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«Beltenebros», Antonio Molina

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Unas veces huГ­an sin saber de quiГ©n

y otras esperaban sin saber a quiГ©n.

Cervantes, Don Quijote, II, LXI

 

1

Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no habГ­a visto nunca. Me dijeron su nombre, el autГ©ntico, y tambiГ©n algunos de los nombres falsos que habГ­a usado a lo largo de su vida secreta, nombres en general irreales, como de novela, de cualquiera de esas novelas sentimentales que leГ­a para matar el tiempo en aquella especie de helado almacГ©n, una torre de ladrillo prГіxima a los raГ­les de la estaciГіn de Atocha donde pasГі algunos dГ­as esperГЎndome, porque yo era el hombre que le dijeron que vendrГ­a, y al principio me esperГі disciplinadamente, muerto de frГ­o, supongo, y de aburrimiento y tal vez de terror, sospechando con certidumbre creciente que algo se estaba tramando contra Г©l, desvelado en la noche, bajo la Гєnica manta que yo encontrГ© luego en la cama, hГєmeda y ГЎspera, como la que usarГ­a en la celda para envolverse despuГ©s de los interrogatorios, oyendo hasta medianoche el eco de los altavoces bajo la bГіveda de la estaciГіn y el estrГ©pito de los expresos que empezaban a llegar a Madrid antes del amanecer.

Era un almacГ©n con las paredes de ladrillo rojo y desnudo y el suelo de madera, y desde lejos parecГ­a una torre abandonada y sola a la orilla de un rГ­o, mГЎs alta que las Гєltimas tapias de la estaciГіn y que los haces de cables tendidos sobre las vГ­as, cГєbica y ciega, ennegrecida desde los tiempos de las locomotoras de carbГіn, con puertas y ventanas como tachadas por maderas en aspas que fueron hincadas a los marcos con una saГ±a definitiva de clausura. Arriba, en el primer piso, habГ­a un mostrador antiguo y sГіlido de tienda de tejidos, y anaqueles vacГ­os yarbitrarias columnas y un reloj en el que estaba escrito el nombre de una fГЎbrica textil catalana que debiГі de quebrar hacia principios de siglo, no mucho antes de que las agujas se detuvieran para siempre en una hora del anochecer o del alba, las siete y veinte. La esfera no tenГ­a cristal, y las agujas eran mГЎs delgadas que filos de navajas. Cuando las toquГ© me herГ­ ligeramente el dedo Г­ndice, y pensГ© que Г©l, durante los dГ­as y las noches de su encierro, las habrГ­a movido de vez en cuando para obtener una ficciГіn del paso rГЎpido del tiempo, o para hacerlo retroceder, ya al final, cuando con un instinto de animal perseguido que desconfГ­a de la quietud y el silencio imaginГі que el mensajero a quien estaba esperando no iba a traerle la posibilidad de la huida sino la certidumbre de morir, no heroicamente, segГєn Г©l mismo fue enseГ±ado a desear o a no temer, sino en la condenaciГіn y la vergГјenza.

Tirados por el suelo habГ­a periГіdicos viejos que sonaban a hojarasca bajo mis pisadas, y colillas de cigarros con filtro y huellas secas de barro, porque la noche en que huyГі o fingiГі huir de la comisarГ­a, me dijeron, habГ­a estado lloviendo tan furiosamente que algunas calles se inundaron y se fue la luz elГ©ctrica en el centro de la ciudad. Por eso pudo escapar tan fГЎcilmente, explicГі luego, tal vez temiendo ya que alguien recelara, todas las luces se apagaron justo cuando lo sacaban esposado de la comisarГ­a, y corriГі a ciegas entre una lluvia tan densa que no podГ­an traspasarla los faros de los automГіviles, de modo que los guardias que empezaron a perseguirlo y dispararon casi a ciegas contra su sombra no pudieron encontrar su rastro en la confusa oscuridad de las calles.

El colchГіn donde habГ­a estado durmiendo guardaba todavГ­a un agrio olor a lana hГєmeda tan intenso como el olor a orines corrompidos que procedГ­a del retrete, oculto tras una rГ­gida cortina de plГЎstico verde al fondo de la habitaciГіn. La cabecera del camastro estaba situada al pie del mostrador, y no era posible verlo cuando se abrГ­a la puerta. A su lado, en el suelo, junto a la lГЎmpara de carburo, vi las novelas amontonadas, algunas sin cubiertas, recosidas con hilo ГЎspero, gastadas por el uso de muchas manos nunca cuidadosas ni limpias, con los bordes de las pГЎginas casi pulverizados, porque eran de esa clase de novelas que se alquilan en los quioscos de las estaciones o en los puestos callejeros. Todas las cosas que habГ­a en el almacГ©n, la lГЎmpara de carburo, las novelas, el olor del aire y el de los ladrillos hГєmedos y el del hule con que estaba pulcramente forrado el interior de los anaqueles, contenГ­an la pesada sugestiГіn de un error en el tiempo, no un anacronismo, sino una irregularidad en su paso, una discordia en la perduraciГіn de los objetos, acentuada por la ostensible cortina de plГЎstico verde, por las fechas dispares de los periГіdicos tirados en el suelo. Uno de ellos era de la semana anterior, otro de hacГ­a varios aГ±os, casi del tiempo en que fueron impresas las novelas, cuando fueron escritas y firmadas por Rebeca Osorio.

TambiГ©n Г©se era un nombre de novela alquilada y pertenecГ­a indisolublemente a aquel tiempo, no a Г©ste, no al dГ­a futuro de mi regreso a Madrid con el propГіsito de matar a un hombre del que no sabГ­a nada mГЎs que la expresiГіn triste de su cara y los nombres sucesivos que habГ­a venido usando durante su larga impunidad clandestina. Eusebio San MartГ­n era uno de ellos, Alfredo SГЎnchez, Andrade, Roldan Andrade, Г©se habГ­a sido su nombre en los Гєltimos aГ±os y con Г©l morirГ­a. Para que reconociera su escritura me habГ­an mostrado mensajes firmados por Г©l, Гіrdenes o contraseГ±as trazadas al azar en el reverso de un billete de Metro, escritas con una extraГ±a sintaxis oficial. Me dijeron que manejaba una astucia de hombre invisible y que sabГ­a disparar tan certeramente como yo mismo y esconderse y desaparecer como una sombra. Una noche, en una borrosa ciudad italiana a donde viajГ© desde MilГЎn, me enseГ±aron una fotografГ­a en la que estaba Г©l, corpulento y medio desnudo en una playa del mar Negro, con un amplio baГ±ador muy ceГ±ido a la protuberancia del vientre, abrazando a una mujer y a una niГ±a de aire mustio peinada con tirabuzones, sonriendo sin desconfianza ni alegrГ­a hacia la cГЎmara, hacia la mirada y la presencia de alguien que ahora sin duda es su enemigo y aguarda en Praga o en Varsovia la noticia de su ejecuciГіn.

Me dieron su foto y un sobre cerrado que contenГ­a el pasaporte que Г©l estaba esperando para poder huir y un fajo de extraГ±os billetes espaГ±oles. Ese era el cebo, el pasaporte y el dinero que Г©l habГ­a pedido, pero me dijeron que tuviera cuidado, porque recelarГ­a, que nadie mГЎs que yo podrГ­a ir al interior y ejecutarlo sin peligro, y recordaron mi pasado de tantos aГ±os atrГЎs y mi pasaporte britГЎnico, admirando o reprobando en silencio, con un poco de rencor, la hechura de mi gabardina blanca y los puГ±os de mi camisa con gemelos de oro. No me pidieron nada mГЎs ni me ofrecieron nada a cambio, no me aseguraron un porvenir en el catГЎlogo de los hГ©roes. EntrГ© en aquel lugar y habГ­a un hombre de traje oscuro y gafas de montura metГЎlica sentado junto a una botella de agua mineral que me sonriГі levantando mucho la cabeza, como reconociГ©ndome, aunque no del todo, como si alguna enfermedad de la vista le impidiera precisar con exactitud los rasgos de mi cara, y habГ­a otros a su lado, de pie, mГЎs en la sombra, estrechando mi mano, llamГЎndome capitГЎn, invulnerables al tiempo y a los efectos de la guerra conmemorada y perdida en la que fugazmente yo fui un capitГЎn, vestidos con una rancia pulcritud de maniquГ­es anacrГіnicos, muy pГЎlidos, reciГ©n llegados de oficinas insalubres y de arrabales monГіtonos de la Europa oriental, inhГЎbiles como difuntos que vuelven a la vida ignorando todas las cosas usuales: el modo en que camina la gente, su forma de vestir o de fumar cigarrillos.

Yo venГ­a de Brighton: antes de que amaneciera habГ­a viajado en el ferry hasta Calais y de allГ­ a ParГ­s en un hermГ©tico expreso que se volvГ­a mГЎs veloz a medida que la maГ±ana se afianzaba sobre hГєmedos bosques de color verde oscuro y grandes rГ­os inmГіviles, cenagosos de niebla, y en ParГ­s alguien me recogiГі en la estaciГіn y me llevГі en coche al aeropuerto y en el Гєltimo instante me tendiГі un pasaje de aviГіn para MilГЎn y otro que tras una pausa de seis horas me conducirГ­a a Florencia. No solicitaron mi opiniГіn, no me dijeron lo que contenГ­a la maleta que me fue entregada en el aeropuerto de ParГ­s, pero yo pensГ© que serГ­a un viaje como cualquier otro, que usaban la impunidad de mi pasaporte y la coartada de mi oficio para llevar de un lado a otro de Europa sumas de dinero o vanos impresos clandestinos, porque era asГ­ como actuaban siempre, fingiendo que gentes enemigas y espГ­as los asediaban y que a pesar de la conspiraciГіn universal urdida contra ellos estaban culminando los episodios de una sublevaciГіn definitiva. Para reclamarme casi nunca me llamaban por telГ©fono, me enviaban postales con unas pocas lГ­neas que tenГ­an tal apariencia pueril de mensajes cifrados que si alguien se hubiera ocupado de interceptarlas sin vacilaciГіn me habrГ­a calificado de agente extranjero. Yo casi adivinaba su llegada, las esperaba cada vez que me disponГ­a a abrir el buzГіn, y me decГ­a siempre que ya no les harГ­a caso, que romperГ­a en trozos muy pequeГ±os la prГіxima postal y seguirГ­a ocupГЎndome de mi tienda de libros y grabados antiguos, un negocio tranquilo y relativamente prГіspero que tenГ­a la virtud de otorgarme una serenidad mГЎs bien sonГЎmbula, un sentimiento de inmersiГіn en la lejanГ­a de otros mundos y de un tiempo que no era del todo el de los vivos. Algunas tardes, cuando cerraba la tienda, iba caminando hasta el embarcadero del Oeste, que parece un buque abandonado, y notaba la violencia del mar bajo las maderas que crujГ­an a mi paso. Muy cerca de la orilla el mar ya parecГ­a una alta sima de naufragios, y en las tardes nubladas cobraba un color gris del que decГ­an que invitaba al suicidio. Esperaba la noche bebiendo una o dos cervezas en una taberna tan cГЎlida como el camarote de un barco -desde la barra, cuando aГєn no habГ­a muchos bebedores, podГ­a oГ­rse el estrГ©pito de los guijarros empujados por la marea- y luego regresaba por un camino distinto Гєnicamente para ver desde lejos las luces encendidas de mi casa, los dinteles blancos de las ventanas y la puerta resaltando contra el rojo oscuro del ladrillo, para imaginarme que yo era igual que aquella gente que caminaba despacio por el paseo marГ­timo en las maГ±anas de sol y no tenГ­a sobre sus hombros el oprobio de una cruda desgracia interminablemente recordada.

Pero llegaba una postal de ParГ­s o de Praga y yo, en lugar de romperla y de ir quemando lentamente sus pedazos en el fuego mientras bebГ­a a solas la Гєltima copa de la noche, la guardaba bajo llave, contaminado por la misma supersticiГіn de sigilo, y me felicitaba al descifrarla, ya bebido y culpable de deslealtad y de algo mГЎs imperdonable para ellos, ironГ­a, y a la maГ±ana siguiente preparaba mi bolsa de viaje y contaba una mentira para justificar el abandono de la tienda. Casi siempre el viaje previo era a ParГ­s: un hotel de segunda categorГ­a, una cita en un cafГ© o en el Metro, un hombre de mediana edad que me confiaba consignas y documentos sellados. Algunos decГ­an haber oГ­do cosas sobre mГ­, me estrechaban la mano, deseГЎndome suerte, religiosamente seguros de que la tendrГ­a. La Гєltima vez me mintieron. La postal decГ­a В«recuerdos de FlorenciaВ», pero volГ© hasta allГ­ y no habГ­a nadie esperГЎndome.

Es verdad que entonces me pasaba la mitad de la vida en los aeropuertos, y como en ellos ni el tiempo ni el espacio son del todo reales, casi nunca sabГ­a exactamente dГіnde estaba y vivГ­a bajo una tibia y perpetua sensaciГіn de provisionalidad y destierro, de tiempo cancelado y espera sin motivo. InГєtil para cualquier forma no solitaria de vida, habГ­a terminado por recluirme en los hoteles y en los aeropuertos como quien se retira a un monasterio, y a veces creГ­a tener, como los monjes, nostalgia de un mundo exterior que en realidad no me importaba, y tambiГ©n como ellos presenciaba visiones y era visitado por la tentaciГіn.

En los Гєltimos meses habГ­a viajado mГЎs que nunca. Fui a Budapest en septiembre, porque me llegГі desde allГ­ una carta en la que me ofrecГ­an, a precio ventajoso, una Biblia de Muntzer, coartada casual que a ellos debiГі de parecerles singularmente feliz, pues la repitieron para enviarme semanas despuГ©s a una ciudad secundaria de Polonia y mГЎs tarde a Madrid, donde entreguГ© una maleta de piel a un hombre joven y con un vago aire de enfermo que se citГі conmigo en los urinarios hediondos de una estaciГіn. Acostumbrado a despertar sospechas, como todos los extranjeros permanentes, me movГ­a siempre con igual desenvoltura y recelo. Frecuentaba sobre todo los aeropuertos menores, porque en ellos el control policial suele ser mГЎs liviano, los pequeГ±os aeropuertos con bajas edificaciones como casas de retiro donde despuГ©s del anochecer ya no quedaba casi nadie, sГіlo empleados ociosos que terminaban sus tareas fumando cigarrillos y limpiadoras corpulentas que vaciaban en bolsas de plГЎstico las papeleras y caminaban con lentitud y fatiga empujando ante ellas las escobas lanudas y los recogedores.

Aquella noche de invierno, en el aeropuerto de Florencia -yo casi nunca veГ­a las ciudades a las que viajaba, sГіlo sus luces desde el cielo y sus nombres en los indicadores luminosos- el hombre que debГ­a encontrarse conmigo en la cantina no apareciГі, y en su lugar llegaron policГ­as de uniforme que exigieron zafiamente la documentaciГіn a los pasajeros, a pesar de que ya habГ­amos cruzado el control de aduana. Los vi venir con sus correajes blancos y sus brillantes armas al costado, y tuve un poco de miedo y me acordГ© de un viaje clandestino a BerlГ­n en febrero de 1944. Pero era mucho menos joven que entonces y tambiГ©n algo menos cobarde, y no me movГ­, seguГ­ acodado en la barra y supuse que la serenidad me protegГ­a, volviГ©ndome invisible, porque los guardias pasaron a mi lado sin reparar en mГ­ ni en la maleta que aquella noche tal vez ya no podrГ­a entregar.

Minutos despuГ©s las luces giratorias de los coches de la policГ­a se perdieron entre la lluviosa oscuridad y los ГЎrboles. Las vi muy de lejos, cuando se detuvieron en el cruce de la carretera principal, brillando azules y convulsas como llamas de gas amortiguadas por la niebla. Yo venГ­a en dos vuelos sucesivos de ParГ­s y de MilГЎn, y no sabГ­a si la hora que seГ±alaba mi reloj era la hora de Italia ni tenГ­a razones para otorgar al paisaje de sombras que circundaba el aeropuerto el nombre exacto de un paГ­s: sГіlo la perezosa somnolencia y el frГ­o me parecieron atributos indudables de aquel lugar sobre el que toda memoria resbalarГ­a siempre como la lluvia sobre las planchas onduladas de los cobertizos.


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