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«El Lobo-Hombre», Boris Vian

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TГ­tulo de la ediciГіn original: Le loup-garou

TraducciГіn del francГ©s: J. B. Alique

EL LOBO-HOMBRE

En el Bois des Fausses-Reposes [?], al pie de la costa de PicardГ­a, vivГ­a un muy agraciado lobo adulto de negro pelaje y grandes ojos rojos. Se llamaba Denis, y su distracciГіn favorita consistГ­a en contemplar cГіmo se ponГ­an a todo gas los coches procedentes de Ville-d'Avray, para acometer la lustrosa pendiente sobre la que un aguacero extiende, de vez en cuando, el olivГЎceo reflejo de los ГЎrboles majestuosos. TambiГ©n le gustaba, en las tardes de estГ­o, merodear por las espesuras para sorprender a los impacientes enamorados en su lucha con el enredo de las cintas elГЎsticas que, desgraciadamente, complican en la actualidad lo esencial de la lencerГ­a. Consideraba con filosofГ­a el resultado de tales afanes, en ocasiones coronados por el Г©xito, y, meneando la cabeza, se alejaba pГєdicamente cuando ocurrГ­a que una vГ­ctima complaciente era pasada, como suele decirse, por la piedra. Descendiente de un antiguo linaje de lobos civilizados, Denis se alimentaba de hierba y de jacintos azules, dieta que reforzaba en otoГ±o con algunos champiГ±ones escogidos y, en invierno, muy a su pesar, con botellas de leche birladas al gran camiГіn amarillo de la Central. La leche le producГ­a nГЎuseas, a causa de su sabor animal y, de noviembre a febrero, maldecГ­a la inclemencia de una estaciГіn que le obligaba a estragarse de tal manera el estГіmago.

Denis vivia en buenas relaciones con sus vecinos, pues Г©stos, dada su discreciГіn, ignoraban incluso que existiese. Moraba en una pequeГ±a caverna excavada, muchos aГ±os atrГЎs, por un desesperado buscador de oro, quien, castigado por la mala fortuna durante toda su vida, y convencido de no llegar a encontrar jamГЎs el В«cesto de las naranjasВ» (cito a Louis Boussenard) [?], habГ­a decidido acabar sus dГ­as en clima templado sin dejar de practicar, empero, excavaciones tan infructuosas como manГ­acas. En dicha cueva Denis se acondicionГі una confortable guarida que, con el paso del tiempo, adornГі con ruedas, tuercas y otros recambios de automГіvil recogidos por Г©l mismo en la carretera, donde los accidentes eran el pan nuestro de cada dГ­a. Apasionado de la mecГЎnica, disfrutaba contemplando sus trofeos, y soГ±aba con el taller de reparaciones que, sin lugar a dudas, habrГ­a de poner algГєn dГ­a. Cuatro bielas de aleaciГіn ligera sostenГ­an la cubierta de maletero utilizada a manera de mesa; la cama la conformaban los asientos de cuero de un antiguo Amilcar que se enamorГі, al pasar, de un opulento y robusto plГЎtano; y sendos neumГЎticos constituГ­an marcos lujosos para los retratos de unos progenitores siempre bien queridos. El conjunto armonizaba exquisitamente con los elementos mГЎs triviales reunidos, en otros tiempos, por el buscador.

Cierta apacible velada de agosto, Denis se daba con parsimonia su cotidiano paseo digestivo. La luna llena recortaba las hojas como encaje de sombras. Al quedar expuestos a la luz, los ojos de Denis cobraban los tenues reflejos rubГ­es del vino de Arbois. AproximГЎbase ya al roble que constituГ­a el tГ©rmino ordinario de su andadura, cuando la fatalidad hizo cruzarse en su camino al Mago del Siam [?], cuyo verdadero nombre se escribГ­a Etienne Pample, y a la diminuta Lisette Cachou, morena camarera del restaurante Groneil arrastrada por el mago con algГєn pretexto ingenioso a las Fausses-Reposes. Lisette estrenaba un corsГ© ObsesiГіn Гєltimo diseГ±o, cuya destrucciГіn acababa de costar seis horas al Mago del Siam, y era a tal circunstancia, a la que Denis debГ­a agradecer tan tardГ­o encuentro.

Por desgracia para este Гєltimo, la situaciГіn era en extremo desfavorable. Medianoche en punto; el Mago del Siam con los nervios de punta; y, dГЎndose en abundancia por los alrededores, la consuelda, el licopodio y el conejo albo que, desde hace poco, acompaГ±an inevitablemente los fenГіmenos de licantropГ­a o, mejor dicho, de antropolicandria, como tendremos ocasiГіn de leer en las pГЎginas que siguen. Enfurecido por la apariciГіn de Denis que, sin embargo, se alejaba ya tan discreto como siempre barbotando una excusa, y desencantado tambiГ©n de Lisette, por cuya culpa conservaba un exceso de energГ­a que pedГ­a a gritos ser descargada de una u otra manera, el Mago del Siam se abalanzГі sobre la inocente bestia, mordiГ©ndole cruelmente el codillo. Con un gaГ±ido de angustia, Denis escapГі a galope. De regreso a su guarida, se sintiГі vencido por una fatiga fuera de lo comГєn, y quedГі sumido en un sueГ±o muy pesado, entrecortado por turbulentas pesadillas.

No obstante, poco a poco fue olvidando el incidente, y los dГ­as volvieron a pasar tan idГ©nticos como diversos. El otoГ±o se acercaba y, con Г©l, las mareas de septiembre, que producen el curioso efecto de arrebolar las hojas de los ГЎrboles. Denis se atracaba de nГ­scalos y de setas, llegando a atrapar a veces alguna peziza casi invisible sobre su plinto de cortezas, mas huГ­a como de la peste del indigesto lengua de buey. Los bosques, a la sazГіn, se vaciaban a muy temprana hora de paseantes y Denis se acostaba mГЎs temprano. Sin embargo, no por eso descansaba mejor, y en la agonГ­a de noches entreveradas de pesadillas, se despertaba con la boca pastosa y los miembros agarrotados. Incluso sentГ­a menguar paulatinamente su pasiГіn por la mecГЎnica, y el mediodГ­a le sorprendГ­a cada vez con mГЎs frecuencia amodorrado y sujetando con una zarpa inerte el trapo con el que debГ­a haber lustrado una pieza de latГіn cardenillo. Su reposo se hacГ­a cada vez mГЎs desasosegado, y a Denis le preocupaba no descubrir las razones.

Tiritando de fiebre y sobrecogido por una intensa sensaciГіn de frГ­o, en mitad de la noche de luna llena despertГі brutalmente de su sueГ±o. Se frotГі los ojos, quedГі sorprendido del extraГ±o efecto que sintiГі y, a tientas, buscГі una luz. Tan pronto como hubo conectado el soberbio faro que le legase algunos meses atrГЎs un enloquecido Mercedes, el deslumbrante resplandor del aparato iluminГі los recovecos de la caverna. Titubeante, avanzГі hacia el retrovisor que tenГ­a instalado justo encima de la coqueta. Y si ya le habГ­a asombrado darse cuenta de que estaba de pie sobre las patas traseras, aГєn quedГі mГЎs maravillado cuando sus ojos se posaron sobre la imagen reflejada en el espejo. En la pequeГ±a y circular superficie le hacГ­a frente, en efecto, un extravagante y blancuzco rostro por completo desprovisto de pelaje, y en el que sГіlo dos llamativos ojos rufos recordaban su anterior apariencia. Dejando escapar un breve grito inarticulado se mirГі el cuerpo y al instante comprendiГі la causa de aquel frГ­o sobrecogedor que le atenazaba por todas partes. Su abundante pelambrera negra habГ­a desaparecido. Bajo sus ojos se alargaba el malformado cuerpo de uno de estos humanos de cuya impericia amatoria solГ­a con tanta frecuencia burlarse.

Resultaba forzoso moverse con presteza. Denis se abalanzГі hacia el baГєl atiborrado de las mГЎs diferentes ropas, reunidas segГєn el caprichoso azar de la sucesiГіn de los accidentes. El instinto le hizo escoger un traje gris con rayitas blancas, de aspecto bastante distinguido, con el cual combinГі una camisa lisa de tono tallo de rosa, y una corbata burdeos. Cuando estuvo cubierto con tal indumentaria, admirado todavГ­a de poder conservar un equilibrio que en absoluto comprendГ­a, empezГі a sentirse mejor, y los dientes cesaron de castaГ±etearle. Fue entonces cuando su extraviada mirada vino a fijarse en el irregular y espeso montoncillo de negra pelambrera esparcido alrededor de su lecho, y no pudo impedir llorar su perdida apariencia.

Hizo empero, un violento esfuerzo de voluntad para serenarse, e intentГі explicarse el fenГіmeno. Sus lecturas le habГ­an enseГ±ado muchas cosas, y el asunto acabГі por parecerle diГЎfano. El Mago del Siam debГ­a ser un hombre-lobo y Г©l, Denis, mordido por la alimaГ±a, acababa de convertirse, recГ­procamente, en ser humano.

Ante la idea de que debía disponerse a vivir en un mundo desconocido, en un primer momento se sintió presa de pánico. ¡Qué peligros no habría de correr como hombre entre los humanos! La evocación de las estériles competiciones a que se entregaban día y noche los conductores en tránsito de la Côte de Picardie le anticipaba simbólicamente la atroz existencia a la que, de buena o mala gana, sería preciso adaptarse. Pero luego reflexionó. Según todas las apariencias, y si los libros no mentían, la transformacion habría de ser de duración limitada. Y en tal caso, ¿por qué no aprovecharla para hacer una incursión a la ciudad…? Llegados a este punto, preciso es reconocer que determinadas escenas entrevistas en el bosque se reprodujeron en la imaginación del lobo sin provocar en él las mismas reacciones que antes. Al contrario: se sorprendió incluso pasándose la lengua por los labios, cosa que le permitió constatar de paso que, a pesar de la metamorfosis, seguía siendo tan puntiaguda como siempre.

VolviГі al retrovisor para contemplarse mГЎs de cerca. Sus rasgos no le disgustaron tanto como habГ­a temido. Al abrir la boca pudo constatar que su paladar seguГ­a siendo de un negro llamativo, y, por otro lado, que tambiГ©n conservaba incГіlume el control de sus orejas, tal vez una pizca sospechosas por ser en exceso alargadas y pilosas. Mas considerГі que el rostro que se reflejaba en el pequeГ±o y esfГ©rico espejo, con su forma oval un algo prolongada, su pigmentaciГіn mate y sus blancos dientes, harГ­a un papel aceptable entre los que conocГ­a. AsГ­ que, despuГ©s de todo, lo mejor serГ­a sacar partido de lo inevitable y aprender algo de provecho para el porvenir. ConsideraciГіn no obstante la cual un ramalazo de prudencia le obligГі antes de salir a hacerse con unas gafas oscuras que, en caso de necesidad, atemperarГ­an la rojiza brillantez de sus cristalinos. ProveyГіse asimismo de un impermeable que se echГі al brazo, y ganГі la puerta con paso decidido. Pocos instantes despuГ©s, cargado con una maleta ligera, y olfateando una brisa matinal que parecГ­a singularmente desprovista de fragancia, se encontraba en la cuneta de la carretera, alargando el pulgar sin complejo alguno al primer automГіvil que divisГі en lontananza. HabГ­a decidido ir en direcciГіn a ParГ­s aconsejado por la experiencia cotidiana de que los coches rara vez se detienen al empezar la cuesta arriba y sГ­, en cambio, cuesta abajo, cuando la gravedad les permite volver a arrancar con facilidad.

Su elegante aspecto le reportГі ser rГЎpidamente aceptado como acompaГ±ante por una persona con no demasiada prisa. Y confortablemente acomodado a la derecha del conductor, se dispuso a abrir sus ardientes ojos a todo lo desconocido del vasto mundo. Veinte minutos mГЎs tarde se apeaba en la Plaza de la Г“pera. El tiempo estaba despejado y fresco, y la circulaciГіn se mantenГ­a dentro de los lГ­mites de lo decente. Denis se lanzГі osadamente entre los tachones del asfalto y, tomando el bulevar, caminГі en direcciГіn al Hotel Scribe, en el que alquilГі una habitaciГіn con cuarto de baГ±o y salГіn. DejГі su maleta al cuidado de la servidumbre y saliГі acto seguido a comprar una bicicleta.

La maГ±ana se le fue en un abrir y cerrar de ojos. Fascinado, no sabГ­a bien hacia dГіnde pedalear. En el fondo de su yo experimentaba, sin lugar a dudas, el Г­ntimo y oculto deseo de buscar un lobo para morderle, pero pensaba que no le resultarГ­a demasiado fГЎcil encontrar una vГ­ctima y, por otro lado, querГ­a evitar dejarse influenciar en demasГ­a por el contenido de los tratados. No ignoraba en absoluto que, con un poco de suerte, no le serГ­a imposible acercarse a los animales del Jardin des Plantes, pero prefiriГі reservar tal posibilidad para un momento de mayor apremio. La flamante bicicleta absorbГ­a en aquel momento toda su atenciГіn. Aquel artilugio niquelado le encandilaba, y, por otra parte, no dejarГ­a de serle Гєtil a la hora de regresar a su guarida.

A mediodГ­a estacionГі la mГЎquina delante del hotel, ante la mirada un tanto reticente del portero. Pero su elegancia, y sobre todo aquellos ojos que semejaban carbГєnculos, parecГ­an privar a la gente de la capacidad de hacerle el mas mГ­nimo reproche. Con el corazon exultante de alegrГ­a, se entretuvo en la bГєsqueda de un restaurante. Finalmente eligiГі uno tan discreto como de buena pinta. Las aglomeraciones le impresionaban todavГ­a y, a pesar de la amplitud de su cultura general, temГ­a que sus maneras pudiesen evidenciar un ligero provincianismo. Por eso pidiГі un sitio apartado y diligencia en el servicio.

Pero lo que Denis ignoraba era que precisamente en ese lugar de tan sosegado aspecto se celebraba, justo aquel dГ­a, la reuniГіn mensual de los Aficionados al Pez de Agua Dulce Rambouilletiano. Cuando estaba a medio comer vio irrumpir de repente una comitiva de caballeros de resplandeciente tez y joviales maneras que, en un abrir y cerrar de ojos, ocuparon siete mesas de cuatro cubiertos cada una. Ante tan sГєbita invasiГіn, Denis frunciГі el ceГ±o. Mas, como se temГ­a, el maГ®tre acabГі por acercarse cortГ©smente a la suya.


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