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«La Ciudad De Los Prodigios», Eduardo Mendoza

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Cuando el espГ­ritu inmundo sale del hombre,

anda vagando por lugares ГЎridos,

en busca de reposo; y al no encontrarlo dice:

Me volverГ© a mi casa, de donde salГ­.

Y al llegar la encuentra barrida y en orden.

Entonces va y toma otros siete espГ­ritus peores que Г©l;

entran y se instalan allГ­,

y el final de aquel hombre viene a ser peor que el principio.

 

CapГ­tulo I

1

El aГ±o en que Onofre Bouvila llegГі a Barcelona la ciudad estaba en plena fiebre de renovaciГіn. Esta ciudad estГЎ situada en el valle que dejan las montaГ±as de la cadena costera al retirarse un poco hacia el interior, entre Malgrat y Garraf, que de este modo forman una especie de anfiteatro. AllГ­ el clima es templado y sin altibajos: los cielos suelen ser claros y luminosos; las nubes, pocas, y aun Г©stas blancas; la presiГіn atmosfГ©rica es estable; la lluvia, escasa, pero traicionera y torrencial a veces. Aunque es discutida por unos y otros, la opiniГіn dominante atribuye la fundaciГіn primera y segunda de Barcelona a los fenicios. Al menos sabemos que entra en la Historia como colonia de Cartago, a su vez aliada de SidГіn y Tiro. EstГЎ probado que los elefantes de AnГ­bal se detuvieron a beber y triscar en las riberas del BesГіs o del Llobregat camino de los Alpes, donde el frГ­o y el terreno accidentado los diezmarГ­an. Los primeros barceloneses quedaron maravillados a la vista de aquellos animales. Hay que ver quГ© colmillos, quГ© orejas, quГ© trompa o proboscis, se decГ­an. Este asombro compartido y los comentarios ulteriores, que duraron muchos aГ±os, hicieron germinar la identidad de Barcelona como nГєcleo urbano; extraviada luego, los barceloneses del siglo XIX se afanarГ­an por recobrar esa identidad. A los fenicios siguieron los griegos y los layetanos. Los primeros dejaron de su paso residuos artesanales; a los segundos debemos dos rasgos distintivos de la raza, segГєn los etnГіlogos: la tendencia de los catalanes a ladear la cabeza hacia la izquierda cuando hacen como que escuchan y la propensiГіn de los hombres a criar pelos largos en los orificios nasales. Los layetanos, de los que sabemos poco, se alimentaban principalmente de un derivado lГЎcteo que unas veces aparece mencionado como "suero" y otras como "limonada" y que no diferГ­a mucho del "yogur" actual. Con todo, son los romanos quienes imprimen a Barcelona su carГЎcter de ciudad, los que la estructuran de modo definitivo; este modo, que serГ­a ocioso pormenorizar, marcarГЎ su evoluciГіn posterior. Todo indica, sin embargo, que los romanos sentГ­an un desdГ©n altivo por Barcelona. No parecГ­a interesarles ni por razones estratГ©gicas ni por afinidades de otro tipo. En el aГ±o 63 a. de J.C. un tal Mucio Alejandrino, pretor, escribe a su suegro y valedor en Roma lamentГЎndose de haber sido destinado a Barcelona: Г©l habГ­a solicitado plaza en la fastuosa Bilbilis Augusta, la actual Calatayud. AtaГєlfo es el reyezuelo godo que la conquista y permanece goda hasta que los sarracenos la toman sin lucha el aГ±o 717 de nuestra era. De acuerdo con sus hГЎbitos, los moros se limitan a convertir la catedral (no la que admiramos hoy, sino otra mГЎs antigua, levantada en otro sitio, escenario de muchas conversiones y martirios) en mezquita y no hacen mГЎs. Los franceses la recuperan para la fe el 785 y dos siglos justos mГЎs tarde, el 985, de nuevo para el Islam Almanzor o Al-Mansur, el Piadoso, el Despiadado, el Que SГіlo Tiene Tres Dientes. Conquistas y reconquistas influyen en el grosor y complejidad de sus murallas. Encorsetada entre baluartes y fortificaciones concГ©ntricas, sus calles se vuelven cada vez mГЎs sinuosas; esto atrae a los hebreos cabalistas de Gerona, que fundan sucursales de su secta allГ­ y cavan pasadizos que conducen a sanedrines secretos y a piscinas probГЎticas descubiertas en el siglo XX al hacer el metro. En los dinteles de piedra del barrio viejo se pueden leer aГєn garabatos que son contraseГ±as para los iniciados, fГіrmulas para lograr lo impensable, etcГ©tera. Luego la ciudad conoce aГ±os de esplendor y siglos opacos.

 

– Aquí estará usted muy bien, ya lo verá. Las habitaciones no son amplias, pero tienen muy buena ventilación y en punto a limpieza, no se puede pedir más. La comida es sencilla, pero nutritiva -dijo el dueño de la pensión. Esta pensión, a la que Onofre Bouvila fue a parar apenas llegó a Barcelona, estaba situada en el carreró del Xup. Este carreró, cuyo nombre podría traducirse por "callejuela del aljibe", iniciaba a poco de su arranque una cuesta suave que se iba acentuando hasta formar dos peldaños, continuar en un rellano y morir escasos metros más adelante contra un muro asentado sobre los restos de una muralla antigua, quizá romana. De este muro manaba constantemente un líquido espeso y negro que a lo largo de los siglos había redondeado, pulido y abrillantado los peldaños que había en el callejón; por ello estos peldaños se habían vuelto resbaladizos. Luego el reguero discurría cuesta abajo por un surco paralelo al bordillo de la acera y se sumía con gorgoteos intermitentes en la boca de avenamiento que se abría en el cruce con la calle de la Manga (antes de la Pera), única vía que daba entrada al carreró del Xup. Esta última calle, por todos los conceptos desangelada y fea, podía ufanarse (si bien otros rincones del barrio le disputaban ese honor dudoso)

de haber sido teatro de este suceso cruel: la ejecuciГіn sobre la muralla romana de santa Leocricia. Esta santa, probablemente anterior a la otra santa Leocricia, la de CГіrdoba, figura en las hagiografГ­as como santa Leocricia unas veces y otras como Leocratia o Locatis. Era oriunda de Barcelona o de sus proximidades e hija de un cardador de lana; se convirtiГі al cristianismo de muy niГ±a. Su padre la casГі sin quererlo ella con un Tiburcio o Tiburcino, cuestor. Movida por su fe, Leocracia repartiГі los bienes de su marido entre los pobres y emancipГі a los esclavos. El marido, sin cuyo consentimiento habГ­a obrado, montГі en cГіlera. Por haber hecho esto y por no abjurar de su religiГіn fue decapitada en el punto dicho. La leyenda agrega que su cabeza rodГі por la pendiente y no parГі de rodar, doblando esquinas, cruzando calles y sembrando el terror entre los viandantes hasta caer al mar, donde un delfГ­n u otro pez grande se la llevГі. Su fiesta se celebra el 27 de enero. A finales del siglo pasado habГ­a una pensiГіn en el rellano superior del callejГіn. Era un establecimiento de condiciГіn muy discreta, aunque no exento de pretensiones por parte de sus dueГ±os. El vestГ­bulo era pequeГ±o: sГіlo cabГ­an allГ­ un mostrador de madera clara con su escribanГ­a de latГіn y su libro-registro, siempre abierto para que quien lo deseara pudiera comprobar la legalidad del negocio recorriendo con los ojos, a la luz mortecina de un velГіn, la lista de apodos y seudГіnimos que constituГ­a la nГіmina del hospedaje, y el cubil de un barbero, un paragГјero de loza y una efigie de san CristГіbal, patrГіn de los viajeros antes de serlo, como es hoy, de los automovilistas. DetrГЎs del mostrador se sentaba a todas horas la seГ±ora Agata. Era una seГ±ora obesa, medio calva y de aspecto apagado; habrГ­a pasado por muerta si sus dolencias, que la obligaban a tener los pies sumergidos en un barreГ±o de agua tibia, no la hubiesen hecho exclamar de cuando en cuando: Delfina, la jofaina. Cuando el agua se enfriaba revivГ­a para decir eso. Entonces su hija vertГ­a en el barreГ±o el agua humeante que traГ­a en un cazo. A fuerza de echarle cazos al barreГ±o, el agua amenazaba con derramarse e inundar el vestГ­bulo. Este peligro, sin embargo, no parecГ­a inquietar al dueГ±o de la pensiГіn, a quien todos llamaban el seГ±or Braulio. Con Г©l mantuvo Onofre Bouvila aquella primera entrevista. En realidad, si la pensiГіn estuviera mejor situada podrГ­a pasar por un hotelito de ciertas campanillas -siguiГі diciendo aquГ©l. El seГ±or Braulio, marido de la seГ±ora Agata y padre de Delfina, era un caballero de estatura aventajada y facciones regulares, dotado de cierta distinciГіn amanerada. En la pensiГіn delegaba en su esposa y en su hija todas las funciones. Dedicaba la mayor parte de la jornada a leer la prensa diaria y a comentar las noticias con los huГ©spedes fijos de la pensiГіn. Las novedades le encandilaban y como la Г©poca era generosa en invenciones las horas se le iban en decir ВЎoh! y ВЎah! De cuando en cuando, como si alguien le instase a ello con vehemencia, arrojaba el periГіdico y exclamaba: Voy a ver cГіmo anda el tiempo. SalГ­a a la calle y escudriГ±aba el cielo. Luego volvГ­a a entrar y anunciaba: Despejado, o: nuboso, fresquito, etcГ©tera. No se le conocГ­a otra actividad-. Es este barrio ruin lo que nos obliga a poner unos precios muy por debajo de la categorГ­a del establecimiento -se lamentГі. Luego levantГі un dedo admonitorio-: Sin embargo, tenemos mucho cuidado al seleccionar nuestra clientela.

ВїHabrГЎ en este comentario una crГ­tica velada a mi apariencia?, pensГі Onofre Bouvila al oГ­r lo que decГ­a el seГ±or Braulio. Aunque la actitud cordial del fondista parecГ­a desmentir esta suposiciГіn, la susceptibilidad de Onofre Bouvila estaba plenamente justificada: pese a su corta edad se advertГ­a a simple vista que era bajo; en cambio era ancho de espaldas. TenГ­a la piel cetrina, las facciones diminutas y toscas y el pelo negro, ensortijado. TraГ­a la ropa apedazada, hecha un rebujo y bastante sucia: todo indicaba que habГ­a estado viajando varios dГ­as con ella puesta y que no tenГ­a otra, salvo quizГЎ una muda en el hatillo que habГ­a dejado sobre el mostrador al entrar y al que ahora dirigГ­a continuamente miradas furtivas. En estas ocasiones el seГ±or Braulio experimentaba un alivio. Luego la mirada del muchacho se clavaba otra vez en Г©l y se sentГ­a de nuevo inquieto. Hay algo en sus ojos que me crispa los nervios, se dijo el fondista. Bah, serГЎ lo de siempre: el hambre, el desconcierto y el miedo, pensГі luego. HabГ­a visto llegar a mucha gente en las mismas condiciones: la ciudad no cesaba de crecer. Uno mГЎs, pensГі, una sardina diminuta que la ballena se tragarГЎ sin darse cuenta. El resquemor del seГ±or Braulio se transformГі en ternura. Es casi un niГ±o y estГЎ desesperado, se dijo.

– ¿Y puedo preguntarle, señor Bouvila, cuál es el motivo de su presencia en Barcelona? -concluyó diciendo. Con esta fórmula enrevesada se proponía causar una gran impresión en el muchacho. Éste, efectivamente, se quedó mudo unos instantes:

ni siquiera habГ­a entendido bien la pregunta.

– Busco colocación -respondió con aire cohibido. A continuación volvió a clavar en el fondista su mirada incisiva, temeroso de que de su respuesta pudiera seguirse algo perjudicial para él. Pero el señor Braulio ya tenía la mente puesta en otra cosa y apenas si le prestaba atención.

– ¡Ah, qué bien -se limitó a decir, sacudiéndose una mota que ensuciaba la hombrera de su paletó. Onofre Bouvila le agradeció en su fuero interno esta indiferencia. Su origen le resultaba vergonzoso y por nada del mundo habría querido revelar la razón que le había impulsado a dejarlo todo, a venir a Barcelona desesperadamente.

 

Onofre Bouvila no habГ­a nacido, como algunos dijeron luego, en la CataluГ±a prГіspera, clara, jovial y algo cursi que baГ±a el mar, sino en la CataluГ±a agreste, sombrГ­a y brutal que se extiende al sudoeste de la cordillera pirenaica, corre a ambas vertientes de la sierra del CadГ­ y se allana donde el Segre, que la riega en la primera parte de su recorrido y recibe allГ­ sus afluentes principales, se une al Noguera Pallaresa y emprende la Гєltima etapa de su vida para ir a morir en el Ebro en Mequinenza. En las tierras bajas los rГ­os son de curso rГЎpido y fuertes crecidas anuales, en la primavera; al retirarse las aguas las tierras inundadas se convierten en marjales insanos pero fГ©rtiles, infestados de serpientes y buenos para la caza. Son zonas Г©stas de nieblas cerradas y bosques densos, propicias a las supersticiones. En efecto, nadie se habrГ­a adentrado en esas nieblas tenebrosas en determinados dГ­as del aГ±o; en esas fechas precisas podГ­an oГ­rse taГ±er campanas donde no habГ­a iglesias ni ermitas y voces y risotadas entre los ГЎrboles y a veces ver vacas muertas bailar sardanas: el que veГ­a y oГ­a estas cosas enloquecГ­a de fijo. Las montaГ±as que rodeaban estos valles eran escarpadas y estaban cubiertas de nieve casi todo el aГ±o.

AllГ­ las casas estaban construidas sobre estacas de madera, el sistema de vida era tribal y los hombres del lugar, rudos y ariscos, aГєn usaban pieles como parte de su indumentaria.

Estos hombres sГіlo bajaban a los valles con el deshielo, a buscar novia en las fiestas de la vendimia o la matanza del cerdo. En estas ocasiones taГ±Г­an flautas de hueso y ejecutaban una danza que remedaba los saltos del carnero. ComГ­an sin cesar pan con queso y bebГ­an vino rebajado con aceite y agua.

En las cimas de las montaГ±as vivГ­an unos individuos aГєn mГЎs rudos: no bajaban jamГЎs a los valles y su Гєnica ocupaciГіn parece haber sido la prГЎctica de una especie de lucha grecorromana. Las gentes del valle eran mГЎs civilizadas; vivГ­an de la viГ±a, el olivo, el maГ­z (para las bestias) y algunos frutales, la ganaderГ­a y la miel. En esa zona se habГ­an contabilizado a principios de este siglo 25.000 tipos distintos de abeja, de los que hoy sГіlo perduran 5 o 6.000.

AllГ­ cazaban el gamo, el jabalГ­, el conejo de monte y la perdiz; tambiГ©n la zorra, la comadreja y el tejГіn, para defenderse de sus constantes incursiones. En los rГ­os pescaban la trucha "a la mosca"; en esto eran muy hГЎbiles. ComГ­an bien:


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