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«El Invierno En Lisboa», Antonio Molina

Иллюстрация к книге

Para AndrГ©s Soria Olmedo

y Guadalupe Ruiz

В«Existe un momento en las separaciones en

el que la persona amada ya no estГЎ con nosotros.В»

Flaubert: La educaciГіn sentimental

 

CapГ­tulo primero

HabГ­an pasado casi dos aГ±os desde la Гєltima vez que vi a Santiago Biralbo, pero cuando volvГ­ a encontrarme con Г©l, a medianoche, en la barra del Metropolitano, hubo en nuestro mutuo saludo la misma falta de Г©nfasis que si hubiГ©ramos estado bebiendo juntos la noche anterior, no en Madrid, sino en San SebastiГЎn, en el bar de Floro Bloom, donde Г©l habГ­a estado tocando durante una larga temporada.

Ahora tocaba en el Metropolitano, junto a un bajista negro y un baterГ­a francГ©s muy nervioso y muy joven que parecГ­a nГіrdico y al que llamaban Buby. El grupo se llamaba Giacomo Dolphin Trio: entonces yo ignoraba que Biralbo se habГ­a cambiado de nombre, y que Giacomo Dolphin no era un seudГіnimo sonoro para su oficio de pianista, sino el nombre que ahora habГ­a en su pasaporte. Antes de verlo, yo casi lo reconocГ­ por su modo de tocar el piano. Lo hacГ­a como si pusiera en la mГєsica la menor cantidad posible de esfuerzo, como si lo que estaba tocando no tuviera mucho que ver con Г©l. Yo estaba sentado en la barra, de espaldas a los mГєsicos, y cuando oГ­ que el piano insinuaba muy lejanamente las notas de una canciГіn cuyo tГ­tulo no supe recordar, tuve un brusco presentimiento de algo, tal vez esa abstracta sensaciГіn de pasado que algunas veces he percibido en la mГєsica, y cuando me volvГ­ aГєn no sabГ­a que lo que estaba reconociendo era una noche perdida en el Lady Bird, en San SebastiГЎn, a donde hace tanto que no vuelvo. El piano casi dejГі de oГ­rse, retirГЎndose tras el sonido del bajo y de la baterГ­a, y entonces, al recorrer sin propГіsito las caras de los bebedores y los mГєsicos, tan vagas entre el humo, vi el perfil de Biralbo, que tocaba con los ojos entornados y un cigarrillo en los labios.

Lo reconocГ­ en seguida, pero no puedo decir que no hubiera cambiado. Tal vez lo habГ­a hecho, sГіlo que en una direcciГіn del todo previsible. Llevaba una camisa oscura y una corbata negra, y el tiempo habГ­a aГ±adido a su rostro una sumaria dignidad vertical. MГЎs tarde me di cuenta de que yo siempre habГ­a notado en Г©l esa cualidad inmutable de quienes viven, aunque no lo sepan, con arreglo a un destino que probablemente les fue fijado en la adolescencia. DespuГ©s de los treinta aГ±os, cuando todo el mundo claudica hacia una decadencia mГЎs innoble que la vejez, ellos se afianzan en una extraГ±a juventud a la vez enconada y serena, en una especie de tranquilo y receloso coraje. La mirada fue el cambio mГЎs indudable que notГ© aquella noche en Biralbo, pero aquella firme mirada de indiferencia o ironГ­a era la de un adolescente fortalecido por el conocimiento. AprendГ­ que por eso era tan difГ­cil sostenerla.

Durante algo mГЎs de media hora bebГ­ cerveza oscura y helada y lo estuve observando. Tocaba sin inclinarse sobre el teclado, mГЎs bien alzando la cabeza, para que el humo del cigarrillo no le diera en los ojos. Tocaba mirando al pГєblico y haciendo rГЎpidas contraseГ±as a los otros mГєsicos, y sus manos se movГ­an a una velocidad que parecГ­a excluir la premeditaciГіn o la tГ©cnica, como si obedecieran Гєnicamente a un azar que un segundo mГЎs tarde, en el aire donde sonaban las notas, se organizase por sГ­ mismo en una melodГ­a, igual que el humo de un cigarrillo adquiere formas de volutas azules.

En cualquier caso, era como si nada de eso concerniera al pensamiento o a la atenciГіn de Biralbo. ObservГ© que miraba mucho a una camarera uniformada y rubia que servГ­a las mesas y que en algГєn momento intercambiГі con ella una sonrisa. Le hizo una seГ±al: poco despuГ©s, la camarera dejГі un whisky sobre la tapa del piano. TambiГ©n su forma de tocar habГ­a cambiado con el tiempo. No entiendo mucho de mГєsica, y casi nunca me interesГ© demasiado por ella, pero oyendo a Biralbo en el Lady Bird yo habГ­a notado con algГєn alivio que la mГєsica puede no ser indescifrable y contener historias. Esa noche, mientras lo escuchaba en el Metropolitano, yo advertГ­a de una manera muy vaga que Biralbo tocaba mejor que dos aГ±os atrГЎs, pero a los pocos minutos de estar mirГЎndolo dejГ© de oГ­r el piano para interesarme en los cambios que habГ­an sucedido en sus gestos menores: en que tocaba erguido, por ejemplo, y no volcГЎndose sobre el teclado como en otro tiempo, en que algunas veces tocaba sГіlo con la mano izquierda para tomar con la otra su copa o dejar el cigarrillo en el cenicero. Vi tambiГ©n su sonrisa, no la misma que cruzaba de vez en cuando con la camarera rubia. Le sonreГ­a al contrabajista o a sГ­ mismo con una brusca felicidad que ignoraba el mundo, como puede sonreГ­r un ciego, seguro de que nadie va a averiguar o a compartir la causa de su regocijo. Mirando al contrabajista pensГ© que esa manera de sonreГ­r es mГЎs frecuente en los negros, y que estГЎ llena de desafГ­o y orgullo. El abuso de la soledad y de la cerveza helada me conducГ­a a iluminaciones arbitrarias: pensГ© tambiГ©n que el baterista nГіrdico, tan ensimismado y a su aire, pertenecГ­a a otro linaje, y que entre Biralbo y el contrabajista habГ­a una especie de complicidad racial.

Cuando terminaron de tocar no se detuvieron a agradecer los aplausos. El baterista se quedГі inmГіvil y un poco extraviado, como quien entra en un lugar con demasiada luz, pero Biralbo y el contrabajista abandonaron rГЎpidamente la tarima conversando en inglГ©s, riendo entre ellos con evidente alivio, igual que si al sonar una sirena dejasen un trabajo prolongado y liviano. Saludando fugazmente a algunos conocidos, Biralbo vino hacia mГ­, aunque en ningГєn momento habГ­a dado seГ±ales de verme mientras tocaba. Tal vez desde antes de que yo lo viera Г©l habГ­a sabido que yo estaba en el bar, y supongo que me habГ­a examinado tan largamente como yo a Г©l, fijГЎndose en mis gestos, calculando con exactitud mГЎs adivinadora que la mГ­a lo que el tiempo habГ­a hecho conmigo. RecordГ© que en San SebastiГЎn -muchas veces yo lo habГ­a visto andando solo por las calles- Biralbo se movГ­a siempre de una manera elusiva, como huyendo de alguien. Algo de eso se traslucГ­a entonces en su forma de tocar el piano. Ahora, mientras lo veГ­a venir hacia mГ­ entre los bebedores del Metropolitano, pensГ© que se habГ­a vuelto mГЎs lento o mГЎs sagaz, como si ocupara un lugar duradero en el espacio. Nos saludamos sin efusiГіn: asГ­ habГ­a sucedido siempre. La nuestra habГ­a sido una amistad discontinua y nocturna, fundada mГЎs en la similitud de preferencias alcohГіlicas -la cerveza, el vino blanco, la ginebra inglesa, el bourbon- que en cualquier clase de impudor confidencial, en el que nunca o casi nunca incurrimos. Bebedores solventes, ambos desconfiГЎbamos de las exageraciones del entusiasmo y la amistad que traen consigo la bebida y la noche: sГіlo una vez, casi de madrugada, bajo el influjo de cuatro imprudentes dry martinis, Biralbo me habГ­a hablado de su amor por una muchacha a quien yo conocГ­a muy superficialmente -Lucrecia- y de un viaje con ella del que acababa de volver. Ambos bebimos demasiado aquella noche. Al dГ­a siguiente, cuando me levantГ©, comprobГ© que no tenГ­a resaca, sino que todavГ­a estaba borracho, y que habГ­a olvidado todo lo que Biralbo me contГі. Me acordaba Гєnicamente de la ciudad donde debiera haber terminado aquel viaje tan rГЎpidamente iniciado y concluido: Lisboa.

Al principio no hicimos demasiadas preguntas ni explicamos gran cosa sobre nuestras vidas en Madrid. La camarera rubia se acercГі a nosotros. Su uniforme blanco y negro olГ­a levemente a almidГіn, y su pelo a champГє. Siempre agradezco en las mujeres esos olores planos. Biralbo bromeГі con ella y le acariciГі la mano mientras le pedГ­a un whisky, yo insistГ­ en la cerveza. Al cabo de un rato hablamos de San SebastiГЎn, y el pasado, impertinente como un huГ©sped, se instalГі entre nosotros.

– ¿Te acuerdas de Floro Bloom? -dijo Biralbo-. Tuvo que cerrar el Lady Bird. Volvió a su pueblo, recobró una novia que había tenido a los quince años, heredó la tierra de su padre. Hace poco recibí una carta suya. Ahora tiene un hijo y es agricultor. Los sábados por la noche se emborracha en la taberna de un cuñado suyo.

Sin que en ello intervenga su lejanГ­a en el tiempo, hay recuerdos fГЎciles y recuerdos difГ­ciles, y a mГ­ el del Lady Bird casi se me escapaba. Comparado con las luces blancas, con los espejos, con los veladores de mГЎrmol y las paredes lisas del Metropolitano, que imitaba, supongo, el comedor de un hotel de provincias, el Lady Bird, aquel sГіtano de arcos de ladrillo y rosada penumbra, me pareciГі en el recuerdo un exagerado anacronismo, un lugar donde era improbable que yo hubiese estado alguna vez. Estaba cerca del mar, y al salir de Г©l se borraba la mГєsica y uno oГ­a el estrГ©pito de las olas contra el Peine de los Vientos. Entonces me acordГ©: vino a mГ­ la sensaciГіn de la espuma brillando en la oscuridad y de la brisa salada y supe que aquella noche de penitencia y dry martinis habГ­a terminado en el Lady Bird y habГ­a sido la Гєltima vez que yo estuve con Santiago Biralbo.

– Pero un músico sabe que el pasado no existe -dijo de pronto, como si refutara un pensamiento no enunciado por mí-. Esos que pintan o escriben no hacen más que acumular pasado sobre sus hombros, palabras o cuadros. Un músico está siempre en el vacío. Su música deja de existir justo en el instante en que ha terminado de tocarla. Es el puro presente.

– Pero quedan los discos. -Yo no estaba muy seguro de entenderlo, y menos aún de lo que yo mismo decía, pero la cerveza me animaba a disentir. Él me miró con curiosidad y dijo, sonriendo:

– He grabado algunos con Billy Swann. Los discos no son nada. Si son algo, cuando no están muertos, y casi todos lo están, es presente salvado. Ocurre igual con las fotografías. Con el tiempo no hay ninguna que no sea la de un desconocido. Por eso no me gusta guardarlas.

Meses mГЎs tarde supe que sГ­ guardaba algunas, pero entendГ­ que ese hallazgo no desmentГ­a su reprobaciГіn del pasado. La confirmaba mГЎs bien, de una manera oblicua y acaso vengativa, como confirman el infortunio o el dolor la voluntad de estar vivo, como confirma el silencio, habrГ­a dicho Г©l, la verdad de la mГєsica.


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