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«La espada de San Jorge», David Camus

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Para Robert

El proverbio del villano nos enseГ±a que

a menudo aquello que se desdeГ±a vale

mГЎs de lo que se cree.

ChrГ©tien de Troyes,

Erec y Enid

 

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*  *  *

I

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*  *  *

1

Cercana estГЎ ya, pronto llegarГЎ la hora,

en que deberГ©is dar a luz y libraros

de vuestro hijo.

ChrГ©tien de Troyes,

Guillermo de Inglaterra

 

Todo empezГі, no en esa trГЎgica noche en la que unos caballeros -unos cruzados- atacaron a tus padres, sino una decena de aГ±os atrГЎs. E incluso un poco antes, si se considera que la vida empieza antes del nacimiento, lo que en tu caso es, indudablemente, cierto.

Tu padre y tu madre no tenГ­an hijos, no conseguГ­an tenerlos, y no hallaban consuelo. Una noche, despuГ©s de un largo y fabuloso periplo, durante el cual recorriГі el mundo entero, tu padre volviГі por fin a casa. Con un puГ±ado de hierbas desconocidas que traГ­a de su viaje, preparГі un caldo para su mujer. Unas semanas mГЎs tarde, tu madre dejГі de menstruar.

Estaba encinta. Los dos se alegraron con la noticia; mientras tu madre se acariciaba el vientre, su esposo posГі la oreja en Г©l, acechando los primeros signos de vida, y lo cubriГі de besos -porque tu padre era un hombre amoroso, muy diferente a los otros que conozco.

Todo iba perfectamente y el alumbramiento estaba previsto para Navidad, pero, a principios de otoГ±o, tu madre dijo:

– He tenido un sueño.

– Yo también -dijo tu padre-. He soñado con nuestros hijos.

– Eran dos -dijo tu madre.

– No -dijo tu padre-. Son dos. Unas criaturas rebosantes de salud, que nos llenarán de alegría y orgullo.

Tu madre sonriГі, pero con una sonrisa extraГ±amente apagada, enigmГЎtica. ВїPresentГ­a tal vez lo que iba a ocurrir? Es posible. Dos meses antes de salir de cuentas, sintiГі nГЎuseas. VomitГі la cena, y con ella coГЎgulos de sangre. Un olor nauseabundo llenГі la habitaciГіn, y tu padre anunciГі, inquieto:

– Voy a buscar al cirujano barbero.

El cirujano. Conllevaba cierto riesgo; pero era lo mejor que había: los verdaderos médicos estaban demasiado lejos; además, nunca se desplazaban por gente como tus padres…

De modo que tu padre se fue. Era de noche. Soplaba el viento, anunciando uno de esos inviernos implacables en los que los lobos acechan en busca de cualquier presa.

Nunca deberГ­a haber salido. Pero por vosotros dos se enfrentГі con los lobos y sus dentelladas, abriГ©ndose paso entre sus cuerpos esquelГ©ticos con ayuda de una daga. Finalmente llegГі a la morada del cirujano. AllГ­, tras muchos ruegos, y gracias a que en su fragua escondГ­a un poco de dinero y algunas hierbas valiosas, consiguiГі convencerlo de que le acompaГ±ara a vuestra casa, y el viaje de vuelta se desarrollГі como el de la ida. El cirujano examinГі a tu madre, le palpГі el vientre y deslizГі la mano entre sus muslos; luego, con expresiГіn grave, fue a buscar a tu padre. No querГ­a que tu madre oyera lo que tenГ­a que decirle, de modo que murmurГі:

– El trabajo ya ha empezado…

Pero antes de que tu padre tuviera tiempo de alegrarse, el cirujano se apresurГі a aГ±adir:

– Olvidaos de vuestros hijos, o vuestra esposa morirá.

Desde el lecho donde estaba tendida tu madre les llegó un lamento, un largo gemido. «¡Nooo! -gritaba-. ¡Nooo!»

ВїLo sabГ­a? ВїTenГ­a un oГ­do increГ­blemente fino? ВїO sentГ­a en su carne que se estaba decidiendo el destino de sus hijos? El caso es que tu padre se acercГі a su mujer y, cogiГ©ndole la mano, le hizo esta promesa:

– ¡No los abandonaré! ¡Nunca!

Luego se volviГі hacia el cirujano y le implorГі:

– Salvadlos. ¡Os daré más oro del que un rey podría soñar!

– ¡Pero si apenas tenéis nada!

– Fui rico, en otro tiempo… -La voz de tu padre se volvió más grave y añadió-: Si es preciso, por mis hijos volvería a mi antiguo oficio.

Sin saber a quГ© se referГ­a, el cirujano se acariciГі su barba de chivo.

– Por desgracia, el problema no es el oro… -dijo con un suspiro.

– Pues ¿cuál es? -preguntó tu padre.

– El problema… -dijo el cirujano en voz baja, casi avergonzado-, el problema es Dios…

Antes de que tu padre tuviera tiempo de responder, tu madre exclamГі con una voz cargada de odio:

– ¡Olvidad a Dios! ¡Hacedlo! ¡Haced lo que haga falta, tomad mi vida, pero, por piedad, salvadlos! Qué me importa la condenación… De todos modos ya estamos condenados.

Luego se desvaneciГі.

El cirujano, profundamente conmovido por el desamparo y el valor de aquella pareja, posГі las manos sobre los hombros de tu padre y le dijo:

– Nunca he practicado lo que ahora voy a proponeros. Solo conozco la teoría, y vuestra mujer puede morir, así como vuestros dos hijos. ¿Estáis dispuesto a correr ese riesgo?

– Sí -respondió tu padre-. Estamos dispuestos. Los cuatro.

E insistiГі en esta Гєltima palabra, porque para Г©l ya erais cuatro, los cuatro miembros de una familia.


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