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«Aura», Carlos Fuentes

Иллюстрация к книге

A Manolo Y Tere Barbachano

El hombre caza y lucha. La mujer intriga y

sueГ±a; es la madre de la fantasГ­a, de los dioses.

Posee la segunda visiГіn, las- alas que le

permiten volar hacia el infinite del deseo y de la

imaginación… Los dioses son como los

hombres: nacen y mueren sobre el pecho de

una mujer…

JULES MICHELET

 

LEES ESE ANUNCIO: UNA OFERTA DE ESA NATURALEZA no se hace todos los dГ­as. Lees y relees el aviso. Parece dirigido a ti, a nadie mas. DistraГ­do, dejas que la ceniza del cigarro caiga dentro de la taza de te que has estado bebiendo en este cafetГ­n sucio y barato. tu releerГЎs. Se solicita historiador joven. Ordenado. Escrupuloso. Conocedor de la lengua francesa. Conocimiento perfecto, coloquial. Capaz de desempeГ±ar labores de secretario. Juventud, conocimiento del francГ©s, preferible si ha vivido en Francia algГєn tiempo. Tres mil pesos mensuales, comida y recamara cГіmoda, asoleada, apropiada estudio. Solo falta tu nombre. Solo falta que las letras mas negras y llamativas del aviso informen: Felipe Montero. Se solicita Felipe Montero, antiguo becario en la Sorbona, historiador cargado de datos inГєtiles, acostumbrado a exhumar papeles amarillentos, profesor auxiliar en escuelas particulares, novecientos pesos mensuales. Pero si leyeras eso, sospecharГ­as, lo tomarГ­as a broma. Donceles 815. Acuda en persona. No hay telГ©fono.

Recoges tu portafolio y dejas la propina. Piensas que otro historiador joven, en condiciones semejantes a las tuyas, ya ha leГ­do ese mismo aviso, tornado la delantera, ocupado el puesto. Tratas de olvidar mientras caminas a la esquina. Esperas el autobГєs, enciendes un cigarrillo, repites en silencio las fechas que debes memorizar para que esos niГ±os amodorrados te respeten. Tienes que prepararte. El autobГєs se acerca y tu estas observando las puntas de tus zapatos negros. Tienes que prepararte. Metes la mano en el bolsillo, juegas con las monedas de cobre, por fin escoges treinta centavos, los aprietas con el puno y alargas el brazo para tomar firmemente el barrote de fierro del camiГіn que nunca se detiene, saltar, abrirte paso, pagar los treinta centavos, acomodarte difГ­cilmente entre los pasajeros apretujados que viajan de pie, apoyar tu mano derecha en el pasamanos, apretar el portafolio contra el costado y colocar distraГ­damente la mano izquierda sobre la bolsa trasera del pantalГіn, donde guardas los billetes.

VivirГЎs ese dГ­a, idГ©ntico a los demГЎs, y no volverГЎs a recordarlo sino al dГ­a siguiente, cuando te sientes de nuevo en la mesa del cafetГ­n, pidas el des-ayuno y abras el periГіdico. Al llegar a la pagina de anuncios, allГ­ estarГЎn, otra vez, esas letras destacadas: historiador joven. Nadie acudiГі ayer. LeerГЎs el anuncio. Te detendrГЎs en el ultimo renglГіn: cuatro mil pesos.

Te sorprenderГЎ imaginar que alguien vive en la calle de Donceles. Siempre has creГ­do que en el viejo centro de la ciudad no vive nadie. Caminas con lentitud, tratando de distinguir el numero 815 en este conglomerado de viejos palacios coloniales convertidos en talleres de reparaciГіn, relojerГ­as, tiendas de zapatos y expendios de aguas frescas. Las nomenclaturas han sido revisadas, superpuestas, con-fundidas. El 13 junto al 200, el antiguo azulejo numerado В«47В» encima de la nueva advertencia pintada con tiza: ahora 924. Levantaras la mirada a los segundos pisos: allГ­ nada cambia. Las sinfonolas no perturban, las luces de mercurio no iluminan, las baratijas expuestas no adornan ese segundo rostro de los edificios. Unidad del tezontle, los nichos con sus santos truncos coronados de palomas, la piedra labrada de barroco mexicano, los balcones de celosГ­a, las troneras y los canales de lamina, las gГЎrgolas de arenisca. Las ventanas ensombrecidas por lar-gas cortinas verdosas: esa ventana de la cual se retira alguien en cuanto tu la miras, miras la portada de vides caprichosas, bajas la mirada al zaguГЎn despintado y descubres 815, antes 69.

Tocas en vano con esa manija, esa cabeza de perro en cobre, gastada, sin relieves: semejante a la cabeza de un feto canino en los museos de ciencias naturales. Imaginas que el perro te sonrГ­e y sueltas su contacto helado. La puerta cede al empuje levГ­simo, de tus dedos, y antes de entrar miras por ultima vez sobre tu hombro, frunces el ceГ±o porque la larga fila detenida de camiones y autos gruГ±e, pita, suelta el humo insano de su prisa. Tratas, inГєtilmente de retener una sola imagen de ese mundo exterior indiferenciado.

Cierras el zaguán detrás de ti e intentas penetrar la oscuridad de ese callejón techado – patio, porque puedes oler el musgo, la humedad de las plantas, las raíces podridas, el perfume adormecedor y espeso-. Buscas en vano una luz que te guíe. Buscas la caja de fósforos en la bolsa de tu saco pero esa voz aguda y cascada te advierte desde lejos:

– No… no es necesario. Le ruego. Camine trece pasos hacia el frente y encontrara la escalera a su derecha. Suba, por favor. Son veintidós escalones. Cuéntelos. ahí

Trece. Derecha. VeintidГіs.

El olor de la humedad, de las plantas podridas, te envolverГЎ mientras marcas tus pasos, primero sobre las baldosas de piedra, enseguida sobre esa madera crujiente, fofa por la humedad y el encierro. Cuentas en voz baja hasta veintidГіs y te detienes, con la caja de fГіsforos entre las manos, el portafolio apretado contra las costillas. Tocas esa puerta que huele a pino viejo y hГєmedo; buscas una manija; terminas por empujar y sentir, ahora, un tapete bajo tus pies. Un tapete delgado, mal extendido, que te harГЎ tropezar y darte cuenta de la nueva luz, grisГЎcea y filtrada, que ilumina ciertos contornos.

– Señora -dices con una voz monótona, porque crees recordar una voz de mujer- Señora…

– Ahora a su izquierda. La primera puerta. Tenga la amabilidad.

Empujas esa puerta -ya no esperas que alguna se cierre propiamente; ya sabes que todas son puertas de golpe- y las luces dispersas se trenzan en tus pestaГ±as, como si atravesaras una tenue red de seda. Solo tienes ojos para esos muros de reflejos desiguales, donde parpadean docenas de luces. Consigues, al cabo, definirlas como veladoras, colocadas sobre repisas y entrepaГ±os de ubicaciГіn asimГ©trica. Levemente, iluminan otras luces que son corazones de plata, frascos de cristal, vidrios enmarcados, y solo detrГЎs de este brillo intermitente veras, al fondo, la cama y el signo de una mano que parece atraer-te con su movimiento pausado.

Lograras verla cuando des la espalda a ese firmamento de luces devotas. Tropiezas al pie de la cama; debes rodearla para acercarte a la cabecera. AllГ­, esa figura pequeГ±a se pierde en la inmensidad de la cama; al extender la mano no tocas otra mano, sino la piel gruesa, afieltrada, las orejas de ese objeto que roe con un silencio tenaz y te ofrece sus ojos rojos: sonrГ­es y acaricias al conejo que yace al lado de la mano que, por fin, toca la tuya con unos dedos sin temperatura que se detienen largo tiempo sobre tu palma hГєmeda, la voltean y acercan tus dedos abiertos a la almohada de encajes que tocas para alejar tu mano de la otra.

– Felipe Montero. Leí su anuncio.

– Si, ya se. Perdón no hay asiento.

– Estoy bien. No se preocupe.

– Esta bien. Por favor, póngase de perfil. No lo veo bien. Que le de la luz. Así. Claro.

– Leí su anuncio…

– Claro. Lo leyó. ¿Se siente calificado?- Avez vous fait des etudes?

– A Paris, madame.

– Ah, oui, ga me fait plaisir, toujours, toujours, d'entendre… oui… vous savez… on etait telle-ment habitue… et apres…


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