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Показать все книги автора/авторов: Molina Antonio MuГ±oz
 

«El jinete polaco», Antonio Molina

Иллюстрация к книге

Para Antonia Molina ExpГіsito

y Francisco MuГ±oz Valenzuela

Para Leonor ExpГіsito Medina,

in memoriam

 

I El reino de las voces

Sin que se dieran cuenta se les hizo de noche en la habitaciГіn de donde no habГ­an salido en muchas horas, donde habГ­an estado abrazГЎndose y conversando en una voz cada vez mГЎs baja, como si la penumbra y luego la oscuridad que no notaban hubieran ido apaciguando el tono de sus voces pero no la avidez mutua de palabras, igual que se habГ­a apaciguado el modo al principio perentorio en que satisfacГ­an y simultГЎneamente alimentaban su deseo, cuando regresaban caminando bajo la nieve y el frГ­o de la taberna irlandesa donde habГ­an almorzado, el pie descalzo de ella buscГЎndolo con desvergГјenza y sigilo bajo el amparo insuficiente del mantel, la casi persecuciГіn en el ascensor, ante la puerta, en el pasillo, en el cuarto de baГ±o, la ropa arrancada con una delicada furia de impaciencia y las bocas mordiГ©ndose mientras su doble respiraciГіn crecГ­a en el calor de la habitaciГіn a media tarde, en la luz listada de las persianas que dejaban entrever al otro lado de la calle una hilera de ГЎrboles con las ramas peladas cuyo nombre ella no supo decirle y una fila de casas de ladrillo rojo con dinteles de piedra, con llamadores dorados y puertas pintadas de un negro brillante que a Г©l le daban la tranquilizadora sensaciГіn de estar en Londres o en cualquier otra ciudad anglosajona y silenciosa, a pesar del ruido del trГЎfico que llegaba desde las avenidas, de las sirenas de los coches de la policГ­a y de los camiones de bomberos, un pesado rumor que envolvГ­a el nГєcleo de silencio en que los dos respiraban igual que la ciudad ilimitada y temible envolvГ­a el espacio breve del apartamento, la cГЎmara segura como un submarino en la que si se paraban a pensarlo era casi imposible que se hubieran encontrado, entre tantos millones de hombres y mujeres, de caras, de nombres, de gritos, de idiomas, de conversaciones telefГіnicas.

VivГ­an con naturalidad en el interior de una especie de milagro que ni siquiera habГ­an solicitado ni esperado, casi desconocidos hasta unos dГ­as antes y ahora reconociГ©ndose cada uno en la mirada, en la voz y en el cuerpo del otro, vinculados no sГіlo por la costumbre tranquila y candente del amor sino tambiГ©n por las voces y los testimonios de un mundo que irrumpГ­a en ellos viniendo del pasado tan tumultuosamente como vuelve la savia a una rama que pareciГі muerta y seca durante todo el invierno, por la figura del jinete que cabalga a travГ©s de un paisaje nocturno, por las pupilas fijas en la oscuridad y en el vacГ­o de una mujer emparedada que permaneciГі incorrupta durante setenta aГ±os, por el baГєl de las fotografГ­as de Ramiro Retratista y una Biblia protestante escrita en un inconcebible espaГ±ol del siglo XVI cuyas pГЎginas recorrГ­an ahora sus manos igual que las habГ­an recorrido desde hacГ­a mГЎs de cien aГ±os las manos de los muertos extraviados en la distancia y en el tiempo, sepultados al otro lado del mar, en una ciudad cuyo nombre les resultaba tan extraГ±o decirse en aquel apartamento que les parecГ­a situado en ninguna parte, MГЎgina, sus vocales rotundas como una luz de mediodГ­a, sus duras consonantes tan cortadas en ГЎngulos como las piedras en las esquinas de los palacios de piedra color arena, amarilla en el sol de la maГ±ana, cobriza en los atardeceres, casi gris en los dГ­as de lluvia, en aquel invierno de su adolescencia que compartieron sin saberlo hasta el final, ella medio extranjera y reciГ©n llegada de AmГ©rica, con su pelo rojizo y su barbilla irlandesa, Г©l hosco y callado y deseando marcharse a cualquier parte del mundo a condiciГіn de que no fuera MГЎgina, Madrid, ParГ­s, Nueva York, San Francisco, la isla de Wight, cualquiera de las ciudades o paГ­ses cuyos nombres leГ­a de niГ±o en el sintonizador iluminado de la radio y donde se oyeran esos idiomas que lo fascinaron mucho antes de que empezara a distinguir y a comprender el sonido de sus palabras, desvelado y solo en medio de la noche, buscando las emisoras extranjeras de onda corta, manejando el dial con la misma cautela que su padre cuando buscaba el himno de Riego en la Pirenaica, imaginando que su destino y la mujer de su vida estaban esperГЎndolo en una ciudad a la que tal vez no irГ­a nunca: ella nacida en un suburbio con casas de ladrillo rojo o de madera pintada de blanco a donde llegaban a veces las gaviotas y el viento hГєmedo de la bahГ­a y el olor a muelle y a limo y educada en un inglГ©s con acento de Irlanda y en el lГ­mpido espaГ±ol que se hablaba en Madrid antes de la guerra y le fue transmitido tan involuntariamente por su padre como la expresiГіn obstinada y atenta de los ojos: Г©l venido al mundo en una noche tempestuosa de invierno y a la luz de una vela, crecido en las huertas y en los olivares de MГЎgina, destinado a dejar la escuela a los catorce o a los quince aГ±os y a trabajar en la tierra al lado de su padre y de sus abuelos y llegada una cierta edad a buscarse una novia a quien sin duda habrГ­a conocido desde la infancia y a llevarla al altar vestida de blanco despuГ©s de un noviazgo extenuador de siete u ocho aГ±os, Г©l torpe, enconado, silencioso, rebelde, escribiendo diarios de furiosa desdicha en cuadernos de apuntes y odiando la ciudad donde vivГ­a y la Гєnica clase de vida que habГ­a conocido y que legГ­timamente tenГ­a derecho a esperar en nombre de otras vidas que le fueron anunciadas por las canciones, los libros y las pelГ­culas, y mucho antes, cuando era niГ±o, por las voces de la radio y los nombres de ciudades que veГ­a en los mapamundis, alto ahora, cuando tuvo a Nadia delante de sГ­ y no la supo recordar, a punto de cumplir diecisiete aГ±os y mortificado por la impaciencia de convertirse en un adulto, vestido siempre de oscuro, con un mechГіn de pelo negro sobre la frente que le ensombrecГ­a la mirada, con pantalones vaqueros que para escГЎndalo de sus padres no se quitaba ni siquiera los domingos y con un chaquetГіn azul marino abrochado hasta el cuello que tenГ­a algo de uniforme maoГ­sta, aunque era la guerrera de guardia de asalto que habГ­a estado guardada durante mГЎs de treinta aГ±os en el armario de su abuelo Manuel, escondida en el fondo, junto a los correajes y el canuto de estaГ±o con el diploma de su nombramiento, junto a una caja de lata llena de billetes de banco que Г©l mostraba con orgullo a sus amigos diciГ©ndoles que eran dinero de la RepГєblica: buscando siempre voces y canciones extranjeras en la radio, imaginando que se iba con una bolsa al hombro y que la carretera de Madrid se prolongaba infinitamente hacia el norte, hacia lugares donde Г©l vivГ­a de cualquier modo y se cambiaba de nombre y hablaba sГіlo en inglГ©s y se dejaba crecer el pelo hasta los hombros, como cualquiera de los hГ©roes a quienes reverenciaba, Edgar Allan Poe, Jim Morrison, Eric Burdon, tan desesperado por marcharse y no volver que no le importarГ­a no ver nunca mГЎs ni a sus amigos ni a la muchacha de la que estaba enamorado entonces, con un amor hecho mГЎs de cobardГ­a y literatura que de entusiasmo y deseo, tan legendario, doloroso y ridГ­culo, como su propia vida y sus sueГ±os de huida y los versos y las confesiones que escribГ­a en los cuadernos de apuntes, en las horas muertas de clase en aquel instituto donde daba clases de literatura con una pesadumbre de vejaciГіn y destierro un profesor de Madrid al que rГЎpidamente apodГі el Praxis el mГЎs rГ©probo de todos los alumnos, un futuro teniente de la Guardia Civil que ya entonces fumaba grifa, aspiraba a decorarse los brazos con tatuajes legionarios y se llamaba Patricio PavГіn Pacheco. Desconocidos, cruzГЎndose en las calles de MГЎgina y tan extraГ±os como si hubieran vivido a una distancia de siglos, habitados hasta la mГ©dula de su conciencia por las voces de sus mayores, herederos de un valor fracasado mucho antes de que ellos nacieran y modelados sin saberlo por hechos memorables o atroces de los que nada sabГ­an, herederos involuntarios de la soledad, del sufrimiento y del amor de quienes los habГ­an engendrado.

Se incorporГі para buscar un cigarrillo en la mesa de noche y sГіlo entonces se dio cuenta de lo tarde que era al ver la hora en el despertador, y calculГі instintivamente la hora que serГ­a en MГЎgina. Ya habrГ­a amanecido, su padre estarГ­a en el mercado ordenando la hortaliza hГєmeda y brillante sobre el mostrador de mГЎrmol, y tal vez se preguntarГ­a de vez en cuando dГіnde estaba Г©l, a cuГЎl de esas ciudades a las que querГ­a irse en la adolescencia lo habrГ­a llevado su oficio errabundo de intГ©rprete. MirГі el telГ©fono y se acordГі con remordimiento de todo el tiempo que habГ­a pasado desde la Гєltima vez que hablГі con sus padres, encendiГі un cigarrillo y se lo puso a Nadia en los labios, acariciГЎndole fugazmente la cara y el pelo, no quiso dar todavГ­a la luz, aunque ya era medianoche, no tenГ­a la sensaciГіn del paso de las horas ni la premura de hacer algo o de llegar a alguna parte. Por quГ© no nos encontramos entonces, le dijo, inclinГЎndose sobre ella casi en la oscuridad, no hace unos meses sino dieciocho aГ±os, por quГ© nos faltГі coraje, inteligencia, ironГ­a y astucia, o al menos me faltaron a mГ­, quГ© niebla habГ­a en mis ojos que no me dejaba verte cuando te tenГ­a delante. media vida mГЎs joven pero no mГЎs deseable que ahora, idГ©ntica a sГ­ misma, la imaginГі queriendo imposiblemente recordarla, su cara irlandesa y sus ojos espaГ±oles y su melena castaГ±a que se volvГ­a roja cuando la deslumbraba el sol, su manera tan desahogada y vagabunda de andar, no sГіlo entonces, cuando sГіlo vestГ­a zapatillas deportivas y pantalones vaqueros, sino tambiГ©n ahora, cuando se pone vestidos cortos y ceГ±idos y zapatos de tacГіn para que Г©l la mire y la desee buscГЎndola en el espacio cerrado del apartamento, porque si saliera vestida asГ­ a la calle se quedarГ­a congelada, un vestido amarillo debajo del cual no habГ­a nada mГЎs que su piel y un tenue olor a espuma de baГ±o, a perfume y a cuerpo femenino, pero tambiГ©n, al cabo de unos dГ­as, olГ­a a Г©l mismo, a su saliva y a su semen, los olores tan mezclados como los recuerdos y las identidades, como sus dos voces que enumeraban y celebraban en la penumbra de un tiempo sin horarios ni fechas: maГ±anas, atardeceres, noches y madrugadas en las que una luz incolora y luego azul se iba estableciendo en la habitaciГіn mientras Г©l la miraba dormir, eligiendo en varios idiomas palabras para nombrarla igual que elegГ­a las caricias que la condujeran gradualmente hacia el despertar, con un instinto tranquilo no de poseerla -porque nunca habГ­a sabido ni querido poseer lo que mГЎs le importaba- sino de halagarla y cuidarla, de borrar con el influjo de su paciencia y su asidua ternura todos los infortunios de su vida y hacer posible esa sonrisa perezosa que le brillaba en los ojos y en los labios cuando le rebosaba el gusto cumplido del amor, de verla dormirse otra vez en sus brazos y apartarse de ella con la precauciГіn de que no se despertara para ir a la cocina y prepararle cafГ©, zumo de naranja, pan tostado y huevos revueltos, con la misma naturalidad que si hubieran vivido siempre juntos en ese apartamento que ella habГ­a compartido hasta unos meses antes con otro, con el ex marido cuyas fotos desaparecieron de la casa -Г©l las buscaba, en accesos de celos, lacerado por el pensamiento de los hombres con los que ella habГ­a estado, como si le hubiera sido infiel antes de conocerlo- y con el hijo rubio que le sonreГ­a, tambiГ©n a Г©l, que al mirar sus fotos se sentГ­a un intruso, en la mesa de noche, en el armario de los libros, junto a la mГЎquina de escribir donde ella trabajaba, pero que se le hacГ­a mГЎs presente cuando se asomaba con un poco de aprensiГіn y pudor a su dormitorio vacГ­o y miraba la cama con sГЎbanas de colores y los juguetes alineados en las estanterГ­as, superhГ©roes de los dibujos animados y barcos y motoristas y tiovivos de lata que ella habГ­a recibido de su padre y entregado a su hijo con un sentimiento de nostalgia sin pГ©rdida y de perduraciГіn que a Г©l le estaba vedado, porque no tenГ­a hijos ni habГ­a considerado nunca la posibilidad de tenerlos y sГіlo ahora, cuando estaba enamorado de una mujer que habГ­a parido a uno, comprendГ­a o sospechaba el orgullo de reconocerse en su existencia. QuГ© raro, pensaba, que alguien haya nacido de ella y la necesite mГЎs que yo. La dejГі dormida, le apartГі el pelo hГєmedo de la cara para besarle los labios, los pГіmulos y las sienes, bajГі del todo la persiana del dormitorio y echГі las cortinas para que no volviera a despertarla la luz de la maГ±ana de invierno, y en el grabado del jinete que estaba colgado enfrente de la cama fue como si tambiГ©n cayera otra vez la noche y se avivara el fuego que alguien habГ­a encendido junto a un rГ­o y en el que unos tГЎrtaros sublevados contra el zar calentaban hasta el rojo vivo el filo del sable que en apariencia cegarГ­a a Miguel Strogoff.

QuiГ©n es, se preguntГі de nuevo, hacia dГіnde cabalga, desde cuГЎndo, durante cuГЎntos aГ±os y en cuГЎntos lugares mirГі el comandante Galaz ese grabado oscuro del jinete con el gorro tГЎrtaro y el carcaj y el arco sujetos a la grupa, con la mano derecha casi vanidosamente apoyada en la cintura mientras la izquierda sostenГ­a la brida del caballo, mirando no hacia el camino que apenas se distinguirГ­a en la noche sino mГЎs allГЎ de los ojos del espectador, desafiГЎndolo a averiguar su misterio y su nombre. RecogiГі del suelo la bata de seda que ella se ponГ­a al salir de la ducha y que se le deslizaba luego sobre la piel fresca y perfumada como los hilos del agua y estuvo oliГ©ndola hasta que su respiraciГіn la humedeciГі, se preparГі un cafГ©, mirГі el reloj de la cocina, que marcaba una hora inexacta, porque ella no se habГ­a molestado en cambiarla cuando los periГіdicos y las autoridades dieron el aviso, volviГі al salГіn con la taza en la mano, puso muy bajo un disco de Bola de Nieve que habГ­an estado escuchando la noche anterior, volviГі a mirarla, quieto en el umbral del dormitorio, murmurando la letra de un bolero, con una atenta ternura que le reavivaba solitariamente el deseo y le desfallecГ­a las rodillas, como si tuviera diecisГ©is aГ±os y estuviera viendo por primera vez a una mujer desnuda, dormida, con las piernas abiertas, con el edredГіn entre los muslos, cubriendo a medias el vello denso y rizado, afeitado justo en la orilla de las ingles, agradecido por la impunidad con que se le concedГ­a el derecho a admirarla, a hundir golosamente en ella, para que despertara, la lengua o los dedos, blasfemo y devoto, Dog, Siod, Brausen, Elohim, pensaba, a una yegua del carro de faraГіn te he comparado, amiga mГ­a, repitiendo en voz baja su nombre, Nadia, Nadia Allison, Nadia Galaz, cada vez con la inflexiГіn de cada uno de los idiomas con los que se ganaba la vida, y luego, bajando los ojos, mirГі con ironГ­a y orgullo y casi vanidad la consecuencia inmediata y arrogante de lo que estaba viendo, trГєjome a la cГЎmara del vino y su bandera de amor puso sobre mГ­, leГ­a ella en la Biblia que perteneciГі a don Mercurio, y para no caer en la tentaciГіn de volver a despertarla se puso los pantalones y volviГі al lugar donde estaban el baГєl de Ramiro Retratista y el resumen de todas las fotografГ­as que habГ­a tomado en MГЎgina a lo largo de cuarenta aГ±os, desordenadas en el suelo, sobre los cojines del sofГЎ, algunas de ellas apoyadas verticalmente sobre los lomos de los libros, en la estanterГ­a, junto a las fotos en color del hijo de Nadia. Se acordГі de un baГєl siempre cerrado que estaba en el desvГЎn de la casa de sus padres y en el que Г©l se escondiГі una vez cuando tenГ­a siete u ocho aГ±os, de los baГєles providenciales que encontraban los nГЎufragos de las novelas en las playas de sus islas desiertas: no percibГ­a hechos ni objetos singulares, sensaciones irrepetibles, palabras sin resonancia, lugares aislados: a su alrededor, en su conciencia, en su mirada, hasta en la superficie de su piel, todas las cosas irradiaban vГ­nculos en el espacio y en el tiempo, todo pertenecГ­a a una secuencia nunca interrumpida entre el pasado y el presente, entre MГЎgina y todas las ciudades del mundo donde habГ­a estado o soГ±ado que iba, entre Г©l mismo y Nadia y esas caras en blanco y negro de las fotografГ­as en las que era posible distinguir y enlazar no sГіlo los hechos sino tambiГ©n los orГ­genes mГЎs distantes de sus vidas. Con incredulidad volviГі a verse sentado sobre un caballo de cartГіn, cuando tenГ­a tres aГ±os, en la feria de MГЎgina, con un sombrero cordobГ©s, con una camiseta de rayas, con pantalГіn corto, calcetines blancos y zapatos de charol, y le pareciГі mentira que fuese aquГ­, en otro mundo, tan lejos, donde recuperaba esa foto perdida y olvidada durante tanto tiempo. Vio a sus padres el dГ­a en que se casaron, vio a su bisabuelo Pedro sentado en el escalГіn de su casa, vio al inspector Florencio PГ©rez en su despacho de la plaza del General OrduГ±a y al mГ©dico don Mercurio inclinando su cabeza decrГ©pita sobre las grandes hojas de la Biblia, vio de nuevo la cara de la mujer emparedada en la Casa de las Torres y sus ojos alucinados por la oscuridad y la muerte, vio a su abuelo Manuel vestido con el uniforme de la Guardia de Asalto y pensГі que ya era tiempo de ir regresando hacia MГЎgina, ahora que la ciudad no podГ­a herirlo ni atraparlo, de regresar con Nadia para mostrarle los lugares que ella apenas recordaba y caminar abrazado a ella bajo los soportales de la plaza del General OrduГ±a, por la calle Nueva, por el paseo de Santa MarГ­a, por las calles empedradas que conducГ­an a la plaza de San Lorenzo y a la Casa de las Torres, hablГЎndole al oГ­do, rozГЎndole el pelo con los labios, estrechГЎndola con una pasiГіn y una certidumbre de pertenecerle que a los diecisГ©is aГ±os le habГ­a parecido imposible encontrar. RecordГі el sonido del llamador en la casa de sus padres y sГіlo entonces tuvo conciencia exacta del gran abismo de lejanГ­a que lo separaba de la ciudad donde habГ­a nacido: rascacielos, puentes de metal, paisajes industriales, aeropuertos, ocГ©anos, continentes nocturnos donde los rГ­os brillaban bajo la luna y las ciudades parecГ­an estrellas de hielo, dГ­as y meses de viajes oblicuos sobre las manchas de colores puros de los mapamundis que Г©l interrogaba de niГ±o como asomГЎndose desde un acantilado de vГ©rtigo a la extensiГіn de la Tierra. Pero no sentГ­a angustia, ni premura, ni miedo, como tantas veces, como casi siempre en su vida, ni el remordimiento sin motivo que lo habГ­a trastornado desde que tuvo uso de razГіn y que le hacГ­a vivir pendiente de un posible castigo llegado a Г©l bajo una forma casual de desgracia: habГ­a dormido pocas horas y notaba en sus miembros una fatiga sin peso, una disposiciГіn de indolencia que lo empujaba a volver a la penumbra y a los olores cГЎlidos del dormitorio.

CerrГі la puerta con cuidado, para que no entrara la luz del pasillo, escuchГі la respiraciГіn de Nadia, que dormГ­a con la boca entreabierta, se quitГі los pantalones, se tendiГі de costado junto a ella, adhiriГ©ndose a sus caderas y a la longitud de sus piernas flexionadas sobre el vientre, y cuando terminГі de acomodarse y se quedГі inmГіvil, con los ojos cerrados, le pareciГі de nuevo que volvГ­a a un refugio inviolable y que los sonidos de la ciudad y la luz de la maГ±ana se apaciguaban en una quietud de media tarde o de anochecer perezoso y estГЎtico, igual que cuando se acostaban despuГ©s de comer y les oscurecГ­a sin que se dieran cuenta, conversando y acariciГЎndose durante horas mГЎs anchas y serenas que las horas comunes, procaces, estremecidos, inocentes, con una mutua desvergГјenza que les fortalecГ­a la ternura, cГіmplices en el delirio y en la risa, callados de pronto, mirГЎndose tensamente a los ojos, con asombro y pavor, como testigos de un prodigio simultГЎneo que los traspasaba, vencidos luego el uno sobre el otro, bruГ±idos de sudor, gastados de caricias. Entonces se oГ­an respirar en silencio y las manos y los labios volvГ­an a buscar, ya sin urgencia, los pies rozГЎndose bajo las sГЎbanas, como para comprobar y percibir toda la extensiГіn del cuerpo todavГ­a y siempre deseado, y las voces adquirГ­an un tono de rememoraciГіn y secreto, el tiempo dilatГЎndose en ellas como la corriente demorada de un rГ­o que desborda sus orillas en un delta de limo, y ellos tendidos, dejГЎndose llevar, abandonados a un lento flujo de palabras, incorporГЎndose a veces para buscar un cigarrillo en la mesa de noche, la cara y la melena de Nadia iluminadas por la llama del mechero, para traer una cerveza del frigorГ­fico y compartirla en un vaso desbordado de espuma, hablando siempre, repitiendo palabras impresas en una Biblia polvorienta que tal vez excitaron un siglo antes los deseos de otros, las noches busquГ© en mi cama al que ama mi alma, busquГ©lo y no lo hallГ©, enumerando nombres y canciones, oyГ©ndolas de nuevo al cabo de muchos aГ±os con la repetida sorpresa de haber amado exactamente la misma mГєsica a la misma edad y de poseer de pronto un pasado comГєn en el que sin conocerse ya estaban juntos. Fuera del dГ­a y de la noche, del calendario y el reloj, como supervivientes en una isla desierta, la isla de las voces, no sГіlo las suyas, sino tambiГ©n las que congregaban con la imaginaciГіn y la memoria, no sГіlo las palabras que decГ­an sino las sensaciones recobradas y las imГЎgenes que fluГ­an en sus pupilas cuando no sabГ­an seguro si estaban dormidos o despiertos, cuando Nadia se dormГ­a durante unos minutos y sonreГ­a con los ojos cerrados y le decГ­a al despertar, he soГ±ado con mi padre y con los dibujos de un libro de cuentos espaГ±oles que a Г©l le gustaba leerme. Al dormirse soГ±aban que seguГ­an conversando y que miraban de nuevo las fotos innumerables de Ramiro Retratista, y al abrir los ojos lo primero que veГ­an era la penumbra de la habitaciГіn y la figura del jinete que cabalga por un paisaje donde muy pronto amanecerГЎ o acaba de hacerse de noche, un viajero solitario y tranquilo, alerta, orgulloso, casi sonriente, que da la espalda a una colina donde se distingue la sombra de un castillo y parece cabalgar sin propГіsito hacia algГєn lugar que no puede verse en el cuadro, y cuyo nombre nadie sabe, igual que tampoco sabe nadie el nombre del jinete ni la longitud y latitud del paГ­s por donde estГЎ cabalgando.

 

Veo encenderse una a una las luces en los miradores de MГЎgina bajo un cielo liso y violeta en el que todavГ­a no es de noche, las bombillas que parpadean y tiemblan en las esquinas de las Гєltimas casas como llamas de gas y las lГЎmparas que penden sobre las plazas y cuyos cГ­rculos de claridad oscilan cuando el viento zarandea los cables tendidos entre los tejados desplazando las sombras de las mujeres solitarias que caminan con la cabeza baja y la barbilla hundida en la toca de lana llevando una lechera de estaГ±o o un badil de ascuas rojas tapadas con ceniza. Se abrigan con medias de lana, con zapatillas de paГ±o negro, con rebecas abrochadas hasta el cuello sobre los delantales, avanzando inclinadas contra la noche o el viento, llegan a casa y todavГ­a no encienden las luces y dejan en el portal el badil con las ascuas mientras buscan el brasero y lo llenan hasta la mitad de candela, y luego, esparciendo las ascuas sobre Г©l, lo sacan al quicio de la puerta para que el viento del anochecer, tenue como una brisa marГ­tima, lo encienda mГЎs rГЎpido. No cuenta la memoria sino la mirada, veo en la penumbra frГ­a ese resplandor que se hace mГЎs vivo a medida que la oscuridad va ganando la calle, huelo a humo y a frГ­o, humo de ascuas doradas y rojas en el anochecer azul y de resina hirviente y leГ±a mojada de olivo, huelo a invierno, a una noche de noviembre o diciembre en cuya quietud un poco desolada hay algo de tregua, porque hace dГ­as que terminaron las matanzas y aГєn no ha comenzado la aceituna, me acuerdo de una mujer de toquilla negra y pelo blanco recogido en un moГ±o que se habГ­a vuelto loca y todas las tardes, al filo del anochecer, bajaba por la calle del Pozo caminando a pasos cortos muy cerca de la pared y robaba un adoquГ­n de la obra que estaban haciendo en la Casa de las Torres y se volvГ­a llevГЎndolo escondido bajo la toquilla como si cobijara un gato, sonriendo, queriendo disimular, murmurando, como hablГЎndole al adoquГ­n, al gato inventado, al niГ±o que decГ­an que se le muriГі cuando era joven.

Los hombres han llegado hace rato del campo y han atado las bestias a las rejas mientras las descargaban y las desembardaban, han encendido las luces amarillas de los portales empedrados y de las cuadras calientes y olorosas a estiércol, fatigados y broncos, vencidos por la extenuación del trabajo, pero en las habitaciones donde las mujeres conversan en voz baja o guardan un atareado silencio con rumor de costura todavía permanece una media penumbra apenas iluminada por las bombillas de la calle y por la última claridad declinante del cielo, azulado y rojizo en las lejanías del oeste. Queda en la habitación, junto a la ventana cuyos postigos se cerrarán en cuanto se encienda la luz eléctrica, un residuo de blancura sin origen preciso que resalta como manchas las caras, las manos, los lienzos blancos de los bastidores, el brillo de las pupilas, ausentes en el aire, fijas en la calle donde suenan pasos y fragmentos singularmente claros de conversaciones, en la banda iluminada de la radio donde están los números y los nombres de las emisoras y de las ciudades y remotos países de donde algunas proceden, y una mano mueve despacio el sintonizador y la aguja se desplaza por los lugares de una geografía inaccesible hasta detenerse en una música confundida al principio con pitidos, con voces extranjeras, con un ruido sordo de papeles rasgados, la música de un anuncio o de una canción o de un serial, cómo es posible que haya gente dentro de esa caja tan pequeña, cómo se encogen de tamaño, por dónde logran entrar, por las ranuras, como hormigas, la voz de un locutor resuena solemne y casi amenazadora, «El coche número trece», declama, «novela original de Xavier de Montepin», y se oyen en el interior de la habitación los cascos lentos de un caballo y un chirrido de ruedas metálicas sobre adoquines azotados por la lluvia de un invierno extranjero y de otro siglo, de otra ciudad, no sólo cabe gente, también llueve en la radio y cabalgan caballos, París, dice el locutor, pero ya no sigo escuchando sus palabras, las borra la distancia o el ruido de los cascos de los animales que relinchan en la cuadra, se me alejan como si hubiera perdido la emisora y aún continuara moviendo en vano el sintonizador, mirando esa luz enigmática que procede del interior del aparato, una raya de luz como la que brilla debajo de una puerta, dentro de una casa cerrada en la que sólo habitan voces, todas las voces imposibles del mundo, la luz encendida en una ventana de la Casa de las Torres, donde vivió sola y enajenada la guardesa que encontré una vez la momia incorrupta de una mujer muy joven que según mi abuelo Manuel había sido cautivada y emparedada por un rey moro. Un coche de caballos baja por la calle del Pozo y las ruedas metálicas y los cascos resuenan con escándalo sobre el empedrado, y aunque no se ve a nadie tras las cortinillas los niños le cantan al pasar la canción de don Mercurio, «Tras, tras», «¿Quién es?», «El médico jorobeta, que viene por la peseta de la visita de ayer», desafiando al cochero de librea verde y subiéndose a las rejas para vislumbrar la cara amarillenta del médico tras las cortinillas de gasa negra que cubren como una urna fúnebre los cristales del coche. Desde tan lejos oigo esas voces como si me separaran de ellas las bardas de los corrales y veo la sombra furtiva de la mujer que acuna contra su pecho un adoquín y la del ciego a quien habían disparado dos cartuchos de sal a los ojos cuando era joven y reventaba caballos en galopes furiosos, oigo en la noche de invierno el rumor sordo y estático de la ciudad y lo asocio sin motivo al del tráfico, pero no es posible, en Mágina, en este invierno de un año que no sé calcular y que seguramente es anterior a mi memoria y también a mi vida apenas se escuchan motores de automóviles, y en cualquier caso estoy demasiado lejos para oírlos, como si pasara acodado en la borda de un velero frente a las luces de una capital portuaria que apenas se distinguen en el horizonte brumoso del mar. Lo único que puedo oír son los pasos de los hombres y de las caballerías, las ruedas de los carros, el eco metálico de los llamadores, los ladridos, las voces de las vecinas, las canciones que corean los niños para conjurar el miedo inmemorial a la llegada de la noche, ay qué miedo me da de pasar por aquí, si la momia estará escuchándome a mí, todo como enguatado de silencio, las campanas de las iglesias que tocan a oración o a funeral y hacen que las mujeres se persignen en sus habitaciones en penumbra, los mugidos lentos de las vacas que vuelven de beber agua en el pilar de la muralla y suben por la plaza de San Lorenzo, camino de los corrales, guiadas por hoscos vaqueros que les golpean el lomo con sus grandes bastones terminados en porra, y cuando enfilan la calle del Pozo se hace más fuerte el eco de sus pezuñas y los últimos niños que no han hecho caso de las llamadas de sus madres y todavía jugaban o se contaban historias bajo la luz de las esquinas se apartan por miedo a ser embestidos, se suben a las rejas, se esconden en los portales y cantan una canción para ahuyentar el peligro. Bao Bao, tírate a lo negro y a lo colorao, a lo blanco no, que está salao.

Cuando han pasado las vacas queda en la calle un olor caliente de vaho y de estiГ©rcol, una definitiva desolaciГіn nocturna que inexplicablemente agravan las luces en las ventanas de las oficinas, en las sombrГ­as tabernas donde los hombres beben acodados en toneles de vino, mГЎs arriba, hacia el norte, mГЎs allГЎ del ГЎmbito vacГ­o de la plaza del General OrduГ±a, donde la esfera del reloj se ha iluminado al mismo, tiempo y con la misma tonalidad aceitosa que los balcones de la comisarГ­a, en los escaparates de los comercios vacГ­os donde los dependientes, que tienen las manos tan blancas y suaves como los curas y se las frotan igual, recogen las telas sobre los mostradores de madera bruГ±ida antes de cerrar y despedirse bromeando mientras se suben los cuellos de piel vuelta de sus chaquetones y se frotan con mГЎs ahГ­nco las manos, ateridas por un frГ­o suave de iglesia, los dependientes dГіciles como sacristanes de El Sistema MГ©trico, que es la tienda de gГ©nero y confecciГіn mГЎs grande de MГЎgina y estГЎ enfrente de la parroquia de la Trinidad, y donde ocupa un empleo Г­nfimo de recadero y chico para todo Lorencito Quesada, futuro periodista local con vehemencias de repГіrter, corresponsal en la ciudad del periГіdico de la provincia, Singladura, que se vende muy cerca, en el quiosco de la plaza, al que mi padre me mandaba todos los viernes para comprarle el Siete Fechas, que traГ­a en la doble pГЎgina central el relato ilustrado de un crimen. Pero no quiero alejarme tanto, vuelvo porque no me guГ­a la mano caliente de mi madre y tengo miedo de perderme en esas calles desconocidas y abiertas por las que circulan automГіviles negros, algunos de los cuales son conducidos por tГ­sicos de bata blanca que secuestran a los niГ±os para extraerles la sangre, veo de nuevo la calle del Pozo, empedrada y oscura, con largas bardas de corrales y dinteles de piedra, con zaguanes donde brillan mariposas de aceite bajo estampas de Nuestro Padre JesГєs o del Sagrado CorazГіn, luego la plaza del Altozano, muy grande, con el edificio de la bodega donde el tГ­o Antonio, hermano de mi abuela Leonor, vendГ­a vino al pie de una cuba colosal que llegaba hasta las vigas del techo, veo la fuente junto a la que se reГєnen todas las maГ±anas las mujeres locuaces con sus cГЎntaros, conversando a gritos mientras esperan turno, dicen que en la Casa de las Torres ha aparecido el cuerpo incorrupto de una santa en una urna de cristal y que huele a agua de rosas o a perfume de iglesia. De noche la plaza del Altozano tiene algo de frontera y de abismo, batida por el viento frГ­o, que sacude el cГ­rculo de luz de la Гєnica lГЎmpara que la alumbra y trae desde los descampados del otro extremo de MГЎgina el sonido del cornetГ­n que toca a oraciГіn en la puerta del cuartel de InfanterГ­a, cuyas ventanas horizontales y reciГ©n iluminadas le dan un aire de nave industrial erigida en el filo de los terraplenes, en el lГ­mite de la ciudad, contra el cielo cГЎrdeno y rojo del oeste, frente al valle del Guadalquivir, cruzado por el Гєltimo rescoldo blanco de los caminos que llevan al otro lado del rГ­o y a los pueblos de las laderas de la Sierra, manchas blancas en la azulada oscuridad: un hombre, el comandante Galaz, reciГ©n ascendido, reciГ©n llegado a MГЎgina, las mira desde la ventana de su dormitorio en el pabellГіn de oficiales cuando alza sus ojos fatigados del libro que ya no podrГЎ seguir leyendo si no enciende la luz, mira sobre la mesa el libro cerrado y la pistola en su funda negra y aprieta las mandГ­bulas y cierra los ojos preguntГЎndose cГіmo serГЎ la sensaciГіn exacta de morir, cuГЎntos minutos o segundos dura el miedo absoluto. En la huerta de mi padre el tГ­o Rafael, el tГ­o Pepe y el teniente Chamorro hablaban muchas veces de Г©l, me impresionaba ese nombre tan rotundo y tan raro que sГіlo era posible atribuir a un hombre imaginario, a un hГ©roe tan inexistente como el Cosaco Verde o Miguel Strogoff o el general Miaja, el comandante Galaz, que desbaratГі Г©l solo la conspiraciГіn de los facciosos, contaba el tГ­o Rafael, mirГЎndonos con sus pequeГ±os ojos hГєmedos, que levantГі la pistola en medio del patio, delante de todo el regimiento formado en la noche irrespirable de julio, y le disparГі un tiro en el centro del pecho al teniente Mestalla y luego dijo, sin gritar, porque nunca levantaba la voz: В«Si queda algГєn otro traidor que dГ© un paso al frente.В»

MГЎs que nunca me conmueve ahora ese nombre que no habГ­a vuelto a oГ­r ni a decir desde la infancia, y lo veo a Г©l, al ex comandante Galaz, muchos aГ±os mГЎs tarde, pero todavГ­a sumergido en ese mismo tiempo estГЎtico de la distancia absoluta por donde los vivos y los muertos se mueven como sombras iguales, alto, un poco encorvado, con abrigo y sombrero, con un lazo en lugar de corbata, bajando por la calle ancha y desolada que ahora se llama avenida Dieciocho de Julio y en la que hace mucho que cortaron los grandes castaГ±os que la poblaban en las maГ±anas de abril de un escГЎndalo de pГЎjaros, lo veo aproximarse despacio y sin voluntad ni nostalgia hacia el cuartel y detenerse al oГ­r ya muy cerca el toque de oraciГіn en un anochecer de noviembre o diciembre, junto a esa casa en cuya planta baja hay ahora una taberna y cuya buhardilla, que antes se llamaba el cuarto de la viga, por una muy grande que le cruzaba el techo en diagonal, hace veinte aГ±os que estГЎ desalquilada, pues ya no hay nadie que quiera o acepte vivir en un lugar semejante. Se da cuenta de que se ha detenido por un impulso automГЎtico de su juventud, que ha estado a punto de ponerse firmes y de llevarse la mano derecha a la sien, como si no hubieran pasado treinta y siete aГ±os desde entonces, como si no hiciera media vida que no viste un uniforme y que no tiene una patria y una RepГєblica a las que mantenerse leal, y cuando vuelve a caminar ya no sigue avanzando, por miedo no a la abstracta melancolГ­a sino al llanto sin explicaciГіn ni consuelo, se da la vuelta y el viento frГ­o le golpea la cara y le hace saber que tenГ­a humedecidos los ojos, y lo veo subir lentamente hacia las calles mГЎs iluminadas del centro, a donde ya no llega el olor denso y fГ©rtil de la tierra invernal ni el ruido de las acequias que discurren junto a los caminos ocultas bajo malezas y caГ±averales, tan hondas que da miedo aproximarse a su filo, a la espesura sin fondo en la que algunas veces se agitaban invisibles ratas o culebras que la imaginaciГіn convertГ­a, sobre todo de noche, en caimanes y tigres, en serpientes pitГіn, en juancaballos voraces. Pero en los caminos del campo ya casi no queda nadie, salvo algГєn hortelano rezagado que lleva de la brida a un mulo con una carga de hortaliza, o un niГ±o que se alivia las cuestas agarrГЎndose a la cola del animal y se muere de sueГ±o, de fatiga y de frГ­o, o un hombre muy joven, mi padre, que calcula el tiempo que aГєn debe esperar para casarse y el dinero que le falta para poder comprar una becerra, mi padre adolescente, con la cara tan seria y la boca todavГ­a infantil, con el pelo ondulado de hombre, aplastado con brillantina, sonriendo asustado a la cГЎmara de Ramiro Retratista. Casi lo reconozco desde lejos, igual que de niГ±o lo reconocГ­a entre la gente del mercado por su manera de andar con un arrebato de admiraciГіn y ternura, aunque no viera su cara, pero no sГ© calcular su edad porque no distingo sus rasgos exactos ni tampoco las subdivisiones y enumeraciones abstractas de los aГ±os, y el tiempo de este anochecer no se parece al de mi vida de ahora, no fluye y se escapa como las horas y las semanas y los dГ­as de los relojes digitales y de los calendarios automГЎticos, gira huyendo y regresa en una tenue perennidad de linterna de sombras en la que algunas veces el pasado ocurre mucho despuГ©s que el porvenir y todas las voces, los rostros, las canciones, los sueГ±os, los nombres, sobre todo las canciones y los nombres, relumbran sin confusiГіn en un presente simultГЎneo.

Me acerco a la ciudad desde muy lejos, desde arriba, como si soГ±ara que viajo silenciosamente en un planeador, como cuando es muy tarde y hay que abrocharse el cinturГіn de seguridad y se descubren en un extremo de la noche las luces de un aeropuerto, y el tiempo retrocede ante mГ­ en ondulaciones circulares, cambia a la misma velocidad que un paisaje tras la ventanilla del tren, y esa figura rezagada a la que he visto subir por el camino de MГЎgina es ahora mi abuelo Manuel que vuelve despuГ©s de un aГ±o de cautiverio en un campo de concentraciГіn, lo veo de espaldas, anhelante, rendido, ha caminado durante dos dГ­as sin parar y ahora teme caer al suelo como un caballo reventado cuando estГЎ a punto de llegar a su casa, voy mГЎs aprisa, asciendo, lo adelanto, llego a la plaza de San Lorenzo mucho antes de que Г©l aparezca junto a la primera esquina iluminada, veo el rectГЎngulo de la plaza, mГЎs Г­ntima de noche, los tres ГЎlamos que todavГ­a no han cortado para hacer sitio a los automГіviles, oigo una voz de mujer que llama a gritos a un niГ±o, mi abuela Leonor, que llama desde el balcГіn a mi tГ­o Luis, que no tiene miedo de las vacas ni de los ciegos ni de los aparecidos y se queda jugando en la calle aun despuГ©s de que se haga de noche, veo la puerta entornada y la raya de luz que se extiende sobre el suelo de tierra apisonada y frГ­a de humedad, y la mirada desciende y progresa sin obstГЎculo hasta el portal donde hay un arco encalado y sobre Г©l una rueda de espigas secas cuya mГЎgica finalidad de propiciar una buena cosecha me hace acordarme de las palmas amarillas que se cuelgan el domingo de ramos en los balcones para preservar a la casa del rayo. Pero sigo avanzando, nadie, ni yo mismo, me ve, reconozco en la sombra la disposiciГіn del segundo portal, la puerta de la cuadra, la puerta, muy pequeГ±a, de la alacena con celosГ­a que hay bajo el hueco de la escalera, y a la que tanto miedo me daba entrar, porque una vez vimos allГ­ una culebra deslizГЎndose alrededor de la gran tinaja hundida hasta la mitad en el suelo cuya boca se abrГ­a a una hondura de pozo donde brillaba y olГ­a densamente el aceite. Empujo con suavidad y sigilo la tercera puerta, pero tal vez no es necesario, sin que yo la toque retrocede ante mГ­ y el tiempo se bifurca como el agua de un lago, como en cortinajes sucesivos de niebla, veo la cocina, empedrada, con las paredes desnudas, tal vez con fotografГ­as enmarcadas de muertos que sonrГ­en tan rГ­gidos como muertos etruscos, con las vigas pintadas de negro de las que penden racimos de uvas secas, y a un lado, casi de espaldas a mГ­, frente al fuego, hay un hombre de pelo blanco que acaricia el lomo de un perro cobijado entre sus piernas, mi bisabuelo Pedro ExpГіsito, que muriГі antes de que yo naciera, que fue recogido de la inclusa por un hortelano muy pobre y se negГі siempre a conocer a la familia que lo habГ­a abandonado cuando naciГі, que combatiГі en la guerra de Cuba y sobreviviГі al naufragio en el Caribe del vapor donde volvГ­a a EspaГ±a, que sГіlo fue fotografiado una vez, sin que Г©l lo supiera, desde lejos, mientras estaba sentado en el escalГіn de la puerta, desde la ventana de la casa de enfrente, donde Ramiro Retratista habГ­a ocultado su cГЎmara, a regaГ±adientes, inducido, casi obligado por mi abuelo Manuel, que necesitaba una foto de todos los suyos para que le concedieran el carnet de familia numerosa y no podГ­a obtenerla porque a mi bisabuelo, su suegro, no le daba la gana que lo retrataran.

Oigo las voces que cuentan, las palabras que invocan y nombran no en mi conciencia sino en una memoria que ni siquiera es mГ­a, oigo la voz desconocida de mi bisabuelo Pedro ExpГіsito ExpГіsito que habla a su perro y le acaricia la cabeza mientras los dos miran el fulgor de la lumbre con una expresiГіn parecida en los ojos, oigo contar que lo trajo de Cuba y que el perro era casi tan viejo como Г©l: ya sГ© que no es posible, pero que una cosa fuera imposible no le parecГ­a a mi abuelo Manuel motivo suficiente para dejar de contarla, mГЎs aГєn, le hacГ­a preferirla, de modo que decГ­a que el perro sin nombre de su suegro habГ­a vivido hasta los setenta y cinco aГ±os con la misma naturalidad con que explicaba que el rey Alfonso XIII le habГ­a pedido fuego una noche muy oscura en una callejuela del suburbio y que en la Sierra vivГ­an unas criaturas mitad hombre y mitad caballo que eran feroces y misГЎntropas y que en los inviernos de mucha nieve bajaban al valle del Guadalquivir exasperadas por el hambre y no sГіlo pisaban con sus cascos equinos las coliflores y las lechugas de las huertas, sino que llegaban al extremo de comer carne humana. La prueba de que los juancaballos existГ­an, aparte del relato de algunos hombres aterrados que sobrevivieron a su ataque, estaba, labrada en piedra, en la fachada de la iglesia del Salvador, donde es verdad que hay un friso de centauros, de modo que si los habГ­an esculpido en un lugar tan sagrado, junto a las estatuas de los santos y bajo el relieve de la TransfiguraciГіn del SeГ±or, argumentaba sonriendo mi abuelo, muy hereje hacГ­a falta ser para no creer en ellos. Oigo, tan lejos, en un lugar que Г©l no sabe que existe, la voz de mi abuelo Manuel, incesante, engolada, barroca, su risa, que ya no volverГ© a oГ­r aunque Г©l todavГ­a no estГ© muerto, su silencio de ahora, su corpulencia abrumada por la vejez, su inmovilidad junto a la mesa camilla y el brasero en la misma cocina, ahora con cielo raso, embaldosada, con un televisor en un rincГіn, con fotos en color enmarcadas que ya no llevan la firma en cursiva de Ramiro Retratista, la cocina iluminada por el fuego o por la llama de un candil donde mi bisabuelo Pedro habita otra estancia del tiempo, donde mi madre, que tiene diez aГ±os y no sabe que antes de una hora llamarГЎn a la puerta y que cuando la abra se encontrarГЎ frente a un hombre desconocido y barbudo en quien al principio no podrГЎ reconocer a su padre, se aproxima a Г©l buscando el cobijo cГЎlido y seguro de su cercanГ­a para defenderse del frГ­o, del desamparo, del miedo, para no oГ­r esas voces infantiles que cantan en la calle la canciГіn de la TГ­a TragantГ­a, hija del rey Baltasar, o cuentan en los corros la historia de la mujer fantasma que fue enterrada viva en un sГіtano de la Casa de las Torres y que a esa hora de la noche empieza a recorrer como una alma en pena sus salones con pavimento de mГЎrmol y sus galerГ­as en ruinas y la cornisa de las gГЎrgolas llevando un hachГіn encendido, muy cerca, ahГ­ mismo, seГ±alan, en el otro extremo de la plaza, y algunas noches que no puede dormir ella se asoma a la ventana de su habitaciГіn y cree ver esa luz moviГ©ndose tras los cristales de los torreones, la cara del espectro, blanca y aplastada contra el vidrio, redonda, la imagina, con una blancura lunar, las facciones que nunca vio sino en los malos sueГ±os y en los espejismos del insomnio y que desde su memoria se transmitieron intactas a la mГ­a a travГ©s no sГіlo de su voz sino de la silenciosa intuiciГіn del terror que tantas veces percibГ­ en sus ojos y en su manera cГЎlida y desesperada de abrazarme, no sГ© cuГЎndo, mucho antes de la edad en que se fijan los primeros recuerdos, cuando vivГ­amos en aquel desvГЎn al que llamaban el cuarto de la viga y ella miraba anochecer tras el balcГіn y oГ­a el toque de corneta en el cuartel cercano mientras esperaba que llegara mi padre, tan afanado en el trabajo que siempre se le hacГ­a de noche en los caminos umbrГ­os de las huertas.

Ellos me hicieron, me engendraron, me lo legaron todo, lo que poseГ­an y lo que nunca tuvieron, las palabras, el miedo, la ternura, los nombres, el dolor, la forma de mi cara, el color de mis ojos, la sensaciГіn de no haberme ido nunca de MГЎgina y de verla perderse muy lejos y muy al fondo de la extensiГіn de la noche, contra un cielo que todavГ­a es rojizo y morado en sus lГ­mites, no una ciudad y ni siquiera una patГ©tica conmociГіn de nostalgia que se dispersarГЎ tan rГЎpidamente como el humo de una hoguera encendida una ventosa maГ±ana de lluvia entre los olivos, sino una geografГ­a de luces que tiemblan en la distancia como mariposas de aceite y se van quedando rezagadas en el horizonte del sur a medida que avanzo sin poder detenerme hacia la serranГ­a horadada de tГєneles y de barrancos por donde cruza un expreso en direcciГіn a Madrid, un tiempo que posee sus propias leyes tan ajenas a las del tiempo exterior como un paГ­s inaccesible a todos los extranjeros e invasores. Igual que en un aviГіn cuando ha terminado el despegue y se oyen mecheros que encienden cigarrillos y cinturones de seguridad que se sueltan, cuando vuelvo la cara y miro por la ventanilla hacia el lugar donde estuvieron las luces de la ciudad que he abandonado y ya no veo nada mГЎs que la noche, tambiГ©n asГ­, algunas veces, de pronto, ya no estoy en MГЎgina ni sГ© dГіnde encontrarla, pienso en mi abuelo Manuel y en mi abuela Leonor y sГіlo sГ© imaginarlos aniquilados por la vejez y derribados el uno contra el otro en un sofГЎ tapizado de plГЎstico y dormitando sin dignidad ni recuerdos frente a un televisor, se extinguen los nombres que fueron la savia de mi vida, se convierten en palabras inertes, sin sonoridad ni volumen, como trozos de plomo, y me invaden y me poseen las otras palabras, las mentirosas, las triviales, las palabras tortuosas y enfГЎticas que escucho en otro idioma por los auriculares de una cabina de traducciГіn simultГЎnea y repito tan velozmente en el mГ­o que un instante despuГ©s no me acuerdo de haberlas pronunciado y aturden mi oГ­do y mi conciencia como un estrГ©pito de motores o un zumbido de cables de alta tensiГіn.

Sigo acordГЎndome pero ya no es lo mismo, ahora no cuenta la mirada, sino la memoria impotente, no huelo a invierno y a lluvia prГіxima y a hojas empapadas pudriГ©ndose entre los grumos oscuros de tierra, no me estremecen ni la felicidad ni el terror, no veo la plaza del General OrduГ±a ni la estatua ni el reloj en la torre ni adivino tras las cortinas echadas en el balcГіn de la comisarГ­a la sombra del inspector Florencio PГ©rez, que cuenta sГ­labas con los dedos mientras examina las fotografГ­as de una mujer emparedada hace setenta aГ±os que alguien, Ramiro Retratista, acaba de dejar sobre la mesa de su despacho, las fotos que yo mismo, en otro paГ­s y en otro tiempo, he tenido en mis manos, y entonces cierro los ojos y me quedo inmГіvil durante unos segundos y quisiera no ver ni oГ­r ni oler ni tocar nada, nada que no me pertenezca y que no haya estado conmigo desde siempre, aunque yo no lo supiera, unos pocos nombres, algunas sensaciones, la cara de mi bisabuelo Pedro y de mi abuela Leonor y de mi madre en esa foto que creГ­ extraviada para siempre y ahora guardo en mi cartera como un trofeo secreto, el olor del armario donde se guardaban una caja de lata con billetes de la RepГєblica y la guerrera de guardia de asalto de mi abuelo Manuel, el tacto de la sombrilla de seda desgarrada que habГ­a en el fondo de un baГєl, la sintonГ­a lГєgubre de un serial radiofГіnico, una copla de Antonio Molina, una canciГіn de Jim Morrison que oГ­amos mis amigos y yo en la sinfonola del bar Martos, la cara de Nadia entonces, en el contraluz de una maГ±ana de octubre, su mirada de ahora, su pelo oscuro con relumbres cobrizos brillando en la penumbra, cuando ha anochecido sin que nos diГ©ramos cuenta y se incorpora para encender la luz y la retengo en mis brazos pidiГ©ndole que espere un poco todavГ­a, imaginГЎndome que ahora mismo, en MГЎgina, se encienden las bombillas en las esquinas y se oyen en la quietud del aire las campanadas de la plaza del General OrduГ±a y el toque mucho mГЎs lejano de la trompeta en el cuartel, imaginГЎndome que oigo las ruedas del coche de don Mercurio y los aldabonazos de hierro en las grandes puertas cerradas de la Casa de las Torres y que me ha oscurecido mientras jugaba en la calle con mi amigo FГ©lix y vuelvo a casa temiendo que aparezca tras una esquina iluminada el fantasma estrafalario y atroz de la TГ­a TragantГ­a. Pero no es verdad, descubro al mirar el reloj que brilla sobre la mesa de noche, Г©sta no es la hora de MГЎgina, y no sГіlo porque yo estГ© en otro continente y al otro lado de un ocГ©ano, sino porque estos relojes no sirven para medir un tiempo que Гєnicamente ha existido en esa ciudad, no sГ© cuГЎndo, en todos los pasados y porvenires que fueron necesarios para que ahora yo sea quien soy, para que los rostros y las edades de los vivos y de los muertos se congregaran ante mГ­ como en el baГєl insondable de Ramiro Retratista, para que Nadia sucediera en mi vida.


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