiaban ni siquiera en la tregua de aquel instante sagrado, pues siempre parecГ­a que se desdoblaba, que lo vieron jugando dominГі a las siete de la noche y al mismo tiempo lo habГ­an visto prendiendo fuego a las bostas de vaca para ahuyentar los mosquitos en la sala de audiencias, ni nadie se alimentaba de ilusiones mientras no se apagaban las luces de las Гєltimas ventanas y se escuchaba el ruido de estrГ©pito de las tres aldabas, los tres cerrojos, los tres pestillos del dormitorio presidencial, y se oГ­a el golpe del cuerpo al derrumbarse de cansancio en el suelo de piedra, y la respiraciГіn de niГ±o decrГ©pito que se iba haciendo mГЎs profunda a medida que montaba la marea, hasta que las arpas nocturnas del viento acallaban las chicharras de sus tГ­mpanos y un ancho maretazo de espuma arrasaba las calles de la rancia ciudad de los virreyes y los bucaneros e irrumpГ­a en la casa civil por todas las ventanas como un tremendo sГЎbado de agosto que hacГ­a crecer percebes en los espejos y dejaba la sala de audiencias a merced de los delirios de los tiburones y rebasaba los niveles mГЎs altos de los ocГ©anos prehistГіricos, y desbordaba la faz de la tierra, y el espacio y el tiempo, y sГіlo quedaba Г©l solo flotando bocabajo en el agua lunar de sus sueГ±os de ahogado solitario, con su uniforme de lienzo de soldado raso, sus polainas, su espuela de oro, y el brazo derecho doblado bajo la cabeza para que le sirviera de almohada. Aquel estar simultГЎneo en todas partes durante los aГ±os pedregosos que precedieron a su primera muerte, aquel subir mientras bajaba, aquel extasiarse en el mar mientras agonizaba de malos amores no eran un privilegio de su naturaleza, como lo proclamaban sus aduladores, ni una alucinaciГіn multitudinaria, como decГ­an sus crГ­ticos, sino que era la suerte de contar con los servicios Г­ntegros y la lealtad de perro de Patricio AragonГ©s, su doble perfecto, que habГ­a sido encontrado sin que nadie lo buscara cuando le vinieron con la novedad mi general de que una falsa carroza presidencial andaba por pueblos de indios haciendo un prГіspero negocio de suplantaciГіn, que habГ­an visto los ojos taciturnos en la penumbra mortuoria, que habГ­an visto los labios pГЎlidos, la mano de novia sensitiva con un guante de raso que iba echando puГ±ados de sal a los enfermos arrodillados en la calle, y que detrГЎs de la carroza iban dos falsos oficiales de a caballo cobrando en moneda dura el favor de la salud, imagГ­nese mi general, quГ© sacrilegio, pero Г©l no dio ninguna orden contra el suplantador sino que habГ­a pedido que lo llevaran en secreto a la casa presidencial con la cabeza metida en un talego de fique para que no fueran a confundirlo, y entonces padeciГі la humillaciГіn de verse a sГ­ mismo en semejante estado de igualdad, carajo, si este hombre soy yo, dijo, porque era en realidad como si lo fuera, salvo por la autoridad de la voz, que el otro no logrГі imitar nunca, y por la nitidez de las lГ­neas de la mano en donde el arco de la vida se prolongaba sin tropiezos en torno a la base del pulgar, y si no lo hizo fusilar en el acto no fue por el interГ©s de mantenerlo como suplantador oficial, pues esto se le ocurriГі mГЎs tarde, sino porque lo inquietГі la ilusiГіn de que las cifras de su propio destino estuvieran escritas en la mano del impostor. Cuando se convenciГі de la vanidad de aquel sueГ±o ya Patricio AragonГ©s habГ­a sobrevivido impasible a seis atentados, habГ­a adquirido la costumbre de arrastrar los pies aplanados a golpes de mazo, le zumbaban los oГ­dos y le cantaba la potra en las madrugadas de invierno, y habГ­a aprendido a quitarse y a ponerse la espuela de oro como si se le enredaran las correas sГіlo por ganar tiempo en las audiencias mascullando carajo con estas hebillas que fabrican los herreros de Flandes que ni para eso sirven, y de bromista y lenguaraz que habГ­a sido cuando soplaba botellas en la carquesa de su padre se volviГі meditativo y sombrГ­o y no ponГ­a atenciГіn a lo que le decГ­an sino que escudriГ±aba la penumbra de los ojos para adivinar lo que no le decГ­an, y nunca contestГі a una pregunta sin antes preguntar a su vez y usted quГ© opina y de holgazГЎn y vividor que habГ­a sido en el negocio de vender milagros se volviГі diligente hasta el tormento y caminador implacable, se volviГі tacaГ±o y rapaz, se resignГі a amar por asalto y a dormir en el suelo, vestido, bocabajo y sin almohada, y renunciГі a sus Г­nfulas precoces de identidad propia y a toda vocaciГіn hereditaria de veleidad dorada de simplemente soplar y hacer botellas, y afrontaba los riesgos mГЎs tremendos del poder poniendo primeras piedras donde nunca se habГ­a de poner la segunda, cortando cintas inaugurales en tierra de enemigos y soportando tantos sueГ±os pasados por agua y tantos suspiros reprimidos de ilusiones imposibles al coronar sin apenas tocarlas a tantas y tan efГ­meras e inalcanzables reinas de la belleza, pues se habГ­a conformado para siempre con el destino raso de vivir un destino que no era el suyo, aunque no lo hizo por codicia ni convicciГіn sino porque Г©l le cambiГі la vida por el empleo vitalicio de impostor oficial con un sueldo nominal de cincuenta pesos mensuales y la ventaja de vivir como un rey sin la calamidad de serlo, quГ© mГЎs quieres. Aquella confusiГіn de identidades alcanzГі su tono mayor una noche de vientos largos en que Г©l encontrГі a Patricio AragonГ©s suspirando hacia el mar en el vapor fragante de los jazmines y le preguntГі con una alarma legГ­tima si no le habГ­an echado acГіnito en la comida que andaba a la deriva y como atravesado por un mal aire, y Patricio AragonГ©s le contestГі que no mi general, que la vaina es peor, que el sГЎbado habГ­a coronado a una reina de carnaval y habГ­a bailado con ella el primer vals y ahora no encontraba la puerta para salir de aquel recuerdo, porque era la mujer mГЎs hermosa de la tierra, de las que no se hicieron para uno mi general, si usted la viera, pero Г©l replicГі con un suspiro de alivio que quГ© carajo, Г©sas son vainas que le suceden a los hombres cuando estГЎn estreГ±idos de mujer, le propuso secuestrГЎrsela como hizo con tantas mujeres retrecheras que habГ­an sido sus concubinas, te la pongo a la fuerza en la cama con cuatro hombres de tropa que la sujeten por los pies y las manos mientras tГє te despachas con la cuchara grande, quГ© carajo, te la comes barbeada, le dijo, hasta las mГЎs estrechas se revuelcan de rabia al principio y despuГ©s te suplican que no me deje asГ­ mi general como una triste pomarrosa con la semilla suelta, pero Patricio AragonГ©s no querГ­a tanto sino que querГ­a mГЎs, querГ­a que lo quisieran, porque Г©sta es de las que saben de dГіnde son los cantantes mi general, ya verГЎ que usted mismo lo va a ver cuando la vea, asГ­ que Г©l le indicГі como fГіrmula de alivio los senderos nocturnos de los cuartos de sus concubinas y lo autorizГі para usarlas como si fuera Г©l mismo, por asalto y de prisa y con la ropa puesta, y Patricio AragonГ©s se sumergiГі de buena fe en aquel cenagal de amores prestados creyendo que con ellos le iba a poner una mordaza a sus anhelos, pero era tanta su ansiedad que a veces se olvidaba de las condiciones del prГ©stamo, se desbraguetaba por distracciГіn, se demoraba en pormenores, tropezaba por descuido con las piedras ocultas de las mujeres mГЎs mezquinas, les desentraГ±aba los suspiros y las hacГ­a reГ­r de asombro en las tinieblas, quГ© bandido mi general, le decГ­an, se nos estГЎ volviendo avorazado despuГ©s de viejo, y desde entonces ninguno de ellos ni ninguna de ellas supo nunca cuГЎl de los hijos de quiГ©n era hijo de quiГ©n, ni con quiГ©n, pues tambiГ©n los hijos de Patricio AragonГ©s como los suyos nacГ­an sietemesinos. AsГ­ fue como Patricio AragonГ©s se convirtiГі en el hombre esencial del poder, el mГЎs amado y quizГЎ tambiГ©n el mГЎs temido, y Г©l dispuso de mГЎs tiempo para ocuparse de las fuerzas armadas con tanta atenciГіn como al principio de su mandato, no porque las fuerzas armadas fueran el sustento de su poder, como todos creГ­amos, sino al contrario, porque eran su enemigo natural mГЎs temible, de modo que les hacГ­a creer a unos oficiales que estaban vigilados por los otros, les barajaba los destinos para impedir que se confabularan, dotaba a los cuarteles de ocho cartuchos de fogueo por cada diez legГ­timos y les mandaba pГіlvora revuelta con arena de playa mientras Г©l mantenГ­a el parque bueno al alcance de la mano en un depГіsito de la casa presidencial cuyas llaves cargaba en una argolla con otras llaves sin copias de otras puertas que nadie mГЎs podГ­a franquear, protegido por la sombra tranquila de mi compadre de toda la vida el general Rodrigo de Aguilar, un artillero de academia que era ademГЎs su ministro de la defensa y al mismo tiempo comandante de las guardias presidenciales, director de los servicios de seguridad del estado y uno de los muy pocos mortales que estuvieron autorizados para ganarle a Г©l una partida de dominГі, porque habГ­a perdido el brazo derecho tratando de desmontar una carga de dinamita minutos antes de que la berlina presidencial pasara por el sitio del atentado. Se sentГ­a tan seguro con el amparo del general Rodrigo de Aguilar y la asistencia de Patricio AragonГ©s, que empezГі a descuidar sus presagios de conservaciГіn y se fue haciendo cada vez mГЎs visible, se atreviГі a pasear por la ciudad con sГіlo un edecГЎn en un carricoche sin insignias contemplando por entre los visillos la catedral arrogante de piedra dorada que Г©l habГ­a declarado por decreto la mГЎs bella del mundo, atisbaba las mansiones antiguas de calicanto con portales de tiempos dormidos y girasoles vueltos hacia el mar, las calles adoquinadas con olor de pabilo del barrio de los virreyes, las seГ±oritas lГ­vidas que hacГ­an encaje de bolillo con una decencia ineluctable entre los tiestos de claveles y los colgajos de trinitarias de la luz de los balcones, el convento ajedrezado de las vizcaГ­nas con el mismo ejercicio de clavicordio a las tres de la tarde con que habГ­an celebrado el primer paso del cometa, atravesГі el laberinto babГ©lico del comercio, su mГєsica mortГ­fera, los lГЎbaros de billetes de loterГ­a, los carritos de guarapo, los sartales de huevos de iguana, los baratillos de los turcos descoloridos por el sol, el lienzo pavoroso de la mujer que se habГ­a convertido en alacrГЎn por desobedecer a sus padres, el callejГіn de miseria de las mujeres sin hombres que salГ­an desnudas al atardecer a comprar corbinas azules y pargos rosados y a mentarse la madre con las verduleras mientras se les secaba la ropa en los balcones de maderas bordadas, sintiГі el viento de mariscos podridos, la luz cotidiana de los pelГ­canos a la vuelta de la esquina, el desorden de colores de las barracas de los negros en los promontorios de la bahГ­a, y de pronto, ahГ­ estГЎ, el puerto, ay, el puerto, el muelle de tablones de esponja, el viejo acorazado de los infantes mГЎs largo y mГЎs sombrГ­o que la verdad, la estibadora negra que se apartГі demasiado tarde para dar paso al cochecito despavorido y se sintiГі tocada de muerte por la visiГіn del anciano crepuscular que contemplaba el puerto con la mirada mГЎs triste del mundo, es Г©l, exclamГі asustada, que viva el macho, gritГі, que viva, gritaban los hombres, las mujeres, los niГ±os que salГ­an corriendo de las cantinas y las fondas de chinos, que viva, gritaban los que trabaron las patas de los caballos y bloquearon el coche para estrechar la mano del poder, una maniobra tan certera e imprevista que Г©l apenas tuvo tiempo de apartar el brazo armado del edecГЎn reprendiГ©ndolo con voz tensa, no sea pendejo, teniente, dГ©jelos que me quieran, tan exaltado con aquel arrebato de amor y con otros semejantes de los dГ­as siguientes que al general Rodrigo de Aguilar le costГі trabajo quitarle la idea de pasearse en una carroza descubierta para que puedan verme de cuerpo entero los patriotas de la patria, quГ© carajo, pues Г©l ni siquiera sospechaba que el asalto del puerto habГ­a sido espontГЎneo pero que los siguientes fueron organizados por sus propios servicios de seguridad para complacerlo sin riesgos, tan engolosinado con los aires de amor de las vГ­speras de su otoГ±o que se atreviГі a salir de la ciudad despuГ©s de muchos aГ±os, volviГі a poner en marcha el viejo tren pintado con los colores de la bandera que se trepaba gateando por las cornisas de su vasto reino de pesadumbre, abriГ©ndose paso por entre ramazones de orquГ­deas y balsaminas amazГіnicas, alborotando micos, aves del paraГ­so, leopardos dormidos sobre los rieles, hasta los pueblos glaciales y desiertos de su pГЎramo natal en cuyas estaciones lo esperaban con bandas de mГєsicas lГєgubres, le tocaban campanas de muerto, le mostraban letreros de bienvenida al patricio sin nombre que estГЎ sentado a la diestra de la SantГ­sima Trinidad, le reclutaban indios deshalagados de las veredas que bajaban a conocer el poder oculto en la penumbra fГєnebre del vagГіn presidencial, y los que conseguГ­an acercarse no veГ­an nada mГЎs que los ojos atГіnitos detrГЎs de los cristales polvorientos, veГ­an los labios trГ©mulos, la palma de una mano sin origen que saludaba desde el limbo de la gloria, mientras alguien de la escolta trataba de apartarlo de la ventana, tenga cuidado, general, la patria lo necesita, pero Г©l replicaba entre sueГ±os no te preocupes, coronel, esta gente me quiere, lo mismo en el tren de los pГЎramos que en el buque fluvial de rueda de madera que iba dejando un rastro de valses de pianola por entre la fragancia dulce de gardenias y salamandras podridas de los afluentes ecuatoriales, eludiendo carcachas de dragones prehistГіricos, islas providenciales donde se echaban a parir las sirenas, atardeceres de desastres de inmensas ciudades desaparecidas, hasta los caserГ­os ardientes y desolados cuyos habitantes se asomaban a la orilla para ver el buque de madera pintado con los colores de la patria y apenas si alcanzaban a distinguir una mano de nadie con un guante de raso que saludaba desde la ventana del camarote presidencial, pero Г©l veГ­a los grupos de la orilla que agitaban hojas de malanga a falta de banderas, veГ­a los que se echaban al agua con una danta viva, un Г±ame gigantesco como una pata de elefante, un huacal de gallinas de monte para la olla del sancocho presidencial, y suspiraba conmovido en la penumbra eclesiГЎstica del camarote, mГ­relos cГіmo vienen, capitГЎn, mire cГіmo me quieren. En diciembre, cuando el mundo del Caribe se volvГ­a de vidrio, subГ­a en el carricoche por las cornisas de rocas hasta la casa encaramada en la cumbre de los arrecifes y se pasaba la tarde jugando dominГі con los antiguos dictadores de otros paГ­ses del continente, los padres destronados de otras patrias a quienes Г©l habГ­a concedido el asilo a lo largo de muchos aГ±os y que ahora envejecГ­an en la penumbra de su misericordia soГ±ando con el barco quimГ©rico de la segunda oportunidad en las sillas de las terrazas, hablando solos, muriГ©ndose muertos en la casa de reposo que Г©l habГ­a construido para ellos en el balcГіn del mar despuГ©s de haberlos recibido a todos como si fueran uno solo, pues todos aparecГ­an de madrugada con el uniforme de aparato que se habГ­an puesto al revГ©s sobre la piyama, con un baГєl de dinero saqueado del tesoro pГєblico y una maleta con un estuche de condecoraciones, recortes de periГіdicos pegados en viejos libros de contabilidad y un ГЎlbum de retratos que le mostraban a Г©l en la primera audiencia como si fueran las credenciales, diciendo mire usted, general, Г©ste soy yo cuando era teniente, aquГ­ fue el dГ­a de la posesiГіn, aquГ­ fue en el decimosexto aniversario de la toma del poder, aquГ­, mire usted general, pero Г©l les concedГ­a el asilo polГ­tico sin prestarles mayor atenciГіn ni revisar credenciales porque el Гєnico documento de identidad de un presidente derrocado debe ser el acta de defunciГіn, decГ­a, y con el mismo desprecio escuchaba el discursillo ilusorio de que acepto por poco tiempo su noble hospitalidad mientras la justicia del pueblo llama a cuentas al usurpador, la eterna fГіrmula de solemnidad pueril que poco despuГ©s le escuchaba al usurpador, y luego al usurpador del usurpador como si no supieran los muy pendejos que en este negocio de hombres el que se cayГі se cayГі, y a todos los hospedaba por unos meses en la casa presidencial, los obligaba a jugar dominГі hasta despojarlos del Гєltimo cГ©ntimo, y entonces me llevГі del brazo frente a la ventana del mar, me ayudГі a dolerme de esta vida puГ±etera que sГіlo camina para un solo lado, me consolГі con la ilusiГіn de que me fuera para allГЎ, mirГ©, allГЎ, en aquella casa enorme que parecГ­a un trasatlГЎntico encallado en la cumbre de los arrecifes donde le tengo un aposento con muy buena luz y buena comida, y mucho tiempo para olvidar junto a otros compaГ±eros en desgracia, y con una terraza marina donde a Г©l le gustaba sentarse en las tardes de diciembre no tanto por el placer de jugar al dominГі con aquella cГЎfila de mampolones sino para disfrutar de la dicha mezquina de no ser uno de ellos, para mirarse en el espejo de escarmiento de la miseria de ellos mientras Г©l chapaleaba en la ciГ©naga grande la felicidad, soГ±ando solo, persiguiendo en puntillas como un mal pensamiento a las mulatas mansas que barrГ­an la casa civil en la penumbra del amanecer, husmeaba su rastro de dormitorio pГєblico y brillantina de botica, acechaba la ocasiГіn de encontrarse con una sola para hacer amores de gallo detrГЎs de las puertas de las oficinas mientras ellas reventaban de risa en la sombra, quГ© bandido mi general, tan grande y todavГ­a tan garoso, pero Г©l quedaba triste despuГ©s del amor y se ponГ­a a cantar para consolarse donde nadie lo oyera, fГєlgida luna del mes de enero, cantaba, mГ­rame cГіmo estoy de acontecido en el patГ­bulo de tu ventana, cantaba, tan seguro del amor de su pueblo en aquellos octubres sin malos presagios que colgaba una hamaca en el patio de la mansiГіn de los suburbios donde vivГ­a su madre BendiciГіn Alvarado y hacГ­a la siesta a la sombra de los tamarindos, sin escolta, soГ±ando con los peces errГЎtiles que navegaban en las aguas de color de los dormitorios, la patria es lo mejor que se ha inventado, madre, suspiraba, pero nunca esperaba la rГ©plica de la Гєnica persona en el mundo que se atreviГі a reprenderlo por el olor a cebollas rancias de sus axilas, sino que regresaba a la casa presidencial por la puerta grande exaltado con aquella estaciГіn de milagro del Caribe en enero, aquella reconciliaciГіn con el mundo al cabo de la vejez, aquellas tardes malvas en que habГ­a hecho las paces con el nuncio apostГіlico y Г©ste lo visitaba sin audiencia para tratar de convertirlo a la fe de Cristo mientras tomaban chocolate con galletitas, y Г©l alegaba muerto de risa que si Dios es tan macho como usted dice dГ­gale que me saque este cucarrГіn que me zumba en el oГ­do, le decГ­a, se desabotonaba los nueve botones de la bragueta y le mostraba la potra descomunal, dГ­gale que me desinfle esta criatura, le decГ­a, pero el nuncio lo pastoreaba con un largo estoicismo, trataba de convencerlo de que todo lo que es verdad, dГ­galo quien lo diga, proviene del EspГ­ritu Santo, y Г©l lo acompaГ±aba hasta la puerta con las primeras lГЎmparas, muerto de risa como muy pocas veces lo habГ­an visto, no gaste pГіlvora en gallinazos, padre, le decГ­a, para quГ© me quiere convertido si de todos modos hago lo que ustedes quieren, quГ© carajo. Aquel remanso de placidez se desfondГі de pronto en la gallera de un pГЎramo remoto cuando un gallo carnicero le arrancГі la cabeza al adversario y se la comiГі a picotazos ante un pГєblico enloquecido de sangre y una charanga de borrachos que celebrГі el horror con mГєsicas de fiesta, porque Г©l fue el Гєnico que registrГі el mal presagio, lo sintiГі tan nГ­tido e inminente que ordenГі en secreto a su escolta que arrestaran a uno de los mГєsicos, a Г©se, el que estГЎ tocando el bombardino, y en efecto le encontraron una escopeta de caГ±Гіn recortado y confesГі bajo tortura que pensaba disparar contra Г©l en la confusiГіn de la salida, por supuesto, era mГЎs que evidente, explicГі Г©l, porque yo miraba a todo el mundo y todo el mundo me miraba a mГ­, pero el Гєnico que no se atreviГі a mirarme ni una sola vez fue ese cabrГіn del bombardino, pobre hombre, y sin embargo Г©l sabГ­a que no era Г©sa la razГіn Гєltima de su ansiedad, pues la siguiГі sintiendo en las noches de la casa civil aun despuГ©s de que sus servicios de seguridad le demostraron que no habГ­a motivos de inquietud mi general, que todo estaba en orden, pero Г©l se habГ­a aferrado a Patricio AragonГ©s como si fuera Г©l mismo desde que padeciГі el presagio de la gallera, le daba de comer de su propia comida, le daba a beber de su propia miel de abejas con la misma cuchara para morirse al menos con el consuelo de que ambos se murieran juntos si las cosas estaban envenenadas, y andaban como fugitivos por aposentos olvidados, caminando sobre las alfombras para que nadie conociera sus grandes pasos furtivos de elefantes siameses, navegando juntos en la claridad intermitente del faro que se metГ­a por las ventanas e inundaba de verde cada treinta segundos los aposentos de la casa a travГ©s del humo de boГ±iga de vaca y los adioses lГєgubres de los barcos nocturnos en los mares dormidos, pasaban tardes enteras contemplando la lluvia, contando golondrinas como dos amantes vetustos en los atardeceres lГЎnguidos de septiembre, tan apartados del mundo que Г©l mismo no cayГі en la cuenta de que su lucha feroz por existir dos veces alimentaba la sospecha contraria de que existГ­a cada vez menos, que yacГ­a en un letargo, que habГ­a sido doblada la guardia y no se permitГ­a la entrada ni la salida de nadie en la casa presidencial, que sin embargo alguien habГ­a logrado burlar aquel filtro severo y habГ­a visto los pГЎjaros callados en las jaulas, las vacas bebiendo en la pila bautismal, los leprosos y los paralГ­ticos durmiendo en los rosales, y todo el mundo estaba al mediodГ­a como esperando a que amaneciera porque Г©l habГ­a muerto como estaba anunciado en los lebrillos de muerte natural durante el sueГ±o pero los altos mandos demoraban la noticia mientras trataban de dirimir en conciliГЎbulos sangrientos sus pugnas atrasadas. Aunque Г©l ignoraba estos rumores era consciente de que algo estaba a punto de ocurrir en su vida, interrumpГ­a las lentas partidas de dominГі para preguntarle al general Rodrigo de Aguilar cГіmo siguen las vainas, compadre, todo bajo control mi general, la patria estaba en calma, acechaba seГ±ales de premoniciГіn en las piras funerarias de las plastas de boГ±iga de vaca que ardГ­an en los corredores y en los pozos de aguas antiguas sin encontrar ninguna respuesta a su ansiedad, visitaba a su madre BendiciГіn Alvarado en la mansiГіn de los suburbios cuando aflojaba el calor, se sentaban a tomar el fresco de la tarde debajo de los tamarindos, ella en su mecedor de madre, decrГ©pita pero con el alma entera, echГЎndoles puГ±ados de maГ­z a las gallinas y a los pavorreales que picoteaban en el patio, y Г©l en la poltrona de mimbre pintada de blanco, abanicГЎndose con el sombrero, persiguiendo con una mirada de hambre vieja a las mulatas grandes que le llevaban las aguas frescas de fruta de colores para la sed del calor mi general, pensando madre mГ­a BendiciГіn Alvarado si supieras que ya no puedo con el mundo, que quisiera largarme para no sГ© dГіnde, madre, lejos de tanto entuerto, pero ni siquiera a su madre le mostraba el interior de los suspiros sino que regresaba con las primeras luces de la noche a la casa presidencial, se metГ­a por la puerta de servicio oyendo al pasar por los corredores el taconeo de los centinelas que lo iban saludando sin novedad mi general, todo en orden, pero Г©l sabГ­a que no era cierto, que lo engaГ±aban por hГЎbito, que le mentГ­an por miedo, que nada era verdad en aquella crisis de incertidumbre que le estaba amargando la gloria y le quitaba hasta las viejas ganas de mandar desde la tarde aciaga de la gallera, permanecГ­a hasta muy tarde tirado bocabajo en el suelo sin dormir, oyГі por la ventana abierta del mar los tambores lejanos y las gaitas tristes que celebraban alguna boda de pobres con el mismo alborozo con que hubieran celebrado su muerte, oyГі el adiГіs de un buque perdulario que se fue a las dos sin permiso del capitГЎn, oyГі el ruido de papel de las rosas que se abrieron al amanecer, sudaba hielo, suspiraba sin querer, sin un instante de sosiego, presintiendo con un instinto montaraz la inminencia de la tarde en que regresaba de la mansiГіn de los suburbios y lo sorprendiГі un tropel de muchedumbres en la calle, un abrir y cerrar de ventanas y un pГЎnico de golondrinas en el cielo diГЎfano de diciembre y entreabriГі la cortina de la carroza para ver quГ© pasaba y se dijo esto era, madre, esto era, se dijo, con un terrible sentimiento de alivio, viendo los globos de colores en el cielo, los globos rojos y verdes, los globos amarillos como grandes naranjas azules, los innumerables globos errantes que se abrieron vuelo por entre el espanto de las golondrinas y flotaron un instante en la luz de cristal de las cuatro y se rompieron de pronto en una explosiГіn silenciosa y unГЎnime y soltaron millares y millares de hojas de papel sobre la ciudad, una tormenta de panfletos volantes que el cochero aprovechГі para escabullirse del tumulto del mercado pГєblico sin que nadie reconociera la carroza del poder, porque todo el mundo estaba en la rebatiГ±a de los papeles de los globos mi general, los gritaban en los balcones, repetГ­an de memoria abajo la opresiГіn, gritaban, muera el tirano, y hasta los centinelas de la casa presidencial leГ­an en voz alta por los corredores la uniГіn de todos sin distinciГіn de clases contra el despotismo de siglos, la reconciliaciГіn patriГіtica contra la corrupciГіn y la arrogancia de los militares, no mГЎs sangre, gritaban, no mГЎs pillaje, el paГ­s entero despertaba del sopor milenario en el momento en que Г©l entrГі por la puerta de la cochera y se encontrГі con la terrible novedad mi general de que a Patricio AragonГ©s lo habГ­an herido de muerte con un dardo envenenado. AГ±os antes, en una noche de malos humores, Г©l le habГ­a propuesto a Patricio AragonГ©s que se jugaran la vida a cara o sello, si sale cara te mueres tГє, si sale sello me muero yo, pero Patricio AragonГ©s le hizo ver que se iban a morir empatados porque todas las monedas tenГ­an la cara de ambos por ambos lados, le propuso entonces que se jugaran la vida en la mesa de dominГі, veinte partidas al que gane mГЎs, y Patricio AragonГ©s aceptГі a mucha honra y con mucho gusto mi general siempre que me conceda el privilegio de poderle ganar, y Г©l aceptГі, de acuerdo, asГ­ que jugaron una partida, jugaron dos, jugaron veinte, y siempre ganГі Patricio AragonГ©s pues Г©l sГіlo ganaba porque estaba prohibido ganarle, libraron un combate largo y encarnizado y llegaron a la Гєltima partida sin que Г©l ganara una, y Patricio AragonГ©s se secГі el sudor con la manga de la camisa suspirando lo siento en el alma mi general pero yo no me quiero morir, y entonces Г©l se puso a recoger las fichas, las colocaba en orden dentro de la cajita de madera mientras decГ­a como un maestro de escuela cantando una lecciГіn que Г©l tampoco tenГ­a por quГ© morirse en la mesa de dominГі sino a su hora y en su sitio de muerte natural durante el sueГ±o como lo habГ­an predicho desde el principio de sus tiempos los lebrillos de las pitonisas, y ni siquiera asГ­, pensГЎndolo bien, porque BendiciГіn Alvarado no me pariГі para hacerle caso a los lebrillos sino para mandar, y al fin y al cabo yo soy el que soy yo, y no tГє, de modo que dale gracias a Dios de que esto no era mГЎs que un juego, le dijo riГ©ndose, sin haber imaginado entonces ni nunca que aquella broma terrible habГ­a de ser verdad la noche en que entrГі en el cuarto de Patricio AragonГ©s y lo encontrГі enfrentado con las urgencias de la muerte, sin remedio, sin ninguna esperanza de sobrevivir al veneno, y Г©l lo saludГі desde la puerta con la mano extendida, Dios te salve, macho, grande honor es morir por la patria. Lo acompaГ±Гі en la lenta agonГ­a, los dos solos en el cuarto, dГЎndole con su mano las cucharadas de alivio para el dolor, y Patricio AragonГ©s las tomaba sin gratitud diciГ©ndole entre cada cucharada que ahГ­ lo dejo por poco tiempo con su mundo de mierda mi general porque el corazГіn me dice que nos vamos a ver muy pronto en los profundos infiernos, yo mГЎs torcido que un lebranche con este veneno y usted con la cabeza en la mano buscando dГіnde ponerla, dicho sea sin el menor respeto mi general, pues ahora le puedo decir que nunca lo he querido como usted se imagina sino que desde las tГ©mporas de los filibusteros en que tuve la mala desgracia de caer en sus dominios estoy rogando que lo maten aunque sea de buena manera para que me pague esta vida de huГ©rfano que me ha dado, primero aplanГЎndome las patas con manos de pilГіn para que se me volvieran de sonГЎmbulo como las suyas, despuГ©s atravesГЎndome las criadillas con leznas de zapatero para que se me formara la potra, despuГ©s poniГ©ndome a beber trementina para que se me olvidara leer y escribir con tanto trabajo como le costГі a mi madre enseГ±arme, y siempre obligГЎndome a hacer los oficios pГєblicos que usted no se atreve, y no porque la patria lo necesite vivo como usted dice sino porque al mГЎs bragado se le hiela el culo coronando a una puta de la belleza sin saber por dГіnde le va a tronar la muerte, dicho sea sin el menor respeto mi general, pero a Г©l no le importaba la insolencia sino la ingratitud de Patricio AragonГ©s a quien puse a vivir como un rey en un palacio y te di lo que nadie le ha dado a nadie en este mundo hasta prestarte mis propias mujeres, aunque mejor no hablemos de eso mi general que vale mГЎs estar capado a mazo que andar tumbando madres por el suelo como si fuera cuestiГіn de herrar novillas, nomГЎs que esas pobres bastardas sin corazГіn ni siquiera sienten el hierro ni patalean ni se retuercen ni se quejan como las novillas, ni echan humo por los cuadriles ni huelen a carne chamuscada que es lo menos que se les pide a las buenas mujeres, sino que ponen sus cuerpos de vacas muertas para que uno cumpla con su deber mientras ellas siguen pelando papas y gritГЎndoles a las otras que me hagas el favor de echГЎrmele un ojo a la cocina mientras me desocupo aquГ­ que se me quema el arroz, sГіlo a usted se le ocurre creer que esa vaina es amor mi general porque es el Гєnico que conoce, dicho sea sin el menor respeto, y entonces Г©l empezГі a bramar que te calles, carajo, que te calles o te va a costar caro, pero Patricio AragonГ©s siguiГі diciendo sin la menor intenciГіn de burla que para quГ© me voy a callar si lo mГЎs que puede hacer es matarme y ya me estГЎ matando, mГЎs bien aproveche ahora para verle la cara a la verdad mi general, para que sepa que nadie le ha dicho nunca lo que piensa de veras sino que todos le dicen lo que saben que usted quiere oГ­r mientras le hacen reverencias por delante y le hacen pistola por detrГЎs, agradezca siquiera la casualidad de que yo soy el hombre que mГЎs lГЎstima le tiene en este mundo porque soy el Гєnico que me parezco a usted, el Гєnico que tiene la honradez de cantarle lo que todo el mundo dice que usted no es presidente de nadie ni estГЎ en el trono por sus caГ±ones sino que lo sentaron los ingleses y lo sostuvieron los gringos con el par de cojones de su acorazado, que yo lo vi cucaracheando de aquГ­ para allГЎ y de allГЎ para acГЎ sin saber por dГіnde empezar a mandar de miedo cuando los gringos le gritaron que ahГ­ te dejamos con tu burdel de negros a ver cГіmo te las compones sin nosotros, y si no se desmontГі de la silla desde entonces ni se ha desmontado nunca no serГЎ porque no quiere sino porque no puede, reconГіzcalo, porque sabe que a la hora que lo vean por la calle vestido de mortal le van a caer encima como perros para cobrarle esto por la matanza de Santa MarГ­a del Altar, esto otro por los presos que tiran en los fosos de la fortaleza del puerto para que se los coman vivos los caimanes, esto otro por los que despellejan vivos y le mandan el cuero a la familia como escarmiento, decГ­a, sacando del pozo sin fondo de sus rencores atrasados el sartal de recursos atroces de su rГ©gimen de infamia, hasta que ya no pudo decirle mГЎs porque un rastrillo de fuego le desgarrГі las entraГ±as, se le reblandeciГі el corazГіn y terminГі sin intenciГіn de ofensa sino casi de sГєplica que se lo digo en serio mi general, aproveche ahora que me estoy muriendo para morirse conmigo, nadie tiene mГЎs criterio que yo para decГ­rselo porque nunca tuve la pretensiГіn de parecerme a nadie ni menos ser un prГіcer de la patria sino un triste soplador de vidrios para hacer botellas como mi padre, atrГ©vase, mi general, no duele tanto como parece, y se lo dijo con un aire de tan serena verdad que a Г©l no le alcanzГі la rabia para contestar sino que tratГі de sostenerlo en la silla cuando vio que empezaba a torcerse y se agarraba las tripas con las manos y sollozaba con lГЎgrimas de dolor y vergГјenza que quГ© pena mi general pero me estoy cagando, y Г©l creyГі que lo decГ­a en sentido figurado queriГ©ndole decir que se estaba muriendo de miedo, pero Patricio AragonГ©s le contestГі que no, quiero decir cagГЎndome, cagГЎndome mi general, y Г©l alcanzГі a suplicarle que te aguantes Patricio AragonГ©s, aguГЎntate, los generales de la patria tenemos que morir como los hombres aunque nos cueste la vida, pero lo dijo demasiado tarde porque Patricio AragonГ©s se fue de bruces y le cayГі encima pataleando de miedo y ensopado de mierda y de lГЎgrimas. En la oficina contigua a la sala de audiencias tuvo que restregar el cuerpo con estropajo y jabГіn para quitarle el mal olor de la muerte, lo vistiГі con la ropa que Г©l llevaba puesta, le puso el braguero de lona, las polainas, la espuela de oro en el talГіn izquierdo, sintiendo a medida que lo hacГ­a que se iba convirtiendo en el hombre mГЎs solitario de la tierra, y por Гєltimo borrГі todo rastro de la farsa y prefigurГі a la perfecciГіn hasta los detalles mГЎs Г­nfimos que Г©l habГ­a visto con sus propios ojos en las aguas premonitorias de los lebrillos, para que al amanecer del dГ­a siguiente las barrenderas de la casa encontraran el cuerpo como lo encontraron tirado bocabajo en el suelo de la oficina, muerto por primera vez de falsa muerte natural durante el sueГ±o con el uniforme de lienzo sin insignias, las polainas, la espuela de oro, y el brazo derecho doblado bajo la cabeza para que le sirviera de almohada. Tampoco aquella vez se divulgГі la noticia de inmediato, al contrario de lo que Г©l esperaba, sino que transcurrieron muchas horas de prudencia, de averiguaciones sigilosas, de componendas secretas entre los herederos del rГ©gimen que trataban de ganar tiempo desmintiendo el rumor de la muerte con toda clase de versiones contrarias, sacaron a la calle del comercio a su madre BendiciГіn Alvarado para que comprobГЎramos que no tenia cara de duelo, me vistieron con un traje de flores como a una marimonda, seГ±or, me hicieron comprar un sombrero de guacamaya para que todo el mundo me viera feliz, me hicieron comprar cuanto coroto encontrГЎbamos en las tiendas a pesar de que yo les decГ­a que no, seГ±or, que no era hora de comprar sino de llorar porque hasta yo creГ­a que de veras era mi hijo el que habГ­a muerto, y me hacГ­an sonreГ­r a la fuerza cuando la gente me sacaba retratos de cuerpo entero porque los militares decГ­an que habГ­a que hacerlo por la patria mientras Г©l se preguntaba confundido en su escondite quГ© ha pasado en el mundo que nada se alteraba con la patraГ±a de su muerte, cГіmo es que habГ­a salido el sol y habГ­a vuelto a salir sin tropezar, por quГ© este aire de domingo, madre, por quГ© el mismo calor sin mГ­, se preguntaba asombrado, cuando sonГі un caГ±onazo intempestivo en la fortaleza del puerto y empezaron los dobles de las campanas maestras de la catedral y subiГі hasta la casa civil la tropelina de las muchedumbres que se alzaban del marasmo secular con la noticia mГЎs grande del mundo, y entonces entreabriГі la puerta del dormitorio y se asomГі a la sala de audiencias y se vio a sГ­ mismo en cГЎmara ardiente mГЎs muerto y mГЎs ornamentado que todos los papas muertos de la cristiandad, herido por el horror y la vergГјenza de su propio cuerpo de macho militar acostado entre las flores, la cara lГ­vida de polvo, los labios pintados, las duras manos de seГ±orita impГЎvida sobre el pectoral blindado de medallas de guerra, el fragoroso uniforme de gala con los diez soles crepusculares de general del universo que alguien le habГ­a inventado despuГ©s de la muerte, el sable de rey de la baraja que no habГ­a usado jamГЎs, las polainas de charol con dos espuelas de oro, la vasta parafernalia del poder y las lГєgubres glorias marciales reducidas a su tamaГ±o humano de maricГіn yacente, carajo, no puede ser que Г©se soy yo, se dijo enfurecido, no es justo, carajo, se dijo, contemplando el cortejo que desfilaba en torno de su cadГЎver, y por un instante olvidГі los propГіsitos turbios de la farsa y se sintiГі ultrajado y disminuido por la inclemencia de la muerte ante la majestad del poder, vio la vida sin Г©l, vio con una cierta compasiГіn cГіmo eran los hombres desamparados de su autoridad, vio con una inquietud recГіndita a los que sГіlo habГ­an venido por descifrar el enigma de si en verdad era Г©l o no era Г©l, vio a un anciano que le hizo un saludo masГіnico de los tiempos de la guerra federal, vio un hombre enlutado que le besГі el anillo, vio una colegiala que le puso una flor, vio una vendedora de pescado que no pudo resistir la verdad de su muerte y esparciГі por los suelos la canasta de pescados frescos y se abrazГі al cadГЎver perfumado llorando a gritos que era Г©l, Dios mГ­o, quГ© va a ser de nosotros sin Г©l, lloraba, de modo que era Г©l, gritaban, era Г©l, gritГі la muchedumbre sofocada en el sol de la Plaza de Armas, y entonces se interrumpieron los dobles y las campanas de la catedral y las de todas las iglesias anunciaron un miГ©rcoles de jГєbilo, estallaron cohetes pascuales, petardos de gloria, tambores de liberaciГіn, y Г©l vio a los grupos de asalto que se metieron por las ventanas ante la complacencia callada de la guardia, vio los cabecillas feroces que dispersaron a palos el cortejo y tiraron por el suelo a la pescadera inconsolable, vio a los que se encarnizaron con el cadГЎver, los ocho hombres que lo sacaron de su estado inmemorial y de su tiempo quimГ©rico de agapantos y girasoles y se lo llevaron a rastras por las escaleras, los que desbarataron la tripamenta de aquel paraГ­so de opulencia y desdicha que creГ­an destruir para siempre destruyendo para siempre la madriguera del poder, derribando capiteles dГіricos de cartГіn de piedra, cortinas de terciopelo y columnas babilГіnicas coronadas con palmeras de alabastro, tirando jaulas de pГЎjaros por las ventanas, el trono de los virreyes, el piano de cola, rompiendo criptas funerarias de cenizas de prГіceres ignotos y gobelinos de doncellas dormidas en gГіndolas de desilusiГіn y enormes Гіleos de obispos y militares arcaicos y batallas navales inconcebibles, aniquilando el mundo para que no quedara en la memoria de las generaciones futuras ni siquiera un recuerdo Г­nfimo de la estirpe maldita de las gentes de armas, y luego se asomГі a la calle por las rendijas de las persianas para ver hasta dГіnde llegaban los estragos de la defenestraciГіn y con una sola mirada vio mГЎs infamias y mГЎs ingratitud de cuantas habГ­an visto y llorado mis ojos desde mi nacimiento, madre, vio a sus viudas felices que abandonaban la casa por las puertas de servicio llevando de cabestro las vacas de mis establos, llevГЎndose los muebles del gobierno, los frascos de miel de tus colmenas, madre, vio a sus sietemesinos haciendo mГєsicas de jГєbilo con los trastos de la cocina y los tesoros de cristalerГ­a y los servicios de mesa de los banquetes de pontifical cantando a grito callejero se muriГі mi papГЎ, viva la libertad, vio la hoguera encendida en la Plaza de Armas para quemar los retratos oficiales y las litografГ­as de almanaques que estuvieron a toda hora y en todas partes desde el principio de su rГ©gimen, y vio pasar su propio cuerpo arrastrado que iba dejando por la calle un reguero de condecoraciones y charreteras, botones de dormГЎn, hilachas de brocados y pasamanerГ­a de alamares y borlas de sables de barajas y los diez soles tristes de rey del universo, madre, mira cГіmo me han puesto, decГ­a, sintiendo en carne propia la ignominia de los escupitajos y las bacinillas de enfermos que le tiraban al pasar desde los balcones, horrorizado por la idea de ser descuartizado y digerido por los perros y los gallinazos entre los aullidos delirantes y los truenos de pirotecnia del carnaval de mi muerte. Cuando pasГі el cataclismo siguiГі oyendo mГєsicas remotas en la tarde sin viento, siguiГі matando mosquitos y tratando de matar con las mismas palmadas las chicharras de los oГ­dos que lo estorbaban para pensar, siguiГі viendo la lumbre de los incendios en el horizonte, el faro que lo atigraba de verde cada treinta segundos por entre las rendijas de las persianas, la respiraciГіn natural de la vida diaria que volvГ­a a ser la misma a medida que su muerte se convertГ­a en otra muerte mГЎs como otras tantas del pasado, el torrente incesante de la realidad que se lo iba llevando hacia la tierra de nadie de la compasiГіn y el olvido, carajo, a la mierda la muerte, exclamГі, y entonces abandonГі el escondite exaltado por la certidumbre de que su hora grande habГ­a sonado, atravesГі los salones saqueados arrastrando sus densas patas de aparecido por entre los destrozos de su vida anterior en las tinieblas olorosas a flores moribundas y a pabilo de entierro, empujГі la puerta del salГіn del consejo de ministros, oyГі a travГ©s del aire de humo las voces extenuadas en torno a la larga mesa de nogal, y vio a travГ©s del humo que allГ­ estaban todos los que Г©l habГ­a querido que estuvieran, los liberales que habГ­an vendido la guerra federal, los conservadores que la habГ­an comprado, los generales del mando supremo, tres de sus ministros, el arzobispo primado y el embajador Schnontner, todos juntos en una sola trampa invocando la uniГіn de todos contra el despotismo de siglos para repartirse entre todos el botГ­n de su muerte, tan absortos en los abismos de la codicia que ninguno advirtiГі la apariciГіn del presidente insepulto que dio un solo golpe con la palma de la mano en la mesa, y gritГі, ВЎajГЎ! y no tuvo que hacer nada mГЎs, pues cuando quitГі la mano de la mesa ya habГ­a pasado la estampida de pГЎnico y sГіlo quedaban en el salГіn vacГ­o los ceniceros desbordados, los pocillos de cafГ©, las sillas tiradas por el suelo, y mi compadre de toda la vida el general Rodrigo de Aguilar en uniforme de campaГ±a, minГєsculo, impasible, apartando el humo con su Гєnica mano para indicarle que se tirara en el suelo mi general que ahora empiezan las vainas, y ambos se tiraron en el piso en el instante en que empezГі frente a la casa el jГєbilo de muerte de la metralla, la fiesta carnicera de la guardia presidencial que cumpliГі con mucho gusto y a mucha honra mi general su orden feroz de que nadie escapara con vida del conciliГЎbulo de la traiciГіn, barrieron con rГЎfagas de ametralladora a los que trataron de escapar por la puerta principal, cazaron como pГЎjaros a los que se descolgaban por las ventanas, desentraГ±aron con granadas de fГіsforo vivo a los que pudieron burlar el cerco y se refugiaron en las casas vecinas y remataron a los heridos de acuerdo con el criterio presidencial de que todo sobreviviente es un mal enemigo para toda la vida, mientras Г©l continuaba acostado bocabajo en el piso a dos cuartas del general Rodrigo de Aguilar soportando la granizada de vidrios y argamasa que se metГ­a por las ventanas con cada explosiГіn, murmurando sin pausas como si estuviera rezando, ya estГЎ, compadre, ya estГЎ, se acabГі la vaina, de ahora en adelante voy a mandar yo solo sin perros que me ladren, serГЎ cuestiГіn de ver maГ±ana temprano quГ© es lo que sirve y lo que no sirve de todo este desmadre y si acaso falta en quГ© sentarse se compran para mientras tanto seis taburetes de cuero de los mГЎs baratos, se compran unas esteras de petate y se ponen por aquГ­ y por allГЎ para tapar los huecos, se compran dos o tres corotos mГЎs, y ya estГЎ, ni platos ni cucharas ni nada, todo eso me lo traigo de los cuarteles porque ya no voy a tener mГЎs gente de tropa, ni oficiales, quГ© carajo, sГіlo sirven para aumentar el gasto de leche y a la hora de las vainas, ya se vio, escupen la mano que les da de comer, me quedo sГіlo con la guardia presidencial que es gente derecha y brava y no vuelvo a nombrar ni gabinete de gobierno, quГ© carajo, sГіlo un buen ministro de salud que es lo Гєnico que se necesita en la vida, y si acaso otro con buena letra para lo que haya que escribir, y asГ­ se pueden alquilar los ministerios y los cuarteles y se tiene esa plata para el servicio, que aquГ­ lo que hace falta no es gente sino plata, se consiguen dos buenas sirvientas, una para la limpieza y la cocina, y otra para lavar y planchar, y yo mismo para hacerme cargo de las vacas y los pГЎjaros cuando los haya, y no mГЎs despelote de putas en los excusados ni lazarinos en los rosales ni doctores de letras que todo lo saben ni polГ­ticos sabios que todo lo ven, que al fin y al cabo esto es una casa presidencial y no un burdel de negros como dijo Patricio AragonГ©s que dijeron los gringos, y yo solo me basto y me sobro para seguir mandando hasta que vuelva a pasar el cometa, y no una vez sino diez, porque lo que soy yo no me pienso morir mГЎs, quГ© carajo, que se mueran los otros, decГ­a, hablando sin pausas para pensar, como si recitara de memoria, porque sabГ­a desde la guerra que pensando en voz alta se le espantaba el miedo de las cargas de dinamita que sacudГ­an la casa, haciendo planes para maГ±ana por la maГ±ana y para el siglo entrante al atardecer hasta que sonГі en la calle el Гєltimo tiro de gracia y el general Rodrigo de Aguilar se arrastrГі culebreando y ordenГі por la ventana que buscaran los carros de la basura para llevarse los muertos y saliГі del salГіn diciendo que pase buenas noches mi general, buenas, compadre, contestГі Г©l, muchas gracias, acostado bocabajo en el mГЎrmol funerario del salГіn del consejo de ministros, y luego doblГі el brazo derecho para que le sirviera de almohada y se durmiГі en el acto, mГЎs solo que nunca, arrullado por el rumor del reguero de hojas amarillas de su otoГ±o de lГЎstima que aquella noche habГ­a empezado para siempre en los cuerpos humeantes y los charcos de lunas coloradas de la masacre. No tuvo que tomar ninguna de las determinaciones previstas, pues el ejГ©rcito se desbaratГі solo, las tropas se dispersaron, los pocos oficiales que resistieron hasta Гєltima hora en los cuarteles de la ciudad y en otros seis del paГ­s fueron aniquilados por los guardias presidenciales con la ayuda de voluntarios civiles, los ministros sobrevivientes se exilaron al amanecer y sГіlo quedaron los dos mГЎs fieles, uno que ademГЎs era su mГ©dico particular y otro que era el mejor calГ­grafo de la naciГіn, y no tuvo que decirle que si a ningГєn poder extranjero porque las arcas del gobierno se desbordaron de anillos matrimoniales y diademas de oro recaudados por partidarios imprevistos, ni tuvo que comprar esteras ni taburetes de cuero de los mГЎs baratos para remendar los estragos de la defenestraciГіn, pues antes de que acabaran de pacificar el paГ­s estaba restaurada y mГЎs suntuosa que nunca la sala de audiencias, y habГ­a jaulas de pГЎjaros por todas partes, guacamayas deslenguadas, loritos reales que cantaban en las cornisas para EspaГ±a no para Portugal, mujeres discretas y serviciales que mantenГ­an la casa tan limpia y tan ordenada como un barco de guerra, y entraban por las ventanas las mismas mГєsicas de gloria, los mismos petardos de alborozo, las mismas campanas de jГєbilo que habГ­an empezado celebrando su muerte y continuaban celebrando su inmortalidad, y habГ­a una manifestaciГіn permanente en la Plaza de Armas con gritos de adhesiГіn eterna y grandes letreros de Dios guarde al magnГ­fico que resucitГі al tercer dГ­a entre los muertos, una fiesta sin tГ©rmino que Г©l no tuvo que prolongar con maniobras secretas como lo hizo en otros tiempos, pues los asuntos del estado se arreglaban solos, la patria andaba, Г©l solo era el gobierno, y nadie entorpecГ­a ni de palabra ni de obra los recursos de su voluntad, porque estaba tan solo en su gloria que ya no le quedaban ni enemigos, y estaba tan agradecido con mi compadre de toda la vida el general Rodrigo de Aguilar que no volviГі a inquietarse por el gasto de leche sino que hizo formar en el patio a los soldados rasos que se habГ­an distinguido por su ferocidad y su sentido del deber, y seГ±alГЎndolos con el dedo segГєn los impulsos de su inspiraciГіn los ascendiГі a los grados mГЎs altos a sabiendas de que estaba restaurando las fuerzas armadas que iban a escupir la mano que les diera de comer, tГє a capitГЎn, tГє a mayor, tГє a coronel, quГ© digo, tГє a general, y todos los demГЎs a tenientes, quГ© carajo compadre, aquГ­ tienes tu ejГ©rcito, y estaba tan conmovido por quienes se dolieron de su muerte que se hizo llevar al anciano del saludo masГіnico y al caballero enlutado que le besГі el anillo y los condecorГі con la medalla de la paz, se hizo llevar a la vendedora de pescado y le dio lo que ella dijo que mГЎs necesitaba que era una cosa de muchos cuartos para vivir con sus catorce hijos, se hizo llevar a la escolar que le puso una flor al cadГЎver y le concediГі lo que mГЎs quiero en este mundo que era casarse con un hombre de mar, pero a pesar de aquellos actos de alivio su corazГіn aturdido no tuvo un instante de sosiego mientras no vio amarrados y escupidos en el patio del cuartel de San JerГіnimo a los grupos de asalto que habГ­an entrado a saco en la casa presidencial, los reconociГі uno por uno con la memoria inapelable del rencor y los fue separando en grupos diferentes segГєn la intensidad de la culpa, tГє aquГ­, el que comandaba el asalto, ustedes allГЎ, los que tiraron por el suelo a la pescadera inconsolable, ustedes aquГ­, los que habГ­an sacado el cadГЎver del ataГєd y se lo llevaron a rastras por las escaleras y los barrizales, y todos los demГЎs de este lado, cabrones, aunque en realidad no le interesaba el castigo sino demostrarse a sГ­ mismo que la profanaciГіn del cuerpo y el asalto de la casa no habГ­an sido un acto popular espontГЎneo sino un negocio infame de mercenarios, asГ­ que se hizo cargo de interrogar a los cautivos de viva voz y de cuerpo presente para conseguir que le dijeran por las buenas la verdad ilusoria que le hacГ­a falta a su corazГіn, pero no lo consiguiГі, los hizo colgar de una viga horizontal como loros atados de pies y manos y con la cabeza hacia abajo durante muchas horas, pero no lo consiguiГі, hizo que echaran a uno en el foso del patio y los otros lo vieron descuartizado y devorado por los caimanes, pero no lo consiguiГі, escogiГі uno del grupo principal y lo hizo desollar vivo en presencia de todos y todos vieron el pellejo tierno y amarillo como una placenta reciГ©n parida y se sintieron empapados con el caldo caliente de la sangre del cuerpo en carne viva que agonizaba dando tumbos en las piedras del patio, y entonces confesaron lo que Г©l querГ­a que les habГ­an pagado cuatrocientos pesos de oro para que arrastraran el cadГЎver hasta el muladar del mercado, que no querГ­an hacerlo ni por pasiГіn ni por dinero porque no tenГ­an nada contra Г©l, y menor si ya estaba muerto, pero que en una reuniГіn clandestina donde encontraron hasta dos generales del mando supremo los habГ­an amedrentado con toda clase de amenazas y fue por eso que lo hicimos mi general, palabra de honor, y entonces Г©l exhalГі una bocanada de alivio, ordenГі que les dieran de comer, que los dejaran descansar esa noche y que por la maГ±ana se los echen a los caimanes, pobres muchachos engaГ±ados, suspirГі, y regresГі a la casa presidencial con el alma liberada de los cilicios de la duda, murmurando que ya lo vieron, carajo, ya lo vieron, esta gente me quiere. Resuelto a disipar hasta el rescoldo de las inquietudes que Patricio AragonГ©s habГ­a sembrado en su corazГіn, decidiГі que aquellas torturas fueran las Гєltimas de su rГ©gimen, mataron a los caimanes, desmantelaron las cГЎmaras de suplicio donde era posible triturar hueso por hueso hasta todos los huesos sin matar, proclamГі la amnistГ­a general, se anticipГі al futuro con la ocurrencia mГЎgica de que la vaina de este paГ­s es que a la gente le sobra demasiado tiempo para pensar, y buscando la manera de mantenerla ocupada restaurГі los juegos florales de marzo y los concursos anuales de reinas de la belleza, construyГі el estadio de pelota mГЎs grande del Caribe e impartiГі a nuestro equipo la consigna de victoria o muerte, y ordenГі establecer en cada provincia una escuela gratuita para enseГ±ar a barrer cuyas alumnas fanatizadas por el estГ­mulo presidencial siguieron barriendo las calles despuГ©s de haber barrido las casas y luego las carreteras y los caminos vecinales, de manera que los montones de basura eran llevados y traГ­dos de una provincia a la otra sin saber quГ© hacer con ellos en procesiones oficiales con banderas de la patria y grandes letreros de Dios guarde al purГ­simo que vela por la limpieza de la naciГіn, mientras Г©l arrastraba sus lentas patas de bestia meditativa en busca de nuevas fГіrmulas para entretener a la poblaciГіn civil, abriГ©ndose paso por entre los leprosos y los ciegos y los paralГ­ticos que suplicaban de sus manos la sal de la salud, bautizando con su nombre en la fuente del patio a los hijos de sus ahijados entre los aduladores impГЎvidos que lo proclamaban el Гєnico porque entonces no contaba con el concurso de nadie igual a Г©l y tenГ­a que doblarse a sГ­ mismo en un palacio de mercado pГєblico adonde llegaban a diario jaulas y jaulas de pГЎjaros inverosГ­miles desde que trascendiГі el secreto de que su madre BendiciГіn Alvarado tenГ­a el oficio de pajarera, y aunque unas las mandaban por adulaciГіn y otras las mandaban por burla no hubo al cabo de poco tiempo un espacio disponible para colgar mГЎs jaulas, y se querГ­a atender a tantos asuntos pГєblicos al mismo tiempo que entre las muchedumbres de los patios y las oficinas no se podГ­a distinguir quiГ©nes eran los servidores y quiГ©nes los servidos, y se derribaron tantas paredes para aumentar el mundo y se abrieron tantas ventanas para ver el mar que el hecho simple de pasar de un salГіn a otro era como aventurarse por la cubierta de un velero al garete en un otoГ±o de vientos cruzados. Eran los alisios de marzo que habГ­an entrado siempre por las ventanas de la casa, pero ahora le decГ­an que eran los vientos de la paz mi general, era el mismo zumbido de los tГ­mpanos que tenГ­a desde aГ±os antes, pero hasta su mГ©dico le habГ­a dicho que era el zumbido de la paz mi general, pues desde cuando lo encontraron muerto por primera vez todas las cosas de la tierra y el cielo se convirtieron en cosas de la paz mi general, y Г©l lo creГ­a, y tanto lo creГ­a que volviГі a subir en diciembre hasta la casa de los acantilados a solazarse en la desgracia de la hermandad de antiguos dictadores nostГЎlgicos que interrumpГ­an la partida de dominГі para contarle que yo era por ejemplo el doble de seis y digamos que los conservadores doctrinarios eran el doble de tres, no mГЎs que yo no tuve en cuenta la alianza clandestina de los masones y los curas, a quiГ©n carajo se le iba a ocurrir, sin preocuparse de la sopa que se cuajaba en el plato mientras uno de ellos explicaba que por ejemplo este azucarero era la casa presidencial, aquГ­, y el Гєnico caГ±Гіn que le quedaba al enemigo tenГ­a un alcance de cuatrocientos metros con el viento a favor, aquГ­, de modo que si ustedes me ven en este estado es apenas por una mala suerte de ochenta y dos centГ­metros, es decir, y aun los mГЎs acorazados por la rГ©mora del exilio malgastaban las esperanzas atisbando a los buques de su tierra en el horizonte, los conocГ­an por el color del humo, por la herrumbre de las sirenas, se bajaban al puerto por entre la llovizna de las primeras luces en busca de los periГіdicos que los tripulantes habГ­an usado para envolver la comida que sacaban del barco, los encontraban en los cajones de la basura y los leГ­an al derecho y al revГ©s hasta la Гєltima lГ­nea para pronosticar el porvenir de su patria a travГ©s de las noticias de quiГ©nes se habГ­an muerto, quiГ©nes se habГ­an casado, quiГ©nes habГ­an invitado a quiГ©n y a quiГ©n no habГ­an invitado a una fiesta de cumpleaГ±os, descifrando su destino segГєn el rumbo de un nubarrГіn providencial que iba a desempedrarse sobre su paГ­s en una tormenta de apocalipsis que iba a desmadrar los rГ­os que iban a reventar los diques de las represas que iban a devastar los campos y a propagar la miseria y la peste en las ciudades, y aquГ­ vendrГЎn a suplicarme que los salve del desastre y la anarquГ­a, ya lo verГЎn, pero mientras esperaban la hora grande tenГ­an que llamar aparte al desterrado mГЎs joven y le pedГ­an el favor de ensartarme la aguja para remendar estos pantalones que no quiero echar en la basura por su valor sentimental, lavaban la ropa a escondidas, afilaban las cuchillas de afeitar que habГ­an usado los reciГ©n venidos, se encerraban a comer en el cuarto para que los otros no descubrieran que estaban viviendo de sobra, para que no les vieran la vergГјenza de los pantalones embarrados por la incontinencia senil, y el jueves menos pensado le ponГ­amos a uno las condecoraciones prendidas con alfileres en la Гєltima camisa, envolvГ­amos el cuerpo en su bandera, le cantГЎbamos su himno nacional y lo mandaban a gobernar olvidos en el fondo de los cantiles sin mГЎs lastre que el de su propio corazГіn erosionado y sin dejar mГЎs vacГ­os en el mundo que una silla de balneario en la terraza sin horizontes donde nos sentГЎbamos a jugarnos las cosas del muerto, si es que algo dejaban, mi general, imagГ­nese, quГ© vida de civiles despuГ©s de tanta gloria. En otro diciembre lejano, cuando se inaugurГі la casa, Г©l habГ­a visto desde aquella terraza el reguero de islas alucinadas de las Antillas que alguien le iba mostrando con el dedo en la vitrina del mar, habГ­a visto el volcГЎn perfumado de la Martinica, allГЎ mi general, habГ­a visto su hospital de tГ­sicos, el negro gigantesco con una blusa de encajes que les vendГ­a macizos de gardenias a las esposas de los gobernadores en el atrio de la basГ­lica, habГ­a visto el mercado infernal de Paramaribo, allГЎ mi general, los cangrejos que se salГ­an del mar por los excusados y se trepaban en las mesas de las heladerГ­as, los diamantes incrustados en los dientes de las abuelas negras que vendГ­an cabezas de indios y raГ­ces de jengibre sentadas en sus nalgas incГіlumes bajo la sopa de la lluvia, habГ­a visto las vacas de oro macizo dormidas en la playa de Tanaguarena mi general, el ciego visionario de la Guayra que cobraba dos reales por espantar la pava de la muerte con un violГ­n de una sola cuerda, habГ­a visto el agosto abrasante de Trinidad, los automГіviles caminando al revГ©s, los hindГєes verdes que cagaban en plena calle frente a sus tiendas de camisas de gusano vivo y mandarines tallados en el colmillo entero del elefante, habГ­a visto la pesadilla de HaitГ­, sus perros azules, la carreta de bueyes que recogГ­a los muertos de la calle al amanecer, habГ­a visto renacer los tulipanes holandeses en los tanques de gasolina de Curazao, las casas de molinos de viento con techos para la nieve, el trasatlГЎntico misterioso que atravesaba el centro de la ciudad por entre las cocinas de los hoteles, habГ­a visto el corral de piedras de Cartagena de Indias, su bahГ­a cerrada con una cadena, la luz parada en los balcones, los caballos escuГЎlidos de los coches de punto que todavГ­a bostezaban por el pienso de los virreyes, su olor a mierda mi general, quГ© maravilla, dГ­game si no es grande el mundo entero, y lo era, en realidad, y no sГіlo grande sino tambiГ©n insidioso, pues si Г©l subГ­a en diciembre hasta la casa de los arrecifes no era por departir con aquellos prГіfugos que detestaba como a su propia imagen en el espejo de las desgracias sino por estar allГ­ en el instante de milagro en que la luz de diciembre se saliera de madre y podГ­a verse otra vez el universo completo de las Antillas desde Barbados hasta Veracruz, y entonces se olvidГі de quiГ©n tenГ­a la ficha del doble tres y se asomГі al mirador para contemplar el regГјero de islas lunГЎticas como caimanes dormidos en el estanque del mar, y contemplando las islas evocГі otra vez y viviГі de nuevo el histГіrico viernes de octubre en que saliГі de su cuarto al amanecer y se encontrГі con que todo el mundo en la casa presidencial tenГ­a puesto un bonete colorado, que las concubinas nuevas barrГ­an los salones y cambiaban el agua de las jaulas con bonetes colorados, que los ordeГ±adores en los establos, los centinelas en sus puestos, los paralГ­ticos en las escaleras y los leprosos en los rosales se paseaban con bonetes colorados de domingo de carnaval, de modo que se dio a averiguar quГ© habГ­a ocurrido en el mundo mientras Г©l dormГ­a para que la gente de su casa y los habitantes de la ciudad anduvieran luciendo bonetes colorados y arrastrando por todas partes una ristra de cascabeles, y por fin encontrГі quiГ©n le contara la verdad mi general, que habГ­an llegado unos forasteros que parloteaban en lengua ladina pues no decГ­an el mar sino la mar y llamaban papagayos a las guacamayas, almadias a los cayucos y azagayas a los arpones, y que habiendo visto que salГ­amos a recibirlos nadando entorno de sus naves se encarapitaron en los palos de la arboladura y se gritaban unos a otros que mirad quГ© bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras, y los cabellos gruesos y casi como sedas de caballos, y habiendo visto que estГЎbamos pintados para no despellejarnos con el sol se alborotaron como cotorras mojadas gritando que mirad que de ellos se pintan de prieto, y ellos son de la color de los canarios, ni blancos ni negros, y de los de lo que haya, y nosotros no entendГ­amos por quГ© carajo nos hacГ­an tanta burla mi general si estГЎbamos tan naturales como nuestras madres nos parieron y en cambio ellos estaban vestidos como la sota de bastos a pesar del calor, que ellos dicen la calor como los contrabandistas holandeses, y tienen el pelo arreglado como mujeres aunque todos son hombres, que de ellas no vimos ninguna, y gritaban que no entendГ­amos en lengua de cristianos cuando eran ellos los que no entendГ­an lo que gritГЎbamos, y despuГ©s vinieron hacia nosotros con sus cayucos que ellos llaman almadГ­as, como dicho tenemos, y se admiraban de que nuestros arpones tuvieran en la punta una espina de sГЎbalo que ellos llaman diente de pece, y nos cambiaban todo lo que tenГ­amos por estos bonetes colorados y estas sartas de pepitas de vidrio que nos colgГЎbamos en el pescuezo por hacerles gracia, y tambiГ©n por estas sonajas de latГіn de las que valen un maravedГ­ y por bacinetas y espejuelos y otras mercerГ­as de Flandes, de las mГЎs baratas mi general, y como vimos que eran buenos servidores y de buen ingenio nos los fuimos llevando hacia la playa sin que se dieran cuenta, pero la vaina fue que entre el cГЎmbieme esto por aquello y le cambio esto por esto otro se formГі un cambalache de la puta madre y al cabo rato todo el mundo estaba cambalachando sus loros, su tabaco, sus bolas de chocolate, sus huevos de iguana, cuanto Dios criГі, pues de todo tomaban y daban de aquello que tenГ­an de buena voluntad, y hasta querГ­an cambiar a uno de nosotros por un jubГіn de terciopelo para mostrarnos en las Europas, imagГ­nese usted mi general, quГ© despelote, pero Г©l estaba tan confundido que no acertГі a comprender si aquel asunto de lunГЎticos era de la incumbencia de su gobierno, de modo que volviГі al dormitorio, abriГі la ventana del mar por si acaso descubrГ­a una luz nueva para entender el embrollo que le habГ­an contado, y vio el acorazado de siempre que los infantes de marina habГ­an abandonado en el muelle, y mГЎs allГЎ del acorazado, fondeadas en el mar tenebroso, vio las tres carabelas.

 

La segunda vez que lo encontraron carcomido por los gallinazos en la misma oficina, con la misma ropa y en la misma posiciГіn, ninguno de nosotros era bastante viejo para recordar lo que ocurriГі la primera vez, pero sabГ­amos que ninguna evidencia de su muerte era terminante, pues siempre habГ­a otra verdad detrГЎs de la verdad. Ni siquiera los menos prudentes nos conformГЎbamos con las apariencias, porque muchas veces se habГ­a dado por hecho que estaba postrado de alferecГ­a y se derrumbaba del trono en el curso de las audiencias torcido de convulsiones y echando espuma de hiel por la boca, que habГ­a perdido el habla de tanto hablar y tenГ­a ventrГ­locuos traspuestos detrГЎs de las cortinas para fingir que hablaba, que le estaban saliendo escamas de sГЎbalo por todo el cuerpo como castigo por su perversiГіn, que en la fresca de diciembre la potra le cantaba canciones de navegantes y sГіlo podГ­a caminar con ayuda de una carretilla ortopГ©dica en la que llevaba puesto el testГ­culo herniado, que un furgГіn militar habГ­a metido a medianoche por las puertas de servicio un ataГєd con equinas de oro y vueltas de pГєrpura, y que alguien habГ­a visto a Leticia Nazareno desangrГЎndose de llanto en el jardГ­n de la lluvia, pero cuanto mГЎs ciertos parecГ­an los rumores de su muerte mГЎs vivo y autoritario se le veГ­a aparecer en la ocasiГіn menos pensada para imponerle otros rumbos imprevisibles a nuestro destino. HabrГ­a sido muy fГЎcil dejarse convencer por los indicios inmediatos del anillo del sello presidencial o el tamaГ±o sobrenatural de sus pies de caminante implacable o la rara evidencia del testГ­culo herniado que los gallinazos no se atrevieron a picar, pero siempre hubo alguien que tuviera recuerdos de otros indicios iguales en otros muertos menos graves del pasado. Tampoco el escrutinio meticuloso de la casa aportГі ningГєn elemento vГЎlido para establecer su identidad. En el dormitorio de BendiciГіn Alvarado, de quien apenas recordГЎbamos la fГЎbula de su canonizaciГіn por decreto, encontramos algunas jaulas desportilladas con huesesitos de pГЎjaros convertidos en piedra por los aГ±os, vimos un sillГіn de mimbre mordisqueado por las vacas, vimos estuches de pinturas de agua y vasos de pinceles de los que usaban las pajareras de los pГЎramos para vender en las ferias a otros pГЎjaros descoloridos haciГ©ndolos pasar por oropГ©ndolas, vimos una tinaja con una mata de toronjil que habГ­a seguido creciendo en el olvido cuyas ramas se trepaban por las paredes y se asomaban por los ojos de los retratos y se salieron por la ventana y habГ­an terminado por embrollarse con la fronda montuna de los patios posteriores, pero no hallamos ni la rastra menos significativa de que Г©l hubiera estado nunca en ese cuarto. En el dormitorio nupcial de Leticia Nazareno, de quien tenГ­amos una imagen mГЎs nГ­tida no sГіlo porque habГ­a reinado en una Г©poca mГЎs reciente sino tambiГ©n por el estruendo de sus actos pГєblicos, vimos una cama buena para desafueros de amor con el toldo de punto convertido en un nidal de gallinas, vimos en los arcones las sobras de las polillas de los cuellos de zorros azules, las armazones de alambres de los miriГ±aques, el polvo glacial de los pollerines, los corpiГ±os de encajes de Bruselas, los botines de hombre que usaban dentro de la casa y las zapatillas de raso con tacГіn alto y trabilla que usaba para recibir, los balandranes talares con violetas de fieltro y cintas de tafetГЎn de sus esplendores funerarios de primera dama y el hГЎbito de novicia de un lienzo basto como el cuero de un carnero del color de la ceniza con que la trajeron secuestrada de Jamaica dentro de un cajГіn de cristalerГ­a de fiesta para sentarla en su poltrona de presidenta escondida, pero tampoco en aquel cuarto hallamos ningГєn vestigio que permitiera establecer al menos si aquel secuestro de corsarios habГ­a sido inspirado por el amor. En el dormitorio presidencial, que era el sitio de la casa donde Г©l pasГі la mayor parte de sus Гєltimos aГ±os, sГіlo encontramos una cama de cuartel sin usar, una letrina portГЎtil de las que sacaban los anticuarios de las mansiones abandonadas por los infantes de marina, un cofre de hierro con sus noventa y dos condecoraciones y un vestido de lienzo crudo sin insignias igual al que tenГ­a el cadГЎver, perforado por seis proyectiles de grueso calibre que habГ­an hecho estragos de incendio al entrar por la espalda y salir por el pecho, lo cual nos hizo pensar que era cierta la leyenda corriente de que el plomo disparado a traiciГіn lo atravesaba sin lastimarlo, que el disparado de frente rebotaba en su cuerpo y se volvГ­a contra el agresor, y que sГіlo era vulnerable a las balas de piedad disparadas por alguien que lo quisiera tanto como para morirse por Г©l. Ambos uniformes eran demasiado pequeГ±os para el cadГЎver, pero no por eso descartamos la posibilidad de que fueran suyos, pues tambiГ©n se dijo en un tiempo que Г©l habГ­a seguido creciendo hasta los cien aГ±os y que a los ciento cincuenta habГ­a tenido una tercera denticiГіn, aunque en verdad el cuerpo roto por los gallinazos no era mГЎs grande que un hombre medio de nuestro tiempo y tenГ­a unos dientes sanos, pequeГ±os y romos que parecГ­an dientes de leche, y tenГ­a un pellejo color de hiel punteado de lunares de decrepitud sin una sola cicatriz y con bolsas vacГ­as por todas partes como si hubiera sido muy gordo en otra Г©poca, le quedaban apenas las cuencas desocupadas de los ojos que habГ­an sido taciturnos, y lo Гєnico que no parecГ­a de acuerdo con sus proporciones, salvo el testГ­culo herniado, eran los pies enormes, cuadrados y planos con uГ±as rocallosas y torcidas de gavilГЎn. Al contrario de la ropa, las descripciones de sus historiadores le quedaban grandes, pues los textos oficiales de los parvularios lo referГ­an como un patriarca de tamaГ±o descomunal que nunca salГ­a de su casa porque no cabГ­a por las puertas, que amaba a los niГ±os y a las golondrinas, que conocГ­a el lenguaje de algunos animales, que tenГ­a la virtud de anticiparse a los designios de la naturaleza, que adivinaba el pensamiento con sГіlo mirar a los ojos y conocГ­a el secreto de una sal de virtud para sanar las lacras de los leprosos y hacer caminar a los paralГ­ticos. Aunque todo rastro de su origen habГ­a desaparecido de los textos, se pensaba que era un hombre de los pГЎramos por su apetito desmesurado de poder, por la naturaleza de su gobierno, por su conducta lГєgubre, por la inconcebible maldad del corazГіn con que le vendiГі el mar a un poder extranjero y nos condenГі a vivir frente a esta llanura sin horizonte de ГЎspero polvo lunar cuyos crepГєsculos sin fundamento nos dolГ­an en el alma. Se estimaba que en el transcurso de su vida debiГі tener mГЎs de cinco mil hijos, todos sietemesinos, con las incontables amantes sin amor que se sucedieron en su serrallo hasta que Г©l estuvo en condiciones de complacerse con ellas, pero ninguno llevГі su nombre ni su apellido, salvo el que tuvo con Leticia Nazareno que fue nombrado general de divisiГіn con jurisdicciГіn y mando en el momento de nacer, porque Г©l consideraba que nadie era hijo de nadie mГЎs que de su madre, y sГіlo de ella. Esta certidumbre parecГ­a vГЎlida inclusive para Г©l, pues se sabГ­a que era un hombre sin padre como los dГ©spotas mГЎs ilustres de la historia, que el Гєnico pariente que se le conociГі y tal vez el Гєnico que tuvo fue su madre de mi alma BendiciГіn Alvarado a quien los textos escolares atribuГ­an el prodigio de haberlo concebido sin concurso de varГіn y de haber recibido en un sueГ±o las claves hermГ©ticas de su destino mesiГЎnico, y a quien Г©l proclamГі por decreto matriarca de la patria con el argumento simple de que madre no hay sino una, la mГ­a, una rara mujer de origen incierto cuya simpleza de alma habГ­a sido el escГЎndalo de los fanГЎticos de la dignidad presidencial en los orГ­genes de su rГ©gimen, porque no podГ­an admitir que la madre del jefe del estado se colgaba en el cuello una almohadilla de alcanfor para preservarse de todo contagio y trataba de ensartar el caviar con el tenedor y caminaba como una tanga con las zapatillas de charol, ni podГ­an aceptar que tuviera un colmenar en la terraza de la sala de mГєsica, o criara pavos y pГЎjaros pintados con aguas de colores en las oficinas pГєblicas o pusiera a secar las sГЎbanas en el balcГіn de los discursos, ni podГ­an soportar que habГ­a dicho en una fiesta diplomГЎtica que estoy cansada de rogarle a Dios que tumben a mi hijo, porque esto de vivir en la casa presidencial es como estar a toda hora con la luz prendida, seГ±or, y lo habГ­a dicho con la misma verdad natural con que un dГ­a de la patria se abriГі paso por entre las guardias de honor con una canasta de botellas vacГ­as y alcanzГі la limusina presidencial que iniciaba el desfile del jubileo en el estruendo de las ovaciones y los himnos marciales y las tormentas de flores, y metiГі la canasta por la ventana del coche y le gritГі a su hijo que ya que vas a pasar por ahГ­ aprovecha para devolver estas botellas en la tienda de la esquina, pobre madre. Aquella falta de sentido histГіrico habГ­a de tener su noche de esplendor en el banquete de gala con que celebramos el desembarco de los infantes de marina al mando del almirante Higgingson, cuando BendiciГіn Alvarado vio a su hijo en uniforme de etiqueta con las medallas de oro y los guantes de raso que siguiГі usando por el resto de su vida y no pudo reprimir el impulso de su orgullo materno y exclamГі en voz alta ante el cuerpo diplomГЎtico en pleno que si yo hubiera sabido que mi hijo iba a ser presidente de la repГєblica lo hubiera mandado a la escuela, seГ±or, cГіmo seria la vergГјenza que desde entonces la desterraron en la mansiГіn de los suburbios, un palacio de once cuartos que Г©l se habГ­a ganado en una buena noche de dados cuando los caudillos de la guerra federal se repartieron en la mesa de juego el esplГ©ndido barrio residencial de los conservadores fugitivos, sГіlo que BendiciГіn Alvarado despreciГі los ornamentos imperiales que me hacen sentir como si fuera la esposa del Sumo PontГ­fice y prefiriГі las habitaciones de servicio junto a las seis criadas descalzas que le habГ­an asignado, se instalГі con su mГЎquina de coser y sus jaulas de pГЎjaros pintorreteados en un camaranchГіn de olvido a donde nunca llegaba el calor y era mГЎs fГЎcil espantar a los mosquitos de las seis, se sentaba a coser frente a la luz ociosa del patio grande y el aire de medicina de los tamarindos mientras las gallinas andaban extraviadas por los salones y los soldados de la guardia acechaban a las camareras en los aposentos vacГ­os, se sentaba a pintar oropГ©ndolas con aguas de colores y a lamentarse con las sirvientas de la desgracia de mi pobre hijo a quien los infantes de marina tenГ­an traspuesto en la casa presidencial, tan lejos de su madre, seГ±or, sin una esposa solГ­cita que lo asistiera a medianoche si lo despertaba un dolor, y envainado con ese empleo de presidente de la repГєblica por un sueldo rastrero de trescientos pesos mensuales, pobre hijo. Ella sabГ­a bien lo que decГ­a, porque Г©l la visitaba a diario mientras la ciudad chapaleaba en el lГ©gamo de la siesta, le llevaba las frutas azucaradas que tanto le gustaban y se valГ­a de la ocasiГіn para desahogarse con ella de su condiciГіn amarga de calanchГ­n de infantes, le contaba que debГ­a escamotear en las servilletas las naranjas de azГєcar y los higos de almГ­bar porque las autoridades de ocupaciГіn tenГ­an contabilistas que anotaban en sus libros hasta las sobras de los almuerzos, se lamentaba de que el otro dГ­a vino a la casa presidencial el comandante del acorazado con unos como astrГіnomos de tierra firme que tomaron medidas de todo y ni siquiera se dignaron saludarme sino que me pasaban la cinta mГ©trica por encima de la cabeza mientras hacГ­an sus cГЎlculos en inglГ©s y me gritaban con el intГ©rprete que te apartes de ahГ­, y Г©l se apartaba, que se quitara de la claridad, se quitaba, que te pongas donde no estorbes, carajo, y Г©l no sabГ­a dГіnde ponerse sin estorbar porque habГ­a medidores midiendo hasta el tamaГ±o de la luz de los balcones, pero aquello no habГ­a sido lo peor, madre, sino que le pusieron en la calle a las dos Гєltimas concubinas raquГ­ticas que le quedaban porque el almirante habГ­a dicho que no eran dignas de un presidente, y andaba de veras tan escaso de mujer que algunas tardes hacГ­a como que se iba de la mansiГіn de los suburbios pero su madre lo sentГ­a correteando a las sirvientas en la penumbra de los dormitorios, y era tanta su pena que alborotaba a los pГЎjaros en las jaulas para que nadie se diera cuenta de las penurias del hijo, los hacГ­a cantar a la fuerza para que los vecinos no sintieran los ruidos del asalto, el oprobio del forcejeo, las amenazas reprimidas de que se quede quieto mi general o se lo digo a su mamГЎ, y estropeaba la siesta de los turpiales obligГЎndolos a reventar para que nadie oyera su resuello sin alma de marido urgente, su desgracia de amante vestido, su llantito de perro, sus lГЎgrimas solitarias que se iban como anocheciendo, como pudriГ©ndose de lГЎstima con el cacareo de las gallinas alborotadas en los dormitorios por aquellos amores de emergencia en el aire de vidrio lГ­quido y el agosto sin dios de las tres de la tarde, pobre hijo mГ­o. Aquel estado de escasez habГ­a de durar hasta que las fuerzas de ocupaciГіn abandonaran el paГ­s espantadas por una peste cuando todavГ­a faltaban muchos aГ±os para que se cumplieran los tГ©rminos del desembarco, desbarataron en piezas numeradas y metieron en cajones de tablas las residencias de los oficiales, arrancaron enteros los prados azules y se los llevaron enrollados como si fueran alfombras, envolvieron las cisternas de hule de las aguas estГ©riles que les mandaban de su tierra para que no se los comieran por dentro los gusarapos de nuestros afluentes, desmantelaron sus hospitales blancos, dinamitaron los cuarteles para que nadie supiera cГіmo estuvieron construidos, abandonaron en el muelle el viejo acorazado de desembarco por cuya cubierta se paseaba en noches de junio el espanto de un almirante perdido en la borrasca, pero antes de llevarse en sus trenes voladores aquel paraГ­so de guerras portГЎtiles le impusieron a Г©l la medalla de la buena vecindad, le rindieron honores de jefe de estado y le dijeron en voz alta para que todo el mundo lo oyera que ahГ­ te dejamos con tu burdel de negros a ver cГіmo te las compones sin nosotros, pero se fueron, madre, quГ© carajo, se habГ­an ido, y por primera vez desde sus tiempos cabizbajos de buey de ocupaciГіn Г©l subiГі las escaleras gobernando de viva voz y de cuerpo presente a travГ©s de un tumulto de sГєplicas de que restableciera las peleas de gallo, y Г©l mandaba, de acuerdo, que permitiera otra vez el vuelo de las cometas y otras tantas diversiones de pobres que habГ­an prohibido los infantes, y Г©l mandaba, de acuerdo, tan convencido de ser el dueГ±o de todo su poder que invirtiГі los colores de la bandera y cambiГі el gorro frigio del escudo por el dragГіn vencido del invasor, porque al fin somos perros de nosotros mismos, madre, viva la peste. BendiciГіn Alvarado se acordarГ­a toda la vida de aquellos sobresaltos del poder y de otros mГЎs antiguos y amargos de la miseria, pero nunca los evocГі con tanta pesadumbre como despuГ©s de la farsa de la muerte cuando Г©l andaba chapaleando en el pantano de la prosperidad mientras ella seguГ­a lamentГЎndose con quien quisiera oГ­rla de que no vale la pena ser la mamГЎ del presidente y no tener en el mundo nada mГЎs que esta triste mГЎquina de coser, se lamentaba de que ahГ­ donde ustedes lo ven con su carroza de entorchados mi pobre hijo no tenГ­a ni un hoyo en la tierra para caerse muerto despuГ©s de tantos y tantos aГ±os de servirle a la patria, seГ±or, no es justo, y no seguГ­a lamentГЎndose por costumbre ni por engaГ±o sino porque Г©l ya no la hacГ­a partГ­cipe de sus quebrantos ni se precipitaba como antes a compartir con ella los mejores secretos del poder, y habГ­a cambiado tanto desde los tiempos de los infantes que a BendiciГіn Alvarado le parecГ­a que Г©l estaba mГЎs viejo que ella, que la habГ­a dejado atrГЎs en el tiempo, lo sentГ­a trastabillar en las palabras, se le enredaban las cuentas de la realidad, a veces babeaba, y la habГ­a asaltado una compasiГіn que no era de madre sino de hija cuando lo vio llegar a la mansiГіn de los suburbios cargado de paquetes que se desesperaba por abrir todos al mismo tiempo, reventaba los cГЎГ±amos con los dientes, se le rompГ­an las uГ±as con los sunchos antes de que ella encontrara las tijeras en el canasto de costura, sacaba todo a manos llenas del matorral de ripios ahogГЎndose en las ansias de su vuelo, mire quГ© buenas vainas, madre, decГ­a, una sirena viva en un acuario, un ГЎngel de cuerda de tamaГ±o natural que volaba por los aposentos dando la hora con una campana, un caracol gigante en cuyo interior no se escuchaba el oleaje y el viento de los mares sino la mГєsica del himno nacional, quГ© vainas tan berracas, madre, ya ve quГ© bueno es no ser pobre, decГ­a, pero ella no le alentaba el entusiasmo sino que se ponГ­a a mordisquear los pinceles de pintar oropГ©ndolas para que el hijo no notara que el corazГіn se le desmigajaba de lГЎstima evocando un pasado que nadie conocГ­a como ella, recordando cuГЎnto le habГ­a costado a Г©l quedarse en la silla en que estaba sentado, y no en estos tiempos de ahora, seГ±or, no en estos tiempos fГЎciles en que el poder era una materia tangible y Гєnica, una bolita de vidrio en la palma de la mano, como Г©l decГ­a, sino cuando era un sГЎbalo fugitivo que nadaba sin dios ni ley en un palacio de vecindad, perseguido por la cГЎfila voraz de los Гєltimos caudillos de la guerra federal que me habГ­an ayudado a derribar al general y poeta Lautaro MuГ±oz, un dГ©spota ilustrado a quien Dios tenga en su santa gloria con sus misales de Suetonio en latГ­n y sus cuarenta y dos caballos de sangre azul, pero a cambio de sus servicios de armas se habГ­an apoderado de las haciendas y ganados de los antiguos seГ±ores proscritos y se habГ­an repartido el paГ­s en provincias autГіnomas con el argumento inapelable de que esto es el federalismo mi general, por esto hemos derramado la sangre de nuestras venas, y eran reyes absolutos en sus tierras, con sus leyes propias, sus fiestas patrias personales, su papel moneda firmado por ellos mismos, sus uniformes de gala con sables guarnecidos de piedras preciosas y dormanes de alamares de oro y tricornios con penachos de colas de pavorreales copiados de antiguos cromos de virreyes de la patria antes de Г©l, y eran montunos y sentimentales, seГ±or, entraban en la casa presidencial por la puerta grande sin permiso de nadie pues la patria es de todos mi general, por eso le hemos sacrificado la vida, acampaban en la sala de fiestas con sus serrallos paridos y los animales de granja de los tributos de paz que exigГ­an a su paso por todas partes para que nunca les faltara de comer, llevaban una escolta personal de mercenarios bГЎrbaros que en vez de botas se envolvГ­an los pies en piltrafas de trapos y apenas si sabГ­an expresarse en lengua cristiana pero eran sabios en trampas de dados y feroces y diestros en el manejo de las armas de guerra, de modo que la casa del poder parecГ­a un campamento de gitanos, seГ±or, tenГ­a un olor denso de creciente de rГ­o, los oficiales del estado mayor se habГ­an llevado para sus haciendas los muebles de la repГєblica, se jugaban al dominГі los privilegios del gobierno indiferentes a las sГєplicas de su madre BendiciГіn Alvarado que no tenГ­a un instante de reposo tratando de barrer tanta basura de feria, tratando de poner aunque fuera un poco de orden en el naufragio, pues ella era la Гєnica que habГ­a intentado resistir al envilecimiento irredimible de la gesta liberal, sГіlo ella habГ­a intentado expulsarlos a escobazos cuando vio la casa pervertida por aquellos rГ©probos de mal vivir que se disputaban las poltronas del mando supremo en altercados de naipes, los vio haciendo negocios de sodomГ­a detrГЎs del piano, los vio cagГЎndose en las ГЎnforas de alabastro a pesar de que ella les advirtiГі que no, seГ±or, que no eran excusados portГЎtiles sino ГЎnforas rescatadas de los mares de Pantelaria, pero ellos insistГ­an en que eran micas de ricos, seГ±or, no hubo poder humano capaz de disuadirlos, ni hubo poder divino capaz de impedir que el general Adriano GuzmГЎn asistiera a la fiesta diplomГЎtica de los diez aГ±os de mi ascenso al poder, aunque nadie hubiera podido imaginar lo que nos esperaba cuando apareciГі en la sala de baile con un austero uniforme de lino blanco escogido para la ocasiГіn, apareciГі sin armas, tal como me lo habГ­a prometido bajo palabra de militar, con su escolta de prГіfugos franceses vestidos de civil y cargados de anturios de Cayena que el general Adriano GuzmГЎn repartiГі uno por uno entre las esposas de los embajadores y ministros despuГ©s de solicitar con una reverencia el permiso de sus maridos, pues asГ­ le habГ­an dicho sus mercenarios que era de buen recibo en Versalles y asГ­ lo habГ­a cumplido con un raro ingenio de caballero, y luego permaneciГі sentado en un rincГіn de la fiesta con la atenciГіn fija en el baile y aprobando con la cabeza, muy bien, decГ­a, bailan bien estos cachacos de las Europas, decГ­a, a cada quiГ©n lo suyo, decГ­a, tan olvidado en su poltrona que sГіlo yo me di cuenta de que uno de sus edecanes le volvГ­a a llenar la copa de champaГ±a despuГ©s de cada sorbo, y a medida que pasaban las horas se volvГ­a mГЎs tenso y sanguГ­neo de lo que era al natural, se soltaba un botГіn de la guerrera ensopada de sudor cada vez que la presiГіn de un eructo reprimido se le subГ­a hasta los ojos, sollozaba de sopor, madre, y de pronto se levantГі a duras penas en una pausa del baile y acabГі de soltarse los botones de la guerrera y luego se soltГі los de la bragueta y quedГі abierto en canal esperjando los descotes perfumados de las seГ±oras de embajadores y ministros con su mustia manguera de zopilote, ensopaba con su agrio orГ­n de borracho de guerra los tiernos regazos de muselina, los corpiГ±os de brocados de oro, los abanicos de avestruz, cantando impasible en medio del pГЎnico que soy el amante desairado que riega las rosas de tu vergel, oh rosas primorosas, cantaba, sin que nadie se atreviera a someterlo, ni siquiera Г©l, porque yo me sabГ­a con mГЎs poder que cada uno de ellos pero con mucho menos que dos de ellos confabulados, todavГ­a inconsciente de que Г©l veГ­a a los otros como eran mientras los otros no lograron vislumbrar jamГЎs el pensamiento oculto del anciano de granito cuya serenidad era apenas semejante a su prudencia sin escollos y a su inconmensurable disposiciГіn para esperar, sГіlo veГ­amos los ojos lГєgubres, los labios yertos, la mano de doncella pГєdica que ni siquiera se estremeciГі en el pomo del sable el mediodГ­a de horror en que le vinieron con la novedad mi general de que el comandante Narciso LГіpez enfermo de grifa verde y de aguardiente de anГ­s se le metiГі en el retrete a un dragoneante de la guardia presidencial y lo calentГі a su gusto con recursos de mujer brava y despuГ©s lo obligГі a que me lo metas todo, carajo, es una orden, todo, mi amor, hasta tus peloticas de oro, llorando de dolor, llorando de rabia, hasta que se encontrГі consigo mismo vomitando de humillaciГіn en cuatro patas con la cabeza metida en los vapores fГ©tidos del excusado, y entonces levantГі en vilo al dragoneante adГіnico y lo clavГі con una lanza llanera como una mariposa en el gobelino primaveral de la sala de audiencias sin que nadie se atreviera a desclavarlo en tres dГ­as, pobre hombre, porque Г©l no hacia nada mГЎs que vigilar a sus antiguos compaГ±eros de armas para que no se confabularan pero sin atravesarse en sus vidas, convencido de que ellos mismos se iban a exterminar entre sГ­ antes de que le vinieron con la novedad mi general de que al general Jesucristo SГЎnchez lo habГ­an tenido que matar a silletazos los miembros de su escolta cuando le dio un ataque de mal rabia por una mordedura de gato, pobre hombre, apenas si descuidГі la partida de dominГі cuando le soplaron al oГ­do la novedad mi general de que el general Lotario Sereno se habГ­a ahogado porque el caballo se le muriГі de repente cuando vadeaba un rГ­o, pobre hombre, apenas si parpadeГі cuando le vinieron con la novedad mi general de que el general Narciso LГіpez se metiГі un taco de dinamita en el culo y se volГі las entraГ±as por la vergГјenza de su pederastГ­a invencible, y Г©l decГ­a pobre hombre como si nada tuviera que ver con aquellas muertes infames y para todos ordenaba el mismo decreto de honores pГіstumos, los proclamaba mГЎrtires caГ­dos en actos de servicio y los enterraba con funerales magnГ­ficos a la misma altura en el panteГіn nacional porque una patria sin hГ©roes es una casa sin puertas, decГ­a, y cuando no quedaban mГЎs de seis generales de guerra en todo el paГ­s los invitГі a celebrar su cumpleaГ±os con una parranda de camaradas en el palacio presidencial, a todos juntos, seГ±or, inclusive al general Jacinto AlgarabГ­a que era el mГЎs oscuro y matrero, que se preciaba de tener un hijo con su propia madre y sГіlo bebГ­a alcohol de madera con pГіlvora, sin nadie mГЎs que nosotros en la sala de fiestas como en los buenos tiempos mi general, todos sin armas como hermanos de leche pero con los hombres de las escoltas apelotonados en la sala contigua, todos cargados de regalos magnГ­ficos para el Гєnico de nosotros que ha sabido comprendernos a todos, decГ­an, queriendo decir que era el Гєnico que habГ­a sabido manejarlos, el Гєnico que consiguiГі desentraГ±ar de su remota guarida de los pГЎramos al legendario general Saturno Santos, un indio puro, incierto, que andaba siempre como mi puta madre me pariГі con la pata en el suelo mi general porque los hombres bragados no podemos respirar si no sentimos la tierra, habГ­a llegado envuelto en una manta estampada con animales raros de colores intensos, llegГі solo, como andaba siempre, sin escolta, precedido por una aura sombrГ­a, sin mГЎs armas que el machete de zafra que se negГі a quitarse del cinto porque no era un arma de guerra sino de labor, y me trajo de regalo un ГЎguila amaestrada para pelear en guerras de hombres, y trajo el arpa, madre, el instrumento sagrado cuyas notas conjuraban la tempestad y apresuraban los ciclos de las cosechas y que el general Saturno Santos pulsaba con un arte del corazГіn que despertГі en todos nosotros la nostalgia de las noches de horror de la guerra, madre, nos alborotГі el olor a sarna de perro de la guerra, nos resolviГі en el alma la canciГіn de la guerra de la barca de oro que debe conducirnos, la cantaban a coro con toda el alma, madre, del puente me devolvГ­ baГ±ado en lГЎgrimas, cantaban, mientras se comieron un pavo con ciruelas y medio lechГіn, y bebГ­a cada uno de su botella personal, cada uno de su alcohol propio, todos menos Г©l y el general Saturno Santos que no probaron una gota de licor en toda su vida, ni fumaron, ni comieron mГЎs de lo indispensable para vivir, cantaron a coro en mi honor la canciГіn de las maГ±anitas que cantaba el rey David, cantaron llorando todas las canciones de felicitaciГіn de cumpleaГ±os que se cantaban antes de que el cГіnsul Hanemann nos viniera con la novelerГ­a mi general del fonГіgrafo de bocina con el cilindro del happy birthday, cantaban medio dormidos, medio muertos de la borrachera, sin preocuparse mГЎs del anciano taciturno que al golpe de las doce descolgГі la lГЎmpara y se fue a revisar la casa antes de acostarse de acuerdo con su costumbre de cuartel y vio por Гєltima vez al pasar de regreso por la sala de fiesta a los seis generales apelotonados en el suelo, los vio abrazados, inertes y plГЎcidos, al amparo de las cinco escoltas que se vigilaban entre sГ­, porque aun dormidos y abrazados se temГ­an unos a otros casi tanto como cada uno de ellos le temГ­a a Г©l y como Г©l les temГ­a a dos de ellos confabulados, y Г©l volviГі a colgar la lГЎmpara en el dintel y pasГі los tres cerrojos, los tres pestillos, las tres aldabas de su dormitorio, y se tirГі en el suelo, bocabajo, con el brazo derecho en lugar de la almohada, en el instante en que los estribos de la casa se remecieron con la explosiГіn compacta de todas las armas de las escoltas disparadas al mismo tiempo, una vez, carajo, sin un ruido intermedio, sin un lamento, y otra vez, carajo, y ya estГЎ, se acabГі la vaina, sГіlo quedГі un relente de pГіlvora en el silencio del mundo, sГіlo quedГі Г©l a salvo para siempre de la zozobra del poder cuando vio en las primeras malvas del nuevo dГ­a los ordenanzas del servicio chapaleando en el pantano de sangre de la sala de fiestas, vio a su madre BendiciГіn Alvarado estremecida por un vГ©rtigo de horror al comprobar que las paredes rezumaban sangre por mГЎs que las secaran con cal y ceniza, seГ±or, que las alfombras seguГ­an chorreando sangre por mucho que las torcieran, y mГЎs sangre manaba a torrentes por corredores y oficinas cuanto mГЎs se desesperaban por lavarla para disimular el tamaГ±o de la masacre de los Гєltimos herederos de nuestra guerra que segГєn el bando oficial fueron asesinados por sus propias escoltas enloquecidas, y cuyos cuerpos envueltos en la bandera de la patria saturaron el panteГіn de los prГіceres en funerales de obispo, pues ni siquiera un hombre de la escolta habГ­a escapado vivo de la encerrona sangrienta, nadie mi general, salvo el general Saturno Santos que estaba acorazado con sus ristras de escapularios y conocГ­a secretos de indios, para cambiar de naturaleza segГєn su voluntad, maldita sea, podГ­a volverse armadillo o estanque mi general, podГ­a volverse trueno, y Г©l supo que era cierto porque sus baquianos mГЎs astutos le habГ­an perdido el rastro desde la Гєltima Navidad, los perros tigreros mejor entrenados lo buscaban en sentido contrario, lo habГ­a visto encarnado por el rey de espadas en los naipes de sus pitonisas, y estaba vivo, durmiendo de dГ­a y viajando de noche por desfiladeros de tierra y de agua, pero iba dejando un rastro de oraciones que trastornaba el criterio de sus perseguidores y fatigaban la voluntad de sus enemigos, pero Г©l no renunciГі a la bГєsqueda ni un instante del dГ­a y de la noche durante aГ±os y aГ±os hasta muchos aГ±os despuГ©s en que vio por la ventanilla del tren presidencial una muchedumbre de hombres y mujeres con sus niГ±os y sus animales y sus trastos de cocinar como habГ­a visto tantas detrГЎs de las tropas de la guerra, los vio desfilar bajo la lluvia llevando sus enfermos en hamacas colgadas de un palo detrГЎs de un hombre muy pГЎlido con una tГєnica de caГ±amazo que dice ser un enviado mi general, y Г©l se dio una palmada en la frente y se dijo ahГ­ estГЎ, carajo, y ahГ­ estaba el general Saturno Santos mendigando la caridad de los peregrinos con los hechizos de su arpa descordada, estaba miserable y sombrГ­o, con un sombrero de fieltro gastado y un poncho en piltrafas, pero aun en aquel estado de misericordia no fue tan fГЎcil de matar como Г©l pensaba sino que habГ­a descabezado con el machete a tres de sus hombres mejores, se habГ­a enfrentado a los mГЎs fieros con tanto valor y tanta habilidad que Г©l ordenГі parar el tren frente al triste cementerio del pГЎramo donde predicaba el enviado, y todo el mundo se apartГі en estampida cuando los hombres de la guardia presidencial saltaron del vagГіn pintado con los colores de la bandera con las armas listas para disparar, no quedГі nadie a la vista, salvo el general Saturno Santos junto a su arpa mГ­tica con la mano crispada en la cacha del machete, y estaba como fascinado por la visiГіn del enemigo mortal que apareciГі en el pescante del vagГіn con el vestido de lienzo sin insignias, sin armas, mГЎs viejo y mГЎs remoto que si tuviГ©ramos cien aГ±os de no vernos mi general, me pareciГі cansado y solo, con la piel amarillenta del hГ­gado malo y los ojos propensos a las lГЎgrimas, pero tenГ­a el resplandor lГ­vido de quien no sГіlo era dueГ±o de su poder sino tambiГ©n del poder disputado a sus muertos, asГ­ que me dispuse a morir sin resistir porque le pareciГі inГєtil contrariar a un anciano que venГ­a de tan lejos sin mГЎs razones ni mГЎs mГ©ritos que el apetito bГЎrbaro de mandar, pero Г©l le mostrГі la palma de la mano de mantarraya y dijo Dios te salve, macho, la patria te merece, pues sabia desde siempre que contra un hombre invencible no habГ­a mГЎs armas que la amistad, y el general Saturno Santos besГі la tierra que Г©l habГ­a pisado y le suplicГі la gracia de permitirme que le sirva como usted mande mi general mientras tenga virtud en estas manos para hacer cantar el machete, y Г©l aceptГі, de acuerdo, lo hizo su guardaespaldas con la Гєnica condiciГіn de que nunca te me pongas detrГЎs, lo convirtiГі en su cГіmplice de dominГі y entre ambos despeluzaron a cuatro manos a muchos dГ©spotas en desgracia, lo subГ­a descalzo en la carroza presidencial y lo llevaba a las recepciones diplomГЎticas con aquel aliento de tigre que alborotaba a los perros y les causaba vГ©rtigo a las esposas de los embajadores, lo puso a dormir atravesado frente a la puerta de su dormitorio para aliviarse el miedo de dormir cuando la vida se volviГі tan ГЎspera que Г©l temblaba ante la idea de encontrarse solo entre la gente de los sueГ±os, lo mantuvo a diez palmos de su confianza durante muchos aГ±os hasta que el ГЎcido Гєrico le engarrotГі la virtud de hacer cantar el machete y le pidiГі el favor de que me mate usted mismo mi general para no darle a otro el gusto de matarme sin ningГєn derecho, pero Г©l lo mandГі a morir con una pensiГіn de buen retiro y una medalla de gratitud en la vareda de cuatreros del pГЎramo donde habГ­a nacido y no pudo reprimir las lГЎgrimas cuando el general Saturno Santos puso de lado el pudor para decirle ahogГЎndose de llanto que ya ve usted mi general que hasta a los machos mГЎs bragados se nos llega la hora de ser maricones, quГ© vaina. De modo que nadie comprendГ­a mejor que BendiciГіn Alvarado el alborozo pueril con que Г©l se desquitaba de los malos tiempos y la falta de sentido con que despilfarraba las ganancias del poder para tener de viejo lo que le hizo falta de niГ±o, pero le daba rabia que abusaran de su inocencia prematura para venderle aquellos cherembecos de gringos que no eran tan baratos ni requerГ­an tanto ingenio como los pГЎjaros de burla que ella no conseguГ­a vender a mГЎs de cuatro, estГЎ bien que la goces, decГ­a, pero piensa en el futuro, que no te quiero ver pidiendo la caridad con un sombrero en la puerta de una iglesia si maГ±ana o mГЎs tarde no lo permita Dios te quitan de la silla en que estГЎs sentado, si al menos supieras cantar, o si fueras arzobispo, o navegante, pero tГє no eres mГЎs que general, asГ­ que no sirves para nada sino para mandar, le aconsejaba que entierres en un sitio seguro la plata que te sobra del gobierno, donde nadie mГЎs que Г©l pudiera encontrarla, por si se daba el caso de salir corriendo como esos pobres presidentes de ninguna parte que pastoreaban el olvido mendigando adioses de barcos en la casa de los arrecifes, mГ­rate en ese espejo, le decГ­a, pero Г©l no le hacГ­a caso sino que le postraba el desconsuelo con la fГіrmula mГЎgica de estГ© tranquila madre, esta gente me quiere. BendiciГіn Alvarado habГ­a de vivir muchos aГ±os lamentГЎndose de la pobreza, peleando con las sirvientas por las cuentas del mercado y hasta saltando almuerzos para economizar, sin que nadie se atreviera a revelarle que era una de las mujeres mГЎs ricas de la tierra, que todo lo que Г©l acumulaba con los negocios del gobierno lo registraba a nombre de ella, que no sГіlo era dueГ±a de tierras desmedidas y ganados sin cuento sino tambiГ©n de los tranvГ­as locales, y del correo y el telГ©grafo y de las aguas de la naciГіn, de modo que cada barco que navegaba por los afluentes amazГіnicos o los mares territoriales tenГ­a que pagarle un derecho de alquiler que ella ignorГі hasta la muerte, como ignorГі durante muchos aГ±os que su hijo no andaba tan desvalido como ella suponГ­a cuando llegaba a la mansiГіn de los suburbios sofocГЎndose en la maravilla de los juguetes de la vejez, pues ademГЎs del impuesto personal que percibГ­a por cada res que se beneficiaba en el paГ­s, ademГЎs del pago de sus favores y de los regalos de interГ©s que le mandaban sus partidarios, habГ­a concebido y lo estaba explotando desde hacia mucho tiempo un sistema infalible para ganarse la loterГ­a. Eran los tiempos que sucedieron a su falsa muerte, los tiempos del ruido, seГ±or, que no se llamaron asГ­ como muchos creГ­amos por el estruendo subterrГЎneo que se sintiГі en la patria entera una noche del mГЎrtir San Heraclio y del cual no se tuvo nunca una explicaciГіn cierta, sino por el estrГ©pito perpetuo de las obras emprendidas que se anunciaban desde sus cimientos como las mГЎs grandes del mundo y sin embargo no se llevaban a tГ©rmino, una Г©poca mansa en que Г©l convocaba a los consejos de gobierno mientras hacГ­a la siesta en la mansiГіn de los suburbios, se acostaba en la hamaca abanicГЎndose con el sombrero bajo los ramazones dulces de los tamarindos, escuchaba con los ojos cerrados a los doctores de palabra suelta y bigotes engomados que se sentaban a discutir alrededor de la hamaca, pГЎlidos de calor dentro de sus levitas de paГ±o y sus cuellos de celuloide, los ministros civiles que tanto detestaba pero que habГ­a vuelto a nombrar por conveniencia y a quienes oГ­a discutir asuntos de estado entre el escГЎndalo de los gallos que correteaban a las gallinas en el patio, y el pito continuo de las chicharras y el gramГіfono insomne que cantaba en el vecindario la canciГіn de Susana ven Susana, se callaban de pronto, silencio, el general se habГ­a dormido, pero Г©l bramaba sin abrir los ojos, sin dejar de roncar, no estoy dormido pendejos, continГєen, continuaban, hasta que Г©l salГ­a tamaleando de entre las telaraГ±as de la siesta y sentenciГі que entre tantas pendejadas el Гєnico que tiene la razГіn es mi compadre el ministro de la salud, quГ© carajo, se acabГі la vaina, se acababa, conversaba con sus ayudantes personales llevГЎndolos de un lado para otro mientras comГ­a caminando con el plato en una mano y la cuchara en la otra, los despachaba en la escalera con una displicencia de hagan ustedes lo que quieran que al fin y al cabo yo soy el que manda, quГ© carajo, se le pasГі la ventolera de preguntar si lo querГ­an o si no lo querГ­an, quГ© carajo, cortaba cintas inaugurales, se mostraba en pГєblico de cuerpo entero asumiendo los riesgos del poder como no lo habГ­a hecho en Г©pocas mГЎs plГЎcidas, quГ© carajo, jugaba partidas interminables de dominГі con mi compadre de toda la vida el general Rodrigo de Aguilar y mi compadre el ministro de la salud que eran los Гєnicos que tenГ­an bastante confianza con Г©l para pedirle la libertad de un preso o el perdГіn de un condenado a muerte, y los Гєnicos que se atrevieron a pedirle que recibiera en audiencia especial a la reina de la belleza de los pobres, una criatura increГ­ble de ese charco de miserias que llamГЎbamos el barrio de las peleas de perro porque todos los perros del barrio estaban peleando en la calle desde hacГ­a muchos aГ±os sin un instante de tregua, un reducto mortГ­fero donde no entraban las patrullas de la guardia nacional porque las dejaban en cueros y desarmaban los coches en sus piezas originales con un solo pase de manos, donde los pobres burros perdidos entraban caminando por un extremo de la calle y salГ­an por el otro en un saco de huesos, se comГ­an asados a los hijos de los ricos mi general, los vendГ­an en el mercado convertidos en longanizas, imagГ­nese, pues allГ­ habГ­a nacido y allГ­ vivГ­a Manuela SГЎnchez de mi mala suerte, una calГ©ndula de muladar cuya belleza inverosГ­mil era el asombro de la patria mi general, y Г©l se sintiГі tan intrigado con la revelaciГіn que si todo eso es verdad como ustedes dicen no sГіlo la recibo en audiencia especial sino que bailo con ella el primer vals, quГ© carajo, que lo escriban en los periГіdicos, ordenГі, esas vainas les encantan a los pobres. Sin embargo, la noche despuГ©s de la audiencia, mientras jugaban al dominГі, le comentГі con una amargura cierta al general Rodrigo de Aguilar que la reina de los pobres no valГ­a ni el trabajo de bailar con ella, que era tan ordinaria como tantas Manuelas SГЎnchez de barriada con su traje de ninfa de volantes de muselina y la corona dorada con joyas de artificio y una rosa en la mano bajo la vigilancia de una madre que la cuidaba como si fuera de oro, asГ­ que Г©l le habГ­a concedido todo cuanto querГ­a que no era mГЎs que la luz elГ©ctrica y el agua corriente para su barrio de las peleas de perro, pero advirtiГі que era la Гєltima vez que recibo una misiГіn de sГєplicas, quГ© carajo, no vuelvo a hablar con pobres, dijo, sin terminar la partida, dio un portazo, se fue, oyГі los golpes de metal de las ocho, les puso el pienso a las vacas en los establos, hizo subir las bostas de boГ±iga, revisГі la casa completa mientras comГ­a caminando con el plato en la mano, comГ­a carne guisada con frijoles, arroz blanco y tajadas de plГЎtano verde, contГі los centinelas desde el portГіn de entrada hasta los dormitorios, estaban completos y en su puesto, catorce, vio el resto de su guardia personal jugando dominГі en el retГ©n del primer patio, vio los leprosos acostados entre los rosales, los paralГ­ticos en las escaleras, eran las nueve, puso en una ventana el plato de comida sin terminar y se encontrГі manoteando en la atmГіsfera de fango de las barracas de las concubinas que dormГ­an hasta tres con sus sietemesinos en una misma cama, se acaballГі sobre un montГіn oloroso a guiso de ayer y apartГі para acГЎ dos cabezas y para allГЎ seis piernas y tres brazos sin preguntarse si alguna vez sabrГ­a quiГ©n era quiГ©n ni cuГЎl fue la que al fin lo amamantГі sin despertar, sin soГ±ar con Г©l, ni de quiГ©n habГ­a sido la voz que murmurГі dormida desde otra cama que no se apure tanto general que se asustan los niГ±os, regresГі al interior de la casa, revisГі las fallebas de las veintitrГ©s ventanas, encendiГі las plastas de boГ±iga cada cinco metros desde el vestГ­bulo hasta las habitaciones privadas, sintiГі el olor del humo, se acordГі de una infancia improbable que podГ­a ser la suya que sГіlo recordaba en aquel instante cuando empezaba el humo y la olvidaba para siempre, regresГі apagando las luces al revГ©s desde los dormitorios hasta el vestГ­bulo y tapando las jaulas de los pГЎjaros dormidos que contaba antes de taparlos con pedazos de lienzo, cuarenta y ocho, otra vez recorriГі la casa completa con una lГЎmpara en la mano, se vio a sГ­ mismo uno por uno hasta catorce generales caminando con la lГЎmpara encendida en los espejos, eran las diez, todo en orden, volviГі a los dormitorios de la guardia presidencial, les apagГі la luz, buenas noches seГ±ores, registrГі las oficinas pГєblicas de la planta baja, las antesalas, los retretes, detrГЎs de las cortinas, debajo de las mesas, no habГ­a nadie, sacГі el mazo de llaves que era capaz de distinguir al tacto una por una, cerrГі las oficinas, subiГі a la planta principal registrando los cuartos cuarto por cuarto y cerrando las puertas con llave, sacГі el frasco de miel de abejas de su escondite detrГЎs de un cuadro y tomГі las dos cucharadas de antes de acostarse, pensГі en su madre dormida en la mansiГіn de los suburbios. BendiciГіn Alvarado en su sopor de adioses entre el toronjil y el orГ©gano con una mano de pajarera exangГјe pintora de oropГ©ndolas como una madre muerta de costado, que pase buena noche, madre, dijo, muy buenas noches hijo le contestГі dormida BendiciГіn Alvarado en la mansiГіn de los suburbios, colgГі frente a su dormitorio la lГЎmpara de gancho que Г©l dejaba colgada en la puerta mientras dormГ­a con la orden terminante de que no la apaguen nunca por que Г©sa era la luz para salir corriendo, dieron las once, inspeccionГі la casa una Гєltima vez, a oscuras, por si alguien se hubiera infiltrado creyГ©ndolo dormido, iba dejando el rastro de polvo del reguero de estrellas de la espuela de oro en las albas fugaces de rГЎfagas verdes de las aspas de luz de las vueltas del faro, vio entre dos instantes de lumbre un leproso sin rumbo que caminaba dormido, le cerrГі el paso, lo llevГі por la sombra sin tocarlo alumbrГЎndole el camino con las luces de su vigilia, lo puso en los rosales, volviГі a contar los centinelas en la oscuridad, regresГі al dormitorio, iba viendo al pasar frente a las ventanas un mar igual en cada ventana, el Caribe en abril, lo contemplГі veintitrГ©s veces sin detenerse y era siempre como siempre en abril como una ciГ©naga dorada, oyГі las doce, con el Гєltimo golpe de los martillos de la catedral sintiГі la torcedura de los silbidos tenues del horror de la hernia, no habГ­a mГЎs ruido en el mundo, Г©l solo era la patria, pasГі las tres aldabas, los tres cerrojos, los tres pestillos del dormitorio, orinГі sentado en la letrina portГЎtil, orinГі dos gotas, cuatro gotas, siete gotas arduas, se tumbГі bocabajo en el suelo, se durmiГі en el acto, no soГ±Гі, eran las tres menos cuarto cuando se despertГі empapado en sudor, estremecido por la certidumbre de que alguien lo habГ­a mirado mientras dormГ­a, alguien que habГ­a tenido la virtud de meterse sin quitar las aldabas, quiГ©n vive, preguntГі, no era nadie, cerrГі los ojos, volviГі a sentir que lo miraban, abriГі los ojos para ver, asustado, y entonces vio, carajo, era Manuela SГЎnchez que andaba por el cuarto sin quitar los cerrojos porque entraba y salГ­a segГєn su voluntad atravesando las paredes, Manuela SГЎnchez de mi mala hora con el vestido de muselina y la brasa de la rosa en la mano y el olor natural de regaliz de su respiraciГіn, dime que no es de verdad este delirio, decГ­a, dime que no eres tГє, dime que este vahГ­do de muerte no es el marasmo de regaliz de tu respiraciГіn, pero era ella, era su rosa, era su aliento cГЎlido que perfumaba el clima del dormitorio como un bajo obstinado con mГЎs dominio y mГЎs antigГјedad que el resuello del mar, Manuela SГЎnchez de mi desastre que no estabas escrita en la palma de mi mano, ni en el asiento de mi cafГ©, ni siquiera en las aguas de mi muerte de los lebrillos, no te gastes mi aire de respirar, mi sueГ±o de dormir, el ГЎmbito de la oscuridad de este cuarto donde nunca habГ­a entrado ni habГ­a de entrar una mujer, apГЎgame esa rosa, gemГ­a, mientras gateaba en busca de la llave de la luz y encontraba a Manuela SГЎnchez de mi locura en lugar de la luz, carajo, por quГ© te tengo que encontrar si no te me has perdido, si quieres llГ©vate mi casa, la patria entera con su dragГіn, pero dГ©jame encender la luz, alacrГЎn de mis noches, Manuela SГЎnchez de mi potra, hija de puta, gritГі, creyendo que la luz lo liberaba del hechizo, gritando que la saquen, que la dejen sin mГ­, que la echen en los cantiles con un ancla en el cuello para que nadie vuelva a padecer el fulgor de su rosa, se iba desgaГ±itando de pavor por los corredores, chapaleando en las tortas de boГ±iga de la oscuridad, preguntГЎndose aturdido quГ© pasaba en el mundo que van a ser las ocho y todos duermen en esta casa de malandrines, levГЎntense, cabrones, gritaba, se encendieron las luces, tocaron diana a las tres, la repitieron en la fortaleza del puerto, en la guarniciГіn de San JerГіnimo, en los cuarteles del paГ­s, y habГ­a un estrГ©pito de armas asustadas, de rosas que se abrieron cuando aГєn faltaban dos horas para el sereno, de concubinas sonГЎmbulas que sacudГ­an alfombras bajo las estrellas y destapaban las jaulas de los pГЎjaros dormidos y cambiaban por flores de anoche las flores trasnochadas de los floreros, y habГ­a un tropel de albaГ±iles que construГ­an paredes de emergencia y desorientaban a los girasoles pegando soles de papel dorado en los vidrios de las ventanas para que no se viera que todavГ­a era noche en el cielo y era domingo veinticinco en la casa y era abril en el mar, y habГ­a un escГЎndalo de chinos lavanderos que echaban de las camas a los Гєltimos dormidos para llevarse las sГЎbanas, ciegos premonitorios que anunciaban amor donde no estaba, funcionarios viciosos que encontraban gallinas poniendo los huevos del lunes cuando estaban todavГ­a los de ayer en las gavetas de los archivos, y habГ­a un bullicio de muchedumbres aturdidas y peleas de perros en los consejos de gobierno convocados de urgencia mientras Г©l se abrГ­a paso deslumbrado por el dГ­a repentino entre los aduladores impГЎvidos que lo proclamaban descompositor de la madrugada, comandante del tiempo y depositario de la luz, hasta que un oficial del mando supremo se atreviГі a detenerlo en el vestГ­bulo y se cuadrГі frente a Г©l con la novedad mi general de que apenas son las dos y cinco, otra voz, las tres y cinco de la madrugada mi general, y Г©l le cruzГі la cara con el revГ©s feroz de la mano y aullГі con todo el pecho asustado para que lo escucharan en el mundo entero, son las ocho, carajo, las ocho, dije, orden de Dios. BendiciГіn Alvarado le preguntГі al verlo entrar en la mansiГіn de los suburbios de dГіnde vienes con ese semblante que pareces picado de tarГЎntula, quГ© haces con esa mano en el corazГіn, le dijo, pero Г©l se derrumbГі en la poltrona de mimbre sin contestarle, cambiГі la mano de lugar, habГ­a vuelto a olvidarla cuando su madre lo apuntГі con el pincel de pintar oropГ©ndolas y preguntГі asombrada si de veras se creГ­a el CorazГіn de JesГєs con esos ojos lГЎnguidos y esa mano en el pecho, y Г©l la escondiГі ofuscado, mierda madre, dio un portazo, se fue, se quedГі dando vueltas en la casa con las manos en los bolsillos para que no se le pusieran por su cuenta donde no debГ­an, contemplaba la lluvia por la ventana, vio resbalar el agua por las estrellas de papel de galletitas y las lunas de metal plateado que habГ­an puesto en los cristales para que parecieran las ocho de la noche a las tres de la tarde, vio los soldados de la guardia ateridos en el patio, vio el mar triste, la lluvia de Manuela SГЎnchez en tu ciudad sin ella, el terrible salГіn vacГ­o, las sillas puestas al revГ©s sobre las mesas, la soledad irreparable de las primeras sombras de otro sГЎbado efГ­mero de otra noche sin ella, carajo, si al menos me quitaran lo bailado que es lo que mГЎs me duele, suspirГі, sintiГі vergГјenza de su estado, repasГі los sitios del cuerpo donde poner la mano errante que no fuera en el corazГіn, se la puso por fin en la potra apaciguada por la lluvia, era igual, tenГ­a la misma forma, el mismo peso, dolГ­a lo mismo, pero era todavГ­a mГЎs atroz como tener el propio corazГіn en carne viva en la palma de la mano, y sГіlo entonces entendiГі lo que tantas gentes de otros tiempos le habГ­an dicho que el corazГіn es el tercer cojГіn mi general, carajo, se apartГі de la ventana, dio vueltas en la sala de audiencias con la ansiedad sin recursos de un presidente eterno con una espina de pescado atravesada en el alma, se encontrГі en la sala del consejo de ministros oyendo como siempre sin entender, sin oГ­r, padeciendo un informe soporГ­fero sobre la situaciГіn fiscal, de pronto algo ocurriГі en el aire, se callГі el ministro de hacienda, los otros lo miraban a Г©l por las rendijas de una coraza agrietada por el dolor, se vio a sГ­ mismo inerme y solo en el extremo de la mesa de nogal con el semblante trГ©mulo por haber sido descubierto a plena luz en su estado de lГЎstima de presidente vitalicio con la mano en el pecho, se le quemГі la vida en las brasas glaciales de los minuciosos ojos de orfebre de mi compadre el ministro de la salud que parecГ­an examinarlo por dentro mientras le daba vueltas a la leontina del relojito de oro del chaleco, cuidado, dijo alguien, debe ser una punzada, pero ya Г©l habГ­a puesto su mano de sirena endurecida de rabia en la mesa de nogal, recobrГі el color, escupiГі con las palabras una rГЎfaga mortГ­fera de autoridad, ya quisieran ustedes que fuera una punzada, cabrones, continГєen, continuaron, pero hablaban sin oГ­rse pensando que algo grave debГ­a pasarle a Г©l si tenia tanta rabia, lo cuchichearon, corriГі el rumor, lo seГ±alaban, mГ­renlo cГіmo estГЎ de acontecido que tiene que agarrarse el corazГіn, se le rompieron las costuras, murmuraban, se propalГі la versiГіn de que habГ­a hecho llamar de urgencia al ministro de la salud y que Г©ste lo encontrГі con el brazo derecho puesto como una pata de cordero sobre la mesa de nogal y le ordenГі que me lo corte, compadre, humillado por su triste condiciГіn de presidente baГ±ado en lГЎgrimas, pero el ministro le contestГі que no, general, esa orden no la cumplo aunque me fusile, le dijo, es un asunto de justicia, general, yo valgo menos que su brazo. Estas y muchas otras versiones de su estado se iban haciendo cada vez mГЎs intensas mientras Г©l media en los establos la leche para los cuarteles viendo cГіmo se alzaba en el cielo el martes de ceniza de Manuela SГЎnchez, hacia sacar a los leprosos de los rosales para que no apestaran las rosas de tu rosa, buscaba los lugares solitarios de la casa para cantar sin ser oГ­do tu primer vals de reina, para que no me olvides, cantaba, para que sientas que te mueres si me olvidas, cantaba, se sumergГ­a en el cieno de los cuartos de las concubinas tratando de encontrar alivio para su tormento, y por primera vez en su larga vida de amante fugaz se le desenfrenaban los instintos, se demoraba en pormenores, les desentraГ±aba los suspiros a las mujeres mГЎs mezquinas, una vez y otra vez, y las hacГ­a reГ­r de asombro en las tinieblas no le da pena general, a sus aГ±os, pero Г©l sabГ­a de sobra que aquella voluntad de resistir eran engaГ±os que se hacГ­a a sГ­ mismo para perder el tiempo, que cada tranco de su soledad, cada tropiezo de su respiraciГіn lo acercaban sin remedio a la canГ­cula de las dos de la tarde ineludible en que se fue a suplicar por el amor de Dios el amor de Manuela SГЎnchez en el palacio del muladar de tu reino feroz de tu barrio dejas peleas de perro, se fue vestido de civil, sin escolta, en un automГіvil de servicio pГєblico que se escabullГі petardeando por el vapor de gasolina rancia de la ciudad postrada en el letargo de la siesta, eludiГі el fragor asiГЎtico de los vericuetos del comercio, vio la mar grande de Manuela SГЎnchez de mi perdiciГіn con un alcatraz solitario en el horizonte, vio los tranvГ­as decrГ©pitos que van hasta tu casa y ordenГі que los cambien por tranvГ­as amarillos de vidrios nublados con un trono de terciopelo para Manuela SГЎnchez, vio los balnearios desiertos de tus domingos de mar y ordenГі que pusieran casetas de vestirse y una bandera de color distinto segГєn los humores del tiempo y una malla de acero en una playa reservada para Manuela SГЎnchez, vio las quintas con terrazas de mГЎrmol y prados pensativos de las catorce familias que Г©l habГ­a enriquecido con sus favores, vio una quinta mГЎs grande con surtidores giratorios y vitrales en los balcones donde te quiero ver viviendo para mГ­, y la expropiaron por asalto, decidiendo la suerte del mundo mientras soГ±aba con los ojos abiertos en el asiento posterior del coche de latas sueltas hasta que se acabГі la brisa del mar y se acabГі la ciudad y se metiГі por las troneras de las ventanas el fragor luciferino de tu barrio de las peleas de perro donde Г©l se vio y no se creyГі pensando madre mГ­a BendiciГіn Alvarado mГ­rame dГіnde estoy sin ti, favorГ©ceme, pero nadie reconociГі en el tumulto los ojos desolados, los labios dГ©biles, la mano lГЎnguida en el pecho, la voz de hablar dormido del bisabuelo asomado por los vidrios rotos con un vestido de lino blanco y un sombrero de capataz que andaba averiguando dГіnde vive Manuela SГЎnchez de mi vergГјenza, la reina de los pobres, seГ±ora, la de la rosa en la mano, preguntГЎndose asustado dГіnde podГ­as vivir en aquella tropelГ­a de nudos de espinazos erizados de miradas satГЎnicas de colmillos sangrientos del reguero de aullidos fugitivos con el rabo entre las patas de la carnicerГ­a de perros que se descuartizaban a mordiscos en los barrizales, dГіnde estarГЎ el olor de regaliz de tu respiraciГіn en este trueno continuo de altavoces de hija de puta serГЎs tu tormento de mi vida de los borrachos sacados a patadas del matadero de las cantinas, dГіnde te habrГЎs perdido en laparranda sin tГ©rmino del maranguango y la burundanga y el gordolobo y la manta de bandera y el tremendo salchichГіn de hoyito y el centavo negro de Г±apa en el delirio perpetuo del paraГ­so mГ­tico del Negro AdГЎn y Juancito Trucupey, carajo, cuГЎl es tu casa de vivir en este estruendo de paredes descascaradas de color amarillo de ahuyama con cenefas moradas de balandrГЎn de obispo con ventanas de verde cotorra con tabiques de azul de pelotica con pilares rosados de tu rosa en la mano, quГ© hora serГЎ en tu vida si estos desmerecidos desconocen mis Гіrdenes de que ahora sean las tres y no las ocho de la noche de ayer como parece en este infierno, cuГЎl eres tГє de estas mujeres que cabecean en las salas vacГ­as ventilГЎndose con la falda despatarradas en los mecedores respirando de calor por entre las piernas mientras Г©l preguntaba a travГ©s de los huecos de la ventana dГіnde vive Manuela SГЎnchez de mi rabia, la del traje de espuma con luces de diamantes y la diadema de oro macizo que Г©l le habГ­a regalado en el primer aniversario de la coronaciГіn, ya sГ© quiГ©n es, seГ±or, dijo alguien en el tumulto, una tetona nalgoncita que se cree la mamГЎ de la gorila, vive ahГ­, seГ±or, ahГ­, en una casa como todas, pintada a gritos, con la huella fresca de alguien que habГ­a resbalado en una plasta de porquerГ­a de perro en el sardinel de mosaicos, una casa de pobre tan diferente de Manuela SГЎnchez en la poltrona de los virreyes que costaba trabajo creer que fuera Г©sa, pero era Г©sa, madre mГ­a BendiciГіn Alvarado de mis entraГ±as, dame tu fuerza para entrar, madre, porque era Г©sa, habГ­a dado diez vueltas a la manzana mientras recobraba el aliento, habГ­a llamado a la puerta con tres golpes de los nudillos que parecieron tres sГєplicas, habГ­a esperado en la sombra ardiente del saledizo sin saber si el mal aire que respiraba estaba pervertido por la resolana o la ansiedad, esperГі sin pensar siquiera en su propio estado hasta que la madre de Manuela SГЎnchez lo hizo entrar en la fresca penumbra olorosa a residuos de pescado de la sala amplia y escueta de una casa dormida que era mГЎs grande por dentro que por fuera, examinaba el ГЎmbito de su frustraciГіn desde el taburete de cuero en que se habГ­a sentado mientras la madre de Manuela SГЎnchez la despertaba de la siesta, vio las paredes chorreadas de goteras de lluvias viejas, un sofГЎ roto, otros dos taburetes con fondos de cuero, un piano sin cuerdas en el rincГіn, nada mГЎs, carajo, tanto sufrir para esta vaina, suspiraba, cuando la madre de Manuela SГЎnchez regresГі con una canastilla de labor y se sentГі a tejer encajes mientras Manuela SГЎnchez se vestГ­a, se peinaba, se ponГ­a sus mejores zapatos para atender con la debida dignidad al anciano imprevisto que se preguntaba perplejo dГіnde estarГЎs Manuela SГЎnchez de mi infortunio que te vengo a buscar y no te encuentro en esta casa de mendigos, dГіnde estarГЎ tu olor de regaliz en esta peste de sobras de almuerzo, dГіnde estarГЎ tu rosa, dГіnde tu amor, sГЎcame del calabozo de estas dudas de perro, suspiraba, cuando la vio aparecer en la puerta interior como la imagen de un sueГ±o reflejada en el espejo de otro sueГ±o con un traje de etamina de a cuartillo la yarda, el cabello amarrado de prisa con una peineta, los zapatos rotos, pero era la mujer mГЎs hermosa y mГЎs altiva de la tierra con la rosa encendida en la mano, una visiГіn tan deslumbrante que Г©l apenas si tuvo dominio para inclinarse cuando ella lo saludГі con la cabeza levantada Dios guarde a su excelencia, y se sentГі en el sofГЎ, enfrente de Г©l, donde no la alcanzaron los efluvios de su grajo fГ©tido, y entonces me atrevГ­ a mirarlo de frente por primera vez haciendo girar con dos dedos la brasa de la rosa para que no se me notara el terror, escrutГ© sin piedad los labios de murciГ©lago, los ojos mudos que parecГ­an mirarme desde el fondo de un estanque, el pellejo lampiГ±o de terrones de tierra amasados con aceite de hiel que se hacГ­a mГЎs tirante e intenso en la mano derecha del anillo del sello presidencial exhausta en la rodilla, su traje de lino escuГЎlido como si dentro no estuviera nadie, sus enormes zapatos de muerto, su pensamiento invisible, su poder oculto, el anciano mГЎs antiguo de la tierra, el mГЎs temible, el mГЎs aborrecido y el menos compadecido de la patria que se abanicaba con el sombrero de capataz contemplГЎndome en silencio desde su otra orilla, Dios mГ­o, quГ© hombre tan triste, pensГ© asustada, y preguntГі sin compasiГіn en quГ© puedo servirle excelencia, y Г©l contestГі con un aire solemne que sГіlo vengo a pedirle un favor, majestad, que me reciba esta visita. La visitГі sin alivio durante meses y meses, todos los dГ­as en las horas muertas del calor en que solГ­a visitar a su madre para que los servicios de seguridad creyeran que estaba en la mansiГіn de los suburbios, porque sГіlo Г©l ignoraba lo que todo el mundo sabГ­a que los fusileros del general Rodrigo de Aguilar lo protegГ­an agazapados en las azoteas, endemoniaban el trГЎnsito, desocupaban a culatazos las calles por donde Г©l tenГ­a que pasar, las mantenГ­an vedadas para que parecieran desiertas desde las dos hasta las cinco con orden de tirar a matar si alguien trataba de asomarse en los balcones, pero hasta los menos curiosos se las arreglaban para aguaitar el paso fugitivo de la limusina presidencial pintada de automГіvil de servicio pГєblico con el anciano canicular escondido de civil dentro del traje de lino inocente, veГ­an su palidez de huГ©rfano, su semblante de haber visto amanecer muchos dГ­as, de haber llorado escondido, de no importarle ya lo que pensaran de la mano en el pecho, el arcaico animal taciturno que iba dejando un rastro de ilusiones de mГ­renlo cГіmo va que ya no puede con su alma en el aire vidriado de calor de las calles prohibidas, hasta que las suposiciones de enfermedades raras se hicieron tan ruidosas y mГєltiples que terminaron por tropezar con la verdad de que Г©l no estaba en casa de su madre sino en la sala en penumbra del remanso secreto de Manuela SГЎnchez bajo la vigilancia implacable de la madre que tricotaba sin respirar, pues era para ella que compraba las mГЎquinas de ingenio que tanto entristecГ­an a BendiciГіn Alvarado, trataba de seducirla con el misterio de las agujas magnГ©ticas, las tormentas de nieve del enero cautivo de los pisapapeles de cuarzo, los aparatos de astrГіnomos y boticarios, los pirГіgrafos, manГіmetros, metrГіnomos y girГіscopos que Г©l continuaba comprando a quien quisiera vendГ©rselos contra el criterio de su madre, contra su propia avaricia de hierro, y sГіlo por la dicha de gozarlos con Manuela SГЎnchez, le ponГ­a en el oГ­do la caracola patriГіtica que no tenГ­a dentro el resuello del mar sino las marchas militares que exaltaban su rГ©gimen, les acercaba la llama del fГіsforo a los termГіmetros para que veas subir y bajar el azogue opresivo de lo que pienso por dentro, contemplaba a Manuela SГЎnchez sin pedirle nada, sin expresarle sus intenciones, sino que la abrumaba en silencio con aquellos regalos dementes para tratar de decirle con ellos lo que Г©l no era capaz de decir, pues sГіlo sabГ­a manifestar sus anhelos mГЎs Г­ntimos con los sГ­mbolos visibles de su poder descomunal como el dГ­a del cumpleaГ±os de Manuela SГЎnchez en que le habГ­a pedido que abriera la ventana y ella la abriГі y me quedГ© petrificada de pavor al ver lo que habГ­an hecho de mi pobre barrio de las peleas de perro, vi las blancas casas de madera con ventanas de anjeo y terrazas de flores, los prados azules con surtidores de aguas giratorias, los pavorreales, el viento de insecticida glacial, una rГ©plica infame de las antiguas residencias de los oficiales de ocupaciГіn que habГ­an sido calcadas de noche y en silencio, habГ­an degollado a los perros, habГ­an sacado de sus casas a los antiguos habitantes que no tenГ­an derecho a ser vecinos de una reina y los habГ­an mandado a pudrirse en otro muladar, y asГ­ habГ­an construido en muchas noches furtivas el nuevo barrio de Manuela SГЎnchez para que tГє lo vieras desde tu ventana el dГ­a de tu onomГЎstico, ahГ­ lo tienes, reina, para que cumplas muchos aГ±os felices, para ver si estos alardes de poder conseguГ­an ablandar tu conducta cortГ©s pero invencible de no se acerque demasiado, excelencia, que ahГ­ estГЎ mi mamГЎ con las aldabas de mi honra, y Г©l se ahogaba en sus anhelos, se comГ­a la rabia, tomaba a sorbos lentos de abuelo el agua de guanГЎbana fresca de piedad que ella le preparaba para darle de beber al sediento, soportaba la punzada del hielo en la sien para que no le descubrieran los desperfectos de la edad, para que no me quieras por lГЎstima despuГ©s de haber agotado todos los recursos para que lo quisiera por amor, lo dejaba tan sГіlo cuando estoy contigo que no me quedan ГЎnimos ni para estar, agonizando por rozarla asГ­ fuera con el aliento antes de que el arcГЎngel de tamaГ±o humano volara dentro de la casa tocando la campana de mi hora mortal, y Г©l se ganaba un Гєltimo sorbo de la visita mientras guardaba los juguetes en los estuches originales para que no los haga polvo la carcoma del mar, sГіlo un minuto, reina, se levantaba desde ahora hasta maГ±ana, toda una vida, quГ© vaina, apenas si le sobraba un instante para mirar por Гєltima vez a la doncella inasible que al paso del arcГЎngel se habГ­a quedado inmГіvil con la rosa muerta en el regazo mientras Г©l se iba, se escabullГ­a entre las primeras sombras tratando de ocultar una vergГјenza de dominio pГєblico que todo el mundo comentaba en la calle, la propalaba una canciГіn anГіnima que el paГ­s entero conocГ­a menos Г©l, hasta los loros cantaban en los patios apГЎrtense mujeres que ahГ­ viene el general llorando verde con la mano en el pecho, mГ­renlo cГіmo va que ya no puede con su poder, que estГЎ gobernando dormido, que tiene una herida que no se le cierra, la aprendieron los loros cimarrones de tanto oГ­rsela cantar a los loros cautivos, se la aprendieron las cotorras y los arrendajos y se la llevaron en bandadas hasta mГЎs allГЎ de los confines de su desmesurado reino de pesadumbre, y en todos los cielos de la patria se oyГі al atardecer aquella voz unГЎnime de multitudes fugitivas que cantaban que ahГ­ viene el general de mis amores echando caca por la boca y echando leyes por la popa, una canciГіn sin tГ©rmino a la que todo el mundo hasta los loros le agregaban estrofas para burlar a los servicios de seguridad del estado que trataban de capturarla, las patrullas militares apertrechadas para la guerra rompГ­an portillos en los patios y fusilaban a los loros subversivos en las estacas, les echaban puГ±ados de pericos vivos a los perros, declararon el estado de sitio tratando de extirpar la canciГіn enemiga para que nadie descubriera lo que todo el mundo sabГ­a que era Г©l quien se deslizaba como un prГіfugo del atardecer por las puertas de servicio de la casa presidencial, atravesaba las cocinas y desaparecГ­a entre el humo de las bostas de las habitaciones privadas hasta maГ±ana a las cuatro, reina, hasta todos los dГ­as a la misma hora en que llegaba a la casa de Manuela SГЎnchez cargado de tantos regalos insГіlitos que habГ­an tenido que apoderarse de las casas vecinas y derribar paredes medianeras para tener donde ponerlos, asГ­ que la sala original quedГі convertida en un galpГіn inmenso y sombrГ­o donde habГ­a incontables relojes de todas las Г©pocas, habГ­a toda clase de gramГіfonos desde los primitivos de cilindro hasta los de diafragma de espejo, habГ­a numerosas mГЎquinas de coser de manivela, de pedal, de motor, dormitorios enteros de galvanГіmetros, boticas homeopГЎticas, cajas de mГєsica, aparatos de ilusiones Гіpticas, vitrinas de mariposas disecadas, herbarios asiГЎticos, laboratorios de fisioterapia y educaciГіn corporal, mГЎquinas de astronomГ­a, ortopedia y ciencias naturales, y todo un mundo de muГ±ecas con mecanismos ocultos de virtudes humanas, habitaciones canceladas en las que nadie entraba ni siquiera para barrer porque las cosas se quedaban donde las habГ­an puesto cuando las llevaron, nadie querГ­a saber de ellas y Manuela SГЎnchez menos que nadie pues no querГ­a saber nada de la vida desde el sГЎbado negro en que me sucediГі la desgracia de ser reina, aquella tarde se me acabГі el mundo, sus antiguos pretendientes habГ­an muerto uno despuГ©s del otro fulminados por colapsos impunes y enfermedades inverosГ­miles, sus amigas desaparecГ­an sin dejar rastros, se la habГ­an llevado sin moverla de su casa para un barrio de extraГ±os, estaba sola, vigilada en sus intenciones mГЎs Г­nfimas, cautiva de una trampa del destino en la que no tenГ­a valor para decir que no ni tenГ­a tampoco suficiente valor para decir que sГ­ a un pretendiente abominable que la acechaba con un amor de asilo, que la contemplaba con una especie de estupor reverencial abanicГЎndose con el sombrero blanco, ensopado en sudor, tan lejos de si mismo que ella se habГ­a preguntado si de veras la veГ­a o si era sГіlo una visiГіn de espanto, lo habГ­a visto titubeando a plena luz, lo habГ­a visto masticar las aguas de frutas, lo habГ­a visto cabecear de sueГ±o en la poltrona de mimbre con el vaso en la mano cuando el zumbido de cobre de las chicharras hacГ­a mГЎs densa la penumbra de la sala, lo habГ­a visto roncar, cuidado excelencia, le dijo, Г©l despertaba sobresaltado murmurando que no, reina, no me habГ­a dormido, sГіlo habГ­a cerrado los ojos, decГ­a, sin darse cuenta de que ella le habГ­a quitado el vaso de la mano para que no se le cayera mientras dormГ­a, lo habГ­a entretenido con astucias sutiles hasta la tarde increГ­ble en que Г©l llegГі a la casa ahogГЎndose con la noticia de que hoy te traigo el regalo mГЎs grande del universo, un prodigio del cielo que va a pasar esta noche a las once cero seis para que tГє lo veas, reina, sГіlo para que tГє lo veas, y era el cometa. Fue una de nuestras grandes fechas de desilusiГіn, pues desde hacГ­a tiempo se habГ­a divulgado una especie como tantas otras de que el horario de su vida no estaba sometido a las normas del tiempo humano sino a los ciclos del cometa, que Г©l habГ­a sido concebido para verlo una vez pero no habГ­a de verlo la segunda a pesar de los augurios arrogantes de sus aduladores, asГ­ que habГ­amos esperado como quien esperaba la fecha de nacer la noche secular de noviembre en que se prepararon las mГєsicas de gozo, las campanas de jГєbilo, los cohetes de fiesta que por primera vez en un siglo no estallaban para exaltar su gloria sino para esperar los once golpes de metal de las once que habГ­an de seГ±alar el tГ©rmino de sus aГ±os, para celebrar un acontecimiento providencial que Г©l esperГі en la azotea de la casa de Manuela SГЎnchez, sentado entre ella y su madre, respirando con fuerza para que no le conocieran los apuros del corazГіn bajo un cielo aterido de malos presagios, aspirando por primera vez el aliento nocturno de Manuela SГЎnchez, la intensidad de su intemperie, su aire libre, sintiГі en el horizonte los tambores de conjuro que salГ­an al encuentro del desastre, escuchГі lamentos lejanos, los rumores de limo volcГЎnico de las muchedumbres que se prosternaban de terror ante una criatura ajena a su poder que habГ­a precedido y habГ­a de trascender los aГ±os de su edad, SintiГі Г©l peso del tiempo, padeciГі por un instante la desdicha de ser mortal, y entonces lo vio, ahГ­ estГЎ, dijo, y ahГ­ estaba, porque Г©l lo conocГ­a, lo habГ­a visto cuando pasГі para el otro lado del universo, era el mismo, reina, mГЎs antiguo que el mundo, la doliente medusa de lumbre del tamaГ±o del cielo que a cada palmo de su trayectoria regresaba un millГіn de aГ±os a su origen, oyeron el zumbido de flecos de papel de estaГ±o, vieron su rostro atribulado, sus ojos anegados de lГЎgrimas, el rastro de venenos helados de su cabellera desgreГ±ada por los vientos del espacio que iba dejando en el mundo un reguero de polvo radiante de escombros siderales y amaneceres demorados por lunas de alquitrГЎn y cenizas de crГЎteres de ocГ©anos anteriores a los orГ­genes del tiempo de la tierra, ahГ­ lo tienes, reina, murmurГі, mГ­ralo bien, que no volveremos a verlo hasta dentro de un siglo, y ella se persignГі aterrada, mГЎs hermosa que nunca bajo el resplandor de fГіsforo del cometa y con la cabeza nevada por la llovizna tenue de escombros astrales y sedimentos celestes, y entonces fue cuando ocurriГі, madre mГ­a BendiciГіn Alvarado, ocurriГі que Manuela SГЎnchez habГ­a visto en el cielo el abismo de la eternidad y tratando de agarrarse de la vida tendiГі la mano en el vacГ­o y el Гєnico asidero que encontrГі fue la mano indeseable con el anillo presidencial, su cГЎlida y tersa mano de rapiГ±a cocinada al rescoldo del fuego lento del poder. Fueron muy pocos quienes se conmovieron con el transcurso bГ­blico de la medusa de lumbre que espantГі a los venados del cielo y fumigГі a la patria con un rastro de polvo radiante de escombros siderales, pues aun los mГЎs incrГ©dulos estГЎbamos pendientes de aquella muerte descomunal que habГ­a de destruir los principios de la cristiandad e implantar los orГ­genes del tercer testamento, esperamos en vano hasta el amanecer, regresamos a casa mГЎs cansados de esperar que de no dormir por las calles de fin de fiesta donde las mujeres del alba barrГ­an la basura celeste de los residuos del cometa, y ni siquiera entonces nos resignГЎbamos a creer que fuera cierto que nada habГ­a pasado, sino al contrario, que habГ­amos sido vГ­ctimas de un nuevo engaГ±o histГіrico, pues los Гіrganos oficiales proclamaron el paso del cometa como una victoria del rГ©gimen contra las fuerzas del mal, se aprovechГі la ocasiГіn para desmentir las suposiciones de enfermedades raras con actos inequГ­vocos de la vitalidad del hombre del poder, se renovaron las consignas, se hizo pГєblico un mensaje solemne en que Г©l habГ­a expresado mi decisiГіn Гєnica y soberana de que estarГ© en mi puesto al servicio de la patria cuando volviera a pasar el cometa, pero en cambio Г©l oyГі las mГєsicas y los cohetes como si no fueran de su rГ©gimen, oyГі sin conmoverse el clamor de la multitud concentrada en la Plaza de Armas con grandes letreros de gloria eterna al benemГ©rito que ha de vivir para contarlo, no le importaban los estorbos del gobierno, delegaba su autoridad en funcionarios menores atormentado por el recuerdo de la brasa de la mano de Manuela SГЎnchez en su mano, soГ±ando con vivir de nuevo aquel instante feliz aunque se torciera el rumbo de la naturaleza y se estropeara el universo, deseГЎndolo con tanta intensidad que terminГі por suplicar a sus astrГіnomos que le inventaran un cometa de pirotecnia, un lucero fugaz, un dragГіn de candela, cualquier ingenio sideral que fuera lo bastante terrorГ­fico para causarle un vГ©rtigo de eternidad a una mujer hermosa, pero lo Гєnico que pudieron encontrar en sus cГЎlculos fue un eclipse total de sol para el miГ©rcoles de la semana prГіxima a las cuatro de la tarde mi general, y Г©l aceptГі, de acuerdo, y fue una noche tan verГ­dica a pleno dГ­a que se encendieron las estrellas, se marchitaron las flores, las gallinas se recogieron y se sobrecogieron los animales de mejor instinto premonitorio, mientras Г©l aspiraba el aliento crepuscular de Manuela SГЎnchez que se le iba volviendo nocturno a medida que la rosa languidecГ­a en su mano por el engaГ±o de las sombras, ahГ­ lo tienes, reina, le dijo, es tu eclipse, pero Manuela SГЎnchez no contestГі, no le tocГі la mano, no respiraba, parecГ­a tan irreal que Г©l no pudo soportar el anhelo y extendiГі la mano en la oscuridad para tocar su mano, pero no la encontrГі, la buscГі con la yema de los dedos en el sitio donde habГ­a estado su olor, pero tampoco la encontrГі, siguiГі buscГЎndola con las dos manos por la casa enorme, braceando con los ojos abiertos de sonГЎmbulo en las tinieblas, preguntГЎndose dolorido dГіnde estarГЎs Manuela SГЎnchez de mi desventura que te busco y no te encuentro en la noche desventurada de tu eclipse, dГіnde estarГЎ tu mano inclemente, dГіnde tu rosa, nadaba como un buzo extraviado en un estanque de aguas invisibles en cuyos aposentos encontraba flotando las langostas prehistГіricas de los galvanГіmetros, los cangrejos de los relojes de mГєsica, los bogavantes de tus mГЎquinas de oficios ilusorios, pero en cambio no encontraba ni el aliento de regaliz de tu respiraciГіn, y a medida que se disipaban las sombras de la noche efГ­mera se iba encendiendo en su alma la luz de la verdad y se sintiГі mГЎs viejo que Dios en la penumbra del amanecer de las seis de la tarde de la casa desierta, se sintiГі mГЎs triste, mГЎs solo que nunca en la soledad eterna de este mundo sin ti, mi reina, perdida para siempre en el enigma del eclipse, para siempre jamГЎs, porque nunca en el resto de los larguГ­simos aГ±os de su poder volviГі a encontrar a Manuela SГЎnchez de mi perdiciГіn en el laberinto de su casa, se esfumГі en la noche del eclipse mi general, le decГ­an que la vieron en un baile de plenas de Puerto Rico, allГЎ donde cortaron a Elena mi general, pero no era ella, que la vieron en la parranda del velorio de PapГЎ Montero, zumba, canalla rumbero, pero tampoco era ella, que la vieron en el tiquiquitaque de Barlovento sobre la mina, en la cumbiamba de Aracataca, en el bonito viento del tamborito de PanamГЎ, pero ninguna era ella, mi general, se la llevГі el carajo, y si entonces no se abandonГі al albedrГ­o de la muerte no habГ­a sido porque le hiciera falta rabia para morir sino porque sabГ­a que estaba condenado sin remedio a no morir de amor, lo sabГ­a desde una tarde de los principios de su imperio en que recurriГі a una pitonisa para que le leyera en las aguas de un lebrillo las claves del destino que no estaban escritas en la palma de su mano, ni en las barajas, ni en el asiento del cafГ©, ni en ningГєn otro medio de averiguaciГіn, sГіlo en aquel espejo de aguas premonitorias donde se vio a sГ­ mismo muerto de muerte natural durante el sueГ±o en la oficina contigua a la sala de audiencias, y se vio tirado bocabajo en el suelo como habГ­a dormido todas las noches de la vida desde su nacimiento, con el uniforme de lienzo sin insignias, las polainas, la espuela de oro, el brazo derecho doblado bajo la cabeza para que le sirviera de almohada, y a una edad indefinida entre los 107 y los 232 aГ±os.

 

AsГ­ lo encontraron en las vГ­speras de su otoГ±o, cuando el cadГЎver era en realidad el de Patricio AragonГ©s, y asГ­ volvimos a encontrarlo muchos aГ±os mГЎs tarde en una Г©poca de tantas incertidumbres que nadie podГ­a rendirse a la evidencia de que fuera suyo aquel cuerpo senil carcomido de gallinazos y plagado de parГЎsitos de fondo de mar. En la mano amorcillada por la putrefacciГіn no quedaba entonces ningГєn indicio de que hubiera estado alguna vez en el pecho por los desaires de una doncella improbable de los tiempos del ruido, ni habГ­amos encontrado rastro alguno de su vida que pudiera conducirnos al establecimiento inequГ­voco de su identidad. No nos parecГ­a insГіlito, por supuesto, que esto ocurriera en nuestros aГ±os, si aun en los suyos de mayor gloria habГ­a motivos para dudar de su existencia, y si sus propios sicarios carecГ­an de una nociГіn exacta de su edad, pues hubo Г©pocas de confusiГіn en que parecГ­a tener ochenta aГ±os en las tГіmbolas de beneficencia, sesenta en lasaudiencias civiles y hasta menos de cuarenta en las celebraciones de las fiestas pГєblicas. El embajador Palmerston, uno de los Гєltimos diplomГЎticos que le presentГі las cartas credenciales, contaba en sus memorias prohibidas que era imposible concebir una vejez tan avanzada como la suya ni un estado de desorden y abandono como el de aquella casa de gobierno en que tuvo que abrirse paso por entre un muladar de papeles rotos y cagadas de animales y restos de comidas de perros dormidos en los corredores, nadie me dio razГіn de nada en alcabalas y oficinas y tuve que valerme de los leprosos y los paralГ­ticos que ya habГ­an invadido las primeras habitaciones privadas y me indicaron el camino de la sala de audiencias donde las gallinas picoteaban los trigales ilusorios de los gobelinos y una vaca desgarraba para comГ©rselo el lienzo del retrato de un arzobispo, y me di cuenta de inmediato que Г©l estaba mГЎs sordo que un trompo no sГіlo porque le preguntaba de una cosa y me contestaba sobre otra sino tambiГ©n porque se dolГ­a de que los pГЎjaros no cantaran cuando en realidad costaba trabajo respirar con aquel alboroto de pГЎjaros que era como atravesar un monte al amanecer, y Г©l interrumpiГі de pronto la ceremonia de las cartas credenciales con la mirada lГєcida y la mano en pantalla detrГЎs de la oreja seГ±alando por la ventana la llanura de polvo donde estuvo el mar y diciendo con una voz de despertar dormidos que escuche ese tropel de mulos que viene por allГЎ, escuche mi querido Stetson, es el mar que vuelve. Era difГ­cil admitir que aquel anciano irreparable fuera el mismo hombre mesiГЎnico que en los orГ­genes de su rГ©gimen aparecГ­a en los pueblos a la hora menos pensada sin mГЎs escolta que un guajiro descalzo con un machete de zafra y un reducido sГ©quito de diputados y senadores que Г©l mismo designaba con el dedo segГєn los impulsos de su digestiГіn, se informaba sobre el rendimiento de las cosechas y el estado de salud de los animales y la conducta de la gente, se sentaba en un mecedor de bejuco a la sombra de los palos de mango de la plaza abanicГЎndose con el sombrero de capataz que entonces usaba, y aunque parecГ­a adormilado por el calor no dejaba sin esclarecer un solo detalle de cuanto conversaba con los hombres y mujeres que habГ­a convocado en torno suyo llamГЎndolos por sus nombres y apellidos como si tuviera dentro de la cabeza un registro escrito de los habitantes y las cifras y los problemas de toda la naciГіn, de modo que me llamГі sin abrir los ojos, ven acГЎ Jacinta Morales, me dijo, cuГ©ntame quГ© fue del muchacho a quien Г©l mismo habГ­a barbeado el aГ±o anterior para que se tomara un frasco de aceite de ricino, y tГє, Juan Prieto, me dijo, cГіmo estГЎ tu toro de siembra que Г©l mismo habГ­a tratado con oraciones de peste para que se le cayeran los gusanos de las orejas, y tГє Matilde Peralta, a ver quГ© me das por devolverte entero al prГіfugo de tu marido, ahГ­ lo tienes, arrastrado por el pescuezo con una cabuya y advertido por Г©l en persona de que se iba a pudrir en el cepo chino la prГіxima vez que tratara de abandonar a la esposa legГ­tima, y con el mismo sentido del gobierno inmediato habГ­a ordenado a un matarife que le cortara las manos en espectГЎculo pГєblico a un tesorero prГіdigo, y arrancaba los tomates de un huerto privado y se los comГ­a con Г­nfulas de buen conocedor en presencia de sus agrГіnomos diciendo que a esta tierra le falta mucho cagajГіn de burro macho, que se lo echen por cuenta del gobierno, ordenaba, e interrumpiГі el paseo cГ­vico y me gritГі por la ventana muerto de risa ajГЎ Lorenza LГіpez cГіmo va esa mГЎquina de coser que Г©l me habГ­a regalado veinte aГ±os antes, y yo le contestГ© que ya rindiГі su alma a Dios, general, imagГ­nese, las cosas y la gente no estamos hechas para durar toda la vida, pero Г©l replicГі que al contrario, que el mundo es eterno, y entonces se puso a desarmar la mГЎquina con un destornillador y una alcuza indiferente a la comitiva oficial que lo esperaba en medio de la calle, a veces se le notaba la desesperaciГіn en los resuellos de toro y se embadurnГі hasta la cara de aceite de motor, pero al cabo de casi tres horas la mГЎquina volviГі a coser como nueva, pues en aquel entonces no habГ­a una contrariedad de la vida cotidiana por insignificante que fuera que no tuviera para Г©l tanta importancia como el mГЎs grave de los asuntos de estado y creГ­a de buen corazГіn que era posible repartir la felicidad y sobornar a la muerte con artimaГ±as de soldado. Era difГ­cil admitir que aquel anciano irreparable fuera el Гєnico saldo de un hombre cuyo poder habГ­a sido tan grande que alguna vez preguntГі quГ© horas son y le habГ­an contestado las que usted ordene mi general, y era cierto, pues no sГіlo alteraba los tiempos del dГ­a como mejor conviniera a sus negocios sino que cambiaba las fiestas de guardar de acuerdo con sus planes para recorrer el paГ­s de feria en feria con la sombra del indio descalzo y los senadores luctuosos y los huacales de gallos esplГ©ndidos que enfrentaba a los mГЎs bravos de cada plaza, Г©l mismo casaba las apuestas, hacГ­a estremecer de risa los cimientos de la gallera porque todos nos sentГ­amos obligados a reГ­r cuando Г©l soltaba sus extraГ±as carcajadas de redoblante que resonaban por encima de la mГєsica y los cohetes, sufrГ­amos cuando callaba, estallГЎbamos en una ovaciГіn de alivio cuando sus gallos fulminaban a los nuestros que habГ­an sido tan bien adiestrados para perder que ninguno nos fallГі, salvo el gallo de la desgracia de Dionisio IguarГЎn que fulminГі al cenizo del poder en un asalto tan limpio y certero que Г©l fue el primero en cruzar la pista para estrechar la mano del vencedor, eres un macho, le dijo de buen talante, agradecido de que alguien le hubiera hecho por fin el favor de una derrota inocua, cuГЎnto darГ­a yo por tener a ese colorado, le dijo, y Dionisio IguarГЎn le contestГі trГ©mulo que es suyo general, a mucha honra, y regresГі a su casa entre los aplausos del pueblo alborotado y el estruendo de la mГєsica y los petardos mostrГЎndole a todo el mundo los seis gallos de raza que Г©l le habГ­a regalado a cambio del colorado invicto, pero aquella noche se encerrГі en el dormitorio y se bebiГі solo un calabazo de ron de caГ±a y se ahorcГі con la cabuya de la hamaca, pobre hombre, pues Г©l no era consciente del reguero de desastres domГ©sticos que provocaban sus apariciones de jГєbilo, ni del rastro de muertos indeseados que dejaba a su paso, ni de la condenaciГіn eterna de los partidarios en desgracia a quienes llamГі por un nombre equivocado delante de sicarios solГ­citos que interpretaban el error como un signo deliberado de desafecto, andaba por todo el paГ­s con su raro andar de armadillo, con su rastro de sudor bravo, con la barba atrasada, aparecГ­a sin ningГєn anuncio en una cocina cualquiera con aquel aire de abuelo inГєtil que hacГ­a temblar de pavor a la gente de la casa, tomaba agua de la tinaja con la totuna de servir, comГ­a en la misma olla de cocinar sacando las presas con los dedos, demasiado jovial, demasiado simple, sin sospechar que aquella casa quedaba marcada para siempre con el estigma de su visita, y no se comportaba de esa manera por cГЎlculo polГ­tico ni por necesidad de amor como sucediГі en otros tiempos sino porque Г©se era su modo de ser natural cuando el poder no era todavГ­a el lГ©gamo sin orillas de la plenitud del otoГ±o sino un torrente de fiebre que veГ­amos brotar ante nuestros ojos de sus manantiales primarios, de modo que bastaba con que Г©l seГ±alara con el dedo a los ГЎrboles que debГ­an dar frutos y a los animales que debГ­an crecer y a los hombres que debГ­an prosperar, y habГ­a ordenado que quitaran la lluvia de donde estorbaba las cosechas y la pusieran en tierra de sequГ­a, y asГ­ habГ­a sido, seГ±or, yo lo he visto, pues su leyenda habГ­a empezado mucho antes de que Г©l mismo se creyera dueГ±o de todo su poder, cuando todavГ­a estaba a merced de los presagios y de los intГ©rpretes de sus pesadillas e interrumpГ­a de pronto un viaje reciГ©n iniciado porque oyГі cantar la pigua sobre su cabeza y cambiaba la fecha de una apariciГіn pГєblica porque su madre BendiciГіn Alvarado encontrГі un huevo con dos yemas, y liquidГі el sГ©quito de senadores y diputados solГ­citos que lo acompaГ±aban a todas partes y pronunciaban por Г©l los discursos que nunca se atreviГі a pronunciar, se quedГі sin ellos porque se vio a si mismo en la casa grande y vacГ­a de un mal sueГ±o circundado por unos hombres pГЎlidos de levitas grises que lo punzaban sonriendo con cuchillos de carnicero, lo acosaban con tanta saГ±a que adondequiera que Г©l volviese la vista se encontraba con un hierro dispuesto para herirlo en la cara y en los ojos, se vio acorralado como una fiera por los asesinos silenciosos y sonrientes que se disputaban el privilegio de tomar parte en el sacrificio y de gozarse en su sangre, pero Г©l no sentГ­a rabia ni miedo sino un alivio inmenso que se iba haciendo mГЎs hondo a medida que se le desaguaba la vida, se sentГ­a ingrГЎvido y puro, de modo que Г©l tambiГ©n sonreГ­a mientras lo mataban, sonreГ­a por ellos y por Г©l en el ГЎmbito de la casa del sueГ±o cuyas paredes de cal viva se teГ±Г­an de las salpicaduras de mi sangre, hasta que alguien que era hijo suyo en el sueГ±o le dio un tajo en la ingle por donde se me saliГі el Гєltimo aire que me quedaba, y entonces se tapГі la cara con la manta empapada de su sangre para que nadie le conociera muerto los que no habГ­an podido conocerle vivo y se derrumbГі sacudido por los estertores de una agonГ­a tan verГ­dica que no pudo reprimir la urgencia de contГЎrsela a mi compadre el ministro de la salud y Г©ste acabГі de consternarlo con la revelaciГіn de que aquella muerte habГ­a ocurrido ya una vez en la historia de los hombres mi general, le leyГі el relato del episodio en uno de los mamotretos chamuscados del general Lautaro MuГ±oz, y era idГ©ntico, madre, tanto que en el curso de la lectura Г©l recordГі algo que habГ­a olvidado al despertar y era que mientras lo mataban se abrieron de golpe y sin viento todas las ventanas de la casa presidencial que en la realidad eran tantas cuantas fueron las heridas del sueГ±o, veintitrГ©s, una coincidencia terrorГ­fica que culminГі aquella semana con un asalto de corsarios al senado y la corte de justicia ante la indiferencia cГіmplice de las fuerzas armadas, arrancaron de raГ­z la casa augusta de nuestros prГіceres originales cuyas llamas se vieron hasta muy tarde en la noche desde el balcГіn presidencial, pero Г©l no se inmutГі con la novedad mi general de que no habГ­an dejado ni las piedras de los cimientos, nos prometiГі un castigo ejemplar para los autores del atentado que no aparecieron nunca, nos prometiГі reconstruir una rГ©plica exacta de la casa de los prГіceres cuyos escombros calcinados permanecieron hasta nuestros dГ­as, no hizo nada para disimular el terrible exorcismo del mal sueГ±o sino que se valiГі de la ocasiГіn para liquidar el aparato legislativo y judicial de la vieja repГєblica, abrumГі de honores y fortuna a los senadores y diputados y magistrados de cortes que ya no le hacГ­an falta para guardar las apariencias de los orГ­genes de su rГ©gimen, los desterrГі en embajadas felices y remotas y se quedГі sin mГЎs sГ©quito que la sombra solitaria del indio del machete que no lo abandonaba un instante, probaba su comida y su agua, guardaba la distancia, vigilaba la puerta mientras Г©l permanecГ­a en mi casa alimentando la versiГіn de que era mi amante secreto cuando en verdad me visitaba hasta dos veces por mes para hacerme consultas de naipes durante aquellos muchos aГ±os en que aГєn se creГ­a mortal y tenГ­a la virtud de la duda y sabГ­a equivocarse y confiaba mГЎs en las barajas que en su instinto montuno, llegaba siempre tan asustado y viejo como la primera vez en que se sentГі frente a mГ­ y sin decir una palabra me tendiГі aquellas manos cuyas palmas lisas y tensas como el vientre de un sapo no habГ­a visto jamГЎs ni habГ­a de ver otra vez en mi muy larga vida de escrutadora de destinos ajenos, puso las dos al mismo tiempo sobre la mesa casi como la sГєplica muda de un desahuciado y me pareciГі tan ansioso y sin ilusiones que no me impresionaron tanto sus palmas ГЎridas como su melancolГ­a sin alivio, la debilidad de sus labios, su pobre corazГіn de anciano carcomido por la incertidumbre cuyo destino no sГіlo era hermГ©tico en sus manos sino en cuantos medios de averiguaciГіn conocГ­amos entonces, pues tan pronto como Г©l cortaba el naipe las cartas se volvГ­an pozos de aguas turbias, se embrollaba el sedimento del cafГ© en el fondo de la taza donde Г©l habГ­a bebido, se borraban las claves de todo cuanto tuviera que ver con su futuro personal, con su felicidad y la fortuna de sus actos, pero en cambio eran diГЎfanas sobre el destino de quienquiera que tuviera algo que ver con Г©l, de modo que vimos a su madre BendiciГіn Alvarado pintando pГЎjaros de nombres forГЎneos a una edad tan avanzada que apenas si podГ­a distinguir los colores a travГ©s de un aire enrarecido por un vapor pestilente, pobre madre, vimos nuestra ciudad devastada por un ciclГіn tan terrible que no merecГ­a su nombre de mujer, vimos un hombre con una mГЎscara verde y una espada en la mano y Г©l preguntГі angustiado en quГ© lugar del mundo estaba y las cartas contestaron que estaba todos los martes mГЎs cerca de Г©l que los otros dГ­as de la semana, y Г©l dijo ajГЎ, y preguntГі de quГ© color tiene los ojos, y las cartas contestaron que tenГ­a uno del color del guarapo de caГ±a al trasluz y el otro en las tinieblas, y Г©l dijo ajГЎ y preguntГі cuГЎles eran las intenciones de ese hombre, y aquГ©lla fue la Гєltima vez en que le revelГ© hasta el final la verdad de las barajas porque le contestГ© que la mГЎscara verde era de la perfidia y la traiciГіn, y Г©l dijo ajГЎ, con un Г©nfasis de victoria, ya sГ© quiГ©n es, carajo, exclamГі, y era el coronel Narciso Miraval, uno de sus ayudantes mГЎs prГіximos que dos dГ­as despuГ©s se disparГі un tiro de pistola en el oГ­do sin explicaciГіn alguna, pobre hombre, y asГ­ ordenaban la suerte de la patria y se anticipaban a su historia de acuerdo con las adivinanzas de las barajas hasta que Г©l oyГі hablar de una vidente Гєnica que descifraba la muerte en las aguas inequГ­vocas de los lebrillos y se fue a buscarla en secreto por desfiladeros de mulas sin mГЎs testigos que el ГЎngel del machete hasta el rancho del pГЎramo donde vivГ­a con una bisnieta que tenГ­a tres niГ±os y estaba a punto de parir otro de un marido muerto el mes anterior, la encontrГі tullida y medio ciega en el fondo de una alcoba casi en tinieblas, pero cuando ella le pidiГі que pusiera las manos sobre el lebrillo las aguas se iluminaron de una claridad interior suave y nГ­tida, y entonces se vio a sГ­ mismo, idГ©ntico, acostado bocabajo en el suelo, con el uniforme de lienzo sin insignias, las polainas y la espuela de oro, y preguntГі quГ© lugar era Г©se, y la mujer contestГі examinando las aguas dormidas que era una habitaciГіn no mГЎs grande que Г©sta con algo que se ve aquГ­ que parece una mesa de escribir y un ventilador elГ©ctrico y una ventana hacia el mar y estas paredes blancas con cuadros de caballos y una bandera con un dragГіn, y Г©l volviГі a decir ajГЎ porque habГ­a reconocido sin dudas la oficina contigua a la sala de audiencias, y preguntГі si habГ­a de ser de mala manera o de mala enfermedad, y ella le contestГі que no, que habГ­a de ser durante el sueГ±o y sin dolor, y Г©l dijo ajГЎ, y le preguntГі temblando que cuГЎndo habГ­a de ser y ella le contestГі que durmiera con calma porque no habГ­a de ser antes de que cumplas mi edad, que eran los 107 aГ±os, pero tampoco despuГ©s de 125 aГ±os mГЎs, y Г©l dijo ajГЎ, y entonces asesinГі a la anciana enferma en la hamaca para que nadie mГЎs conociera las circunstancias de su muerte, la estrangulГі con la correa de la espuela de oro, sin dolor, sin un suspiro, como un verdugo maestro, a pesar de que fue el Гєnico ser de este mundo, humano o animal, a quien le hizo el honor de matarlo de su propia mano en la paz o en la guerra, pobre mujer. Semejantes evocaciones de sus fastos de infamia no le torcГ­an la conciencia en las noches del otoГ±o, al contrario, le servГ­an como fГЎbulas ejemplares de lo que habГ­a debido ser y no era, sobre todo cuando Manuela SГЎnchez se esfumГі en las sombras del eclipse y Г©l querГ­a sentirse otra vez en la flor de su barbarie para arrancarse la rabia de la burla que le cocinaba las tripas, se acostaba en la hamaca bajo los cascabeles del viento de los tamarindos a pensar en Manuela SГЎnchez con un rencor que le perturbaba el sueГ±o mientras las fuerzas de tierra, mar y aire la buscaban sin hallar rastros hasta en los confines ignotos de los desiertos de salitre, dГіnde carajo te has metido, se preguntaba, dГіnde carajo te piensas meter que no te alcance mi brazo para que sepas quiГ©n es el que manda, el sombrero en el pecho le temblaba con los Г­mpetus del corazГіn, se quedaba extasiado de cГіlera sin hacerle caso a la insistencia de su madre que trataba de averiguar por quГ© no hablas desde la tarde del eclipse, por quГ© miras para adentro, pero Г©l no contestaba, se fue, mierda madre, arrastraba sus patas de huГ©rfano desangrГЎndose a gotas de hiel con el orgullo herido por la amargura irredimible de que estas vainas me pasan por lo pendejo que me he vuelto, por no ser ya el arbitro de mi destino como lo era antes, por haber entrado en la casa de una guaricha con el permiso de su madre y no como habГ­a entrado en la hacienda fresca y callada de Francisca Linero en la vereda de los Santos Higuerones cuando todavГ­a era Г©l en persona y no Patricio AragonГ©s quien mostraba la cara visible del poder, habГ­a entrado sin siquiera tocar las aldabas de acuerdo con el gusto de su voluntad al compГЎs de los dobles de las once en el reloj de pГ©ndulo y yo sentГ­ el metal de la espuela de oro desde la terraza del patio y comprendГ­ que aquellos pasos de mano de pilГіn con tanta autoridad en los ladrillos del piso no podГ­an ser otros que los suyos, lo presentГ­ de cuerpo entero antes de verlo aparecer en el vano de la puerta de la terraza interior donde el alcaravГЎn cantaba las once entre los geranios de oro, cantaba el turpial aturdido por la acetona fragante de los racimos de guineo colgados en el alar, se solazaba la luz del aciago martes de agosto entre las hojas nuevas de los platanales del patio y el cuerpo del venado joven que mi marido Poncio Daza habГ­a cazado al amanecer y lo puso a desangrar colgado por las patas junto a los racimos de guineo atigrados por la miel interior, lo vi mГЎs grande y mГЎs sombrГ­o que en un sueГ±o con las botas sucias de barro y la chaqueta de caqui ensopada de sudor y sin armas en la correa pero amparado por la sombra del indio descalzo que permaneciГі inmГіvil detrГЎs de Г©l con la mano apoyada en la cacha del machete, vi los ojos ineludibles, la mano de doncella dormida que arrancГі un guineo del racimo mГЎs cercano y se lo comiГі de ansiedad y luego se comiГі otro y otro mГЎs, masticГЎndolos de ansiedad con un ruido de pantano de toda la boca sin apartar la vista de la provocativa Francisca Linero que lo miraba sin saber quГ© hacer con su pudor de reciГ©n casada porque Г©l habГ­a venido para darle gusto a su voluntad y no habГ­a otro poder mayor que el suyo para impedirlo, apenas si sentГ­ la respiraciГіn de miedo de mi marido que se sentГі a mi lado y ambos permanecimos inmГіviles con las manos cogidas y los dos corazones de tarjeta postal asustados al unГ­sono bajo la mirada tenaz del anciano insondable que seguГ­a a dos pasos de la puerta comiГ©ndose un guineo despuГ©s del otro y tirando las cascaras en el patio por encima del hombro sin haber pestaГ±eado ni una vez desde que empezГі a mirarme, y sГіlo cuando acabГі de comerse el racimo entero y quedГі el vГЎstago pelado junto al venado muerto le hizo una seГ±al al indio descalzo y le ordenГі a Poncio Daza que se fuera un momento con mi compadre el del machete que tiene que arreglar un negocio contigo, y aunque yo estaba agonizando de miedo conservaba bastante lucidez para darme cuenta de que mi Гєnico recurso de salvaciГіn era dejar que Г©l hiciera conmigo todo lo que quiso sobre el mesГіn de comer, mГЎs aГєn, lo ayudГ© a encontrarme entre los encajes de los pollerines despuГ©s de que me dejГі sin resuello con su olor de amonГ­aco y me desgarrГі las bragas de un zarpazo y me buscaba con los dedos por donde no era mientras yo pensaba aturdida SantГ­simo Sacramento quГ© vergГјenza, quГ© mala suerte, porque aquella maГ±ana no habГ­a tenido tiempo de lavarme por estar pendiente del venado, asГ­ que Г©l hizo por fin su voluntad al cabo de tantos meses de asedio, pero lo hizo de prisa y mal, como si hubiera sido mГЎs viejo de lo que era, o mucho mГЎs joven, estaba tan aturdido que apenas si me enterГ© de cuГЎndo cumpliГі con su deber como mejor pudo y se soltГі a llorar con unas lГЎgrimas de orГ­n caliente de huГ©rfano grande y solo, llorando con una aflicciГіn tan honda que no sГіlo sentГ­ lГЎstima por Г©l sino por todos los hombres del mundo y empecГ© a rascarle la cabeza con la yema de los dedos y a consolarlo con que no era para tanto general, la vida es larga, mientras el hombre del machete se llevГі a Poncio Daza al interior de los platanales y lo hizo tasajo en rebanadas tan finas que fue imposible componer el cuerpo disperso por los marranos, pobre hombre, pero no habГ­a otro remedio, dijo Г©l, porque iba a ser un enemigo mortal para toda la vida. Eran imГЎgenes de su poder que le llegaban desde muy lejos y le exacerbaban la amargura de cuГЎnto le habГ­an aguado la salmuera de su poder si ni siquiera le servГ­a para conjurar los maleficios de un eclipse, lo estremecГ­a un hilo de bilis negra en la mesa de dominГі ante el dominio helado del general Rodrigo de Aguilar que era el Гєnico hombre de armas a quien habГ­a confiado la vida desde que el ГЎcido Гєrico le cristalizГі las coyunturas al ГЎngel del machete, y sin embargo se preguntaba si tanta confianza y tanta autoridad delegadas en una sola persona no habrГ­an sido la causa de su desventura, si no era mi compadre de toda la vida quien lo habГ­a vuelto buey por tratar de quitarle la pelambre natural de caudillo de vereda para convertirlo en un invГЎlido de palacio incapaz de concebir una orden que no estuviera cumplida de antemano, por el invento malsano de mostrar en pГєblico una cara que no era la suya cuando el indio descalzo de los buenos tiempos se bastaba y se sobraba solo para abrir una trocha a machetazos a travГ©s de las muchedumbres de la gente gritando apГЎrtense cabrones que aquГ­ viene el que manda sin poder distinguir en aquel matorral de ovaciones quiГ©nes eran los buenos patriotas de la patria y quiГ©nes eran los matreros porque todavГ­a no habГ­amos descubierto que los mГЎs tenebrosos eran los que mГЎs gritaban que viva el macho, carajo, que viva el general, y en cambio ahora no le alcanzaba la autoridad de sus armas para encontrar a la reina de mala muerte que habГ­a burlado el cerco infranqueable de sus apetitos seniles, carajo, tirГі las fichas por los suelos, dejaba las partidas a medias sin motivo visible deprimido por la revelaciГіn instantГЎnea de que todo acababa por encontrar su lugar en el mundo, todo menos Г©l, consciente por primera vez de la camisa ensopada de sudor a una hora tan temprana, consciente del hedor de carroГ±a que subГ­a con los vapores del mar y del dulce silbido de flauta de la potra torcida por la humedad del calor, es el bochorno, se dijo sin convicciГіn, tratando de descifrar desde la ventana el raro estado de la luz de la ciudad inmГіvil cuyos Гєnicos seres vivos parecГ­an ser las bandadas de gallinazos que huГ­an despavoridas de las cornisas del hospital de pobres y el ciego de la Plaza de Armas que presintiГі al anciano trГ©mulo en la ventana de la casa civil y le hizo una seГ±al apremiante con el bГЎculo y le gritaba algo que Г©l no logrГі entender y que interpretГі como un signo mГЎs en aquel sentimiento opresivo de que algo estaba a punto de ocurrir, y sin embargo se repitiГі que no por segunda vez al final del largo lunes de desaliento, es el bochorno, se dijo, y se durmiГі al instante, arrullado por los rasguГ±os de la llovizna en los vidrios de bruma de los filtros del duermevela, pero de pronto despertГі asustado, quiГ©n vive, gritГі, era su propio corazГіn oprimido por el silencio raro de los gallos al amanecer, sintiГі que el barco del universo habГ­a llegado a un puerto mientras Г©l dormГ­a, flotaba en un caldo de vapor, los animales de la tierra y del cielo que tenГ­an la facultad de vislumbrar la muerte mГЎs allГЎ de los presagios torpes y las ciencias mejor fundadas de los hombres estaban mudos de terror, se acabГі el aire, el tiempo cambiaba de rumbo, y Г©l sintiГі al incorporarse que el corazГіn se le hinchaba a cada paso y se le reventaban los tГ­mpanos y una materia hirviente se le escurriГі por las narices, es la muerte, pensГі, con la guerrera empapada de sangre, antes de tomar conciencia de que no mi general, era el ciclГіn, el mГЎs devastador de cuantos fragmentaron en un reguero de islas dispersas el antiguo reino compacto del Caribe, una catГЎstrofe tan sigilosa que sГіlo Г©l la habГ­a detectado con su instinto premonitorio mucho antes de que empezara el pГЎnico de los perros y las gallinas, y tan intempestiva que apenas si hubo tiempo de encontrarle un nombre de mujer en el desorden de oficiales aterrorizados que me vinieron con la novedad de que ahora sГ­ fue cierto mi general, a este paГ­s se lo llevГі el carajo, pero Г©l ordenГі que afirmaran puertas y ventanas con cuadernas de altura, amarraron a los centinelas en los corredores, encerraron las gallinas y las vacas en las oficinas del primer piso, clavaron cada cosa en su lugar desde la Plaza de Armas hasta el Гєltimo lindero de su aterrorizado reino de pesadumbre, la patria entera quedГі anclada en su sitio con la orden inapelable de que al primer sГ­ntoma de pГЎnico disparen dos veces al aire y a la tercera tiren a matar, y sin embargo nada resistiГі al paso de la tremenda cuchilla de vientos giratorios que cortГі de un tajo limpio los portones de acero blindado de la entrada principal y se llevГі mis vacas por los aires, pero Г©l no se dio cuenta en el hechizo del impacto de dГіnde vino aquel estruendo de lluvias horizontales que dispersaban en su ГЎmbito una granizada volcГЎnica de escombros de balcones y bestias de las selvas del fondo del mar, ni tuvo bastante lucidez para pensar en las proporciones tremendas del cataclismo sino que andaba en medio del diluvio preguntГЎndose con el sabor de almizcle del rencor dГіnde estarГЎs Manuela SГЎnchez de mi mala saliva, carajo, dГіnde te habrГЎs metido que no te alcance este desastre de mi venganza. En la rebalsa de placidez que sucediГі al huracГЎn se encontrГі solo con sus ayudantes mГЎs prГіximos navegando en una barcaza de remos en la sopa de destrozos de la sala de audiencias, salieron por la puerta de la cochera remando sin tropiezos por entre los cabos de las palmeras y los faroles arrasados de la Plaza de Armas, entraron en la laguna muerta de la catedral y Г©l volviГі a padecer por un instante el destello clarividente de que no habГ­a sido nunca ni serГ­a nunca el dueГ±o de todo su poder, siguiГі mortificado por el relente de aquella certidumbre amarga mientras la barcaza tropezaba con espacios de densidad distinta segГєn los cambios de color de la luz de los vitrales en la fronda de oro macizo y los racimos de esmeraldas del altar mayor y las losas funerarias de virreyes enterrados vivos y arzobispos muertos de desencanto y el promontorio de granito del mausoleo vacГ­o del almirante de la mar ocГ©ana con el perfil de las tres carabelas que Г©l habГ­a hecho construir por si querГ­a que sus huesos reposaran entre nosotros, salimos por el canal del presbiterio hacia un patio interior convertido en un acuario luminoso en cuyo fondo de azulejos erraban los cardГєmenes de mojarras entre las varas de nardos y los girasoles, surcamos los cauces tenebrosos de la clausura del convento de las vizcaГ­nas, vimos las celdas abandonadas, vimos el clavicordio a la deriva en la alberca Г­ntima de la sala de canto, vimos en el fondo de las aguas dormidas del refectorio a la comunidad completa de vГ­rgenes ahogadas en sus puestos de comer frente a la larga mesa servida, y vio al salir por los balcones el extenso espacio lacustre bajo el cielo radiante donde habГ­a estado la ciudad y sГіlo entonces creyГі que era cierta la novedad mi general de que este desastre habГ­a ocurrido en el mundo entero sГіlo para librarme del tormento de Manuela SГЎnchez, carajo, quГ© bГЎrbaros que son los mГ©todos de Dios comparados con los nuestros, pensaba complacido, contemplando la ciГ©naga turbia donde habГ­a estado la ciudad y en cuya superficie sin lГ­mites flotaba todo un mundo de gallinas ahogadas y no sobresalГ­an sino las torres de la catedral, el foco del faro, las terrazas de sol de las mansiones de cal y canto del barrio de los virreyes, las islas dispersas de las colinas del antiguo puerto negrero donde estaban acampados los nГЎufragos del huracГЎn, los Гєltimos sobrevivientes incrГ©dulos que contemplamos el paso silencioso de la barcaza pintada con los colores de la bandera por entre los sargazos de los cuerpos inertes de las gallinas, vimos los ojos tristes, los labios mustios, la mano pensativa que hacГ­a seГ±ales de cruces de bendiciГіn para que cesaran las lluvias y brillara el sol, y devolviГі la vida a las gallinas ahogadas, y ordenГі que bajaran las aguas y las aguas bajaron. En medio de las campanas de jГєbilo, los cohetes de fiesta, las mГєsicas de gloria con que se celebrГі la primera piedra de la reconstrucciГіn, y en medio de los gritos de la muchedumbre que se concentrГі en la Plaza de Armas para glorificar al benemГ©rito que puso en fuga al dragГіn del huracГЎn, alguien lo agarrГі por el brazo para sacarlo al balcГіn pues ahora mГЎs que nunca el pueblo necesita su palabra de aliento, y antes de que pudiera evadirse sintiГі el clamor unГЎnime que se le metiГі en las entraГ±as como un viento de mala mar, que viva el macho, pues desde el primer dГ­a de su rГ©gimen conociГі el desamparo de ser visto por toda una ciudad al mismo tiempo, se le petrificaron las palabras, comprendiГі en un destello de lucidez mortal que no tenГ­a valor ni lo tendrГ­a jamГЎs para asomarse de cuerpo entero al abismo de las muchedumbres, de modo que en la Plaza de Armas sГіlo percibimos la imagen efГ­mera de siempre, el celaje de un anciano inasible vestido de lienzo que impartiГі una bendiciГіn silenciosa desde el balcГіn presidencial y desapareciГі al instante, pero aquella visiГіn fugaz nos bastaba para sustentar la confianza de que Г©l estaba ahГ­, velando nuestra vigilia y nuestro sueГ±o bajo los tamarindos histГіricos de la mansiГіn de los suburbios, estaba absorto en el mecedor de mimbre, con el vaso de limonada intacto en la mano oyendo el ruido de los granos de maГ­z que su madre BendiciГіn Alvarado venteaba en la totuma, viГ©ndola a travГ©s de la reverberaciГіn del calor de las tres cuando agarrГі una gallina cenicienta y se la metiГі debajo del trazo y le torcГ­a el pescuezo con una cierta ternura mientras me decГ­a con una voz de madre mirГЎndome a los ojos que te estГЎs volviendo tГ­sico de tanto pensar sin alimentarte bien, quГ©date a comer esta noche, le suplicГі, tratando de seducirlo con la tentaciГіn de la gallina estrangulada que sostenГ­a con ambas manos para que no se le escapara en los estertores de la agonГ­a, y Г©l dijo que estГЎ bien, madre, me quedo, se quedaba hasta el anochecer con los ojos cerrados en el mecedor de mimbre, sin dormir, arrullado por el suave olor de la gallina hirviendo en la olla, pendiente del curso de nuestras vidas, pues lo Гєnico que nos daba seguridad sobre la tierra era la certidumbre de que Г©l estaba ahГ­, invulnerable a la peste y al ciclГіn, invulnerable a la burla de Manuela SГЎnchez, invulnerable al tiempo, consagrado a la dicha mesiГЎnica de pensar para nosotros, sabiendo que nosotros sabГ­amos que Г©l no habГ­a de tomar por nosotros ninguna de terminaciГіn que no tuviera nuestra medida, pues Г©l no habГ­a sobrevivido a todo por su valor inconcebible ni por su infinita prudencia sino porque era el Гєnico de nosotros que conocГ­a el tamaГ±o real de nuestro destino, y hasta ahГ­ habГ­a llegado, madre, se habГ­a sentado a descansar al tГ©rmino de un arduo viaje en la Гєltima piedra histГіrica de la remota frontera oriental donde estaban esculpidos el nombre y las fechas del Гєltimo soldado muerto en defensa de la integridad de la patria, habГ­a visto la ciudad lГєgubre y glacial de la naciГіn contigua, vio la llovizna eterna, la bruma matinal con olor de hollГ­n, los hombres vestidos de etiqueta en los tranvГ­as elГ©ctricos, los entierros de alcurnia en las carrozas gГіticas de percherones blancos con morriones de plumas, los niГ±os durmiendo envueltos en periГіdicos en el atrio de la catedral, carajo, quГ© gente tan rara, exclamГі, parecen poetas, pero no lo eran, mi general, son los godos en el poder, le dijeron, y habГ­a vuelto de aquel viaje exaltado por la revelaciГіn de que no hay nada igual a este viento de guayabas podridas y este fragor de mercado y este hondo sentimiento de pesadumbre al atardecer de esta patria de miseria cuyos linderos no habГ­a de trasponer jamГЎs, y no porque tuviera miedo de moverse de la silla en que estaba sentado, segГєn decГ­an sus enemigos, sino porque un hombre es como un ГЎrbol del monte, madre, como los animales del monte que no salen de la guarida sino para comer, decГ­a, evocando con la lucidez mortal del duermevela de la siesta el soporГ­fero jueves de agosto de hacГ­a tantos aГ±os en que se atreviГі a confesar que conocГ­a los lГ­mites de su ambiciГіn, se lo habГ­a revelado a un guerrero de otras tierras y otra Г©poca a quien recibiГі a solas en la penumbra ardiente de la oficina, era un joven tГ­mido, aturdido por la soberbia y seГ±alado desde siempre por el estigma de la soledad, que habГ­a permanecido inmГіvil en la puerta sin decidirse a franquearla hasta que sus ojos se acostumbraron a la penumbra perfumada por un brasero de glicinas en el calor y pudo distinguirlo a Г©l sentado en la poltrona giratoria con el puГ±o inmГіvil en la mesa desnuda, tan cotidiano y descolorido que no tenГ­a nada que ver con su imagen pГєblica, sin escolta y sin armas, con la camisa empapada por un sudor de hombre mortal y con hojas de salvia pegadas en las sienes para el dolor de cabeza, y sГіlo cuando me convencГ­ de la verdad increГ­ble de que aquel anciano herrumbroso era el mismo Г­dolo de nuestra niГ±ez, la encarnaciГіn mГЎs pura de nuestros sueГ±os de gloria, sГіlo entonces entrГі en el despacho y se presentГі con su nombre hablando con la voz clara y firme de quien espera ser reconocido por sus actos, y Г©l me estrechГі la mano con una mano dulce y mezquina, una mano de obispo, y le prestГі una atenciГіn asombrada a los sueГ±os fabulosos del forastero que querГ­a armas y solidaridad para una causa que es tambiГ©n la suya, excelencia, querГ­a asistencia logГ­stica y sustento polГ­tico para una guerra sin cuartel que barriera de una vez por todas con los regГ­menes conservadores desde Alaska hasta la Patagonia, y Г©l se sintiГі tan conmovido con su vehemencia que le habГ­a preguntado por quГ© andas en esta vaina, carajo, por quГ© te quieres morir, y el forastero le habГ­a respondido sin un vestigio de pudor que no hay gloria mГЎs alta que morir por la patria, excelencia, y Г©l le replicГі sonriendo de lГЎstima que no seas pendejo, muchacho, la patria es estar vivo, le dijo, es esto, le dijo, y abriГі el puГ±o que tenГ­a apoyado en la mesa y le mostrГі en la palma de la mano esta bolita de vidrio que es algo que se tiene o no se tiene, pero que sГіlo el que la tiene la tiene, muchacho, esto es la patria, dijo, mientras lo despedГ­a con palmaditas en la espalda sin darle nada, ni siquiera el consuelo de una promesa, y al edecГЎn que le cerrГі la puerta le ordenГі que no volvieran a molestar a ese hombre que acaba de salir, ni siquiera pierdan el tiempo vigilГЎndolo, dijo, tiene fiebre en los caГ±ones, no sirve. Nunca volvimos a oГ­rle aquella frase hasta despuГ©s del ciclГіn cuando proclamГі una nueva amnistГ­a para los presos polГ­ticos y autorizГі el regreso de todos los desterrados salvo los hombres de letras, por supuesto, Г©sos nunca, dijo, tienen fiebre en los caГ±ones como los gallos finos cuando estГЎn emplumando de modo que no sirven para nada sino cuando sirven para algo, dijo, son peores que los polГ­ticos, peores que los curas, imagГ­nense, pero que vengan los demГЎs sin distinciГіn de color para que la reconstrucciГіn de la patria sea una empresa de todos, para que nadie se quedara sin comprobar que Г©l era otra vez el dueГ±o de todo su poder con el apoyo feroz de unas fuerzas armadas que habГ­an vuelto a ser las de antes desde que Г©l repartiГі entre los miembros del mando supremo los cargamentos de vituallas y medicinas y los materiales de asistencia pГєblica de la ayuda exterior, desde que las familias de sus ministros hacГ­an domingos de playa en los hospitales desarmables y las tiendas de campaГ±a de la Cruz Roja, le vendГ­an al ministerio de la salud los cargamentos de plasma sanguГ­neo, las toneladas de leche en polvo que el ministerio de salud le volvГ­a a vender por segunda vez a los hospitales de pobres, los oficiales del estado mayor cambiaron sus ambiciones por los contratos de las obras pГєblicas y los programas de rehabilitaciГіn emprendidos con el emprГ©stito de emergencia que concediГі el embajador Warren a cambio del derecho de pesca sin lГ­mites de las naves de su paГ­s en nuestras aguas territoriales, quГ© carajo, sГіlo el que la tiene la tiene, se decГ­a, acordГЎndose de la canica de colores que le mostrГі a aquel pobre soГ±ador de quien nunca se volviГі a saber, tan exaltado con la empresa de la reconstrucciГіn que se ocupaba de viva voz y de cuerpo presente hasta de los detalles mГЎs ГЌnfimos como en los tiempos originales del poder, chapaleaba en los pantanos de las calles con un sombrero y unas botas de cazador de patos para que no se hiciera una ciudad distinta de la que Г©l habГ­a concebido para su gloria en sus sueГ±os de ahogado solita rio, ordenaba a los ingenieros que me quiten esas casas de aquГ­ y me las pongan allГЎ donde no estorben, las quitaban, que levanten esa torre dos metros mГЎs para que puedan verse los barcos de altamar, la levantaban, que me volteen al revГ©s el curso de este rГ­o, lo volteaban, sin un tropiezo, sin un vestigio de desaliento, y andaba tan aturdido con aquella restauraciГіn febril, tan absorto en su empeГ±o y tan desentendido de otros asuntos menores del estado que se dio de bruces contra la realidad cuando un edecГЎn distraГ­do le comentГі por error el problema de los niГ±os y Г©l preguntГі desde las nebulosas que cuГЎles niГ±os, los niГ±os mi general, pero cuГЎles carajo, porque hasta entonces le habГ­an ocultado que el ejГ©rcito mantenГ­a bajo custodia secreta a los niГ±os que sacaban los nГєmeros de la loterГ­a por temor de que contaran por quГ© ganaba siempre el billete presidencial, a los padres que reclamaban les contestaron que no era cierto mientras concebГ­an una respuesta mejor, les decГ­an que eran infundios de apГЎtridas, calumnias de la oposiciГіn; y a los que se amotinaron frente a un cuartel los rechazaron con cargas de mortero y hubo una matanza pГєblica que tambiГ©n le habГ­amos ocultado para no molestarlo mi general, pues la verdad es que los niГ±os estaban encerrados en las bГіvedas de la fortaleza del puerto, en las mejores condiciones, con un ГЎnimo excelente y muy buena salud, pero la vaina es que ahora no sabemos quГ© hacer con ellos mi general, y eran como dos mil. El mГ©todo infalible para ganar se la loterГ­a se le habГ­a ocurrido a Г©l sin buscarlo, observando los nГєmeros damasquinados de las bolas de billar, y habГ­a sido una idea tan sencilla y deslumbrante que Г©l mismo no podГ­a creerlo cuando vio la muchedumbre ansiosa que desbordaba la Plaza de Armas desde el mediodГ­a sacando las cuentas anticipadas del milagro bajo el sol abrasante con clamores de gratitud y letreros pintados de gloria eterna al magnГЎnimo que reparte la felicidad, vinieron mГєsicos y maromeros, cantinas y fritangas, ruletas anacrГіnicas y descoloridas loterГ­as de animales, escombros de otros mundo y otros tiempos que merodeaban en los contornos de la fortuna tratando de medrar con las migajas de tantas ilusiones, abrieron el balcГіn a las tres, hicieron subir tres niГ±os menores de siete aГ±os escogidos al azar por la propia muchedumbre para que no hubiera dudas de la honradez del mГ©todo, le entregaban a cada niГ±o un talego de un color distinto despuГ©s de comprobar ante testigos calificados que habГ­a diez bolas de billar numeradas del uno al cero dentro de cada talego, atenciГіn, seГ±oras y seГ±ores, la multitud no respiraba, cada niГ±o con los ojos vendados va a sacar una bola de cada talego, primero el niГ±o del talego azul, luego el del rojo y por Гєltimo el del amarillo, uno despuГ©s del otro los tres niГ±os metГ­an la mano en su talego, sentГ­an en el fondo nueve bolas iguales y una bola helada, y cumpliendo la orden que les habГ­amos dado en secreto cogГ­an la bola helada, se la mostraban a la muchedumbre, la cantaban, y asГ­ sacaban las tres bolas mantenidas en hielo durante varios dГ­as con los tres nГєmeros del billete que Г©l se habГ­a reservado, pero nunca pensamos que los niГ±os podГ­an contarlo mi general, se nos habГ­a ocurrido tan tarde que no tuvieron otro recurso que esconderlos de tres en tres, y luego de cinco en cinco, y luego de veinte en veinte, imagГ­nese mi general, pues tirando del hilo del enredo Г©l acabГі por descubrir que todos los oficiales del mando supremo de las fuerzas de tierra mar y aire estaban implicados en la pesca milagrosa de la loterГ­a nacional, se enterГі de que los primeros niГ±os subieron al balcГіn con la anuencia de sus padres e inclusive entrenados por ellos en la ciencia ilusoria de conocer al tacto los nГєmeros damasquinados en marfil, pero que a los siguientes los hicieron subir a la fuerza porque se habГ­a divulgado el rumor de que los niГ±os que subГ­an una vez no volvГ­an a bajar, sus padres los escondГ­an, los sepultaban vivos mientras pasaban las patrullas de asalto que los buscaban a medianoche, las tropas de emergencia no acordonaban la Plaza de Armas para encauzar el delirio pГєblico, como a Г©l le decГ­an, sino para tener a raya a las muchedumbres que arriaban como recuas de ganado con amenazas de muerte, los diplomГЎticos que habГ­an solicitado audiencia para mediar en el conflicto tropezaron con el absurdo de que los propios funcionarios les daban como ciertas las leyendas de sus enfermedades raras, que Г©l no podГ­a recibirlos porque le habГ­an proliferado sapos en la barriga, que no podГ­a dormir sino de pie para no lastimarse con las crestas de iguana que le crecГ­an en las vГ©rtebras, le habГ­an escondido los mensajes de protestas y sГєplicas del mundo entero, le habГ­an ocultado un telegrama del Sumo PontГ­fice en el que se expresaba nuestra angustia apostГіlica por el destino de los inocentes, no habГ­a espacio en las cГЎrceles para mГЎs padres rebeldes mi general, no habГ­a mГЎs niГ±os para el sorteo del lunes, carajo, en quГ© vaina nos hemos metido. Con todo, Г©l no midiГі la verdadera profundidad del abismo mientras no vio a los niГ±os atascados como reses de matadero en el patio interior de la fortaleza del puerto, los vio salir de las bГіvedas como una estampida de cabras ofuscadas por el deslumbramiento solar despuГ©s de tantos meses de terror nocturno, se extraviaron en la luz, eran tantos al mismo tiempo que Г©l no los vio como dos mil criaturas separadas sino como un inmenso animal sin forma que exhalaba un tufo impersonal de pellejo asoleado y hacГ­a un rumor de aguas profundas y cuya naturaleza mГєltiple lo ponГ­a a salvo de la destrucciГіn, porque no era posible acabar con semejante cantidad de vida sin dejar un rastro de horror que habГ­a de darle la vuelta a la tierra, carajo, no habГ­a nada que hacer, y con aquella convicciГіn reuniГі al mando supremo, catorce comandantes trГ©mulos que nunca fueron tan temibles porque nunca estuvieron tan asustados, se tomГі todo su tiempo para escrutar los ojos de cada uno, uno por uno, y entonces comprendiГі que estaba solo contra todos, asГ­ que permaneciГі con la cabeza erguida, endureciГі la voz, los exhortГі a la unidad ahora mГЎs que nunca por el buen nombre y el honor de las fuerzas armadas, los absolviГі de toda culpa con el puГ±o cerrado sobre la mesa para que no le conocieran el temblor de la incertidumbre y les ordenГі en consecuencia que continuaran en sus puestos cumpliendo con sus deberes con tanto celo y tanta autoridad como siempre lo habГ­an hecho, porque mi decisiГіn superior e irrevocable es que aquГ­ no ha pasado nada, se suspende la sesiГіn, yo respondo. Como simple medida de precauciГіn sacГі a los niГ±os de la fortaleza del puerto y los mandГі en furgones nocturnos a las regiones menos habitadas del paГ­s mientras Г©l se enfrentaba al temporal desatado por la declaraciГіn oficial y solemne de que no era cierto, no sГіlo no habГ­a niГ±os en poder de las autoridades sino que no quedaba un solo preso de ninguna clase en las cГЎrceles, el infundio del secuestro masivo era una infamia de apГЎtridas para turbar los ГЎnimos, las puertas del paГ­s estГЎn abiertas para que se establezca la verdad, que vengan a buscarla, vinieron, vino una comisiГіn de la Sociedad de Naciones que removiГі las piedras mГЎs ocultas del paГ­s e interrogГі como quiso a quienes quiso con tanta minuciosidad que BendiciГіn Alvarado habГ­a de preguntar quiГ©nes eran aquellos intrusos vestidos de espiritistas que entraron en su casa buscando dos mil niГ±os debajo de las camas, en el canasto de la costura, en los fraseos de pinceles, y que al final dieron fe pГєblica de que habГ­an encontrado las cГЎrceles clausuradas, la patria en paz, cada cosa en su puesto, y no habГ­an hallado ningГєn indicio para confirmar la suspicacia pГєblica de que se hubieran o se hubiese violado de intenciГіn o de obra por acciГіn u omisiГіn los principios de los derechos humanos, duerma tranquilo, general, se fueron, Г©l los despidiГі desde la ventana con un paГ±uelo de orillas bordadas y con la sensaciГіn de alivio de algo que terminaba para siempre, adiГіs, pendejos, mar tranquilo y prГіspero viaje, suspirГі, se acabГі la vaina, pero el general Rodrigo de Aguilar le recordГі que no, que la vaina no se habГ­a acabado porque aГєn quedan los niГ±os mi general, y Г©l se dio una palmada en la frente, carajo, lo habГ­a olvidado por completo, quГ© hacemos con los niГ±os. Tratando de liberarse de aquel mal pensamiento mientras se le ocurrГ­a una fГіrmula drГЎstica habГ­a hecho que sacaran a los niГ±os del escondite de la selva y los llevaran en sentido contrario a las provincias de las lluvias perpetuas donde no hubiera vientos infidentes que divulgaran sus voces, donde los animales de la tierra se pudrГ­an caminando y crecГ­an lirios en las palabras y los pulpos nadaban entre los ГЎrboles, habГ­a ordenado que los llevaran a las grutas andinas de las nieblas perpetuas para que nadie supiera dГіnde estaban, que los cambiaran de los turbios noviembres de putrefacciГіn a los febreros de dГ­as horizontales para que nadie supiera cuГЎndo estaban, les mandГі perlas de quinina y mantas de lana cuando supo que tiritaban de calenturas porque estuvieron dГ­as y dГ­as escondidos en los arrozales con el lodo al cuello para que no los descubrieran los aeroplanos de la Cruz Roja, habГ­a hecho teГ±ir de colorado la claridad del sol y el resplandor de las estrellas para curarles la escarlatina, los habГ­a hecho fumigar desde el aire con polvos de insecticida para que no se los comiera el pulgГіn de los platanales, les mandaba lluvias de caramelos y nevadas de helados de crema desde los aviones y paracaГ­das cargados de juguetes de Navidad para tenerlos contentos mientras se le ocurrГ­a una soluciГіn mГЎgica, y asГ­ se fue poniendo a salvo del maleficio de su memoria, los olvidГі, se sumergiГі en la ciГ©naga desolada de incontables noches iguales de sus insomnios domГ©sticos, oyГі los golpes de metal de las nueve, sacГі las gallinas que dormГ­an en las cornisas de la casa civil y las llevГі al gallinero, no habГ­a acabado de contar los animales dormidos en los andamios cuando entrГі una mulata de servicio a recoger los huevos, sintiГі la resolana de su edad, el rumor de su corpiГ±o, se le echГі encima, tenga cuidado general, murmurГі ella, temblando, se van a romper los huevos, que se rompan, quГ© carajo, dijo Г©l, la tumbГі de un zarpazo sin desvestirla ni desvestirse turbado por las ansias de fugarse de la gloria inasible de este martes nevado de mierdas verdes de animales dormidos, resbalГі, se despeГ±Гі en el vГ©rtigo ilusorio de un precipicio surcado por franjas lГ­vidas de evasiГіn y efluvios de sudor y suspiros de mujer brava y engaГ±osas amenazas de olvido, iba dejando en la caГ­da la curva del retintineo anhelante de la estrella fugaz de la espuela de oro, el rastro de caliche de su resuello de marido urgente, su llantito de perro, su terror de existir a travГ©s del destello y el trueno silencioso de la deflagraciГіn instantГЎnea de la centella de la muerte, pero en el fondo del precipicio estaban otra vez los rastrojos cagados, el sueГ±o insomne de las gallinas, la aflicciГіn de la mulata que se incorporГі con el traje embarrado de la melaza amarilla de las yemas lamentГЎndose de que ya ve lo que le dije general, se rompieron los huevos, y Г©l rezongГі tratando de domar la rabia de otro amor sin amor, apunta cuГЎntos eran, le dijo, te los descuento de tu sueldo, se fue, eran las diez, examinГі una por una las encГ­as de las vacas en los establos, vio a una de sus mujeres descuartizada de dolor en el suelo de su barraca y vio a la comadrona que le sacГі de las entraГ±as una criatura humeante con el cordГіn umbilical enrollado en el cuello, era un varГіn, quГ© nombre le ponemos mi general, el que les dГ© la gana, contestГі, eran las once, como todas las noches de su rГ©gimen contГі los centinelas, revisГі las cerraduras, tapГі las jaulas de los pГЎjaros, apagГі las luces, eran las doce, la patria estaba en paz, el mundo dormГ­a, se dirigiГі al dormitorio por la casa en tinieblas a travГ©s de las aspas de luz de los amaneceres fugaces de las vueltas del faro, colgГі la lГЎmpara de salir corriendo, pasГі las tres aldabas, los tres cerrojos, los tres pestillos, se sentГі en la letrina portГЎtil y mientras exprimГ­a su orina exigua acariciaba al niГ±o inclemente del testГ­culo herniado hasta que se le enderezГі la torcedura, se le durmiГі en la mano, cesГі el dolor, pero volviГі al instante con un relГЎmpago de pГЎnico cuando entrГі por la ventana el ramalazo de un viento de mГЎs allГЎ de los confines de los desiertos de salitre y esparciГі en el dormitorio el aserrГ­n de una canciГіn de muchedumbres tiernas que preguntaban por un caballero que se fue a la guerra que suspiraban quГ© dolor quГ© pena que se subieron a una torre para ver que viniera que lo vieron volver que ya volviГі que bueno en una caja de terciopelo quГ© dolor quГ© duelo, y era un coro de voces tan numerosas y distantes que Г©l se hubiera dormido con la ilusiГіn de que estaban cantando las estrellas, pero se incorporГі iracundo, ya no mГЎs, carajo, gritГі, o ellos o yo, gritГі, y fueron ellos, pues antes del amanecer ordenГі que metieran a los niГ±os en una barcaza cargada de cemento, los llevaron cantando hasta los lГ­mites de las aguas territoriales, los hicieran volar con una carga de dinamita sin darles tiempo de sufrir mientras seguГ­an cantando, y cuando los tres oficiales que ejecutaron el crimen se cuadraron frente a Г©l con la novedad mi general de que su orden habГ­a sido cumplida, los ascendiГі dos grados y les impuso la medalla de la lealtad, pero luego los hizo fusilar sin honor como a delincuentes comunes porque hay Гіrdenes que se pueden dar pero no se pueden cumplir, carajo, pobres criaturas. Experiencias tan duras como Г©sa confirmaban su muy antigua certidumbre de que el enemigo mГЎs temible estaba dentro de uno mismo en la confianza del corazГіn, que los propios hombres que Г©l armaba y engrandecГ­a para que sustentaran su rГ©gimen acaban tarde o temprano por escupir la mano que les daba de comer, Г©l los aniquilaba de un zarpazo, sacaba a otros de la nada, los ascendГ­a a los grados mГЎs altos seГ±alГЎndolos con el dedo segГєn los impulsos de su inspiraciГіn, tГє a capitГЎn, tГє a coronel, tГє a general, y todos los demГЎs a tenientes, quГ© carajo, los veГ­a crecer dentro del uniforme hasta reventar las costuras, los perdГ­a de vista, y una casualidad como el descubrimiento de dos mil niГ±os secuestrados le permitГ­a descubrir que no era sГіlo un hombre el que le habГ­a fallado sino todo el mando supremo de unas fuerzas armadas que nada mГЎs me sirven para aumentar el gasto de leche y a la hora de las vainas se cagan en el plato en que acaban de comer, yo que los parГ­ a todos, carajo, me los saquГ© de las costillas, habГ­a conquistado para ellos el respeto y el pan, y sin embargo no tenГ­a un instante de sosiego tratando de ponerse a salvo de su ambiciГіn, a los mГЎs peligrosos los mantenГ­a mГЎs cerca para vigilarlos mejor, a los menos audaces los mandaba a guarniciones de frontera, por ellos habГ­a aceptado la ocupaciГіn de los infantes de marina, madre, y no para combatir la fiebre amarilla como habГ­a escrito el embajador Thompson en el comunicado oficial, ni para que lo protegieran de la inconformidad pГєblica, como decГ­an los polГ­ticos desterrados, sino para que enseГ±aran a ser gente decente a nuestros militares, y asГ­ fue, madre, a cada quien lo suyo, ellos los enseГ±aron a caminar con zapatos, a limpiarse con papel, a usar preservativos, fueron ellos quienes me enseГ±aron el secreto de mantener servicios paralelos para fomentar rivalidades de distracciГіn entre la gente de armas, me inventaron la oficina de seguridad del estado, la agencia general de investigaciГіn, el departamento nacional de orden pГєblico y tantas otras vainas que ni yo mismo las recordaba, organismos iguales que Г©l hacГ­a aparecer como distintos para reinar con mayor sosiego en medio de la tormenta haciГ©ndoles creer a unos que estaban vigilados por los otros, revolviГ©ndoles con arena de playa la pГіlvora de los cuarteles y embrollando la verdad de sus intenciones con simulacros de la verdad contraria, y sin embargo se alzaban, Г©l irrumpГ­a en los cuarteles masticando espumarajos de bilis, gritando que se aparten cabrones que aquГ­ viene el que manda ante el espanto de los oficiales que hacГ­an pruebas de punterГ­a con mis retratos, que los desarmen, ordenГі sin detenerse pero con tanta autoridad de rabia en la voz que ellos mismos se desarmaron, que se quiten esa ropa de hombres, ordenГі, se la quitaron, se alzГі la base de San JerГіnimo mi general, Г©l entrГі por la puerta grande arrastrando sus grandes patas de anciano dolorido a travГ©s de una doble fila de guardias insurrectos que le rindieron honores de general jefe supremo, apareciГі en la sala del comando rebelde, sin escolta, sin un arma, pero gritando con una deflagraciГіn de poder que se tiren bocabajo en el suelo que aquГ­ llegГі el que todo lo puede, a tierra, malparidos, diecinueve oficiales de estado mayor se tiraron en el suelo, bocabajo, los pasearon comiendo tierra por los pueblos del litoral para que vean cuГЎnto vale un militar sin uniforme, hijos de puta, oyГі por encima de los otros gritos del cuartel alborotado sus propias Гіrdenes inapelables de que fusilen por la espalda a los promotores de la rebeliГіn, exhibieron los cadГЎveres colgados por los tobillos a sol y sereno para que nadie se quedara sin saber cГіmo terminan los que escupen a Dios, matreros, pero la vaina no se acababa con esas purgas sangrientas porque al menor descuido se volvГ­a a encontrar con la amenaza de aquella parГЎsita tentacular que creГ­a haber arrancado de raГ­z y que volvГ­a a proliferar en las galernas de su poder, a la sombra de los privilegios forzosos y las migajas de autoridad y la confianza de interГ©s que debГ­a acordarles a los oficiales mГЎs bravos aun contra su propia voluntad porque le era imposible mantenerse sin ellos pero tambiГ©n con ellos, condenado para siempre a vivir respirando el mismo aire que lo asfixiaba, carajo, no era justo, como tampoco era posible vivir con el sobresalto perpetuo de la pureza de mi compadre el general Rodrigo de Aguilar que habГ­a entrado en mi oficina con una cara de muerto ansioso de saber quГ© pasГі con aquellos dos mil niГ±os de mi premio mayor que todo el mundo dice que los hemos ahogado en el mar, y Г©l dijo sin inmutarse que no creyera en infundios de apГЎtridas, compadre, los niГ±os estГЎn creciendo en paz de Dios, le dijo, todas las noches los oigo cantar por ahГ­, dijo, seГ±alando con un cГ­rculo amplio de la mano un lugar indefinido del universo, y al propio embajador Evans lo dejГі envuelto en un aura de incertidumbre cuando le contestГі impasible que no sГ© de quГ© niГ±os me estГЎ hablando si el propio delegado de su paГ­s ante la Sociedad de Naciones habГ­a dado fe pГєblica de que estaban completos y sanos los niГ±os en las escuelas, quГ© carajo, se acabГі la vaina, y sin embargo no pudo impedir que los despertaran a medianoche con la novedad mi general de que se habГ­an alzado las dos guarniciones mГЎs grandes del paГ­s y ademГЎs el cuartel del Conde a dos cuadras de la casa presidencial, una insurrecciГіn de las mГЎs temibles encabezada por el general Bonivento Barboza que se habГ­a atrincherado con mil quinientos hombres de tropa muy bien armados y bien abastecidos con pertrechos comprados de contrabando a travГ©s de cГіnsules adictos a los polГ­ticos de oposiciГіn, de modo que las cosas no estГЎn para chuparse el dedo mi general, ahora sГ­ nos llevГі el carajo. En otra Г©poca, aquella subversiГіn volcГЎnica habrГ­a sido un estГ­mulo para su pasiГіn por el riesgo, pero Г©l sabГ­a mejor que nadie cuГЎl era el peso verdadero de su edad, que apenas si le alcanzaba la voluntad para resistir a los estragos de su mundo secreto, que en las noches de invierno no conseguГ­a dormir sin antes aplacar en el cuenco de la mano con un arrullo de ternura de duГ©rmete mi cielo al niГ±o de silbidos de dolor del testГ­culo herniado, que se le iban los ГЎnimos sentado en el retrete empujando su alma gota a gota como a travГ©s de un filtro entorpecido por el verdГ­n de tantas noches de orinar solitario, que se le descosГ­an los recuerdos, que no acertaba a ciencia cierta a conocer quiГ©n era quiГ©n, ni de parte de quiГ©n, a merced de un destino ineludible en aquella casa de lГЎstima que hace tiempo hubiera cambiado por otra, lejos de aquГ­, en cualquier moridero de indios donde nadie supiera que habГ­a sido presidente Гєnico de la patria durante tantos y tan largos aГ±os que ni Г©l mismo los habГ­a contado, y sin embargo, cuando el general Rodrigo de Aguilar se ofreciГі como mediador para negociar un compromiso decoroso con la subversiГіn no se encontrГі con el anciano lelo que se quedaba dormido en las audiencias sino con el antiguo carГЎcter de bisonte que sin pensarlo un instante contestГі que ni de vainas, que no se iba, aunque no era cuestiГіn de irse o de no irse sino que todo estГЎ contra nosotros mi general, hasta la iglesia, pero Г©l dijo que no, la iglesia estГЎ con el que manda, dijo, los generales del mando supremo reunidos desde hacГ­a 48 horas no habГ­an logrado ponerse de acuerdo, no importa dijo Г©l, ya verГЎs cГіmo se deciden cuando sepan quiГ©n les paga mГЎs, los dirigentes de la oposiciГіn civil habГ­an dado por fin la cara y conspiraban en plena calle, mejor, dijo Г©l, cuelga uno en cada farol de la Plaza de Armas para que sepan quiГ©n es el que todo lo puede, no hay caso mi general, la gente estГЎ con ellos, mentira, dijo Г©l, la gente estГЎ conmigo, de modo que de aquГ­ no me sacan sino muerto, decidiГі, golpeando la mesa con su ruda mano de doncella como sГіlo lo hacГ­a en las decisiones finales, y se durmiГі hasta la hora del ordeГ±o en que encontrГі la sala de audiencia convertida en un muladar, pues los insurrectos del cuartel del Conde habГ­an catapultado piedras que no dejaron un vidrio intacto en la galerГ­a oriental y pelotas de candela que se metГ­an por las ventanas rotas y mantuvieron la poblaciГіn de la casa en situaciГіn de pГЎnico durante la noche entera, si usted lo hubiera visto mi general, no hemos pegado el ojo corriendo de un lado para otro con mantas y galones de agua para sofocar los pozos de fuego que se prendГ­an en los rincones menos pensados, pero Г©l apenas si ponГ­a atenciГіn, ya les dije que no les hagan caso, decГ­a, arrastrando sus patas de tumba por los corredores de cenizas y piltrafas de alfombras y gobelinos chamuscados, pero van a seguir, le decГ­an, habГ­an mandado a decir que las bolas en llamas eran sГіlo una advertencia, que despuГ©s vendrГЎn las explosiones mi general, pero Г©l atravesГі el jardГ­n sin hacer caso de nadie, aspirГі en las Гєltimas sombras el rumor de las rosas acabadas de nacer, el desorden de los gallos en el viento del mar, quГ© hacemos general, ya les dije que no les hagan caso, carajo, y se fue como todos los dГ­as a esa hora a vigilar el ordeГ±o, de modo que los insurrectos del cuartel del Conde vieron aparecer como todos los dГ­as a esa hora la carreta de mulas con los seis toneles de leche del establo presidencial, y estaba en el pescante el mismo carretero de toda la vida con el mensaje hablado de que aquГ­ les manda esta leche mi general aunque sigan escupiendo la mano que les da de comer, lo gritГі con tanta inocencia que el general Bonivento Barboza ordenГі recibir la leche con la condiciГіn de que antes la probara el carretero para estar seguros de que no estaba envenenada, y entonces se abrieron los portones de hierro y los mil quinientos rebeldes asomados a los balcones interiores vieron entrar la carreta hasta el centro del patio empedrado, vieron el ordenanza que subiГі al pescante con un jarro y un cucharГіn para darle a probar la leche al carretero, lo vieron destapar el primer tonel, lo vieron flotando en el remanso efГ­mero de una deflagraciГіn deslumbrante, y no vieron nada mГЎs por los siglos de los siglos en el calor volcГЎnico del lГєgubre edificio de argamasa amarilla en el que no hubo jamГЎs una flor, cuyos escombros quedaron suspendidos un instante en el aire por la explosiГіn tremenda de los seis toneles de dinamita. Ya estГЎ, suspirГі Г©l en la casa presidencial, estremecido por el aliento sГ­smico que desbaratГі cuatro casas mГЎs alrededor del cuartel y rompiГі la cristalerГ­a nupcial de las alacenas hasta en los extramuros de la ciudad, ya estГЎ, suspirГі, cuando los furgones de la basura sacaron de los patios de la fortaleza del puerto los cadГЎveres de dieciocho oficiales que fueron fusilados de dos en fondo para economizar municiГіn, ya estГЎ, suspirГі, cuando el comandante Rodrigo de Aguilar se cuadrГі frente a Г©l con la novedad mi general de que no quedaba otra vez en las cГЎrceles un espacio mГЎs para presos polГ­ticos, ya estГЎ, suspirГі, cuando empezaron las campanas de jГєbilo, los cohetes de fiesta, las mГєsicas de gloria que anunciaron el advenimiento de otros cien aГ±os de paz, ya estГЎ, carajo, se acabГі la vaina, dijo, y se quedГі tan convencido, tan descuidado de sГ­ mismo, tan negligente de su seguridad personal que una maГ±ana atravesaba el patio de regreso del ordeГ±o y le fallГі el instinto para ver a tiempo al falso leproso de apariciГіn que se alzГі de entre los rosales para cerrarle el paso en la lenta llovizna de octubre y sГіlo vio demasiado tarde el destello instantГЎneo del revГіlver pavonado, el Г­ndice trГ©mulo que empezГі a apretar el gatillo cuando Г©l gritГі con los brazos abiertos ofreciГ©ndole el pecho, atrГ©vete cabrГіn, atrГ©vete, deslumbrado por el asombro de que su hora habГ­a llegado contra las premoniciones mГЎs lГєcidas de los lebrillos, dispara si es que tienes cojones, gritГі, en el instante imperceptible de vacilaciГіn en que se encendiГі una estrella lГ­vida en el cielo de los ojos del agresor, se marchitaron sus labios, le temblГі la voluntad, y entonces Г©l le descargГі los dos puГ±os de mazos en los tГ­mpanos, lo tumbГі en seco, lo aturdiГі en el suelo con una patada de mano de pilГіn en la mandГ­bula, oyГі desde otro mundo el alboroto de la guardia que acudiГі a sus gritos, pasГі a travГ©s de la deflagraciГіn azul del trueno continuo de las cinco explosiones del falso leproso retorcido en un charco de sangre que se habГ­a disparado en el vientre las cinco balas del revГіlver para que no lo agarraran vivo los interrogadores temibles de la guardia presidencial, oyГі sobre los otros gritos de la casa alborotada sus propias Гіrdenes inapelables de que descuartizaran el cadГЎver para escarmiento, lo hicieron tasajo, exhibieron la cabeza macerada con sal de piedra en la Plaza de Armas, la pierna derecha en el confГ­n oriental de Santa MarГ­a del Altar, la izquierda en el occidente sin lГ­mites de los desiertos de salitre, un brazo en los pГЎramos, el otro en la selva, los pedazos del tronco fritos en manteca de cerdo y expuestos a sol y sereno hasta que se quedaron en el hueso pelado a todo lo ancho y a todo lo azaroso y difГ­cil de este burdel de negros para que nadie se quedara sin saber cГіmo terminan los que levantan la mano contra su padre, y todavГ­a verde de rabia se fue por entre los rosales que la guardia presidencial expulgaba de leprosos a punta de bayoneta para ver si por fin dan la cara, matreros, subiГі a la planta principal apartando a patadas a los paralГ­ticos a ver si al fin aprenden quiГ©n fue el que les puso a parir sus madres, hijos de puta, atravesГі los corredores gritando que se quiten carajo que aquГ­ viene el que manda por entre el pГЎnico de los oficinistas y los aduladores impГЎvidos que lo proclamaban el eterno, dejГі a lo largo de la casa el rastro del reguero de piedras de su resuello de horno, desapareciГі en la sala de audiencias como un relГЎmpago fugitivo hacia los aposentos privados, entrГі en el dormitorio, cerrГі las tres aldabas, los tres pestillos, los tres cerrojos, y se quitГі con la punta de los dedos los pantalones que llevaba puestos ensopados de mierda. No conociГі un instante de descanso husmeando en su contorno para encontrar al enemigo oculto que habГ­a armado al falso leproso, pues sentГ­a que era alguien al alcance de su mano, alguien tan prГіximo a su vida que conocГ­a los escondrijos de su miel de abejas, que tenГ­a ojos en las cerraduras y oГ­dos en las paredes a toda hora y en todas partes como mis retratos, una presencia voluble que silbaba en los alisios de enero y lo reconocГ­a desde el rescoldo de los jazmines en las noches de calor, que lo persiguiГі durante meses y meses en el espanto de los insomnios arrastrando sus pavorosas patas de aparecido por los cuartos mejor traspuestos de la casa en tinieblas, hasta una noche de dominГі en que vio el presagio materializado en una mano pensativa que cerrГі el juego con el doble cinco, y fue como si una voz interior le hubiera revelado que aquella mano era la mano de la traiciГіn, carajo, Г©ste es, se dijo perplejo, y entonces levantГі la vista a travГ©s del chorro de luz de la lГЎmpara colgada en el centro de la mesa y se encontrГі con los hermosos ojos de artillero de mi compadre del alma el general Rodrigo de Aguilar, quГ© vaina, su brazo fuerte, su cГіmplice sagrado, no era posible, pensaba, tanto mГЎs dolorido cuanto mГЎs a fondo descifraba la urdimbre de las falsas verdades con que lo habГ­an entretenido durante tantos aГ±os para ocultar la verdad brutal de que mi compadre de toda la vida estaba al servicio de los polГ­ticos de fortuna que Г©l habГ­a sacado por conveniencia de los trasfondos mГЎs oscuros de la guerra federal y los habГ­a enriquecido y abrumado de privilegios fabulosos, se habГ­a dejado usar por ellos, les habГ­a tolerado que se sirvieran de Г©l para encumbrarse hasta donde no lo soГ±Гі la antigua aristocracia barrida por el aliento irresistible de la ventolera liberal, y todavГ­a querГ­an mГЎs, carajo, querГ­an el sitio de elegido de Dios que Г©l se habГ­a reservado, querГ­an ser yo, malparidos, con el camino alumbrado por la lucidez glacial y la prudencia infinita del hombre que mГЎs confianza y mГЎs autoridad habГ­a logrado acumular bajo su rГ©gimen valiГ©ndose de la privanza de ser la Гєnica persona de quien Г©l aceptaba papeles para firmar, lo hacГ­a leer en voz alta las Гіrdenes ejecutivas y las leyes ministeriales que sГіlo yo podГ­a expedir, le indicaba las enmiendas, firmaba con la huella del pulgar y ponГ­a debajo el sello del anillo que entonces guardaba en una caja fuerte cuya combinaciГіn no conocГ­a nadie mГЎs que Г©l, a su salud, compadre, le decГ­a siempre al entregarle los papeles firmados, ahГ­ tiene para que se limpie, le decГ­a riendo, y era asГ­ como el general Rodrigo de Aguilar habГ­a logrado establecer otro sistema de poder dentro del poder tan dilatado y fructГ­fero como el mГ­o, y no contento con eso habГ­a promovido en la sombra la insurrecciГіn del cuartel del Conde con la complicidad y la asistencia sin reservas del embajador Norton, su compinche de putas holandesas, su maestro de esgrima, que habГ­a pasado la municiГіn de contrabando en barriles de bacalao de Noruega amparados por la franquicia diplomГЎtica mientras me embalsamaba en la mesa de dominГі con las velas de incienso de que no habГ­a gobierno mГЎs amigo, ni mГЎs justo y ejemplar que el mГ­o, y eran tambiГ©n ellos quienes habГ­an puesto el revГіlver en la mano del falso leproso junto con estos cincuenta mil pesos en billetes cortados por la mitad que encontramos enterrados en la casa del agresor, y cuyas otras mitades le serГ­an entregadas despuГ©s del crimen por mi propio compadre de toda la vida, madre, mire quГ© vaina tan amarga, y sin embargo no se resignaban al fracaso sino que habГ­an terminado por concebir el golpe perfecto sin derramar una gota de sangre, ni siquiera de la suya mi general, pues el general Rodrigo de Aguilar habГ­a acumulado testimonios del mayor crГ©dito de que yo me pasaba las noches sin dormir conversando con los floreros y los Гіleos de los prГіceres y los arzobispos de la casa en tinieblas, que les ponГ­a el termГіmetro a las vacas y les daba de comer fenacetina para bajarles la fiebre, que habГ­a hecho construir una tumba de honor para un almirante de la mar ocГ©ana que no existГ­a sino en mi imaginaciГіn febril cuando yo mismo vi con estos mis ojos misericordiosos las tres carabelas fondeadas frente a mi ventana, que habГ­a despilfarrado los fondos pГєblicos en el vicio irreprimible de comprar aparatos de ingenio y hasta habГ­a pretendido que los astrГіnomos perturbaran el sistema solar para complacer a una reina de la belleza que sГіlo habГ­a existido en las visiones de su delirio, y que en un ataque de demencia senil habГ­a ordenado meter a dos mil niГ±os en una barcaza cargada de cemento que fue dinamitada en el mar, madre, imagГ­nese usted, quГ© hijos de puta, y era con base en aquellos testimonios solemnes que el general Rodrigo de Aguilar y el estado mayor de las guardias presidenciales en pleno habГ­an decidido internarlo en el asilo de ancianos ilustres de los acantilados en la medianoche del primero de marzo prГіximo durante la cena anual del Santo ГЃngel Custodio, patrono de los guardaespaldas, o sea dentro de tres dГ­as mi general, imagГ­nese, pero a pesar de la inminencia y el tamaГ±o de la conspiraciГіn Г©l no hizo ningГєn gesto que pudiera suscitar la sospecha de que la habГ­a descubierto, sino que a la hora prevista recibiГі como todos los aГ±os a los invitados de su guardia personal y los hizo sentar a la mesa del banquete a tomar los aperitivos mientras llegaba el general Rodrigo de Aguilar a hacer el brindis de honor, departiГі con ellos, se riГі con ellos, uno tras otro, en distracciones furtivas, los oficiales miraban sus relojes, se los ponГ­an en el oГ­do, les daban cuerda, eran las doce menos cinco pero el general Rodrigo de Aguilar no llegaba, habГ­a un calor de caldera de barco perfumado de flores, olГ­a a gladiolos y tulipanes, olГ­a a rosas vivas en la sala cerrada, alguien abriГі una ventana, respiramos, miramos los relojes, sentimos una rГЎfaga tenue del mar con un olor de guiso tierno de comida de bodas, todos sudaban menos Г©l, todos padecimos el bochorno del instante bajo la lumbre intacta del animal vetusto que parpadeaba con los ojos abiertos en un espacio propio reservado en otra edad del mundo, salud, dijo, la mano inapelable de lirio lГЎnguido volviГі a levantar la copa con que habГ­a brindado toda la noche sin beber, se oyeron los ruidos viscerales de las mГЎquinas de los relojes en el silencio de un abismo final, eran las doce, pero el general Rodrigo de Aguilar no llegaba, alguien tratГі de levantarse, por favor, dijo, Г©l lo petrificГі con la mirada mortal de que nadie se mueva, nadie respire, nadie viva sin mi permiso hasta que terminaron de sonar las doce, y entonces se abrieron las cortinas y entrГі el egregio general de divisiГіn Rodrigo de Aguilar en bandeja de plata puesto cuan largo fue sobre una guarniciГіn de coliflores y laureles, macerado en especias, dorado al horno, aderezado con el uniforme de cinco almendras de oro de las ocasiones solemnes y las presillas del valor sin lГ­mites en la manga del medio brazo, catorce libras de medallas en el pecho y una ramita de perejil en la boca, listo para ser servido en banquete de compaГ±eros por los destazadores oficiales ante la petrificaciГіn de horror de los invitados que presenciamos sin respirar la exquisita ceremonia del descuartizamiento y el reparto, y cuando hubo en cada plato una raciГіn igual de ministro de la defensa con relleno de piГ±ones y hierbas de olor, Г©l dio la orden de empezar, buen provecho seГ±ores.

 

HabГ­a sorteado tantos escollos de desГіrdenes telГєricos, tantos eclipses aciagos, tantas bolas de candela en el cielo, que parecГ­a imposible que alguien de nuestro tiempo confiara todavГ­a en pronГіsticos de barajas referidos a su destino. Sin embargo, mientras se adelantaban los trГЎmites para componer y embalsamar el cuerpo, hasta los menos candidos esperГЎbamos sin confesarlo el cumplimiento de predicciones antiguas, como que el dГ­a de su muerte el lodo de los cenegales habГ­a de regresar por sus afluentes hasta las cabeceras, que habГ­a de llover sangre, que las gallinas pondrГ­an huevos pentagonales, y que el silencio y las tinieblas se volverГ­an a establecer en el universo porque aquГ©l habГ­a de ser el tГ©rmino de la creaciГіn. Era imposible no creerlo, si los pocos periГіdicos que aГєn se publicaban seguГ­an consagrados a proclamar su eternidad y a falsificar su esplendor con materiales de archivo, nos lo mostraban a diario en el tiempo estГЎtico de la primera plana con el uniforme tenaz de cinco soles tristes de sus tiempos de gloria, con mГЎs autoridad y diligencia y mejor salud que nunca a pesar de que hacГ­a muchos aГ±os que habГ­amos perdido la cuenta de sus aГ±os, volvГ­a a inaugurar en los retratos de siempre los monumentos conocidos o instalaciones de servicio pГєblico que nadie conocГ­a en la vida real, presidГ­a actos solemnes que se decГ­an de ayer y que en realidad se habГ­an celebrado en el siglo anterior, aunque sabГ­amos que no era cierto, que nadie lo habГ­a visto en pГєblico desde la muerte atroz de Leticia Nazareno cuando se quedГі solo en aquella casa de nadie mientras los asuntos del gobierno cotidiano seguГ­an andando solos y sГіlo por la inercia de su poder inmenso de tantos aГ±os, se encerrГі hasta la muerte en el palacio destartalado desde cuyas ventanas mГЎs altas contemplГЎbamos. con el corazГіn oprimido el mismo anochecer lГєgubre que Г©l debiГі ver tantas veces desde su trono de ilusiones, veГ­amos la luz intermitente del faro que inundaba de sus aguas verdes y lГЎnguidas los salones en ruinas, veГ­amos las lГЎmparas de pobres dentro del cascarГіn de los que fueron antes los arrecifes de vidrios solares de los ministerios que habГ­an sido invadidos por hordas de pobres cuando las barracas de colores de las colinas del puerto fueron desbaratadas por otro de nuestros tantos ciclones, veГ­amos abajo la ciudad dispersa y humeante, el horizonte instantГЎneo de relГЎmpagos pГЎlidos del crГЎter de ceniza del mar vendido, la primera noche sin Г©l, su vasto imperio lacustre de anГ©monas de paludismo, sus pueblos de calor en los deltas de los afluentes de lodo, las ГЎvidas cercas de alambre de pГєa de sus provincias privadas donde proliferaba sin cuento ni medida una especie nueva de vacas magnГ­ficas que nacГ­an con la marca hereditaria del hierro presidencial. No sГіlo habГ­amos terminado por creer de veras que Г©l estaba concebido para sobrevivir al tercer cometa, sino que esa convicciГіn nos habГ­a infundido una seguridad y un sosiego que creГ­amos disimular con toda clase de chistes sobre la vejez, le atribuГ­amos a Г©l las virtudes seniles de las tortugas y los hГЎbitos de los elefantes, contГЎbamos en las cantinas que alguien habГ­a anunciado al consejo de gobierno que Г©l habГ­a muerto y que todos los ministros se miraron asustados y se preguntaron asustados que ahora quiГ©n se lo va a decir a Г©l, ja, ja, ja, cuando la verdad era que a Г©l no le hubiera importado saberlo ni hubiera estado muy seguro Г©l mismo de si aquel chiste callejero era cierto o falso, pues entonces nadie sabГ­a sino Г©l que sГіlo le quedaban en las troneras de la memoria unas cuantas piltrafas sueltas de los vestigios del pasado, estaba solo en el mundo, sordo como un espejo, arrastrando sus densas patas decrГ©pitas por oficinas sombrГ­as donde alguien de levita y cuello de almidГіn le habГ­a hecho una seГ±a enigmГЎtica con un paГ±uelo blanco, adiГіs, le dijo Г©l, el equГ­voco se convirtiГі en ley, los oficinistas de la casa presidencial tenГ­an que ponerse de pie con un paГ±uelo blanco cuando Г©l pasaba, los centinelas en los corredores, los leprosos en los rosales lo despedГ­an al pasar con un paГ±uelo blanco, adiГіs mi general, adiГіs, pero Г©l no oГ­a, no oГ­a nada desde los lutos crepusculares de Leticia Nazareno cuando pensaba que a los pГЎjaros de sus jaulas se les estaba gastando la voz de tanto cantar y les daba de comer de su propia miel de abejas para que cantaran mГЎs alto, les echaba gotas de cantorina en el pico con un gotero, les cantaba canciones de otra Г©poca, fГєlgida luna del mes de enero, cantaba, pues no se daba cuenta de que no eran los pГЎjaros que estuvieran perdiendo la fuerza de la voz sino que era Г©l que oГ­a cada vez menos, y una noche el zumbido de los tГ­mpanos se rompiГі en pedazos, se acabГі, se quedГі convertido en un aire de argamasa por donde pasaban apenas los lamentos de adioses de los buques ilusorios de las tinieblas del poder, pasaban vientos imaginarios, bullarangas de pГЎjaros interiores que acabaron por consolarlo del abismo del silencio de los pГЎjaros de la realidad. Las pocas personas que entonces tenГ­an acceso a la casa civil lo veГ­an en el mecedor de mimbre sobrellevando el bochorno de las dos de la tarde bajo el cobertizo de trinitarias, se habГ­a desabotonado la guerrera, se habГ­a quitado el sable con el cinturГіn de los colores de la patria, se habГ­a quitado las botas pero se dejaba puestas las medias de pГєrpura de las doce docenas que le mandГі el Sumo PontГ­fice de sus calceteros privados, las niГ±as de un colegio vecino que se encaramaban por las tapias traseras donde la guardia era menos rГ­gida lo habГ­an sorprendido muchas veces en aquel sopor insomne, pГЎlido, con hojas de medicina pegadas en las sienes, atigrado por los charcos de luz del cobertizo en un Г©xtasis de mantarraya bocarriba en el fondo de un estanque, viejo guanГЎbano, le gritaban, Г©l las veГ­a distorsionadas por la bruma de la reverberaciГіn del calor, les sonreГ­a, las saludaba con la mano sin el guante de raso, pero no las oГ­a, sentГ­a el tufo de lodo de camarones de la brisa del mar, sentГ­a el picoteo de las gallinas en los dedos de los pies, pero no sentГ­a el trueno luminoso de las chicharras, no oГ­a a las niГ±as, no oГ­a nada. Sus Гєnicos contactos con la realidad de este mundo eran entonces unas cuantas piltrafas sueltas de sus recuerdos mГЎs grandes, sГіlo ellos lo mantuvieron vivo despuГ©s de que se despojГі de los asuntos del gobierno y se quedГі nadando en el estado de inocencia del limbo del poder, sГіlo con ellos se enfrentaba al soplo devastador de sus aГ±os excesivos cuando deambulaba al anochecer por la casa desierta, se escondГ­a en las oficinas apagadas, arrancaba los mГЎrgenes de los memoriales y en ellos escribГ­a con su letra florida los residuos sobrantes de los Гєltimos recuerdos que lo preservaban de la muerte, una noche habГ­a escrito que me llamo ZacarГ­as, lo habГ­a vuelto a leer bajo el resplandor fugitivo del faro, lo habГ­a leГ­do otra vez muchas veces y el nombre tantas veces repetido terminГі por parecerle remoto y ajeno, quГ© carajo, se dijo, haciendo trizas la tira de papel, yo soy yo, se dijo, y escribiГі en otra tira que habГ­a cumplido cien aГ±os por los tiempos en que volviГі a pasar el cometa aunque entonces no estaba seguro de cuГЎntas veces lo habГ­a visto pasar, y escribiГі de memoria en otra tira mГЎs larga honor al herido y honor a los fieles soldados que muerte encontraron por mano extranjera, pues hubo Г©pocas en que escribГ­a todo lo que pensaba, todo lo que sabia, escribiГі en un cartГіn y lo clavГі con alfileres en la puerta de un retrete que estaba prohibido hacer porquerГ­as en los excusados porque habГ­a abierto esa puerta por error y habГ­a sorprendido a un oficial de alto rango masturbГЎndose en cuclillas sobre la letrina, escribГ­a las pocas cosas que recordaba para estar seguro de no olvidarlas nunca, Leticia Nazareno, escribГ­a, mi Гєnica y legГ­tima esposa que lo habГ­a enseГ±ado a leer y escribir en la plenitud de la vejez, hacГ­a esfuerzos por evocar su imagen pГєblica, querГ­a volver a verla con la sombrilla de tafetГЎn con los colores de la bandera y su cuello de colas de zorros plateados de primera dama, pero sГіlo conseguГ­a recordarla desnuda a las dos de la tarde bajo la luz de harina del mosquitero, se acordaba del lento reposo de tu cuerpo manso y lГ­vido en el zumbido del ventilador elГ©ctrico, sentГ­a tus tetas vivas, tu olor de perra, el rumor corrosivo de tus manos feroces de novicia que cortaban la leche y oxidaban el oro y marchitaban las flores, pero eran buenas manos para el amor, porque sГіlo ella habГ­a alcanzado el triunfo inconcebible de que te quites las botas que me ensucias mis sГЎbanas de bramante, y el se las quitaba, que te quites los arneses que me lastimas el corazГіn con las hebillas, y Г©l se los quitaba, que te quites el sable, y el braguero, y las polainas, que te quites todo mi vida que no te siento, y Г©l se quitaba todo para ti como no lo habГ­a hecho antes ni habГ­a de hacerlo nunca con ninguna mujer despuГ©s de Leticia Nazareno, mi Гєnico y legГ­timo amor, suspiraba, escribГ­a los suspiros en las tiras de memoriales amarillentos que enrollaba como cigarrillos para esconderlos en los resquicios menos pensados de la casa donde sГіlo Г©l pudiera encontrarlos para acordarse de quiГ©n era Г©l mismo cuando ya no pudiera acordarse de nada, donde nadie los encontrГі jamГЎs cuando inclusive la imagen de Leticia Nazareno acabГі de escurrirse por los desaguaderos de la memoria y sГіlo quedГі el recuerdo indestructible de su madre BendiciГіn Alvarado en las tardes de adioses de la mansiГіn de los suburbios, su madre moribunda que convocaba a las gallinas haciendo sonar los granos de maГ­z en una totuma para que Г©l no advirtiera que se estaba muriendo, que le seguГ­a llevando las aguas de frutas a la hamaca colgada entre los tamarindos para que Г©l no sospechara que apenas si podГ­a respirar de dolor, su madre que lo habГ­a concebido sola, que lo habГ­a parido sola, que se estuvo pudriendo sola hasta que el sufrimiento solitario se hizo tan intenso que fue mГЎs fuerte que el orgullo y tuvo que pedirle al hijo que me mires la espalda para ver por quГ© siento este fulgor de brasas que no me deja vivir, y se quitГі la camisola, se volviГі, y Г©l contemplГі con un horror callado las espaldas maceradas por las Гєlceras humeantes en cuya pestilencia de pulpa de guayaba se reventaban las burbujas minГєsculas de las primeras larvas de los gusanos. Malos tiempos aquellos mi general, no habГ­a secretos de estado que no fueran de dominio pГєblico, no habГ­a orden que se cumpliera a ciencia cierta desde que fue servido en mesa de gala el cadГЎver exquisito del general Rodrigo de Aguilar, pero a Г©l no le importaba, no le importaron los tropiezos del poder durante los meses amargos en que su madre se pudriГі a fuego lento en un dormitorio contiguo al suyo despuГ©s de que los mГ©dicos mГЎs entendidos en flagelos asiГЎticos dictaminaron que su enfermedad no era la peste, ni la sarna, ni el pian, ni ninguna otra plaga de Oriente sino algГєn maleficio de indios que sГіlo podГ­a ser curado por quien lo hubiera infundido, y Г©l comprendiГі que era la muerte y se encerrГі a ocuparse de su madre con una abnegaciГіn de madre, se quedГі a pudrirse con ella para que nadie la viera cocinГЎndose en su caldo de larvas, ordenГі que le llevaran sus gallinas a la casa civil, le llevaron los pavorreales, los pГЎjaros pintados que andaban a su antojo por salones y oficinas para que su madre no fuera a extraГ±ar los trajines campestres de la mansiГіn de los suburbios, Г©l mismo quemaba los troncos de bija en el dormitorio para que nadie percibiera el tufo de mortecina de la madre moribunda, Г©l mismo consolaba con mantecas germicidas el cuerpo colorado del mercurio cromo, amarillo del pГ­crico, azul del metileno, Г©l mismo embadurnaba de bГЎlsamos turcos las Гєlceras humeantes contra el criterio del ministro de la salud que tenГ­a horror de los maleficios, quГ© carajo, madre, mejor si nos morimos juntos, decГ­a, pero BendiciГіn Alvarado era consciente de ser la Гєnica que se estaba muriendo y trataba de revelarle al hijo los secretos de familia que no querГ­a llevarse a la tumba, le contaba cГіmo le echaron su placenta a los cochinos, seГ±or, como fue que nunca pude establecer cuГЎl de tantos fugitivos de vereda habГ­a sido tu padre, trataba de decirle para la historia que lo habГ­a engendrado de pie y sin quitarse el sombrero por el tormento de las moscas metГЎlicas de los pellejos de melaza fermentada de una trastienda de cantina, lo habГ­a parido mal en un amanecer de agosto en el zaguГЎn de un monasterio, lo habГ­a reconocido a la luz de las arpas melancГіlicas de los geranios y tenГ­a el testГ­culo derecho del tamaГ±o de un higo y se vaciaba como un fuelle y exhalaba un suspiro de gaita con la respiraciГіn, lo desenvolvГ­a de los trapos que le regalaron las novicias y lo mostraba en las plazas de feria por si acaso encontraba alguien que conociera algГєn remedio mejor y sobre todo mГЎs barato que la miel de abejas que era lo Гєnico que le recomendaban para su mala formaciГіn, la entretenГ­an con fГіrmulas de consuelo, que no hay que anticiparse al destino, le decГ­an, que al fin y al cabo el niГ±o era bueno para todo menos para tocar instrumentos de viento, le decГ­an, y sГіlo una adivina de circo cayГі en la cuenta de que el reciГ©n nacido no tenГ­a lГ­neas en la palma de la mano y eso querГ­a decir que habГ­a nacido para rey, y asГ­ era, pero Г©l no le ponГ­a atenciГіn, le suplicaba que se durmiera sin escarbar en el pasado porque le resultaba mГЎs cГіmodo creer que aquellos tropiezos de la historia patria eran delirios de la fiebre, duГ©rmase, madre, le suplicaba, la envolvГ­a de pies a cabeza con una sГЎbana de lino de las muchas que habГ­a hecho fabricar a propГіsito para no lastimar sus llagas, la ponГ­a a dormir de costado con la mano en el corazГіn, la consolaba con que no se acuerde de vainas tristes, madre, de todos modos yo soy yo, duerma despacio. HabГ­an sido inГєtiles las muchas y arduas diligencias oficiales para aplacar el ruido pГєblico de que la matriarca de la patria se estaba pudriendo en vida, divulgaban cГ©dulas mГ©dicas inventadas, pero los propios estafetas de los bandos confirmaban que era cierto lo que ellos mismos desmentГ­an, que los vapores de la corrupciГіn eran tan intensos en el dormitorio de la moribunda que habГ­an espantado hasta a los leprosos, que degollaban carneros para baГ±arla con la sangre viva, que sacaban sГЎbanas ensopadas de una materia tornasol que fluГ­a de sus llagas y por mucho que las lavaran no conseguГ­an devolverles su esplendor original, que nadie habГ­a vuelto a verlo a Г©l en los establos de ordeГ±o ni en los cuartos de las concubinas donde siempre lo habГ­an visto al amanecer aun en los tiempos peores, el propio arzobispo primado se habГ­a ofrecido para administrar los Гєltimos sacramentos a la moribunda pero Г©l lo habГ­a plantado en la puerta, nadie se estГЎ muriendo, padre, no crea en rumores, le dijo, compartГ­a la comida con su madre en el mismo plato con la misma cuchara a pesar del aire de dispensario de peste que se respiraba en el cuarto, la baГ±aba antes de acostarla con el jabГіn del perro agradecido mientras el corazГіn se le paraba de lГЎstima por las instrucciones que ella impartГ­a con sus Гєltimas hilachas de voz sobre el cuidado de los animales despuГ©s de su muerte, que no desplumaran a los pavorreales para hacer sombreros, sГ­ madre, decГ­a Г©l, y le daba una mano de creolina por todo el cuerpo, que no obliguen a cantar a los pГЎjaros en las fiestas, sГ­ madre, y la envolvГ­a en la sГЎbana de dormir, que saquen las gallinas de los nidos cuando estГ© tronando para que no empollen basiliscos, sГ­ madre, y la acostaba con la mano en el corazГіn, sГ­ madre, duerma despacio, la besaba en la frente, dormГ­a las pocas horas que le quedaban tirado bocabajo junto a la cama, pendiente de las derivas de su sueГ±o, pendiente de los delirios interminables que se iban haciendo mГЎs lГєcidos a medida que se acercaban a la muerte, aprendiendo con sus rabias acumuladas de cada noche a soportar la rabia inmensa del lunes de dolor en que lo despertГі el silencio terrible del mundo al amanecer y era que su madre de mi vida BendiciГіn Alvarado habГ­a acabado de respirar, y entonces desenvolviГі el cuerpo nauseabundo y vio en el resplandor tenue de los primeros gallos que habГ­a otro cuerpo idГ©ntico con la mano en el corazГіn pintado de perfil en la sГЎbana, y vio que el cuerpo pintado no tenГ­a grietas de peste ni estragos de vejez sino que era macizo y terso como pintado al Гіleo por ambos lados del sudario y exhalaba una fragancia natural de flores tiernas que purificГі el ГЎmbito de hospital del dormitorio y por mucho que lo restregaron con caliche y lo hirvieron en lejГ­a no consiguieron borrarlo de la sГЎbana porque estaba integrado por el derecho y por el revГ©s con la propia materia del lino, y era lino eterno, pero Г©l no habГ­a tenido serenidad para medir el tamaГ±o de aquel prodigio sino que abandonГі el dormitorio con un portazo de rabia que sonГі como un disparo en el ГЎmbito de la casa, y entonces empezaron las campanas de duelo en la catedral y despuГ©s las de todas las iglesias y despuГ©s las de toda la naciГіn que doblaron sin pausas durante cien dГ­as, y quienes despertaron por las campanas comprendieron sin ilusiones que Г©l era otra vez el dueГ±o de todo su poder y que el enigma de su corazГіn oprimido por la rabia de la muerte se levantaba con mГЎs fuerza que nunca contra las veleidades de la razГіn y la dignidad y la indulgencia, porque su madre de mi vida BendiciГіn Alvarado habГ­a muerto en aquella madrugada del lunes veintitrГ©s de febrero y un nuevo siglo de confusiГіn y de escГЎndalo empezaba en el mundo. Ninguno de nosotros [?] era bastante viejo para dar testimonio de aquella muerte, pero el estruendo de los funerales habГ­a llegado hasta nuestro tiempo y tenГ­amos noticias verГ­dicas de que Г©l no volviГі a ser el mismo de antes por el resto de su vida, nadie tuvo el derecho de perturbar sus insomnios de huГ©rfano durante mucho mГЎs de los cien dГ­as del luto oficial, no se le volviГі a ver en la casa de dolor cuyo ГЎmbito habГ­a sido desbordado por las resonancias inmensas de las campanas fГєnebres, no se daban mГЎs horas que las de su duelo, se hablaba con suspiros, la guardia domГ©stica andaba descalza como en los aГ±os originales de su rГ©gimen y sГіlo las gallinas pudieron hacer lo que quisieron en la casa prohibida cuyo monarca se habГ­a vuelto invisible, se desangraba de rabia en el mecedor de mimbre mientras su madre de mi alma BendiciГіn Alvarado andaba por esos peladeros de calor y miseria dentro de un ataГєd lleno de aserrГ­n y hielo picado para que no se pudriera mГЎs de lo que estuvo en vida, pues se habГ­an llevado el cuerpo en procesiГіn solemne hasta los confines menos explorados de su reino para que nadie se quedara sin el privilegio de honrar su memoria, se lo llevaron con himnos de vientos de crespones oscuros hasta las estaciones de los pГЎramos donde lo recibieron con las mismas mГєsicas lГєgubres las mismas muchedumbres taciturnas que en otros tiempos de gloria habГ­an venido a conocer el poder oculto en la penumbra del vagГіn presidencial, exhibieron el cuerpo en el monasterio de caridad donde una pajarera nГіmada en el principio de los tiempos habГ­a parido mal a un hijo de nadie que llegГі a ser rey, abrieron los portones del santuario por primera vez en un siglo, soldados de a caballo hacГ­an redadas de indios en los pueblos, los arriaban secuestrados, los metГ­an a culatazos en la vasta nave afligida por los soles helados de los vitrales donde nueve obispos de pontifical cantaban oficios de tinieblas, duerme en paz en tu gloria, cantaban los diГЎconos, los acГіlitos, descansa en tus cenizas, cantaban, afuera llovГ­a en los geranios, las novicias repartieron guarapo con panes de difuntos, vendieron costillas de cerdo, camГЎndulas, frascos de agua bendita bajo las arcadas de piedra de los patios, habГ­a mГєsica en las cantinas de las veredas, habГ­a pГіlvora, se bailaba en los zaguanes, era domingo, ahora y siempre, eran aГ±os de fiesta en las trochas de prГіfugos y los desfiladeros de niebla por donde su madre de mi muerte BendiciГіn Alvarado habГ­a pasado en vida persiguiendo al hijo embullado con la ventolera federal, pues ella lo habГ­a cuidado en la guerra, habГ­a impedido que le caminaran encima las mulas de la tropa cuando se derrumbaba por los suelos enrollado en una manta, sin sentido, hablando disparates por la calentura de las tercianas, ella le habГ­a tratado de inculcar su miedo ancestral por los peligros que acechan a la gente de los pГЎramos en las ciudades del mar tenebroso, tenia miedo de los virreyes, de las estatuas, de los cangrejos que se bebГ­an las lГЎgrimas de los reciГ©n nacidos, habГ­a temblado de pavor ante la majestad de la casa del poder que conociГі a travГ©s de la lluvia la noche del asalto sin haber imaginado entonces que era la casa donde habГ­a de morir, la casa de soledad donde Г©l estaba, donde se preguntaba con el calor de la rabia tirado bocabajo en el suelo dГіnde carajo te has metido, madre, en quГ© manglar de tarulla se habrГЎ enredado tu cuerpo, quiГ©n te espanta las mariposas de la cara, suspiraba, postrado de dolor, mientras su madre BendiciГіn Alvarado navegaba bajo un palio de hojas de plГЎtano entre los vapores nauseabundos de los cenagales para ser exhibida en las escuelas pГєblicas de vereda, en los cuarteles de los desiertos de salitre, en los corrales de indios, la mostraban en las casas principales junto con un retrato de cuando era joven, era lГЎnguida, era hermosa, se habГ­a puesto una diadema en la frente, se habГ­a puesto una gola de encajes contra su voluntad, se habГ­a dejado poner talco en la cara y carmГ­n en los labios por esa Гєnica vez, le pusieron un tulipГЎn de seda en la mano para que lo tuviera asГ­, asГ­ no, seГ±ora, asГ­, descuidado en el regazo, cuando el fotГіgrafo veneciano de los monarcas europeos le tomГі el retrato oficial de primera dama que mostraban junto con el cadГЎver como una prueba final contra cualquier sospecha de suplantaciГіn, y eran idГ©nticos, pues no se habГ­a dejado nada al azar, el cuerpo iba siendo reconstruido en diligencias secretas a medida que se le desbarataba el cosmГ©tico y la piel agrietada de parafina se le derretГ­a con el calor, le quitaban el musgo de los pГЎrpados en las Г©pocas de lluvia, las costureras militares mantenГ­an el vestido de muerta como si hubiera sido puesto ayer y conservaban en estado de gracia la corona de azahares y el velo de novia virgen que nunca tuvo en vida, para que nadie en este burdel de idГіlatras se atreviera a repetir nunca que eres distinta de tu retrato, madre, para que nadie olvide quiГ©n es el que manda por los siglos de los siglos hasta en los caserГ­os mГЎs indigentes de los mГ©danos de la selva donde al cabo de tantos aГ±os de olvido vieron volver a medianoche el vetusto buque fluvial de rueda de madera con todas las luces encendidas y lo recibieron con tambores pascuales creyendo que habГ­an vuelto los tiempos de gloria, que viva el macho, gritaban, bendito el que viene en nombre de la verdad, gritaban, se echaban al agua con los armadillos cebados, con una ahuyama del tamaГ±o de un buey, se encaramaban por los barandales de encajes de madera para brindarle tributos de sumisiГіn al poder invisible cuyos dados decidГ­an al azar de la patria y se quedaban sin aliento ante el catafalco de hielo picado y sal de piedra repetido en las lunas atГіnitas de los espejos del comedor presidencial, expuesto al juicio pГєblico bajo los ventiladores de aspas del arcaico buque de placer que anduvo meses y meses por entre las islas efГ­meras de los afluentes ecuatoriales hasta que se extraviГі en una edad de pesadilla en que las gardenias tenГ­an uso de razГіn y las iguanas volaban en las tinieblas, se terminГі el mundo, la rueda de madera encallГі en arenales de oro, se rompiГі, se fundiГі el hielo, se corrompiГі la sal, el cuerpo tumefacto quedГі flotando a la deriva en una sopa de aserrГ­n [?], y sin embargo no se pudriГі, sino todo lo contrario mi general, pues entonces la vimos abrir los ojos y vimos que sus pupilas eran diГЎfanas y tenГ­an el color del acГіnito en enero y su misma virtud de piedra lunar, y aun los mГЎs incrГ©dulos habГ­amos visto empaГ±arse la cubierta de vidrio del catafalco con el vapor de su aliento y habГ­amos visto que de sus poros manaba un sudor vivo y fragante, y la vimos sonreГ­r. Usted no puede imaginarse cГіmo fue aquello mi general, fue el despelote, hemos visto parir a las mulas, hemos visto crecer flores en el salitre, hemos visto a los sordomudos aturdidos por el prodigio de sus propios gritos de milagro, milagro, milagro, hicieron polvo los vidrios del ataГєd mi general y por poco no volvieron tasajo el cadГЎver para repartirse las reliquias, asГ­ que hemos tenido que disponer de un batallГіn de granaderos contra el fervor de las muchedumbres frenГ©ticas que estaban llegando en tumulto desde el semillero de islas del Caribe cautivadas por la noticia de que el alma de su madre BendiciГіn Alvarado habГ­a obtenido de Dios la facultad de contrariar las leyes de la naturaleza, vendГ­an hilos de la mortaja, vendГ­an escapularios, aguas de su costado, estampitas con su retrato de reina, pero era una turbamulta tan descomunal y atolondrada que mГЎs bien parecГ­a un torrente de bueyes indГіmitos cuyas pezuГ±as devastaban cuanto encontraban a su paso y hacГ­an un estruendo de temblor de tierra que hasta usted mismo puede oГ­rlo desde aquГ­ si escucha con atenciГіn mi general, Гіigalo, y Г©l se puso la mano en pantalla detrГЎs de la oreja quГ© le zumbaba menos, escuchГі con atenciГіn, y entonces oyГі, madre mГ­a BendiciГіn Alvarado, oyГі el trueno sin tГ©rmino, vio la ciГ©naga en ebulliciГіn de la vasta muchedumbre dilatada hasta el horizonte del mar, vio el torrente de velas encendidas que arrastraban otro dГ­a mГЎs radiante dentro de la claridad radiante del mediodГ­a, pues su madre de mi alma BendiciГіn Alvarado regresaba a la ciudad de sus antiguos terrores como habГ­a llegado la primera vez con la marabunta de la guerra, con el olor a carne cruda de la guerra, pero liberada para siempre de los riesgos del mundo porque Г©l habГ­a hecho arrancar de las cartillas de las escuelas las pГЎginas sobre los virreyes para que no existieran en la historia, habГ­a prohibido las estatuas que te perturbaban el sueГ±o, madre, de modo que ahora regresaba sin sus miedos congГ©nitos en hombros de una muchedumbre de paz, regresaba sin ataГєd, a cielo abierto, en un aire vedado a las mariposas, abrumada por el peso del oro de los exvotos que le habГ­an colgado en el viaje interminable desde los confines de la selva a travГ©s de su vasto y convulsionado reino de pesadumbre, escondida bajo el montГіn de muletitas de oro que le colgaban los paralГ­ticos restaurados, las estrellas de oro de los nГЎufragos, los niГ±os de oro de las estГ©riles incrГ©dulas que habГ­an tenido que parir de urgencia detrГЎs de los matorrales, como en la guerra, mi general, navegando al garete en el centro del torrente arrasador de la mudanza" bГ­blica de toda una naciГіn que no encontraba dГіnde poner sus chГ©cheres de cocina, sus animales, los restos de una vida sin mГЎs esperanzas de redenciГіn que las mismas oraciones secretas que BendiciГіn Alvarado rezaba durante los combates para torcer el rumbo de las balas que disparaban contra su hijo, como habГ­a venido Г©l en el tumulto de la guerra con un trapo colorado en la cabeza gritando en las treguas de los delirios de las calenturas que viva el partido liberal carajo, viva el federalismo triunfante, godos de mierda, aunque arrastrado en realidad por la curiosidad atГЎvica de conocer el mar, sГіlo que la muchedumbre de miseria que habГ­a invadido la ciudad con el cuerpo de su madre era mucho mГЎs turbulenta y frenГ©tica que cuantas devastaron el paГ­s en la aventura de la guerra federal, mГЎs voraz que la marabunta, mГЎs terrible que el pГЎnico, la mГЎs tremenda que habГ­an visto mis ojos en todos los dГ­as de los aГ±os innumerables de su poder, el mundo entero mi general, mire, quГ© maravilla. Convencido por la evidencia, Г©l saliГі al fin de las brumas de su duelo, saliГі pГЎlido, duro, con una banda negra en el brazo, resuelto a utilizar todos los recursos de su autoridad para conseguir la canonizaciГіn de su madre BendiciГіn Alvarado con base en las pruebas abrumadoras de sus virtudes de santa, mandГі a Roma a sus ministros de letras, volviГі a invitar al nuncio apostГіlico a tomar chocolate con galletitas en los pozos de luz de cobertizo de trinitarias, lo recibiГі en familia, Г©l acostado en la hamaca, sin camisa, abanicГЎndose con el sombrero blanco, y el nuncio sentado frente a Г©l con la taza de chocolate ardiente, inmune al calor y al polvo dentro del aura de espliego de la sotana dominical, inmune al desaliento del trГіpico, inmune a las cagadas de los pГЎjaros de la madre muerta que volaban sueltos en los pozos dГ© agua solar del cobertizo, tomaba a sorbos contados el chocolate de vainilla, masticaba las galletitas con un pudor de novia tratando de demorar el veneno ineludible del Гєltimo sorbo, rГ­gido en la poltrona de mimbre que Г©l no le concedГ­a a nadie, sГіlo a usted, padre, como en aquellas tardes malvas de los tiempos de gloria en que otro nuncio viejo y candido trataba de convertirlo a la fe de Cristo con acertijos escolГЎsticos de TomГЎs de Aquino, no mГЎs que ahora soy yo el que lo llama a usted para convertirlo, padre, las vueltas que da el mundo, porque ahora creo, dijo, y lo repitiГі sin pestaГ±ear, ahora creo, aunque en realidad no creГ­a nada de este mundo ni de ningГєn otro salvo que su madre de mi vida tenГ­a derecho a la gloria de los altares por los mГ©ritos propios de su vocaciГіn de sacrificio y su modestia ejemplar, tanto que Г©l no fundaba su solicitud en los aspavientos pГєblicos de que la estrella polar se movГ­a en el sentido del cortejo fГєnebre y los instrumentos de cuerda se tocaban solos dentro de los armarios cuando sentГ­an pasar el cadГЎver sino que la fundaba en la virtud de esta sГЎbana que desplegГі a toda vela en el esplendor de agosto para que el nuncio viera lo que en efecto vio impreso en la textura del lino, vio la imagen de su madre BendiciГіn Alvarado sin trazas de vejez ni estragos de peste acostada de perfil con la mano en el corazГіn, sintiГі en los dedos la humedad del sudor eterno, aspirГі la fragancia de flores vivas en medio del escГЎndalo de los pГЎjaros alborotados por el soplo del prodigio, ya ve quГ© maravilla, padre, decГ­a Г©l, mostrando la sГЎbana al derecho y al revГ©s, hasta los pГЎjaros la conocen, pero el nuncio estaba absorto en el lienzo con una atenciГіn incisiva que habГ­a sido capaz de descubrir impurezas de ceniza volcГЎnica en la materia trabajada por los grandes maestros de la cristiandad, habГ­a conocido las grietas de un carГЎcter y hasta las dudas de una fe por la intensidad de un color, habГ­a padecido el Г©xtasis de la redondez de la tierra tendido bocarriba bajo la cГєpula de una capilla solitaria de una ciudad irreal donde el tiempo no transcurrГ­a sino que flotaba, hasta que tuvo valor para apartar los ojos de la sГЎbana al cabo de una contemplaciГіn profunda y dictaminГі con un tono dulce pero irreparable que el cuerpo estampado en el lino no era un recurso de la Divina Providencia para darnos una prueba mГЎs de su misericordia infinita, ni eso ni mucho menos, excelencia, era la obra de un pintor muy diestro en las buenas y en las malas artes que habГ­a abusado de la grandeza de corazГіn de su excelencia, porque aquello no era Гіleo sino pintura domГ©stica de la mГЎs indigna, sapolГ­n de pintar ventanas, excelencia, debajo del aroma de las resinas naturales que habГ­an disuelto en la pintura quedaba todavГ­a el relente bastardo de la trementina, quedaban costras de yeso, quedaba una humedad persistente que no era el sudor del Гєltimo escalofrГ­o de la muerte como le habГ­an hecho creer a Г©l sino la humedad de artificio del lino saturado de aceite de linaza y escondido en lugares oscuros, crГ©ame que lo lamento, concluyГі el nuncio con un pesar legГ­timo, pero no acertГі a decir mГЎs ante el anciano granГ­tico que lo observaba sin parpadear desde la amaca, que lo habГ­a escuchado desde el limo de sus lГєgubres silencios asiГЎticos sin mover siquiera la boca para contradecirlo a pesar de que nadie conocГ­a mejor que Г©l la verdad del prodigio secreto de la sГЎbana en que yo mismo te envolvГ­ con mis propias manos, madre, yo me asustГ© con el primer silencio de tu muerte que fue como si el mundo hubiera amanecido en el fondo del mar, yo vi el milagro, carajo, pero a pesar de su certidumbre no interrumpiГі el veredicto del nuncio, apenas parpadeГі dos veces sin cerrar los ojos como las iguanas, apenas sonriГі, estГЎ bien, padre, suspirГі al fin, serГЎ como usted dice, pero le advierto que usted carga con el peso de sus palabras, se lo repito letra por letra para que no lo olvide en el resto de su larga vida que usted carga con el peso de sus palabras, padre, yo no respondo. El mundo permaneciГі en un sopor durante aquella semana de malos presagios en que Г©l no se levantГі de la hamaca ni para comer, se espantaba con el abanico a los pГЎjaros amaestrados que se le paraban en el cuerpo, se espantaba los lamparones de luz de las trinitarias creyendo que eran pГЎjaros amaestrados, no recibiГі a nadie, no dio una orden, pero la fuerza pГєblica se mantuvo impasible cuando las turbas de fanГЎticos a sueldo asaltaron el palacio de la Nunciatura ApostГіlica, saquearon el museo de reliquias histГіricas, sorprendieron al nuncio haciendo la siesta a la intemperie en el remanso del jardГ­n interior, lo sacaron desnudo a la calle, se le cagaron encima mi general, imagГ­nese, pero Г©l no se moviГі de la hamaca, ni siquiera parpadeГі cuando le vinieron con la novedad mi general de que al nuncio lo estaban paseando en un burro por las calles del comercio bajo un chaparrГіn de lavazas de cocina que le vaciaban desde los balcones, le gritaban mano pancha, miss vaticano, dejad que los niГ±os vengan a mГ­, y sГіlo cuando lo abandonaron medio muerto en el muladar del mercado pГєblico Г©l se incorporГі de la hamaca apartГЎndose los pГЎjaros a manotadas, apareciГі en la sala de audiencias apartando a manotadas las telaraГ±as del duelo con el brazal de luto y los ojos abotagados de mal dormir, y entonces dio la orden de que pusieran al nuncio en una balsa de nГЎufrago con provisiones para tres dГ­as y lo dejaran al garete en la ruta de los cruceros de Europa para que todo el mundo sepa cГіmo terminan los forasteros que levantan la mano contra la majestad de la patria, y que hasta el papa aprenda desde ahora y para siempre que podrГЎ ser muy papa en Roma con su anillo al dedo en su poltrona de oro, pero que aquГ­ yo soy el que soy yo, carajo, pollerones de mierda. Fue un recurso eficaz, pues antes del fin de aquel aГ±o se instaurГі el proceso de canonizaciГіn de su madre BendiciГіn Alvarado cuyo cuerpo incorrupto fue expuesto a la veneraciГіn pГєblica en la nave mayor de la basГ­lica primada, cantaron gloria en los altares, se derogГі el estado de guerra que Г©l habГ­a proclamado contra la Santa Sede [?], viva la paz, gritaban las muchedumbres en la Plaza de Armas, viva Dios, gritaban, mientras Г©l recibГ­a en audiencia solemne al auditor de la Sagrada CongregaciГіn del Rito y promotor y postulador de la fe, monseГ±or Demetrio Aldous, conocido como el eritreno, a quien se habГ­a encomendado la misiГіn de escudriГ±ar la vida de BendiciГіn Alvarado hasta que no quedara ni el menor rastro de duda en la evidencia de su santidad, hasta donde usted quiera, padre, le dijo Г©l, reteniendo su mano entre la suya, pues habГ­a experimentado una confianza inmediata en aquel abisinio cetrino que amaba la vida por encima de todas las cosas, comГ­a huevos de iguana, mi general, le encantaban las peleas de gallo, el humor de las mulatas, la cumbia, como a nosotros mi general, la misma vaina, asГ­ que las puertas mejor guardadas se abrieron sin reservas por orden suya para que el escrutinio del abogado del diablo no encontrara tropiezos de ninguna Г­ndolГ©, porque nada habГ­a oculto como nada habГ­a invisible en su desmesurado reino de pesadumbre que no fuera una prueba irrefutable de que su madre de mi alma BendiciГіn Alvarado estaba predestinada a la gloria de los altares, la patria es suya, padre, ahГ­ la tiene, y ahГ­ la tuvo, por supuesto, la tropa armada impuso el orden en el palacio de la Nunciatura ApostГіlica frente al cual amanecГ­an las filas incontables de lazarinos restaurados que vinieron a mostrar la piel reciГ©n nacida sobre las llagas, los antiguos invГЎlidos de San Vito vinieron a ensartar agujas ante los incrГ©dulos, vinieron a mostrar su fortuna los que se habГ­an enriquecido en la ruleta porque BendiciГіn Alvarado les revelaba los nГєmeros en el sueГ±o, los que tuvieron noticias de sus perdidos, los que encontraron a sus ahogados, los que nada habГ­an tenido y ahora lo tenГ­an todo, vinieron, desfilaron sin tregua por la ardiente oficina decorada con los arcabuces de matar canГ­bales y las tortugas prehistГіricas de Sir Walter Raleigh donde el eritreno incansable escuchaba a todos sin preguntar, sin intervenir, ensopado en sudor, ajeno a la peste de humanidad en descomposiciГіn que se iba acumulando en la oficina enrarecida por el humo de sus cigarros de los mГЎs ordinarios, tomaba notas minuciosas de las declaraciones de los testigos y los hacГ­a firmar aquГ­, con el nombre completo, o con una cruz, o como usted mi general con la huella del dedo, como fuera, pero firmaban, entraba el siguiente, igual que el anterior, yo estaba tГ­sico, padre, decГ­a, yo estaba tГ­sico, escribГ­a el eritreno, y ahora oiga cГіmo canto, yo era impotente, padre, y ahora mГ­reme cГіmo ando todo el dГ­a, yo era impotente, escribГ­a con tinta indeleble para que su escritura rigurosa estuviera a salvo de enmiendas hasta el tГ©rmino de la humanidad, yo tenГ­a un animal vivo dentro de la barriga, padre, yo tenia un animal vivo, escribГ­a sin piedad, intoxicado de cafГ© cerrero, envenenado del tabaco rancio del cigarro que encendГ­a con el cabo del anterior, despechugado como un boga mi general, quГ© cura tan macho, sГ­ seГ±or, decГ­a Г©l, muy macho, a cada quien lo suyo, trabajando sin tregua, sin comer nada para no perder el tiempo hasta bien entrada la noche, pero aun entonces no se daba al descanso sino que aparecГ­a reciГ©n baГ±ado en las fondas del muelle con la sotana de lienzo remendada con parches cuadrados, llegaba muerto de hambre, se sentaba en el largo mesГіn de tablas a compartir el sancocho de bocachico con los estibadores, descuartizaba el pescado con los dedos, trituraba hasta los huesos con aquellos dientes luciferinos que tenГ­an su propia lumbre en la oscuridad, se tomaba la sopa por el borde del plato como los coralibes mi general, si usted lo viera, confundido con el paraco humano de los veleros astrosos que zarpaban cargados de marimondas y guineo verde, cargados de remesas de putas biches para los hoteles de vidrio de Curazao, para GuantГЎnamo, padre, para Santiago de los Caballeros que ni siquiera tiene mar para llegar, padre, para las islas mГЎs bellas y mГЎs tristes del mundo con que seguГ­amos soГ±ando hasta los primeros resplandores del alba, padre, acuГ©rdese quГ© distintos nos quedГЎbamos cuando las goletas se iban, acuГ©rdese del loro que adivinaba el porvenir en la casa de Matilde Arenales, las jaibas que se salГ­an caminando de los platos de sopa, el viento de tiburones, los tambores remotos, la vida, padre, la cabrona vida, muchachos, porque habla como nosotros mi general, como si hubiera nacido en el barrio de las peleas de perro, jugaba a la pelota en la playa, aprendiГі a tocar el acordeГіn mejor que los vallenatos, cantaba mejor que ellos, aprendiГі la lengua florida de los vaporinos, les llamaba gallo en latГ­n, se emborrachaba con ellos en los tugurios de maricas del mercado, se peleГі con uno de ellos porque hablГі mal de Dios, se fajaron a trompadas mi general, quГ© hacemos, y Г©l ordenГі que nadie los separe, les hicieron rueda, ganГі, ganГі el cura mi general, yo lo sabГ­a, dijo Г©l, complacido, es un macho, y menos frivolo de lo que todo el mundo se imaginaba, pues en aquellas noches turbulentas averiguГі tantas verdades como en las jornadas agotadoras del palacio de la Nunciatura ApostГіlica, muchas mГЎs que en la tenebrosa mansiГіn de los suburbios que habГ­a explorado sin permiso una tarde de lluvias grandes en que creyГі burlar la vigilancia insomne de los servicios de la seguridad presidencial, la escudriГ±Гі hasta el Гєltimo resquicio ensopado por la lluvia interior de las goteras del techo, atrapado por los tremedales de malanga y las camelias venenosas de los dormitorios esplГ©ndidos que BendiciГіn Alvarado abandonaba a la felicidad de sus sirvientas, porque era buena, padre, era humilde, las ponГ­a a dormir en sГЎbanas de percal mientras ella dormГ­a sobre la estera pelada en un camastro de cuartel, las dejaba vestirse con sus ropas de domingo de primera dama, se perfumaban con sus sales de baГ±o, retozaban desnudas con los ordenanzas en las espumas de colores de las baГ±eras de peltre con patas de leГіn, vivГ­an como reinas mientras a ella se le iba la vida pintorreteando pГЎjaros, cocinando sus mazamorras de legumbres en el anafe de leГ±a y cultivando plantas de botica para las emergencias de los vecinos que la despertaban a medianoche con que tengo un espasmo de vientre, seГ±ora, y ella les daba a masticar semillas de mastuerzo, que al ahijado tiene el ojo torcido, y ella le daba un vermГ­fugo de epazote, que me voy a morir, seГ±ora, pero no se morГ­an porque ella tenГ­a la salud en la mano, era una santa viva, padre, andaba en su propio espacio de pureza por aquella mansiГіn de placer donde habГ­a llovido sin piedad desde que se la llevaron a la fuerza para la casa presidencial, llovГ­a sobre los lotos del piano, sobre la mesa de alabastro del comedor suntuoso que BendiciГіn Alvarado no utilizГі nunca porque es como sentarse a comer en un altar, imagГ­nese, padre, quГ© presentimiento de santa, pero a pesar de los testimonios febriles de los vecinos el abogado del diablo encontrГі mГЎs vestigios de timidez que de humildad entre los escombros, encontrГі mГЎs pruebas de pobreza de espГ­ritu que de abnegaciГіn entre los Neptunos de Г©bano y los pedazos de demonios nativos y ГЎngeles militares que flotaban en el manglar de las antiguas salas de baile, y en cambio no encontrГі el menor rastro de ese otro dios difГ­cil, uno y trino, que lo habГ­a mandado desde las ardientes llanuras de Abisinia a buscar la verdad donde no habГ­a estado nunca, porque no encontrГі nada mi general, lo que se dice nada, quГ© vaina. Sin embargo, monseГ±or Demetrio Aldous no se conformГі con el escrutinio de la ciudad sino que se trepГі a lomo de mula por los limbos glaciales del pГЎramo tratando de encontrar las semillas de la santidad de BendiciГіn Alvarado donde su imagen no estuviera todavГ­a pervertida por el resplandor del poder, surgГ­a de entre la niebla envuelto en una manta de salteador y con unas botas de siete leguas como una apariciГіn satГЎnica que al principio suscitaba el miedo y despuГ©s el asombro y por Гєltimo la curiosidad de los cachacos que nunca habГ­an visto un ser humano de aquel color, pero el astuto eritreno los incitaba a que lo tocaran pana convencerlos de que no soltaba alquitrГЎn, les mostraba los dientes en las tinieblas, se emborrachaba con ellos comiendo queso de mano y bebiendo chicha en la misma totuma para ganarse su confianza en las tiendas lГєgubres de las veredas donde en los albores de otros siglos habГ­an conocido una pajarera de solemnidad agobiada por la carga de disparate de los huacales de pollitos pintados de ruiseГ±ores, tucanes de oro, guacharacas disfrazadas de pavorreales para engaГ±ar montunos en los domingos fГєnebres de las ferias del pГЎramo, se sentaba ahГ­, padre, en la resolana de los fogones, esperando que alguien le hiciera la caridad de acostarse con ella en los pellejos de melaza de la trastienda, para comer, padre, no mГЎs que para comer, porque nadie era tan montuno para comprarle aquellos mamarrachos de pacotilla que se desteГ±Г­an con las primeras lluvias y se desbarataban al caminar, sГіlo ella era tan cГЎndida, padre, santa bendiciГіn de los pГЎjaros, o de los pГЎramos, como uno quiera, pues nadie sabГ­a a ciencia cierta cuГЎl era su nombre de entonces ni cuГЎndo empezГі a llamarse BendiciГіn Alvarado que no debГ­a de ser su nombre de origen porque no es nombre de estos rumbos sino de gente de mar, quГ© vaina, hasta eso lo habГ­a averiguado el resbaladizo fiscal de SatanГЎs que todo lo descubrГ­a y lo desentraГ±aba a pesar de los sicarios de la seguridad presidencial que le enredaban los hilos de la verdad y le ponГ­an estorbos invisibles, cГіmo le parece, mi general, habrГЎ que venadearlo en un despeГ±adero, habrГЎ que resbalarle la mula, pero Г©l lo impidiГі con la orden personal de vigilarlo pero preservando su integridad fГ­sica repito preservando integridad fГ­sica permitiendo absoluta libertad todas facilidades cumplimiento su misiГіn por mandato inapelable desta autoridad mГЎxima obedГ©zcase cГєmplase, firmado, yo, e insistiГі, yo mismo, consciente de que con aquella determinaciГіn asumГ­a el riesgo terrible de conocer la imagen verГ­dica de su madre BendiciГіn Alvarado en los tiempos prohibidos en que todavГ­a era joven, era lГЎnguida, andaba envuelta en harapos, descalza, y tenГ­a que comer por el bajo vientre, pero era bella, padre, y era tan cГЎndida que completaba los loros mГЎs baratos con colas de gallos finos para hacerlos pasar por guacamayas, reparaba gallinas baldadas con plumas de abanicos de pavos para venderlas como aves del paraГ­so, nadie se lo creГ­a, por supuesto, nadie caГ­a por inocente en los orzuelos de la pajarera solitaria que susurraba entre la niebla de los mercados dominicales a ver quiГ©n dijo uno y se la lleva gratis, pues todo el mundo la recordaba en el pГЎramo por su ingenuidad y su pobreza, y sin embargo parecГ­a imposible demostrar su identidad porque en los archivos del monasterio donde la habГ­an bautizado no se encontrГі la hoja de su acta de nacimiento y en cambio se encontraron tres distintas del hijo y en todas era Г©l tres veces distinto, tres veces concebido en tres ocasiones distintas, tres veces parido mal por la gracia de los artГ­fices de la historia patria que habГ­an embrollado los hilos de la realidad para que nadie pudiera descifrar el secreto de su origen, el misterio oculto que sГіlo el eritreno consiguiГі rastrear apartando los numerosos engaГ±os superpuestos, pues lo habГ­a vislumbrado, mi general, lo tenГ­a al alcance de la mano cuando sonГі el disparo inmenso que seguГ­a repercutiendo en los espinazos grises y las caГ±adas profundas de la cordillera y se oyГі el interminable aullido de pavor de la mula desbarrancada que iba cayendo en un vГ©rtigo sin fondo desde la cumbre de las nieves perpetuas a travГ©s de los climas sucesivos e instantГЎneos de los cromos de ciencias naturales del precipicio y el nacimiento exiguo de las grandes aguas navegables y las cornisas escarpadas por donde se trepaban a lomo de indio con sus herbarios secretos los doctores sabios de la expediciГіn botГЎnica, y las mesetas de magnolias silvestres donde pacГ­an las ovejas de tibia lana que nos proporcionaban sustento generoso y abrigo y buen ejemplo y las mansiones de los cafetales con sus guirnaldas de papel en los balcones solitarios y sus enfermos interminables y el fragor perpetuo de los rГ­os turbulentos de los lГ­mites arcifinios donde empezaba el calor y habГ­a al atardecer unas rГЎfagas pestilentes de muerto viejo muerto a traiciГіn muerto solo en las plantaciones de cacao de grandes hojas persistentes y flores encarnadas y frutos de baya cuyas semillas se usaban como principal ingrediente del chocolate y el sol inmГіvil y el polvo ardiente y la cucГєrbita pepo y la cucГєrbita melo y las vacas flacas y tristes del departamento del atlГЎntico en la Гєnica escuela de caridad a doscientas leguas a la redonda y la exhalaciГіn de la mula todavГ­a viva que se despanzurrГі con una explosiГіn de guanГЎbana suculenta entre las matas de guineo y las gallinitas espantadas del fondo del abismo, carajo, lo venadearon, mi general, lo habГ­an cazado con un rifle de tigre en el desfiladero del ГЃnima Sola a pesar del amparo de mi autoridad, hijos de puta, a pesar de mis telegramas terminantes, carajo, pero ahora van a saber quiГ©n es quiГ©n, roncaba, masticaba espuma de hiel no tanto por la rabia de la desobediencia como por la certeza de que algo grande le ocultaban si se habГ­an atrevido a contrariar las centellas de su poder, vigilaba el aliento de quienes lo informaban porque sabГ­a que sГіlo quien conociera la verdad tendrГ­a valor para mentirle, escudriГ±aba las intenciones secretas del alto mando para ver cuГЎl de ellos era el traidor, tГє a quien saquГ© de la nada, tГє a quien puse a dormir en cama de oro despuГ©s de haberte encontrado por los suelos, tГє a quien salvГ© la vida, tГє a quien comprГ© por mГЎs dinero que a cualquiera, todos ustedes, hijos de mala madre, pues sГіlo uno de ellos podГ­a atreverse a deshonrar un telegrama firmado con mi nombre y refrendado con el lacre del anillo de su poder, de modo que asumiГі el mando personal de la operaciГіn de rescate con la orden irrepetible de que en un plazo mГЎximo de cuarentiocho horas lo encuentren vivo y me lo traen y si lo encuentran muerto me lo traen vivo y si no lo encuentran me lo traen, una orden tan inequГ­voca y temible que antes del plazo previsto le vinieron con la novedad mi general de que lo habГ­an encontrado en los matorrales del precipicio con las heridas cauterizadas por las flores de oro de los frailejones, mГЎs vivo que nosotros, mi general, sano y salvo por la virtud de su madre BendiciГіn Alvarado que una vez mГЎs daba muestras de su clemencia y su poder en la propia persona de quien habГ­a tratado de perjudicar su memoria, lo bajaron por trochas de indios en una hamaca colgada de un palo con una escolta de granaderos y precedido por un alguacil de a caballo que tocaba un cencerro de misa mayor para que todo el mundo supiera que esto es asunto del que manda, lo pusieron en el dormitorio de invitados de honor de la casa presidencial bajo la responsabilidad inmediata del ministro de la salud hasta que pudo dar tГ©rmino final al terrible expediente escrito de su puГ±o y letra y refrendado con sus iniciales en la margen derecha de cada uno de los trescientos cincuenta folios de cada uno de los estos siete volГєmenes que firmo con mi nombre y mi rГєbrica y garantizo con mi sello a los catorce dГ­as del mes de abril de este aГ±o de gracia de Nuestro SeГ±or, yo, Demetrio Aldous, auditor de la Sagrada CongregaciГіn del Rito, postulador y promotor de la fe, por mandato de la ConstituciГіn Inmensa y para esplendor de la justicia de los hombres en la tierra y mayor gloria de Dios en los cielos afirmo y demuestro que Г©sta es la Гєnica verdad, toda la verdad y nada mГЎs que la verdad, excelencia, aquГ­ la tiene. AllГ­ estaba, en efecto, cautiva en siete biblias lacradas, tan ineludible y brutal que sГіlo un hombre inmune a los hechizos de la gloria y ajeno a los intereses de su poder se atreviГі a exponerla en carne viva ante el anciano impasible que lo escuchГі sin parpadear abanicГЎndose en el mecedor de mimbre, que apenas suspiraba despuГ©s de cada revelaciГіn mortal, que apenas decГ­a ajГЎ cada vez que veГ­a encenderse la luz de la verdad, ajГЎ, repetГ­a, espantando con el sombrero las moscas de abril alborotadas por las sobras del almuerzo, tragando verdades enteras, amargas, verdades como brasas que le quedaban ardiendo en las tinieblas del corazГіn, pues todo habГ­a sido una farsa, excelencia, un aparato de farГЎndula que Г©l mismo montГі sin proponГ©rselo cuando decidiГі que el cadГЎver de su madre fuera expuesto a la veneraciГіn pГєblica en un catafalco de hielo mucho antes de que nadie pensara en los mГ©ritos de tu santidad y sГіlo por desmentir la maledicencia de que estabas podrida antes de morir, un engaГ±o de circo en el cual Г©l mismo habГ­a incurrido sin saberlo desde que le vinieron con la novedad mi general de que su madre BendiciГіn Alvarado estaba haciendo milagros y habГ­a ordenado que llevaran el cuerpo en procesiГіn magnifica hasta los rincones mГЎs ignotos de su vasto paГ­s sin estatuas para que nadie se quedara sin conocer el premio a tus virtudes despuГ©s de tantos aГ±os de mortificaciones estГ©riles, despuГ©s de tantos pГЎjaros pintados sin ningГєn beneficio, madre, despuГ©s de tanto amor sin gracia, aunque nunca se me hubiera ocurrido pensar que aquella orden se habГ­a de convertir en la patraГ±a de los falsos hidrГіpicos a quienes les pagaban para que se desaguaran en pГєblico, le habГ­an pagado doscientos pesos a un falso muerto que se saliГі de la sepultura y apareciГі caminando de rodillas entre la muchedumbre espantada con el sudario en piltrafas y la boca llena de tierra, le habГ­an pagado ochenta pesos a una gitana que fingiГі parir en plena calle un engendro de dos cabezas como castigo por haber dicho que los milagros eran un negocio del gobierno, y eso eran, no habГ­a un solo testimonio que no fuera pagado con dinero, una confabulaciГіn de ignominia que sin embargo no habГ­a sido tramada por sus aduladores con el propГіsito inocente de complacerlo como lo supuso monseГ±or Demetrio Aldous en sus primeros escrutinios, no, excelencia, era un sucio negocio de sus prosГ©litos, el mГЎs escandaloso y sacrГ­lego de cuantos habГ­a proliferado a la sombra de su poder, pues quienes inventaban los milagros y compraban los testimonios de mentiras eran los mismos secuaces de su rГ©gimen que fabricaban y vendГ­an las reliquias del vestido de novia muerta de su madre BendiciГіn Alvarado, ajГЎ, los mismos que imprimГ­an las estampitas y acuГ±aban las medallas con su retrato de reina, ajГЎ, los que se habГ­an enriquecido con los rizos de su cabello, ajГЎ, con los frasquitos de agua de su costado, ajГЎ, con los sudarios de diagonal donde pintaban con sapolГ­n de puertas el tierno cuerpo de doncella dormida de perfil con la mano en el corazГіn y que eran despachados por yardas en las trastiendas de los bazares de los hindГєes, un infundio descomunal sustentado en el supuesto de que el cadГЎver continuaba incorrupto ante los ojos ГЎvidos de la muchedumbre interminable que desfilaba por la nave mayor de la catedral, cuando la verdad era bien distinta, excelencia, era que el cuerpo de su madre no estaba conservado por sus virtudes ni por los remiendos de parafina y los engaГ±os de cosmГ©ticos que Г©l habГ­a decidido por simple soberbia filial sino que estaba disecado mediante las peores artes de taxidermia igual que los animales pГіstumos de los museos de ciencias como Г©l lo comprobГі con mis propias manos, madre, destapГ© la urna de cristal cuyos emblemas funerarios se desbarataban con el aliento, te quitГ© la corona de azahares del crГЎneo enmohecido cuyos duros cabellos de crines de potranca habГ­an sido arrancados de raГ­z hebra por hebra para venderlos como reliquias, te saquГ© de entre los filamentos de revenidas piltrafas de novia y los residuos ГЎridos y los atardeceres difГ­ciles del salitre de la muerte y apenas si pesaba mГЎs que un calabazo en el sol y tenГ­as un olor antiguo de fondo de baГєl y se sentГ­a dentro de ti un desasosiego febril que parecГ­a el rumor de tu alma y era el tijereteo de las polillas que te carcomieron por dentro, tus miembros se desbarataban solos cuando quise sostenerte en mis brazos porque te habГ­an desocupado las entraГ±as de todo lo que sostuvo tu cuerpo vivo de madre feliz dormida con la mano en el corazГіn y te habГ­an vuelto a rellenar con estropajos de modo que no quedaba de cuanto fue tuyo nada mГЎs que un cascarГіn de hojaldres polvorientas que se desmigajГі con sГіlo levantarlo en el aire fosforescente de las luciГ©rnagas de tus huesos y apenas se oyГі el ruido de saltos de pulga de los ojos de vidrio en las losas de la iglesia crepuscular, se volviГі nada, era un reguero de escombros de madre demolida que los alguaciles recogieron del suelo con una pala para echarlo otra vez de cualquier modo dentro del cajГіn ante la impavidez monolГ­tica del sГЎtrapa indescifrable cuyos ojos de iguana no dejaron traslucir la menor emociГіn ni siquiera cuando se quedГі a solas en la berlina sin insignias con el Гєnico hombre de este mundo que se habГ­a atrevido a ponerlo frente al espejo de la verdad, ambos contemplaban a travГ©s de la bruma de los visillos las hordas de menesterosos que se reposaban de la tarde cГЎlida en el relente de los portales donde antes se vendГ­an folletines de crГ­menes atroces y amores sin fortuna y flores carnГ­voras y frutos inconcebibles que comprometГ­an la voluntad y donde ahora sГіlo se sentГ­a la bullaranga ensordecedora del baratillo de reliquias falsas de las ropas y el cuerpo de su madre BendiciГіn Alvarado, mientras Г©l padecГ­a la impresiГіn nГ­tida de que monseГ±or Demetrio Aldous habГ­a interferido su pensamiento cuando apartГі la vista de las turbas de invГЎlidos y murmurГі que a fin de cuentas algo bueno quedaba del rigor de su escrutinio y era la certidumbre de que esta pobre gente quiere a su excelencia como a su propia vida, pues monseГ±or Demetrio Aldous habГ­a vislumbrado la perfidia dentro de la propia casa presidencial, habГ­a visto la codicia en la adulaciГіn y el servilismo matrero entre quienes medraban al amparo del poder, y habГ­a conocido en cambio una nueva forma de amor en las recuas de menesterosos que no esperaban nada de Г©l porque no esperaban nada de nadie y le profesaban una devociГіn terrestre que se podГ­a coger con las manos y una fidelidad sin ilusiones que ya quisiГ©ramos nosotros para Dios, excelencia, pero Г©l ni siquiera parpadeГі ante el asombro de aquella revelaciГіn que en otro tiempo le habrГ­a fruncido las entraГ±as, ni siquiera suspirГі sino que meditГі para sГ­ mismo con una inquietud recГіndita que no mГЎs eso faltaba, padre, sГіlo faltaba que nadie me quisiera ahora que usted se va a disfrutar de la gloria de mi infortunio bajo las cГєpulas de oro de su mundo falaz mientras Г©l se quedaba con la carga inmerecida de la verdad sin una madre solГ­cita que lo ayudara a sobrellevarla, mГЎs solo que la mano izquierda en esta patria que no escogГ­ por mi voluntad sino que me la dieron hecha como usted la ha visto que es como ha sido desde siempre con este sentimiento de irrealidad, con este olor a mierda, con esta gente sin historia que no cree en nada mГЎs que en la vida, Г©sta es la patria que me impusieron sin preguntarme, padre, con cuarenta grados de calor y noventa y ocho de humedad en la sombra capitonada de la berlina presidencial, respirando polvo, atormentado por la perfidia de la potra que hacГ­a un tenue silbido de cafetera en las audiencias, sin nadie con quien perder una partida de dominГі, ni nadie a quien creerle la verdad, padre, mГ©tase en mi pellejo, pero no lo dijo, apenas suspirГі, apenas hizo un parpadeo instantГЎneo y le suplicГі a monseГ±or Demetrio Aldous que la conversaciГіn brutal de aquella tarde se quedara entre nosotros, usted no me ha dicho nada, padre, yo no sГ© la verdad, promГ©tamelo, y monseГ±or Demetrio Aldous le prometiГі que por supuesto su excelencia no conoce la verdad, palabra de hombre. La causa de BendiciГіn Alvarado fue suspendida por insuficiencia de pruebas, y el edicto de Roma se divulgГі desde los pulpitos con licencia oficial junto con la determinaciГіn del gobierno de reprimir cualquier protesta o tentativa de desorden, pero la fuerza pГєblica no intervino cuando las hordas de peregrinos indignados hicieron hogueras en la Plaza de Armas con los portones de la basГ­lica primada y destruyeron a piedras los vitrales de ГЎngeles y gladiadores de la Nunciatura ApostГіlica, acabaron con todo, mi general, pero Г©l no se moviГі de la hamaca, asediaron el convento de las vizcaГ­nas para dejarlas perecer sin recursos, saquearon las iglesias, las casas de misiones, rompieron todo lo que tenia que ver con los curas, mi general, pero Г©l permaneciГі inmГіvil en la hamaca bajo la penumbra fresca de las trinitarias hasta que los comandantes de su estado mayor en pleno se declararon incapaces de apaciguar los ГЎnimos y restablecer el orden sin derramamientos de sangre como se habГ­a acordado, y sГіlo entonces se incorporГі, apareciГі en la oficina al cabo de tantos meses de desidia y asumiГі de viva voz y de cuerpo presente la responsabilidad solemne de interpretar la voluntad popular mediante un decreto que concibiГі por inspiraciГіn propia y dictГі de su cuenta y riesgo sin prevenir a las fuerzas armadas ni consultar a sus ministros, y en cuyo artГ­culo primero proclamГі la santidad civil de BendiciГіn Alvarado por decisiГіn suprema del pueblo libre y soberano, la nombrГі patrona de la naciГіn, curadora de los enfermos y maestra de los pГЎjaros y se declarГі dГ­a de fiesta nacional el de la fecha de su nacimiento, y el artГ­culo segundo y a partir de la promulgaciГіn del presente decreto se declarГі el estado de guerra entre esta naciГіn y las potencias de la Santa Sede con todas las consecuencias que para estos casos establecen el derecho de gentes y los tratados internacionales en vigencia, y en el artГ­culo tercero se ordenГі la expulsiГіn inmediata, pГєblica y solemne del seГ±or arzobispo primado y la consiguiente de los obispos, los prefectos apostГіlicos, los curas y las monjas y cuantas gentes nativas o forasteras tuvieran algo que ver con los asuntos de Dios en cualquier condiciГіn y bajo cualquier tГ­tulo dentro de los lГ­mites del paГ­s y hasta cincuenta leguas marinas dentro de las aguas territoriales, y se ordenГі en el artГ­culo cuarto y Гєltimo la expropiaciГіn de los bienes de la iglesia, sus templos, sus conventos, sus colegios, sus tierras de labor con su dotaciГіn de herramientas y animales, los ingenios de azГєcar, las fГЎbricas y talleres asГ­ como todo cuanto le perteneciera en realidad aunque estuviera registrado a nombre de terceros, los cuales bienes pasaban a formar parte del patrimonio pГіstumo de santa BendiciГіn Alvarado de los pГЎjaros para esplendor de su culto y grandeza de su memoria desde la fecha del presente decreto dictado de viva voz y firmado con el sello del anillo de esta autoridad mГЎxima e inapelable del poder supremo, obedГ©zcase y cГєmplase. En medio de los cohetes de jГєbilo, las campanas de gloria y las mГєsicas de gozo con que se celebrГі el acontecimiento de la canonizaciГіn civil, Г©l se ocupГі de cuerpo presente de que el decreto fuera cumplido sin maniobras equivocas para estar seguro de que no lo harГ­an vГ­ctima de nuevos engaГ±os, volviГі a coger las riendas de la realidad con sus firmes guantes de raso como en los tiempos de la gloria grande en que la gente le cerraba el paso en las escaleras para pedirle que restaurara las carreras de caballo en la calle y Г©l mandaba, de acuerdo, que restaurara las carreras de sacos y Г©l mandaba, de acuerdo, y aparecГ­a en los ranchos mГЎs mГ­seros a explicar cГіmo debГ­an echarse las gallinas en los nidos y cГіmo se castraban los terneros, pues no se habГ­a conformado con la comprobaciГіn personal de las minuciosas actas de inventarios de los bienes de la iglesia sino que dirigiГі las ceremonias formales de expropiaciГіn para que no quedara ningГєn resquicio entre su voluntad y los actos cumplidos, cotejГі las verdades de los papeles con las verdades engaГ±osas de la vida real, vigilГі la expulsiГіn de las comunidades mayores a las cuales se atribuГ­a el propГіsito de sacar escondidos en talegos de doble fondo y corpiГ±os amaГ±ados los tesoros secretos del Гєltimo virrey que permanecГ­an sepultados en cementerios de pobres a pesar del encarnizamiento con que los caudillos federales los habГ­an buscado en los largos aГ±os de guerras, y no sГіlo ordenГі que ningГєn miembro de la iglesia llevara consigo mГЎs equipaje que una muda de ropa sino que decidiГі sin apelaciГіn que fueran embarcados desnudos como sus madres los parieron, los rudos curas de pueblo a quienes les daba los mismo andar vestidos o en cueros siempre que les cambiaran el destino, los prefectos de tierras de misiones devastados por la malaria, los obispos lampiГ±os y dignos, y detrГЎs de ellos las mujeres, las tГ­midas hermanas de la caridad, las misioneras cimarronas acostumbradas a desbravar la naturaleza y hacer brotar legumbres en el desierto, y las vizcaГ­nas esbeltas tocadoras de clavicordio y las salesianas de manos finas y cuerpos intactos, pues aun en los puros cueros con que habГ­an sido echadas al mundo era posible distinguir sus orГ­genes de clase, la diversidad de su condiciГіn y la desigualdad de su oficio a medida que desfilaban por entre bultos de cacao y costales de bagre salado en el inmenso galpГіn de la aduana, pasaban en un tumulto giratorio de ovejas azoradas con los brazos en cruz sobre el pecho tratando de esconder la vergГјenza de las unas con la de las otras ante el anciano que parecГ­a de piedra bajo los ventiladores de aspas, que las miraba sin respirar, sin mover los ojos del espacio fijo por donde tenГ­a que pasar sin remedio el torrente de mujeres desnudas, las contemplГі impasible, sin pestaГ±ear, hasta que no quedГі ni una en el territorio de la naciГіn, pues Г©stas fueron las Гєltimas mi general, y sin embargo Г©l recordaba sГіlo una que habГ­a separado con un simple golpe de vista del tropel de novicias asustadas, la distinguiГі entre las otras a pesar de que no era distinta, era pequeГ±a y maciza, robusta, de nalgas opulentas, de tetas grandes y ciegas, de manos torpes, de sexo abrupto, de cabellos cortados con tijeras de podar, de dientes separados y firmes como hachas, de nariz escasa, de pies planos, una novicia mediocre, como todas, pero Г©l sintiГі que era la Гєnica mujer en la piara de mujeres desnudas, la Гєnica que al pasar frente a Г©l sin mirarlo dejГі un rastro oscuro de animal de monte que se llevГі mi aire de vivir y apenas si tuvo tiempo de cambiar la mirada imperceptible para verla por segunda vez para siempre jamГЎs cuando el oficial de los servicios de identificaciГіn encontrГі el nombre por orden alfabГ©tico en la nГіmina y gritГі Nazareno Leticia, y ella contestГі con voz de hombre, presente. AsГ­ la tuvo por el resto de su vida, presente, hasta que las Гєltimas nostalgias se le escurrieron por las grietas de la memoria y sГіlo permaneciГі la imagen de ella en la tira de papel en que habГ­a escrito Leticia Nazareno de mi alma mira en lo que he quedado sin ti, la escondiГі en el resquicio donde guardaba la miel de abeja, la releГ­a cuando sabГ­a que no era visto, la volvГ­a a enrollar despuГ©s de revivir por un instante fugaz la tarde inmemorial de lluvias radiantes en que lo sorprendieron con la novedad mi general de que te habГ­an repatriado en cumplimiento de una orden que Г©l no dio, pues no habГ­a hecho mГЎs que murmurar Leticia Nazareno mientras contemplaba el Гєltimo carguero de ceniza que se hundiГі en el horizonte, Leticia Nazareno, repitiГі en voz alta para no olvidar el nombre, y eso habГ­a bastado para que los servicios de la seguridad presidencial la secuestraran del convento de Jamaica y la sacaron amordazada y con una camisa de fuerza dentro de una caja de pino con sunchos lacrados y letreros de alquitrГЎn de frГЎgil do not drop this side up y una licencia de exportaciГіn en regla con la debida franquicia consular de dos mil ochocientas copas de champaГ±a de cristal legГ­timo para la bodega presidencial, la embarcaron de regreso en la bodega de un barco carbonero y la pusieron desnuda y narcotizada en la cama de capiteles del dormitorio de invitados de honor como Г©l habГ­a de recordarla a las tres de la tarde bajo la luz de harina del mosquitero, tenГ­a el mismo sosiego de sueГ±o natural de otras tantas mujeres inertes que le habГ­an servido sin solicitarlas y que Г©l habГ­a hecho suyas en aquel cuarto sin despertarlas siquiera del letargo de luminal y atormentado por un terrible sentimiento de desamparo y de derrota, sГіlo que a Leticia Nazareno no la tocГі, la contemplГі dormida con una especie de asombro infantil sorprendido de cuГЎnto habГ­a cambiado su desnudez desde que la vio en los galpones del puerto, le habГ­an rizado el cabello, la habГ­an afeitado por completo hasta los resquicios mГЎs Г­ntimos y le habГ­an barnizado de rojo las uГ±as de las manos y los pies y le habГ­an puesto carmГ­n en los labios y colorete en las mejillas y almizcle en los pГЎrpados y exhalaba una fragancia dulce que acabГі con tu rastro escondido de animal de monte, quГ© vaina, la habГ­an echado a perder tratando de componerla, la habГ­an vuelto tan distinta que Г©l no conseguГ­a verla desnuda debajo de los afeites torpes mientras la contemplaba sumergida en el Г©xtasis de luminal, la vio salir a flote, la vio despertar, la vio verlo, madre, era ella, Leticia Nazareno de mi desconcierto petrificada de terror ante el anciano pГ©treo que la contemplaba sin clemencia a travГ©s de los vapores tenues del mosquitero, asustada de los propГіsitos imprevisibles de su silencio porque no podГ­a imaginarse que a pesar de sus aГ±os incontables y su poder sin medidas Г©l estaba mГЎs asustado que ella, mГЎs solo, mГЎs sin saber quГ© hacer, tan aturdido e inerme como estuvo la primera vez en que fue hombre con una mujer de soldados a quien sorprendiГі a medianoche baГ±ГЎndose desnuda en un rГ­o y cuya fuerza y tamaГ±o habГ­a imaginado por sus resuellos de yegua despuГ©s de cada zambullida, oГ­a su risa oscura y solitaria en la oscuridad, sentГ­a el regocijo de su cuerpo en la oscuridad pero estaba paralizado de miedo porque seguГ­a siendo virgen aunque ya era teniente de artillerГ­a en la tercera guerra civil, hasta que el miedo de perder la ocasiГіn fue mГЎs decisivo que el miedo del asalto, y entonces se metiГі en el agua con todo lo que llevaba encima, las polainas, el morral, la correa de municiones, el machete, la escopeta de fisto, ofuscado por tantos estorbos de guerra y tantos terrores secretos que la mujer creyГі al principio que era alguien que se habГ­a metido a caballo en el agua, pero en seguida se dio cuenta de que no era mГЎs que un pobre hombre asustado y lo acogiГі en el remanso de su misericordia, lo llevГі de la mano en la oscuridad de su aturdimiento porque Г©l no lograba encontrar los caminos en la oscuridad del remanso, le indicaba con voz de madre en la oscuridad que te agarres fuerte de mis hombros para que no te tumbe la corriente, que no se acuclillara dentro del agua sino que te arrodilles con fuerza en el fondo respirando despacio para que te alcance el aliento, y Г©l hacia lo que ella le indicaba con una obediencia pueril pensando madre mГ­a BendiciГіn Alvarado cГіmo carajo harГЎn las mujeres para hacer las cosas como si las estuvieran inventando, cГіmo harГЎn para ser tan hombres, pensaba, a medida que ella lo iba despojando de la parafernalia inГєtil de otras guerras menos temibles y desoladas que aquella guerra solitaria con el agua al cuello, habГ­a muerto de terror al amparo de aquel cuerpo oloroso a jabГіn de pino cuando ella acabГі de quitarle las hebillas de las dos correas y le soltГ© los botones de la bragueta y me quedГ© crispada de horror porque no encontrГ© lo que buscaba sino el testГ­culo enorme nadando como un sapo en la oscuridad, lo soltГі asustada, se apartГі, anda con tu mamГЎ que te cambie por otro, le dijo, tГє no sirves, pues lo habГ­a derrotado el mismo miedo ancestral que lo mantuvo inmГіvil ante la desnudez de Leticia Nazareno en cuyo rГ­o de aguas imprevisibles no se habГ­a de meter ni con todo lo que llevaba encima mientras ella no le prestara el auxilio de su misericordia, Г©l mismo la cubriГі con una sГЎbana, le tocaba en el gramГіfono hasta que se gastГі el cilindro la canciГіn de la pobre Delgadina perjudicada por el amor de su padre, le hizo poner flores de fieltro en los floreros para que no se marchitaran como las naturales con la mala virtud de sus manos, hizo todo lo que se le ocurrГ­a para hacerla feliz pero mantuvo intacto el rigor del cautiverio y el castigo de la desnudez para que ella entendiera que serГ­a bien atendida y bien amada pero que no tenГ­a ninguna posibilidad de escaparse de aquel destino, y ella lo comprendiГі tan bien que en la primera tregua del miedo le habГ­a ordenado sin pedirle por favor general que me abra la ventana para que entre un poco de fresco, y Г©l la abriГі, que la volviera a cerrar porque me da la luna en la cara, la cerrГі, cumplГ­a sus Гіrdenes como si fueran de amor tanto mГЎs obediente y seguro de sГ­ mismo cuanto mГЎs cerca se sabГ­a de la tarde de lluvias radiantes en que se deslizГі dentro del mosquitero y se acostГі vestido junto a ella sin despertarla, participГі a solas durante noches enteras de los efluvios secretos de su cuerpo, respiraba su tufo de perra montuna que se fue haciendo mГЎs cГЎlido con el paso de los meses, retoГ±Гі el musgo de su vientre, despertГі sobresaltada gritando que se quite de aquГ­, general, y Г©l se levantГі con su parsimonia densa pero volviГі a acostarse junto a ella mientras dormГ­a y asГ­ la disfrutГі sin tocarla durante el primer aГ±o de cautiverio hasta que ella se acostumbrГі a despertar a su lado sin entender hacia dГіnde corrГ­an los cauces ocultos de aquel anciano indescifrable que habГ­a abandonado los halagos del poder y los encantos del mundo para consagrarse a su contemplaciГіn y su servicio, tanto mГЎs desconcertada cuanto mГЎs cerca se sabia Г©l de la tarde de lluvias radiantes en que se acostГі sobre ella mientras dormГ­a como se habГ­a metido en el agua con todo lo que llevaba puesto, el uniforme sin insignias, las correas del sable, el mazo de llaves, las polainas, las botas de montar con la espuela de oro, un asalto de pesadilla que la despertГі aterrorizada tratando de quitarse de encima aquel caballo guarnecido de recados de guerra, pero Г©l estaba tan resuelto que ella decidiГі ganar tiempo con el recurso Гєltimo de que se quite los arneses general que me lastima el corazГіn con las argollas, y Г©l se los quitГі, que se quitara la espuela general que me estГЎ maltratando los tobillos con la estrella de oro, que se sacara el mazo de llaves de la pretina que me tropieza con el hueso de la cadera, y Г©l terminaba por hacer lo que ella le ordenaba aunque necesitГі tres meses para hacerle quitar las correas del sable que me estorban para respirar y otro mes para las polainas que me rompen el alma con las hebillas, era una lucha lenta y difГ­cil en que ella lo demoraba sin exasperarlo y Г©l terminaba por ceder para complacerla, de modo que ninguno de los dos supo nunca cГіmo fue que ocurriГі el cataclismo final poco despuГ©s del segundo aniversario del secuestro cuando sus tibias y tiernas manos sin destino tropezaron por casualidad con las piedras ocultas de la novicia dormida que despertГі conmocionada por un sudor pГЎlido y un temblor de muerte y no tratГі de quitarse ni por las buenas ni por las malas artes el animal cerrero que tenГ­a encima sino que acabГі de conmocionarlo con la sГєplica de que te quites las botas que me ensucias mis sГЎbanas de bramante y Г©l se las quitГі como pudo, que te quites las polainas, y los pantalones, y el braguero, que te quites todo mi vida que no te siento, hasta que Г©l mismo no supo cuГЎndo se quedГі como sГіlo su madre lo habГ­a conocido a la luz de las arpas melancГіlicas de los geranios, liberado del miedo, libre, convertido en un bisonte de lidia que en la primera embestida demoliГі todo cuanto encontrГі a su paso y se fue de bruces en un abismo de silencio donde sГіlo se oГ­a el crujido de maderos de barcos de las muelas apretadas de Nazareno Leticia, presente, se habГ­a agarrado de mi cabello con todos los dedos para no morirse sola en el vГ©rtigo sin fondo en que yo me morГ­a solicitado al mismo tiempo y con el mismo Г­mpetu por todas las urgencias del cuerpo, y sin embargo la olvidГі, se quedГі solo en las tinieblas buscГЎndose a sГ­ mismo en el agua salobre de sus lГЎgrimas general, en el hilo manso de su baba de buey, general, en el asombro de su asombro de madre mГ­a BendiciГіn Alvarado cГіmo es posible haber vivido tantos aГ±os sin conocer este tormento, lloraba, aturdido por las ansias de sus riГ±ones, la ristra de petardos de sus tripas, el desgarramiento de muerte del tentГЎculo tierno que le arrancГі de cuajo las entraГ±as y lo convirtiГі en un animal degollado cuyos tumbos agГіnicos salpicaban las sГЎbanas nevadas con una materia ardiente y agria que pervirtiГі en su memoria el aire de vidrio lГ­quido de la tarde de lluvias radiantes del mosquitero, pues era mierda, general, su propia mierda.

 

Poco antes del anochecer, cuando acabamos de sacar los cascarones podridos de las vacas y pusimos un poco de arreglo en aquel desorden de fГЎbula, aГєn no habГ­amos conseguido que el cadГЎver se pareciera a la imagen de su leyenda. Lo habГ­amos raspado con fierros de desescamar pescados para quitarle la rГ©mora de fondos de mar, lo lavamos con creolina y sal de piedra para resanarle las lacras de la putrefacciГіn, le empolvamos la cara con almidГіn para esconder los remiendos de caГ±amazo y los pozos de parafina con que tuvimos que restaurarle la cara picoteada de pГЎjaros de muladar, le devolvimos el color de la vida con parches de colorete y carmГ­n de mujer en los labios, pero ni siquiera los ojos de vidrio incrustados en las cuencas vacГ­as lograron imponerle el semblante de autoridad que le hacГ­a falta para exponerlo a la contemplaciГіn de las muchedumbres. Mientras tanto, en el salГіn del consejo de gobierno invocГЎbamos la uniГіn de todos contra el despotismo de siglos para repartirse por partes iguales el botГ­n de su poder, pues todos habГ­an vuelto al conjuro de la noticia sigilosa pero incontenible de su muerte, habГ­an vuelto los liberales y los conservadores reconciliados al rescoldo de tantos aГ±os de ambiciones postergadas, los generales del mando supremo que habГ­an perdido el oriente de la autoridad, los tres Гєltimos ministros civiles, el arzobispo primado, todos los que Г©l no hubiera querido que estuvieran estaban sentados en torno de la larga mesa de nogal tratando de ponerse de acuerdo sobre la forma en que se debГ­a divulgar la noticia de aquella muerte enorme para impedir la explosiГіn prematura de las muchedumbres en la calle, primero un boletГ­n nГєmero uno al filo de la prima noche sobre un ligero percance de salud que habГ­a obligado a cancelar los compromisos pГєblicos y las audiencias civiles y militares de su excelencia, luego un segundo boletГ­n mГ©dico en el que se anunciaba que el ilustre enfermo se habГ­a visto obligado a permanecer en sus habitaciones privadas a consecuencia de una indisposiciГіn propia de su edad, y por Гєltimo, sin ningГєn anuncio, los dobles rotundos de las campanas de la catedral al amanecer radiante del cГЎlido martes de agosto de una muerte oficial que nadie habГ­a de saber nunca a ciencia cierta si en realidad era la suya. Nos encontrГЎbamos inermes ante esa evidencia, comprometidos con un cuerpo pestilente que no Г©ramos capaces de sustituir en el mundo porque Г©l se habГ­a negado en sus instancias seniles a tomar ninguna determinaciГіn sobre el destino de la patria despuГ©s de Г©l, habГ­a resistido con una invencible terquedad de viejo a cuantas sugerencias se le hicieron desde que el gobierno se trasladГі a los edificios de vidrios solares de los ministerios y Г©l quedГі viviendo solo en la casa desierta de su poder absoluto, lo encontrГЎbamos caminando en sueГ±os, braceando entre los destrozos de las vacas sin nadie a quien mandar como no fueran los ciegos, los leprosos y los paralГ­ticos que no se estaban muriendo de enfermos sino de antiguos en la maleza de los rosales, y sin embargo era tan lГєcido y terco que no habГ­amos conseguido de Г©l nada mГЎs que evasivas y aplazamientos cada vez que le planteГЎbamos la urgencia de ordenar su herencia, pues decГ­a que pensar en el mundo despuГ©s de uno mismo era algo tan cenizo como la propia muerte, quГ© carajo, si al fin y al cabo cuando yo me muera volverГЎn los polГ­ticos a repartirse esta vaina como en los tiempos de los godos, ya lo verГЎn, decГ­a, se volverГЎn a repartir todo entre los curas, los gringos y los ricos, y nada para los pobres, por supuesto, porque Г©sos estarГЎn siempre tan jodidos que el dГ­a en que la mierda tenga algГєn valor los pobres nacerГЎn sin culo, ya lo verГЎn, decГ­a, citando a alguien de sus tiempos de gloria, burlГЎndose inclusive de sГ­ mismo cuando nos dijo ahogГЎndose de risa que por tres dГ­as que iba a estar muerto no valГ­a la pena llevarlo hasta JerusalГ©n para enterrarlo en el Santo Sepulcro, y poniГ©ndole tГ©rmino a todo desacuerdo con el argumento final de que no importaba que una cosa de entonces no fuera verdad, quГ© carajo, ya lo serГЎ con el tiempo. Tuvo razГіn, pues en nuestra Г©poca no habГ­a nadie que pusiera en duda la legitimidad de su historia, ni nadie que hubiera podido demostrarla ni desmentirla si ni siquiera Г©ramos capaces de establecer la identidad de su cuerpo, no habГ­a otra patria que la hecha por Г©l a su imagen y semejanza con el espacio cambiado y el tiempo corregido por los designios de su voluntad absoluta, reconstituida por Г©l desde los orГ­genes mГЎs inciertos de su memoria mientras vagaba sin rumbo por la casa de infamias en la que nunca durmiГі una persona feliz, mientras les echaba granos de maГ­z a las gallinas que picoteaban en torno de su hamaca y exasperaba a la servidumbre con las Гіrdenes encontradas de que me traigan una limonada con hielo picado que abandonaba intacta al alcance de la mano, que quitaran esa silla de ahГ­ y la pusieran allГЎ y la volvieran a poner otra vez en su puesto para satisfacer de esa forma minГєscula los rescoldos tibios de su inmenso vicio de mandar, distrayendo los ocios cotidianos de su poder con el rastreo paciente de los instantes efГ­meros de su infancia remota mientras cabeceaba de sueГ±o bajo la ceiba del patio, despertaba de golpe cuando lograba atrapar un recuerdo como una pieza del rompecabezas sin lГ­mites de la patria antes de Г©l, la patria grande, quimГ©rica, sin orillas, un reino de manglares con balsas lentas y precipicios anteriores a Г©l cuando los hombres eran tan bravos que cazaban caimanes con las manos atravesГЎndoles una estaca en la boca, asГ­, nos explicaba con el Г­ndice en el paladar, nos contaba que un viernes santo habГ­a sentido el estropicio del viento y el olor de caspa del viento y vio los nubarrones de langostas que enturbiaron el cielo del mediodГ­a e iban tijereteando cuanto encontraban a su paso y dejaron el mundo trasquilado y la luz en piltrafas como en las vГ­speras de la creaciГіn, pues Г©l habГ­a vivido aquel desastre, habГ­a visto una hilera de gallos sin cabeza colgados por las patas desangrГЎndose gota a gota en el alero de una casa de vereda grande y destartalada donde acababa de morir una mujer, habГ­a ido de la mano de su madre, descalzo, detrГЎs del cadГЎver harapiento que llevaron a enterrar sin cajГіn sobre una parihuela de carga azotada por la ventisca de la langosta, pues asГ­ era la patria de entonces, no tenГ­amos ni cajones de muerto, nada, Г©l habГ­a visto un hombre que tratГі de ahorcarse con una cuerda ya usada por otro ahorcado en el ГЎrbol de una plaza de pueblo y la cuerda podrida se reventГі antes de tiempo y el pobre hombre se quedГі agonizando en la plaza para horror de las seГ±oras que salieron de misa, pero no muriГі, lo reanimaron a palos sin molestarse en averiguar quiГ©n era pues en aquella Г©poca nadie sabia quiГ©n era quiГ©n si no lo conocГ­an en la iglesia, lo metieron por los tobillos entre los dos tablones de cepo chino y lo dejaron expuesto a sol y sereno junto con otros compaГ±eros de penas pues asГ­ eran aquellos tiempos de godos en que Dios mandaba mГЎs que el gobierno, los malos tiempos de la patria antes de que Г©l diera la orden de cortar los ГЎrboles de las plazas de los pueblos para impedir el terrible espectГЎculo de los ahorcados dominicales, habГ­a prohibido el cepo pГєblico, los entierros sin cajГіn, todo cuanto pudiera despertar en la memoria las leyes de ignominia anteriores a su poder, habГ­a construido el tren de los pГЎramos para acabar con la infamia de las mulas aterrorizadas en las cornisas de los precipicios llevando a cuestas los pianos de cola para los bailes de mГЎscaras de las haciendas de cafГ©, pues Г©l habГ­a visto tambiГ©n el desastre de los treinta pianos de cola destrozados en un abismo y de los cuales se habГ­a hablado y escrito tanto hasta en el exterior aunque sГіlo Г©l podГ­a dar un testimonio verГ­dico, se habГ­a asomado a la ventana por casualidad en el instante preciso en que resbalГі la Гєltima mula y arrastrГі a las demГЎs al abismo, de modo que nadie mГЎs que Г©l habГ­a oГ­do el aullido de terror de la recua desbarrancada y el acorde sin tГ©rmino de los pianos que cayeron con ella sonando solos en el vacГ­o, precipitГЎndose hacia el fondo de una patria que entonces era como todo antes de Г©l, vasta e incierta, hasta el extremo de que era imposible saber si era de noche o de dГ­a en aquella especie de crepГєsculo eterno de la neblina de vapor cГЎlido de las caГ±adas profundas donde se despedazaron los pianos importados de Austria, Г©l habГ­a visto eso y muchas otras cosas de aquel mundo remoto aun que ni Г©l mismo hubiera podido precisar sin lugar a dudas si de veras eran recuerdos propios o si los habГ­a oГ­do contar en las malas noches de calenturas de las guerras o si acaso no los habГ­a visto en los grabados de los libros de viajes ante cuyas lГЎminas permaneciГі en Г©xtasis durante las muchas horas vacГ­as de las calmas chichas del poder, pero nada de eso importaba, quГ© carajo, ya verГЎn que con el tiempo serГЎ verdad, decГ­a, consciente de que su infancia real no era ese lГ©gamo de evocaciones inciertas que sГіlo recordaba cuando empezaba el humo de las bostas y lo olvidaba para siempre sino que en realidad la habГ­a vivido en el remanso de mi Гєnica y legГ­tima esposa Leticia Nazareno que lo sentaba todas las tardes de dos a cuatro en un taburete escolar bajo la pГ©rgola de trinitarias para enseГ±arle a leer y escribir, ella habГ­a puesto su tenacidad de novicia en esa empresa heroica y Г©l correspondiГі con su terrible paciencia de viejo, con la terrible voluntad de su poder sin lГ­mites, con todo mi corazГіn, de modo que cantaba con toda el alma el tilo en la tuna el lilo en la tina el bonete nГ­tido, cantaba sin oГ­rse ni que nadie lo oyera entre la bulla de los pГЎjaros alborotados de la madre muerta que el indio envasa la untura en la lata, papГЎ coloca el tabaco en la pipa, Cecilia vende cera cerveza cebada cebolla cerezas cecina y tocino, Cecilia vende todo, reГ­a, repitiendo en el fragor de las chicharras la lecciГіn de leer que Leticia Nazareno cantaba al compГЎs de su metrГіnomo de novicia, hasta que el ГЎmbito del mundo quedГі saturado de las criaturas de tu voz y no hubo en su vasto reino de pesadumbre otra verdad que las verdades ejemplares de la cartilla, no hubo nada mГЎs que la luna en la nube, la bola y el banano, el buey de don Eloy, la bonita bata de Otilia, las lecciones de leer que Г©l repetГ­a a toda hora y en todas partes como sus retratos aun en presencia del ministro del tesoro de Holanda que perdiГі el rumbo de una visita oficial cuando el anciano sombrГ­o levantГі la mano con el guante de raso en las tinieblas de su poder insondable e interrumpiГі la audiencia para invitarlo a cantar conmigo mi mamГЎ me ama, Ismael estuvo seis dГ­as en la isla, la dama come tomate, imitando con el Г­ndice el compГЎs del metrГіnomo y repitiendo de memoria la lecciГіn del martes con una dicciГіn perfecta pero con tan mal sentido de la oportunidad que la entrevista terminГі como Г©l lo habГ­a querido con el aplazamiento de los pagarГ©s holandeses para una ocasiГіn mГЎs propicia, para cuando hubiera tiempo, decidiГі, ante el asombro de los leprosos, los ciegos, los paralГ­ticos que se alzaron al amanecer entre las breГ±as nevadas de los rosales y vieron al anciano de tinieblas que impartiГі una bendiciГіn silenciosa y cantГі tres veces con acordes de misa mayor yo soy el rey y amo la ley, cantГі, el adivino se dedica a la bebida, cantГі, el faro es una torre muy alta con un foco luminoso que dirige en la noche al que navega, cantГі, consciente de que en las sombras de su felicidad senil no habГ­a mГЎs tiempo que el de Leticia Nazareno de mi vida en el caldo de camarones de los retozos sofocantes de la siesta, no habГ­a mГЎs ansias que las de estar desnudo contigo en la estera empapada en sudor bajo el murciГ©lago cautivo del ventilador elГ©ctrico, no habГ­a mГЎs luz que la de tus nalgas, Leticia, nada mГЎs que tus tetas totГ©micas, tus pies planos, tu ramita de ruda para un remedio, los eneros opresivos de la remota isla de Antigua donde viniste al mundo en una madrugada de soledad surcada por un viento ardiente de ciГ©nagas podridas, se habГ­an encerrado en el aposento de invitados de honor con la orden personal de que nadie se acerque a cinco metros de esa puerta que voy a estar muy ocupado aprendiendo a leer y a escribir, asГ­ que nadie lo interrumpiГі ni siquiera con la novedad mi general de que el vГіmito negro estaba haciendo estragos en la poblaciГіn rural mientras el compГЎs de mi corazГіn se adelantaba al metrГіnomo por la fuerza invisible de tu olor de animal de monte, cantando que el enano baila en un solo pie, la mula va al molino, Otilia lava la tina, baca se escribe con be de burro, cantaba, mientras Leticia Nazareno le apartaba el testГ­culo herniado para limpiarle los restos de la caca del Гєltimo amor, lo sumergГ­a en las aguas lГєstrales de la baГ±era de peltre con patas de leГіn y lo jabonaba con jabГіn de reuter y lo despercudГ­a con estropajos y lo enjuagaba con agua de frondas hervidas cantando a dos voces con jota se escribe jengibre jofaina y jinete, le embadurnaba las bisagras de las piernas con manteca de cacao para aliviarle las escaldaduras del braguero, le empolvaba con ГЎcido bГіrico la estrella mustia del culo y le daba nalgadas de madre tierna por tu mal comportamiento con el ministro de Holanda, plas, plas, le pidiГі como penitencia que permitiera el regreso al paГ­s de las comunidades de pobres para que volvieran a hacerse cargo de orfanatos y hospitales y otras casas de caridad, pero Г©l la envolviГі en el aura lГєgubre de su rencor implacable, ni de vainas, suspirГі, no habГ­a un poder de este mundo ni del otro que lo hiciera contrariar una determinaciГіn tomada por Г©l mismo de viva voz, ella le pidiГі en las asmas del amor de las dos de la tarde que me concedas una cosa, mi vida, sГіlo una, que regresaran las comunidades de los territorios de misiones que trabajaban al margen de las veleidades del poder, pero Г©l le contestГі en las ansias de sus resuellos de marido urgente que ni de vainas mi amor, primero muerto que humillado por esa cГЎfila de pollerones que ensillan indios en vez de muГ­as y reparten collares de vidrios de colores a cambio de narigueras y arracadas de oro, ni de vainas, protestГі, insensible a las sГєplicas de Leticia Nazareno de mi desventura que se habГ­a cruzado de piernas para pedirle la restituciГіn de los colegios confesionales incautados por el gobierno, la desamortizaciГіn de los bienes de manos muertas, los trapiches de caГ±a, los templos convertidos en cuarteles, pero Г©l se volteГі de cara a la pared dispuesto a renunciar al tormento insaciable de tus amores lentos y abismales antes que dar mi brazo a torcer en favor de esos bandoleros de Dios que durante siglos se han alimentado de los hГ­gados de la patria, ni de vainas, decidiГі, y sin embargo volvieron mi general, regresaron al paГ­s por las rendijas mГЎs estrechas las comunidades de pobres de acuerdo con su orden confidencial de que desembarcaran sin ruido en ensenadas secretas, les pagaron indemnizaciones desmesuradas, se restituyeron con creces los bienes expropiados y fueron abolidas las leyes recientes del matrimonio civil, el divorcio vincular, la educaciГіn laica, todo cuanto Г©l habГ­a dispuesto de viva voz en las rabias de la fiesta de burlas del proceso de santificaciГіn de su madre BendiciГіn Alvarado a quien Dios tenga en su santo reino, quГ© carajo, pero Leticia Nazareno no se conformГі con tanto sino que pidiГі mГЎs, le pidiГі que pongas la oreja en mi bajo vientre para que oigas cantar a la criatura que estГЎ creciendo dentro, pues ella habГ­a despertado en mitad de la noche sobresaltada por aquella voz profunda que describГ­a el paraГ­so acuГЎtico de tus entraГ±as surcadas de atardeceres malva y vientos de alquitrГЎn, aquella voz interior que le hablaba de los pГіlipos de tus riГ±ones, el acero tierno de tus tripas, el ГЎmbar tibio de tu orina dormida en sus manantiales, y Г©l puso en su vientre el oГ­do que le zumbaba menos y oyГі el borboriteo secreto de la criatura viva de su pecado mortal, un hijo de nuestros vientres obscenos que ha de llamarse Emanuel, que es el nombre con que los otros dioses conocen a Dios, y ha de tener en la frente el lucero blanco de su origen egregio y ha de heredar el espГ­ritu de sacrificio de la madre y la grandeza del padre y su mismo destino de conductor invisible, pero habГ­a de ser la vergГјenza del cielo y el estigma de la patria por su naturaleza ilГ­cita mientras Г©l no se decidiera a consagrar en los altares lo que habГ­a envilecido en la cama durante tantos y tantos aГ±os de contubernio sacrГ­lego, y entonces se abriГі paso por entre las espumas del antiguo mosquitero de bodas con aquel resuello de caldera de barco que le salГ­a del fondo de las terribles rabias reprimidas gritando ni de vainas, primero muerto que casado, arrastrando sus grandes patas de novio escondido por los salones de una casa ajena cuyo esplendor de otra Г©poca habГ­a sido restaurado despuГ©s del largo tiempo de tinieblas del luto oficial, los podridos crespones de semana mayor habГ­an sido arrancados de las cornisas, habГ­a luz de mar en los aposentos, flores en los balcones, mГєsicas marciales, y todo eso en cumplimiento de una orden que Г©l no habГ­a dado pero que fue una orden suya sin la menor duda mi general pues tenГ­a la decisiГіn tranquila de su voz y el estilo inapelable de su autoridad, y Г©l aprobГі, de acuerdo, y habГ­an vuelto a abrirse los templos clausurados, y los claustros y cementerios habГ­an sido devueltos a sus antiguas congregaciones por otra orden suya que tampoco habГ­a dado pero aprobГі, de acuerdo, se habГ­an restablecido las antiguas fiestas de guardar y los usos de la cuaresma y entraban por los balcones abiertos los himnos de jГєbilo de las muchedumbres que antes cantaban para exaltar su gloria y ahora cantaban arrodilladas bajo el sol ardiente para celebrar la buena nueva de que habГ­an traГ­do a Dios en un buque mi general, de veras, lo habГ­an traГ­do por orden tuya, Leticia, por una ley de alcoba como tantas otras que ella expedГ­a en secreto sin consultarlo con nadie y que Г©l aprobaba en pГєblico para que no pareciera ante los ojos de nadie que habГ­a perdido los orГЎculos de su autoridad pues tГє eras la potencia oculta de aquellas procesiones sin tГ©rmino que Г©l contemplaba asombrado desde las ventanas de su dormitorio hasta mГЎs allГЎ de donde no llegaron las hordas fanГЎticas de su madre BendiciГіn Alvarado cuya memoria habГ­a sido exterminada del tiempo de los hombres, habГ­an esparcido en el viento las piltrafas del traje de novia y el almidГіn de sus huesos y habГ­an vuelto a poner la lГЎpida al revГ©s en la cripta con las letras hacia dentro para que no perdurara ni la noticia de su nombre de pajarera en reposo pintora de oropГ©ndolas hasta el fin de los tiempos, y todo eso por orden tuya, porque eras tГє quien lo habГ­a ordenado para que ninguna otra memoria de mujer hiciera sombra a tu memoria, Leticia Nazareno de mi desgracia, hija de puta. Ella lo habГ­a cambiado a una edad en que nadie cambia como no sea para morir, habГ­a conseguido aniquilar con recursos de cama su resistencia pueril que ni vainas, primero muerto que casado, lo habГ­a obligado a ponerse tu braguero nuevo que siГ©ntelo cГіmo suena como un cencerro de oveja descarriada en la oscuridad, lo obligГі a ponerse tus botas de charol de cuando bailГі el primer vals con la reina, la espuela de oro del talГіn izquierdo que le habГ­a regalado el almirante de la mar ocГ©ana para que la llevara hasta la muerte en seГ±al de la mГЎs alta autoridad, tu guerrera de entorchados y borlones de pasamanerГ­a y charreteras de estatua que Г©l no habГ­a vuelto a ponerse desde los tiempos en que aГєn se podГ­an vislumbrar los ojos tristes, el mentГіn pensativo, la mano taciturna con el guante de raso detrГЎs de los visillos de la carroza presidencial, lo obligГі a ponerse tu sable de guerra, tu perfume de hombre, tus medallas con el cordГіn de la orden de los caballeros del Santo Sepulcro que te mandГі el Sumo PontГ­fice por haber devuelto a la iglesia los bienes expropiados, me vestiste como un altar de feria y me llevaste de madrugada por mis propios pies a la sombrГ­a sala de audiencias olorosa a velas de muerto por los gajos de azahares en las ventanas y los sГ­mbolos de la patria colgados en las paredes, sin testigos, uncido al yugo de la novicia escayolada con el refajo de lienzo debajo de las auras de muselina para sofocar la vergГјenza de siete meses de desenfrenos ocultos, sudaban en el sopor del mar invisible que husmeaba sin sosiego alrededor del tГ©trico salГіn de fiestas cuyos accesos habГ­an sido prohibidos por orden suya, las ventanas habГ­an sido amuralladas, habГ­an exterminado todo rastro de vida en la casa para que el mundo no conociera ni el rumor mГЎs Г­nfimo de la enorme boda escondida, apenas si podГ­as respirar de calor por el apremio del varГіn prematuro que nadaba entre los lГ­quenes de tinieblas de los mГ©danos de tus entraГ±as, pues Г©l habГ­a resuelto que fuera varГіn, y lo era, cantaba en el subsuelo de tu ser con la misma voz de manantial invisible con que el arzobispo primado vestido de pontifical cantaba gloria a Dios en las alturas para que no lo oyeran ni los centinelas adormilados, con el mismo terror de buzo perdido con que el arzobispo primado encomendГі su alma al SeГ±or para preguntarle al anciano inescrutable lo que nadie hasta entonces ni despuГ©s hasta la consumaciГіn de los siglos se hubiera atrevido a preguntarle si aceptas por esposa a Leticia Mercedes MarГ­a Nazareno, y Г©l apenas parpadeГі, de acuerdo, apenas si le sonaron en el pecho las medallas de guerra por la presiГіn oculta del corazГіn, pero habГ­a tanta autoridad en su voz que la terrible criatura de tus entraГ±as se revolviГі por completo en su equinoccio de aguas densas y corrigiГі su oriente y encontrГі el rumbo de la luz, y entonces Leticia Nazareno se torciГі sobre sГ­ misma sollozando padre mГ­o y seГ±or compadГ©cete de Г©sta tu humilde sierva que mucho se ha complacido en la desobediencia de tus santas leyes y acepta con resignaciГіn este castigo terrible, pero mordiendo al mismo tiempo el mitГіn de encajes para que el ruido de los huesos desarticulados de su cintura no fuera a delatar la deshonra oprimida por el refajo de lienzo, se puso en cuclillas, se descuartizГі en el charco humeante de sus propias aguas y se sacГі de entre los enredos de muselina el engendro sietemesino que tenГ­a el mismo tamaГ±o y el mismo aire de desamparo de animal sin hervir de un ternero de vientre, lo levantГі con las dos manos tratando de reconocerlo a la luz turbia de las velas del altar improvisado, y vio que era un varГіn, tal como lo habГ­a dispuesto mi general, un varГіn frГЎgil y tГ­mido que habГ­a de llevar sin honor el nombre de Emanuel, como estaba previsto, y lo nombraron general de divisiГіn con jurisdicciГіn y mando efectivos desde el momento en que Г©l lo puso sobre la piedra de los sacrificios y le cortГі el ombligo con el sable y lo reconociГі como mi Гєnico y legГ­timo hijo, padre, bautГ­cemelo [?]. Aquella decisiГіn sin precedentes habГ­a de ser el preludio de una nueva Г©poca, el primer anuncio de los malos tiempos en que el ejГ©rcito acordonaba las calles antes del alba y hacГ­a cerrar las ventanas de los balcones y desocupaba el mercado a culatazos de rifle para que nadie viera el paso fugitivo del automГіvil flamante con lГЎminas de acero blindado y manijas de oro de la escuderГ­a presidencial, y quienes se atrevГ­an a atisbar desde las azoteas prohibidas no veГ­an como en otro tiempo al militar milenario con el mentГіn apoyado en la mano pensativa del guante de raso a travГ©s de los visillos bordados con los colores de la bandera sino a la antigua novicia rechoncha con el sombrero de paja con flores de fieltro y la ristra de zorros azules que se colgaba del cuello a pesar del calor, la veГ­amos descender frente al mercado pГєblico los miГ©rcoles al amanecer escoltada por una patrulla de soldados de guerra llevando de la mano al minГєsculo general de divisiГіn de no mГЎs de tres aГ±os de quien era imposible creer por su gracia y su languidez que no fuera una niГ±a disfrazada de militar con el uniforme de gala con entorchados de oro que parecГ­a crecerle en el cuerpo, pues Leticia Nazareno se lo habГ­a puesto desde antes de la primera denticiГіn cuando lo llevaba en la cuna de ruedas a presidir los actos oficiales en representaciГіn de su padre, lo llevaba en brazos cuando pasaba revista a sus ejГ©rcitos, lo levantaba por encima de su cabeza para que recibiera la ovaciГіn de las muchedumbres en el estadio de pelota, lo amamantaba en el automГіvil descubierto durante los desfiles de las fiestas patrias sin pensar en las burlas Г­ntimas que suscitaba el espectГЎculo pГєblico de un general de cinco soles prendido con un Г©xtasis de ternero huГ©rfano en el pezГіn de su madre, asistiГі a las recepciones diplomГЎticas desde que estuvo en condiciones de valerse de si mismo, y entonces llevaba ademГЎs del uniforme las medallas de guerra que escogГ­a a su gusto en el estuche de condecoraciones que su padre le prestaba para jugar, y era un niГ±o serio, raro, sabГ­a tenerse en pГєblico desde los seis aГ±os sosteniendo en la mano la copa de jugo de frutas en vez de champaГ±a mientras hablaba de asuntos de persona mayor con una propiedad y una gracia naturales que no habГ­a heredado de nadie, aunque mГЎs de una vez ocurriГі que un nubarrГіn oscuro atravesГі la sala de fiestas, se detuvo el tiempo, el delfГ­n pГЎlido investido de los mГЎs altos poderes habГ­a sucumbido en el sopor, silencio, susurraban, el general chiquito estГЎ dormido, lo sacaron en brazos de sus edecanes a travГ©s de los diГЎlogos truncos y los gestos petrificados de la audiencia de sicarios de lujo y seГ±oras pГєdicas que apenas se atrevГ­an a murmurar reprimiendo la risa del bochorno detrГЎs de los abanicos de plumas, quГ© horror, si el general lo supiera, porque Г©l dejaba prosperar la creencia que Г©l mismo habГ­a inventado de que era ajeno a todo cuanto ocurrГ­a en el mundo que no estuviera a la altura de su grandeza asГ­ fueran los desplantes pГєblicos del Гєnico hijo que habГ­a aceptado como suyo entre los incontables que habГ­a engendrado, o las atribuciones desmedidas de mi Гєnica y legГ­tima esposa Leticia Nazareno que llegaba al mercado los miГ©rcoles al amanecer llevando de la mano a su general de juguete en medio de la escolta bulliciosa de sirvientas de cuartel y ordenanzas de asalto transfigurados por ese raro resplandor visible de la conciencia que precede a la salida inminente del sol en el Caribe, se hundГ­an hasta la cintura en el agua pestilente de la bahГ­a para entrar a saco en los veleros de parches remendados que fondeaban en el antiguo puerto negrero estibados con flores de la Martinica y rizones de jengibre de Paramaribo, arrasaban a su paso con la pesca viva en una rebatina de guerra, se la disputaban a los cerdos con culatazos de rifle en torno de la antigua bГЎscula de esclavos todavГ­a en servicio donde otro miГ©rcoles de otra Г©poca de la patria antes de Г©l habГ­an rematado en subasta pГєblica a una senegalesa cautiva que costГі mГЎs que su propio peso en oro por su hermosura de pesadilla, acabaron con todo mi general, fue peor que la langosta, peor que el ciclГіn, pero Г©l permanecГ­a impasible ante el escГЎndalo creciente de que Leticia Nazareno irrumpГ­a como no se hubiera atrevido Г©l mismo en la galerГ­a abigarrada del mercado de pГЎjaros y legumbres perseguida por el alboroto de los perros callejeros que les ladraban asustados a los ojos de vidrios atГіnitos de los zorros azules, se movГ­a con un dominio procaz de su autoridad entre las esbeltas columnas de hierro bordado bajo las ramazones de hierro con grandes hojas de vidrios amarillos, con manzanas de vidrios rosados, con cornucopias de riquezas fabulosas de la flora de vidrios azules de la gigantesca bГіveda de luces donde escogГ­a las frutas mГЎs apetitosas y las legumbres mГЎs tiernas que sin embargo se marchitaban en el instante en que ella las tocaba, inconsciente de la mala virtud de sus manos que hacГ­an crecer el musgo en el pan todavГ­a tibio y habГ­a renegrido el oro de su anillo matrimonial, asГ­ que se soltaba en improperios contra las vivanderas por haber escondido el mejor bastimento y sГіlo habГ­an dejado para la casa del poder esta miseria de mangos de puerco, rateras, esta ahuyama que suena por dentro como un calabazo de mГєsico, malparidas, esta mierda de costillar con la sangraza agusanada que se conoce a leguas que no es de buey sino de burro muerto de peste, hijas de mala madre, se desgaГ±itaba, mientras las sirvientas con sus canastos y los ordenanzas con sus artesas de abrevadero arrasaban con cuanta cosa de comer encontraban a la vista, sus gritos de corsaria eran mГЎs estridentes que el fragor de los perros enloquecidos por el relente de escondrijos nevados de las colas de los zorros azules que ella se hacГ­a llevar vivos de la isla del prГ­ncipe Eduardo, mГЎs hirientes que la rГ©plica sangrienta de las guacamayas deslenguadas cuyas dueГ±as les enseГ±aban en secreto lo que ellas mismas no se podГ­an dar el gusto de gritar Leticia ladrona, monja puta, lo chillaban encaramadas en las ramazones de hierro del follaje de vidrios de colores polvorientos del dombo del mercado donde se sabГ­an a salvo del soplo de devastaciГіn de aquel zambapalo de bucaneros que se repitiГі todos los miГ©rcoles al amanecer durante la infancia bulliciosa del minГєsculo general de embuste cuya voz se volvГ­a mГЎs afectuosa y sus ademanes mГЎs dulces cuanto mГЎs hombre trataba de parecer con el sable de rey de la baraja que todavГ­a le arrastraba al caminar, se mantenГ­a imperturbable en medio de la rapiГ±a, se mantenГ­a sereno, altivo, con el decoro inflexible que su madre le habГ­a inculcado para que mereciera la flor de la estirpe que ella misma despilfarraba en el mercado con sus Г­mpetus de perra furiosa y sus improperios de turca bajo la mirada incГіlume de las ancianas negras de turbantes de trapos de colores radiantes que soportaban los insultos y contemplaban el saqueo abanicГЎndose sin parpadear con una quietud abismal de Г­dolos sentados, sin respirar, rumiando bolas de tabaco, bolas de coca, medicinas de parsimonia que les permitГ­an sobrevivir a tanta ignominia mientras pasaba el asalto feroz de la marabunta y Leticia Nazareno se abrГ­a paso con su militar de pacotilla a travГ©s de los espinazos erizados de los perros frenГ©ticos y gritaba desde la puerta que le pasen la cuenta al gobierno, como siempre, y ellas apenas suspiraban, Dios mГ­o, si el general lo supiera, si hubiera alguien capaz de contГЎrselo, engaГ±adas con la ilusiГіn de que Г©l siguiГі ignorando hasta la hora de su muerte lo que todo el mundo sabia para mayor escГЎndalo de su memoria que mi Гєnica y legГ­tima esposa Leticia Nazareno habГ­a desguarnecido los bazares de los hindГєes de sus terribles cisnes de vidrio y espejos con marcos de caracoles y ceniceros de coral, desvalijaba de tafetanes mortuorios las tiendas de los sirios y se llevaba a puГ±ados los sartales de pescaditos de oro y las higas de protecciГіn de los plateros ambulantes de la calle del comercio que le gritaban en su cara que eres mГЎs zorra que las leticias azules que llevaba colgadas del cuello, cargaba con todo cuanto encontraba a su paso para satisfacer lo Гєnico que le quedaba de su antigua condiciГіn de novicia que era su mal gusto pueril y el vicio de pedir sin necesidad, sГіlo que entonces no tenia que mendigar por el amor de Dios en los zaguanes perfumados de jazmines del barrio de los virreyes sino que cargaba en furgones militares cuanto le complacГ­a a su voluntad sin mГЎs sacrificios de su parte que la orden perentoria de que le pasen la cuenta al gobierno. Era tanto como decir que le cobraran a Dios, porque nadie sabГ­a desde entonces si Г©l existГ­a a ciencia cierta, se habГ­a vuelto invisible, veГ­amos los muros fortificados en la colina de la Plaza de Armas, la casa del poder con el balcГіn de los discursos legendarios y las ventanas de visillos de encajes y macetas de flores en las cornisas que de noche parecГ­a un buque de vapor navegando en el cielo, no sГіlo desde cualquier sitio de la ciudad sino tambiГ©n desde siete leguas en el mar despuГ©s de que la pintaron de blanco y la iluminaron con globos de vidrio para celebrar la visita del conocido poeta RubГ©n DarГ­o, aunque ninguno de esos signos demostraba a ciencia cierta que Г©l estuviera ahГ­, al contrario, pensГЎbamos con buenas razones que aquellos alardes de vida eran artificios militares para tratar de desmentir la versiГіn generalizada de que Г©l habГ­a sucumbido a una crisis de misticismo senil, que habГ­a renunciado a los fastos y vanidades del poder y se habГ­a impuesto a sГ­ mismo la penitencia de vivir el resto de sus aГ±os en un tremendo estado de postraciГіn con cilicios de privaciones en el alma y toda clase de hierros de mortificaciГіn en el cuerpo, sin nada mГЎs que pan de centeno para comer y agua de pozo para beber, ni nada mГЎs para dormir que las losas del suelo pelado de una celda de clausura del convento de las vizcaГ­nas hasta expiar el horror de haber poseГ­do contra su voluntad y haber fecundado de varГіn a una mujer prohibida que sГіlo porque Dios es grande no habГ­a recibido todavГ­a las Гіrdenes mayores, y sin embargo nada habГ­a cambiado en su vasto reino de pesadumbre porque Leticia Nazareno tenГ­a las claves de su poder y le bastaba con decir que Г©l mandaba a decir que le pasen la cuenta al gobierno, una fГіrmula antigua que al principio parecГ­a muy fГЎcil de sortear pero que se fue haciendo cada vez mГЎs temible, hasta que un grupo de acreedores decididos se atreviГі a presentarse al cabo de muchos aГ±os con una maleta de facturas pendientes en el retГ©n de la casa presidencial y nos encontramos con el asombro de que nadie nos dijo que sГ­ ni que no sino que nos mandaron con un soldado de servicio a una discreta sala de espera donde nos recibiГі un oficial de marina muy amable, muy joven, de voz reposada y ademanes sonrientes que nos brindГі una taza del cafГ© tenue y fragante de las cosechas presidenciales, nos mostrГі las oficinas blancas y bien iluminadas con redes metГЎlicas en las ventanas y ventiladores de aspas en el cielo raso, y todo era tan diГЎfano y humano que uno se preguntaba perplejo dГіnde estaba el poder de aquel aire oloroso a medicina perfumada, dГіnde estaba la mezquindad y la inclemencia del poder en la conciencia de aquellos escribientes de camisas de seda que gobernaban sin prisa y en silencio, nos mostrГі el patiecito interior cuyos rosales habГ­an sido podados por Leticia Nazareno para purificar el sereno de la madrugada del mal recuerdo de los leprosos y los ciegos y los paralГ­ticos que fueron mandados a morir de olvido en asilos de caridad, nos mostrГі el antiguo galpГіn de las concubinas, las mГЎquinas de coser herrumbrosas, los catres de cuartel donde las esclavas del serrallo habГ­an dormido hasta en grupos de tres en celdas de oprobio que iban a ser demolidas para construir en su lugar la capilla privada, nos mostrГі desde una ventana interior la galerГ­a mГЎs intima de la casa civil, el cobertizo de trinitarias doradas por el sol de las cuatro en el cancel de alfajores de listones verdes donde Г©l acababa de almorzar con Leticia Nazareno y el niГ±o que eran las Гєnicas personas con franquicia para sentarse a su mesa, nos mostrГі la ceiba legendaria a cuya sombra colgaban la hamaca de lino con los colores de la bandera donde Г©l hacГ­a la siesta en las tardes de mГЎs calor, nos mostrГі los establos de ordeГ±o, las queseras, los panales, y al regresar por el sendero que Г©l recorrГ­a al amanecer para asistir al ordeГ±o pareciГі fulminado por la centella de la revelaciГіn y nos seГ±alГі con el dedo la huella de una bota en el barro, miren, dijo, es la huella de Г©l, nos quedamos petrificados contemplando aquella impronta de una suela grande y basta que tenia el esplendor y el dominio en reposo y el tufo de sarna vieja del rastro de un tigre acostumbrado a la soledad, y en esa huella vimos el poder, sentimos el contacto de su misterio con mucha mГЎs fuerza reveladora que cuando uno de nosotros fue escogido para verlo a Г©l de cuerpo presente porque los grandes del ejГ©rcito empezaban a rebelarse contra la advenediza que habГ­a logrado acumular mГЎs poder que el mando supremo, mГЎs que el gobierno, mГЎs que Г©l, pues Leticia Nazareno habГ­a llegado tan lejos con sus Г­nfulas de reina que el propio estado mayor presidencial asumiГі el riesgo de franquearle el paso a uno de ustedes, sГіlo a uno, para tratar de que Г©l tuviera al menos una idea Г­nfima de cГіmo andaba la patria a espaldas suyas mi general, y asГ­ fue cГіmo lo vi, estaba solo en la calurosa oficina de paredes blancas con grabados de caballos ingleses, estaba echado hacia atrГЎs en la poltrona de resortes, debajo del ventilador de aspas, con el uniforme de dril blanco y arrugado con botones de cobre y sin insignias de ninguna clase, tenГ­a la mano derecha con el guante de raso sobre el escritorio de madera donde no habГ­a nada mГЎs que tres pares iguales de espejuelos muy pequeГ±os con monturas de oro, tenГ­a a sus espaldas una vidriera de libros polvorientos que mГЎs bien parecГ­an libros mayores de contabilidad empastados en cuero humano, tenГ­a a la derecha una ventana grande y abierta, tambiГ©n con mallas metГЎlicas, a travГ©s de la cual se veГ­a la ciudad entera y todo el cielo sin nubes ni pГЎjaros hasta el otro lado del mar, y yo sentГ­ un grande alivio porque Г©l se mostraba menos consciente de su poder que cualquiera de sus partidarios y era mГЎs domГ©stico que en sus fotografГ­as y tambiГ©n mГЎs digno de compasiГіn pues todo en Г©l era viejo y arduo y parecГ­a minado por una enfermedad insaciable, tanto que no tuvo aliento para decirme que me sentara sino que me lo indicГі con un gesto triste del guante de raso, escuchГі mis razones sin mirarme, respirando con un silbido tenue y difГ­cil, un silbido recГіndito que dejaba en la habitaciГіn un relente de creosota, concentrado a fondo en el examen de las cuentas que yo representaba con ejemplos de escuela porque Г©l no lograba concebir nociones abstractas, de modo que empecГ© por demostrarle que Leticia Nazareno nos estaba debiendo una cantidad de tafetГЎn igual a dos veces la distancia marГ­tima de Santa MarГ­a del Altar, es decir, 190 leguas, y Г©l dijo ajГЎ como para sГ­ mismo, y terminГ© por demostrarle que el total de la deuda con el descuento especial para su excelencia era igual a seis veces el premio mayor de la loterГ­a en diez aГ±os, y Г©l volviГі a decir ajГЎ y sГіlo entonces me mirГі de frente sin los espejuelos y pude ver que sus ojos eran tГ­midos e indulgentes, y sГіlo entonces me dijo con una rara voz de armonio que nuestras razones eran claras y justas, a cada quiГ©n lo suyo, dijo, que le pasen la cuenta al gobierno. AsГ­ era, en realidad, por la Г©poca en que Leticia Nazareno lo habГ­a vuelto a hacer desde el principio sin los escollos montaraces de su madre BendiciГіn Alvarado, le quitГі la costumbre de comer caminando con el plato en una mano y la cuchara en la otra y comГ­an los tres en una mesita de playa bajo el cobertizo de trinitarias, Г©l frente al niГ±o y Leticia Nazareno entre los dos enseГ±ГЎndoles las normas de urbanidad y de ВЎa buena salud en el comer, les enseГ±Гі a mantenerse con la espina dorsal apoyada en el espaldar de la silla, el tenedor en la mano izquierda, el cuchillo en la derecha, masticando cada bocado quince veces de un lado y quince veces del otro con la boca cerrada y la cabeza recta sin hacer caso de sus protestas de que tantos requisitos parecГ­an cosas de cuartel, le enseГ±Гі a leer despuГ©s del almuerzo el periГіdico oficial en el que figuraba Г©l mismo como patrono y director honorario, se lo ponГ­a en las manos cuando lo veГ­a acostado en la hamaca a la sombra de la ceiba gigantesca del patio familiar diciГ©ndole que no era concebible que todo un jefe de estado no estuviera al corriente de lo que pasaba en el mundo, le ponГ­a los espejuelos de oro y lo dejaba chapaleando en la lectura de sus propias noticias mientras ella adiestraba al niГ±o en el deporte de novicias de lanzarse y devolverse una pelota de caucho, mientras Г©l se encontraba a sГ­ mismo en fotografГ­as tan antiguas que muchas de ellas no eran suyas sino de un antiguo doble que habГ­a muerto por Г©l y cuyo nombre no recordaba, se encontraba presidiendo los consejos de ministros del martes a los cuales no asistГ­a desde los tiempos del cometa, se enteraba de frases histГіricas que le atribuГ­an sus ministros de letras, leГ­a cabeceando en el bochorno de los nubarrones errantes de las tardes de agosto, se sumergГ­a poco a poco en la mazmorra de sudor de la siesta murmurando quГ© mierda de periГіdico, carajo, no entiendo cГіmo se lo aguanta la gente, murmuraba, pero algo debГ­a quedarle de aquellas lecturas sin gracia porque despertaba del sueГ±o corto y tenue con alguna idea nueva inspirada en las noticias, mandaba Гіrdenes a sus ministros con Leticia Nazareno, le contestaban con ella tratando de vislumbrar su pensamiento por el pensamiento de ella, porque tГє eras lo que yo habГ­a querido que fueras la intГ©rprete de mis mГЎs altos designios, tГє eras mi voz, eras mi razГіn y mi fuerza, era su oГ­do mГЎs fiel y mГЎs atento en el rumor de lavas perpetuas del mundo inaccesible que lo asediaba, aunque en realidad los Гєltimos orГЎculos que regГ­an su destino eran los letreros anГіnimos escritos en las paredes de los excusados del personal de servicio, en los cuales descifraba las verdades recГіnditas que nadie se hubiera atrevido a revelarle, ni siquiera tГє, Leticia, los leГ­a al amanecer de regreso del ordeГ±o antes de que los borraran los ordenanzas de la limpieza y habГ­a ordenado encalar a diario los muros de los retretes para que nadie resistiera a la tentaciГіn de desahogarse de sus rencores ocultos, allГ­ conociГі las amarguras del mando supremo, las intenciones reprimidas de quienes medraban a su sombra y lo repudiaban a sus espaldas, se sentГ­a dueГ±o de todo su poder cuando conseguГ­a penetrar un enigma del corazГіn humano en el espejo revelador del papel de la canalla, volviГі a cantar al cabo de tantos aГ±os contemplando a travГ©s de las brumas del mosquitero el sueГ±o matinal de ballena varada de su Гєnica y legГ­tima esposa Leticia Nazareno, levГЎntate, cantaba, son las seis de mi corazГіn, el mar estГЎ en su puesto, la vida sigue, Leticia, la vida imprevisible de la Гєnica de sus tantas mujeres que lo habГ­a conseguido todo de Г©l menos el privilegio fГЎcil de que amaneciera con ella en la cama, pues Г©l se iba despuГ©s del Гєltimo amor, colgaba la lГЎmpara de salir corriendo en el dintel de su dormitorio de soltero viejo, pasaba las tres aldabas, los tres cerrojos, los tres pestillos, se tiraba bocabajo en el suelo, solo y vestido, como lo habГ­a hecho todas las noches antes de ti, como lo hizo sin ti hasta la Гєltima noche de sus sueГ±os de ahogado solitario, regresaba despuГ©s del ordeГ±o a tu cuarto oloroso a bestia de oscuridad para seguirte dando cuanto quisieras, mucho mГЎs que la herencia sin medidas de su madre BendiciГіn Alvarado, mucho mГЎs de lo que ningГєn ser humano habГ­a soГ±ado sobre la tierra, no sГіlo para ella sino tambiГ©n para sus parientes inagotables que llegaban desde los cayos incГіgnitos de las Antillas sin otra fortuna que el pellejo que llevaban puesto ni mГЎs tГ­tulos que los de su identidad de Nazarenos, una familia ГЎspera de varones intrГ©pidos y mujeres abrasadas por la fiebre de la codicia que se habГ­an tomado por asalto los estancos de la sal, el tabaco, el agua potable, los antiguos privilegios con que Г©l habГ­a favorecido a los comandantes de las distintas armas para mantenerlos apartados de otra clase de ambiciones y que Leticia Nazareno les habГ­a ido arrebatando poco a poco por Гіrdenes suyas que Г©l no daba pero aprobГі, de acuerdo, habГ­a abolido el sistema bГЎrbaro de ejecuciГіn por descuartizamiento con caballos y habГ­a tratado de poner en su lugar la silla elГ©ctrica que le habГ­a regalado el comandante del desembarco para que tambiГ©n nosotros disfrutГЎramos del mГ©todo mГЎs civilizado de matar, habГ­a visitado el laboratorio de horror de la fortaleza del puerto donde escogГ­an a los presos polГ­ticos mГЎs exhaustos para entrenarse en el manejo del trono de la muerte cuyas descargas absorbГ­an el total de la potencia elГ©ctrica de la ciudad, conocГ­amos la hora exacta del experimento mortal porque nos quedГЎbamos un instante en las tinieblas con el aliento tronchado de horror, guardГЎbamos un minuto de silencio en los burdeles del puerto y nos tomГЎbamos una copa por el alma del sentenciado, no una vez sino muchas veces, pues la mayorГ­a de las vГ­ctimas se quedaban colgadas de las correas de la silla con el cuerpo amorcillado y echando humos de carne asada pero todavГ­a resollando de dolor hasta que alguien tuviera la piedad de acabar de matarlos a tiros despuГ©s de varias tentativas frustradas, todo por complacerte, Leticia, por ti habГ­a desocupado los calabozos y autorizГі de nuevo la repatriaciГіn de sus enemigos y promulgГі un bando de pascua para que nadie fuera castigado por divergencias de opiniГіn ni perseguido por asuntos de su fuero interno, convencido de corazГіn en la plenitud de su otoГ±o de que aun sus adversarios mГЎs encarnizados tenГ­an derecho a compartir la placidez de que Г©l gozaba en las noches absortas de enero con la Гєnica mujer que mereciГі la gloria de verlo sin camisa y con los calzoncillos largos y la enorme potra dorada por la luna en la terraza de la casa civil, contemplaban juntos los sauces misteriosos que por aquellas Navidades les mandaron los reyes de Babilonia para que los sembraran en el jardГ­n de la lluvia, disfrutaban del sol astillado a travГ©s de las aguas perpetuas, gozaban de la estrella polar enredada en sus frondas, escudriГ±aban el universo en los nГєmeros de la radiola interferida por las rechiflas de burla de los planetas fugitivos, escuchaban juntos el episodio diario de las novelas habladas de Santiago de Cuba que les dejaba en el alma el sentimiento de zozobra de si todavГ­a maГ±ana estaremos vivos para saber cГіmo se arregla esta desgracia, Г©l jugaba con el niГ±o antes de acostarlo para enseГ±arle todo lo que era posible saber sobre el uso y mantenimiento de las armas de guerra que era la ciencia humana que Г©l conocГ­a mejor que nadie, pero el Гєnico consejo que le dio fue que nunca impartiera una orden si no estГЎs seguro de que la van a cumplir [?], se lo hizo repetir tantas veces cuantas creyГі necesarias para que el niГ±o no olvidara nunca que el Гєnico error que no puede cometer ni una sola vez en toda su vida un hombre investido de autoridad y mando es impartir una orden que no estГ© seguro de que serГЎ cumplida, un consejo que era mГЎs bien de abuelo escaldado que de padre sabio y que el niГ±o no habrГ­a olvidado jamГЎs aunque hubiera vivido tanto como Г©l porque se lo enseГ±Гі mientras lo preparaba para disparar por primera vez a los seis aГ±os de edad un caГ±Гіn de retroceso a cuyos estampidos de catГЎstrofe atribuimos la pavorosa tormenta seca de relГЎmpagos y truenos volcГЎnicos y el tremendo viento polar de Comodoro Rivadavia que volteГі al revГ©s las entraГ±as del mar y se llevГі volando un circo de animales acampado en la plaza del antiguo puerto negrero, sacГЎbamos elefantes en las atarrayas, payasos ahogados, jirafas subidas en los trapecios por la furia del temporal que de milagro no echГі a pique el barco bananero en que llegГі pocas horas despuГ©s el joven poeta FГ©lix RubГ©n GarcГ­a Sarmiento que habГ­a de hacerse famoso con el nombre de RubГ©n DarГ­o, por fortuna se aplacГі el mar a las cuatro, el aire lavado se llenГі de hormigas voladoras y Г©l se asomГі a la ventana del dormitorio y vio al socaire de las colinas del puerto el buquecito blanco escorado a estribor y con la arboladura desmantelada navegando sin riesgos en el remanso de la tarde purificada por el azufre de la tormenta, vio al capitГЎn en el alcГЎzar dirigiendo la maniobra difГ­cil en honor del pasajero ilustre de casaca de paГ±o oscuro y chaleco cruzado a quien Г©l no oyГі mencionar hasta la noche del domingo siguiente cuando Leticia Nazareno le pidiГі la gracia inconcebible de que la acompaГ±ara a la velada lГ­rica del Teatro Nacional y Г©l aceptГі sin parpadear, de acuerdo. HabГ­amos esperado tres horas de pie en la atmГіsfera de vapor de la platea sofocados por la vestimenta de gala que nos exigieron de urgencia a Гєltima hora, cuando por fin se iniciГі el himno nacional y nos volvimos aplaudiendo hacia el palco seГ±alado con el escudo de la patria donde apareciГі la novicia regordeta del sombrero de plumas rizadas y las colas de zorros nocturnos sobre el vestido de tafetГЎn, se sentГі sin saludar junto al infante en uniforme de noche que habГ­a respondido a los aplausos con el lirio de dedos vacГ­os del guante de raso apretado en el puГ±o como su madre le habГ­a dicho que lo hacГ­an los prГ­ncipes de otra Г©poca, no vimos a nadie mГЎs en el palco presidencial, pero durante las dos horas del recital soportamos la certidumbre de que Г©l estaba ahГ­, sentГ­amos la presencia invisible que vigilaba nuestro destino para que no fuera alterado por el desorden de la poesГ­a, Г©l regulaba el amor, decidГ­a la intensidad y el tГ©rmino de la muerte en un rincГіn del palco en penumbra desde donde vio sin ser visto al minotauro espeso cuya voz de centella marina lo sacГі en vilo de su sitio y de su instante y lo dejГі flotando sin su permiso en el trueno de oro de los claros clarines de los arcos triunfales de Martes y Minervas de una gloria que no era la suya mi general, vio los atletas heroicos de los estandartes los negros mastines de presa los fuertes caballos de guerra de cascos de hierro las picas y lanzas de los paladines de rudos penachos que llevaban cautiva la extraГ±a bandera para honor de unas armas que no eran las suyas, vio la tropa de jГіvenes fieros que habГ­an desafiado los soles del rojo verano las nieves y vientos del gГ©lido invierno la noche y la escarcha y el odio y la muerte para esplendor eterno de una patria inmortal mГЎs grande y mГЎs gloriosa de cuantas Г©l habГ­a soГ±ado en los largos delirios de sus calenturas de guerrero descalzo, se sintiГі pobre y minГєsculo en el estruendo sГ­smico de los aplausos que Г©l aprobaba en la sombra pensando madre mГ­a BendiciГіn Alvarado eso sГ­ es un desfile, no las mierdas que me organiza esta gente, sintiГ©ndose disminuido y solo, oprimido por el sopor y los zancudos y las columnas de sapolГ­n de oro y el terciopelo marchito del palco de honor, carajo, cГіmo es posible que este indio pueda escribir una cosa tan bella con la misma mano con que se limpia el culo, se decГ­a, tan exaltado por la revelaciГіn de la belleza escrita que arrastraba sus grandes patas de elefante cautivo al compГЎs de los golpes marciales de los timbaleros, se adormilaba al ritmo de las voces de gloria del canto sonoro del cГЎlido coro que Leticia Nazareno recitaba para Г©l a la sombra de los arcos triunfales de la ceiba del patio, escribГ­a los versos en las paredes de los retretes, estaba tratando de recitar de memoria el poema completo en el Olimpo tibio de mierda de vaca de los establos de ordeГ±o cuando temblГі la tierra con la carga de dinamita que estallГі antes de tiempo en el baГєl del automГіvil presidencial estacionado en la cochera, fue terrible mi general, una conflagraciГіn tan potente que muchos meses despuГ©s todavГ­a encontrГЎbamos por toda la ciudad las piezas retorcidas del coche blindado que Leticia Nazareno y el niГ±o debГ­an usar una hora mГЎs tarde para hacer el mercado del miГ©rcoles, pues el atentado era contra ella mi general, sin ninguna duda, y entonces Г©l se dio una palmada en la frente, carajo, cГіmo es posible que no lo hubiera previsto, quГ© habГ­a sido de su clarividencia legendaria si desde hacГ­a tantos meses que los letreros de los excusados no estaban dirigidos contra Г©l, como siempre, o contra alguno de sus ministros civiles, sino que estaban inspirados por la audacia de los Nazarenos que habГ­a llegado al punto de mordisquear las prebendas reservadas al mando supremo, o por las ambiciones de los hombres de iglesia que obtenГ­an del poder temporal favores desmedidos y eternos, Г©l habГ­a observado que las diatribas inocentes contra su madre BendiciГіn Alvarado se habГ­an vuelto improperios de guacamaya, pasquines de rencores ocultos que maduraban en la impunidad tibia de los retretes y terminaban por salir a la calle como habГ­a ocurrido tantas veces con otros escГЎndalos menores que Г©l mismo se encargaba de precipitar, aunque nunca pensГі ni hubiera podido pensar que fueran tan feroces como para poner dos quintales de dinamita dentro del propio cerco de la casa civil, matreros, cГіmo es posible que Г©l anduviera tan absorto en el Г©xtasis de los bronces triunfales que su olfato exquisito de tigre cebado no habГ­a reconocido a tiempo el viejo y dulce olor del peligro, quГ© vaina, reuniГі de urgencia al mando supremo; catorce militares trГ©mulos que al cabo de tantos aГ±os de conducto ordinario y Гіrdenes de segunda mano volvГ­amos a ver a dos brazas de distancia al anciano incierto cuya existencia real era el mГЎs simple de sus enigmas, nos recibiГі sentado en la silla tronal de la sala de audiencias con el uniforme de soldado raso oloroso a meados de mapurito y unos espejuelos muy finos de oro puro que no conocГ­amos ni en sus retratos mГЎs recientes, y era mГЎs viejo y mГЎs remoto de lo que nadie hubiera podido imaginar, salvo las manos lГЎnguidas sin los guantes de raso que no parecГ­an sus manos naturales de militar sino las de alguien mucho mГЎs joven y compasivo, todo lo demГЎs era denso y sombrГ­o, y cuanto mГЎs lo reconocГ­amos era mГЎs evidente que apenas le quedaba un Гєltimo soplo para vivir, pero era el soplo de una autoridad inapelable y devastadora que a Г©l mismo le costaba trabajo mantener a raya como al azogue de un caballo cerrero, sin hablar, sin mover siquiera la cabeza mientras le rendГ­amos honores de general jefe supremo y acabamos de sentarnos frente a Г©l en las poltronas dispuestas en cГ­rculo, y sГіlo entonces se quitГі los espejuelos y empezГі a escrutarnos con aquellos ojos meticulosos que conocГ­an los escondrijos de comadreja de nuestras segundas intenciones, los escrutГі sin clemencia, uno por uno, tomГЎndose todo el tiempo que le hacia falta para establecer con precisiГіn cuГЎnto habГ­a cambiado cada uno de nosotros desde la tarde de brumas de la memoria en que los habГ­a ascendido a los grados mГЎs altos seГ±alГЎndolos con el dedo segГєn los impulsos de su inspiraciГіn, y a medida que los escudriГ±aba sentГ­a crecer la certidumbre de que entre aquellos catorce enemigos recГіnditos estaban los autores del atentado, pero al mismo tiempo se sintiГі tan solo e indefenso frente a ellos que apenas parpadeГі, apenas levantГі la cabeza para exhortarlos a la unidad ahora mГЎs que nunca por el bien de la patria y el honor de las fuerzas armadas, les recomendГі energГ­a y prudencia y les impuso la honrosa misiГіn de descubrir sin contemplaciones a los autores del atentado para someterlos al rigor sereno de la justicia marcial, eso es todo, seГ±ores, concluyГі, a sabiendas de que el autor era uno de ellos, o eran todos, herido de muerte por la convicciГіn ineludible de que la vida de Leticia Nazareno no dependГ­a entonces de la voluntad de Dios sino de la sabidurГ­a con que Г©l lograra preservarla de una amenaza que tarde o temprano se habГ­a de cumplir sin remedio, maldita sea. La obligГі a cancelar sus compromisos pГєblicos, obligГі a sus parientes mГЎs voraces a despojarse de cuanto privilegio pudiera tropezar con las fuerzas armadas, a los mГЎs comprensivos los nombrГі cГіnsules de mano libre y a los mГЎs encarnizados los encontrГЎbamos flotando en los manglares de tarulla de los caГ±os del mercado, apareciГі sin anunciarse al cabo de tantos aГ±os en su sillГіn vacГ­o del consejo de ministros dispuesto a poner un limite a la infiltraciГіn del clero en los negocios del estado para tenerte a salvo de tus enemigos, Leticia, y sin embargo habГ­a vuelto a echar sondas profundas en el mando supremo despuГ©s de las primeras decisiones drГЎsticas y estaba convencido de que siete de los comandantes le eran leales sin reservas ademГЎs del general en jefe que era el mГЎs antiguo de sus compadres, pero todavГ­a carecГ­a de poder contra los otros seis enigmas que le alargaban las noches con la impresiГіn ineludible de que Leticia Nazareno estaba ya seГ±alada por la muerte, se la estaban matando entre las manos a pesar del rigor con que hacia probar su comida desde que encontraron una espina de pescado dentro del pan, comprobaban la pureza del aire que respiraba porque Г©l habГ­a temido que le pusieran veneno en la bomba del flit, la veГ­a pГЎlida en la mesa, la sentГ­a quedarse sin voz en mitad del amor, lo atormentaba la idea de que le pusieran microbios del vГіmito negro en el agua de beber, vitriolo en el colirio, sutiles ingenios de muerte que le amargaban cada instante de aquellos dГ­as y lo despertaban a medianoche con la pesadilla vivida de que Leticia Nazareno se habГ­a desangrado durante el sueГ±o por un maleficio de indios, aturdido por tantos riesgos imaginarios y amenazas verГ­dicas que le prohibГ­a salir a la calle sin la escolta feroz de guardias presidenciales instruidos para matar sin causa, pero ella se iba mi general, se llevaba al niГ±o, Г©l se sobreponГ­a al mal presagio para verlos subir en el nuevo automГіvil blindado, los despedГ­a con seГ±ales de conjuro desde un balcГіn interior rogando madre mГ­a BendiciГіn Alvarado protГ©gelos, haz que las balas reboten en su corpiГ±o, amansa el lГЎudano, madre, endereza los pensamientos torcidos, sin un instante de sosiego mientras no volviera a sentir las sirenas de la escolta de la Plaza de Armas y veГ­a a Leticia Nazareno y al niГ±o atravesando el patio con las primeras luces del faro, ella volvГ­a agitada, feliz en medio de la custodia de guerreros cargados de pavos vivos, orquГ­deas de Envigado, ristras de foquitos de colores para las noches de Navidad que ya se anunciaban en la calle con letreros de estrellas luminosas ordenados por Г©l para disimular su ansiedad, la recibГ­a en la escalera para sentirte todavГ­a viva en el relente de naftalina de las colas de zorros azules, en el sudor agrio de tus mechones de invГЎlida, te ayudaba a llevar los regalos al dormitorio con la rara certidumbre de estar consumiendo las Гєltimas migajas de un alborozo condenado que hubiera preferido no conocer, tanto mГЎs desolado cuanto mГЎs convencido estaba de que cada recurso que concebГ­a para aliviar aquella ansiedad insoportable, cada paso que daba para conjurarla lo acercaba sin piedad al pavoroso miГ©rcoles de mi desgracia en que tomГі la decisiГіn tremenda de que ya no mГЎs, carajo, lo que ha de ser que sea pronto, decidiГі, y fue como una orden fulminante que no habГ­a acabado de concebir cuando dos de sus edecanes irrumpieron en la oficina con la novedad terrible de que a Leticia Nazareno y al niГ±o los habГ­an descuartizado y se los habГ­an comido a pedazos los perros cimarrones del mercado pГєblico, se los comieron vivos mi general, pero no eran los mismos perros callejeros de siempre sino unos animales de presa con unos ojos amarillos atГіnitos y una piel lisa de tiburГіn que alguien habГ­a cebado contra los zorros azules, sesenta perros iguales que nadie supo cuГЎndo saltaron de entre los mesones de legumbres y cayeron encima de Leticia Nazareno y el niГ±o sin darnos tiempo de disparar por miedo de matarlos a ellos que parecГ­a como si estuvieran ahogГЎndose junto con los perros en un torbellino de infierno, sГіlo veГ­amos los celajes instantГЎneos de unas manos efГ­meras tendidas hacia nosotros mientras el resto del cuerpo iba desapareciendo a pedazos, veГ­amos unas expresiones fugaces e inasibles que a veces eran de terror, a veces eran de lГЎstima, a veces de jГєbilo, hasta que acabaron de hundirse en el remolino de la rebatiГ±a y sГіlo quedГі flotando el sombrero de violetas de fieltro de Leticia Nazareno ante el horror impasible de las verduleras totГ©micas salpicadas de sangre caliente que rezaban Dios mГ­o, esto no serГ­a posible si el general no lo quisiera, o por lo menos si no lo supiera, para deshonra eterna de la guardia presidencial que sГіlo pudo rescatar sin disparar un tiro los puros huesos dispersos entre las legumbres ensangrentadas, nada mГЎs mi general, lo Гєnico que encontramos fueron estas medallas del niГ±o, el sable sin las borlas, los zapatos de cordobГЎn de Leticia Nazareno que nadie sabe por quГ© aparecieron flotando en la bahГ­a como a una legua del mercado, el collar de vidrios de colores, el monedero de malla de almГіfar que aquГ­ le entregamos en su propia mano mi general, junto con estas tres llaves, el anillo matrimonial de oro renegrido y estos cincuenta centavos en monedas de a diez que pusieron sobre el escritorio para que Г©l las contara, y nada mГЎs mi general, era todo cuanto quedaba de ellos. A Г©l le habrГ­a dado igual que quedara mГЎs, o que quedara menos, si hubiera sabido entonces que no eran muchos ni muy difГ­ciles los aГ±os que le harГ­an falta para exterminar hasta el Гєltimo vestigio del recuerdo de aquel miГ©rcoles inevitable, llorГі de rabia, despertГі gritando de rabia atormentado por los ladridos de los perros que pasaron la noche en las cadenas del patio mientras Г©l decidГ­a quГ© hacemos con ellos mi general, preguntГЎndose aturdido si matar a los perros no seria otra manera de matar de nuevo en sus entraГ±as a Leticia Nazareno y al niГ±o, ordenГі derribar la cГєpula de hierro del mercado de legumbres y construir en su lugar un jardГ­n de magnolias y codornices con una cruz de mГЎrmol con una luz mГЎs alta y mГЎs intensa que la del faro para perpetuar en la memoria de las generaciones futuras hasta el fin de los siglos el recuerdo de una mujer histГіrica que Г©l mismo habГ­a olvidado mucho antes de que el monumento fuera demolido por una explosiГіn nocturna que nadie reivindicГі, y a las magnolias se las comieron los cerdos y el jardГ­n memorable quedГі convertido en un muladar de cieno pestilente que Г©l no conociГі, no sГіlo porque habГ­a ordenado al chГіfer presidencial que eludiera el paso por el antiguo mercado de legumbres aunque tengas que darle la vuelta al mundo, sino porque no volviГі a salir a la calle desde que mandГі las oficinas para los edificios de vidrios solares de los ministerios y se quedГі sГіlo con el personal mГ­nimo para vivir en la casa desmantelada donde no quedaba entonces por orden suya ni el vestigio menos visible de tus urgencias de reina, Leticia, se quedГі vagando en la casa vacГ­a sin mГЎs oficio conocido que las consultas eventuales de los altos mandos o la decisiГіn final de un consejo de ministros difГ­cil o las visitas perniciosas del embajador Wilson que solГ­a acompaГ±arlo hasta bien entrada la tarde bajo la fronda de la ceiba y le llevaba caramelos de Baltimore y revistas con cromos de mujeres desnudas para tratar de convencerle de que le diera las aguas territoriales a buena cuenta de los servicios descomunales de la deuda externa, y Г©l lo dejaba hablar, aparentaba oГ­r menos o mГЎs de lo que podГ­a oГ­r en realidad segГєn sus conveniencias, se defendГ­a de su labia oyendo el coro de la pajarita pinta paradita en el verde limГіn en la cercana escuela de niГ±as, lo acompaГ±aba hasta las escaleras con las primeras sombras tratando de explicarle que podГ­a llevarse todo lo que quisiera menos el mar de mis ventanas, imagГ­nese, quГ© harГ­a yo solo en esta casa tan grande si no pudiera verlo ahora como siempre a esta hora como una ciГ©naga en llamas, quГ© harГ­a sin los vientos de diciembre que se meten ladrando por los vidrios rotos, cГіmo podrГ­a vivir sin las rГЎfagas verdes del faro, yo que abandonГ© mis pГЎramos de niebla y me enrolГ© agonizando de calenturas en el tumulto de la guerra federal, y no crea usted que lo hice por el patriotismo que dice el diccionario, ni por espГ­ritu de aventura, ni menos porque me importaran un carajo los principios federalistas que Dios tenga en su santo reino, no mi querido Wilson, todo eso lo hice por conocer el mar, de modo que piense en otra vaina, decГ­a, lo despedГ­a en la escalera con una palmadita en el hombro, regresaba encendiendo las lГЎmparas de los salones desiertos de las antiguas oficinas donde una de esas tardes encontrГі una vaca extraviada, la espantГі hacia las escaleras y el animal tropezГі con los remiendos de las alfombras y se fue de bruces y cayГі peloteando y se desnucГі en las escaleras para gloria y sustento de los leprosos que se precipitaron a destrozarla, pues los leprosos habГ­an vuelto despuГ©s de la muerte de Leticia Nazareno y estaban otra vez con los ciegos y los paralГ­ticos esperando de sus manos la sal de la salud en los rosales silvestres del patio, Г©l los oГ­a cantar en noches de estrellas, cantaba con ellos la canciГіn de Susana ven Susana de sus tiempos de gloria, se asomaba por las claraboyas del granero a las cinco de la tarde para ver la salida de las niГ±as de la escuela y se quedaba extasiado con los delantales azules, las medias tobilleras, las trenzas, madre, corrГ­amos asustadas de los ojos de tГ­sico del fantasma que nos llamaba por entre los barrotes de hierro con los dedos rotos del guante de trapo, niГ±a, niГ±a, nos llamaba, ven que te tiente, las veГ­a escapar despavoridas pensando madre mГ­a BendiciГіn Alvarado quГ© jГіvenes que son las jГіvenes de ahora, se reГ­a de sГ­ mismo, pero se volvГ­a a reconciliar consigo mismo cuando su mГ©dico personal el ministro de la salud le examinaba la retina con una lupa cada vez que lo invitaba a almorzar, le contaba el pulso, querГ­a obligarlo a tomar cucharadas de ceregГ©n para taparme los sumideros de la memoria, quГ© vaina, cucharadas a mГ­ que no he tenido mГЎs tropiezos en esta vida que las tercianas de la guerra, a la mierda doctor, se quedГі comiendo solo en la mesa sola con las espaldas vueltas hacia el mundo como el erudito embajador Maryland le habГ­a dicho que comГ­an los reyes de Marruecos, comГ­a con el tenedor y el cuchillo y la cabeza erguida de acuerdo con las normas severas de una maestra olvidada, recorrГ­a la casa entera buscando los frascos de miel cuyos escondites se le perdГ­an a las pocas horas y encontraba por equivocaciГіn los pitillos de mГЎrgenes de memoriales que Г©l escribГ­a en otra Г©poca para no olvidar nada cuando ya no pudiera acordarse de nada, leyГі en uno que maГ±ana es martes, leyГі que habГ­a una cifra en tu blanco paГ±uelo roja cifra de un nombre que no era el tuyo mi dueГ±o, leyГі intrigado Leticia Nazareno de mi alma mira en lo que he quedado sin ti, leГ­a Leticia Nazareno por todas partes sin poder entender que alguien fuera tan desdichado para dejar aquel reguero de suspiros escritos, y sin embargo era mi letra, la Гєnica caligrafГ­a de mano izquierda que se encontraba entonces en las paredes de los excusados donde escribГ­a para consolarse que viva el general, que viva, carajo, curado de raГ­z de la rabia de haber sido el mГЎs dГ©bil de los militares de tierra mar y aire por una prГіfuga de clausura de la cual no quedaba sino el nombre escrito a lГЎpiz en tiras de papel como Г©l lo habГ­a resuelto cuando ni siquiera quiso tocar las cosas que los edecanes pusieron sobre el escritorio y ordenГі sin mirarlas que se lleven esos zapatos, esas llaves, todo cuanto pudiera evocar la imagen de sus muertos, que pusieran todo lo que fue de ellos dentro del dormitorio de sus siestas desaforadas y tapiaran las puertas y las ventanas con la orden final de no entrar en ese cuarto ni por orden mГ­a, carajo, sobreviviГі al escalofrГ­o nocturno de los aullidos de pavor de los perros encadenados en el patio durante muchos meses porque pensaba que cualquier daГ±o que les hiciera podГ­a dolerle a sus muertos, se abandonГі en la hamaca, temblando de la rabia de saber quiГ©nes eran los asesinos de su sangre y tener que soportar la humillaciГіn de verlos en su propia casa porque en aquel momento carecГ­a de poder contra ellos, se habГ­a opuesto a cualquier clase de honores pГіstumos, habГ­a prohibido las visitas de pГ©same, el luto, esperaba su hora meciГ©ndose de rabia en la hamaca a la sombra de la ceiba tutelar donde mi Гєltimo compadre le habГ­a expresado el orgullo del mando supremo por la serenidad y el orden con que el pueblo sobrellevГі la tragedia, y Г©l apenas sonriГі, no sea pendejo compadre, quГ© serenidad ni quГ© orden, lo que pasa es que a la gente no le ha importado un carajo esta desgracia, repasaba el periГіdico al derecho y al revГ©s buscando algo mГЎs que las noticias inventadas por sus propios servicios de prensa, se hizo poner la radiola al alcance de la mano para escuchar la misma noticia desde Veracruz hasta Riobamba que las fuerzas del orden estaban sobre la pista segura de los autores del atentado, y Г©l murmuraba cГіmo no, hijos de la tarГЎntula, que los habГ­an identificado sin la menor duda, cГіmo no, que los tenГ­an acorralados con fuego de mortero en una casa de tolerancia de los suburbios, ahГ­ estГЎ, suspirГі, pobre gente, pero permaneciГі en la hamaca sin traslucir ni una luz de su malicia rogando madre mГ­a BendiciГіn Alvarado dame vida para este desquite, no me sueltes de tu mano, madre, inspГ­rame, tan seguro de la eficacia de la sГєplica que lo encontramos repuesto de su dolor cuando los comandantes del estado mayor responsables del orden pГєblico y de la seguridad del estado vinimos a comunicarle la novedad de que tres de los autores del crimen habГ­an sido muertos en combate con la fuerza pГєblica y los otros dos estaban a disposiciГіn de mi general en los calabozos de San JerГіnimo, y Г©l dijo ajГЎ, sentado en la hamaca con la jarra de jugos de fruta de la cual nos sirviГі un vaso para cada uno con pulso sereno de buen tirador, mГЎs sabio y solГ­cito que nunca, hasta el punto de que adivinГі mis ansias de encender un cigarrillo y me concediГі la licencia que no habГ­a concedido hasta entonces a ningГєn militar en servicio, bajo este ГЎrbol todos somos iguales, dijo, y escuchГі sin rencor el informe minucioso del crimen del mercado, cГіmo habГ­an sido traГ­dos de Escocia en remesas separadas ochenta y dos perros de presa reciГ©n nacidos de los cuales habГ­an muerto veintidГіs en el curso de la crianza y sesenta habГ­an sido mal educados para matar por un maestro escocГ©s que les inculcГі un odio criminal no sГіlo contra los zorros azules sino contra la propia persona de Leticia Nazareno y el niГ±o valiГ©ndose de estas prendas de vestir que habГ­an sustraГ­do poco a poco de los servicios de lavanderГ­a de la casa civil, valiГ©ndose de este corpiГ±o de Leticia Nazareno, este paГ±uelo, estas medias, este uniforme completo del niГ±o que exhibimos ante Г©l para que los reconociera, pero sГіlo dijo ajГЎ, sin mirarlos, le explicamos cГіmo los sesenta perros habГ­an sido entrenados inclusive para no ladrar cuando no debГ­an, los acostumbraron al gusto de la carne humana, los mantuvieron encerrados sin ningГєn contacto con el mundo durante los aГ±os difГ­ciles de la enseГ±anza en una antigua granja de chinos a siete leguas de esta ciudad capital donde tenГ­an imГЎgenes de bulto de tamaГ±o humano con ropas de Leticia Nazareno y el niГ±o a quienes los perros conocГ­an ademГЎs por estos retratos originales y estos recortes de periГіdicos que le mostramos pegados en un ГЎlbum para que mi general aprecie mejor la perfecciГіn del trabajo que habГ­an hecho esos bastardos, lo que sea de cada quiГ©n, pero Г©l sГіlo dijo ajГЎ, sin mirarlos, le explicamos por Гєltimo que los sindicados no actuaban de su cuenta, por supuesto, sino que eran agentes de una hermandad subversiva con base en el exterior cuyo sГ­mbolo era esta pluma de ganso cruzada con un cuchillo, ajГЎ, todos ellos fugitivos de la justicia penal militar por otros delitos anteriores contra la seguridad del estado, estos tres que son los muertos cuyos retratos le mostramos en el ГЎlbum con el nГєmero de la respectiva ficha policial colgada del cuello, y estos dos que son los vivos encarcelados a la espera de la decisiГіn Гєltima e inapelable de mi general, los hermanos Mauricio y Gumaro Ponce de LeГіn, de 28 y 23 aГ±os, el primero desertor del ejГ©rcito sin empleo ni domicilio conocidos y el segundo maestro de cerГЎmica en la escuela de artes y oficios, y ante los cuales dieron los perros tales muestras de familiaridad y alborozo que eso hubiera bastado como prueba de culpa mi general, y Г©l sГіlo dijo ajГЎ, pero citГі con honores en el orden del dГ­a a los tres oficiales que llevaron a tГ©rmino la investigaciГіn del crimen y les impuso la medalla del mГ©rito militar por servicios a la patria en el curso de una ceremonia solemne en la cual constituyГі el consejo de guerra sumario que juzgГі a los hermanos Mauricio y Gumaro Ponce de LeГіn y los condenГі a morir fusilados dentro de las cuarenta y ocho horas siguientes, a menos de obtener el beneficio de su clemencia mi general, usted manda. PermaneciГі absorto y solo en la hamaca, insensible a las sГєplicas de gracia del mundo entero, oyГі en la radiola el debate estГ©ril de la Sociedad de Naciones, oyГі insultos de los paГ­ses vecinos y algunas adhesiones distantes, oyГі con igual atenciГіn las razones tГ­midas de los ministros partidarios de la piedad y los motivos estridentes de los partidarios del castigo, se negГі a recibir al nuncio apostГіlico con un mensaje personal del papa en el cual expresaba su inquietud pastoral por la suerte de las dos ovejas descarriadas, oyГі los partes de orden pГєblico de todo el paГ­s alterado por su silencio, oyГі tiros remotos, sintiГі el temblor de tierra de la explosiГіn sin origen de un barco de guerra fondeado en la bahГ­a, once muertos mi general, ochenta y dos heridos y la nave fuera de servicio, de acuerdo, dijo Г©l, contemplando desde la ventana del dormitorio la hoguera nocturna en la ensenada del puerto mientras los dos condenados a muerte empezaban a vivir la noche de sus vГ­speras en la capilla ardiente de la base de San JerГіnimo, Г©l los recordГі a esa hora como los habГ­a visto en los retratos con las cejas erizadas de la madre comГєn, los recordГі trГ©mulos, solos, con las tablillas de los nГєmeros sucesivos colgadas del cuello bajo el foco siempre encendido de la celda de agonГ­a, se sintiГі pensado por ellos, se supo necesitado, requerido, pero no habГ­a hecho un gesto mГ­nimo que permitiera vislumbrar el rumbo de su voluntad cuando acabГі de repetir los actos de rutina de una jornada mГЎs en su vida y se despidiГі del oficial de servicio que habГ­a de permanecer en vela frente al dormitorio para llevar el recado de su decisiГіn a cualquier hora en que Г©l la tomara antes de los primeros gallos, se despidiГі al pasar sin mirarlo, buenas noches, capitГЎn, colgГі la lГЎmpara en el dintel, pasГі las tres aldabas, los tres cerrojos, los tres pestillos, se sumergiГі bocabajo en un sueГ±o alerta a travГ©s de cuyos tabiques frГЎgiles siguiГі oyendo los ladridos ansiosos de los perros en el patio, las sirenas de las ambulancias, los petardos, las rГЎfagas de mГєsica de alguna fiesta equГ­voca en la noche intensa de la ciudad sobrecogida por el rigor de la sentencia, despertГі con las campanas de las doce en la catedral, volviГі a despertar a las dos, volviГі a despertar antes de las tres con la crepitaciГіn de la llovizna en las alambreras de las ventanas, y entonces se levantГі del suelo con aquella enorme y ardua maniobra de buey de primero las ancas y despuГ©s las patas delanteras y por Гєltimo la cabeza aturdida con un hilo de baba en los belfos y ordenГі en primer tГ©rmino al oficial de guardia que se llevaran esos perros donde yo no pueda oГ­rlos bajo el amparo del gobierno hasta su extinciГіn natural, ordenГі en segundo tГ©rmino la libertad sin condiciones de los soldados de la escolta de Leticia Nazareno y el niГ±o, y ordenГі por Гєltimo que los hermanos Mauricio y Gumaro Ponce de LeГіn fueran ejecutados tan pronto como se conozca esta mi decisiГіn suprema e inapelable, pero no en el paredГіn de fusilamiento, como estaba previsto, sino que fueron sometidos al castigo en desuso del descuartizamiento con caballos y sus miembros fueron expuestos a la indignaciГіn pГєblica y al horror en los lugares mГЎs visibles de su desmesurado reino de pesadumbre, pobres muchachos, mientras Г©l arrastraba sus grandes patas de elefante mal herido suplicando de rabia madre mГ­a BendiciГіn Alvarado, asГ­steme, no me dejes de tu mano, madre, permГ­teme encontrar el hombre que me ayude a vengar esta sangre inocente, un hombre providencial que Г©l habГ­a imaginado en los desvarГ­os del rencor y que buscaba con una ansiedad irresistible en el trasfondo de los ojos que encontraba a su paso, trataba de descubrirlo agazapado en los registros mГЎs sutiles de las voces, en los impulsos del corazГіn, en las rendijas menos usadas de la memoria, y habГ­a perdido la ilusiГіn de encontrarlo cuando se descubriГі a sГ­ mismo fascinado por el hombre mГЎs deslumbrante y altivo que habГ­an visto mis ojos, madre, vestido como los godos de antes con una chaqueta de Henry Pool y una gardenia en el ojal, con unos pantalones de Pecover y un chaleco de brocados con visos de plata que habГ­a lucido con su elegancia natural en los salones mГЎs difГ­ciles de Europa cabestreando con una trailla un dobermann taciturno del tamaГ±o de un novillo con ojos humanos, JosГ© Ignacio SГЎenz de la Barra para servir a su excelencia, se presentГі, el Гєltimo vГЎstago suelto de nuestra aristocracia demolida por el viento arrasador de los caudillos federales, barrida de la faz de la patria con sus ГЎridos sueГ±os de grandeza y sus mansiones vastas y melancГіlicas y su acento francГ©s, un esplГ©ndido cabo de raza sin mГЎs fortuna que sus 32 aГ±os, siete idiomas, cuatro marcas de tiro al pichГіn en Dauville, sГіlido, esbelto, color de hierro, cabello mestizo con la raya en el medio y un mechГіn blanco pintado, los labios lineales de la voluntad eterna, la mirada resuelta del hombre providencial que fingГ­a jugar al cricket con el bastГіn de cerezo para que le tomaran un retrato de colores con el fondo de primaveras idГ­licas de los gobelinos de la sala de fiestas, y en el instante en que Г©l lo vio exhalГі un suspiro de alivio y se dijo Г©ste es, y Г©se era. Se puso a su servicio con el compromiso simple de que usted me entrega un presupuesto de ochocientos cincuenta millones sin tener que rendirle cuentas a nadie y sin mГЎs autoridad por encima de mГ­ que su excelencia y yo le entrego en el curso de dos aГ±os las cabezas de los asesinos reales de Leticia Nazareno y el niГ±o, y Г©l aceptГі, de acuerdo, convencido de su lealtad y su eficacia al cabo de las muchas pruebas difГ­ciles a que lo habГ­a sometido para escrutarle los vericuetos del ГЎnimo y conocer los lГ­mites de su voluntad y las grietas de su carГЎcter antes de decidirse a ponerle en las manos las llaves de su poder, lo sometiГі a la prueba final de las partidas inclementes de dominГі en las que JosГ© Ignacio SГЎenz de la Barra se impuso la temeridad de ganar sin licencia, y ganГі, pues era el hombre mГЎs valiente que habГ­an visto mis ojos, madre, tenГ­a una paciencia sin esquinas, sabГ­a todo, conocГ­a setenta y dos maneras de preparar el cafГ©, distinguГ­a el sexo de los mariscos, sabГ­a leer mГєsica y escritura para ciegos, se quedaba mirГЎndome a los ojos, sin hablar, y yo no sabia quГ© hacer ante aquel rostro indestructible, aquellas manos ociosas apoyadas en el pomo del bastГіn de cerezo con una piedra de aguas matinales en el anular, aquel perrazo acostado a sus pies vigilante y feroz dentro de la envoltura de terciopelo vivo de su piel dormida, aquella fragancia de sales de baГ±o del cuerpo inmune a la ternura y a la muerte del hombre mГЎs hermoso y con mayor dominio que vieron mis ojos cuando tuvo la valentГ­a de decirme que yo no era un militar sino por conveniencia, porque los militares son todo lo contrario de usted, general, son hombres de ambiciones inmediatas y fГЎciles, les interesa el mando mГЎs que el poder y no estГЎn al servicio de algo sino de alguien, y por eso es tan fГЎcil utilizarlos, dijo, sobre todo a los unos contra los otros, y no se me ocurriГі nada mГЎs que sonreГ­r persuadido de que no habrГ­a podido ocultar su pensamiento ante aquel hombre deslumbrante a quien dio mГЎs poder del que nadie tuvo bajo su rГ©gimen despuГ©s de mi compadre el general Rodrigo de Aguilar a quien Dios tenga en su santa diestra, lo hizo dueГ±o absoluto de un imperio secreto dentro de su propio imperio privado, un servicio invisible de represiГіn y exterminio que no sГіlo carecГ­a de una identidad oficial sino que inclusive era difГ­cil creer en su existencia real, pues nadie respondГ­a de sus actos, ni tenГ­a un nombre, ni un sitio en el mundo, y sin embargo era una verdad pavorosa que se habГ­a impuesto por el terror sobre los otros Гіrganos de represiГіn del estado desde mucho antes de que su origen y su naturaleza inasible fueran establecidos a ciencia cierta por el mando supremo, ni usted mismo previo el alcance de aquella mГЎquina de horror mi general, ni yo mismo pude sospechar que en el instante en que aceptГі el acuerdo quedГ© a merced del encanto irresistible y el ansia tentacular de aquel bГЎrbaro vestido de prГ­ncipe que me mandГі a la casa presidencial un costal de fique que parecГ­a lleno de cocos y Г©l ordenГі que lo pongan por ahГ­ donde no estorbe en un armario de papeles de archivo empotrado en el muro, lo olvidГі, y al cabo de tres dГ­as era imposible vivir por el tufo de mortecina que atravesaba las paredes y empaГ±aba de un vapor pestilente la luna de los espejos, buscГЎbamos el hedor en la cocina y lo encontrГЎbamos en los establos, lo espantaban con sahumerios de las oficinas y les salГ­a al encuentro en la sala de audiencias, saturГі con sus efluvios de rosal de podredumbre los resquicios mГЎs recГіnditos a donde no llegaron ni escondidos en otras fragancias los hГЎlitos mГЎs tenues de la sarna de los aires nocturnos de la peste, y estaba en cambio donde menos lo habГ­amos buscado en el costal que parecГ­a de cocos que JosГ© Ignacio SГЎenz de la Barra habГ­a mandado como primer abono del acuerdo, seis cabezas cortadas con el certificado de defunciГіn respectivo, la cabeza del patricio ciego de la edad de piedra don Nepomuceno Estrada, 94 aГ±os, Гєltimo veterano de la guerra grande y fundador del partido radical, muerto segГєn certificado adjunto el 14 de mayo a consecuencia de un colapso senil, la cabeza del doctor Nepomuceno Estrada de la Fuente, hijo del anterior, 57 aГ±os, mГ©dico homeГіpata, muerto segГєn certificado adjunto en la misma fecha que su padre a consecuencia de una trombosis coronaria, la cabeza de EliГ©cer Castor, 21 aГ±os, estudiante de letras, muerto segГєn certificado adjunto a consecuencia de diversas heridas de arma punzante en un pleito de cantina, la cabeza de LГ­dice Santiago, 32 aГ±os, activista clandestina, muerta segГєn certificado adjunto a consecuencia de un aborto provocado, la cabeza de Roque PinzГіn, alias Jacinto el invisible, 38 aГ±os, fabricante de globos de colores, muerto en la misma fecha que la anterior a consecuencia de una intoxicaciГіn etГ­lica, la cabeza de Natalicio Ruiz, secretario del movimiento clandestino 17 de octubre, 30 aГ±os, muerto segГєn certificado adjunto a consecuencia de un tiro de pistola que se disparГі en el paladar por desilusiГіn en amores, seis en total, y el correspondiente recibo que Г©l firmГі con la bilis revuelta por el olor y el horror pensando madre mГ­a BendiciГіn Alvarado este hombre es una bestia, quiГ©n lo hubiera imaginado con sus ademanes mГ­sticos y su flor en el ojal, le ordenГі que no me mande mГЎs tasajo, Nacho, me basta con su palabra, pero SГЎenz de la Barra le replicГі que aquГ©l era un negocio de hombres, general, si usted no tiene hГ­gados para verle la cara a la verdad aquГ­ tiene su oro y tan amigos como siempre, quГ© vaina, por mucho menos que eso Г©l hubiera hecho fusilar a su madre, pero se mordiГі la lengua, no es para tanto, Nacho, dijo, cumpla con su deber, asГ­ que las cabezas siguieron llegando en aquellos tenebrosos costales de fique que parecГ­an de cocos y Г©l ordenaba con las tripas torcidas que se los lleven lejos de aquГ­ mientras se hacГ­a leer los pormenores de los certificados de defunciГіn para firmar los recibos, de acuerdo, habГ­a firmado por novecientas dieciocho cabezas de sus opositores mГЎs encarnizados la noche en que soГ±Гі que se veГ­a a si mismo convertido en un animal de un solo dedo que iba dejando un rastro de huellas digitales en una llanura de cemento fresco, despertaba con un relente de hiel, sorteaba la desazГіn del alba sacando cuentas de cabezas en el estercolero de recuerdos agrios de las cuadras de ordeГ±o, tan abstraГ­do en sus cavilaciones de viejo que confundГ­a el zumbido de los tГ­mpanos con el rumor de los insectos en la hierba podrida pensando madre mГ­a BendiciГіn Alvarado cГіmo es posible que sean tantas y todavГ­a no llegaban las de los verdaderos culpables, pero SГЎenz de la Barra le habГ­a hecho notar que por cada seis cabezas se producen sesenta enemigos y por cada sesenta se producen seiscientos y despuГ©s seis mil y despuГ©s seis millones, todo el paГ­s, carajo, no acabaremos nunca, y SГЎenz de la Barra le replicГі impasible que durmiera tranquilo general, acabaremos cuando ellos se acaben, quГ© bГЎrbaro. Nunca tuvo un instante de incertidumbre, nunca dejГі un resquicio para una alternativa, se apoyaba en la fuerza oculta del dobermann en eterno acecho que era el Гєnico testigo de las audiencias a pesar de que Г©l tratГі de impedirlo desde la primera vez en que vio llegar a JosГ© Ignacio SГЎenz de la Barra cabestreando el animal de nervios azogados que sГіlo obedecГ­a a la maestranza imperceptible del hombre mГЎs gallardo pero tambiГ©n el menos complaciente que habГ­an visto mis ojos, deje ese perro fuera, le ordenГі, pero SГЎenz de la Barra le contestГі que no, general, no hay un lugar del mundo donde yo pueda entrar que no entre Lord KГіchel, de modo que entrГі, permanecГ­a dormido a los pies del amo mientras sacaban cuentas de rutina de cabezas cortadas pero se incorporaba con un palpito anhelante cuando las cuentas se volvГ­an ГЎsperas, sus ojos femeninos me estorbaban para pensar, me estremecГ­a su aliento humano, lo vi alzarse de pronto con el hocico humeante con un borboriteo de marmita cuando Г©l dio un golpe de rabia en la mesa porque encontrГі en el saco de cabezas la de uno de sus antiguos edecanes que ademГЎs fue su compinche de dominГі durante muchos aГ±os, carajo, se acabГі la vaina, pero SГЎenz de la Barra lo convencГ­a siempre, no tanto con argumentos como con su dulce inclemencia de domador de perros cimarrones, se reprochaba a si mismo la sumisiГіn al Гєnico mortal que se atreviГі a tratarlo como a un vasallo, se rebelaba a solas contra su imperio, decidГ­a sacudirse de aquella servidumbre que iba saturando poco a poco el espacio de su autoridad, ahora mismo se acaba esta vaina, carajo, decГ­a, que al fin y al cabo BendiciГіn Alvarado no me pariГі para recibir Гіrdenes sino para mandar, pero sus determinaciones nocturnas fracasaban en el instante en que SГЎenz de la Barra entraba en la oficina y Г©l sucumbГ­a al deslumbramiento de los modales tenues de la gardenia natural de la voz pura de las sales aromГЎticas de las mancuernas de esmeralda de los puГ±os de par afina del bastГіn sereno de la hermosura seria del hombre mГЎs apetecible y mГЎs insoportable que habГ­an visto mis ojos, no es para tanto, Nacho, le reiteraba, cumpla con su deber, y seguГ­a recibiendo los costales de cabezas, firmaba los recibos sin mirarlos, se hundГ­a sin asideros en las arenas movedizas de su poder preguntГЎndose a cada paso de cada amanecer de cada mar quГ© sucede en el mundo que van a ser las once y no hay un alma en esta casa de cementerio, quiГ©n vive, preguntaba, sГіlo Г©l, dГіnde estoy que no me encuentro, decГ­a, dГіnde estГЎn las recuas de ordenanzas descalzos que descargaban los burros de hortalizas y los huacales de gallinas en los corredores, dГіnde estГЎn los charcos de agua sucia de mis mujeres lenguaraces que cambiaban por flores nuevas las flores nocturnas de los floreros y lavaban las jaulas y sacudГ­an alfombras en los balcones cantando al compГЎs de las escobas de ramas secas la canciГіn de Susana ven Susana tu amor quiero gozar, dГіnde estГЎn mis sietemesinos escuГЎlidos que se cagaban detrГЎs de las puertas y pintaban dromedarios de orГ­n en las paredes de la sala de audiencias, quГ© se hizo mi escГЎndalo de funcionarios que encontraban gallinas poniendo en las gavetas de los escritorios, mi trГЎfico de putas y soldados en los retretes, el despelote de mis perros callejeros que correteaban ladrando a los diplomГЎticos, quiГ©n me ha vuelto a quitar mis paralГ­ticos de las escaleras, mis leprosos de los rosales, mis aduladores impГЎvidos de todas partes, apenas si atisbaba a sus Гєltimos compadres del mando supremo detrГЎs del cerco compacto de los nuevos responsables de su seguridad personal, apenas si le daban ocasiГіn de intervenir en los consejos de los nuevos ministros nombrados a instancias de alguien que no era Г©l, seis doctores de letras de levitas fГєnebres y cuellos de paloma que se anticipaban a su pensamiento y decidГ­an los asuntos del gobierno sin consultarlos conmigo si al fin y al cabo el gobierno soy yo, pero SГЎenz de la Barra le explicaba impasible que usted no es el gobierno, general, usted es el poder, se aburrГ­a en las veladas de dominГі hasta cuando se enfrentaba con los cuartos mГЎs diestros pues no lograba perder una partida por mucho que intentaba las trampas mГЎs sabias contra sГ­ mismo, tenГ­a que someterse a los designios de los probadores que sopeteaban su comida una hora antes de que Г©l la comiera, no encontraba la miel de abeja en sus escondites, carajo, Г©ste no es el poder que yo querГ­a, protestГі, y SГЎenz de la Barra le replicГі que no hay otro, general, era el Гєnico poder posible en el letargo de muerte del que habГ­a sido en otro tiempo su paraГ­so de mercado dominical y en el que entonces no tenГ­a mГЎs oficio que esperar a que fueran las cuatro para escuchar en la radiola el episodio diario de la novela de amores estГ©riles de la emisora local, lo escuchaba en la hamaca con el vaso de jugo de frutas intacto en la mano, se quedaba flotando en el vacГ­o del suspenso con los ojos hГєmedos de lГЎgrimas por la ansiedad de saber si aquella niГ±a tan joven se iba a morir y SГЎenz de la Barra averiguaba que sГ­ general, la niГ±a se muere, pues que no se muera, carajo, ordenГі Г©l, que siga viva hasta el final y se case y tenga hijos y se vuelva vieja como toda la gente, y SГЎenz de la Barra hacГ­a modificar el libreto para complacerlo con la ilusiГіn de que mandaba, asГ­ que nadie volviГі a morirse por orden suya, se casaban novios que no se amaban, se resucitaban personajes enterrados en episodios anteriores y se sacrificaba a los villanos antes de tiempo para complacer a mi general, todo el mundo era feliz por orden suya para que la vida le pareciera menos inГєtil cuando revisaba la casa al golpe de metal de las ocho y se encontraba con que alguien antes que Г©l habГ­a cambiado el pienso a las vacas, se habГ­an apagado las luces en el cuartel de la guardia presidencial, el personal dormГ­a, las cocinas estaban en orden, los pisos limpios, los mesones de los matarifes refregados con creolina sin un rastro de sangre tenГ­an un olor de hospital, alguien habГ­a pasado las fallebas de las ventanas y habГ­a puesto los candados en las oficinas a pesar de que era Г©l y sГіlo Г©l quien tenia el mazo de llaves, las luces se iban apagando una por una antes de que Г©l tocara los interruptores desde el primer vestГ­bulo hasta su dormitorio, caminaba en tinieblas arrastrando sus densas patas de monarca cautivo a travГ©s de los espejos oscuros con calces de terciopelo en la Гєnica espuela para que nadie rastreara su estela de aserrГ­n de oro, iba viendo al pasar el mismo mar por las ventanas, el Caribe en enero, lo contemplГі sin detenerse veintitrГ©s veces y era siempre como siempre en enero como una ciГ©naga florida, se asomГі al aposento de BendiciГіn Alvarado para ver que aГєn estaban en su puesto la herencia de toronjil, las jaulas de pГЎjaros muertos, la cama de dolor en que la madre de la patria sobrellevГі su vejez de podredumbre, que pase buena noche, murmurГі, como siempre, aunque nadie le contestaba desde hacГ­a tanto tiempo muy buenas noches hijo, duerme con Dios, se dirigГ­a a su dormitorio con la lГЎmpara de salir corriendo cuando sintiГі el escalofrГ­o de las brasas atГіnitas de las pupilas de Lord KГіchel en la sombra, percibiГі una fragancia de hombre, la densidad de su dominio, el fulgor de su desprecio, quiГ©n vive, preguntГі, aunque sabГ­a quiГ©n era, JosГ© Ignacio SГЎenz de la Barra en traje de etiqueta que venia a recordarle que era una noche histГіrica, 12 de agosto, general, la fecha inmensa en que estГЎbamos celebrando el primer centenario de su ascenso al poder, asГ­ que habГ­an venido visitantes del mundo entero cautivados por el anuncio de un acontecimiento al que no era posible asistir mГЎs de una vez en el transcurso de las vidas mГЎs largas, la patria estaba de fiesta, toda la patria menos Г©l, pues a pesar de la insistencia de JosГ© Ignacio SГЎenz de la Barra de que viviera aquella noche memorable en medio del clamor y el fervor de su pueblo, Г©l pasГі mГЎs temprano que nunca las tres aldabas del calabozo de dormir, pasГі los tres cerrojos, los tres pestillos, se acostГі bocabajo en los ladrillos pelados con el basto uniforme de lienzo sin insignias, las polainas, la espuela de oro, y el brazo derecho doblado bajo la cabeza para que le sirviera de almohada como habГ­amos de encontrarlo carcomido por los gallinazos [?] y plagado de animales y flores de fondo de mar, y a travГ©s de la bruma de los filtros del duermevela percibiГі los cohetes remotos de la fiesta sin Г©l, percibiГі las mГєsicas de jГєbilo, las campanas de gozo, el torrente de limo de las muchedumbres que habГ­an venido a exaltar una gloria que no era la suya, mientras Г©l murmuraba mГЎs absorto que triste madre mГ­a BendiciГіn Alvarado de mi destino, cien aГ±os ya, carajo, cien aГ±os ya, cГіmo se pasa el tiempo.

 

AhГ­ estaba, pues, como si hubiera sido Г©l aunque no lo fuera, acostado en la mesa de banquetes de la sala de fiestas con el esplendor femenino de papa muerto entre las flores con que se habГ­a desconocido a sГ­ mismo en la ceremonia de exhibiciГіn de su primera muerte, mГЎs temible muerto que vivo con el guante de raso relleno de algodГіn sobre el pecho blindado de falsas medallas de victorias imaginarias de guerras de chocolate inventadas por sus aduladores impГЎvidos, con el fragoroso uniforme de gala y las polainas de charol y la Гєnica espuela de oro que encontramos en la casa y los diez soles tristes de general del universo que le impusieron a Гєltima hora para darle una jerarquГ­a mayor que la de la muerte, tan inmediato y visible en su nueva identidad pГіstuma que por primera vez se podГ­a creer sin duda alguna en su existencia real, aunque en verdad nadie se parecГ­a menos a Г©l, nadie era tanto el contrario de Г©l como aquel cadГЎver de vitrina que a la medianoche se seguГ­a cocinando en el fuego lento del espacio minucioso de la cГЎmara ardiente mientras en el salГіn contiguo del consejo de gobierno discutГ­amos palabra por palabra el boletГ­n final con la noticia que nadie se atrevГ­a a creer cuando nos despertГі el ruido de los camiones cargados de tropa con armamentos de guerra cuyas patrullas sigilosas ocuparon los edificios pГєblicos desde la madrugada, se tendieron en el suelo en posiciГіn de tiro bajo las arcadas de la calle del comercio, se escondieron en los zaguanes, los vi instalando ametralladoras de trГ­pode en las azoteas del barrio de los virreyes cuando abrГ­ el balcГіn de mi casa al amanecer buscando dГіnde poner el mazo de claveles empapados que acababa de cortar en el patio, vi debajo del balcГіn una patrulla de soldados al mando de un teniente que iba de puerta en puerta ordenando cerrar las pocas tiendas que empezaban a abrirse en la calle del comercio, hoy es feriado nacional, gritaba, orden superior, les tirГ© un clavel desde el balcГіn y preguntГ© quГ© pasaba que habГ­a tantos soldados y tanto ruido de armas por todas partes y el oficial atrapГі el clavel en el aire y me contestГі que fГ­jate niГ±a que nosotros tampoco sabemos, debe ser que resucitГі el muerto, dijo, muerto de risa, pues nadie se atrevГ­a a pensar que hubiera ocurrido una cosa de tanto estruendo, sino al contrario, pensГЎbamos que despuГ©s de muchos aГ±os de negligencia Г©l habГ­a vuelto a coger las riendas de su autoridad y estaba mГЎs vivo que nunca arrastrando otra vez sus grandes patas de monarca ilusorio en la casa del poder cuyos globos de luz habГ­an vuelto a encenderse, pensГЎbamos que era Г©l quien habГ­a hecho salir las vacas que andaban triscando en las grietas de las baldosas de la Plaza de Armas donde el ciego sentado a la sombra de las palmeras moribundas confundiГі las pezuГ±as con botas de militares y recitaba los versos del feliz caballero que llegaba de lejos vencedor de la muerte, los recitaba con toda la voz y la mano tendida hacia las vacas que se trepaban a comerse las guinaldas de balsaminas del quiosco de la mГєsica por la costumbre de subir y bajar escaleras para comer, se quedaron a vivir entre las ruinas de las musas coronadas de camelias silvestres y los micos colgados de las liras de los escombros del Teatro Nacional, entraban muertas de sed con un estrГ©pito de tiestos de nardos en la penumbra fresca de los zaguanes del barrio de los virreyes y sumergГ­an los hocicos abrasados en el estanque del patio interior sin que nadie se atreviera a molestarlas porque conocГ­amos la marca congГ©nita del hierro presidencial que las hembras llevaban en las ancas y los machos en el cuello, eran intocables, los propios soldados les cedГ­an el paso en los vericuetos de la calle del comercio que habГ­a perdido su fragor antiguo de zoco infernal, sГіlo quedaba un pudridero de costillares rotos y arboladuras desbaratadas en los charcos de miasmas ardientes donde estuvo el mercado pГєblico cuando todavГ­a tenГ­amos el mar y las goletas encallaban entre las mesas de legumbres, quedaban los locales vacГ­os de los que fueron en sus tiempos de gloria los bazares de los hindГєes, pues los hindГєes se habГ­an ido, ni las gracias dieron mi general, y Г©l gritГі quГ© carajo, aturdido por sus Гєltimos berrinches seniles, que se larguen a limpiar mierda de ingleses, gritГі, se fueron todos, surgieron en su lugar los vendedores callejeros de amuletos de indios y antГ­dotos de culebras, los frenГ©ticos ventorrillos de discos con camas de alquiler en la trastienda que los soldados desbarataron a culatazos mientras los hierros de la catedral anunciaban el duelo, todo se habГ­a acabado antes que Г©l, nos habГ­amos extinguido hasta el Гєltimo soplo en la espera sin esperanza de que algГєn dГ­a fuera verdad el rumor reiterado y siempre desmentido de que habГ­a por fin sucumbido a cualquiera de sus muchas enfermedades de rey, y sin embargo no lo creГ­amos ahora que era cierto, y no porque en realidad no lo creyГ©ramos sino porque ya no querГ­amos que fuera cierto, habГ­amos terminado por no entender cГіmo seriamos sin Г©l, quГ© serГ­a de nuestras vidas despuГ©s de Г©l, no podГ­a concebir el mundo sin el hombre que me habГ­a hecho feliz a los doce aГ±os como ningГєn otro lo volviГі a conseguir desde las tardes de hacГ­a tanto tiempo en que salГ­amos de la escuela a las cinco y Г©l acechaba por las claraboyas del establo a las niГ±as de uniforme azul de cuello marinero y una sola trenza en la espalda pensando madre mГ­a BendiciГіn Alvarado cГіmo son de bellas las mujeres a mi edad, nos llamaba, veГ­amos sus ojos trГ©mulos, la mano con el guante de dedos rotos que trataba de cautivarnos con el cascabel de caramelo del embajador Forbes, todas corrГ­an asustadas, todas menos yo, me quedГ© sola en la calle de la escuela cuando supe que nadie me estaba viendo y tratГ© de alcanzar el caramelo y entonces Г©l me agarrГі por las muГ±ecas con un tierno zarpazo de tigre y me levantГі sin dolor en el aire y me pasГі por la claraboya con tanto cuidado que no me descompuso ni un pliegue del vestido y me acostГі en el heno perfumado de orines rancios tratando de decirme algo que no le salГ­a de la boca ГЎrida porque estaba mГЎs asustado que yo, temblaba, se le veГ­an en la casaca los golpes del corazГіn, estaba pГЎlido, tenГ­a los ojos llenos de lГЎgrimas como no los tuvo por mГ­ ningГєn otro hombre en toda mi vida de exilio, me tocaba en silencio, respirando sin prisa, me tentaba con una ternura de hombre que nunca volvГ­ a encontrar, me hacГ­a brotar los capullos del pecho, me metГ­a los dedos por el borde de las bragas, se olГ­a los dedos, me los hacГ­a oler, siente, me decГ­a, es tu olor, no volviГі a necesitar los caramelos del embajador Baldrich para que yo me metiera por las claraboyas del establo a vivir las horas felices de mi pubertad con aquel hombre de corazГіn sano y triste que me esperaba sentado en el heno con una bolsa de cosas de comer, enjugaba con pan mis primeras salsas de adolescente, me metГ­a las cosas por allГЎ antes de comГ©rselas, me las daba a comer, me metГ­a los cabos de espГЎrragos para comГ©rselos marinados con la salmuera de mis humores Г­ntimos, sabrosa, me decГ­a, sabes a puerto, soГ±aba con comerse mis riГ±ones hervidos en sus propios caldos amoniacales, con la sal de tus axilas, soГ±aba, con tu orГ­n tibio, me destazaba de pies a cabeza, me sazonaba con sal de piedra, pimienta picante y hojas de laurel y me dejaba hervir a fuego lento en las malvas incandescentes de los atardeceres efГ­meros de nuestros amores sin porvenir, me comГ­a de pies a cabeza con unas ansias y una generosidad de viejo que nunca mГЎs volvГ­ a encontrar en tantos hombres apresurados y mezquinos que trataron de amarme sin conseguirlo en el resto de mi vida sin Г©l, me hablaba de Г©l mismo en las digestiones lentas del amor mientras nos quitГЎbamos de encima los hocicos de las vacas que trataban de lamernos, me decГ­a que ni Г©l mismo sabia quiГ©n era Г©l, que estaba de mi general hasta los cojones, decГ­a sin amargura, sin ningГєn motivo, como hablando solo, flotando en el zumbido continuo de un silencio interior que sГіlo era posible romper a gritos, nadie era mГЎs servicial ni mГЎs sabio que Г©l, nadie era mГЎs hombre, se habГ­a convertido en la Гєnica razГіn de mi vida a los catorce aГ±os cuando dos militares del mГЎs alto rango aparecieron en casa de mis padres con una maleta atiborrada de doblones de oro puro y me metieron a medianoche en un buque extranjero con toda la familia y con la orden de no regresar al territorio nacional durante aГ±os y aГ±os hasta que estallГі en el mundo la noticia de que Г©l habГ­a muerto sin haber sabido que yo me pasГ© el resto de la vida muriГ©ndome por Г©l, me acostaba con desconocidos de la calle para ver si encontraba uno mejor que Г©l, regresГ© envejecida y amargada con esta recua de hijos que habГ­a parido de padres diferentes con la ilusiГіn de que eran suyos, y en cambio Г©l la habГ­a olvidado al segundo dГ­a en que no la vio entrar por la claraboya de los establos de ordeГ±o, la sustituГ­a por una distinta todas las tardes porque ya para entonces no distinguГ­a muy bien quiГ©n era quiГ©n en el tropel de colegialas de uniformes iguales que le sacaban la lengua y le gritaban viejo guanГЎbano cuando trataba de cautivarlas con los caramelos del embajador Rumpelmayer, las llamaba sin discriminar, sin preguntarse nunca si la de hoy habГ­a sido la misma de ayer, las recibГ­a a todas por igual, pensaba en todas como si fueran una sola mientras escuchaba medio dormido en la hamaca las razones siempre iguales del embajador Streimberg que le habГ­a regalado una trompeta acГєstica igual a la del perro de la voz del amo con un dispositivo elГ©ctrico de amplificaciГіn para que Г©l pudiera oГ­r una vez mГЎs la pretensiГіn insistente de llevarse nuestras aguas territoriales a buena cuenta de los servicios de la deuda externa y Г©l repetГ­a lo mismo de siempre que ni de vainas mi querido Stevenson, todo menos el mar, desconectaba el audГ­fono elГ©ctrico para no seguir oyendo aquel vozarrГіn de criatura metГЎlica que parecГ­a voltear el disco para explicarle otra vez lo que tanto me habГ­an explicado mis propios expertos sin recovecos de diccionario que estamos en los puros cueros mi general, habГ­amos agotado nuestros Гєltimos recursos, desangrados por la necesidad secular de aceptar emprГ©stitos para pagar los servicios de la deuda externa desde las guerras de independencia y luego otros emprГ©stitos para pagar los intereses de los servicios atrasados, siempre a cambio de algo mi general, primero el monopolio de la quina y el tabaco para los ingleses, despuГ©s el monopolio del caucho y el cacao para los holandeses, despuГ©s la concesiГіn del ferrocarril de los pГЎramos y la navegaciГіn fluvial para los alemanes, y todo para los gringos por los acuerdos secretos que Г©l no conociГі sino despuГ©s del derrumbamiento de estrГ©pito y la muerte pГєblica de JosГ© Ignacio SГЎenz de la Barra a quien Dios tenga cocinГЎndose a fuego vivo en las pailas de sus profundos infiernos, no nos quedaba nada, general, pero Г©l habГ­a oГ­do decir lo mismo a todos sus ministros de hacienda desde los tiempos difГ­ciles en que declarГі la moratoria de los compromisos contraidos con los banqueros de Hamburgo, la escuadra alemana habГ­a bloqueado el puerto, un acorazado inglГ©s disparГі un caГ±onazo de advertencia que abriГі un boquete en la torre de la catedral, pero Г©l gritГі que me cago en el rey de Londres, primero muertos que vendidos, gritГі, muera el Kaiser, salvado en el instante final por los buenos oficios de su cГіmplice de dominГі el embajador Charles W. Traxler cuyo gobierno se constituyГі en garante de los compromisos europeos a cambio de un derecho de explotaciГіn vitalicia de nuestro subsuelo, y desde entonces estamos como estamos debiendo hasta los calzoncillos que llevamos puestos mi general, pero Г©l acompaГ±aba hasta las escaleras al eterno embajador de las cinco y lo despedГ­a con una palmadita en el hombro, ni de vainas mi querido Baxter, primero muerto que sin mar, agobiado por la desolaciГіn de aquella casa de cementerio donde se podГ­a caminar sin tropiezos como si fuera por debajo del agua desde los tiempos malvados de aquel JosГ© Ignacio SГЎenz de la Barra de mi error que habГ­a cortado todas las cabezas del gГ©nero humano menos las que debГ­a cortar de los autores del atentado de Leticia Nazareno y el niГ±o, los pГЎjaros se resistГ­an a cantar en las jaulas por muchas gotas de cantorina que Г©l les echara en el pico, las niГ±as de la escuela contigua no habГ­an vuelto a cantar la canciГіn del recreo de la pajarita pinta paradita en el verde limГіn, la vida se le iba en la espera impaciente de las horas de estar contigo en los establos, mi niГ±a, con tus teticas de corozo y tu cosita de almeja, comГ­a solo bajo el cobertizo de trinitarias, flotaba en la reverberaciГіn del calor de las dos picoteando el sueГ±o de la siesta para no perder el hilo de la pelГ­cula de la televisiГіn en que todo ocurrГ­a por orden suya al revГ©s de la vida, pues el benemГ©rito que todo lo sabГ­a no supo nunca que desde los tiempos de JosГ© Ignacio SГЎenz de la Barra le habГ­amos instalado primero un transmisor individual para las novelas habladas de la radiola y despuГ©s un circuito cerrado de televisiГіn para que sГіlo Г©l viera las pelГ­culas arregladas a su gusto en las cuales no se morГ­an sino los villanos, prevalecГ­a el amor contra la muerte, la vida era un soplo, lo hacГ­amos feliz con el engaГ±o como lo fue tantas tardes de su vejez con las niГ±as de uniforme que lo habrГ­an complacido hasta la muerte si Г©l no hubiera tenido la mala fortuna de preguntarle a una de ellas quГ© te enseГ±an en la escuela y yo le contestГ© la verdad que no me enseГ±an nada seГ±or, yo lo que soy es puta del puerto, y Г©l se lo hizo repetir por si no habГ­a entendido bien lo que leyГі en mis labios y yo le repetГ­ con todas las letras que no soy estudiante seГ±or, soy puta del puerto, los servicios de sanidad la habГ­an baГ±ado con creolina y estropajo, le dijeron que se pusiera este uniforme de marinero y estas medias de niГ±a bien y que pasara por esta calle todas las tardes a las cinco, no sГіlo yo sino todas las putas de mi edad reclutadas y baГ±adas por la policГ­a sanitaria, todas con el mismo uniforme y los mismos zapatos de hombre y estas trenzas de crines de caballo que fГ­jese usted que se quita y se pone con un prendedor de peineta, nos dijeron que no se asusten que es un pobre abuelo pendejo que ni siquiera se las va a tirar sino que les hace exГЎmenes de mГ©dico con el dedo y les chupa la tetamenta y les mete cosas de comer por la cucaracha, en fin, todo lo que usted me hace cuando vengo, que nosotras no tenГ­amos sino que cerrar los ojos de gusto y decir mi amor mi amor que es lo que a usted le gusta, eso nos dijeron y hasta nos hicieron ensayar y repetir todo desde el principio antes de pagarnos, pero yo encuentro que es demasiada vaina tanto plГЎtano maduro en la consiГЎnfira y tanta malanga sancochada en el fundillo por los cuatro tГ­sicos pesos que nos quedan despuГ©s de descontarnos el impuesto de sanidad y la comisiГіn del sargento, quГ© carajo, no es justo desperdiciar tanta comida por debajo si una no tiene ni quГ© comer por arriba, dijo, envuelta en el ГЎurea lГєgubre del anciano insondable que escuchГі la revelaciГіn sin pestaГ±ear pensando madre mГ­a BendiciГіn Alvarado por quГ© me mandas este castigo, pero no hizo un gesto que denunciara su desolaciГіn sino que se empeГ±Гі en toda clase de averiguaciones sigilosas hasta descubrir que en efecto el colegio de niГ±as contiguo a la casa civil lo habГ­an clausurado desde hace muchos aГ±os mi general, el propio ministro de educaciГіn habГ­a provisto los fondos de acuerdo con el arzobispo primado y la asociaciГіn de padres de familia para construir el nuevo edificio de tres pisos frente al mar donde las infantas de las familias de grandes Г­nfulas quedaron a salvo de las asechanzas del seductor crepuscular cuyo cuerpo de sГЎbalo varado bocarriba en la mesa de banquetes empezaba a perfilarse contra las malvas lГ­vidas del horizonte de crГЎteres de luna de nuestra primera aurora sin Г©l, estaba al abrigo de todo entre los agapantos nevados, libre por fin de su poder absoluto al cabo de tantos aГ±os de cautiverio recГ­proco que resultaba imposible distinguir quiГ©n era vГ­ctima de quiГ©n en aquel cementerio de presidentes vivos que habГ­an pintado de blanco de tumba por dentro y por fuera sin consultarlo conmigo sino que le ordenaban sin reconocerlo que no pase aquГ­ seГ±or que nos ensucia la cal, y Г©l no pasaba, quГ©dese en el piso de arriba seГ±or que le puede caer un andamio encima, y Г©l se quedaba, aturdido por el estrГ©pito de los carpinteros y la rabia de los albaГ±iles que le gritaban que se aparte de aquГ­ viejo pendejo que se va a cagar en la mezcla, y Г©l se apartaba, mГЎs obediente que un soldado en los duros meses de una restauraciГіn inconsulta que abriГі ventanas nuevas a los vientos del mar, mГЎs solo que nunca bajo la vigilancia feroz de una escolta cuya misiГіn no parecГ­a ser la de protegerlo sino de vigilarlo, se comГ­an la mitad de su comida para impedir que lo envenenaran, le cambiaban los escondites de la miel de abejas, le calzaban la espuela de oro como a los gallos de pelea para que no le campaneara al caminar, quГ© carajo, toda una sarta de astucias de vaqueros que habrГ­an hecho morir de risa a mi compadre Saturno Santos, vivГ­a a merced de once atarvanes de saco y corbata que se pasaban el dГ­a haciendo maromas japonesas, movГ­an un aparato de focos verdes y colorados que se encienden y se apagan cuando alguien tiene un arma en un cГ­rculo de cincuenta metros, y andamos por la calle como fugitivos en siete automГіviles iguales que cambiaban de lugar adelantГЎndose unos a otros en el camino de modo que ni yo mismo sГ© en cuГЎl es el que voy, quГ© carajo, un gasto inГєtil de pГіlvora en gallinazos porque Г©l habГ­a apartado los visillos para ver las calles al cabo de tantos aГ±os de encierro y vio que nadie se inmutaba con el paso sigiloso de las limusinas fГєnebres de la caravana presidencial, vio los arrecifes de vidrios solares de los ministerios que se alzaban mГЎs altos que las torres de la catedral y habГ­an tapado los promontorios de colores de las barracas de los negros en las colinas del puerto, vio una patrulla de soldados que borraban un letrero reciente escrito a brocha gorda en un muro y preguntГі quГ© decГ­a y le contestaron que gloria eterna al artГ­fice de la patria nueva aunque Г©l sabГ­a que era mentira, por supuesto, si no no lo estuvieran borrando, quГ© carajo, vio una avenida de cocoteros tan ancha como seis con camellones de macizos de flores hasta el mar donde estuvieron los barrizales, vio un suburbio de quintas repetidas con pГіrticos romanos y hoteles con jardines amazГіnicos donde estuvo el muladar del mercado pГєblico, vio los automГіviles atortugados en las serpentinas de laberintos de las autopistas urbanas, vio la muchedumbre embrutecida por la canГ­cula del mediodГ­a en la acera del sol mientras en la acera opuesta no habГ­a nadie mГЎs que los recaudadores sin oficio del impuesto al derecho de caminar por la sombra, pero nadie se estremeciГі aquella vez con el presagio del poder oculto en el fГ©retro refrigerado de la limusina presidencial, nadie reconociГі los ojos de desencanto, los labios ansiosos, la mano desvalida que iba diciendo adioses sin destino a travГ©s de la griterГ­a de los pregones de periГіdicos y amuletos, los carritos de helados, los lГЎbaros de la loterГ­a de tres cifras, el fragor cotidiano del mundo de la calle ajeno a la tragedia intima del militar solitario que suspiraba de nostalgia pensando madre mГ­a BendiciГіn Alvarado quГ© fue de mi ciudad, dГіnde estГЎ el callejГіn de miseria de las mujeres sin hombres que salГ­an desnudas al atardecer a comprar corbinas azules y pargos rosados y a mentarse la madre con las verduleras mientras se les secaba la ropa en los balcones, dГіnde estГЎn los hindГєes que se cagaban en la puerta de sus tenderetes, dГіnde estГЎn sus esposas lГ­vidas que enternecГ­an a la muerte con canciones de lГЎstima, dГіnde estГЎ la mujer que se habГ­a convertido en alacrГЎn por desobedecer a sus padres, dГіnde estГЎn las cantinas de los mercenarios, sus arroyos de orГ­n fermentado, el aire cotidiano de los pelГ­canos a la vuelta de la esquina, y de pronto, ay, el puerto, dГіnde estГЎ si aquГ­ estaba, quГ© fue de las goletas de los contrabandistas, la chatarra de desembarco de los infantes, mi olor a mierda, madre, quГ© pasaba en el mundo que nadie conocГ­a la mano fugitiva de amante en el olvido que iba dejando un reguero de adioses inГєtiles desde la ventanilla de cristales virados de un tren inaugural que atravesГі silbando los sembrados de hierbas de olor de los que fueron antes los pantanos de estridentes pГЎjaros de malaria de los arrozales, pasГі espantando muchedumbres de vacas marcadas con el hierro presidencial a travГ©s de llanuras inverosГ­miles de pastos azules, y en el interior capitonado de terciopelo eclesiГЎstico del vagГіn de responsos de mi destino irrevocable Г©l iba preguntГЎndose dГіnde estaba mi viejo trencito de cuatro patas, carajo, mis ramazones de anacondas y balsaminas venenosas, mi alboroto de micos, mis aves del paraГ­so, la patria entera con su dragГіn, madre, dГіnde estГЎn si aquГ­ estaban las estaciones de indias taciturnas con sombreros ingleses que vendГ­an animales de almГ­bar por las ventanas, vendГ­an papas nevadas, madre, vendГ­an gallinas sancochadas en manteca amarilla bajo los arcos de letreros de flores de gloria eterna al benemГ©rito que nadie sabe dГіnde estГЎ, pero siempre que Г©l protestaba que aquella vida de prГіfugo era peor que estar muerto le contestaban que no mi general, era la paz dentro del orden, le decГ­an, y Г©l terminaba por aceptar, de acuerdo, una vez mГЎs deslumbrado por la fascinaciГіn personal de JosГ© Ignacio SГЎenz de la Barra de mi desmadre a quien tantas veces habГ­a degradado y escupido en la rabia de los insomnios pero volvГ­a a sucumbir ante sus encantos no bien entraba en la oficina con la luz del sol cabestreando ese perro con mirada de gente humana que no abandona ni siquiera para orinar y ademГЎs tiene nombre de gente, Lord KГіchel, y otra vez aceptaba sus fГіrmulas con una mansedumbre que lo sublevaba contra sГ­ mismo, no se preocupe Nacho, admitГ­a, cumpla con su deber, de modo que JosГ© Ignacio SГЎenz de la Barra volvГ­a una vez mГЎs con sus poderes intactos a la fГЎbrica de suplicios que habГ­a instalado a menos de quinientos metros de la casa presidencial en el inocente edificio de mamposterГ­a colonial donde habГ­a estado el manicomio de los holandeses, una casa tan grande como la suya, mi general, escondida en un bosque de almendros y rodeada por un prado de violetas silvestres, cuya primera planta estaba destinada a los servicios de identificaciГіn y registro del estado civil y en el resto estaban instaladas las mГЎquinas de tortura mГЎs ingeniosas y bГЎrbaras que podГ­a concebir la imaginaciГіn, tanto que Г©l no habГ­a querido conocerlas sino que le advirtiГі a SГЎenz de la Barra que usted siga cumpliendo con su deber como mejor convenga a los intereses de la patria con la Гєnica condiciГіn de que yo no sГ© nada ni he visto nada ni he estado nunca en ese lugar, y SГЎenz de la Barra empeГ±Гі su palabra de honor para servir a usted, general, y habГ­a cumplido, igual que cumpliГі su orden de no volver a martirizar a los niГ±os menores de cinco aГ±os con polos elГ©ctricos en los testГ­culos para forzar la confesiГіn de sus padres porque Г©l temГ­a que aquella infamia pudiera repetirle los insomnios de tantas noches iguales de los tiempos de la loterГ­a, aunque le era imposible olvidarse de ese taller de horror a tan escasa distancia de su dormitorio porque en las noches de lunas quietas lo despertaban las mГєsicas de trenes fugitivos de las albas de truenos de Bruckner que hacГ­an estragos de diluvios y dejaban una desolaciГіn de piltrafas de tГєnicas de novias muertas en las ramazones de los almendros de la antigua mansiГіn de lunГЎticos holandeses para que no se oyeran desde la calle los alaridos de pavor y dolor de los moribundos, y todo eso sin cobrar un cГ©ntimo mi general, pues JosГ© Ignacio SГЎenz de la Barra disponГ­a de su sueldo para comprar las ropas de prГ­ncipe, las camisas de seda natural con el monograma en el pecho, los zapatos de cabritilla, las cajas de gardenias para la solapa, las lociones de Francia con los blasones de la familia impresos en la etiqueta original, pero no tenГ­a mujer conocida ni se dice que sea marica ni tiene un solo amigo ni una casa propia para vivir, nada mi general, una vida de santo, esclavizado en la fГЎbrica de suplicios hasta que lo tumbaba el cansancio sobre el divГЎn de la oficina donde dormГ­a de cualquier modo pero nunca de noche ni nunca mГЎs de tres horas cada vez, sin guardia en la puerta, sin un arma a su alcance, bajo la protecciГіn anhelante de Lord KГіchel que no cabГ­a dentro del pellejo por la ansiedad que le causaba el no comer sino lo Гєnico que dicen que come, es decir, las tripas calientes de los decapitados, haciendo ese ruido de borboriteo de marmita para despertarlo apenas su mirada de persona humana sentГ­a a travГ©s de las paredes que alguien se acercaba a la oficina, quien quiera que sea, mi general, ese hombre no se confia ni del espejo, tomaba sus decisiones sin consultarlas con nadie despuГ©s de escuchar los informes de sus agentes, nada sucedГ­a en el paГ­s ni daban un suspiro los desterrados en cualquier lugar del planeta que JosГ© Ignacio SГЎenz de la Barra no lo supiera al instante a travГ©s de los hilos de la telaraГ±a invisible de delaciГіn y soborno con que tiene cubierta la bola del mundo, que en eso se gastaba la plata, mi general, pues no era cierto que los torturadores tuvieran sueldo de ministros como decГ­an, al contrario, se ofrecГ­an gratis para demostrar que eran capaces de descuartizar a su madre y echarles los pedazos a los puercos sin que se les notara en la voz, en lugar de cartas de recomendaciГіn y certificados de buena conducta ofrecГ­an testimonios de antecedentes atroces para que les dieran el empleo a las Гіrdenes de los torturadores franceses que son racionalistas mi general, y por consiguiente son metГіdicos en la crueldad y refractarios a la compasiГіn, eran ellos quienes hacГ­an posible el progreso dentro del orden, eran ellos quienes se anticipaban a las conspiraciones mucho antes de que empezaran a incubar en el pensamiento, los clientes distraГ­dos que tomaban el fresco bajo los abanicos de aspas de las heladerГ­as, los que leГ­an el periГіdico en las fondas de los chinos, los que se dormГ­an en los cines, los que cedГ­an el puesto a las seГ±oras encinta en los autobuses, los que habГ­an aprendido a ser electricistas y plomeros despuГ©s de haber pasado media vida de atracadores nocturnos y bandoleros de veredas, los novios casuales de las sirvientas, las putas de los trasatlГЎnticos y los bares internacionales, los promotores de excursiones turГ­sticas a los paraГ­sos del Caribe en las agencias de viajes de Miami, el secretario privado del ministro de asuntos exteriores de BГ©lgica, la cuidanta vitalicia del corredor tenebroso del cuarto piso del Hotel Internacional de MoscГє, y tantos otros que nadie sabe hasta en el Гєltimo rincГіn de la tierra, pero usted puede dormir tranquilo mi general pues los buenos patriotas de la patria dicen que usted no sabe nada, que todo esto sucede sin su consentimiento, que si mi general lo supiera habrГ­a mandado a SГЎenz de la Barra a empujar margaritas en el cementerio de renegados de la fortaleza del puerto, que cada vez que se enteraban de un nuevo acto de barbarie suspiraban para adentro si el general lo supiera, si pudiГ©ramos hacГ©rselo saber, si hubiera una manera de verlo, y Г©l le ordenГі a quien se lo habГ­a contado que no olvidara nunca que de verdad yo no sГ© nada, ni he visto nada, ni he hablado de estas cosas con nadie, y asГ­ recobraba el sosiego, pero seguГ­an llegando tantos talegos de cabezas cortadas que no le parecГ­a concebible que JosГ© Ignacio SГЎenz de la Barra se embarrara de sangre hasta la tonsura sin ningГєn beneficio porque la gente es pendeja pero no tanto, ni le parecГ­a razonable que pasaron aГ±os enteros sin que los comandantes de las tres armas protestaran por su condiciГіn subalterna, ni pedГ­an aumento de sueldo, nada, de modo que Г©l habГ­a echado sondas por separado para tratar de establecer las causas de la conformidad militar, querГ­a averiguar por quГ© no trataban de rebelarse, por quГ© aceptaban la potestad de un civil, y les habГ­a preguntado a los mГЎs codiciosos si no pensaban que ya era tiempo de cortarle la cresta al advenedizo sanguinario que estaba salpicando los mГ©ritos de las fuerzas armadas, pero le habГ­an contestado que por supuesto que no mi general, no es para tanto, y desde entonces ya no sГ© quiГ©n es quiГ©n, ni quiГ©n estГЎ con quiГ©n ni contra quiГ©n en este armatoste del progreso dentro del orden que empieza a olerme a mortecina encerrada como aquella que ni quiero acordarme de aquellos pobres niГ±os de la loterГ­a, pero JosГ© Ignacio SГЎenz de la Barra le aplacaba los Г­mpetus con su dulce dominio de domador de perros cimarrones, duerma tranquilo general, le decГ­a, el mundo es suyo, le hacia creer que todo era tan simple y tan claro que lo volvГ­a a dejar en las tinieblas de aquella casa de nadie que recorrГ­a de un extremo al otro preguntГЎndose a grandes voces quiГ©n carajo soy yo que me siento como si me hubieran volteado al revГ©s la luz de los espejos, dГіnde carajo estoy que van a ser las once de la maГ±ana y no hay una gallina ni por casualidad en este desierto, acuГ©rdense cГіmo era antes, clamaba, acuГ©rdense del despelote de los leprosos y los paralГ­ticos que se peleaban la comida con los perros, acuГ©rdense de aquel resbaladero de mierda de animales en las escaleras y aquel despiporre de patriotas que no me dejaban caminar con la conduerma de que Г©cheme en el cuerpo la sal de la salud mi general, que me bautice al muchacho a ver si se le quita la diarrea porque decГ­an que mi imposiciГіn tenГ­a virtudes aprietativas mГЎs eficaces que el plГЎtano verde, que me ponga la mano aquГ­ a ver si se me aquietan las palpitaciones que ya no tengo ГЎnimos para vivir con este eterno temblor de tierra, que fijara la vista en el mar mi general para que se devuelvan los huracanes, que la levante hacia el cielo para que se arrepientan los eclipses, que la baje hacia la tierra para espantar a la peste porque decГ­an que yo era el benemГ©rito que le infundГ­a respeto a la naturaleza y enderezaba el orden del universo y le habГ­a bajado los humos a la Divina Providencia, y yo les daba lo que me pedГ­an y les compraba todo lo que me vendieran no porque fuera dГ©bil de corazГіn segГєn decГ­a su madre BendiciГіn Alvarado sino porque se necesitaba tener un hГ­gado de hierro para mezquinarle un favor a quien le cantaba sus mГ©ritos, y en cambio ahora no habГ­a nadie que le pidiera nada, nadie que le dijera al menos buenos dГ­as mi general, cГіmo pasГі la noche, no tenГ­a siquiera el consuelo de aquellas explosiones nocturnas que lo despertaban con una granizada de vidrio de ventanas y desnivelaban los quicios y sembraban el pГЎnico en la tropa pero le servГ­an por lo menos para sentir que estaba vivo y no en este silencio que me zumba dentro de la cabeza y me despierta con su estrГ©pito, ya no soy mГЎs que un monicongo pintado en la pared de esta casa de espantos donde le era imposible impartir una orden que no estuviera cumplida desde antes, encontraba satisfechos sus deseos mГЎs Г­ntimos en el periГіdico oficial que seguГ­a leyendo en la hamaca a la hora dГ© la siesta desde la primera pГЎgina hasta la Гєltima inclusive los anuncios de propaganda, no habГ­a un impulso de su aliento ni un designio de su voluntad que no apareciera impreso en letras grandes con la fotografГ­a del puente que Г©l no mandГі a construir por olvido, la fundaciГіn de la escuela para enseГ±ar a barrer, la vaca de leche y el ГЎrbol de pan con un retrato suyo de otras cintas inaugurales de los tiempos de gloria, y sin embargo no encontraba el sosiego, arrastraba sus grandes patas de elefante senil buscando algo que no se le habГ­a perdido en su casa de soledad, encontraba que alguien antes que Г©l habГ­a tapado las jaulas con trapos de luto, alguien habГ­a contemplado el mar desde las ventanas y habГ­a contado las vacas antes que Г©l, todo estaba completo y en orden, regresaba al dormitorio con el candil cuando reconociГі su propia voz ampliada en el retГ©n de la guardia presidencial y se asomГі por la ventana entreabierta y vio un grupo de oficiales adormilados en el cuarto lleno de humo frente al resplandor triste de la pantalla de televisiГіn, y en la pantalla estaba Г©l, mГЎs delgado y tenso, pero era yo, madre, sentado en la oficina donde habГ­a de morir con el escudo de la patria en el fondo y los tres pares de espejuelos de oro en la mesa, y estaba diciendo de memoria un anГЎlisis de las cuentas de la naciГіn con palabras de sabio que Г©l nunca se hubiera atrevido a repetir, carajo, era una visiГіn mГЎs inquietante que la de su propio cuerpo muerto entre las flores porque ahora estaba viГ©ndose vivo y oyГ©ndose hablar con su propia voz, yo mismo, madre, yo que nunca habГ­a podido soportar la vergГјenza de asomarse a un balcГіn ni habГ­a logrado vencer el pudor de hablar en pГєblico, y ahГ­ estaba, tan verГ­dico y mortal que permaneciГі perplejo en la ventana pensando madre mГ­a BendiciГіn Alvarado cГіmo es posible este misterio, pero JosГ© Ignacio SГЎenz de la Barra se mantuvo impasible ante una de las pocas explosiones de cГіlera que Г©l se permitiГі en los aГ±os sin cuento de su rГ©gimen, no es para tanto general, le dijo con su Г©nfasis mГЎs dulce, tuvimos que acudir a este recurso ВЎlicito para preservar del naufragio a la nave del progreso dentro del orden, fue una inspiraciГіn divina, general, gracias a ella habГ­amos logrado conjurar la incertidumbre del pueblo en un poder de carne y hueso que el Гєltimo miГ©rcoles de cada mes rendГ­a un informe sedante de su gestiГіn de gobierno a travГ©s de la radio y la televisiГіn del estado, yo asumo la responsabilidad, general, yo puse aquГ­ este florero con seis micrГіfonos en forma de girasoles que registraban su pensamiento de viva voz, era yo quien hacГ­a las preguntas que Г©l contestaba en la audiencia de los viernes sin sospechar que sus respuestas inocentes eran los fragmentos del discurso mensual dirigido a la naciГіn, pues nunca habГ­a utilizado una imagen que no fuera suya ni una palabra que Г©l no hubiera dicho como usted mismo podrГЎ comprobarlo con estos discos que SГЎenz de la Barra le puso sobre el escritorio junto con estas pelГ­culas y esta carta de mi puГ±o y letra que firmo en presencia suya general para que usted disponga de mi suerte como a bien tenga, y Г©l lo mirГі desconcertado porque de pronto cayГі en la cuenta de que SГЎenz de la Barra estaba por primera vez sin el perro, inerme, pГЎlido, y entonces suspirГі, estГЎ bien, Nacho, cumpla con su deber, dijo, con un aire de infinita fatiga, echado hacia atrГЎs en la poltrona de resortes y la mirada fija en los ojos delatores de los retratos de los prГіceres, mГЎs viejo que nunca, mГЎs lГєgubre y triste, pero con la misma expresiГіn de designios imprevisibles que SГЎenz de la Barra habГ­a de reconocer dos semanas mГЎs tarde cuando volviГі a entrar en la oficina sin audiencia previa casi arrastrando el perro por la trailla y con la novedad urgente de una insurrecciГіn armada que sГіlo una intervenciГіn suya podГ­a impedir, general, y Г©l descubriГі por fin la grieta imperceptible que habГ­a estado buscando durante tantos aГ±os en el muro de obsidiana de la fascinaciГіn, madre mГ­a BendiciГіn Alvarado de mi desquite, se dijo, este pobre cabrГіn se estГЎ cagando de miedo, pero no hizo un solo gesto que permitiera vislumbrar sus intenciones sino que envolviГі a SГЎenz de la Barra en un aura maternal, no se preocupe Nacho, suspirГі, nos queda mucho tiempo para pensar sin que nadie nos estorbe dГіnde carajo estaba la verdad en aquel tremedal de verdades contradictorias que parecГ­an menos ciertas que si fueran mentira, mientras SГЎenz de la Barra comprobaba en el reloj de leontina que iban a ser las siete de la noche, general, los comandantes de las tres armas estaban terminando de comer en sus casas respectivas, con la mujer y los niГ±os, para que ni siquiera ellos pudieran sospechar sus propГіsitos, saldrГЎn vestidos de civil sin escolta por la puerta del servicio donde los espera un automГіvil pГєblico solicitado por telГ©fono para burlar la vigilancia de nuestros hombres, no verГЎn ninguno, por supuesto, aunque ahГ­ estГЎn, general, son los choferes, pero Г©l dijo ajГЎ, sonriГі, no se preocupe tanto, Nacho, explГ­queme mГЎs bien cГіmo hemos vivido hasta ahora con el pellejo puesto si segГєn sus cuentas de cabezas cortadas hemos tenido mГЎs enemigos que soldados, pero SГЎenz de la Barra estaba sostenido apenas por el latido minГєsculo de su reloj de leontina, faltaban menos de tres horas, general, el comandante de las fuerzas de tierra se dirigГ­a en aquel momento hacia el cuartel del Conde, el comandante de las fuerzas navales hacia la fortaleza del puerto, el comandante de las fuerzas del aire hacia la base de San JerГіnimo, todavГ­a era posible arrestarlos porque una camioneta de la seguridad del estado cargada de legumbres los perseguГ­a a corta distancia, pero Г©l no se inmutaba, sentГ­a que la ansiedad creciente de SГЎenz de la Barra lo liberaba del castigo de una servidumbre que habГ­a sido mГЎs implacable que su apetito de poder, estГ© tranquilo, Nacho, decГ­a, explГ­queme mГЎs bien por quГ© no ha comprado una mansiГіn tan grande como un buque de vapor, por quГ© trabaja como un mulo si no le importa la plata, por quГ© vive como un recluta si a las mujeres mГЎs estrechas se les aflojan las costuras por meterse en su dormitorio, usted parece mГЎs cura que los curas, Nacho, pero SГЎenz de la Barra se sofocaba empapado por un sudor de hielo que no lograba disimular con su dignidad incГіlume en el horno crematorio de la oficina, eran las once, ya es demasiado tarde, dijo, una seГ±al en clave empezaba a circular a esa hora por los alambres del telГ©grafo hacia las distintas guarniciones del paГ­s, los comandantes rebeldes se estaban colgando las condecoraciones en el uniforme de parada para el retrato oficial de la nueva junta de gobierno mientras sus ayudantes transmitГ­an las Гєltimas Гіrdenes de una guerra sin enemigos cuyas Гєnicas batallas se reducГ­an a controlar las centrales de comunicaciГіn y los servicios pГєblicos, pero Г©l ni siquiera parpadeГі ante el palpito anhelante de Lord KГіchel que se habГ­a incorporado con un hilo de baba que parecГ­a una lГЎgrima interminable, no se asuste, Nacho, explГ­queme mГЎs bien por quГ© le tiene tanto miedo a la muerte, y JosГ© Ignacio SГЎenz de la Barra se quitГі de un tirГіn el cuello de celuloide desacartonado por el sudor y su rostro de barГ­tono se quedГі sin alma, es natural, replicГі, el miedo a la muerte es el rescoldo de la felicidad, por eso usted no lo siente, general, y se puso de pie contando por puro hГЎbito las campanas de la catedral, son las doce, dijo, ya no le queda nadie en el mundo, general, yo era el Гєltimo, pero Г©l no se moviГі en la poltrona mientras no percibiГі el trueno subterrГЎneo de los tanques de guerra en la Plaza de Armas, y entonces sonriГі, no se equivoque, Nacho, todavГ­a me queda el pueblo, dijo, el pobre pueblo de siempre que antes del amanecer se echГі a la calle instigado por el anciano imprevisto que a travГ©s de la radio y la televisiГіn del estado se dirigiГі a todos los patriotas de la patria sin discriminaciones de ninguna Г­ndole y con la mГЎs viva emociГіn histГіrica para anunciar que los comandantes de las tres armas inspirados por los ideales inmutables del rГ©gimen, bajo mi direcciГіn personal e interpretando como siempre la voluntad del pueblo soberano habГ­an puesto tГ©rmino en esta medianoche gloriosa al aparato de terror de un civil sanguinario que habГ­a sido castigado por la justicia ciega de las muchedumbres, pues ahГ­ estaba JosГ© Ignacio SГЎenz de la Barra, macerado a golpes, colgado de los tobillos en un farol de la Plaza de Armas y con sus propios Гіrganos genitales metidos en la boca, tal como lo habГ­a previsto mi general cuando nos ordenГі bloquear las calles de las embajadas para impedirle e! derecho de asilo, el pueblo lo habГ­a cazado a piedras, mi general, pero antes tuvimos que acribillar al perro carnicero que se sorbiГі la tripamenta de cuatro civiles y nos dejГі siete soldados mal heridos cuando el pueblo habГ­a asaltado sus oficinas de vivir y tiraron por las ventanas mГЎs de doscientos chalecos de brocado todavГ­a con la etiqueta de fГЎbrica, tiraron como tres mil pares de botines italianos sin estrenar, tres mil mi general, que en eso se gastaba la plata del gobierno, y no sГ© cuГЎntas cajas de gardenias de solapa y todos los discos de Bruckner con sus respectivas partituras de direcciГіn anotadas de su puГ±o y letra, y ademГЎs sacaron a los presos de los sГіtanos y les metieron fuego a las cГЎmaras de tortura del antiguo manicomio de los holandeses a los gritos de viva el general, viva el macho que por fin se dio cuenta de la verdad, pues todos dicen que usted no sabia nada mi general, que lo tenГ­an en el limbo abusando de su buen corazГіn, y todavГ­a a esta hora andaban cazando como ratas a los torturadores de la seguridad del estado que dejamos sin protecciГіn de tropa de acuerdo con sus Гіrdenes para que la gente se aliviara de tantas rabias atrasadas y tanto terror, y Г©l aprobГі, de acuerdo, conmovido por las campanas de jГєbilo y las mГєsicas de libertad y las voces de gratitud de la muchedumbre concentrada en la Plaza de Armas con grandes letreros de Dios guarde al magnГ­fico que nos redimiГі de las tinieblas del terror, y en aquella rГ©plica efГ­mera de los tiempos de gloria Г©l hizo reunir en el patio a los oficiales de escuela que habГ­an ayudado a quitarse sus propias cadenas de galeote del poder y seГ±alГЎndonos con el dedo segГєn los impulsos de su inspiraciГіn completГі con nosotros el Гєltimo mando supremo de su rГ©gimen decrГ©pito en reemplazo de los autores de la muerte de Leticia Nazareno y el niГ±o que fueron capturados en ropas de dormir cuando trataban de encontrar asilo en las embajadas, pero Г©l apenas si los reconociГі, habГ­a olvidado los nombres, buscГі en el corazГіn la carga de odio que habГ­a tratado de mantener viva hasta la muerte y sГіlo encontrГі las cenizas de un orgullo herido que ya no valГ­a la pena entretener, que se larguen, ordenГі, los metieron en el primer barco que zarpГі para donde nadie volviera a acordarse de ellos, pobres cabrones, presidiГі el primer consejo del nuevo gobierno con la impresiГіn nГ­tida de que aquellos ejemplares selectos de una generaciГіn nueva de un siglo nuevo eran otra vez los ministros civiles de siempre de levitas polvorientas y entraГ±as dГ©biles, sГіlo que Г©stos estaban mГЎs ГЎvidos de honores que de poder, mГЎs asustadizos y serviles y mГЎs inГєtiles que todos los anteriores ante una deuda externa mГЎs costosa que cuanto se pudiera vender en su desguarnecido reino de pesadumbre, pues no habГ­a nada que hacer mi general, el Гєltimo tren de los pГЎramos se habГ­a desbarrancado por precipicios de orquГ­deas, los leopardos dormГ­an en poltronas de terciopelo, las carcachas de los buques de rueda estaban varados en los pantanos de los arrozales, las noticias podridas en los sacos del correo, las parejas de manatГ­es engaГ±adas con la ilusiГіn de engendrar sirenas entre los lirios tenebrosos de los espejos de luna del camarote presidencial, y sГіlo Г©l lo ignoraba, por supuesto, habГ­a creГ­do en el progreso dentro del orden porque entonces no tenГ­a mГЎs contactos con la vida real que la lectura del periГіdico del gobierno que imprimГ­an sГіlo para usted mi general, una ediciГіn completa de una sola copia con las noticias que a usted le gustaba leer, con el servicio grГЎfico que usted esperaba encontrar, con los anuncios de propaganda que lo hicieron soГ±ar con un mundo distinto del que le habГ­an prestado para la siesta, hasta que yo mismo pude comprobar con estos mis ojos incrГ©dulos que detrГЎs de los edificios de vidrios solares de los ministerios continuaban intactas las barracas de colores de los negros en las colinas del puerto, habГ­an construido las avenidas de palmeras hasta el mar para que yo no viera que detrГЎs de las quintas romanas de pГіrticos iguales continuaban los barrios miserables devastados por uno de nuestros tantos huracanes, habГ­an sembrado hierbas de olor a ambos lados de la vГ­a para que Г©l viera desde el vagГіn presidencial que el mundo parecГ­a magnificado por las aguas venales de pintar oropГ©ndolas de su madre de mis entraГ±as BendiciГіn Alvarado, y no lo engaГ±aban para complacerlo como lo hizo en los Гєltimos tiempos de sus tiempos de gloria el general Rodrigo de Aguilar, ni para evitarle contrariedades inГєtiles como lo hacГ­a Leticia Nazareno mГЎs por compasiГіn que por amor, sino para mantenerlo cautivo de su propio poder en el marasmo senil de la hamaca bajo la ceiba del patio donde al final de sus aГ±os no habГ­a de ser verdad ni siquiera el coro de escuela de la pajarita pinta paradita en el verde limГіn, quГ© vaina, y sin embargo no lo afectГі la burla sino que trataba de reconciliarse con la realidad mediante la recuperaciГіn por decreto del monopolio de la quina y otras pГіcimas esenciales para la felicidad del estado, pero la realidad lo volviГі a sorprender con la advertencia de que el mundo cambiaba y la vida seguГ­a aГєn a espaldas de su poder, pues ya no hay quina, general, ya no hay cacao, no hay aГ±il, general, no habГ­a nada, salvo su fortuna personal que era incontable y estГ©ril y estaba amenazada por la ociosidad, y sin embargo no se alterГі con tan infaustas nuevas sino que mandГі un recado de desafГ­o al viejo embajador Roxbury por si acaso encontraban alguna fГіrmula de alivio en la mesa de dominГі, pero el embajador le contestГі con su propio estilo que ni de vainas excelencia, este paГ­s no vale un rГЎbano, a excepciГіn del mar, por supuesto, que era diГЎfano y suculento y habrГ­a bastado con meterle candela por debajo para cocinar en su propio crГЎter la gran sopa de mariscos del universo, asГ­ que piГ©nselo, excelencia, se lo aceptamos a buena cuenta de los servicios de esa deuda atrasada que no han de redimir ni cien generaciones de prГіceres tan diligentes como su excelencia, pero Г©l ni siquiera lo tomГі en serio esa primera vez, lo acompaГ±Гі hasta las escaleras pensando madre mГ­a BendiciГіn Alvarado mira quГ© gringos tan bГЎrbaros, cГіmo es posible que sГіlo piensen en el mar para comГ©rselo, lo despidiГі con la palmadita habitual en el hombro y volviГі a quedar solo consigo mismo tantaleando en las franjas de nieblas ilusorias de los pГЎramos del poder, pues las muchedumbres habГ­an abandonado la Plaza de Armas, se llevaron las pancartas de repeticiГіn y se guardaron las consignas de alquiler para otras fiestas iguales del futuro tan pronto como se les acabГі el estГ­mulo de las cosas de comer y beber que la tropa repartГ­a en las pausas de las ovaciones, habГ­an vuelto a dejar los salones desiertos y tristes a pesar de su orden de no cerrar los portones a ninguna hora para que entre quien quiera, como antes, cuando Г©sta no era una casa de difuntos sino un palacio de vecindad, y sin embargo los Гєnicos que se quedaron fueron los leprosos, mi general, y los ciegos y los paralГ­ticos que habГ­an permanecido aГ±os y aГ±os frente a la casa como los viera Demetrio Aldous dorГЎndose al sol en las puertas de JerusalГ©n, destruidos e invencibles, seguros de que mГЎs temprano que tarde volverГ­an a entrar para recibir de sus manos la sal de la salud porque Г©l habГ­a de sobrevivir a todos los embates de la adversidad y a las pasiones mГЎs inclementes y a los peores asechos del olvido, pues era eterno, y asГ­ fue, Г©l los volviГі a encontrar de regreso del ordeГ±o hirviendo las latas de sobras de cocina en los fogones de ladrillo improvisados en el patio, los vio tendidos con los brazos en cruz en las esteras maceradas por el sudor de las Гєlceras a la sombra fragante de los rosales, les hizo construir una hornilla comГєn, les compraba esteras nuevas y les mandГі a edificar un cobertizo de palmas en el fondo del patio para que no tuvieran que guarecerse dentro de la casa, pero no pasaban cuatro dГ­as sin que encontrarГЎ una pareja de leprosos durmiendo en las alfombras ГЎrabes de la sala de fiestas o encontraba un ciego perdido en las oficinas o un paralГ­tico fracturado en las escaleras, hacГ­a cerrar las puertas para que no dejaran un rastro de llagas vivas en las paredes ni apestaran el aire de la casa con el tufo del ГЎcido fГ©nico con que los fumigaban los servicios de sanidad, aunque no bien los quitaban de un lado que aparecГ­an por el otro, tenaces, indestructibles, aferrados a su vieja esperanza feroz cuando ya nadie esperaba nada de aquel anciano invГЎlido que escondГ­a recuerdos escritos en las grietas de las paredes y se orientaba con tanteos de sonГЎmbulo a travГ©s de los vientos encontrados de las ciГ©nagas de brumas de la memoria, pasaba horas insomnes en la hamaca preguntГЎndose cГіmo carajo me voy a escabullir del nuevo embajador Fischer que me habГ­a propuesto denunciar la existencia de un flagelo de fiebre amarilla para justificar un desembarco de infantes de marina de acuerdo con el tratado de asistencia recГ­proca por tantos aГ±os cuantos fueran necesarios para infundir un aliento nuevo a la patria moribunda, y Г©l replicГі de inmediato que ni de vainas, fascinado por la evidencia de que estaba viviendo de nuevo en los orГ­genes de su rГ©gimen cuando se habГ­a valido de un recurso igual para disponer de los poderes de excepciГіn de la ley marcial ante una grave amenaza de sublevaciГіn civil, habГ­a declarado el estado de peste por decreto, se plantГі la bandera amarilla en el asta del faro, se cerrГі el puerto, se suprimieron los domingos, se prohibiГі llorar a los muertos en pГєblico y tocar mГєsicas que los recordaran y se facultГі a las fuerzas armadas para velar por el cumplimiento del decreto y disponer de los pestГ­feros segГєn su albedrГ­o, de modo que las tropas con brazales sanitarios ejecutaban en pГєblico a las gentes de la mГЎs diversa condiciГіn, seГ±alaban con un cГ­rculo rojo en la puerta de las casas sospechosas de inconformidad con el rГ©gimen, marcaban con un hierro de vaca en la frente a los infractores simples, a los marimachos y a los floripondios mientras una misiГіn sanitaria solicitada de urgencia a su gobierno por el embajador Mitchell se ocupaba de preservar del contagio a los habitantes de la casa presidencial, recogГ­an del suelo la caca de los sietemesinos para analizarla con vidrios de aumento, echaban pГ­ldoras desinfectantes en las tinajas, les daban de comer gusarapos a los animales de sus laboratorios de ciencias, y Г©l les decГ­a muerto de risa a travГ©s del intГ©rprete que no sean tan pendejos, mГ­steres, aquГ­ no hay mГЎs peste que ustedes, pero ellos insistГ­an que sГ­, que tenГ­an Гіrdenes superiores de que hubiera, prepararon una miel de virtud preventiva, espesa y verde, con la cual barnizaban de cuerpo entero a los visitantes sin distinciГіn de credenciales desde los mГЎs ordinarios hasta los mГЎs ilustres, los obligaban a mantener la distancia en las audiencias, ellos de pie en el umbral y Г©l sentado en el fondo donde lo alcanzara la voz pero no el aliento, parlamentando a gritos con desnudos de alcurnia que accionaban con una mano, excelencia, y con la otra se tapaban la escuГЎlida paloma pintorreteada, y todo aquello para preservar del contagio a quien habГ­a concebido en el enervamiento de la vigilia hasta los pormenores mГЎs banales de la falsa calamidad, que habГ­a inventado infundios telГєricos y difundido pronГіsticos de apocalipsis de acuerdo con su criterio de que la gente tendrГЎ mГЎs miedo cuanto menos entienda, y que apenas si parpadeГі cuando uno de sus edecanes, lГ­vido de pavor, se cuadrГі frente a Г©l con la novedad mi general de que la peste estГЎ causando una mortandad tremenda entre la poblaciГіn civil, de modo que a travГ©s de los vidrios nublados de la carroza presidencial habГ­a visto el tiempo interrumpido por orden suya en las calles abandonadas, vio el aire tГіnito en las banderas amarillas, vio las puertas cerradas inclusive en las casas omitidas por el cГ­rculo rojo, vio los gallinazos ahГ­tos en los balcones, y vio los muertos, los muertos, los muertos, habГ­a tantos por todas partes que era imposible contarlos en los barrizales, amontonados en el sol de las terrazas, tendidos en las legumbres del mercado, muertos de carne y hueso mi general, quiГ©n sabe cuГЎntos, pues eran muchos mГЎs de los que Г©l hubiera querido ver entre las huestes de sus enemigos tirados como perros muertos en los cajones de la basura, y por encima de la podredumbre de los cuerpos y la fetidez familiar de las calles reconociГі el olor de la sarna de la peste, pero no se inmutГі, no cediГі a ninguna sГєplica hasta que no volviГі a sentirse dueГ±o absoluto de todo su poder, y sГіlo cuando no parecГ­a haber recurso humano ni divino capaz de poner tГ©rmino a la mortandad vimos aparecer en las calles una carroza sin insignias en la que nadie percibiГі a primera vista el soplo helado de la majestad del poder, pero en el interior de terciopelo fГєnebre vimos los ojos letales, los labios trГ©mulos, el guante nupcial que iba echando puГ±ados de sal en los portales, vimos el tren pintado con los colores de la bandera trepГЎndose con las uГ±as a travГ©s de las gardenias y los leopardos despavoridos hasta las cornisas de niebla de las provincias mГЎs escarpadas, vimos los ojos turbios a travГ©s de los visillos del vagГіn solitario, el semblante afligido, la mano de doncella desairada que iba dejando un reguero de sal por los pГЎramos lГєgubres de su niГ±ez, vimos el buque de vapor con rueda de madera y rollos de mazurcas de pianolas quimГ©ricas que navegaba tropezando por entre los escollos y los bancos de arena y los escombros de las catГЎstrofes causadas en la selva por los paseos primaverales del dragГіn, vimos los ojos de atardecer en la ventana del camarote presidencial, vimos los labios pГЎlidos, la mano sin origen que arrojaba puГ±ados de sal en las aldeas entorpecidas de calor, y quienes comГ­an de aquella sal y lamГ­an el suelo donde habГ­a estado recuperaban la salud al instante y quedaban inmunizados por largo tiempo contra los malos presagios y las ventoleras de la ilusiГіn, asГ­ que Г©l no habГ­a de sorprenderse en las postrimerГ­as de su otoГ±o cuando le propusieron un nuevo rГ©gimen de desembarco sustentado en el mismo infundio de una epidemia polГ­tica de fiebre amarilla sino que se enfrentГі a las razones de los ministros estГ©riles que clamaban que vuelvan los infantes, general, que vuelvan con sus mГЎquinas de fumigar pestГ­feros a cambio de lo que ellos quieran, que vuelvan con sus hospitales blancos, sus prados azules, los surtidores de aguas giratorias que completan los aГ±os bisiestos con siglos de buena salud, pero Г©l golpeГі la mesa y decidiГі que no, bajo su responsabilidad suprema, hasta que el rudo embajador Mac Queen le replicГі que ya no estamos en condiciones de discutir, excelencia, el rГ©gimen no estaba sostenido por la esperanza ni por el conformismo, ni siquiera por el terror, sino por la pura inercia de una desilusiГіn antigua e irreparable, salga a la calle y mГ­rele la cara a la verdad, excelencia, estamos en la curva final, o vienen los infantes o nos llevamos el mar, no hay otra, excelencia, no habГ­a otra, madre, de modo que se llevaron el Caribe en abril, se lo llevaron en piezas numeradas los ingenieros nГЎuticos del embajador Ewing para sembrarlo lejos de los huracanes en las auroras de sangre de Arizona, se lo llevaron con todo lo que tenГ­a dentro, mi general, con el reflejo de nuestras ciudades, nuestros ahogados tГ­midos, nuestros dragones dementes, a pesar de que Г©l habГ­a apelado a los registros mГЎs audaces de su astucia milenaria tratando de promover una convulsiГіn nacional de protesta contra el despojo, pero nadie hizo caso mi general, no quisieron salir a la calle ni por la razГіn ni por la fuerza porque pensГЎbamos que era una nueva maniobra suya como tantas otras para saciar hasta mГЎs allГЎ de todo limite su pasiГіn irreprimible de perdurar, pensГЎbamos que con tal de que pase algo aunque se lleven el mar, quГ© carajo, aunque se lleven la patria entera con su dragГіn, pensГЎbamos, insensibles a las artes de seducciГіn de los militares que aparecГ­an en nuestras casas disfrazados de civil y nos suplicaban en nombre de la patria que nos echГЎramos a la calle gritando que se fueran los gringos para impedir la consumaciГіn del despojo, nos incitaban al saqueo y al incendio de las tiendas y las quintas de los extranjeros, nos ofrecieron plata viva para que saliГ©ramos a protestar bajo la protecciГіn de la tropa solidaria con el pueblo frente a la agresiГіn, pero nadie saliГі mi general porque nadie olvidaba que otra vez nos habГ­an dicho lo mismo bajo palabra de militar y sin embargo los masacraron a tiros con el pretexto de que habГ­a provocadores infiltrados que abrieron fuego contra la tropa, asГ­ que esta vez no contamos ni con el pueblo mi general y tuve que cargar solo con el peso de este castigo, tuve que firmar solo pensando madre mГ­a BendiciГіn Alvarado nadie sabe mejor que tГє que vale mГЎs quedarse sin el mar que permitir un desembarco de infantes, acuГ©rdate que eran ellos quienes pensaban las Гіrdenes que me hacГ­an firmar, ellos volvГ­an maricas a los artistas, ellos trajeron la Biblia y la sГ­filis, le hacГ­an creer a la gente que la vida era fГЎcil, madre, que todo se consigue con plata, que los negros son contagiosos, trataron de convencer a nuestros soldados de que la patria es un negocio y que el sentido del honor era una vaina inventada por el gobierno para que las tropas pelearan gratis, y fue por evitar la repeticiГіn de tantos males que les concedГ­ el derecho de disfrutar de nuestros mares territoriales en la forma en que lo consideren conveniente a los intereses de la humanidad y la paz entre los pueblos, en el entendimiento de que dicha cesiГіn comprendГ­a no sГіlo las aguas fГ­sicas visibles desde la ventana de su dormitorio hasta el horizonte sino todo cuanto se entiende por mar en el sentido mГЎs amplio, o sea la fauna y la flora propias de dichas aguas, su rГ©gimen de vientos, la veleidad de sus milibares, todo, pero nunca me pude imaginar que eran capaces de hacer lo que hicieron de llevarse con gigantescas dragas de succiГіn las esclusas numeradas de mi viejo mar de ajedrez en cuyo crГЎter desgarrado vimos aparecer los lamparazos instantГЎneos de los restos sumergidos de la muy antigua ciudad de Santa MarГ­a del DariГ©n arrasada por la marabunta, vimos la nao capitana del almirante mayor de la mar ocГ©ana tal como yo la habГ­a visto desde mi ventana, madre, estaba idГ©ntica, atrapada por un matorral de percebes que las muelas de las dragas arrancaron de raГ­z antes de que Г©l tuviera tiempo de ordenar un homenaje digno del tamaГ±o histГіrico de aquel naufragio, se llevaron todo cuanto habГ­a sido la razГіn de mis guerras y el motivo de su poder y sГіlo dejaron la llanura desierta de ГЎspero polvo lunar que Г©l veГ­a al pasar por las ventanas con el corazГіn oprimido clamando madre mГ­a BendiciГіn Alvarado ilumГ­name con tus luces mГЎs sabias, pues en aquellas noches de postrimerГ­as lo despertaba el espanto de que los muertos de la patria se incorporaban en sus tumbas para pedirle cuentas del mar, sentГ­a los araГ±azos en los muros, sentГ­a las voces insepultas, el horror de las miradas pГіstumas que acechaban por las cerraduras el rastro de sus grandes patas de saurio moribundo en el pantano humeante de las Гєltimas ciГ©nagas de salvaciГіn de la casa en tinieblas, caminaba sin tregua en el crucero de los alisios tardГ­os y los mistrales falsos de la mГЎquina de vientos que le habГ­a regalado el embajador Eberhart para que se notara menos el mal negocio del mar, veГ­a en la cГєspide de los arrecifes la lumbre solitaria de la casa de reposo de los dictadores asilados que duermen como bueyes sentados mientras yo padezco, malparidos, se acordaba de los ronquidos de adiГіs de su madre BendiciГіn Alvarado en la mansiГіn de los suburbios, su buen dormir de pajarera en el cuarto alumbrado por la vigilia del orГ©gano, quiГ©n fuera ella, suspiraba, madre feliz dormida que nunca se dejГі asustar por la peste, ni se dejГі intimidar por el amor ni se dejГі acoquinar por la muerte, y en cambio Г©l estaba tan aturdido que hasta las rГЎfagas del faro sin mar que intermitГ­an en las ventanas le parecieron sucias de los muertos, huyГі despavorido de la fantГЎstica luciГ©rnaga sideral que fumigaba en su Гіrbita de pesadilla giratoria los efluvios temibles del polvo luminoso del tuГ©tano de los muertos, que lo apaguen, gritГі, lo apagaron, mandГі a calafatear la casa por dentro y por fuera para que no pasaran por los resquicios de puertas y ventanas ni escondidos en otras fragancias los hГЎlitos mГЎs tenues de la sarna de los aires nocturnos de la muerte, se quedГі en las tinieblas, tamaleando, respirando a duras penas en el calor sin aire, sintiГ©ndose pasar por espejos oscuros, caminando de miedo, hasta que oyГі un tropel de pezuГ±as en el crГЎter del mar y era la luna que se alzaba con sus nieves decrГ©pitas, pavorosa, que la quiten, gritГі, que apaguen las estrellas, carajo, orden de Dios, pero nadie acudiГі a sus gritos, nadie lo oyГі, salvo los paralГ­ticos que despertaron asustados en las antiguas oficinas, los ciegos en las escaleras, los leprosos perlados del sereno que se alzaron a su paso en los rastrojos de las primeras rosas para implorar de sus manos la sal de la salud, y entonces fue cuando sucediГі, incrГ©dulos del mundo entero, idГіlatras de mierda, sucediГі que Г©l nos tocГі la cabeza al pasar, uno por uno, nos tocГі a cada uno en el sitio de nuestros defectos con una mano lisa y sabia que era la mano de la verdad, y en el instante en que nos tocaba recuperГЎbamos la salud del cuerpo y el sosiego del alma y recobrГЎbamos la fuerza y la conformidad de vivir, y vimos a los ciegos encandilados por el fulgor de las rosas, vimos a los tullidos dando traspiГ©s en las escaleras y vimos esta mi propia piel de reciГ©n nacido que voy mostrando por las ferias del mundo entero para que nadie se quede sin conocer la noticia del prodigio y esta fragancia de lirios prematuros de las cicatrices de mis llagas que voy regando por la faz de la tierra para escarnio de infieles y escarmiento de libertinos, lo gritaban por ciudades y veredas, en fandangos y procesiones, tratando de infundir en las muchedumbres el pavor del milagro, pero nadie pensaba que fuera cierto, pensГЎbamos que era uno mГЎs de los tantos ГЎulicos que mandaban a los pueblos con un viejo bando de merolicos para tratar de convencernos de lo Гєltimo que nos faltaba creer que Г©l habГ­a devuelto el cutis a los leprosos, la luz a los ciegos, la habilidad a los paralГ­ticos, pensГЎbamos que era el Гєltimo recurso del rГ©gimen para llamar la atenciГіn sobre un presidente improbable cuya guardia personal estaba reducida a una patrulla de reclutas en contra del criterio unГЎnime del consejo de gobierno que habГ­a insistido que no mi general, que era indispensable una protecciГіn mГЎs rГ­gida, por lo menos una unidad de rifleros mi general, pero Г©l se habГ­a empecinado en que nadie tiene necesidad ni ganas de matarme, ustedes son los Гєnicos, mis ministros inГєtiles, mis comandantes ociosos, sГіlo que no se atreven ni se atreverГЎn a matarme nunca porque saben que despuГ©s tendrГЎn que matarse los unos a los otros, de modo que sГіlo quedГі la guardia de reclutas para una casa extinguida donde las vacas andaban sin ley desde el primer vestГ­bulo hasta la sala de audiencias, se habГ­an comido las praderas de flores de los gobelinos mi general, se habГ­an comido los archivos, pero Г©l no oГ­a, habГ­a visto subir la primera vaca una tarde de octubre en que era imposible permanecer a la intemperie por las furias del aguacero, habГ­a tratado de espantarla con las manos, vaca, vaca, recordando de pronto que vaca se escribe con ve de vaca, la habГ­a visto otra vez comiГ©ndose las pantallas de las lГЎmparas en un Г©poca de la vida en que empezaba a comprender que no valГ­a la pena moverse hasta las escaleras para espantar una vaca, habГ­a encontrado dos en la sala de fiestas exasperadas por las gallinas que se subГ­an a picotearles las garrapatas del lomo, asГ­ que en las noches recientes en que veГ­amos luces que parecГ­an de navegaciГіn y oГ­amos desastres de pezuГ±as de animal grande detrГЎs de las paredes fortificadas era porque Г©l andaba con el candil de mar disputГЎndose con las vacas un sitio donde dormir mientras afuera continuaba su vida pГєblica sin Г©l, veГ­amos a diario en los periГіdicos del rГ©gimen las fotografГ­as de ficciГіn de las audiencias civiles y militares en que nos lo mostraban con un uniforme distinto segГєn el carГЎcter de cada ocasiГіn, oГ­amos por la radio las arengas repetidas todos los aГ±os desde hacГ­a tantos aГ±os en las fechas mayores de las efemГ©rides de la patria, estaba presente en nuestras vidas al salir de la casa, al entrar en la iglesia, al comer y al dormir, cuando era de dominio pГєblico que apenas si podГ­a con sus rГєsticas botas de caminante irredento en la casa decrГ©pita cuyo servicio se habГ­a reducido entonces a tres o cuatro ordenanzas que le daban de comer y mantenГ­an bien provistos los escondites de la miel de abejas y espantaron las vacas que habГ­an hecho estragos en el estado mayor de mariscales de porcelana de la oficina prohibida donde Г©l habГ­a de morir segГєn algГєn pronГіstico de pitonisas que Г©l mismo habГ­a olvidado, permanecГ­an pendientes de sus Гіrdenes casuales hasta que colgaba la lГЎmpara en el dintel y oГ­an el estrГ©pito de los tres cerrojos, los tres pestillos, las tres aldabas del dormitorio enrarecido por la falta del mar, y entonces se retiraban a sus cuartos de la planta baja convencidos de que Г©l estaba a merced de sus sueГ±os de ahogado solitario hasta el amanecer, pero se despertaba a saltos imprevistos, pastoreaba el insomnio, arrastraba sus grandes patas de aparecido por la inmensa casa en tinieblas apenas perturbada por la parsimoniosa digestiГіn de las vacas y la respiraciГіn obtusa de las gallinas dormidas en las perchas de los virreyes, oГ­a vientos de lunas en la oscuridad, sentГ­a los pasos del tiempo en la oscuridad, veГ­a a su madre BendiciГіn Alvarado barriendo en la oscuridad con la escoba de ramas verdes con que habГ­a barrido la hojarasca de ilustres varones chamuscados de Cornelio Nepote en el texto original, la retГіrica inmemorial de Livio AndrГіnico y Cecilio Estato que estaban reducidos a basura de oficinas la noche de sangre en que Г©l entrГі por primera vez en la casa mostrenca del poder mientras afuera resistГ­an las Гєltimas barricadas suicidas del insigne latinista el general Lautaro MuГ±oz a quien Dios tenga en su santo reino, habГ­an atravesado el patio bajo el resplandor de la ciudad en llamas saltando por encima de los bultos muertos de la guardia personal del presidente ilustrado, Г©l tiritando por la calentura de las tercianas y su madre BendiciГіn Alvarado sin mГЎs armas que la escoba de ramas verdes, subieron las escaleras tropezando en la oscuridad con los cadГЎveres de los caballos de la esplГ©ndida escuderГ­a presidencial que todavГ­a se desangraban desde el primer vestГ­bulo hasta la sala de audiencias, era difГ­cil respirar dentro de la casa cerrada por el olor de pГіlvora agria de la sangre de los caballos, vimos huellas descalzas de pies ensangrentados con sangre de caballos en los corredores, vimos palmas de manos estampadas con sangre de caballos en las paredes, y vimos en el lago de sangre de la sala de audiencias el cuerpo desangrado de una hermosa florentina en traje de noche con un sable de guerra clavado en el corazГіn, y era la esposa del presidente, y vimos a su lado el cadГЎver de una niГ±a que parecГ­a una bailarina de juguete de cuerda con un tiro de pistola en la frente, y era su hija de nueve aГ±os, y vieron el cadГЎver de cesar garibaldino del presidente Lautaro MuГ±oz, el mГЎs diestro y capaz de los catorce generales federalistas que se habГ­an sucedido en el poder por atentados sucesivos durante once aГ±os de rivalidades sangrientas pero tambiГ©n el Гєnico que se atreviГі a decirle que no en su propia lengua al cГіnsul de los ingleses, y ahГ­ estaba tirado como un lebranche, descalzo, padeciendo el castigo de su temeridad con el crГЎneo astillado por un tiro de pistola que se disparГі en el paladar despuГ©s de matar a su mujer y a su hija y a sus cuarenta y dos caballos andaluces para que no cayeran en poder de la expediciГіn punitiva de la escuadra britГЎnica, y entonces fue cuando el comandante Kitchener me dijo seГ±alando el cadГЎver que ya lo ves, general, asГ­ es cГіmo terminan los que levantan la mano contra su padre, no se te olvide cuando estГ©s en tu reino, le dijo, aunque ya estaba, al cabo de tantas noches de insomnios de espera, tantas rabias aplazadas, tantas humillaciones digeridas, ahГ­ estaba, madre, proclamado comandante supremo de las tres armas y presidente de la repГєblica por tanto tiempo cuanto fuera necesario para el restablecimiento del orden y el equilibrio econГіmico de la naciГіn, lo habГ­an resuelto por unanimidad los Гєltimos caudillos de la federaciГіn con el acuerdo del senado y la cГЎmara de diputados en pleno y el respaldo de la escuadra britГЎnica por mis tantas y tan difГ­ciles noches de dominГі con el cГіnsul Macdonall, sГіlo que ni yo ni nadie lo creyГі al principio, por supuesto, quiГ©n lo iba a creer en el tumulto de aquella noche de espanto si la propia BendiciГіn Alvarado no acababa todavГ­a de creerlo en su lecho de podredumbre cuando evocaba el recuerdo del hijo que no encontraba por dГіnde empezar a gobernar en aquel desorden, no hallaban ni una hierba de cocimiento para la calentura en aquella casa inmensa y sin muebles en la cual no quedaba nada de valor sino los Гіleos apolillados de los virreyes y los arzobispos de la grandeza muerta de EspaГ±a, todo lo demГЎs se lo habГ­an ido llevando poco a poco los presidentes anteriores para sus dominios privados, no dejaron ni rastro del papel de colgaduras de episodios heroicos en las paredes, los dormitorios estaban llenos de desperdicios de cuartel, habГ­a por todas partes vestigios olvidados de masacres histГіricas y consignas escritas con un dedo de sangre por presidentes ilusorios de una sola noche, pero no habГ­a siquiera un petate donde acostarse a sudar una calentura, de modo que su madre BendiciГіn Alvarado arrancГі una cortina para envolverme y lo dejГі acostado en un rincГіn de la escalera principal mientras ella barriГі con la escoba de ramas verdes los aposentos presidenciales que estaban acabando de saquear los ingleses, barriГі el piso completo defendiГ©ndose a escobazos de esta pandilla de filibusteros que trataban de violarla detrГЎs de las puertas, y un poco antes del alba se sentГі a descansar junto al hijo aniquilado por los escalofrГ­os, envuelto en la cortina de peluche, sudando a chorros en el Гєltimo peldaГ±o de la escalera principal de la casa devastada mientas ella trataba de bajarle la calentura con sus cГЎlculos fГЎciles de que no te dejes acoquinar por este desorden, hijo, es cuestiГіn de comprar unos taburetes de cuero de los mГЎs baratos y se les pintan flores y animales de colores, yo misma los pinto, decГ­a, es cuestiГіn de comprar unas hamacas para cuando haya visitas, sobre todo eso, hamacas, porque en una casa como Г©sta deben llegar muchas visitas a cualquier hora sin avisar, decГ­a, se compra una mesa de iglesia para comer, se compran cubiertos de hierro y platos de peltre para que aguanten la mala vida de la tropa, se compra un tinajero decente para el agua de beber y un anafe de carbГіn y ya estГЎ, al fin y al cabo es plata del gobierno, decГ­a para consolarlo, pero Г©l no la escuchaba, abatido por las primeras malvas del amanecer que iluminaban en carne viva el lado oculto de la verdad, consciente de no ser nada mГЎs que un anciano de lГЎstima que temblaba de fiebre sentado en las escaleras pensando sin amor madre mГ­a BendiciГіn Alvarado de modo que Г©sta era toda la vaina, carajo, de modo que el poder era aquella casa de nГЎufragos, aquel olor humano de caballo quemado, aquella aurora desolada de otro doce de agosto igual a todos era la fecha del poder, madre, en quГ© vaina nos hemos metido, padeciendo la desazГіn original, el miedo atГЎvico del nuevo siglo de tinieblas que se alzaba en el mundo sin su permiso, cantaban los gallos en el mar, cantaban los ingleses en inglГ©s recogiendo los muertos del patio cuando su madre BendiciГіn Alvarado terminГі las cuentas alegres con el saldo de alivio de que no me asustan las cosas de comprar y los oficios por hacer, nada de eso, hijo, lo que me asusta es la cantidad de sГЎbanas que habrГЎ que lavar en esta casa, y entonces fue Г©l quien se apoyГі en la fuerza de su desilusiГіn para tratar de consolarla con que duerma tranquila, madre, en este paГ­s no hay presidente que dure, le dijo, ya verГЎ como me tumban antes de quince dГ­as, le dijo, y no sГіlo lo creyГі entonces sino que lo siguiГі creyendo en cada instante de todas las horas de su larguГ­sima vida de dГ©spota sedentario, tanto mГЎs cuanto mГЎs lo convencГ­a la vida de que los largos aГ±os del poder no traen dos dГ­as iguales, que habrГ­a siempre una intenciГіn oculta en los propГіsitos de un primer ministro cuando Г©ste soltaba la deflagraciГіn deslumbrante de la verdad en el informe de rutina del miГ©rcoles, y Г©l apenas sonreГ­a, no me diga la verdad, licenciado, que corre el riesgo de que se la crea, desbaratando con aquella sola frase toda una laboriosa estrategia del consejo de gobierno para tratar de que firmara sin preguntar, pues nunca me pareciГі mГЎs lГєcido que cuando mГЎs convincentes se hacГ­an los rumores de que Г©l se orinaba en los pantalones sin darse cuenta durante las visitas oficiales, me parecГ­a mГЎs severo a medida que se hundГ­a en el remanso de la decrepitud con unas pantuflas de desahuciado y los espejuelos de una sola pata amarrada con hilo de coser y su Г­ndole se habГ­a vuelto mГЎs intensa y su instinto mГЎs certero para apartar lo que era inoportuno y firmar lo que convenГ­a sin leerlo, quГ© carajo, si al fin y al cabo nadie me hace caso, sonreГ­a, fГ­jese que habГ­a ordenado que pusieran una tranca en el vestГ­bulo para que las vacas no se treparan por las escaleras, y ahГ­ estaba otra vez, vaca, vaca, habГ­a metido la cabeza por la ventana de la oficina y se estaba comiendo las flores de papel del altar de la patria, pero Г©l se limitaba a sonreГ­r que ya ve lo que le digo, licenciado, lo que tiene jodido a este paГ­s es que nadie me ha hecho caso nunca, decГ­a, y lo decГ­a con una claridad de juicio que no parecГ­a posible a su edad, aunque el embajador Kippling contaba en sus memorias prohibidas que por esa Г©poca lo habГ­a encontrado en un penoso estado de inconsciencia senil que ni siquiera le permitГ­a valerse de sГ­ mismo para los actos mГЎs pueriles, contaba que lo encontrГі ensopado de una materia incesante y salobre que le manaba de la piel, que habГ­a adquirido un tamaГ±o descomunal de ahogado y una placidez lenta de ahogado a la deriva y se habГ­a abierto la camisa para mostrarme el cuerpo tenso y lГєcido de ahogado de tierra firme en cuyos resquicios estaban proliferando parГЎsitos de escollos de fondo de mar, tenia remora de barco en la espalda, tenГ­a pГіlipos y crustГЎceos microscГіpicos en las axilas, pero estaba convencido de que aquellos retoГ±os de acantilados eran apenas los primeros sГ­ntomas del regreso espontГЎneo del mar que ustedes se llevaron, mi querido Johnson, porque los mares son como los gatos, dijo, vuelven siempre, convencido de que los bancos de percebes de sus ingles eran el anuncio secreto de un amanecer feliz en que iba a abrir la ventana de su dormitorio y habГ­a de ver de nuevo las tres carabelas del almirante de la mar ocГ©ana que se habГ­a cansado de buscar por el mundo entero para ver si era cierto lo que le habГ­an dicho que tenГ­a las manos lisas como Г©l y como tantos otros grandes de la historia, habГ­a ordenado traerlo, incluso por la fuerza, cuando otros navegantes le contaron que lo habГ­an visto cartografiando las Г­nsulas innumerables de los mares vecinos, cambiando por nombres de reyes y de santos sus viejos nombres de militares mientras buscaba en la ciencia nativa lo Гєnico que le interesaba de veras que era descubrir algГєn tricГіfero magistral para su calvicie incipiente, habГ­amos perdido la esperanza de encontrarlo de nuevo cuando Г©l lo reconociГі desde la limusina presidencial disimulado dentro de un hГЎbito pardo con el cordГіn de San Francisco en la cintura haciendo sonar una matraca de penitente entre las muchedumbres dominicales del mercado pГєblico y sumido en tal estado de penuria moral que no podГ­a creerse que fuera el mismo que habГ­amos visto entrar en la sala de audiencias con el uniforme carmesГ­ y las espuelas de oro y la andadura solemne de bogavante en tierra firme, pero cuando trataron de subirlo en la limusina por orden suya no encontramos ni rastros mi general, se lo tragГі la tierra, decГ­an que se habГ­a vuelto musulmГЎn, que habГ­a muerto de pelagra en el Senegal y habГ­a sido enterrado en tres tumbas distintas de tres ciudades diferentes del mundo aunque en realidad no estaba en ninguna, condenado a vagar de sepulcro en sepulcro hasta la consumaciГіn de los siglos por la suerte torcida de sus empresas, porque ese hombre tenГ­a la pava, mi general, era mГЎs cenizo que el oro, pero Г©l no lo creyГі nunca, seguГ­a esperando que volviera en los extremos Гєltimos de su vejez cuando el ministro de la salud le arrancaba con unas pinzas las garrapatas de buey que le encontraba en el cuerpo y Г©l insistГ­a en que no eran garrapatas, doctor, es el mar que vuelve, decГ­a, tan seguro de su criterio que el ministro de la salud habГ­a pensado muchas veces que Г©l no era tan sordo como hacГ­a creer en pГєblico ni tan despalomado como aparentaba en las audiencias incГіmodas, aunque un examen de fondo habГ­a revelado que tenГ­a las arterias de vidrio, tenГ­a sedimentos de arena de playa en los riГ±ones y el corazГіn agrietado por falta de amor, asГ­ que el viejo mГ©dico se escudГі en una antigua confianza de compadre para decirle que ya es hora de que entregue los trastos mi general, resuelva por lo menos en quГ© manos nos va a dejar, le dijo, sГЎlvenos del desmadre, pero Г©l le preguntГі asombrado que quiГ©n le ha dicho que yo me pienso morir, mi querido doctor, que se mueran otros, quГ© carajo, y terminГі con ГЎnimo de burla que hace dos noches me vi yo mismo en la televisiГіn y me encontrГ© mejor que nunca, como un toro de lidia, dijo, muerto de risa, pues se habГ­a visto entre brumas, cabeceando de sueГ±o y con la cabeza envuelta en una toalla mojada frente a la pantalla sin sonido de acuerdo con los hГЎbitos de sus Гєltimas veladas de soledad, estaba de veras mГЎs resuelto que un toro de lidia ante el hechizo de la embajadora de Francia, o tal vez era de TurquГ­a, o de Suecia, quГ© carajo, eran tantas iguales que no las distinguГ­a y habГ­a pasado tanto tiempo que no se recordaba a sГ­ mismo entre ellas con el uniforme de noche y una copa de champaГ±a intacta en la mano durante la fiesta de aniversario del 12 de agosto, o en la conmemoraciГіn de la victoria del 14 de enero, o del renacimiento del 13 de marzo, quГ© sГ© yo, si en el galimatГ­as de fechas histГіricas del rГ©gimen habГ­a terminado por no saber cuГЎndo era cuГЎl ni cuГЎl correspondГ­a a quГ© ni le servГ­an de nada los papelitos enrollados que con tan buen espГ­ritu y tanto esmero habГ­a escondido en los resquicios de las paredes porque habГ­a terminado por olvidar quГ© era lo que debГ­a recordar, los encontraba por casualidad en los escondites de la miel de abeja y habГ­a leГ­do alguna vez que el 7 de abril cumple aГ±os el doctor Marcos de LeГіn, hay que mandarle un tigre de regalo, habГ­a leГ­do, escrito de su puГ±o y letra, sin la menor idea de quiГ©n era, sintiendo que no habГ­a un castigo mГЎs humillante ni menos merecido para un hombre que la traiciГіn de su propio cuerpo, habГ­a empezado a vislumbrarlo desde mucho antes de los tiempos inmemoriales de JosГ© Ignacio SГЎenz de la Barra cuando tuvo conciencia de que apenas sabГ­a quiГ©n era quiГ©n en las audiencias de grupo, un hombre como yo que era capaz de llamar por su nombre y su apellido a toda una poblaciГіn de las mГЎs remotas de su desmesurado reino de pesadumbre, y sin embargo habГ­a llegado al extremo contrario, habГ­a visto desde la carroza a un muchacho conocido entre la muchedumbre y se habГ­a asustado tanto de no recordar dГіnde lo habГ­a visto antes que lo hice arrestar por la escolta mientras me acordaba, un pobre hombre de monte que estuvo 22 aГ±os en un calabozo repitiendo la verdad establecida desde el primer dГ­a en el expediente judicial, que se llamaba Braulio Linares Moscote, que era hijo natural pero reconocido de Marcos Linares, marinero de agua dulce, y de Delfina Moscote, criadora de perros tigreros, ambos con domicilio conocido en el Rosal del Virrey, que estaba por primera vez en la ciudad capital de este reino porque su madre lo habГ­a mandado a vender dos cachorros en los juegos florales de marzo, que habГ­a llegado en un burro de alquiler sin mГЎs ropas que las que llevaba puestas al amanecer del mismo jueves en que lo arrestaron, que estaba en un tenderete del mercado pГєblico tomГЎndose un pocilio de cafГ© cerrero mientras les preguntaba a las fritangueras si no sabГ­an de alguien que quisiera comprar dos cachorros cruzados para cazar tigres, que ellas le habГ­an contestado que no cuando empezГі el tropel de los redoblantes, las cornetas, los cohetes, la gente que gritaba que ya viene el hombre, ahГ­ viene, que preguntГі quiГ©n era el hombre y le habГ­an contestado que quiГ©n iba a ser, el que manda, que metiГі los cachorros en un cajГіn para que las fritangueras le hicieran el favor de cuidГЎrmelos mientras vuelvo, que se trepГі en el travesaГ±o de una ventana para mirar por encima del gentГ­o y vio la escolta de caballos con gualdrapas de oro y morriones de plumas, vio la carroza con el dragГіn de la patria, el saludo de una mano con un guante de trapo, el semblante lГ­vido, los labios taciturnos sin sonrisa del hombre que mandaba, los ojos tristes que lo encontraron de pronto como a una aguja en un monte de agujas, el dedo que lo seГ±alГі, Г©se, el que estГЎ trepado en la ventana, que lo arresten mientras me acuerdo dГіnde lo he visto, ordenГі, asГ­ que me agarraron a golpes, me desollaron a planazos de sable, me asaron en una parrilla para que confesara dГіnde me habГ­a visto antes el hombre que mandaba, pero no habГ­an conseguido arrancarle otra verdad que la Гєnica en el calabozo de horror de la fortaleza del puerto y la repitiГі con tanta convicciГіn y tanto valor personal que Г©l terminГі por admitir que se habГ­a equivocado, pero ahora no hay remedio, dijo, porque lo habГ­an tratado tan mal que si no era un enemigo ya lo es, pobre hombre, de modo que se pudriГі vivo en el calabozo mientras yo deambulaba por esta casa de sombras pensando madre mГ­a BendiciГіn Alvarado de mis buenos tiempos, asГ­steme, mГ­rame cГіmo estoy sin el amparo de tu manto, clamando a solas que no valГ­a la pena haber vivido tantos fastos de gloria si no podГ­a evocarlos para solazarse con ellos y alimentarse de ellos y seguir sobreviviendo por ellos en los pantanos de la vejez porque hasta los dolores mГЎs intensos y los instantes mГЎs felices de sus tiempos grandes se le habГ­an escurrido sin remedio por las troneras de la memoria a pesar de sus tentativas cГЎndidas de impedirlo con tapones de papelitos enrollados, estaba castigado a no saber jamГЎs quiГ©n era esta Francisca Linero de 96 aГ±os que habГ­a ordenado enterrar con honores de reina de acuerdo con otra nota escrita de su propia mano, condenado a gobernar a ciegas con once pares de gafas inГєtiles escondidos en la gaveta del escritorio para disimular que en realidad conversaba con espectros cuyas voces no alcanzaba apenas a descifrar, cuya identidad adivinaba por seГ±ales de instinto, sumergido en un estado de desamparo cuyo riesgo mayor se le habГ­a hecho evidente en una audiencia con su ministro de guerra en que tuvo la mala suerte de estornudar una vez y el ministro de guerra le dijo salud mi general, y habГ­a estornudado otra vez y el ministro de guerra volviГі a decir salud mi general, y otra vez, salud mi general, pero despuГ©s de nueve estornudos consecutivos no le volvГ­ a decir salud mi general sino que me sentГ­ aterrado por la amenaza de aquella cara descompuesta de estupor, vi los ojos ahogados de lГЎgrimas que me escupieron sin piedad desde el tremedal de la agonГ­a, vi la lengua de ahorcado de la bestia decrГ©pita que se me estaba muriendo en los brazos sin un testigo de mi inocencia, sin nadie, y entonces no se me ocurriГі nada mГЎs que escapar de la oficina antes de que fuera demasiado tarde, pero Г©l me lo impidiГі con una rГЎfaga de autoridad gritГЎndome entre dos estornudos que no fuera cobarde brigadier Rosendo SacristГЎn, quГ©dese quieto, carajo, que no soy tan pendejo para morirme delante de usted, gritГі, y asГ­ fue, porque siguiГі estornudando hasta el borde de la muerte, flotando en un espacio de inconsciencia poblado de luciГ©rnagas de mediodГ­a pero aferrado a la certeza de que su madre BendiciГіn Alvarado no habГ­a de depararle la vergГјenza de morir de un acceso de estornudos en presencia de un inferior, ni de vainas, primero muerto que humillado, mejor vivir con vacas que con hombres capaces de dejarlo morir a uno sin honor, quГ© carajo, si no habГ­a vuelto a discutir sobre Dios con el nuncio apostГіlico para que no se diera cuenta de que Г©l tomaba el chocolate con cuchara, ni habГ­a vuelto a jugar dominГі por temor de que alguien se atreviera a perder por lГЎstima, no querГ­a ver a nadie, madre, para que nadie descubriera que a pesar de la vigilancia minuciosa de su propia conducta, a pesar de sus Г­nfulas de no arrastrar los pies planos que al fin y al cabo habГ­a arrastrado desde siempre, a pesar del pudor de sus aГ±os se sentГ­a al borde del abismo de pena de los Гєltimos dictadores en desgracia que Г©l mantenГ­a mГЎs presos que protegidos en la casa de los acantilados para que no contaminaran al mundo con la peste de su indignidad, lo habГ­a padecido a solas la mala maГ±ana en que se quedГі dormido dentro del estanque del patio privado cuando tomaba el baГ±o de aguas medicinales, soГ±aba contigo, madre, soГ±aba que eras tГє quien hacГ­a las chicharras que se reventaban de tanto pitar sobre mi cabeza entre las ramas florecidas del almendro de la vida real, soГ±aba que eras tГє quien pintaba con tus pinceles las voces de colores de las oropГ©ndolas cuando se despertГі sobresaltado por el eructo imprevisto de sus tripas en el fondo del agua, madre, despertГі congestionado de rabia en el estanque pervertido de mi vergГјenza donde flotaban los lotos aromГЎticos del orГ©gano y la malva, flotaban los azahares nuevos desprendidos del naranjo, flotaban las hicoteas alborozadas con la novedad del reguero de cagarrutas doradas y tiernas de mi general en las aguas fragantes, quГ© vaina, pero Г©l habГ­a sobrevivido a esa y a tantas otras infamias de la edad y habГ­a reducido al mГ­nimo el personal de servicio para afrontarlas sin testigos, nadie lo habГ­a de ver vagando sin rumbo por la casa de nadie durante dГ­as enteros y noches completas con la cabeza envuelta en trapos ensopados de bairГєn, gimiendo de desesperaciГіn contra las paredes, empalagado de tabonucos, enloquecido por el dolor de cabeza insoportable del que nunca le hablГі ni a su mГ©dico personal porque sabГ­a que no era mГЎs que uno mГЎs de los tantos dolores inГєtiles de la decrepitud, lo sentГ­a llegar como un trueno de piedras desde mucho antes de que aparecieron en el cielo los nubarrones de la borrasca y ordenaba que nadie me moleste cuando apenas habГ­a empezado a girar el torniquete en las sienes, que nadie entre en esta casa pase lo que pase, ordenaba, cuando sentГ­a crujir los huesos del crГЎneo con la segunda vuelta del torniquete, ni Dios si viene, ordenaba, ni si me muero yo, carajo, ciego de aquel dolor desalmado que no le concedГ­a ni un instante de tregua para pensar hasta el fin de los siglos de desesperaciГіn en que se desplomaba la bendiciГіn de la lluvia, y entonces nos llamaba, lo encontrГЎbamos reciГ©n nacido con la mesita lista para la cena frente a la pantalla muda de la televisiГіn, le servГ­amos carne guisada, frijoles con tocino, arroz de coco, tajadas de plГЎtano frito, una cena inconcebible a su edad que Г©l dejaba enfriar sin probarla siquiera mientras veГ­a la misma pelГ­cula de emergencia en la televisiГіn, consciente de que algo querГ­a ocultarle el gobierno si habГ­an vuelto a pasar el mismo programa de circuito cerrado sin advertir siquiera que los rollos de la pelГ­cula estaban invertidos, quГ© carajo, decГ­a, tratando de olvidar lo que quisieron ocultarle, si fuera algo peor ya se supiera, decГ­a, roncando frente a la cena servida, hasta que daban las ocho en la catedral y se levantaba con el plato intacto y echaba la comida en el excusado como todas las noches a esa hora desde hacГ­a tanto tiempo para disimular la humillaciГіn de que el estГіmago le rechazaba todo, para entretener con las leyendas de sus tiempos de gloria el rencor que sentГ­a contra sГ­ mismo cada vez que incurrГ­a en un acto detestable de descuidos de viejo, para olvidar que apenas vivГ­a, que era Г©l y nadie mГЎs quien escribГ­a en las paredes de los retretes que viva el general, viva el macho, que se habГ­a tomado a escondidas una pГіcima de curanderos para estar cuantas veces quisiera en una sola noche y hasta tres veces cada vez con tres mujeres distintas y habГ­a pagado aquella ingenuidad senil con lГЎgrimas de rabia mГЎs que de dolor aferrado a las argollas del retrete llorando madre mГ­a BendiciГіn Alvarado de mi corazГіn, aborrГ©ceme, purifГ­came con tus aguas de fuego, cumpliendo con orgullo el castigo de su candidez porque sabГ­a de sobra que lo que entonces le faltaba y le habГ­a faltado siempre en la cama no era honor sino amor, le faltaban mujeres menos ГЎridas que las que me servГ­a mi compadre el ministro canciller para que no perdiera la buena costumbre desde que clausuraron la escuela vecina, hembras de carne sin hueso para usted solo mi general, mandadas por aviГіn con franquicia oficial de las vitrinas de Amsterdam, de los concursos del cine de Budapest, del mar de Italia mi general, mire quГ© maravilla, las mГЎs bellas del mundo entero que Г©l encontraba sentadas con una decencia de maestras de canto en la penumbra de la oficina, se desnudaban como artistas, se acostaban en el divГЎn de peluche con las tiras del traje de baГ±o impresas en negativo de fotografГ­a sobre el pellejo tibio de melaza de oro, olГ­an a dentГ­fricos de mentol, a flores de frasco, acostadas junto al enorme buey de cemento que no quiso quitarse la ropa militar mientras yo trataba de alentarlo con mis recursos mГЎs caros hasta que Г©l se cansГі de padecer los apremios de aquella belleza alucinante de pescado muerto y le dije que ya estaba bien, hija, mГ©tete a monja, tan deprimido por su propia desidia que aquella noche al golpe de las ocho sorprendiГі a una de las mujeres encargadas de la ropa de los soldados y la derribГі de un zarpazo sobre las bateas del lavadero a pesar de que ella tratГі de escapar con el recurso de susto de que hoy no puedo general, crГ©amelo, estoy con el vampiro, pero Г©l la volteГі bocabajo en las tablas de lavar y la sembrГі al revГ©s con un Г­mpetu bГ­blico que la pobre mujer sintiГі en el alma con el crujido de la muerte y resollГі quГ© bГЎrbaro general, usted ha debido estudiar para burro, y Г©l se sintiГі mГЎs halagado con aquel gemido de dolor que con los ditirambos mГЎs frenГ©ticos de sus aduladores de oficio y le asignГі a la lavandera una pensiГіn vitalicia para la educaciГіn de sus hijos, volviГі a cantar despuГ©s de tantos aГ±os cuando les daba el pienso a las vacas en los establos de ordeГ±o, fГєlgida luna del mes de enero, cantaba, sin pensar en la muerte, porque ni aun en la Гєltima noche de su vida habГ­a de permitirse la flaqueza de pensar en algo que no fuera de sentido comГєn, volviГі a contar las vacas dos veces mientras cantaba eres la luz de mi sendero oscuro, eres mi estrella polar, y comprobГі que faltaban cuatro, volviГі al interior de la casa contando de paso las gallinas dormidas en las perchas de los virreyes, tapando las jaulas de los pГЎjaros dormidos que contaba al ponerles encima las fundas de lienzo, cuarenta y ocho, puso fuego a las bostas diseminadas por las vacas durante el dГ­a desde el vestГ­bulo hasta la sala de audiencias, se acordГі de una infancia remota que por primera vez era su propia imagen tiritando en el hielo del pГЎramo y la imagen de su madre BendiciГіn Alvarado que les arrebatГі a los buitres del muladar una tripa de carnero para el almuerzo, habГ­an dado las once cuando recorriГі otra vez la casa completa en sentido contrario alumbrГЎndose con la lГЎmpara mientras apagaba las luces hasta el vestГ­bulo, se vio a sГ­ mismo uno por uno hasta catorce generales repetidos caminando con una lГЎmpara en los espejos oscuros, vio una vaca despatarrada bocarriba en el fondo del espejo de la sala de mГєsica, vaca, vaca, dijo, estaba muerta, quГ© vaina, pasГі por los dormitorios de la guardia para decirles que habГ­a una vaca muerta dentro de un espejo, ordenГі que la saquen maГ±ana temprano, sin falta, antes de que la casa se nos llene de gallinazos, ordenГі, registrando con la luz las antiguas oficinas de la planta baja en busca de las otras vacas perdidas, eran tres, las buscГі en los retretes, debajo de las mesas, dentro de cada uno de los espejos, subiГі a la planta principal registrando los cuartos cuarto por cuarto y sГіlo encontrГі una gallina echada bajo el mosquitero de punto rosado de una novicia de otros tiempos cuyo nombre habГ­a olvidado, tomГі la cucharada de miel de abejas de antes de acostarse, volviГі a poner el frasco en el escondite donde habГ­a uno de sus papelitos con la fecha de algГєn aniversario del insigne poeta RubГ©n DarГ­o a quien Dios tenga en la silla mГЎs alta de su santo reino, volviГі a enrollar el papelito y lo dejГі en su sitio mientras rezaba de memoria la oraciГіn certera de padre y maestro mГЎgico lirГіforo celeste que mantienes a flote los aeroplanos en el aire y los trasatlГЎnticos en el mar, arrastrando sus grandes patas de desahuciado insomne a travГ©s de las Гєltimas albas fugaces de amaneceres verdes de las vueltas del faro, oГ­a los vientos en pena del mar que se fue, oГ­a la mГєsica del ГЎnima de una parranda de bodas en que estuvo a punto de morir por la espalda en un descuido de Dios, encontrГі una vaca extraviada y le cerrГі el paso sin tocarla, vaca, vaca, regresГі al dormitorio, iba viendo al pasar frente a las ventanas el paraco de luces de la ciudad sin mar en todas las ventanas, sintiГі el vapor caliente del misterio de sus entraГ±as, el arcano de su respiraciГіn unГЎnime, la contemplГі veintitrГ©s veces sin detenerse y padeciГі para siempre como siempre la incertidumbre del ocГ©ano vasto e inescrutable del pueblo dormido con la mano en el corazГіn, se supo aborrecido por quienes mГЎs lo amaban, se sintiГі alumbrado con velas de santos, sintiГі su nombre invocado para enderezar la suerte de las parturientas y cambiar el destino de los moribundos, sintiГі su memoria exaltada por los mismos que maldecГ­an a su madre cuando veГ­an los ojos taciturnos, los labios tristes, la mano de novia pensativa detrГЎs de los cristales de acero transparente de los tiempos remotos de la limusina sonГЎmbula y besГЎbamos la huella de su bota en el barro y le mandГЎbamos conjuros para una mala muerte en las noches de calor cuando veГ­amos desde los patios las luces errantes en las ventanas sin alma de la casa civil, nadie nos quiere, suspirГі, asomado al antiguo dormitorio de pajarera exangГјe pintora de oropГ©ndolas de su madre BendiciГіn Alvarado con el cuerpo sembrado de verdГ­n, que pase buena muerte, madre, le dijo, muy buena muerte, hijo, le contestГі ella en la cripta, eran las doce en punto cuando colgГі la lГЎmpara en el dintel herido en las entraГ±as por la torcedura mortal de los silbidos tenues del horror de la hernia, no habГ­a mГЎs ГЎmbito en el mundo que el de su dolor, pasГі los tres cerrojos del dormitorio por Гєltima vez, pasГі los tres pestillos, las tres aldabas, padeciГі el holocausto final de la micciГіn exigua en el excusado portГЎtil, se tirГі en el suelo pelado con el pantalГіn de manta cerril que usaba para estar en casa desde que puso tГ©rmino a las audiencias, con la camisa a rayas sin el cuello postizo y las pantuflas de invГЎlido, se tirГі bocabajo, con el brazo derecho doblado bajo la cabeza para que le sirviera de almohada, y se durmiГі en el acto, pero a las dos y diez despertГі con la mente varada y con la ropa embebida en un sudor pГЎlido y tibio de vГ­speras de ciclГіn, quiГ©n vive, preguntГі estremecido por la certidumbre de que alguien lo habГ­a llamado en el sueГ±o con un nombre que no era el suyo, Nicanor, y otra vez, Nicanor, alguien que tenГ­a la virtud de meterse en su cuarto sin quitar las aldabas porque entraba y salГ­a cuando querГ­a atravesando las paredes, y entonces la vio, era la muerte mi general, la suya, vestida con una tГєnica de harapos de fique de penitente, con el garabato de palo en la mano y el crГЎneo sembrado de retoГ±os de algas sepulcrales y flores de tierra en la fisura de los huesos y los ojos arcaicos y atГіnitos en las cuencas descarnadas, y sГіlo cuando la vio de cuerpo entero comprendiГі que lo hubiera llamado Nicanor Nicanor que es el nombre con que la muerte nos conoce a todos los hombres en el instante de morir, pero Г©l dijo que no, muerte, que todavГ­a no era su hora, que habГ­a de ser durante el sueГ±o en la penumbra de la oficina como estaba anunciado desde siempre en las aguas premonitorias de los lebrillos, pero ella replicГі que no, general, ha sido aquГ­, descalzo y con la ropa de menesteroso que llevaba puesta, aunque los que encontraron el cuerpo habГ­an de decir que fue en el suelo de la oficina con el uniforme de lienzo sin insignias y la espuela de oro en el talГіn izquierdo para no contrariar los augurios de sus pitonisas, habГ­a sido cuando menos lo quiso, cuando al cabo de tantos y tantos aГ±os de ilusiones estГ©riles habГ­a empezado a vislumbrar que no se vive, quГ© carajo, se sobrevive, se aprende demasiado tarde que hasta las vidas mГЎs dilatadas y Гєtiles no alcanzan para nada mГЎs que para aprender a vivir, habГ­a conocido su incapacidad de amor en el enigma de la palma de sus manos mudas y en las cifras invisibles de las barajas y habГ­a tratado de compensar aquel destino infame con el culto abrasador del vicio solitario del poder, se habГ­a hecho vГ­ctima de su secta para inmolarse en las llamas de aquel holocausto infinito, se habГ­a cebado en la falacia y el crimen, habГ­a medrado en la impiedad y el oprobio y se habГ­a sobrepuesto a su avaricia febril y al miedo congГ©nito sГіlo por conservar hasta el fin de los tiempos su bolita de vidrio en el puГ±o sin saber que era un vicio sin tГ©rmino cuya saciedad generaba su propio apetito hasta el fin de todos los tiempos mi general, habГ­a sabido desde sus orГ­genes que lo engaГ±aban para complacerlo, que le cobraban por adularlo, que reclutaban por la fuerza de las armas a las muchedumbres concentradas a su paso con gritos de jГєbilo y letreros venales de vida eterna al magnГ­fico que es mГЎs antiguo que su edad, pero aprendiГі a vivir con esas y con todas las miserias de la gloria a medida que descubrГ­a en el transcurso de sus aГ±os incontables que la mentira es mГЎs cГіmoda que la duda, mГЎs Гєtil que el amor, mГЎs perdurable que la verdad, habГ­a llegado sin asombro a la ficciГіn de ignominia de mandar sin poder, de ser exaltado sin gloria y de ser obedecido sin autoridad cuando se convenciГі en el reguero de hojas amarillas de su otoГ±o que nunca habГ­a de ser el dueГ±o de todo su poder, que estaba condenado a no conocer la vida sino por el revГ©s, condenado a descifrar las costuras y a corregir los hilos de la trama y los nudos de la urdimbre del gobelino de ilusiones de la realidad sin sospechar ni siquiera demasiado tarde que la Гєnica vida vivible era la de mostrar, la que nosotros veГ­amos de este lado que no era el suyo mi general, este lado de pobres donde estaba el reguero de hojas amarillas de nuestros incontables aГ±os de infortunio y nuestros instantes inasibles de felicidad, donde el amor estaba contaminado por los gГ©rmenes de la muerte pero era todo el amor mi general, donde usted mismo era apenas una visiГіn incierta de unos ojos de lГЎstima a travГ©s de los visillos polvorientos de la ventanilla de un tren, era apenas el temblor de unos labios taciturnos, el adiГіs fugitivo de un guante de raso de la mano de nadie de un anciano sin destino que nunca supimos quiГ©n fue, ni cГіmo fue, ni si fue apenas un infundio de la imaginaciГіn, un tirano de burlas que nunca supo dГіnde estaba el revГ©s y dГіnde estaba el derecho de esta vida que amГЎbamos con una pasiГіn insaciable que usted no se atreviГі ni siquiera a imaginar por miedo de saber lo que nosotros sabГ­amos de sobra que era ardua y efГ­mera pero que no habГ­a otra, general, porque nosotros sabГ­amos quiГ©nes Г©ramos mientras Г©l se quedГі sin saberlo para siempre con el dulce silbido de su potra de muerto viejo tronchado de raГ­z por el trancazo de la muerte, volando entre el rumor oscuro de las Гєltimas hojas heladas de su otoГ±o hacia la patria de tinieblas de la verdad del olvido, agarrado de miedo a los trapos de hilachas podridas del balandrГЎn de la muerte y ajeno a los clamores de las muchedumbres frenГ©ticas que se echaban a las calles cantando los himnos de jГєbilo de la noticia jubilosa de su muerte y ajeno para siempre jamГЎs a las mГєsicas de liberaciГіn y los cohetes de gozo y las campanas de gloria que anunciaron al mundo la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad habГ­a por fin terminado.


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