Размер шрифта:     
Гарнитура:GeorgiaVerdanaArial
Цвет фона:      
Режим чтения: F11  |  Добавить закладку: Ctrl+D
Следующая страница: Ctrl+→  |  Предыдущая страница: Ctrl+←
Показать все книги автора/авторов: Ayala Francisco
 

«Los usurpadores», Francisco Ayala

Иллюстрация к книге

PrГіlogo

Redactado por un periodista y archivero a peticiГіn del autor, su amigo

No es Г©sta la primera vez que un escritor ya reputado encarga a otro, menos conocido que Г©l, de presentar al pГєblico un libro nuevo. Que el autor del presente volumen, polГ­grafo cuya firma vienen repitiendo las prensas con frecuencia tal vez excesiva, haya recurrido a mГ­, oscuro periodista y archivero municipal de la ciudad de Coimbra, para que explique a sus lectores en un prГіlogo el significado de la obra de ficciГіn que aquГ­ les ofrece, es cosa desde luego que hace honor a nuestra vieja amistad; pero, al mismo tiempo que muestra su confianza para conmigo, revela cierta desconfianza hacia la perspicacia y, desde luego, la memoria de esos eventuales lectores, sin lo cual no me habrГ­a encomendado como principal misiГіn la de recordarles que sus primeras publicaciones -las de Francisco Ayala, quiero decir; ahГ­, en EspaГ±a, pronto harГЎ un cuarto de siglo- fueron como esta de ahora invenciones novelescas. No deja de ser cierto, sin embargo, que mi oficioso escrito resultarГ­a innecesario, de haber observado Г©l entre tanto, en su actuaciГіn de autor, el debido respeto para con el pГєblico. Un silencio, por dilatado que sea, en la producciГіn de un escritor, es cosa apenas vituperable, muchas veces plausible y digna de gratitud; pero lo que Ayala ha hecho: interpolar en estos decenios ensayos muy abundantes de teorГ­a polГ­tica y hasta un voluminoso Tratado de SociologГ­a, eso, por mГЎs que de vez en cuando templara tan ГЎridas lucubraciones con trabajos de crГ­tica literaria, no sГ© hasta quГ© punto pueda considerarse legГ­timo: perturba la imagen que el pГєblico tiene derecho a formarse -y mГЎs, hoy, en que prevalece el especialismo- de cualquiera que ante sГ­ desenvuelva su labor; y resulta duro en demasГ­a que quien ya parecГ­a adecuada, definitiva y satisfactoriamente catalogado como sociГіlogo salga ahora rompiendo de buenas a primeras su decorosa figura profesoral, a la que pertenecen muy precisos deberes, para presentarse otra vez, al cabo de los aГ±os, libremente, como narrador de novelas.

Pero él lo hace, y mi función no es censurarlo, sino tratar de poner en claro sus motivos e intenciones. Tampoco, a decir verdad, esta nueva, o renovada, manifestación literaria irrumpe tan de improviso; alguna de las narraciones que integran el libro se adelantó, en efecto, a tantear la publicidad en Buenos Aires hace un par de años, y no sin éxito. Alcanzó laudatorias repercusiones; hasta una de las primeras autoridades en las letras argentinas, J. L. B. estimó entonces ser El Hechizado "uno de los cuentos más memorables de las literaturas hispánicas”, y dijo por qué. Quisiera yo, a mi vez, explicar los rasgos internos que acierto a descubrir en Los usurpadores, libro cuyas diferentes piezas componen, en suma, una sola obra de bien trabada unidad, como creo que a primera vista podrá advertirse.

Su tema central -comГєn a todos los relatos- viene expresado ya en el tГ­tulo del volumen que los contiene, y pudiera formularse de esta manera: que el poder ejercido por el hombre sobre su prГіjimo es siempre una usurpaciГіn. Todos ellos giran, cada cual segГєn su Гіrbita, alrededor de ese hecho terrible y cotidiano: en San Juan de Dios el impulso para imponerse y dominar conduce, ciego, hacia la propia destrucciГіn, lo mismo que en Los Impostores, aun cuando aquГ­ el ansia no sea frustrada por obra de la propia violencia, sino por virtud de una justicia superior; y todavГ­a en El Doliente esa frustraciГіn proviene de la fragilidad del apoyo que a los deseos imperativos del hombre presta su flaca naturaleza. Esos deseos se nos presentan con El abrazo en el barbotar de la sangre misma, calientes, sucios, nauseabundos. En La campana de Huesca la renuncia -inevitable por principio- al poder adquiere el carГЎcter de un destino equГ­voco; y -cosa que tambiГ©n ahГ­ apunta, aunque de distinta manera- en El Hechizado, ese poder que en otros lugares se sorprende brotando con la palpitaciГіn obscena del puro vivir, se nos muestra muerto, hueco, en el esqueleto de un viejo Estado burocrГЎtico.

Notoriamente, la estructura toda de esta narración (la examinaré en primer lugar, porque, conocida sin duda de ciertos lectores, ofrece un buen punto de referencia inicial), la estructura, digo, de El Hechizado está dispuesta para conducir por su laberinto hasta el vacío del poder. Representa al Estado, imponente y sin alma; en último término, expresa también el desesperado abandono del hombre, la vanidad de sus afanes terrenales. Sé que el autor vaciló, antes de escribirla, en la elección del sujeto histórico, y que se decidió a favor del rey idiota después de haber considerado el asunto bajo las formas de zar loco, de interregno, y de sede vacante. La elección de Carlos II, el postrer vástago degenerado de una dinastía poderosísima, se me antoja bastante afortunada. Desde la periferia, una vida ajena, ignorada, taciturna, la del protagonista, se empeña fatigosamente en penetrar hacia el centro hueco del gran Imperio. Su punto de partida es fresco y natural: cumbres andinas, la madre, una religiosidad simple; mas, conforme el viajero se acerca al núcleo del poder soberano, las instancias se van haciendo más y más formalistas, duras, impenetrables, y la humanidad más seca: el supuesto narrador es un erudito; el preceptor, un fraile latino; hay un changador negro, un mendigo inválido, un confesor alemán, conserjes, pajes, extranjeros, burócratas… Y, por fin -única mujer que hace acto de presencia en la narración-, una enana es quien le introduce, mediante soborno, al sagrado de la majestad, donde el monarca imbécil se encuentra rodeado de bestezuelas diabólicas… Curiosa es la ambigüedad que titila en el título del relato: "el Hechizado" es, sin duda, Carlos II de España; pero lo es, no menos, el indio González Lobo que se obstina en alcanzar su presencia; y lo son igualmente las multitudes a su alrededor. En puridad, hechizados están cuantos se afanan por el poder, y así podría decirse sin inconveniente de todos los demás personajes que pueblan este libro; el Pastelero de Madrigal queda hechizado -y no se olvide que su madre comparece como una bruja: es traída en volandas, arrebujada en su manto de viuda-, queda hechizado formalmente al recibir en el cuenco de sus manos el oro con los sellos reales; pero ¿no lo estaba a su vez el demoníaco rey don Sebastián, arrastrado a tan locas empresas? Y el Doliente en su cama, y los nobles al acecho; y los fratricidas hijos del rey Alfonso; y el irresoluto Ramiro; y los caballeros granadinos, enconados entre sí… Pero de análoga manera podría extenderse a todos ellos el título de impostores, pues también los legítimos dominadores usurpan su poder -non est potestas nisi a Deo- y deben cargar con él como con una abrumadora culpa. Y asimismo, ser tenidos todos ellos por dolientes, pues que todos adolecen de la debilidad común a la condición humana.

AsГ­, las seis novelas, a las que tan honda unidad de sentido anima, se intercomunican de diversas maneras, enlazando y modulando sus temas respectivos, consienten ser barajadas, ordenadas y reagrupadas, como una mano de naipes, en conexiones vanas. Apuntada quedГі la intuiciГіn capital de El Hechizado: el Estado, como estructura de un poder vacГ­o. Esa intuiciГіn se encuentra tambiГ©n en La campana de Huesca, donde un testamento asombroso ha dejado el trono vacante en administraciГіn de las Гіrdenes militares, y donde el cetro va a las manos de un prГ­ncipe que no lo apetece. Tampoco el Doliente es capaz de ejercer el poder real en Castilla. El reino de Portugal ha caГ­do cautivo con la pГ©rdida de don SebastiГЎn. Y otro tanto ocurre con el reino moro de Granada, cuyas estirpes prolongan la discordia que lo ha hundido. En conjunto, aquella idea de la organizaciГіn del poder, evacuado ya de la vida que lo erigiera, se opone en significativo contraste con la violencia elemental de El abrazo, donde se entreverГЎn los sentimientos de toda una parentela movida por la ambiciГіn, los celos, el resentimiento, en fin, las pasiones mГЎs crudas. Esta historia de fratricidio intentГі primero titularse Los hermanos y, segГєn me consta, sin sombra de ironГ­a: presentan las fuentes naturales de la discordia, tan mezclada al amor en la sangre, y de los impulsos dominadores, es decir, el polo opuesto al orden jurГ­dico y burocrГЎtico del Estado. Pero su idea se encuentra tambiГ©n en las demГЎs novelas. No sГіlo en San Juan de Dios -que, a su vez, hubiera podido llamarse tambiГ©n Los hermanos, y pienso que con mejor tГ­tulo, pues se trata ahГ­, al mismo tiempo, de hermanos en la sangre y hermanos del instituto de San Juan de Dios-; no sГіlo en El Doliente, cuya invalidez fГ­sica envidia la fortaleza del hermano de leche, mentalmente invГЎlido; sino en la propia Campana de Huesca, donde la primogenitura impГЎvida de un infante ha descorazonado al otro, y quiere anularlo mГЎs allГЎ de la muerte (Г©l, transforma aquГ­ el odio resentido en renunciaciГіn); y hasta en El Hechizado mismo, que hace moverse al postulante en viaje a la Corte, impulsado por la nostalgia de un padre poderoso y desconocido. Y conviene notar que a los seres humanos sometidos a la experiencia del poder no los encierra inexorablemente el autor entre los extremos de la organizaciГіn frГ­a y desalmada por un lado y, por el otro, los elementales movimientos del ГЎnimo. Si la renuncia al mundo es en La campana de Huesca mera flojedad y piedad falsa, en San Juan de Dios es caridad ardiente. Con ello, las novelas, que han aspirado en conjunto a ofrecer ejemplaridad, entreabren un cauce piadoso a la naturaleza humana para salvarse de la desesperaciГіn.

Con todo, el emplazamiento de una acción en el tiempo histórico tiene sus exigencias, y una de ellas es la adecuación del lenguaje -con lo que se esboza el peligro para el autor de incurrir en pastiche, de realizar arqueología idiomática. El recurso a que algunos modernos acostumbran echar mano para eludirlo es imprimir al tratamiento de sus materiales -muchas veces, depurados con notable esfuerzo erudito- un sesgo de ironía, cuando no sazonarlos de humorísticos anacronismos. Guiño sutil o burlesco al lector, que no obedece tanto a una necesidad interna de la obra como a la experimentada por quien la estribe de salvaguardarse contra la sospecha de pedantería o de inocente romanticismo, y que si la liga con la actualidad es de modo artificioso y externo, aun cuando no por eso desprovisto de mérito. El autor de este libro ha desdeñado tan seguro recurso; prefirió, sin disfrazar su estilo espontáneo, darle a cada relato una moderada inflexión de época, que sugiera pero no imite; y, desde luego, se ha abstenido de introducir arcaísmos de diccionario. Así, por ejemplo, a la atmósfera agitada, patética, del San Juan de Dios corresponde cierto énfasis verbal, a cargo sobre todo de los discursos proferidos por uno y otro caballeros para trazar, directa, dramática, la historia de su rivalidad y de su apasionada lucha. Enfático es también el modo como se muestran en su curso las señales del destino -el castigo de las manos violentas, amputadas por el acero; el de las manos lúbricas, forzadas a palpar, muerta, la carne cuyo calor habían profanado-, entre tantos otros contrastes como la novela ofrece. Pero ese tono levantado destaca en ella sobre el doble marco de la simple, directa y a veces brutal naturalidad del muchacho, y la oscura efusión piadosa del santo, no libre de alguna malicia villana. Por otra parte, la presentación de toda la trama a partir de una vieja pintura aleja y encuadra la narración convenientemente. Y si de ahí pasamos a El Hechizado, hallaremos, en cambio, un lenguaje cuya sobriedad toca en pobreza: los sentimientos deben permanecer ocultos, omisos; se prohíbe todo esplendor verbal por el orden del que se despliega a ratos -ahí sí- en Los impostores, donde el lenguaje barroco recubre, dándole formas hechas, tanto a los impulsos de la desbocada ambición como a un tierno enamoro doncellil, obligado a manifestarse a través de las recargadas fórmulas impuestas por una alta cultura. ¿Qué más cabría decir? El lector reparará sin ajena ayuda en cómo los requerimientos internos de cada relato han determinado la técnica de su desarrollo literario: el vago aire de crónica en La campana de Huesca; compostura erudita en El Hechizado; un ritmo muy variado en Los impostores, desde la majestad hasta el ludibrio; los cambios de perspectiva en El Doliente, donde se pasa desde el monólogo del desvalido enfermo a las charlas de sus bajos servidores para volver al frustrado escarmiento dispuesto por el rey; comprobará que si la naturaleza minada de éste le impide imponerse, el mismo efecto producirá en el obispo su exuberante naturaleza; observará en El abrazo el juego bárbaro de pasiones viscerales a través del ojo astuto, clarividente, de un cortesano y partidario, incapaz, no obstante su habilidad y buen sentido, de encauzar los sucesores de modo razonable; y quizá cuando lo siente rememorar ciertas escenas muy íntimas del rey con su querida se pregunte cómo podría el viejo favorito conocerlas así tan al detalle…

Doy por terminado con esto mi cometido. ConsistГ­a en explicar, por encargo del autor, las intenciones latentes de su libro, no en juzgar hasta quГ© punto ha sabido realizarlas bajo forma artГ­stica: para ello, nuestra demasiado estrecha amistad me inhabilita. Sea, pues, el lector quien, por su cuenta y riesgo lo compruebe.

F. de Paula A. G. Duarte

Coimbra, primavera de 1948.

En 1950, despuГ©s de publicado el volumen de Los usurpadores, escribГ­ todavГ­a una historia mГЎs, la de El inquisidor, perteneciente a la misma vena, que yo habГ­a creГ­do agotada, pero que aГєn dio ese fruto tardГ­o. Ahora queda incorporada al ciclo donde corresponde.

 

F. A.

San Juan de Dios

De rodillas junto al catre, en el rostro las ansias de la muerte, crispadas las manos sobre el mástil de un crucifijo -aún me parece estar viendo, escuálido y verdoso, el perfil del santo. Lo veo todavía: allá en mi casa natal, en el testero de la sala grande. Aunque muy sombrío, era un cuadro hermoso con sus ocres, y sus negros, y sus cárdenos, y aquel ramalazo de luz agria, tan débil que apenas conseguía destacar en medio del lienzo la humillada imagen… Ha pasado tiempo. Ha pasado mucho tiempo: acontecimientos memorables, imprevistas mutaciones y experiencias horribles. Pero tras la tupida trama del orgullo y honor, miserias, ambiciones, anhelos, tras la ignominia y el odio y el perdón con su olvido, esa imagen inmóvil, esa escena mortal, permanece fija, nítida, en el fondo de la memoria, con el mismo oscuro silencio que tanto asombraba a nuestra niñez cuando apenas sabíamos nada todavía de este bendito Juan de Dios, soldado de nación portuguesa, que -una tarde del mes de junio, hace de esto más de cuatro siglos- llegara como extranjero a las puertas de la ciudad donde ahora se le venera, para convertirse, tras no pocas penalidades, en el santo cuya muerte ejemplar quiso la mano de un artista desconocido perpetuar para renovada edificación de las generaciones, y acerca de cuya vida voy a escribir yo ahora.

Hace, pues, como digo, más de cuatrocientos años (no mucho después de que el reino moro, dividido en facciones, desgarrado en la interminable quimera de sus linajes, se entregara como provincia a la corona de los Reyes Católicos), este Juan de Dios, mozo ya avejentado y taciturno, enjuto de cuerpo, enrojecidos los párpados por el polvo de la costa, entró a servir en la guarnición de la plaza. Por aquel entonces, todavía el encono de las recíprocas ofensas y los rencores de familia no cedían en Granada a la nostalgia de una magnificencia recién perdida. Gómeles y Zegríes habían tenido que abandonar la tierra; los Gazules, los nobles Abencerrajes, recuperaron en cambio sus bienes, recibiendo mandos militares en las compañías cristianas, cargos concejiles en la ciudad. Pero la violencia -esa misma violencia que, más tarde, habría de derramarse a borbotones desde las cumbres alpujarreñas para escaldar la piel de España entera en la cruel rebelión de los moriscos- ahora, sofocada aún su furia, resollaba y gruñía en todos los rincones. A la saña de los antiguos partidos había venido a agregarse la desconcertada animadversión y el temor hacia las gentes intrusas llegadas con el poder nuevo. Y así, cada mañana, las calles y plazas famosas de Granada, las riberas del río, amanecían sucias con los cadáveres que la turbia noche vomitaba…

En medio de estas banderías civiles que doblan el odio de disimulo y la ferocidad de alevosía, supo nuestro Juan de Dios hallar su vocación de santo. La encontró – ¿quién era él, el pobre, sino un simple soldado?- a través de la palabra docta, ardiente y florida de aquel varón virtuoso e ilustre, Juan de Ávila, más tarde beatificado por la Iglesia, el cual, secundando la política cristiana de Sus Majestades, predicaba por entonces a los granadinos el Evangelio, con invectivas, apostrofes y amenazas que, como granos de sal, crepitaban al derramarse sobre tanto fuego. El fervor de uno de sus sermones fue, al parecer, lo que hizo a Juan abandonar el servicio de las armas, repartir sus pertenencias entre los pobres y, adquirido para sí el bien de la pobreza, consagrar su vida al alivio de pesadumbres ajenas.

Cuentan que obedeció para ello a un impulso repentino: la voz del predicador, que tantas veces había oído distraídamente, le taladró ésta los oídos y le escaldó el pecho, invadiéndole con repentino espanto. Estaba -cuentan- perdido ahí entre los fieles, recogido, acurrucado, ausente la imaginación, cuando de improviso sintió que le asaltaba una rara evidencia, tan rara, en verdad, que tardaría un buen rato en rendirse a ella: la evidencia 'de que el Espíritu Santo se estaba dirigiendo personalmente a su olvidada insignificancia, y que los trémolos patéticos de su voz le increpaban a él, a él en particular, a Juan, desde el pulpito del orador… Por lo que uno de sus discípulos -empeñado más tarde en recoger de los labios reacios del santo algún detalle de esta revelación- dejara escrito, sabemos cómo el corazón le había dado un vuelco al apercibirse -eran sus palabras mismas- de que estaba descubierto. Fue, parece, una especie de sobresaltado despertar. Despertaba, sí, ahí, en aquel rincón umbrío, al pie de la columna, bajo el dedo acusador del padre… Quiso entonces poner atención, y apenas si podía, al comienzo, distinguir el sentido de sus atronadoras frases; pero sentía, ineludible, el índice tieso que le apuntaba sin vacilar, a él, precisamente a él, arrodillado allí entre tantos y tantos, señalándolo en medio del rebaño, distinguiéndole, sin que le valiera de nada su intento de disimular, fingir inocencia y hacerse el desentendido: dispuesto a engancharlo, a extraerlo del suelo, izarlo en el aire y -suspendido en medio de aquella luz lechosa que, desde arriba, atravesaba el crucero del templo- exponerlo como un guiñapo al ludibrio, el dedo inexorable volvía sobre su triste insignificancia una vez y otra, irritado, encarnizado, sañudo.

Juan humilló la cabeza y, con ella baja, pudo ahora entresacar algo, alguna que otra frase centelleante, en la abundancia del orador. «A ti me dirijo -clamaba-, a ti, cristiano viejo, que has sucumbido…» Juan de Dios, cristiano viejo del reino de Portugal, había sucumbido, y rodaba por el áspero despeñadero en que cada nuevo paso conduce hacia la oscura sima. Por las puertas de la carne se le había entrado en el alma el pecado mortal. Y así, entregado en cuerpo y alma al halago de las costumbres moriscas, apegado como gozque inmundo a los enemigos de la fe, su criminal amistad le había hecho oír en silencio, de sus bocas venenosas y dulces, atroces burlas contra Nuestro Señor y su Iglesia. Lejos de salir en defensa del verdadero Dios -antes se hubiera avergonzado de confesarlo- había oído las infamias mansamente, con falsas, cobardes sonrisas… Y ¿cuánto tiempo no había vivido en semejante abyección, revolcándose en las flores podridas de aquella ciénaga? «¡Ah, cuan largo, horrible sueño engañoso! Muchos son los que en medio del sueño fenecen. ¡Despierta tú! ¡Despierta, cristiano!…»


Еще несколько книг в жанре «Классическая проза»

Затеряный мир, Роберт Давид Читать →