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Показать все книги автора/авторов: Fuentes Carlos
 

«La Frontera De Cristal», Carlos Fuentes

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(Una Novela En Nueve Cuentos)

 

En La frontera de cristal, Carlos Fuentes es el mismo narrador de sus mejores libros: agresivo, vital, poderoso. Encuentra todos los ГЎngulos posibles en una historia, con una variante insospechada: la comicidad, que ahora lleva al lector a la carcajada franca con algunas de sus pГЎginas mГЎs memorables, no por ГЎgiles menos penetrantes y agudas. Como contraste a este humor mordaz, Fuentes aborda la problemГЎtica brutal de la inmigraciГіn, los abusos que en su nombre se cometen contra quienes han de salir de su paГ­s para ganarse mejor el sustento. En esta novela (a travГ©s de nueve cuentos) Fuentes reproduce la separaciГіn que se ha dado entre MГ©xico y Estados Unidos a lo largo de 200 aГ±os, y la examina con el cristal de la discriminaciГіn, el racismo, la violencia, la sexualidad, la fascinaciГіn mutua, el rencor y el sufrimiento, pero tambiГ©n la fuerza de la vida mexicana, que parece sobrevivir a todas las agresiones de la injusticia, la corrupciГіn y el mal gobierno en MГ©xico, donde se originan los dramas de los personajes de La frontera de cristal, unidos entre sГ­ por las servidumbres y grandezas de una familia: los Barroso.

LA CAPITALINA

A HГ©ctor Aguilar CamГ­n

 

1

"No hay absolutamente nada de interГ©s para el visitante en Campazas." La categГіrica afirmaciГіn de la Guide Bleu arrancГі una pequeГ±a sonrisa a Michelina Laborde, quebrando fugazmente la simetrГ­a perfecta de su belleza facial -su "mascarita mexicana", le dijo un admirador francГ©s-, esos huesos perfectos de las beldades de MГ©xico a las que el tiempo parece no afectar. Rostros perfectos para la muerte, aГ±adiГі el galГЎn, y eso ya no le gustГі a Michelina.

Era una mujer joven de gustos sofisticados porque asГ­ la educaron, asГ­ la heredaron y asГ­ la refinaron. PertenecГ­a a una "vieja familia", pero cien aГ±os antes, su educaciГіn no habrГ­a sido demasiado diferente. "Ha cambiado el mundo, nosotros no", decГ­a siempre su abuela quien seguГ­a siendo la columna vertebral de la casa. SГіlo que antes habГ­a mГЎs poder detrГЎs de las buenas maneras. HabГ­a haciendas, tribunales de excepciГіn y bendiciones de la Iglesia. TambiГ©n habГ­a crinolinas. Era mГЎs fГЎcil disimular los defectos fГ­sicos que la moda moderna revelaba. Unos blue jeans acentГєan las nalgas gruesas o las piernas flacas. "Nuestras mujeres tienen la condiciГіn del tordo", le oyГі todavГ­a decir a su abuelo (qepd): "Pata flaca, culo gordo."

Se imaginaba con crinolina y se sentГ­a mГЎs libre que con pantalГіn vaquero. ВЎQuГ© bonito saberse imaginada, escondida, cruzando las piernas sin que nadie lo notase, atreviГ©ndose, incluso, a no usar nada debajo de la crinolina, recibir el aire fresco y libre en esas nalgas tan mentadas, en los intersticios mismos del pudor, sabiendo que los hombres tenГ­an que imaginarla! Odiaba la moda top-less en las playas; era enemiga personal del bikini y sГіlo a regaГ±adientes se ponГ­a la minifalda.

Se ruborizó pensando todo esto cuando la azafata del Gruman se acercó a susurrarle el próximo arribo del avión particular al aeropuerto de Campazas. Ella trató de distinguir una ciudad en medio del desierto, las montañas calvas y el polvo inquieto. No vio nada. Su mirada le fue secuestrada por un espejismo: el río lejano y más allá las cúpulas de oro, las torres de vidrio, los cruces de las carreteras como grandes alamares de piedra… Pero eso era del otro lado de la frontera de cristal. Acá abajo, la guía de turismo tenía razón: no había nada.

La recibiГі don Leonardo, su padrino. Г‰l la habГ­a invitado despuГ©s de conocerla en la capital, hacГ­a apenas seis meses.

– Date una vuelta por mi tierra. Te va a gustar, ahijada. Te mando mi avión privado.

A ella, para que es mГЎs que la verdad, le gustГі su padrino. Era un hombre de cincuenta aГ±os de edad, veinticinco mГЎs que ella, robusto, patilludo, medio calvo, pero con un perfil perfecto, clГЎsico, como de emperador romano, y la sonrisa y la mirada necesarias para acompaГ±arlo. Sobre todo tenГ­a los ojos de ensoГ±aciГіn que le decГ­an: te he estado esperando mucho tiempo.

Michelina hubiese rechazado la perfección pura; no había conocido hombre guapérrimo que no la decepcionase. Se sentían más bonitos que ella. La hermosura les daba aires de tiranía insoportables. El padrino don Leonardo tenía ese perfil perfecto pero lo desmentían los cachetes, la calva, la edad misma… La sonrisa, en cambio, decía, no me tomes muy en serio, soy cachondo y vacilador; pero la mirada, otra vez, era de un apasionamiento irresistible, me enamoro en serio, le decía, sé pedirlo todo porque también sé darlo todo, ¿qué me dices?

– ¿Qué me dices Michelina?

– Ay padrino, que nos conocimos cuando yo nací, ¿cómo me dice que hace sólo seis me…?

La interrumpiГі:

– Es la tercera vez que te conozco ahijada. Cada vez me parece la primera. ¿Cuántas me faltan?

– Ojalá que muchas- dijo ella sin pensar que se iba a sonrojar, aunque nadie se lo iba a notar porque acababa de pasar diez días en Zihuatanejo y nadie podía distinguir si se ponía colorada o nada más estaba quemadita por el sol. Pero era una mujer que llenaba el espacio, dondequiera que estuviera. Coincidía con sus lugares, los hacía más bellos. Un coro de chiflidos machos la recibía en los lugares públicos, también en el pequeño aeropuerto de Campazas. Pero cuando los galancetes vieron con quién venía, se impuso un respetuoso silencio.

Don Leonardo Barroso era un hombre poderoso aquГ­ en el norte, pero tambiГ©n en la capital. El padre de Michelina Laborde la ofreciГі como ahijada del entonces Ministro por los motivos mГЎs obvios. ProtecciГіn, ambiciГіn, una minГєscula parcela de poder.

– ¡El poder!

Era risible. El propio padrino se los explicaba cuando estuvo en la capital hace seis meses. La salud de México ha consistido en que renueva sus élites periódicamente. Por las buenas o por las malas. Cuando las aristocracias nativas se eternizan, las sacamos a patadas. La inteligencia social y política del país consiste, más bien, en saber retirarse a tiempo y dejar abiertas las puertas a la renovación constante. Políticamente, la no reelección es nuestra gran válvula de escape. Aquí no puede haber Somozas ni Trujillos. Nadie es indispensable. Seis añitos y a su casa. ¿Robó mucho? Mejor. Es el pago social por saber retirarse y no volver a decir ni mú. Imagínense que Stalin hubiera durado nomás seis años y entregado pacíficamente el poder a Trotsky, éste a Kamenev, y éste a Bujarin, etcétera. Hoy sí que la URSS sería la primera potencia del mundo. En México, ni el rey de España les concedió títulos seguros a los criollos, ni la república autorizó aristocracias…

– Pero siempre ha habido diferencias -lo interrumpió la abuela Laborde, sentada frente a sus cajas de curiosidades-. Quiero decir, siempre ha habido gente decente. Me dan risa los que presumen de aristocracia porfirista, sólo porque duraron treinta años en el poder. ¡Treinta años no son nada! Cuando nuestra familia vio entrar a los partidarios de Porfirio Díaz a la capital después de la revolución de Tuxtepec, se horrorizaron: ¿quiénes eran estos greñudos oaxaqueños, acompañados de unos cuantos abarroteros españoles y alpargateros gabachos? ¡Porfirio Díaz! ¡Corcueras! ¡Limantours! ¡Puro arribista! Entonces la gente decente éramos lerdistas…


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